domingo, 8 de octubre de 2017

Wesley Clair Mitchell | 1874 - 1948



Este artículo, del economista J. A. Schumpeter, sobre Wesley Clair Mitchell, fue publicado en el Quartey Journal of Economics, Vol. LXIV, n.º 1, en febrero de 1950.


J. A. Schumpeter, sobre Wesley Clair Mitchell

MITCHELL murió el 29 de octubre de 1948, en plena actividad, "en la brecha", tal como él me escribió, una vez que moriría (1). Lamentamos hoy la desaparición de un carácter de singular pureza, un compañero de trabajo de firmes convicciones y a la vez de infinita amabilidad, un maestro que se había entregado de corazón a su deber, un servidor incorruptible de la verdad, inmune a todas las tentaciones, incluso a las más sutiles que proceden de sentimientos sociales cálidos y elevados, un leader que ejerció su función mediante el ejemplo y la obra, sin hacer notar nunca su autoridad o sus derechos a la primacía. Quienes estuvieron cerca de él pudieron percibir, y en realidad lo hicieron, el halo que emana de una personalidad semejante, pero es muy difícil traducir dicha sensación en palabras, tan difícil como amplia fue la gama de sus intereses o los servicios efectivos que prestó a tantas causas, a las que se consagró con una seriedad profunda, sin que por ello se extinguiera jamás el destello humorístico en sus ojos. Todos le amábamos y sabemos que jamás encontraremos otro como él.

Esto es todo cuanto diré acerca del hombre. El resto de este artículo será consagrado exclusivamente a intentar un examen valorativo de su obra y a formular lo que la misma entraña para la economía científica de nuestra época, siempre y cuando sea posible separar la obra del hombre en el caso, como sucede en el que nos ocupa, en el que su mayor contribución fue el mensaje moral que se desprende de cada una de las páginas que escribió (2).

- Factores formativos reseñables en la década que precedió al traslado de Mitchell a la Universidad de California


¿Posee algún significado la teoría que afirma que la posición ocupada por un hombre en la sucesión de las "generaciones" está determinada por las influencias que sufrió durante la tercera década de su vida? Si dicho significado existe, dediquemos un instante de atención a los factores que actuaron en la década que precedió al traslado de MITCHELL, en 1903, a la Universidad de California. Dicha década de adolescencia científica tuvo su centro en Chicago, donde logró su licenciatura en 1899. Pero él era como un roble y no como el sauce: su propia constitución mental y moral –que se puede observar si se quiere en su medio ambiente familiar de Nueva Inglaterra y a través de una adolescencia robusta transcurrida en la granja paterna– fue seguramente demasiado fuerte para ser influida considerablemente por sus maestros en Economía, aun cuando un buen curso de historia económica inglesa y la guía de J. LAURENCE LAUGHLIN en cuestiones de dinero y de política monetaria, dejaron huellas fácilmente discernibles. VEBLEN poseía características mucho más afines con un temperamento no conformista por naturaleza, de una inteligencia rápida a la que repugnaba por encima de todo el dogma y la estupidez, que prefería la pradera al establo, y que disfrutaba plenamente con sarcasmos y paradojas, aun cuando los produjera rara vez. Sin embargo, antes de que transcurriera demasiado tiempo, tomó la medida de VEBLEN, y aunque durante el resto de su vida continuó destacando la diferencia entre producción física y producción monetaria, no tardó en cansarse del brillo de las gemas más dudosas de VEBLEN. En cambio, JOHN DEWEY y JACQUES LOEB le abrieron nuevas perspectivas que no debían cerrarse jamás. Le abrieron el camino hacia una ciencia jovial mucho más amplia que la Economía profesional, en la cual le gustaba permanecer. Toda vez que esto es muy importante para la comprensión de la Economía de MITCHELL y la naturaleza de su contribución personal, hagamos un alto en nuestro camino para poner los puntos sobre las íes.

La década que comenzó en 1890 fue la primera de las tres décadas que integran la que puede denominarse época mashalliana. Sin embargo, teniendo en cuenta que no todos los lectores, y en especial los americanos, estarán de acuerdo con todo lo que esta frase implica, explicaré con mayor detención lo que he querido decir. En aquella época maduraron tres tendencias que produjeron la Nueva Economía de 1900. Existía, en primer lugar, una nueva preocupación sobre, y una actitud hacia, los problemas de la reforma social, de las cuales constituye el mejor ejemplo la Sozialpolitik alemana. En segundo lugar, la historia económica, después de refriegas y quebrantos logró conquistar un puesto dentro del recinto de la Economía académica. En tercer lugar, un nuevo órgano de la teoría económica –es realmente difícil decidir cual de los términos empleados para el mismo, marginalismo, neoclasicismo, etc., es menos equívoco– se asentó sólidamente después de una lucha que había durado un cuarto de siglo. Pero, con la posible excepción de Inglaterra, donde la dirección de MARSHALL,  consiguió hasta cierto punto, unir dichas tres tendencias, lucharon entre sí, y no sólo entre sí, sino también con las opiniones y métodos del período precedente, a los cuales se mantuvieron tenazmente fieles un buen número de economistas profesionales. En los Estados Unidos, en particular, donde la profesión de economista alcanzó un desarrollo tropical, la mirada retrospectiva no descubre más que el libro de texto pasado de moda –mejorado, sin duda, por obra de hombres tales como F. WALKER, pero siempre pasado de moda– y en el resto caos, un caos fértil si se quiere, pero en definitiva, caos. Sin querer faltar al respeto a méritos olvidados o semiolvidados, podemos discernir fácilmente que un joven ingresado en el departamento de Economía de Chicago, alrededor de 1895, no encontrara nadie que le mostrara la riqueza de ideas y de programas de investigación que palpita bajo la superficie llana de los Principles de MARSHALL, la única obra en la que era posible aprender las enseñanzas de MARSHALL sin necesidad de ir a Cambridge y escucharle en sus clases (3). Y habría sido necesario un maestro de habilidad excepcional para que en 1895, o incluso más tarde, las doctrinas de J. B. CLARK pudieran haber sido expuestas de una manera verdaderamente útil. Así, la Sozialpolitik no se desarrolló plenamente; la historia económica fue colocada aparte, y del nuevo aparato teórico se liberaron calificándolo fácilmente de "marginalismo" o "neoclasicismo", y en virtud de todo ello quedó triunfante el libro de texto seco y polvoriento –más o menos conformado con el modelo de MILL– con el resultado de preparar e incitar a las mentes más activas hacia una rebelión "institucionalista" (4).

La curva a través de la cual la obra de MITCHELL fue moviéndose, creo que puede ser fácilmente interpretada como la intersección de dos superficies: una de ellas representa las condiciones de su medio ambiente y la otra representa las propensiones de su propia mente. Un hombre de su capacidad debía forzosamente sentirse insatisfecho con el estado de cosas que tenía ante sus ojos, un hombre de su tipo de capacidad debía forzosamente buscar el remedio en el océano de hechos sociales del cual, en su opinión, los economistas se limitaban a considerar unas pocas y miserables playas. El deseaba nadar y no vadear; explorar y no girar una y mil veces alrededor de una pequeña extensión de tierra árida. Bastará añadir dos elementos más para completar el cuadro. En primer lugar, él recelaba del rigorismo lógico, tanto como el potro pueda recelar de la brida y de la silla, y muy pronto advirtió detrás de la obra de los cultivadores de aquella zona árida no sólo "postulados" irreales, forjados por satisfacer conveniencias metodológicas y susceptibles de ser desechados a placer, sino también "preconcepciones" (ideologías) que esclavizan la obra del investigador en lugar de servirle (5). En segundo lugar, totalmente al margen de esto, su tipo de mentalidad no era la más apropiada para apreciar debidamente lo que él llamaba "jugar" con los postulados: el trabajo sobre este árido terreno estaba viciado por prejuicios políticos o por creencias metafísicas; pero incluso si no hubiera sido así le habría parecido igualmente superfluo.

Si todo lo anterior define la posición institucionalista, entonces MITCHELL fue, y siempre siguió siendo, institucionalista. No deseo entrar en una discusión acerca del significado exacto de este engañoso concepto, una discusión que rebrota de tiempo en tiempo y que ha producido resultados tales como el de afirmar que VEBLEN no fue institucionalista en sentido absoluto o bien que fue el único que ha existido. Y esto sería tanto más inútil por cuanto cada uno de los participantes en la aludida "rebelión" ha rellenado los huecos abiertos por sus críticas esencialmente negativas con un programa positivo específico. Pero la posición metodológica de MITCHELL, puede y debe ser examinada con mayor detención por la magnitud e importancia de su obra y porque la misma ha sido repetidamente, e incluso recientemente, tratada de una forma que juzgo como parcialmente satisfactoria. Debemos considerar tres cosas distintas: las opiniones de MITCHELL acerca de la actitud correcta del economista hacia la "política"; sus opiniones acerca de los métodos adecuados para proteger los resultados científicos de la corrupción ideológica; y, finalmente, sus opiniones acerca de la "teoría". Sus opiniones sobre estos tres puntos variaron muy poco a través de su vida. Pasemos ahora a examinarlas como se merecen.

- Sus opiniones acerca de la actitud correcta del economista hacia la "política"; sus opiniones acerca de los métodos adecuados para proteger los resultados científicos de la corrupción ideológica; y sus opiniones acerca de la "teoría"


En cuanto se refiere a la primera, su propio proceder constituye un brillante ejemplo para nosotros. Al igual que otros institucionalistas, denunció la alianza política que existía entre la Economía de sus años formativos y el liberalismo del laissez-faire. Pero él fue uno de los pocos que obró de tal modo apoyándose en razones correctas. Aparte del hecho de que sus sentimientos sociales y su sentido de la inadecuación práctica de los programas retundamente inspirados en el laissez-faire, contribuyeran a convertirle en adversario de aquella alianza, es mucho más importante el hecho de que él creyera que no era de la incumbencia de los economistas al entrar en dicha alianza. La Economía debía ser una ciencia objetiva que pusiera a disposición, de quien quisiera usarlos, un conjunto de hechos, cuidadosamente delimitados, y de inferencias extraídas de tales hechos. Esta idea no le llevó a encerrarse en una torre de marfil. Por el contrario, siempre estuvo dispuesto a colaborar con cualquier servicio público que fue llamado para ello. Sus tareas en la Comisión de Inmigración en 1908, en el "Bureau of Labor Statistics" (Departamento de Estadística del Trabajo) y el "War Industries Board" (Consejo de las Industrias de Guerra), durante la primera guerra mundial, y más tarde su labor como presidente del "Committee on Social Trends" (Comité sobre tendencias sociales) (1929-1933) del Presidente HOOVER, y como miembro del "National Planning Board" (Consejo de los Recursos Nacionales), la "Federal Emergency Administration of Public Works" (Administración Federal de las Obras Públicas de emergencia) (1933) y como presidente del "Committee on the Cost of Living" (Comité sobre el coste de la vida) (1944), constituyen pruebas suficientes de ello. Pero la naturaleza de tales trabajos sirve únicamente para subrayar mi afirmación: tales trabajos coincidieron con su concepción de su misión científica, consistiendo siempre en observar e interpretar los hechos de una situación, presentando de manera objetivos se consideraban plenamente como dados, no vaciló en formular recomendaciones prácticas. Pero nunca abandonó la reserva que, al igual que él, creo apropiada para el hombre que se consagra a la tarea del análisis, y por ello jamás despachó recetas; jamás abogó en favor de una "política" determinada.

En cuanto se refiere al segundo punto, el peligro ideológico, su plena consciencia del mismo debe ser señalada como un mérito. Las únicas cuestiones que subsisten en este punto son, de una parte, la de si no se mostró excesivamente propenso a señalar la existencia de ideologías ("preconcepciones") en autores con cuyos métodos y resultados estaba en desacuerdo; y de otra parte, la de si el remedio que él propugnó era el adecuado. Así, aun cuando se encuentran muchas deficiencias en el análisis de RICARDO, si olvidamos sus recomendaciones políticas y tenemos en cuenta el nivel de abstracción en el cual se movió, no es posible señalar demasiadas proposiciones viciadas por la ideologías, como advirtió prontamente KARL MARX. Y el remedio de MITCHELL –la investigación cuidadosa y "objetiva" de los hechos– servirá para destruir muchas preconcepciones, pero no todas; ningún cuidado, por exageración que sea, bastará para proteger al investigador de los malos espíritus que anidan en lo profundo del espíritu del investigador, y que éste jamás puede advertir. A pesar de esto, MITCHELL fue uno de los pocos economistas que han visto el problema en toda su profundidad y que han advertido que las preconcepciones en nuestro campo no se reducen a simples cuestiones de prejuicios políticos o de defensa de algún interés específico.

El tercer punto, la cuestión que se puede enunciar como "MITCHELL y la Teoría Economía", presenta dificultades mucho más crecidas que las otras. En parte dichas dificultades proceden de una ambigüedad en el significado de la palabra. Cuando en sus principales publicaciones sobe los ciclos económicos, MITCHELL da cuenta de una gran cantidad de teorías relativas al fenómeno, y declara estar dispuesto a utilizar cualquier sugerencia que pudiera surgir de las mismas, pone completamente en claro que no se propone aliarse con ninguna de ellas, ni encadenarse a sí mismo, construyendo una del mismo tipo para sus propios propósitos, entonces usó sin duda la palabra "teoría" en el sentido de "hipótesis explicativa". Y lo que él quiso decir puede ser expresado mediante la afirmación indiscutible de que, tal hipótesis, debe resultar de, o ser sugerida por estudios empíricos detallados, más que planteada en los comienzos de la investigación. Interpretada correctamente, ésta es una posición defendible y en particular no expuesta a la objeción de que semejante programa es lógicamente imposible, porque, en cualquier caso, nosotros debemos, en primer lugar, identificar el fenómeno que ha de ser investigado, y que al obrar de este modo hemos de introducir forzosamente elementos destinados a ejercer cierta influencia sobre nuestra investigación de los hechos; en otras palabras, que no existe un algo que pueda ser llamado investigación táctica o en particular, "medición" sin "teoría". Esto es también cierto, pero cuando afirmamos esto, nos damos cuenta del hecho de que estamos ahora empleando la palabra "teoría" en un sentido diferente, es decir, en el sentido de "herramienta o instrumento conceptual". En este sentido MITCHELL deseó excluir la "teoría" de ninguna fase de su propia obra o de la obra de cualquier otro. Esto quedará demostrado más adelante. Pero no es todo lo que cabe considerar.

Aun cuando MITCHELL no cometió jamás el absurdo error de plantear objeciones de principio al empleo de instrumentos conceptuales o de esquemas, expuso desde luego objeciones y reparos a los que fueron realmente empleados en la literatura "clásica", en la cual incluía también la literatura postclásica existente durante su período formativo (6). Y ello por dos razones, una de las cuales está estrechamente vinculada a su contribución personal como uno de los dirigentes del pensamiento económico, siendo la otra la que indica la existencia de una limitación que impidió a su contribución el abarcar zonas todavía más amplias.

Se dedicó sin vacilaciones a ampliar las fronteras de la Economía, hasta el punto de incluir aquella provincia cuya denominación más acertada es la de Sociología Económica, es decir, el "análisis de las instituciones o de los hábitos sociales predominantes" (7). Las instituciones de la economía "monetaria" (capitalista) no debían ser aceptadas como datos –ni siquiera como datos susceptibles de variación– procedentes de otras disciplinas, sino que debían formar parte del material de investigación del economista. Pero lo esencial es que MITCHELL no interpretó dicho material o las generalizaciones que se pudieran extraer del mismo, como complementos de la teoría económica tradicional, sino como un sustituto para la misma. La teoría del proceso económico continuaba siendo una teoría, pero pasaba a ser una teoría construida siendo una teoría, pero pasaba a ser una teoría construida sobre los resultados de la observación detenida de la conducta real y –toda vez que no excluía en principio ni la introspección ni la interpretación psicológica basada en la introspección– sobre la motivación. Nos será muy fácil comprender las razones por las cuales semejante concepción metodológica llevó a MITCHELL a interpretar la vida económica como un proceso de cambio y por qué el análisis de los ciclos económicos debió de presentársele, desde su punto de vista, como el primer paso hacia un análisis realista del proceso económico en general. No debemos sorprendernos sino, por el contrario, admirarnos ante su énfasis sobre los aspectos que caracterizaron a su pensamiento desde el principio al final. E igualmente debemos proclamarle –al MITCHELL de antes de 1913– precursor de la dinámica moderna. Pero una vez aplaudidas sus premisas procederemos a examinar críticamente una de las conclusiones que extrajo de las mismas, especialmente la de que la lógica económica comprendida en lo que él, de acuerdo con otros, denominaba teoría clásica, debía ser totalmente abandonada.

Cuando estudiamos la versión en ciclostil de su famoso curso sobre la historia del pensamiento económico –los Types of Economic Theories, que espero ver publicados algún día–, nos sorprende el hecho de ver que él censuró a sus autores por sus "postulados" del mismo modo que por sus "preconcepciones". Hasta cierto punto estaba nuevamente en lo cierto: es totalmente evidente que los esquemas o modelos lógicos no constituyen la totalidad de la Economía ni siquiera de la teoría económica en su sentido estricto, y además existen muchas cosas a criticar acerca de los postulados o hipótesis básicas a los mismos. Pero MITCHELL, no expresó sus objeciones a postulados singulares –o a modelos completos– para sustituirlos por otros postulados. Las objeciones las planteó qua postulados o modelos, y además se encogía de hombres ante la gente que se ocupaba de la determinación y consistencia de los mismos. Y pensaba que "la teología de mi tía abuela"; PLATÓN y QUESNAY; KANT, RICARDO y KARL MARX; CAIRNES y JEVONS, e incluso MARSHALL, pertenecen a la misma pieza (8). Debería ser superfluo, en la actualidad, señalar el error implícito en esta afirmación o explicar cómo un instinto metodológico profundo pudo conducirle al error. El hecho puro y simple es que para construir una ciencia hacen falta muchos tipos de mentalidad; que dichos tipos se entienden difícilmente unos a otros; y que la preferencia por la clase de obra para el cual uno muestra mayor disposición rezuma fácilmente juicios despectivos hacia otras clases de trabajo, con la consecuencia de que difícilmente llegan a considerarse seriamente. Pero lo que no es superfluo es señalar el daño que semejante actitud ocasionó a la obra de MITCHELL y al ámbito de su influencia. Su aversión a formular explícitamente sus esquemas teóricos hizo difícil a todos, exceptuando a sus intérpretes más fervientes, darse cuenta de que existen –la idea básica de su libro de 1913 podría ser formulada dentro de un esquema dinámico que incluso poseería la propiedad de ser "completo" –a la vez pasajes tales como aquel en la cual prescinde de la teoría del equilibrio estático calificándola de "tierra de la fantasía" facilitan, a cualquiera que no sea un crítico identificado con sus puntos de vista, la renuncia a seguir sus enseñanzas basándose en que él, evidentemente, había fracasado en su intento de aprehender su significado o la naturaleza y significado de los modelos en general. Jamás estuvo dispuesto a escuchar el argumento de que los esquemas racionales tienden a describir la lógica de ciertas formas de conducta predominantes en toda economía que obedezca al principio de la persecución de ganancias pecuniarias –un concepto que comprendía perfectamente– y que no se pretendía con ello que los sujetos de tal descripción racional sintieran o actuaran racionalmente ellos mismos. Y jamás olvidaré su expresión de mudo asombro cuando intenté demostrarle que su gran libro de 1913, en cuanto se refiere al esqueleto de su razonamiento, consistía en un ejercicio mental sobre la teoría dinámica del equilibrio (9). No estoy escribiendo estas frases para disminuir la fama de un hombre al que no sólo estimé, sino que también admiré. Estoy escribiéndolas simplemente para eliminar las que, en mi opinión, han sido interpretaciones erróneas de todas las partes y para abrir hacia él el camino para una multitud todavía más numerosa de seguidores potenciales.

- La obra de Mitchell


Volvamos hacia el núcleo de su obra. Lo primero que nos impresiona es su majestuosa unidad. Pudo ser una feliz coincidencia que LAUGHLIN le sugiriera el episodio de los "Greenbacks" como tema de su tesis doctoral. Pero aparte de lo que pueda inferirse del hecho de que el candidato aceptara la sugerencia, parece verosímil suponer que MITCHELL había encontrado el camino hacia su Roma, fuera cual fuera el punto de partida que hubiera escogido. En sus manos, dicho tema se convirtió en una investigación del proceso económico afectado por el episodio de los "Greenbacks", y de las formas bajo las cuales el proceso económico reaccionó al impacto de la hacienda de guerra, y de la cual los efectos de la emisión de los "Greenbacks" no constituyeron más que un efecto parcial. El hecho de que, siguiendo a LAUGHLIN, concediera poca importancia a la teoría cuantitativa –actitud que modificó rápidamente (10)– es una cuestión de importancia secundaria. La cosa realmente importante que debe ser señalada en relación a los dos grandes libros que se derivaron de su tesis (11) es la visión de la economía monetaria –o "capitalista"– que revelan. De una parte, integró los fenómenos monetarios con el resto de los fenómenos, anticipando de este modo tendencias que han triunfado en épocas anteriores; y, de otra parte, analizó las relaciones que mantienen "unidos los precios en un sistema de reacciones a través del tiempo" (12), lo cual le condujo, con toda naturalidad, al estudio de los ciclos económicos como un primer paso hacia una teoría general de la economía monetaria moderna, tema que constituyó su principal preocupación durante el resto de su vida (13).

El volumen sobre Business Cycles, que apareció en 1913, había estado ya germinando en su mente desde 1905, aun cuando la resolución consciente de escribir un tratado sobre tal cuestión no fue tomada hasta 1908 (14). Constituye semejante obra un hito en la historia de la Economía americana –aun cuando su influencia sobre los especialistas desbordó ampliamente los confines de los Estados Unidos–, y cuantos elogios se refieran a la misma serán insuficiente. El producto de sus años juveniles; de los años en los cuales el vigor y la lozanía se conservan intactos, coexisten con la experiencia analítica y con conocimientos amplios, constituyó su pieza maestra en el sentido originario –la pieza de trabajo mediante la cual el aprendiz medieval demostraba ser un maestro en su especialidad– y a la vez el código que comprendía la ley de toda la obra que debía seguir a continuación (15). Los elementos esenciales del plan reaparecen en el volumen de 1927. Incluso Measuring Business Cycles (1945) desarrolla en un plano más extenso y elevado una parte de las ideas que fueron publicadas por vez primera en 1913. Incluso la mayor parte de la obra realizada por el "National Bureau of Economic Research" (Departamento nacional de investigación económica) resulta ser, realmente, una sombra prolongada de aquélla (16). Tanto los métodos como los resultados de 1913 resistieron la prueba de la gran cantidad de investigaciones realizadas sobre los mismos, aun cuando MITCHELL, con su singularísima devoción por la verdad, siempre estuvo dispuesto a modificarlos (17).

Una vez definido lo mejor que me era posible el lugar que ocupa Business Cycles en la evolución individual de MITCHELL, debo intentar, ahora, definir el lugar que le corresponde en la evolución de la ciencia. Esta es una tarea que abordo con gran desconfianza. En primer lugar, como ya he señalado anteriormente, los esfuerzos creadores de MITCHELL no tuvieron por objeto directo el fenómeno cíclico per se, sino más bien se encaminaron hacia una Nueva Economía –o, como dijo él mismo, una nueva teoría económica– inspirada en las "ideas desarrolladoras en el estudio de las fluctuaciones cíclicas" (18). Esto convierte a su obra en inconmensurable con las de la mayor parte de los investigadores del ciclo económico. En segundo lugar, al igual que la mayor parte de los investigadores dotados de capacidad creadora, MITCHELL no lograba aprehender con facilidad las obras de individuos que estuvieran, o le parecieran a él estar, ampliamente separados de él en actitudes o métodos. Fue el más generoso de los hombres. Leía muchísimo. Pero, preocupado con su propia tarea que acometía con celo febril en intervalos prolongados, no penetró fácilmente, más allá de un cierto nivel, en estructuras distintas de la suya. Esto hace necesario, para hacer justicia a su estatura mental, el recurrir a una distinción, la necesidad de la cual me ha impresionado frecuentemente en mis investigaciones en historia del análisis económico –la distinción entre prioridad subjetiva y prioridad objetiva–. Y en tercer lugar (como ocurre en el caso del descubrimiento –o la invención– del cálculo, y en muchos casos similares) se da la circunstancia de que las mentes humanas, en un momento determinado, son capaces de converger en opiniones similares, pero de tal manera que dichos hombres –y sus discípulos– vean con mayor claridad las diferencias secundarias entre unas y otras que las analogías esenciales. En el caso que nos ocupa, los especialistas albergaron la impresión de que el número de "explicaciones" distintas había aumentado, mientras lo cierto es que un cierto aire de familia entre las diversas concepciones del problema –ciclos en vez de "crisis"; sus métodos, implicando un creciente recurso al material estadístico; y sus resultados, tales como la importancia concedida a una versión generalizada de lo que ahora llamamos el principio de aceleración, se había acentuado fuertemente a través del tiempo–. Ningún autor se sumó a tal movimiento y tampoco parece que ninguno fuera muy influido por los demás. Pero la fecha de aparición del volumen de MITCHELL le asegura una posición destacada en la historia del movimiento (19).

Por supuesto, existió un precursor a todos aquellos autores: CLEMENT JUGLAR, el gran solitario de quien puede decirse que creó el moderno análisis del ciclo económico. En lo que se refiere a MITCHELL, JUGLAR fue su precursor, tanto por lo que respecta a la teoría como por lo que respecta al método. No sólo escribió un "gran libro de hechos" que relegó a un lado a las teorías contemporáneas, y aclaró la necesidad de pasar de las "crisis" a los "ciclos" (20), sino que también enunció, con matices eminentemente mitchellianos, importantes principios interpretativos que él creía derivados directamente de la observación y que culminaban en la famosa máxima: la única causa de la depresión es la prosperidad, lo cual equivale, si leo dicha frase correctamente, a afirmar que la depresión es la reacción a lo que ocurre durante la prosperidad. En mi opinión ésta es la primera formulación, aun cuando parcial, de la teoría que afirma que cada fase del proceso económico engendra la fase siguiente y que, singularmente, señala que las energías que acumula el sistema durante la prosperidad conducen a la recesión (la cual, a su vez, crea las condiciones para una nueva onda de prosperidad). MITCHELL, que adoptó independientemente un esquema similar, no dudó en denominarlo "teoría" (Vid., por ejemplo, Business Cycles, pág. 583, o el resumen de BURNS, op. cit. pág. 26), y esto es lo que es exactamente si tomamos el término en su acepción correcta –es decir, la de instrumento–, o sea un esquema que debe extraer su justificación, si existe, "de un esfuerzo independiente para emplearla, interpretando el flujo y reflujo incesante de la actividad económica". Y así formuló uno de los dos –existen tan sólo dos– grupos fundamentales de teorías del ciclo. Existe la "teoría" de que el proceso económico es esencialmente anti-oscilatorio y que, por lo tanto, la explicación de las fluctuaciones cíclicas y las de otra clase debe buscarse en circunstancias particulares (monetarias u otras) que perturban el flujo constante. MARSHALL fue el representante más destacado entre la multitud de seguidores de esta "hipótesis". Y existe, también, la "teoría" de que el proceso económico es ondulatorio –que los ciclos son la forma que reviste la evolución capitalista–, teoría a la cual MITCHELL contribuyó volcando en la misma el peso de su autoridad. Creo, incluso, que puede decirse que hizo algo más que eso: partiendo del principio de que la economía capitalista es una economía del beneficio, en la cual la actividad económica depende de los factores que influyen sobre las perspectivas actuales o futuras de los beneficios pecuniarios –equivalente, en mí opinión, de la eficiencia marginal del capital, de KEYNES– declaró que los beneficios son la "clave" de las fluctuaciones cíclicas, lo cual parece esencialmente análogo, no sólo con la "teoría" bosquejada en el capítulo XXII de la General Theory (21) de KEYNES, sino también con las teorías de un grupo de especialistas del ciclo económico, que es por lo menos tan amplio como el grupo que considera los ciclos como inherentes al proceso capitalista. MITCHELL no siguió adelante. En particular no llegó a decir que los beneficios están evidentemente –de algún modo, pero estrechamente– conectados con el proceso de inversión. Pero incluso en este caso nos encontramos ante un esquema definido, aun cuando solamente verbal, que preside su observación y recolección de hechos. Si este esquema parece ser menos evidente en la última fase de su obra, ello se debe a que el final le sorprendió en medio de la corriente, es decir, en la fase "táctica" de su obra y antes de que fuera capaz de coordinar los frutos de sus trabajos totalmente.

Exactamente como el volumen de 1927, el de 1913 comienza con un breve examen de las explicaciones existentes. En ambos casos, tales explicaciones son presentadas, en el mejor de los casos, sucintamente y con una sorprendente indiferencia. MITCHELL las califica a todas de "plausibles", pero también de suscitar "perplejidad". Las clasificó, pero sin intentar criticarlas sistemáticamente. Aun cuando planteó aisladamente algunas objeciones, el lector llega a la conclusión de que las consideró como formulaciones de verdades parciales, cada una de las cuales era tan verdadera como las demás, y todas las cuales debían ser juzgadas definitivamente en el tribunal de los hechos. La mencionada imparcialidad revela también una de las características de la concepción metodológica de MITCHELL, a la que hemos aludido más arriba; para él no existe nada o por lo menos nada importante, entre la hipótesis explicativa y los hechos; singularmente, no existía ningún criterio lógico que permitiera desechar completamente una teoría antes de someterla a la verificación empírica. Pero teniendo en cuenta el recelo que MITCHELL sentía hacia la economía "neoclásica", tal imparcialidad posee sus ventajas. Y tal como hemos dicho repetidamente, no le dejó abandonado, sin una brújula para navegar en el océano de los hechos estadísticos.

Al igual que el volumen de 1927, el de 1913 muestra inmediatamente la visión de MITCHELL de la economía monetaria. En ambos casos, estos capítulos constituyen en realidad tratados introductorios a la teoría económica general tal como él la concebía. Cortados escuetamente y privados de todo adorno y faltos de una conceptualización efectiva, jamás han recibido la atención que merecen. Para mencionar tan sólo un ejemplo: ¿cuántos saben que la teoría de los flujos monetarios, que estos capítulos apuntan más que exponen, constituye una verdadera anticipación de las partes de más calidad de la contabilidad nacional y del análisis agregativo? Y por supuesto, encontramos el "fondo teórico" que falta en tantos críticos y que se desarrolla con mayor detalle en la parte III del volumen de 1913 (22). Sin duda, la exposición de dicho fondo teórico necesita ser ampliada, y además requiere los servicios editoriales de un teórico profesional. Pero a pesar de esto continúa siendo una gran contribución.

La parte II del volumen de 1913, sin embargo, no necesita ser reeditada críticamente por nadie. MITCHELL sabía muy bien no sólo como emplear el material estadístico, sino también cómo desarrollarlo para obtener lo que deseaba, incluso en el caso en que fuera preciso manipularlo. La percepción de una necesidad que procedía de una visión comprensiva, el diagnóstico de los medios disponibles para satisfacerla y el ataque al problema, todas estas cosas debieron de sucederse unas a otras, entre 1908 y 1913, con la rapidez del relámpago. Muchos hombres han tenido concepciones totales. Muchos hombres han albergado una pasión por los detalles. Pero él fue uno de los pocos a quienes les ha sido permitido poner su visión al servicio de su honra sobre los detalles, y su pasión por los detalles al servicio de su visión.

Por lo demás, no es preciso decir mucho más acerca del volumen de 1927, exceptuando el hecho de que por su naturaleza constituyó, en mucha mayor medida que el de 1913, un examen de la obra ya realizada y un programa de la tarea que todavía debía ser llevada a cabo (23). Sus esfuerzos durante los años que van de 1908 a 1913, le habían llevado a la convicción de que la ardua tarea que había intentado realizar excedía de las posibilidades del esfuerzo individual. Sus actividades durante los años subsiguientes que dieron como resultado, entre otras cosas (24), sus investigaciones sobre números índices de precios y producción (25), le enseñaron que estaba dotado, como muy pocos lo estuvieron nunca, para la tarea de dirigir equipos de investigadores, en las cuales, aun cuando siempre ejercía el papel directivo, sabía participar como un compañero más en los trabajos, subordinando su inteligencia a la tarea común y difundiendo el espíritu de camaradería intelectual. Y así, con toda naturalidad, en 1920 su obra desembocó en las actividades del "National Bureau of Economic Research", del cual él fue uno de los fundadores y, hasta su muerte, su espíritu animador, y el director amable que dirigía sin oprimir, que alentaba la iniciativa de sus asociados, sin coartarla jamás. Este "atrevido experimento" constituyó un acto de autorrealización. Su éxito indiscutible es un monumento erigido a sus cualidades morales e intelectuales.

El "Bureau" produjo, y desde el comienzo planeó la realización, una serie de investigaciones, partiendo del famoso estudio sobre el tamaño y la distribución de la renta nacional, que aparentemente desbordaba los límites de los ciclos económicos y de los tópicos relaciones con los ciclos económicos (26). Pero la concepción que MITCHELL poseía del fenómeno, comprendía la totalidad del proceso económico, y por ello convirtió todo cuanto ocurría en el mismo en algo relevante para la "teoría" de los ciclos económicos. Tan sólo consideraciones acerca de los medios disponibles y de la oportunidad, determinaron la ordenación temporal de los proyectos individuales, todos los cuales ocupaban su puesto dentro de su plan total. Es necesario recordar esto cuando se trate de juzgar la obra de BURNS y MITCHELL, Measuring Business Cycles (1946).

Los autores de dicha obra no pretendieron haber escrito un tratado sobre los ciclos económicos, sino tan sólo presentar un "plan para la medición de los ciclos económicos", o mejor aún, del Proceso Económico en Movimiento. Esta "declaración de intenciones" encaja mejor con los ocho primeros capítulos que con los cuatro restantes (que tratan más de resultados que de simples mediciones), pero yo prefiero formular el contenido de la obra de un modo algo diferente: su objetivo es el de situar el fenómeno delante de nosotros, y al hacerlo mostrarnos lo que es necesario explicar. Este intento está presidido por un conjunto de decisiones analíticas que constituyen una versión mejorada de las que se encuentran en el volumen de 1913, pero que difícilmente pueden llamarse definiciones. Son las siguientes: "Los Ciclos Económicos son un tipo de fluctuaciones que se encuentran en la actividad económica total de las naciones cuyo sistema productivo descansa principalmente en empresas privadas: un ciclo consiste en expansiones que tiene lugar al mismo tiempo en muchas actividades económicas, seguidas por recesiones igualmente generales, contracciones y recuperaciones que dan lugar a la fase de expansión del ciclo próximo; esta secuencia de cambios es recurrente pero no periódica; los ciclos varían en lo que se refiere a su duración desde un año hasta diez o doce años; no son divisibles en ciclos más breves de carácter similar y de duración aproximadamente igual" (pág. 3). Se encuentra una buena cantidad de "teoría" en todo esto, aparte de la anticipación de diversos descubrimientos de hechos. La última frase, singularmente, adopta de manera atrevida la hipótesis de un ciclo único, que dificulta la tarea de distinguir diferentes especies de fluctuaciones, la existencia de las cuales no es una cuestión a resolver planteando hipótesis, sino por medio de observación directa (27). Sin embargo, éste y otros extremos son cuestiones de apreciación personal y de conveniencias expositivas, y por ello no nos detendremos más en las mismas.

Desde el punto de vista general de MITCHELL, era justo y apropiado analizar todas las series temporales –alrededor de un millar– que las fuerzas reunidas del "National Bureau" fueran capaces de excavar y manipular. Y ello porque considerando los ciclos económicos como la forma del proceso capitalista, resultan un "cúmulo de fenómenos interrelacionados" coexistentes con el propio proceso, e incluso si fuera posible imaginar un elemento que por sí mismo no tuviera nada que ver con los ciclos, sería todavía necesario investigar de qué modo es afectado por el movimiento cíclico (28). Si, pese a todos los reparos acerca de las consideraciones teóricas implicadas, fue necesario realizar ciertas selecciones –como por ejemplo en los cuatro capítulos últimos de Measuring Business Cycles–, se hizo como concesión a las limitaciones de los medios disponibles y no como cuestión de principios. Sin embargo, MITCHELL se dio perfecta cuenta de que ni siquiera la más completa colección de estadísticas bastaría para lograr los resultados que él deseaba. Por ello, y tanto con la finalidad de controlar como con la de interpretar su material estadístico y las inferencias que debían extraerse del mismo, puso en práctica la idea de coleccionar lo que denominó anales económicos, tan amplios temporalmente y referentes a tantos países como fuera posible. El libro sobradamente conocido de W. L. THORPE (1926) fue el resultado. En una época estadística como la actual es difícil alabar suficientemente el mérito metodológico contenido en el reconocimiento de la importancia del material histórico no estadístico. Aun cuando, con el pasar de los años, la confianza de MITCHELL en dicha fuente de información parece que fue decreciendo, y aun cuando la explotó de manera inadecuada desde el comienzo, todavía basta para redimir a su obra de la "manía estadística" que amenaza dominar el campo de investigación.

En la actualidad todo el mundo conoce a la perfección lo que ha dado en llamarse el método del "National Bureau". Sin embargo, la ingeniosa idea que subyace bajo esta representación del ciclo económico debe ser expuesta una vez más. De una parte, cada serie, eliminadas las fluctuaciones estacionales, es tratada individualmente y mediante su conducta media durante sus propias expansiones y contracciones se pone de manifiesto su desarrollo (ciclos específicos); cada uno de estos ciclos identificados, señalando los puntos máximos y mínimos en cada serie, se dividen en intervalos o fases, para las cuales los valores de las series se expresan como porcentajes del valor medio de cada ciclo –un procedimiento juicioso equidistante de la eliminación y de la consideración del trend– y entonces los promedios de dichos porcentajes sirven para obtener una representación del ciclo específico y típico de las series. De otra parte, con la finalidad de exhibir la conducta de cada serie individual durante los períodos de expansión y de contracción de la totalidad del sistema económico, se obtienen datos de los puntos máximos y mínimos de la actividad económica general, tanto del "consenso" aproximado de todas las series incluidas, como de la información no numérica contenida en los anales económicos. Entonces se estudia la conducta de cada una de las series en cada uno de los (nueve) intervalos o fases en las cuales se divide en este "ciclo de referencia", mientras que la "posición" (standing) de las series en cada fase de su ciclo de referencia queda expresada por un porcentaje de su valor medio durante todo el ciclo de referencia. El ciclo de referencia típico de las series se obtiene promediando las posiciones de las series en cada fase de todos los ciclos considerados. La comparación entre el ciclo específico y el ciclo de referencia de cada serie es, tal vez, la más importante de las operaciones o mediciones posibles dentro de este esquema. Esta representación dual de cada fragmento (potencial) de información estadística es extraordinariamente adecuada para distribuir los hechos de los ciclos económicos, hasta el punto en que esto pueda ser conseguido sin postular a priori la existencia de relaciones particulares entre los mismos. Incluso así, sin embargo, ha sido necesario cortar muchos nudos gordianos. Y como es natural, el mecanismo funciona con mucha mayor fricción en los últimos cuatro capítulos, donde se confía a una muestra (sample) de siete series temporales, relativamente extensas, la pesada tarea de servir de fundamento a una gran cantidad de inferencias concretas. Pero el propósito de presentar los hechos de tal modo que sea posible confrontarlos con las teorías, continúa siendo impresionante.

Por supuesto, dicho volumen no fue más que un comienzo. Y si MITCHELL hubiera podido terminar su inacabado manuscrito, también éste último no habría sido más que un comienzo. Obras de semejante naturaleza no tienen un final natural, y necesariamente apuntan siempre más adelante, hacia un futuro indefinido. Esto es cierto con respecto a la totalidad de la obra que MITCHELL realizó durante toda su vida. Y es esto lo que le confiere grandeza y que define su posición única en la historia de la Economía moderna. Nos encontramos ante un hombre que tuvo el valor de reconocer, contrariamente al resto de nosotros, que no poseía todas las respuestas; que se entregó a su tarea sin prisas y sin indolencia; que no se preocupó de avanzar con banderas y bandas de música; que estaba lleno de simpatía hacia el destino de la Humanidad y que a la vez, sin embargo, se mantenía alejado de la plaza pública; que nos enseñó, por medio del ejemplo y no por discursos, lo que debe ser un científico.

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(1) El manuscrito inacabado titulado What Happens During Business Cycles, sobre el cual estuvo trabajando hasta el momento de su muerte, ha sido publicado en ciclostil y distribuido a los participantes en la conferencia sobre Ciclos Económicos del "National Bureau of Economic Research" que tuvo lugar del 25 al 27 de noviembre de 1949, en Nueva York.

(2) En relación con todo lo que falta en el presente artículo, el lector puede consultar un amplio número de artículos necrológicos. Deseo citar especialmente el del profesor ARTHUR F. BURNS, singularmente el contenido en el 92th Annual Report of the National Bureau of Economic Research, y el del profesor FREDERICK C. MILL, leído como discurso en la 61 reunión anual de la "American Economic Association" (Vid. American Economic Review, junio de 1949), a ambos de los cuales debo gratitud por diversas informaciones (así como al profesor BURNS, particularmente, por varias comunicaciones); y los artículos necrológicos del profesor J. DORFMAN (Economic Journal, septiembre de 1949) y del profesor KUZNETS (Journal of the American Statistical Association, marzo de 1949). Igualmente, conviene comparar el presente artículo con el del profesor ALVIN H. HANSEN publicado en la Review of Economics and Statistics, noviembre de 1949. Una bibliografía de las obras de MITCHELL ha sido compilada por el "National Bureau".

(3) A este respecto, ¿cuántos saben actualmente lo que significa la presentación crítica que hizo MARSHALL de la "doctrina de la máxima satisfacción" para las bases científicas del laissez-faire, o lo mucho que colaboró MARSHALL en la tarea de preparar el camino a la Econometría moderna?

(4) En el caso de MITCHELL existió un año de estudios en Halle y en Viena que interrumpieron su trabajo en Chicago. Pero no dejaron señales visibles en él. Y –nuevamente sin querer menospreciar la memoria de nadie, y menos aún a la del gran MENGER– esto es precisamente lo que debíamos esperar.

(5) Vid. una cita característica en MILLS, op. cit., pág. 734, notas 4 y 5.

(6) Por literatura clásica yo entiendo las obras de los autores británicos destacados desde 1776 a 1848. En cuanto se refiere a la literatura disponible, durante su período formativo no debemos olvidar que WALRAS no existió casi para él (tal vez deban exceptuarse la dudosa filosofía que circunda el núcleo de la obra de WALRAS) y que las enseñanzas de MARSHALL, como hemos indicado más arriba, jamás fueron una realidad viviente para él.

(7) La práctica de considerar las instituciones sociales conjuntamente con el proceso económico, que influyendo y siendo influido, tiene lugar dentro de las mismas, puede remontarse a los doctores escolásticos y a ARISTÓTELES, J. S. MILL dedicó alrededor de un tercio de sus Principles a lo que yo he llamado más arriba Sociología Económica. Pero la materia se había convertido en árida y estacionaria, por lo menos en los Estados Unidos, cuando, bajo la influencia de VEBLEN, MITCHELL intentó infundirle nueva vida.

(8) Citado de MILLS, op. cit., pág. 733, nota.

(9) ¿Qué otra cosa son sus "reajustamientos recurrentes de los precios", a los que volvía una y otra vez, si no los movimientos imperfectos del sistema económico en la dirección de un estado de equilibrio? Si él fracasó en servirse del aparato de la teoría del equilibrio, del mismo modo los (sucesores de los) constructores de la teoría del equilibrio fracasaron en servirse de sus hechos.

(10) Un veredicto negativo, y casi sin matizar, sobre dicha "teoría", lo pronunció en la que creo fue la primera publicación de MITCHELL: "The Quantity Theory of the Value of Money", que publicó en el Journal of Political Economy, marzo de 1896, cuando era todavía estudiante. Es una característica de este hombre que antes de pasar mucho tiempo corrigiera el primitivo veredicto y condenara sus primitivas nociones sobre la cuestión ("The Real Issues in the Quantity Theory Controversy", ibid. Junio de 1904).

(11) A History of the Greenbacks, with Special Reference to the Economic Consequences of their Issue: 1862-1865, 1903; y Gold, Prices and Wages under the Greenback Standard, 1908.

(12) Vid. BURNS, op. cit., pág. 13.

(13) Este importante punto debe ser considerado debidamente. Para ello basta acudir a BURNS, op. cit., págs. 20-22. MITCHELL concibió el plan de una Teoría de la Economía Monetaria y comenzó a elaborar el "esqueleto" de la misma en diciembre de 1905. La cita que hace el profesor BURNS de una carta de aquella fecha, revela sin lugar a dudas que él se consagró a tal tarea de una manera específicamente mitchelliana, convirtiendo el estudio de los ciclos económicos, como advierte acertadamente BURNS, en un Vorarbeit (trabajo preliminar) con respecto al plan más amplio.

(14) Vid. BURNS. op. cit., pág. 22; MITCHELL tenía entonces treinta y cuatro años.

(15) El lector deberá tener en cuenta que lo anterior se aplica a su obra fundamental y no a todas sus obras de menor importancia. Pero se aplica de una manera más amplia de cuanto uno pudiera creer a primera vista. Las dos excepciones más importantes, la obra de MITCHELL sobre números índices y su trabajo en el campo de la historia del pensamiento económico, se pueden calificar rápidamente: la primera, como una parte del programa general trazado, e incluso llevado a la práctica, en cierta proporción, en el libro de 1913; la segunda, como el complemento crítico de su obra positiva. Incluso la mayor parte de los parerga son piezas del gran mosaico.

(16) Este giro de expresión es una versión ligeramente modificada de la del profesor MILLS: "... el "National Bureau of Economic Research", una institución que realmente constituye la sombra prolongada de WESLEY MITCHELL" (F. C. MILLS, op. cit., pág. 375).

(17) El cambio metodológico más importante consiste en lo que se conoce como el método del "National Bureau" de análisis de las series temporales (vid. más adelante, pág. 324). La modificación más importante en los resultados consiste en la disminución del énfasis sobre el papel que juegan los costes crecientes para llevar la prosperidad a su fin y los costes decrecientes en la estimulación de la recuperación.

(18) Business Cycles: The Problem and Its Setting, 1927, pág. 452.

(19) A continuación señalamos las de unos cuantos participantes más: la obra de AFTALION, escrita con un espíritu muy similar en cuanto se refiere a los métodos, pero que difiere de la de MITCHELL, en la interpretación, apareció también en 1913; la de SPIETHOFF, aun cuando anticipada en algunos artículos publicados durante el primer decenio del presente siglo, no estuvo disponible de una manera manejable y sin poder revelar por ello su impresionante base factual, hasta 1925; PIGOU no reveló definitivamente su afinidad a las concepciones de MITCHELL hasta 1927; D. H. ROBERTSON no lo hizo hasta 1915, y CASSEL (cuya interpretación revistió formas distintas más tarde) tampoco, hasta la publicación de su manual. El profesor HABERLER califica a TUGAN-BARANOWSKI de precursor de SPIETHOFF (Prosperity and Depression, 1941, pág. 72), pero yo prefiero excluirle de dicho grupo. Permítaseme insistir acerca del hecho de que no intento ignorar las diferencias teóricas que existieron dentro del mismo; lo único que quiero es señalar su afinidad en la concepción y en el método.

(20) Vid. el propio comentario de MITCHELL en el volumen de 1927, págs. 11-12, donde MITCHELL se refiere también a WADE, OVERSTONE y a otros que prepararon el camino, en esta dirección, pero no a MARX.

(21) Existen, desde luego, diferencias que resultan aumentadas por la reserva de uno de los autores y la decisión del otro. Pero la "clave" o causa próxima de las fluctuaciones cíclicas reside en el elemento del beneficio, para ambos.

(22) Esta parte III, reimpresa en 1941, bajo el título Business Cycles and their Causes, contiene varios puntos acerca de los cuales, o sobre la importancia de los cuales, MITCHELL dejó de creer más tarde. Sin embargo, al redactarla llegó a formular su teoría del ciclo económico con un grado de perfección que no alcanzó nunca. El manuscrito inédito mencionado (nota 1) no sólo es incompleto; es el resultado de una lucha contra masas de material inmanejable y contra el tiempo.

(23) El lector puede consultar la nota crítica titulada: "Mitchell's Business Cycles", publicada en el Quartely Journal of Economics, noviembre de 1930.

(24) Los más importantes de los estudios que deberían ser mencionados, pero que no pueden serlo aquí, fueron reproducidos por el profesor JOSEPH DORFMAN en el volumen titulado The Backward Art of Spending Money, 1937.

(25) Vid. especialmente los Boletines núms. 173 y 656 del "Bureau of Labor Statistics". The History of Prices during the War fue una serie de publicaciones del "War Industries Board", editado por MITCHELL, quien contribuyó a la misma con el boletín sobre International Price Comparisons y con el Sumario. En éste último se encuentra su índice de producción.

(26) Para más detalles véanse los informes anuales, o por lo menos la breve historia relatada por el profesor BURNS, op. cit., págs. 31 y ss.

(27) La segunda frase parece sugerir que existe algo de verdad en reconocer cuatro fases cíclicas. Como veremos, esta sugerencia no se comprende en el modelo de fases cíclicas que adoptó después. El lector podrá darse cuenta de que la antigua aversión de MITCHELL al empleo del concepto del equilibrio –o incluso a su contrapartida en el mundo económico: el "estado normal del comercio" que él declaró era una "ficción" en el volumen de 1927, pág. 376– puede ser la razón o una de las razones, para esto. El modelo de cuatro fases posee, en efecto, poco valor a menos que interpretemos las expansiones (prosperidades) y las contracciones (depresiones) como movimientos que se alejan y las recesiones y recuperaciones como movimientos que se acercan hacia condiciones comparativamente equilibradas (desde este punto de vista y no desde ningún otro, condiciones "normales").

(28) La concepción de MITCHELL acerca de una situación cíclica, creo que puede ser mejor formulada por medio de una analogía. Los miembros de un círculo familiar producen una cierta atmósfera moral, la cual, en cierto sentido, es el resultado de sus conductas individuales. Pero, sin embargo, dicha atmósfera, una vez creada, es en sí misma un hecho objetivo que a su vez influye sobre la conducta de los miembros de la familia: los miembros de la familia de series temporales del "National Bureau" producen colectivamente las situaciones cíclicas, pero cada una de ellas resulta influida por la situación cíclica existente.

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- Grandes economistas en la historia


+ Karl Marx

+ Marie Esprit Leon Walras

+ Carl Menger

+ Alfred Marshall

+ Vilfredo Pareto

+ Eugen von Böhm-Bawerk

+ Frank William Taussig

+ Irving Fisher

+ John Maynard Keynes

+ Georg Friedrich Knapp

+ Friedrich von Wieser

+ Ladislaus von Bortkiewicz

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 301 - 326.