domingo, 17 de septiembre de 2017

Eugen von Böhm-Bawerk | 1851 - 1914



Este artículo sobre Eugen von Böhm-Bawerk, cuyo autor es el economista SCHUMPETER, apareció primeramente bajo el título Das wissenschaftliche Lebenswerk Eugen von Böhm-Bawerk, en Zeitschrift für Volkswirtschaft, Sozialpolitik und Verwaltung, volumen XXIII (1914), págs. 454-528. Ha sido traducido y abreviado por el Dr. HERBERT K. ZASSENHAUS, que estudió bajo la dirección del profesor SCHUMPETER en Bonn, y que más tarde fue su auxiliar en Harvard.


J. A. Schumpeter, sobre Eugen von Böhm-Bawerk

Ahora este gran maestro nos ha dejado. Nadie entre quienes estuvieron unidos a él por lazos personales o científicos sería capaz de describir el profundo dolor que pesa sobre todos nosotros. No existen palabras suficientes para expresar lo que ha sido para nosotros, y muy pocos, si es que hay alguno, querrán aceptar la evidencia de que a partir de ahora se levantará entre él y nosotros un muro impenetrable que nos separará de él, de sus consejos, de su estímulo, de su dirección crítica, y de que también a partir de ahora deberemos recorrer el camino que se abre ante nosotros privados de su compañía.

Me asalta el temor de no estar a la altura de la tarea de trazar un bosquejo de la entera obra científica del maestro. Tal vez sea prematuro acometer dicha tarea. La gigantesca masa de ideas que comprende se encuentra todavía demasiado próxima a nosotros, y las nubes de polvo de las polémicas es aún demasiado denso. Porque él no fue sólo una mente creadora, sino también, un luchador y hasta el final una fuerza viva y efectiva en nuestra ciencia. Su obra no pertenece a una generación ni a una nación sino a la humanidad. Tan sólo mucho después de que todos nosotros hayamos abandonado el campo se darán cuenta los economistas de las verdaderas proporciones de su genio y de su entera influencia.

Desde cierto punto de vista, tal vez, quien ha estado sincera y personalmente consagrado al maestro se encuentra aún con mayores dificultades para realizar aquella tarea. Y yo lamentaría muy de veras tanto el poder escribir sobre su obra científica en un espíritu de fría objetividad, como que el lector pudiera hallar en lo que sigue nada más que un tributo de devoción sincera y un recuerdo dolorido. Como personalidad de riqueza infinita, como un hombre a quién la vida ofreció mucho porque él tenía mucho que ofrecer, y como pensador, BÖHM-BAWERW no necesita ninguna de las dos actitudes, toda vez que era lo bastante grande para poder prescindir de auxilios ajenos y para poder enfrentarse con la crítica. Pero para nosotros cualquier actitud que no fuera la primera nos está vedada.

A pesar de todo, la tentativa de realizar un bosquejo rápido a tan poca distancia tiene su mérito. Su justificación reside en esto: aún cuando en su obra existen muchas cosas cuyo significado definitivo no puede ser determinado todavía, existen muchas otras que permanecen ahora frescas en nuestra memoria y que el historiador no será capaz de percibir cuando estén envueltas en la penumbra del pasado. Nosotros hemos conocido al hombre, las condiciones concretas de su trabajo, el mundo para el cual escribió, el modo en que sus problemas se le presentaron, y el material que él moldeó. De todo esto, los mejores conocedores son quienes le rodearon. Las cumbres son solitarias; el vacío que separa el presente de cada ciencia de su pasado, incluso del reciente, crece rápidamente; y muy pronto los círculos más amplios de los colegas de la ciencia no podrían distinguir con claridad una gran parte de los detalles que son indispensables, sin embargo, para una comprensión más profunda.

Mi tarea debe limitarse a hablar del hombre de ciencia. Pero la silueta del hombre es la misma en todas partes y en todos los campos comprendidos dentro de la amplia órbita de su vida, en los que el intenso latido de su corazón dejó su marca impresa. En todos esos campos encontramos la misma personalidad brillante, los mismos rasgos profundos y enérgicos; la estatua aparece fundida en un solo metal, prescindiendo de cual sea el punto de vista desde el cual la contemplamos. Como es bien sabido, él fue no sólo una de las figuras más destacadas en la vida científica de nuestra época, sino también un ejemplo más raro de los estadistas: un gran ministro de Hacienda. Su nombre permanecerá indisolublemente ligado a toda una legislación fecunda, a la mejor tradición de la administración financiera austriaca. Y sus realizaciones en el campo de la política llevan el mismo sello que sus obras científicas. Como científico eligió la tarea más difícil bajo las circunstancias más adversas, prescindiendo del aplauso o del éxito. Como funcionario público se enfrentó con la tarea más difícil e ingrata entre todas las que puede emprender el político: la tarea de defender los principios financieros sanos –tarea ésta difícil e ingrata en todas partes, incluso donde una opinión bien informada protege al estadista, incluso donde éste cuenta con el apoyo de la poderosa organización de un partido, e incluso donde el ideal público es un ideal nacional y donde, por lo tanto, la máxima "los intereses de la Nación lo exigen" es siempre un aliado poderoso –tarea que resulta casi sobrehumana en Austria–. Es la misma habilidad suprema la que le permitió llegar a la victoria en la política y en la investigación científica; la misma originalidad y vigor constructivo; la misma clara opinión de la realidad y de lo que es posible; la misma fuerza y energía que se adapta a cualquier tarea y que domina los obstáculos del momento sin disgusto, vacilaciones y sin pérdidas de fuerza; la misma serenidad y el mismo agudo escalpelo, toda vez que el gran polemista fue también un maestro en la réplica hasta el punto de que más de un adversario le tributó el mayor homenaje que un hombre pueda tributar a otro hombre: el de rehuir la batalla. Y tanto en la política como en su obra científica el mismo carácter dio prueba de su valor: el mismo autodominio y la misma energía, el mismo elevado concepto del deber que imprimió tanto sobre sus subordinados como sobre sus discípulos, la misma capacidad para ver a través de los hombres y de las cosas sin el frío alejamiento del pesimista, para luchar sin amargura, para rectificar sin debilidad, para conducir su vida en un plano a la vez simple y grande. Así su vida fue un conjunto armónico, la expresión de una personalidad fiel a sí misma, sin traicionarse jamás, demostrando siempre su superioridad por su propio peso y sin afectación, una vida que fue como una obra de arte, cuyas líneas severas fueron trazadas por un encanto personal infinito, tierno y reservado.


- La obra científica de Böhm-Bawerk


La obra científica de BÖHM-BAWERW constituye un conjunto uniforme. Del mismo modo que en una buena comedia cada frase contribuye al desarrollo del argumento, cada sentencia de BÖHM-BAWERW es como una célula de un organismo vivo, escrita de modo que obedezca a un plan final claramente concebido en su mente. Por ello no existen despilfarros de energía, ni dudas ni desviaciones sino tan sólo una serena renuncia a todo cuanto represente elementos secundarios y éxitos momentáneos. Así, no es de extrañar que existan muy pocas muestras de trabajos escritos a impulsos momentáneos –tan importantes normalmente en la vida de un escritor– y en su caso, los escritos debidos a un estímulo externo se reducen prácticamente a algunos artículos destinados a periódicos. Incluso dichos artículos periodísticos resultan característicos: siempre sirven a un objetivo claro y específico, jamás son concebidos como mero juego científico o literario. Y con ello la superioridad plena del hombre, motivada por una gran tarea y por la posesión de una fuerza creadora viva, se nos revela con toda claridad; la superioridad de una mente clara y autodominada, la cuál, merced a un sentimiento del deber intelectual renunció a muchas distracciones pasajeras. Y con la misma energía llevó a la práctica su entero plan vital. Su vida se nos presenta así completa y perfecta. No puede subsistir ninguna duda acerca de la naturaleza de su mensaje.

Supo lo que quería hacer como muy pocos, y por ello es muy fácil formular su objetivo. Fue un teórico nato, apto para ver y para explicar vastas y profundas relaciones; para aprehender instintivamente, pero con mano firme los hilos de la trama lógica; y para experimentar la alegría íntima del trabajo analítico. Al mismo tiempo, fue un creador, un arquitecto del pensamiento, a quien ni siquiera las más variadas series de tareas secundarias, como las que el curso de la vida científica ofrece a cualquier hombre, pudieron darle satisfacción completa. Es cierto, desde luego, que fue el crítico más grande que jamás ha tenido nuestra ciencia. Pero su obra crítica, pese a su importancia y brillantez, pese a sus objetivos y meticulosidad, no sirvió más que para apartar los obstáculos de su camino, para sostener a su verdadera obra; jamás fue un fin en sí misma, y nunca pasó de ser una tarea subordinada.

Tan pronto como su intelecto comenzó a preocuparse por el proceso socio-económico –lo cual ocurrió a sus veinticuatro años– eligió resueltamente su punto de partida: CARL MENGER. Siempre se consideró un aliado de MENGER y jamás deseó fundar otra escuela científica. Su camino le llevó primeramente a través de la estructura que MENGER había creado y después continuó avanzando por el terreno en que se asientan los principales problemas económicos todavía no resueltos, logrando alcanzar así nuevas cumbres, para acabar fundiendo sus propias ideas nuevas, con las enseñanzas de MENGER en una estructura coherente, en una teoría total del proceso económico. Consagró sus cuidados constantes a la elaboración de dicha estructura, dedicándole sus brillantes aptitudes y su magnífica energía. Mientras luchaba con este problema, BÖHM-BAWERK se convirtió en uno de los cinco o seis mayores economistas de todos los tiempos. Nos ofreció una teoría omnicomprensiva del proceso económico –un de los grandes análisis de la vida económica al nivel del de los clásicos y del de MARX– concebido sobre los fundamentos de MENGER, y desarrollado desde el punto de vista de un problema cuya solución le parecía faltar. Dicho problema era el del interés, el del rendimiento neto del capital, el problema más difícil y más importancia de la Economía. Su dificultad, aún cuando no sea fácil hacer comprender al público en general, las complicaciones que entraña la explicación de un fenómeno tan corriente, queda atestiguada por el hecho de que los esfuerzos realizados durante muchos siglos no han conseguido una solución satisfactoria. Su importancia surge del hecho de que casi todos nuestros conocimientos y toda nuestra actitud hacia la naturaleza y significado del capitalismo dependen de nuestra visión sobre el significado y función del interés y del beneficio. Con anterioridad a BÖHM-BAWERK solamente MARX se dio cuenta de ello. Por ello, el sistema de MARX no es más, en su núcleo científico, que una teoría del interés y del beneficio, de la cual se desprende todo lo demás de un modo más o menos concluyente.

El medio ambiente científico en el cual BÖHM-BAWERK estaba destinado a encontrarse a sí mismo, constituye, después de sus aptitudes personales, el segundo elemento necesario para comprender sus contribuciones personales y la forma objetiva que adoptaron. Dicho ambiente no era favorable para un científico de miras amplias, para un hombre de las proporciones intelectuales de un RICARDO, y menos aún para un hombre cuyas aptitudes naturales eran las de un teórico exacto. La figura poderosa de MENGER surgió solitaria entre un montón de adversarios. La comprensión de los fines de la investigación analítica estaba totalmente ausente. Para comprender esta situación es necesario recordar que la Economía es una ciencia muy joven, casi en mantillas; que ha experimentado un único florecimiento real y que éste no tuvo lugar en Alemania; que el tipo de disposición mental que la naturaleza otorgó a BÖHM-BAWERK no ha arraigado jamás profundamente en Alemania, y que por ello nunca ha dejado de parecer extraña y en consecuencia impopular; en realidad, hasta entonces no había sido siquiera realmente comprendida. Es necesario recordar también que el interés de los economistas alemanes se dirigía hacia la reforma social o sobre otras cuestiones prácticas, y sobre problemas de la técnica administrativa, de tal modo que el interés puramente científico, en la proporción en que existía, se limitaba exclusivamente a la historia económica. No existía absolutamente ninguna posibilidad para un teórico, y la mayor parte de los especialistas en Economía, faltos de una preparación teórica, eran incapaces no sólo de apreciar y valorar las realizaciones de naturaleza analítica, que contemplaban con prejuicios y disgusto, sino que ni siquiera estaban en condiciones para poder formarse una opinión independiente acerca de la consistencia lógica de un teorema, y mucho menos para captar su significado o para juzgar la labor intelectual subjetiva de su autor.

Tan sólo cuando se tiene presente todo esto, cuando se está plenamente familiarizado con todos los aspectos de los obstáculos que tuvo que abordar el pensamiento abstracto, puede llegar uno a comprender la situación en que se vieron envueltas las mentalidades teóricas y además una gran parte de su conducta; todo lo cual justifica la existencia de un estado de cosas que ha llenado de extrañeza a los cultivadores de las ciencias exactas. Es todo esto lo que explica las montañas de controversias, los obstáculos que surgen a cada paso en el camino de cualquier análisis, la necesidad de volver al comienzo en cada nueva fase del razonamiento –porque de no obrar de ese modo no pasarían de una docena los lectores capaces de seguirlo– y esto explica también el sacrificio consciente de los refinamientos de detalle. En aquella época –y en cierta medida también en la actual– el teórico sólo podía confiar en sí mismo, corriendo siempre el peligro de ser mal interpretado; él mismo debía construir los ladrillos, cada uno de los ladrillos necesarios para su estructura, sin poder dar nada por supuesto en sus lectores salvo la disposición de los mismos, la cual no siempre era benévola. Un futuro más feliz se olvidará pronto de esa fase científica. Probablemente en la actualidad, el científico exacto es incapaz de imaginarse a sí mismo en la posición, por ejemplo, del matemático que antes de abordar un problema de cálculo de variaciones, se vea forzado a arrancar de sus lectores la aceptación de los elementos de la Aritmética. Poner esto de manifiesto e imprimirlo en la mente de la gente para siempre, es la tarea que debe realizar el contemporáneo que se encuentre lo bastante cerca de este período para comprenderlo. Constituye dicha tarea un elemento esencial de la justicia histórica a todos los grandes luchadores y regeneradores de la Economía, y una condición necesaria para comprenderles. Quien juzga a nuestros pioneros suele olvidar frecuentemente que fueron los primeros y que el juez se levanta sobre sus espaldas.

El éxito de BÖHM-BAWERK no fue rápido. Durante largo tiempo, incluso logró éxitos menores que los conseguidos por otros colegas suyos, cuyas realizaciones comparadas con las suyas apenas resultas visibles, sea cual sea el ángulo desde el cual efectuemos la comparación. En efecto, antes de someter a juicio su problema principal se vio enfrentado con la tarea de mostrar al mundo científico cuál era la naturaleza de dicho problema; e incluso se vio obligado a mostrar a muchos que era, verdaderamente, un problema; se vio forzado a defender los fundamentos de su sistema a través de una larga controversia; se encontró luchando con adversarios que consideraban metodológicamente imposible cosas tales, como la investigación abstracta de un grupo aislado de hechos. No existía tampoco un círculo de especialistas de mentalidad similar a la suya, ni tampoco le fue posible durante largo tiempo el atraer a su lado a un grupo de científicos o el formar a sus propios discípulos. Todo esto acrecienta la importancia de los resultados que consiguió. Alcanzó su objetivo mediante la fuerza de sus razonamientos escritos, sin perseguir el éxito literario o de forma, sin llamamientos a la opinión pública, sin una campaña periodística –es decir, careciendo de todos aquellos medios que, prescindiendo del hecho de que en ocasiones puedan ser necesarios y justificables, frustran los más elevados ideales de una tarea erudita o científica –y ello sin ocasionar amarguras y sin lanzarse a rencillas personales–.

La actividad serena y fructífera de jefe de una escuela académica le fue permitida tan sólo durante diez años, desde 1904 a 1014, después que había ocupado tres veces el cargo de ministro de Hacienda austriaco. Y ello porque el ambiente científico en Innsbruck, desde 1880 a 1889, fue demasiado estrecho para permitir la formación de discípulos dispuestos a ser orientados de tal modo que hicieran del campo de la teoría económica el objeto de su vida. Y esto era todavía más cierto en una Facultad de Derecho entre estudiantes orientados esencialmente hacia el estudio de la jurisprudencia. Y el período en que actuó como Honorarprofessor en la Universidad de Viena, fue para él una época de intensa actividad práctica, en la cual, aunque no llegara a ocupar toda su atención, neutralizó en gran parte su energía. Solamente después de 1904 comenzó aquella actividad que permanecerá inolvidable para todos nosotros, y las sesiones de las discusiones en el Seminario durante los meses veraniegos.


- El cómo en las aportaciones de Böhm-Bawerk


Al referirme al objetivo científico perseguido por BÖHM-BAWERK lo he descrito como un análisis de las formas generales del proceso socio-económico. Ahora, antes de iniciar el examen de sus contribuciones singulares, consideremos rápidamente el modo en que efectuó dicha tarea. Así la unidad del plan y la impresionante consistencia de su realización adquirirán un agudo relieve.

La visión omnicomprensiva del proceso socio-económico, tal como aparece a sus ojos, descansa sobre principios que poseen la simplicidad de los grandes fundamentos de la Física. Al igual que estos últimos podrían ser expuestos en pocas páginas, y si fuera necesario en una sola. Pero nadie podría sacar gran partido de semejante exposición sintetizada, porque –otra vez, al igual que ocurre con los principios básicos de la Física– sólo resultan fecundos, e incluso adquieren su verdadero significado, tan sólo en la selva de detalles del mundo empírico. La falta de una communis opinio en la Economía de su tiempo obligó a BÖHM-BAWERK a someter a sus lectores cada hipótesis y cada método que empleó, cada uno de los eslabones en la cadena de sus razonamientos, y a la necesidad de luchar en cada paso del camino para conseguir un espacio en el cual construir la estructura de su sistema. Más aún: este sistema contenía muchas ideas difíciles y controvertidas, especialmente las que se referían al tema principal: el problema del interés y del beneficio. Aparte de la necesidad de reforzar los fundamentos que había heredado de MENGER, existía la necesidad de eliminar una gran cantidad de tentativas anteriores para formular una teoría del interés, operación ésta, que era necesaria no sólo para conseguir un auditorio propio, sino también porque la demostración del carácter inadecuado de dichas tentativas (que constituyó intrínsecamente una gran realización) era un requisito previo para su propia teoría positiva.

Incluso los conceptos elementales más simples presentaban dificultades. Para el científico creador, las definiciones son una cuestión secundaria. En principio, las nuevas intuiciones no hacen más que aparecer; surgen repentinamente sin que se sepa de donde vienen o cómo han llegado. Las definiciones resultan necesarias solamente cuando aplicamos dichas intuiciones, y por supuesto cuando las describimos. Al acometer esta última tarea BÖHM-BAWERK se vio envuelto en la antigua controversia sobre el concepto del bien económico. Su primera publicación Rechte und Verhältnisse vom Standpunkte der volkswirtschaflichen Güterlehre (Innsbruck, 1881) abordó ya dicho problema. Una vez lo hubo resuelto con sus acostumbradas cualidades de claridad y de corrección, se encontró ante las dos tareas principales que le cerraban el paso para la construcción real de su sistema. El principio explicativo fundamental de cualquier sistema económico es siempre una teoría del valor. La teoría económica trata de hechos que aparecen expresados en términos de valor, y el valor es no sólo el primer motor del cosmos económico, sino también la forma en la cual los fenómenos económicos pueden ser comparables y mensurables. La visión que el teórico pueda tener del mundo económico depende de su opinión del fenómeno del valor; por ello era necesario establecer unos fundamentos firmes. La segunda tarea preparatoria se refería a la teoría del interés y del beneficio: se hacía necesario limpiar la maleza con objeto de poder demostrar que ahí existía un gran problema todavía no resuelto.

La primera de dichas tareas consistía en desarrollar una defensa y una elaboración de las teorías mangerianas. Y en 1886 publicó en dos artículos (Conrads Jahrbücher, Nueva serie, Vol. XIII) aquella exposición magistral de la teoría del valor (Gründzuge der Theorie des wirtschaftlichen Guterwertes) que perdurará siempre mientras exista nuestra ciencia. Con esto allanó el camino a su teoría económica. Desde entonces su nombre ha permanecido unido a la teoría de la utilidad marginal, hasta el punto de que tanto sus seguidores como sus adversarios comenzaron a hablar de la "teoría böhm-bawerkiana del valor". En aquellos artículos había hecho suya esta teoría, al igual que había hecho WIESER; porque un simple discípulo jamás podría haberlos escrito. Sus aportaciones originales en los citados artículos son numerosas; me referiré exclusivamente a dos de ellas. En primer lugar dio a la teoría su forma específicamente austríaca, separándose parcialmente de la forma que habían adoptado las enseñanzas de MENGER en otras partes del mundo. En segundo lugar, ofreció una solución propia al problema de la imputación, que difiere de las suministradas por MENGER y por WIESER, y a la cual nos referiremos más adelante.

BÖHM-BAWERK continuó siendo un poderoso y vigilante defensor de la teoría subjetiva del valor interviniendo victoriosamente en muchas de las batallas que se libraron en pro y en contra de la misma. También esto forma parte de su obra, que de otro modo habría resultado insegura en sus fundamentos e incompleta en sus detalles. Y es tan sólo una consecuencia lógica de su personalidad el que fuera incapaz de sostener una posición cualquiera sin cuidarse de reforzarla, sintiéndose empujado a solventar cualquier posible duda teórica por medio de investigaciones incesantes. Ninguna mente creadora puede encontrar placer en la discusión repetida de cuestiones que han sido ya sistematizadas por ella misma a su entera satisfacción. Pero mayor sería la pérdida si no poseyéramos los resultados de dicha controversia, que no tiene igual en la literatura económica y que es un verdadero arsenal de instrumentos analíticos.

Cuando aparecieron los Gründzuge los fundamentos de su reputación como autor habían sido ya cimentados gracias a la segunda labor preparatoria a la que hemos aludido más arriba, es decir, merced a la publicación del primer volumen de su magnum opus: la Geschichte und Kritik der Kapitalzinstheorien (Kapital und Kapitalzins, Vol. I, I.ª edición, Innsbruck, 1884), que constituye la pieza crítica más destacada dentro de la literatura económica. La obra alcanzó éxito rápidamente, pero incluso todas las expresiones de aplauso y admiración, que fueron cada vez más frecuentes, resultan insignificantes al lado del homenaje tácito representado por la profunda influencia que todavía sigue ejerciendo dicha obra. El libro constituye un monumento de análisis creador y también un hito en el camino de nuestra ciencia; contiene una serie de críticas de las teorías del interés, cada una de las cuales como pieza de artesanía científica resulta una obra de arte inigualada en su perfección. El libro no entra en descripciones del medio ambiente social e histórico en que surgió cada teoría. Ni tampoco contiene florituras filosóficas ni sustitutos sintéticos a la explicación. Incluso la historia del pensamiento en el campo de su tema central pasa a un lugar secundario. El autor se limita exclusivamente a una de las muchas tareas posibles: se concentra sucesivamente sobre cada teoría del interés, considerando en cada caso únicamente su contenido sustantivo. Como resultado de dicha labor formula nuevamente cada uno de dichos contenidos examinando sus elementos esenciales con visión magistral, empleando un número reducido de argumentos, sencillos pero siempre decisivos. Con un mínimo de esfuerzos, y siguiendo siempre la línea más recta posible, y con gran elegancia, va despachando sucesivamente las diversas teorías; y –después de haber expuesto cuidadosamente las razones de cada fracaso– continúa su camino sin malgastar más palabras, exento de todo exceso verbal. No existe ningún otro libro en el cual uno pueda aprender con igual eficacia el arte de aferrar firmemente lo esencial y de prescindir de lo irrelevante.

Más tarde, después de que cada cosa había sido preparada en esa forma metódica y cuidada, apareció como segundo volumen de Kapital und Kapitalzins, Die Positive Theorie des Kapitals (el prefacio está fechado en noviembre de 1888, la publicación es de 1889, y una traducción inglesa debida a W. SMART apareció ya en 1891). Tal como hemos señalado más arriba, esta obra, a pesar de que su título pueda sugerir un contenido más restringido, comprende un análisis total del proceso económico, siendo a la vez la obra de su vida y el producto más personal de sus esfuerzos. Sean cuales fueren las opiniones que las generaciones futuras puedan formarse de cada uno de los eslabones separados de la cadena de su pensamiento, jamás podrán dejar de admirar su traza magnífica y el grandioso élan de la obra completa. En cualquier caso es absolutamente cierto que se trató de un esfuerzo para escalar las cumbres más elevadas que puede alcanzar la Economía, y que su realización llegó a un nivel en el cuál existe un número muy reducido de dichas cumbres. Siempre he sentido una inclinación a establecer una comparación con MARX a este respecto. Tal vez esto pueda parecer extraño, pero de ser así, ello se debe tan sólo a que el nombre de MARX se ha visto envuelto por el calor de las pasiones políticas, y porque su sistema está animado por un temperamento muy distinto al de nuestro héroe. Su nombre no puede ser separado de los movimientos sociales y su fraseología, que le distingue y que permite acentuar la significación de su obra a un público más amplio que el científico; pero la consecuencia de ello es que su contribución científica real queda oscurecida. Todo esto no existe en el caso de BÖHM-BAWERK, quién no deseó otra cosa que ser un científico. Ni una sola hoja de su jardín se movió a impulsos de las borrascas políticas. Ninguna de sus palabras o expresiones estropeó el flujo de su pensamiento científico. Además evitó el trasfondo sociológico que, considerando el estado de nuestra disciplina, habría reconciliado a muchos disidentes con el laborioso trabajo intelectual situado debajo del mismo. Su obra no ofrece ninguna peana desde la cual poder hablar a las masas, ni tampoco cuenta con ningún ornamento, prescindiendo de la forma clásica de sus líneas y de su perfección interna, que no son más que el fruto de la renuncia a todo cuanto le habría podido alejar del núcleo del problema en el cual había puesto sus miras con seriedad y firmeza. Sin embargo, por muy diferentes que hayan sido MARX y BÖHM-BAWERK, sus vidas, sus convicciones y por lo tanto también en muchos puntos de sus obras, el paralelismo entre ambos en cuanto teóricos es innegable. En primer lugar, como científicos, tuvieron ambos el mismo objetivo. En segundo lugar, un conjunto análogo de circunstancias relativas a su tiempo y al estado de su ciencia, al igual que una convicción análoga de la importancia excepcional de los problemas del interés y del beneficio, les llevó a derivar de este problema la orientación de sus análisis del proceso socio-económico. Cada uno de ello tomó la idea básica para su análisis de otros; así MENGER fue para BÖHM-BAWERK lo que RICARDO fue para MARX. Ambos trabajaron con métodos similares y avanzaron a un ritmo parecido. Y cada uno de ellos construyó un edificio, cuya grandiosidad queda suficientemente probada con la observación de que ninguna crítica, por eficaz que pueda ser con respecto a un objetivo concreto, puede disminuir el significado y la importancia del total.

Con todo el eco logrado en el mundo científico fue menor que el obtenido por la parte crítica de la obra, y fue solamente con el transcurso del tiempo que la Positive Theorie logró echar raíces en el suelo del pensamiento económico. En parte ello se debe a la índole de la obra. Un organismo tan poderoso como la Positive Theorie de BÖHM-BAWERK, cuyo mecanismo interno no puede ser comprendido sino mediante un estudio prolongado e imposible de ser asimilado por quien no fue fuera teórico, obligó al experto, especialmente en 1889, a trabajar dentro de un mundo de ideas absolutamente nuevo. Por esta razón su suerte no podía ser otra, al principio, que la de permanecer inaccesible. Incluso hoy en día, más de un admirador de nuestro hombre pospone la Positive Theorie a otras partes de su obra, especialmente a la Geschichte und Kritik; igualmente es digno de ser señalado que el juicio de muchos expertos en la materia se apoya en detalles meramente secundarios. En cualquier caso, y aún cuando la grandeza del libro no ha logrado un pleno reconocimiento ni siquiera en la actualidad, se ha convertido en la obra standard que no puede ser ignorada por nadie que se proponga trabajar en el campo de la teoría económica. Pertenece al instrumental de cualquier teórico, y ha llegado a ser con mucho, la contribución original de nuestra época, que ha alcanzado mayor éxito.

La segunda edición (1902) fue una reimpresión inalterada de la primera. Pero, entre los años que van de 1904 a 1909, BÖHM-BAWERK consagró todas sus fuerzas a la tarea de "reflexionar nuevamente sobre toda la obra". Después de "cinco años de trabajo extenuante", mediante el cual no quedó un solo "escondrijo" de su obra por examinar (cfr. el prefacio a la tercera edición) la presentó nuevamente al público sin haber necesitado alterar sus fundamentos. Sin embargo, la nueva edición es un libro nuevo: muy pocas secciones quedaron sin revisar, casi todas fueron ampliadas, y además por todas partes se advertían un gran número de importantes adiciones. Por otra parte, los años en que se entregó a la tarea de autocrítica le llevaron a desear discutir un cierto número de cuestiones con mayor detenimiento del que era posible en el texto: por ello además de los dos apéndices añadió doce "excursuses". Y aún cuando originalmente fueron concebidas como ampliaciones del texto y como notas críticas, muchas de ellas son verdaderas monografías. Ellas convirtieron al libro en un compendio de teoría económica pudiendo afirmarse que de este modo pudo dar cima a la obra de su vida.

No añadió a la obra, en cambio, una última parte que había proyectado durante largo tiempo. La ofreció más tarde en su último artículo Macht oder ökonomisches Gesetz? Había tropezado varias veces con el "slogan" de que los procesos económicos en general, y la distribución del producto social en particular, estaban determinados por el poder social de las clases y no por los fenómenos puros del valor económico. No era más que un "slogan", pero se encontraba ampliamente difundido, y en el campo de nuestra ciencia no estamos en condiciones de infravalorar semejante tipo de convicciones. Además, existe un cierto problema en esa cuestión, un problema acerca del cuál no tenía más remedio que tomar partido aún cuando tan sólo fuera con la finalidad de probar la solidez de su propio sistema. Así lo hizo, y de pasada analizó varios e importantes extremos de la teoría de los salarios. Para nosotros este artículo posee un valor que debe ser señalado y que reside en las muchas indicaciones que contiene acerca de la dirección según la cual deberá proceder la investigación futura, es decir, con respecto a los innumerables problemas secundarios cuyos perfiles se desdibujan en la niebla del futuro.

Otro artículo más, pertenece igualmente al plan integral de su obra, al margen del cual se encuentran sólo unas cuantas publicaciones que citaremos un poco más adelante. El significado profundo del último artículo procede del paralelismo de sus esfuerzos científicos con los de MARX. Se trata de su crítica de MARX que publicó bajo el título de Zum Abschluss des Marxschen Systems, poco después de la aparición del tercer volumen de Das Kapital, como contribución al volumen de homenaje a KARL KNIES (Berlín, 1896; traducción rusa editada en San Petersburgo, 1897; traducción inglesa editada en Londres, 1898). MARX tuvo innumerables críticos y apologistas –más que cualquier otro teórico, aún cuando BÖHM-BAWERK tenga ahora un número similar– pero la mayoría de ellos adolecieron de uno de los dos defectos siguientes. O bien su interés principal se encontraba fuera del núcleo científico de la obra de MARX, y por ello se concentraban en cuestiones irrelevantes desde el punto de vista del citado núcleo –cuestiones históricas, políticas, filosóficas, etc.– o bien, no estaban completamente a la altura del autor y de la obra. Es esto lo que confiere al critisicismo de BÖHM-BAWERK, un significado especial: le interesaba el núcleo de la cuestión y tan sólo dicho núcleo, y cada una de sus líneas revelaba al maestro; la grandeza del objeto de la crítica mide la grandeza del crítico. Esta es la razón por la cual esta crítica ocupa un papel preponderante en el panorama de la obra de BÖHM-BAWERK; ésta es la razón por la cual nunca dejará de ser la crítica de MARX en cuanto se refiere al contenido teórico del sistema de MARX. No me es posible, sin embargo, examinarla con mayor detenimiento.


- Böhm-Bawerk como economista, un "clásico"


De acuerdo con la clasificación de OSTWALD, BÖHM-BAWERK tendría que ser definido como un típico "Clásico". Esta definición encaja perfectamente con su estilo, que era directo sin adornos y reservado. El autor deja hablar al sujeto y no nos distrae con sus fuegos de artificio. Precisamente en esto consiste el indudable atractivo estético de la forma literaria, que destaca la forma lógica de las ideas subyacentes de manera a la vez precisa y discreta. Sin embargo, su estilo era muy personal, y cualquier frase de las que él escribió podría ser reconocida incluso si se la insertaba en otro texto cualquiera, por la gran regularidad de su sintaxis. Sus frases –como bloques de mármol bien labrado– son frecuentemente largas, pero jamás confusas. La influencia del lenguaje oficial y administrativo, así como la de las formas jurídicas de estilo y de expresión apunta débilmente. Pero esto jamás es un estorbo; por el contrario, sirve para demostrar que el lenguaje oficial posee sus propias cualidades estilísticas, las cuales cuando lo manejan unas buenas manos no deja de producir su eficacia. La expresión y la "temperatura" de su exposición son siempre las apropiadas al caso: reflexivo y frío en el desarrollo de un razonamiento, pleno de energía y de mordacidad en los pasajes decisivos y en los resúmenes. El autor rehusa siempre oscurecer la estructura de la exposición, marcando netamente las cesuras. El juego de palabras no existe. Incluso quedan reducidos a un mínimo las huellas de su deliciosa conversación –para lo cuál no conozco mejor expresión que la de "retozona"– que fue su característica en las relaciones personales. Para dentro de los límites de la reserva más estricta, frecuentemente la expresión se eleva hasta alcanzar efectos retóricos, hallando a menudo giros de frases muy felices o acuñando palabras o expresiones inolvidables.

- El método de trabajo de Böhm-Bawerk


Bastarán unas pocas palabras para caracterizar su posición metodológica. Su método de trabajo, un método que en sus manos se mostró poderoso y brillante, fue determinado por la naturaleza del problema estudiado y por sus aptitudes personales. El problema consistía en la descripción de las leyes generales que se manifiestan en cada sistema económico, independientemente del tiempo y del lugar. La existencia de tales leyes, siempre y en todas partes, se desprende de la esencia de la actividad económica, y de las necesidades objetivas que condicionan esta actividad. Las dificultades que suscita dicho problema son, por lo tanto, predominantemente analíticas. Es decir, no se trata de una tarea especial de recopilación de hechos; los hechos relevantes y básicos de la vida económica son, como muestra la experiencia, simples y familiares para nosotros, como resultado de la experiencia práctica, y se repiten en todas partes, aún cuando adoptando una gran diversidad de formas. En cualquier caso, la tarea de recopilar hechos cede el paso ante la tarea de la asimilación intelectual de estos hechos y del desarrollo de sus implicaciones. Esto no puede ser llevado a cabo, a menos, que se proceda a aislar mentalmente los elementos de la experiencia que nos interesan, y a menos que se haga abstracción de muchas cuestiones irrelevantes. La teoría resultante, no puede negarse, será abstracta, alejada de la realidad por obra de muchas hipótesis, al igual que ocurre con cualquier teoría; pero es tan realista y empírica como pueda serlo una teoría física. Por supuesto, cuando se trate de aplicar semejante teoría o de realizar investigaciones concretas y detalladas, es indispensable un nuevo material de hechos recopilados sistemáticamente. Pero toda vez que el problema de BÖHM-BAWERK fue el de bosquejar los grandes trazos de la lógica interna del proceso económico, y toda vez, también, que jamás se ocupó ni de sus aplicaciones ni con investigaciones empíricas detalladas, su método fue el del análisis técnico, el de la especulación exacta. Y sus aptitudes personales apuntaban precisamente en la misma dirección.

Su interés se centraba en los problemas y en los resultados, y no en las controversias metodológicas. Siendo un científico nato, percibía las exigencias metodológicas de cada grupo de problemas como una cuestión obvia, hasta el punto de no hallar el menor placer en las disquisiciones generales sobre el método. Tan sólo ocasionalmente llegó a escribir sobre estas cuestiones. La esencia de su opinión sobre la materia, por lo menos, tal como se refleja en las dos primeras ocasiones en que se puede afirmar correctamente que trató de metodología no es difícil de captar: "Escribe poco o nada sobre método, y en cambio trabaja con la máxima intensidad sirviéndote de todos los medios disponibles". En una tercera publicación formuló algunas advertencias metodológicas a un grupo de sociólogos franceses, miembros del "Institut International de Sociologie" con motivo de su elección como presidente de dicho Instituto. Se encuentran publicadas en la Revue Internationale de Sociologie (año XX, 1912) bajo el título Quelques remarques peu neuves sur une vieille question. Escritas serenamente, sin empaque y en un hermoso estilo, merecen atención, particularmente por lo que se refiere a la grave advertencia, infinitamente apropiada, de que si la Sociología no encuentro su RICARDO producirá inevitablemente su FOURIER. Y, finalmente, existe una sección metodológica en Die Aufgaben der Preïstheorie, que fue añadida a la tercera edición de la Positive Theorie donde contradice a los teóricos alemanes que negaban la posibilidad de una teoría general del precio.

Todos estos escritos perseguían un propósito defensivo bien definido; no fueron escritos por gusto ni quiso realizar con ellos unas investigaciones epistemológicas. Quién se ocupa tan sólo de los resultados no tiene tiempo para llevarlas a cabo. El hecho de que no fueran de su gusto por los refinamientos de expresión y de forma que constituyen el placer de otras mentes, puede explicarse en virtud de la posición especial que ocupó en la historia de nuestra ciencia. El fue uno de aquellos investigadores de primera línea a quienes interesan tan sólo la esencia de su razonamiento, y que pueden y deben dejar la labor de los "refinamientos" a sus epígonos. El era un arquitecto, no un decorador de interiores, un hombre que abría nuevos senderos a la ciencia, no un científico de salón. Por esto no se preocupó demasiado del hecho de si se puede hablar correctamente de causa y efecto o sólo de relaciones funcionales. Así en alguna ocasión habló de cantidades relativamente pequeñas, donde en sentido estricto se debería hablar solamente de cantidades infinitésimas. Por la misma razón emplea a veces el término utilidad marginal tanto para indicar un cociente diferencial como el producto de este coeficiente por un elemento cuantitativo. Igualmente fracasó en el empeño de definir completamente las características formales de la función de utilidad, la cual en sus manos se convierte en una escala discontinua de utilidades. Y así resulta que su teoría del precio guarda la misma relación con la teoría de los hombres de Lausana, que la que pueda existir entre los modos y las maneras de un viejo teutón con los de un cortesano de LUIS XV. Las hipótesis acerca de la forma de las funciones, las expresó mediante ejemplos contenidos en tablas numéricas. Pero todo esto no importa. El futuro se encargará de refinar todos estos extremos. Lo que a él le importaba de manera decisiva eran los principios fundamentales, y estos los desarrolló mejor y con más eficacia siguiendo su método de cuanto podría haberlo hecho siguiendo otros procedimientos. Su teoría del precio sigue siendo todavía la mejor que poseemos, la que responde en mayor medida a todos los problemas fundamentales y a todas las dificultades básicas.

Su posición con respecto a la Sociología resulta particularmente significativa en relación con el tema que nos ocupa. Obedeciendo en parte a la necesidad de cultivar el terreno recién surcado, y en parte siguiendo la línea de menor resistencia, los economistas habían desembocado en dicho campo, y esta sangría de fuerza científica explica muchas cosas con respecto al estado de la ciencia económica alemana. BÖHM-BAWERK no fue arrastrado por la corriente; no quiso ser más que un economista. Y en cuanto economista temió por el progreso de su ciencia, cuando observó que las disciplinas hermanas (las cuales por el método y por su contenido se encontraban tan por debajo de la Economía como lo estaba ésta, a su vez, con respecto de las ciencias naturales) sustraían de la Economía una buena parte de sus cultivadores aportando en pago aquel estilo periodístico capaz de trastornar todas aquellas disciplinas que carecen de un núcleo bien preparado de expertos. Fue demasiado consciente para aceptar como una compensación plena dichos estímulos, que no podían dejar de afectar al campo de la Economía, y en consecuencia permaneció durante toda su vida alejado de las diversas escuelas sociológicas de su tiempo. Sabía perfectamente que cualquiera que se proponga seriamente realizar una verdadera aportación científica debe limitarse dentro de un ámbito restringido, soportando los reproches del público por ser un especialista, antes que revolotear fugazmente de una materia a otra.

Este es el momento de señalar que casi nunca participó en las discusiones de las cuestiones del momento. Permaneció al margen de cualquier posición política, y su obra, en consecuencia, no pertenece a ningún partido. En la práctica abordó diversas cuestiones del momento, enfrentándose con una gran cantidad de problemas prácticos importantes, pero en cuanto científico, hasta donde alcanzar mis informaciones, escribió solamente una vez sobre una cuestión "práctica" (en tres artículos publicados en la Neue Freie Presse, del 6, 8 y 9 de enero de 1914, sobre Unsere passive Handelsbilanz). En ellos se reveló como un maestro de tales discusiones. "La amenaza de un flujo monetario tendrá en la mayor parte de los casos el mismo efecto que produciría un flujo monetario en el caso de ser inefectivo". "La balanza de pagos manda, la balanza de comercio obedece, y no viceversa". "Se dice, y es probablemente cierto, que en este país muchos individuos viven por encima de sus posibilidades. Pero lo que sí es indudablemente cierto es que, durante algún tiempo, muchos de nuestros gobernantes han estado viviendo por encima de las suyas". "La política financiera ha sido entre nosotros el 'whipping boy" (el muchacho travieso) de la política". Y así sucesivamente. Nadie puede negar ni el interés ni la comprensión del autor hacia los problemas prácticos, como tampoco su talento para ese tipo de trabajos. A pesar de todo él se mantuvo apartado de las discusiones del momento.  ¿Por qué? Tales discusiones dominadas por objetivos prácticos y limitados por el horizonte del auditorio no permiten la exposición de razonamientos más amplios, ni llevar a cabo investigaciones más profundas, así como tampoco emplear métodos más refinados. Rebajan la ciencia al nivel de los debates populares, al nivel de argumentos invariados durante los últimos doscientos años. Estas discusiones tienden a la "producción instantánea", una especie de producción similar a la producción económica realizada sin maquinaria, y en su apresuramiento no dejan tiempo al teórico ni para tomar aliento ni para llevar a cabo labor auténtica y real; en el mejor de los casos deben limitarse a la aplicación de un saber ya existente. Pero son fascinantes, frecuentemente encendidas bajo el calor de la pasión política; por ello ha ocurrido frecuentemente que muchos economistas les han dedicado todo su tiempo, y muchos una gran parte del mismo. Esto es una de las razones por las cuales las cosas marchan tan despacio en nuestra ciencia. BÖHM-BAWERK trabajó para los siglos futuros –lo que hoy parece un "juego intelectual" podrá tal vez, en su día, dar frutos prácticos– y creyó que su deber era ese, a pesar de todas las tentaciones, dejando que las cosas siguieran su curso y que la gente hablara de las mismas.

- Positive Theorie


Después del resumen que hemos dado de su obra, resulta evidente que el mejor medio para desarrollar la estructura de sus doctrinas económicas y la totalidad de sus contribuciones y opiniones, consiste en llevar a cabo un examen más detenido de la Positive Theorie. Y esto es lo que trataré de hacer ahora.

Son muy pocos los problemas de teoría económica, en el significado estricto del término, que no son tomados en consideración en la obra. En mi opinión, los problemas omitidos son los siguientes:

1.º El proceso básico de la vida socio-económica puede ser demostrado mediante el modelo de una economía aislada. Aun cuando la obra contenga una teoría que comprende las relaciones de varias economías entre sí, dicha teoría no enriquece nuestro conocimiento de la esencia del proceso socio-económico. Toda vez que el principal interés de BÖHM-BAWERK residía en esa esencia, siempre razonó partiendo de una economía aislada; por ello no es posible hallar en su obra una teoría de los valores internacionales, aun cuando una contribución de la misma se encuentra en los artículos de 1914, citados más arriba.

2. En dichos artículos encontramos una de sus pocas observaciones sobre el problema monetario, especialmente la observación de que en la teoría cuantitativa existe un "núcleo indestructible" de verdad. Sin embargo, no nos ha dado una teoría de la moneda. Después de haber superado las primitivas ideas sobre la circulación metálica y las ideas mercantilistas, la Economía ha aceptado la opinión, casi sin oposición, de que el dinero –el medio de cuenta de la economía– es únicamente un velo que cubre procesos muy profundos sin afectar su verdadera naturaleza. BÖHM-BAWERK estaba de acuerdo.

3. La Positive Theorie no comprende algunas investigaciones especializadas que, desde el punto de vista teórico, no son más que simples aplicaciones de la teoría del precio y de la distribución (incidencia del impuesto, teoría del monopolio, teoría de la intervención política en el proceso de distribución, etc.). Pero el artículo Macht oder öknomisches Gesetz? –que contiene una investigación acerca de si las huelgas pueden alcanzar la elevación permanente de los salarios reales– es de esta especie, y debería ser tenido en cuenta que como ensayo de economía aplicada representa una de las mejores contribuciones de la escuela austriaca, un paradigma para las investigaciones de esta especie.

4. La Positive Theorie no contiene nada sobre el problema de los ciclos. La razón es obvia si consideramos que la única mención que hizo BÖHM-BAWERK a este problema (en una reseña de la obra de VON BERGMAN: Geschichte der nationalökonomischen Krisentheorien, publicada en la Zeitschrift für Volkswirtschaft, 1896) revela que adoptó la opinión de que las crisis económicas no son un fenómeno económico, ni endógeno ni uniforme, sino la consecuencia de perturbaciones accidentales del proceso económico.

5. Un elemento extraño dentro del cuerpo de la teoría económica, que se ha desarrollado por lo menos desde el tiempo de los fisiócratas, es lo que se conoce bajo la expresión del "problema de la población". Por supuesto no existe espacio para él dentro de la Positive Theorie ni en cualquiera de las demás obras de BÖHM-BAWERK. Puede ser interesante, sin embargo, señalar que en un pasaje alusivo a dicha teoría, en su ensayo Macht oder ökonomischen Gesetz? se adhiere implícitamente a los seguidores de MALTHUS.

Como hemos señalado más arriba, exceptuando las cuestiones señaladas, la Positive Theorie contiene una exposición del campo entero de la teoría económica. Valor, precio y distribución son los tres hitos culminantes que muestran el camino a seguir; todo lo demás se ha agrupado en torno a estos puntos, entre otras cosas la teoría del capital.

El marco sociológico queda apuntado apenas; BÖHM-BAWERK repite continuamente que se limita a investigar la lógica del proceso económico. Sin embargo, opinaba que los elementos básicos que constituían el material de su análisis eran lo bastante poderosos para hacerse notar en cualquier situación real. La cuestión de los límites precisos de estos elementos, tales como el problema de la estructura de las clases y sus funciones económicas, la influencia de las diferencias raciales, el origen del cálculo racional que se encuentra en la raíz de tantas economías modernas, la génesis y psicología social del fenómeno del mercado; todo esto no toca a su problema, y no habrían sido para él nada más que desviaciones del tema principal. Así encontramos clasificados simplemente a los elementos de una economía en las categorías de trabajadores, propietarios agrícolas, capitalistas y empresarios, distinguidas entre sí únicamente por sus funciones económicas. Al prescindir de sus relaciones extraeconómicas los hombres cuentan en esta investigación tan sólo en cuanto son obreros, capitalistas, propietarios agrícolas y empresarios; cuentan tan sólo, por así decirlo, como representantes de la lógica de sus posiciones respectivas.

Para empezar, obreros y propietarios agrícolas están caracterizados por la posesión de los factores de la producción indicados por su misma denominación y por sus respectivas funciones económicas respectivas. Este punto necesita ser considerado cuidadosamente a fin de no interpretar erróneamente la teoría de la distribución: en última instancia no es el trabajador ni tampoco –lo cual es muy importante– el propietario de la tierra quienes reciben en su regazo una renta por obra del proceso distributivo; son el trabajo y la tierra quienes la reciben. La cuestión esencial es, pues, para usar una expresión americana acogida por BÖHM-BAWERK en su última obra, es la distribución "funcional" y no la "personal"; por ello sería un grave error buscar en su obra algo parecido a una tendencia para "justificar" la distribución de la renta.

Los trabajadores y los propietarios de la tierra viven de lo que producen sus medios de producción. Sin embargo, no viven de lo que están produciendo en un tiempo dado –su producción corriente no se encuentra dispuesta siempre para su consumo inmediato–, sino de los productos que fueron producidos en un tiempo anterior. La función del capitalista consiste, precisamente, en suministrar los medios de subsistencia necesarios; por ello puede decirse que los trabajadores y los propietarios de la tierra viven siempre, y en todas partes, gracias a los anticipos que les hacen los capitalistas. Esto es cierto, tanto para los trabajadores y propietarios de la tierra de una económica capitalista, como para los primitivos agricultores y cazadores.

La figura del empresario no alcanza un puesto preeminente en la escena teórica de BÖHM-BAWERK. Es cierto que se mencionan sus funciones como dirigente y como especulador; pero la mayor parte de las veces aparece en virtud de características, que si bien posee con frecuencia, no le son inherentes; es decir, las de capitalista industrial que trabaja con su propio capital.

Si bien los principales rasgos del proceso socio-económico concebido por BÖHM-BAWERK pueden ser ya comprendidos, la función del capital necesita una atención más detenida.

BÖHM-BAWERK inicia su Positive Theorie con el siguiente análisis. Lo primero que nos dice en la introducción contiene la advertencia de distinguir entre dos aspectos radicalmente distintos de este problema, cuya confusión ha constituido uno de los más frecuentes errores, tanto en las discusiones vulgares como en las científicas: el problema del capital como medio de producción y el problema del capital como fuente de un rendimiento neto. Nada sería más fácil que considerar la relación indudable que existe entre ambos como una teoría del interés, afirmando simplemente: el capital es indispensable en la producción y por ello "rinde" un ingreso neto, del mismo modo que el medio de producción "cerezo" da el producto "cerezas". En ello reside uno de aquellos errores fundamentales que BÖHM-BAWERK consiguió eliminar de la discusión científica a través de una lucha incansable que se prolongó durante toda su vida, hasta el punto de que, bajo la anterior formulación ingenua, no se encuentra ya más que en la obra de uno o dos economistas de fama. En los comienzos de su obra, BÖHM-BAWERK insiste sobre todo esto, pasando luego a la teoría del capital como medio de producción. Aun cuando es difícil resistir a la tentación de describir detalladamente la belleza lógica de su razonamiento, debe bastarnos aquí afirmar que BÖHM-BAWERK comienza con una investigación de la naturaleza del proceso productivo, y el encanto de esta primera sección –que por otra parte contiene cuestiones poco discutidas en la actualidad y que no suscitan gran interés– consiste en el hecho de que sugiere el camino para llegar a lo que sigue a continuación.

La producción es la transformación de materia con objeto de crear cosas aptas para satisfacer nuestras necesidades. Este concepto, que los clásicos no ignoraron, es el primer hito en el desarrollo de su razonamiento. La finalidad perseguida con la producción se alcanza de modo más perfecto cuando el trabajo no se emplea directamente en tales "transformaciones", capaces de obtener bienes de consumo inmediato, sino cuando es empleado en bienes no consumibles, con la ayuda de los cuales los productos finales pueden ser producidos con mayor eficiencia, en cuyo caso el mismo empleo de factores da lugar a una producción total más abundante, o lo que es lo mismo: la producción tiene lugar mediante un proceso indirecto. En esto –que a la vez es el segundo hito de la obra– consiste la filosofía económica de los instrumentos o, más corrientemente, de "los medios de producción producidos", siendo a la vez su definición de sus funciones productivas. Esta idea en sí, ni original ni complicada, ha sido formulada con toda propiedad únicamente por BÖHM-BAWERK. El sólo explotó totalmente su significado teórico, especialmente con referencia al factor tiempo, que constituye las nueve décimas partes de las dificultades fundamentales que amenazan las construcciones analíticas del proceso económico.

Esta concepción da origen, como a su más importante producto secundario, a un concepto de la naturaleza del "capitalismo". La realidad a la cual nos referimos cuando empleamos ese término ha sido, por supuesto, objeto de muy distintas interpretaciones, no sólo científicas, políticas y éticas, sino también de interpretaciones diversas dentro del reino de la ciencia, que derivan de la sociología, de la psicología social, del análisis de las civilizaciones y de la Historia. Pero desde el punto de vista de la economía pura, lo cual equivale a decir, desde el punto de vista de BÖHM-BAWERK, únicamente importa la cuestión de las características puramente económicas del capitalismo. Su respuesta es: la producción capitalista es producción "indirecta"; su opuesto es la producción directa, es decir, producción sin medios de producción ya producidos, por ejemplo, la caza primitiva. En consecuencia, el capital "no es más que la totalidad de los productos intermedios generados en los diversos estadios del método de producción indirecta". Esta es en realidad una teoría y no una simple definición, y es importante comprenderla. Como es natural no niega el hecho de que la economía moderna es muy distinta de los sistemas económicos del pasado. Ni niega tampoco que el proceso económico en una economía socialista –donde la producción, sin embargo, sería también, de acuerdo con su definición, "capitalista"– sería muy diferente. Pero nos dice que todas las características, que tanto la ciencia como el criticismo social han asignado al capitalismo, no afectan a lo esencial del proceso de la producción capitalista; que, especialmente, la propiedad privada de los medios de producción en general y de los bienes de capital, en particular, el sistema del trabajo asalariado, la producción para el mercado, etc., son irrelevantes para lo que constituye la esencia del proceso capitalista. La ampliación más importante de este criterio es la de que en una economía socialista resulta también generado un rendimiento neto del capital, a pesar de que este caso, como es natural, no sería adjudicado a personas privadas, lo cal posee un importancia secundaria, desde el punto de vista de la distribución. Por lo tanto, casi todos los procesos productivos son "capitalistas", y lo único que puede discutirse es la medida en que lo sean.

Llegados a este punto, BÖHM-BAWERK se detiene para considerar la "controversia acerca del concepto de capital". Su concepción del proceso capitalista de producción determinó su definición del capital; sin embargo, aun partiendo de la misma definición, podría haber llamado capital a cualquier otra cosa, por ejemplo, a la oferta de bienes de consumo –el fondo económico de subsistencia, que es un complemento necesario de los métodos de producción indirecta y que adquieren su significado con respecto al problema del interés, precisamente por la productividad de dichos métodos indirectos.

En el libro II, sobre "El Capital como un medio de producción", llegamos al resultado, ya anunciado en la primera sección del libro primero, que los servicios de la tierra y del trabajo son los factores elementales y originarios de la producción y que, por lo tanto, el capital, que en sentido económico consiste de una combinación de ambos, no puede ser un factor independiente. Otra vez nos encontramos con una proposición que en sí es simple e incluso evidente. Otra vez observamos que ya había sido formulada en su forma más significativa por Sir WILLIAM PETTY. Pero nadie la había considerado seriamente; nadie se percató de las tareas analíticas, en las cuales podía colaborar como un instrumento eficaz; en resumen, nadie reconoció su utilidad teórica o la posibilidad de explotarla sistemáticamente, ni la de adquirir una visión más refinada y una mayor simplificación analítica con su ayuda. Por el contrario, la historia del pensamiento económico muestra tres desviaciones principales con respecto de la misma: la proposición fisiocrática de que todos los bienes económicos surgen del regazo de la Naturaleza; la tesis clásica de la productividad exclusiva del trabajo, y, finalmente, la proclamación, en parte, por los clásicos, pero más aún por sus epígonos, del capital como un tercer factor independiente de la producción. Ninguna de dichas desviaciones fue "errónea" en sí –a su modo eran perfectamente correctas–, pero no conducían más que a conclusiones ingenuas o estériles. Lo que importa no es la "corrección" de tales proposiciones fundamentales hipotéticas; el mérito de un teórico consiste en su habilidad en el momento de realizar la elección de su punto de partida entre un número cualquiera de alternativas heurísticas igualmente posibles e igualmente innegables. Fue un mérito de BÖHM-BAWERK ordenar todas estas cosas y haber entrevisto, elegido y desarrollado la hipótesis que nos permite tratar todo lo que se encuentra sobre el terreno, y a la vez obtener la mejor cosecha de intuiciones y perspectivas. Singularmente la teoría de la distribución recibió sus rasgos característicos del paralelismo completo de los servicios de la tierra y del trabajo, más su yuxtaposición con el capital.

El próximo paso consiste en el empleo decisivo de la idea de la producción indirecta en el tratamiento del factor tiempo. La producción indirecta da lugar a un producto final mayor que la producción directa, pero la misma resulta "consumidora del tiempo" en un futuro más lejano. Esta combinación de los dos factores; esta introducción particular del factor tiempo y esta concepción de las características del capital constante son enteramente originales. Para rendir la debida justicia al progreso analítico que ello representa es necesario considerar brevemente los puntos de vista de RICARDO y de MARX. RICARDO, al igual que MARX, centraron el problema examinando la influencia de las diferencias de la duración de los períodos de producción, en diferentes industrias, sobre su propia teoría del valor-trabajo. Ambos intentaron –de manera distinta, toda vez que el problema puede presentarse bajo aspectos distintos– demostrar que dicha influencia es absolutamente insignificante, intentando suprimir, hasta donde les fue posible, todo cuanto habría resultado fatal para sus teorías. Tan sólo la gran síntesis de esos dos elementos, la separación y la combinación del tiempo y los rendimientos adicionales, hizo posible una teoría consistente del papel del tiempo en la producción, exenta de tours de force, iluminando a la vez su peculiar doble juego. Esto nos permite profundizar en la comprensión del proceso económico, y nos lleva muy cerca del problema del rendimiento neto del capital.

Este rendimiento neto, según BÖHM-BAWERK, debe surgir como consecuencia, por una parte, del resultado que tiene, sobre la formación del valor, el incremento de la productividad técnica conseguido mediante la producción indirecta, y, por otra parte, del hecho de que el resultado sea diferido. El problema, entonces, estriba en responder a la pregunta ¿cómo? De ahí la necesidad de examinar los principios del valor, en los cuales se encontrará la explicación de estos dos hechos.

Este es en realidad el paso siguiente. Pero antes es necesario sentar algunos puntos. BÖHM-BAWERK presentó la proposición, como primer desarrollo del principio de la mayor productividad de la producción indirecta, de que aumentos ulteriores del período de producción provocarán incrementos decrecientes del producto final. Y para hacer posible el hablar de un período definido de producción en el caso de bienes en cuya producción se emplean cantidades crecientes de trabajo, construyó el concepto de "período medio de producción". Pueden citarse a este respecto un buen número de interesantes implicaciones –por ejemplo, una importante generalización del concepto de producción indirecta y la discusión a que dio lugar–, pero no podemos detenernos en esto ni tampoco en la "Teoría de la Formación del Capital" ni en la parte más superficial de la misma, de la cual se trata en la última sección del segundo libro. Permítaseme destacar tan sólo su núcleo: al ahorrar bienes de consumo, se ahorran medios de producción, lo cual, a su vez, da lugar a la producción de bienes de capital; esta concepción, que liga la formación del capital al proceso del ahorro, no contiene ninguna inferencia con respecto a al teoría del interés (lo cual había sido un error atractivo y frecuente en el análisis clásico).

- La teoría del valor y del precio de Böhm-Bawerk


Volvamos ahora al segundo de los dos pilares que sostienen la estructura de BÖHM-BAWERK: la teoría del valor y del precio (Libro III), que contiene una cadena de razonamientos tan completa como la que acabamos de dejar. Más adelante consideraremos la superestructura que se levanta sobre los dos pilares.

La relación general entre los bienes y la satisfacción de las necesidades, que ha sido llamada utilidad –no sin peligro de confusiones–, puede ser reducida a lo que tiene importancia para nuestra conducta económica, que nosotros designamos como valor (valor en uso) cuando una cierta cantidad de una mercancía determinada se convierte en la condición aceptada de una satisfacción, a la cual, de otro modo, habría sido necesario renunciar. Para que esto sea cierto depende, dada la relación general de utilidad, de la dimensión de aquella "cierta cantidad" con relación a nuestras necesidades; para que surja el valor es necesario que junto a la utilidad exista una escasez relativa. Con la ayuda de una distinción entre categorías de necesidades (o de direcciones de necesidades) e intensidad de las necesidades, y mediante una cuidadosa consideración del factor de sustitubilidad, BÖHM-BAWERK llega (en el sentido de MENGER, y de manera similar a la de WIESER) a la ley de la utilidad marginal decreciente, simultánea a la creciente "satisfacción" de necesidades dentro de cada categoría –es decir, con cantidades crecientes del bien poseído por un individuo–, solucionando con ello la vieja antinomía del valor, la contradiction économique. BÖHM-BAWERK formuló su resultado en la siguiente proposición: "La magnitud del valor de un bien depende de la importancia de la necesidad concreta o de la necesidad parcial que, entre todas las necesidades satisfechas mediante la cantidad total disponible del bien de que se trata, sea la menos importante".

BÖHM-BAWERK procedió seguidamente a desarrollar esta proposición general, abordando un número de problemas especiales concernientes a la magnitud del valor subjetivo, para cuya solución empleó un principio fundamental (al que denominó passe partout para todas las dificultades de la teoría del valor): "Es necesario considerar de dos maneras la posición económica del individuo desde cuyo punto de vista debe ser valorado un bien. Primero, imaginando que el bien sea añadido a la cantidad de bienes ya en posesión del individuo, se observa hasta qué punto se llega a avanzar en la escala de la satisfacción de las necesidades concretas; segundo, imaginando que el bien en cuestión es sustraído del conjunto de bienes poseídos por el individuo, y se observa nuevamente hasta dónde llega la satisfacción en la escala citada. Resultará entonces evidente que un cierto grado de necesidades, y precisamente las de grado más bajo, permanecerán insatisfechas; este grado más bajo indica la utilidad marginal que decide el valor del bien". Y después de haber desarrollado esta proposición para un cierto número de casos especiales. BÖHM-BAWERK pasa a considerar el importante caso del valor de las mercancías cuya cantidad puede ser aumentada libremente. Conforme al citado passe partout, valoraremos tales bienes, también en proporción al decrecimiento de la satisfacción que ocasionaría su pérdida. Ahora bien, en este caso el decrecimiento resulta de la pérdida de satisfacción sufrida por renunciar a la adquisición de aquella cantidad bienes que podrían haber sido adquiridos si la mercancía considerada primeramente no hubiera sido perdida. Los bienes a los que se renuncia no son necesariamente de la misma especie que los perdidos; normalmente son bienes distintos. En este caso, por lo tanto, valoramos de acuerdo con la "utilidad de sustitución"; con ello se logra descubrir un principio muy importante.

La primera aplicación de dicho principio tiene lugar con respecto a las mercancías que pueden ser reproducidas a voluntad, es decir, desde el punto de la economía en general, casi todas las mercancías. Y este caso se combina con lógica admirable, con el de los bienes susceptibles de más de un uso. Además, por este camino llegamos a la solución del problema de la diferencia entre el "valor de uso" y el "valor de cambio".

Con ello queda despejado el camino para llegar a la explicación del valor de los "bienes complementarios" (MENGER), es decir, aquellos bienes que producen satisfacción únicamente cuando se consumen conjuntamente con otros. El valor de un grupo de bienes complementarios está determinado por la utilidad marginal del mismo, y el problema consiste en poder deducir de dicha utilidad marginal el valor de cada de los componentes del grupo. La tesis de BÖHM-BAWERK es la siguiente: "... Del valor total del todo el grupo –valor determinado por la utilidad marginal del empleo conjunto de los bienes– los componentes que pueden ser reemplazados adquieren el valor ya fijado anteriormente, y el valor restante –que varía según el montante de la utilidad marginal– se imputa a los componentes que no pueden ser reemplazados como su valor individual". Esta proposición contiene la anticipación de un principio fundamental de la teoría moderna que ha encontrado innumerables aplicaciones en diversas direcciones, especialmente bajo el nombre, que le dio MARSHALL, de "principio de sustitución".

Otra aplicación de esta teoría representa un nuevo paso hacia la cumbre, desde la cual se puede obtener una visión amplia del funcionamiento íntimo de una economía. Los medios de producción son también bienes complementarios. Pero su valor no viene determinado directamente: los valoraremos tan sólo porque los mismos, de un modo u otro, nos llevan a los bienes de consumo, y por ello su valor puede ser derivado (desde el punto de vista de la teoría subjetiva del valor) partiendo exclusivamente del valor de dichos bienes de consumo. Pero, dándose el caso de que generalmente intervienen en cada proceso productivo un gran número de factores de la producción en la obtención de un único bien de consumo, resulta muy difícil apreciar las aportaciones relativas de cada uno de los factores. En realidad, con anterioridad a MENGER, todos los economistas, uno después del otro, llegaron a la conclusión de que era imposible poder hablar de cuotas netamente diferenciadas y que pudieran ser asignadas a cada factor por su participación en la obtención de un bien determinado, con el resultado de que se creyó en la imposibilidad de avanzar por este camino, a la vez que se estimaba privada de todo uso a la idea del valor subjetivo. La teoría del valor de los bienes complementarios resuelve este problema, tenido por insoluble. Nos permitió poder hablar de una "contribución productiva" determinada (WIESER) de los referidos medios de producción, y nos permitió encontrar para cada uno de ellos una utilidad marginal unívocamente determinada, derivada de sus posibilidades de aplicación productiva, es decir, la utilidad marginal que ha acabado por convertirse, bajo las expresiones de productividad marginal, productividad final, produttività marginale, productivité finale, el concepto básico de la teoría moderna de la distribución y el principio fundamental de la explicación de la naturaleza y magnitud de las rentas de los grupos económicos.

Al aplicar esta "teoría de la imputación" (WIESER), que debe a BÖHM-BAWERK una de sus más perfectas formulaciones, llegamos a la ley de los costes como a un caso especial de la ley de la utilidad marginal. Como consecuencia de la teoría de la imputación, el fenómeno del coste se convierte en un reflejo del valor subjetivo, y la ley de la igualdad del coste con el valor del producto se deriva de la teoría del valor; jamás había ofrecido nuestra ciencia una concatenación lógica conceptual más perfecta.

Pero todo cuanto se ha dicho hasta ahora se refiere únicamente al mundo de los valores. El hecho de que todo ello pueda encontrar su aplicación en el mecanismo de la economía de cambio requiere, para poder ser aceptado, una teoría del precio. Por ello BÖHM-BAWERK, se dirigió a la teoría del precio, desarrollando las implicaciones de la ley del valor acerca de la conducta de los compradores y de los vendedores, culminando su investigación en la conocida proposición (relativa al caso de la concurrencia bilateral) que se ha convertido desde entonces en "histórica": "El nivel del precio está determinado y limitado por el nivel de las valoraciones subjetivas de las dos parejas marginales", es decir, por una parte por las valoraciones del "último" comprador que ha adquirido y del vendedor que es "el más cercano a la posición de cambio" entre los que han sido excluidos del mismo, y por otra parte por las valoraciones del vendedor "menos propenso al cambio" entre los que intervienen en el cambio y las del "primer" comprador que resulta excluido.

Todo esto se desarrolla teniendo en cuenta una situación en la cual las cantidades de mercancías o bienes sujetos a cambio sean dadas, con la conclusión de que, toda vez que las fuerzas que operan en el lado de la oferta del mercado son las mismas que las que operan en el lado de la demanda, la vieja "ley de la oferta y la demanda" acaba por convertirse en un simple corolario de la ley de la utilidad marginal. Luego se pasa al caso de la formación de los precios de los bienes cuyas cantidades disponibles pueden ser alteradas mediante la producción. Al abordar las dificultades que se presentan en dicho caso, al igual que ocurre cuando se intenta estudiar el funcionamiento de un principio básico a través del laberinto de la realidad, BÖHM-BAWERK no deja abandonado al lector en ningún punto. Por el contrario, despeja los principales obstáculos del camino, uno por uno, con la consecuencia de que la cadena de soluciones que presenta perdurarán durante mucho tiempo como los cimientos de la investigación teórica ulterior.

La condición –que consiste en poner de relieve el paralelismo de la teoría del valor y de la teoría del precio, y a la vez la unidad lógica de este paso –se convierte en una presentación de la ley del coste, considerados esta vez como un precio. Deriva de la misma, en primer lugar, que los precios, determinados a través de la interacción de todas las valoraciones subjetivas, tenderán, bajo las condiciones de equilibrio y competencia perfecta, a igualar los costes unitarios. Esto ya no es un postulado, sino un corolario de los costes que desempeñó un papel tan importante en la teoría de los clásicos adquiere su verdadero significado, y lo que es más trascendente, su prueba rigurosa tan sólo dentro del marco de la teoría subjetiva del valor. De la misma se desprende, también, la superficialidad de la versión que afirma que las valoraciones subjetivas determinan las oscilaciones de los precios y que los costes, a largo plazo, constituyen el centro de gravedad de aquéllos; las valoraciones subjetivas determinan tanto las oscilaciones como los centros de gravedad, aun cuando estos últimos pueden ser caracterizados ulteriormente en el sentido de que demuestran la validez del principio del coste, el cual, sin embargo, no constituye ya un principio independiente. Se deduce, finalmente, que la proporción en la cual los costes puedan ser "causas intermedias" de los movimientos de precios resulta, en casos determinados, explicable, según el principio de la utilidad marginal. Y al final se descubre el panorama del proceso económico, en el cual, bajo la presión de las valoraciones subjetivas, los medios de producción de la economía son impulsados a sus diversos empleos.

Los principios fundamentales e indispensables para la comprensión de los salarios, la renta de la tierra y los beneficios caen en nuestras manos por sí mismos. Los medios de producción originales y últimos son los servicios de la tierra y del trabajo. Todos los bienes, tanto los bienes de consumo como los bienes de capital, se reducen en última instancia a aquellos dos. Directa o indirectamente –en este último caso a través de la intervención de los bienes de capital– el valor del producto debe ser referido a la tierra y al trabajo, los servicios de los cuales adquieren de ese modo sus valores y, en los mercados correspondientes y bajo el supuesto de libre concurrencia, sus precios, es decir, el salario y la renta. Según BÖHM-BAWERK, pues, los salarios son –salvo lo que diremos más adelante– la expresión en términos de precios de la productividad marginal del trabajo; el trabajo resulta retribuido con arreglo a su "contribución productiva" o como podemos decir, también, con arreglo a su importancia marginal con respecto al proceso socioeconómico total. Lo mismo cabe decir de la renta de la tierra, aun cuando BÖHM-BAWERK se refiera tan sólo al trabajo. Bajo las hipótesis anteriores el producto nacional total se descompone en salarios y rentas. Con una rapidez casi dramática nos vemos enfrentados ante una solución de problemas muy antiguos; solución que en orden a corrección, sencillez y fecundidad supera a todas las aportaciones anteriores.

El resultado constituye el abaco, por así decirlo, del segundo pilar de la construcción, dentro del significado de la metáfora que he empleado anteriormente. Pero con respecto a la acción de otros factores no existirían ni beneficios ni intereses. Llegados a este punto sería necesario imaginar que la totalidad del razonamiento de la Kritik und Geschichte fuera insertada en el texto, razonamiento destinado a demostrar la inadecuación de todas las tentativas anteriores para encajar el beneficio y el interés en este cuadro. Pero debo renunciar a este expediente y limitarme a señalar que BÖHM-BAWERK indicó dos circunstancias que chocaban con la igualdad entre ingreso y coste.

La primera la resume bajo el título de "fricciones". En el flujo de los medios de producción tienen lugar estrangulamientos o impedimentos que determinan una desviación temporal, a veces prolongada de los bienes de consumo con respecto a las normas derivadas de la ley de los costes, y estas desviaciones dan lugar a beneficios, y a veces a pérdidas, para los empresarios. Con ello BÖHM-BAWERK acepta aquella forma de explicación del beneficio del empresario que se apoya en las imperfecciones del mecanismo de los mercados; gracias a estas imperfecciones el empresario puede conseguir grandes beneficios, pero también obran como instrumento para eliminarlos.

La segunda causa de perturbación es el paso del tiempo, y éste, es el "lugar recóndito" en el cual, según BÖHM-BAWERK, deberemos indagar para encontrar una explicación del fenómeno del interés. Con ello penetramos en la superestructura, levantada sobre fundamentos diseñados tan ampliamente, y que constituye su aportación más relevante y personal, y que permite distinguirle de otros que obraron en sus inmediaciones; la superestructura que contiene la solución que él dio a los problemas más profundas y difíciles de la teoría económica, y cuya poderosa fachada impresiona tanto a los amigos como a los enemigos. Gracias a la misma, la totalidad de su sistema adquiere un sello característico, toda vez que la visión del rendimiento neto del capital sirve –como hemos dicho más arriba– para iluminar nuestra visión de todos los demás problemas, con ramificaciones en todas las corrientes de la discusión económica, desembocando incluso en el amplio campo de la visión social.

- La teoría del interés de Böhm-Bawerk


Esta teoría del interés ha sido calificada de teoría basada en el cambio y en el agio. Su fundamento consiste en la tesis de que los bienes presentes son valorados por encima de los que serán disponibles en el futuro, aun cuando bajo otros aspectos sean los mismos y sirvan para satisfacer las mismas categorías e intensidades de necesidades. La cuestión esencial reside, pues, en la introducción de un nuevo hecho, es decir, la ampliación de la base factual de la Economía. Pero este hecho no es independiente del principio del valor; más bien puede decirse que consiste en el descubrimiento de una propiedad concreta de nuestras valoraciones, que había sido únicamente "anticipada" antes de BÖHM-BAWERK, y destacada sistemáticamente gracias a JEVONS. Con BÖHM-BAWERK la teoría del valor absorbe este hecho orgánicamente, logra encajarlo perfectamente, de tal modo, que en ningún momento se destruye la continuidad del razonamiento o la unidad de la construcción fundamental. Por el contrario, con él, incluso, la teoría del interés resulta desprenderse del principio de la utilidad marginal. Un aspecto decisivo de esta teoría del interés es, como lo señaló él mismo (Geschichte und Kritik), la transmisión de los efectos de todos los determinantes más remotos del tipo de rendimiento del capital, por medio de un enlace común consistente en la diferencia de valor entre los bienes presentes y futuros. Es decir: el interés es simplemente la traducción en el precio de esta diferencia de valor, que surge a través de la teoría subjetiva del valor y del precio; constituyendo un segundo problema, superando otro paso, el encontrar las causas de dicha diferencia de valor. En el paso sucesivo se encuentran los restantes elementos esenciales de su teoría, la cual pertenece al tercero de los tres grandes grupos de teoría del interés que BÖHM-BAWERK describe en el sumario del primer volumen de su gran obra. El primer grupo –las "teorías de la productividad"– desemboca en el fracaso en virtud de la confusión entre lo que después de BÖHM-BAWERK se ha denominado productividad "física" y la productividad de "valor"; el segundo grupo –las teorías de la "explotación"– no consiguen demostrar las razones por las cuales las fuerzas de la competencia no llegan a eliminar las ganancias derivadas de la "explotación"; el tercer grupo de teorías investiga el origen del interés en el campo del valor. Y toda vez que el tipo de interés es un fenómeno de precio, debe tener ahí su origen. A este grupo pertenece la teoría del agio; es decir, la teoría del interés fundada sobre el valor. Es tan sólo la influencia del transcurso del tiempo sobre las valoraciones subjetivas lo que da origen a la fuerza que lleva a las manos de los capitalistas una parte del flujo de bienes, del modo que vamos a describir.

Toda disposición que se tome en orden a la satisfacción de nuestras necesidades implica, hablando en sentido estricto, una consideración del futuro, y por ello toda actividad económica se encuentra –según la concepción de BÖHM-BAWERK acerca de la naturaleza del capitalismo, cuanto más sea así, más "capitalista" será la actividad de que se trate– bajo la influencia de necesidades que experimentaremos tan sólo en el futuro, pero que podemos imaginar ya actualmente; y, por otra parte, se encuentra bajo la influencia de necesidades objetivas que se presentarán solamente en el futuro, pero podemos ya intuir actualmente. Por esto los bienes futuros son objetos –en realidad los objetos más importantes– de nuestra conducta económica y de nuestras valoraciones. Evidentemente, dichas valoraciones pueden ser comprendidas con el auxilio del mismo principio de la utilidad marginal. Y a esto debemos añadir los hechos siguientes (que, sin embargo, no poseen un ulterior interés): que debemos enfrentarnos con necesidades imaginadas más que sufridas (recordando siempre que las primeras son tan mensurables como las segundas); que debemos considerar no la relación actual entre necesidades y disposiciones para satisfacer las mismas, sino con dicha relación situada en un punto temporal futuro; y que las satisfacciones futuras deberán ser siempre multiplicadas por un cierto coeficiente que expresa la probabilidad de la utilidad esperada (una "prima por riesgo").

A continuación, BÖHM-BAWERK, introduciendo un hecho de importancia fundamental para el análisis del valor, afirma que los bienes presentes poseen una valoración subjetiva más elevada que los bienes futuros de igual cantidad y clase.

En primer lugar, porque existe la esperanza de una satisfacción más amplia de las necesidades futuras o porque –cuando no se da el caso anterior– la posesión de los bienes presentes permite la satisfacción de las necesidades alternativas presentes o la de las necesidades futuras (especialmente en una economía monetaria en la cual el "ahorro" de los medios aptos para satisfacer las necesidades puede realizarse siempre con pocos gastos). Por ello el valor de los bienes presentes es igual, por lo menos, al de los bienes futuros, y por la misma razón existe un "valor de especulación" de los bienes presentes sobre los futuros, siempre presente en la economía.

En segundo lugar, porque nosotros subestimamos generalmente las necesidades futuras. Las necesidades futuras no adquieren fácilmente sus verdaderas proporciones en nuestra consciencia; las necesidades imaginadas no poseen el mismo relieve que las efectivamente experimentadas; y, finalmente, el individuo típico no suele efectuar previsiones más allá de un cierto período de tiempo. Estos factores psicológicos se refuerzan mutuamente dando lugar a una "subestimación de las satisfacciones futuras", y con ello suministran un segundo argumento en favor de la existencia de un valor de especulación o un agio en favor de los bienes presentes.

En tercer lugar, porque la producción indirecta "consumidora de tiempo" es más eficiente, es decir, una cantidad dada de medios originarios de producción permite obtener un producto físico más abundante si se aplica primeramente a la producción de productos intermedios (por ejemplo, herramientas) y después a la producción de bienes de consumo, que si fuera aplicada enteramente a la producción directa de bienes de consumo. Por lo tanto, las cantidades de medios de producción viejos (es decir, las aplicadas desde hace mayor tiempo a la producción indirecta) exhibirán siempre una superioridad técnica sobre los medios de producción más jóvenes (es decir, los aplicados posteriormente), exceptuando los casos en los cuales una innovación técnica o algo similar hayan convertido en anticuado el método que empleaba los medios de producción "viejos".

Se plantea entonces la cuestión, ausente en las dos primeras razones que explican el agio, de si este tercer factor da lugar no sólo a una mayor cantidad sino también a un mayor valor del producto obtenido en la producción indirecta "consumidora de tiempo". La respuesta de BÖHM-BAWERK es afirmativa. En efecto: según la ley de la producción indirecta, una cantidad determinada de medios de producción presentes rendirá, cuando se aplique a semejante producción indirecta, una cantidad de producto mayor en todos los puntos del tiempo futuro, que la que rendiría una cantidad equivalente de medios de producción aplicada en cualquier de dichos puntos de tiempo a la producción directa. Igualmente rendirá un producto mayor que una cantidad igual aplicada más tarde para períodos de tiempo más breves, toda vez que la productividad de los medios de producción es mayor cuanto más indirecto sea su uso. Ahora bien, teniendo en cuenta que de dos cantidades de la misma mercancía disponibles para un mismo individuo a un mismo tiempo, la mayor es la más valiosa, la productividad expresada en valor (y no solamente la productividad física) de una cantidad de medios de producción disponible en un tiempo anterior debe –según nuestros supuestos y de acuerdo con BÖHM-BAWERK– ser siempre mayor que la de una cantidad igual disponible más tarde –prescindiendo del punto de tiempo común en que ambas deban ser empleadas en la producción. Además, el empleo de métodos de producción indirecta consumidores de tiempo, implica que se está dispuesto a esperar para conseguir un resultado mayor y más valioso, es decir, que es necesario contar con un fondo de subsistencia suficiente para el sostenimiento de los que intervengan en la producción indirecta, disponible inmediatamente. En consecuencia, la obtención de un agio a través de la producción indirecta depende de la existencia de dicho fondo de subsistencia de bienes de consumo, y de acuerdo con los principios generales de la teoría de la imputación, el mencionado agio se atribuye al mismo. Esta es, por lo tanto, la tercera y la más importante razón según la cual existe un agio en favor de los bienes de consumo presentes comparados con los bienes futuros.

La tesis de la mayor productividad física de la producción indirecta, al igual que la tesis que proporciona una tercera razón para explicar porque los bienes presentes son más valorados que los futuros, razón independiente de las dos primeras, ha sido muy debatida, hasta el punto de haberse desarrollado toda una "literatura sobre la tercera razón" (las réplicas de BÖHM-BAWERK a la misma se encuentran en la tercera edición y en los apéndices). Sin entrar en la discusión de este problema, señalaremos únicamente cómo la tercera razón (en principio independiente según BÖHM-BAWERK) se encuentra, en su opinión, ligada con las otras dos. Por supuesto no presenta la menor duda el hecho de que el fondo social de medios de producción se dirigirá inequívocamente hacia los empleos donde pueda obtener una utilidad marginal más elevada, y también es claro que este teorema general se aplica igualmente a la elección entre resultados productivos que puedan alcanzarse en distintos instantes temporales. La tercera razón nos llevaría hacia el proceso indirecto, infinitamente prolongado, toda vez que cualquier extensión del período de producción permitiría –de acuerdo con nuestras hipótesis– obtener un aumento ulterior del producto –aun cuando a un tipo constantemente decreciente– tanto en su cantidad como en su valor. Sin embargo, de acuerdo con las dos primeras razones, las cantidades constantemente crecientes de valor deben ser valoradas según un tipo de descuento creciente, y esta interacción mutua entre las dos primeras razones y la tercera dará como resultado la fijación de la duración de período de producción susceptible de rendir el máximo valor (actual). Los efectos de las tres razones, por lo tanto, no son aditivos para cada individuo, toda vez que cualquiera de las dos primeras puede contrarrestar a la tercera.

Las mencionadas "razones" producen sus efectos en grados muy diversos, según los diferentes individuos, ya que el exceso de valor o supervaloración, aún cuando sea un hecho psicológico común a todos los individuos, opera de manera diversa, oscilando dentro de límites amplios, según los individuos de que se trate. Pero precisamente a esto se debe el que sea posible la existencia del cambio de bienes presentes por bienes futuros, creando las diferencias necesarias en sus valoraciones. En consecuencia, nace un mercado de bienes presentes y futuros, y la teoría de los "pares marginales" determina un precio de plusvalía objetivo para ellos –originando de ese modo el tipo de interés–, es decir, que según la elegante fórmula de BÖHM-BAWERK, surge un agio en el cambio de bienes presentes por bienes futuros. Al igual que cualquier otro precio, este agio posee un doble efecto nivelador. En primer lugar, incluso aquellos que subestimarían los bienes futuros en menor proporción de lo que indica la plusvalía del mercado, se adaptaran a la misma. En segundo lugar –lo cual es muy importante–, "la magnitud del agio que adquieren los bienes presentes sobre los futuros en diversos instantes temporales futuros, será proporcional a la duración del intervalo de espera", mientras la subestimación del futuro efectuada por un individuo podría ser muy bien discontinua e irregular, de tal modo que, por ejemplo, la diferencia entre la satisfacción actual y la que se podría obtener dentro de un año podría resultar grandísima, mientras que la diferencia entre la satisfacción a conseguir dentro de un año y la satisfacción a disfrutar dentro de dos, podría ser apenas perceptible.

En esto consiste, pues, in nuce la célebre teoría del interés formulada por BÖHM-BAWERK. Pero él no se dio por satisfecho con un aperçu; por el contrario, continuó desarrollando sus ideas en extensión y en profundidad dentro del organismo capitalista. Sigamos su trayectoria sucintamente. Los dos problemas fundamentales: primero, demostrar que las fuentes del interés del capital, susceptibles de ser comprobadas empíricamente, brotan realmente de la roca descrita más arriba; segundo, derivar l nivel del tipo de interés y las leyes de su movimiento de esta base teórica.

El caso del tipo de interés de los préstamos no presenta ninguna dificultad. La definición de un préstamo como un cambio de bienes presentes por bienes futuros proporciona todo cuanto podemos desear en orden a su interpretación. Además, es claro que cualquiera que solicite un préstamo de consumo debe valorar los bienes presentes más que los bienes futuros, por lo cual surgiría siempre un tipo de interés incluso en el caso en que el prestamista no subvalorara los bienes futuros. Por otra parte, es igualmente claro que para cualquiera que desee un préstamo de producción, la perspectiva de unas ganancias netas futuras determina también una mayor valoración, con lo cual el resultado es el mismo. Pero el problema del gran hecho social que es la existencia de un tipo de rendimiento del capital y de las bases sobre las cuales se apoyan las clases superiores en una economía capitalista –es decir, de la estructura económica de la sociedad capitalista– reside precisamente en la explicación de dicho beneficio neto, de su emergencia regular en el flujo de la economía. Y es este rendimiento del capital, originado en las manos del empresario, el que debe ser explicado de acuerdo con el esquema básico.

Se debe únicamente a la extraordinaria habilidad de BÖHM-BAWERK el hecho de que también, en este caso, pueda formularse el principio explicativo de una manera tan sencilla que resulte casi evidente de por sí: el empresario adquiere medios de producción, los cuales consisten en parte de servicios del trabajo y de la tierra, y que en parte son reducibles a esos dos. Los servicios de la tierra y del trabajo son bienes de consumo potenciales y deben su valor a esta cualidad. Pero son tan sólo bienes de consumo futuros, cuyo valor debe ser inferior al de una cantidad igual de bienes de consumo presentes. Los servicios de la tierra y del trabajo serán comprados a sus propietarios a su valor actual, mientras que sus productos futuros serán vendidos a sus valores correspondientes a la fecha en que se realice su venta futura. En consecuencia, surge un incremento de valor tan pronto como los medios de producción presentes comienza, en manos del empresario, a madurar en dirección al consumo, y este incremento de valor constituye la base del rendimiento neto del capital del empresario. La aplicación de este resultado a casos empíricos singulares no es siempre fácil. Muchos de estos problemas –singularmente la dificultad que deriva de las múltiples posibilidades de empleo de un mismo bien de producción en procesos que requieren diferentes períodos de producción– son resueltos por BÖHM-BAWERK con el cuidado exquisito que hace de su obra una guía inestimable incluso para el futuro más lejano de nuestra ciencia.

El paso siguiente consiste en la demostración de que estas relaciones entre valores conducen siempre a una elevación del precio. Esta elevación del precio se dará siempre en una transacción entre obreros y propietarios de la tierra, de una parte, y empresarios poseedores de capital, de otra, bajo la forma de un descuento del valor monetario del producto marginal global y futuro y de los medios originarios de producción. O bien, si separamos la función del capitalista de la del empresario, y consideramos a éste como un simple intermediario entre los propietarios de los medios de producción originarios y los capitalistas, surgirá en la transacción entre los capitalistas y los obreros y propietarios de la tierra, representados –por así decirlo– por los empresarios, como un precio superior sobre el fondo de subsistencia anticipado por los capitalistas, en otras palabras, bajo la forma directa de un tipo de interés. De ese modo contemplamos a los capitalistas en su papel esencial como traficantes de bienes presentes –tal vez, a primera vista, sea esta una opinión poco corriente, pero gracias a la misma se penetra hasta una profundidad extraordinaria en la naturaleza del proceso económico. En ambas formas, que no son más que envolturas de un mismo núcleo, el agio aparece como inevitable. Procederemos ahora a demostrar su necesidad en la segunda forma, la cual, además, debe ser reducible a la primera.

Sobre este "mercado de medios de subsistencia" se contraponen los capitalistas a los obreros y propietarios de la tierra. Las cantidades disponibles de los medios de subsistencia y de los servicios del trabajo son dadas en cada instante. Para los capitalistas, el valor de uso de sus bienes de consumo tiene poca importancia, toda vez que, en cualquier caso, no pueden consumir más que una pequeña parte de los mismos. Por ello podemos prescindir del hecho de que subvaloren los bienes futuros; si esto es así, entonces nuestro agio debe ocurrir a fortiori. Para los obreros y los propietarios de la tierra la valoración de sus servicios respectivos –del trabajo y de la tierra– derivados de su uso potencial en la producción directa (en tanto que ellos mismos pueden emprender una producción de tipo capitalista, asumen también la función de capitalistas) entra, hablando estrictamente, como un límite inferior, por debajo del cual no estarían dispuestos a negociar; pero en las condiciones modernas dicho límite aparece muy lejano y nebuloso. En estas circunstancias, los capitalistas estarán dispuestos a comerciar incluso a un tipo de ganancia muy pequeña que se aproxime asintóticamente a cero. Los obreros y los propietarios de la tierra, para quienes, de acuerdo con la ley de la producción indirecta, todo rendimiento superior al obtenido en la producción directa dependa de los medios de subsistencia de que dispongan, estarán dispuestos a comerciar incluso en el caso en el que su excedente quede reducido a una parte muy pequeña, aproximándose asintóticamente a cero. El resultado final dependerá de la intensidad de la demanda que los trabajadores y los propietarios de la tierra hagan de medios de subsistencia en el punto de la extensión del período de producción que el fondo de subsistencia dado permite. Y a este respecto es necesario señalar que es generalmente verdadero el hecho de que dicho fondo, por grande que sea, es siempre limitado. Pero igualmente, sería siempre posible, mediante la extensión del período de producción más allá de la duración permitida por un fondo dado, alcanzar rendimientos todavía superiores. Por lo tanto, existiría –suponiendo una dimensión cualquiera del fondo– siempre una demanda activa en pro de cantidades ulteriores de medios de subsistencia, si no existiera el agio; y dicha demanda no podría ser satisfecha. Toda vez que cualquier fondo de subsistencia limitado deja dicha demanda insatisfecha, el resultado es que todas las demandas que todavía son activas, a un precio dado, tienen el efecto de elevar el precio. De esto se deduce que el precio de los bienes presentes debe elevarse siempre por encima de la par con respecto al de los bienes futuros, y que, por lo tanto, debe surgir siempre una ganancia, es decir, un tipo de interés, lo cual es lo que debía ser demostrado.

Recíprocamente veremos seguidamente que, si no existiera el interés, una expansión ilimitada del período de producción resultaría beneficiosa; es obvio que de ello se derivaría una escasez de bienes presentes, lo cual a su vez llevaría a una producción directa y de aquí a la reaparición del interés. Así aparece clara la verdadera función del interés en la economía. Resulta ser, por así decirlo, el freno o el regulador que dificulta a los individuos la extensión de los períodos de producción más allá de su duración económicamente admisible, y a la vez fuerza a aumentar el aprovisionamiento relativo a las necesidades presentes; freno que hace sentir su presión sobre los empresarios. Y por esto el tipo de interés refleja la intensidad relativa con la que en cada economía se hacen sentir los intereses presentes y futuros, y por lo tanto también la inteligencia y la fuerza moral de un pueblo: cuanto más elevadas sean éstas, más bajo será el tipo de interés. Por esta razón el tipo de interés refleja el nivel cultural de una nación; porque cuanto más alto sea este nivel, tanto más abundante será el stock disponible de bienes de consumo; cuanto más largo sea el período de producción tanto más pequeño será –de acuerdo con la ley de producción indirecta– el rendimiento en exceso que se podría obtener con una ulterior extensión del período de producción, y en consecuencia tanto más bajo será el tipo de interés. Con ello hemos llegado a la ley de BÖHM-BAWERK del decrecimiento del tipo de interés, que constituye la solución de un viejo problema que habiendo desafiado a las mejores mentes de nuestra ciencia las había encontrado impotentes para resolverlo.

Nuestra prueba demuestra además que, toda vez que solamente una mayor valoración de los bienes presentes permite colocar en un mismo plano las demandas relativas de bienes presentes y de bienes futuros, los valores de estos bienes no pueden ser iguales ni siquiera en una comunidad socialista, demostrando que el fenómeno de valor que se encuentra en las bases del tipo de interés no pueden faltar ni siquiera allí, reclamando en consecuencia la atención del cuerpo de planificadores estatales. De esto se deduce también que incluso en una sociedad socialista los obreros no pueden recibir simplemente su producto, toda vez que los obreros que producen bienes presentes producen menos que los obreros empleados en la producción de bienes futuros. Por lo tanto, independientemente de cuanto decida hacer la comunidad con la cantidad de bienes correspondiente a dicho valor de agio, jamás será atribuido a los trabajadores como un salario (sino únicamente como un beneficio) incluso en el caso en que fuera dividido por partes iguales entre ellos. Esto podría tener consecuencias prácticas indudables cuando la comunidad tuviera consciencia del valor económico de sus miembros para la misma; en semejante caso podría fijar el valor de un trabajador únicamente al valor descontado de su productividad, y toda vez que todos los obreros igualmente capacitados para el trabajo deben ser valorados idénticamente, surgiría entonces un agio que revestiría la forma de ingreso sui generis. Sin embargo, desde el punto de vista teórico, posee mayor importancia el resultado de que el tipo de interés –para emplear la terminología corrientemente aceptada en los análisis de esta cuestión– es un concepto puramente económico, y no histórico o legal. Surgen también dos correcciones a la idea de la explotación: primero, tan sólo cabe hablar de "explotación" como causa del beneficio  en sentido de que semejante explotación tendría lugar, también, en un estado socialista; segundo, no sólo existe explotación del trabajo, sino que también tiene lugar la explotación de la tierra. Por supuesto desde un punto de vista moral político esto es irrelevante, toda vez que el estado socialista emplearía sus "ganancias de explotación" de una manera diferente; pero en cambio, posee la mayor importancia en orden a nuestra comprensión de la naturaleza del problema.

De este modo se obtiene fácilmente una cadena lógica de resultados, desprendidos de la teoría de BÖHM-BAWERK, siendo posible añadir además, a dicha cadena, otros eslabones. A este respecto, me limitaré a señalar que la exposición de la teoría nos ha permitido avanzar hacia la segunda etapa del camino hacia una teoría completa del salario y de la renta de la tierra. En la teoría del valor y del precio, los salarios y la renta eran imaginados como el resultado de las productividades marginales de los dos factores originarios de la producción. Ahora cabe añadir –y en ello la teoría del salario y de la renta formulada por BÖHM-BAWERK se separa de las de los economistas que en otras cuestiones coinciden con él– lo siguiente: el salario y la renta son la expresión en términos de precios de los productos marginales del trabajo y de la tierra multiplicados por las cantidades respectivas, descontadas al momento presente; proposición ésta que lejos de constituir una desviación con respecto a la idea de la productividad marginal ha de ser considerada como una acentuación de la misma en una dirección determinada e importante.

Llegados a este punto, debería mencionar un ulterior y elegante desarrollo, el cual, derivando de la misma idea básica, nos permite concebir el fenómeno de la renta de la tierra, entre otras cosas, como un caso especial de una teoría general, y profundizar nuestra comprensión del mismo, es decir, la teoría del interés de los bienes duraderos y de la capitalización. Los bienes susceptibles de más de un empleo o utilización pueden ser imaginados como un haz de servicios posibles. Son sus servicios individuales los que satisfacen nuestras necesidades y los que son valorados directamente, mientras que el valor del bien en sí mismo es simplemente la suma de estos valores; sin embargo, en cualquier instante este valor es la suma de los valores que no han sido todavía "separados" del mismo. Cuando los servicios resultan disponibles tan sólo periódicamente, distribuidos a través del tiempo, la valoración de los servicios no utilizados todavía queda sujeta al principio de la subestimación de los bienes futuros y debe llegarse a la misma a través del proceso de descontar dichos servicios a su valor presente. Con ello se logra insertar dentro del marco de un principio general un proceso muy familiar en la práctica económica. Y del mismo se desprende la explicación de la formación de los valores y de los precios de tales bienes –por ejemplo, de la capitalización– y la explicación del porqué las mercancías que permiten una infinidad de aplicaciones o servicios, como por ejemplo la tierra de labor, poseen, sin embargo, un valor finito. Y únicamente este análisis permite obtener una prueba rigurosa de que la renta de la tierra es un rendimiento neto. Ya que lo que observamos directamente no es más que el rendimiento físico del suelo, lo cual equivale a una renta bruta. La teoría tradicional de la renta, incluso desde los días de los Fisiócratas, trata únicamente con este aspecto de la cuestión. Por ello es legítimo que BÖHM-BAWERK afirmara que el análisis económico no había conseguido penetrar en la esencia económica del problema, el problema de una renta neta. Si, por ejemplo, una cantera rinde durante cien años un ingreso de 1.000 coronas por año, perdiendo después todo su valor, su propietario no podría consumir ninguna parte de esta suma sino mediante el descuento o por el contrario habría consumido su "capital". Únicamente desde el punto de vista de la teoría aquí bosquejada la renta aparece como un ingreso neto. Resulta casi innecesario mostrar en detalle hasta qué punto es superior esta construcción –tanto en lo que se refiere a su valor explicativo como a su profundidad– comparada con la de RICARDO, y hasta qué punto supera a RICARDO no sólo desde el punto de vista crítico, sino también desde el punto de vista constructivo.

Nos encontramos ahora en disposición de poder contemplar como el fenómeno del interés, envoltura de las restantes ramas del ingreso neto, se presenta en todos los procesos económicos, penetra en todas las valoraciones, y es, en resumen, omnipresente. Y así se puede comprender que el rendimiento neto del capital no es simplemente una renta paralela al salario y a la renta de la tierra, sino que por el contrario es, por decirlo así, opuesta a ésta última. Este aspecto, que fue en su época enteramente nuevo y que representó un paso esencial hacia adelante, ha sido elaborado cuidadosamente en sus diversas secciones y ha sido llevado a un desarrollo sistemático en las obras de IRVING FISHER y F. A. FETTER.

Nos aproximamos ya al último tramo de la escalera que nos conduce a la cima del edificio construido por BÖHM-BAWERK. Él fue el primero en advertir completamente el significado de la duración del período de producción en su doble aspecto: el aspecto de la productividad y el aspecto del período de tiempo. Dio a ambos aspectos su contenido exacto y los situó perfectamente dentro de los fundamentos del sistema del análisis de la utilidad marginal. Además, convirtió a la duración del período de producción en un determinante del equilibrio económico, dando así un significado netamente diferenciado a los conceptos de "productividad", "período económico" y "flujo de bienes"; introduciendo en el ámbito del análisis una gran cantidad de relaciones extraídas de la vida económica, las cuales están aún muy lejos de haber sido completamente absorbidas. Pero muy pocos de sus colegas le han seguido por senderos tan tortuosos, y la voluminosa discusión de su obra se ha centrado hasta tal punto en las primeras etapas de su jornada, que la riqueza de resultados de la especie que precisamente los adversarios de la teoría de la utilidad marginal le han reprochado siempre que no podían conseguirse con la misma –comparados con los que pueden obtenerse con el sistema marxista, por ejemplo– no han sido todavía divulgados ante un público más vasto. Y muy pocos han llegado a darse cuenta del carácter genial de su aportación, incluso en este punto. La idea fundamental, sin embargo, es extraordinariamente simple.

La introducción y el tratamiento rigurosos del factor de la duración del período de producción tiene lugar por medio de conexión con la magnitud del fondo de subsistencia, considerada anteriormente como un dato. La magnitud resulta determinada tan pronto como advertimos que el fondo de subsistencia proporcionado por los capitalistas iguala simplemente al stock total de riqueza económica, exceptuando por supuesto los servicios de la tierra y del trabajo, y exceptuando también las pequeñas cantidades consumidas por despilfarradores, en emergencias imprevistas, etc. Este stock posee siempre una magnitud bien definida –lo cual no ocurría en el antiguo "fondo de salarios"– cuya explicación se obtiene independientemente de la teoría de la formación del capital, pudiendo ser considerada como un dato de la teoría de la distribución. Por lo tanto, toda vez que el número de obreros y la cantidad de tierra son datos en cualquier caso, nos encontramos en posesión de una nueva base para el establecimiento de relaciones cuantitativas objetivas, lo cual equivale a un considerable enriquecimiento de nuestra teoría. ¿Pero cómo es posible que la riqueza total de la economía consista en "medios de subsistencia" cuando es necesario, evidentemente, que sean producidos los medios de producción? El flujo de medios de subsistencia fluye, por supuesto, continuamente, y los stocks necesarios para un período determinado no han de estar dispuestos al iniciarse el proceso, es decir, almacenados en un cierto lugar. En este último caso la cuestión no presentaría dificultades. Pero no alteramos nada esencial si todos los numerosos procesos de producción en marcha no alcanzan la misma fase productiva al mismo tiempo, sino que, por el contrario, resultan escalonados con arreglo al grado de "madurez" de su producto, de tal modo que los medios de subsistencia destinados a todo el período son, en cualquier instante temporal consumidos ya en parte –con productos intermedios como materias primas, maquinaria, etc., dispuestos a ocupar su lugar– y en parte han de ser producidos todavía. En este caso puede afirmarse con toda seguridad que el fondo de subsistencia total correspondiente al período iguala al stock de todos los bienes existentes, y que se contrapone únicamente a los medios originarios de producción. Además, es claro que el fondo de subsistencia definido de esa forma, es tanto más grande cuanto más lejanas sean las finalidades de la producción comprendidas dentro del ámbito de nuestra visión. Y, finalmente, toda vez que la corriente de bienes fluye continuamente, y que todas las fases del proceso productivo son llevadas a cabo simultáneamente –hipótesis ésta no siempre correcta pero que se introduce pro afán de brevedad, y que en cualquier caso no afecta al principio implicado– es claro que dicho stock no necesita cubrir más que las exigencias correspondientes a la mitad del período de producción.

Ahora, mediante el eslabón del "período de producción", hemos conseguido establecer una relación entre los dos grandes datos –el fondo de subsistencia y las cantidades disponibles de servicios de tierra y de trabajo–. Dicho eslabón ya no es rígido –como lo fue con los Clásicos–, sino flexible; y a la vez nos encontramos en posesión de la ley de su "flexibilidad": la duración que asuma finalmente el período de producción, depende, en primer lugar, de la magnitud de los dos datos y, en segundo lugar, de la elección de los capitalistas-empresarios, elección que a su vez se orienta hacia la obtención de los beneficios más elevados posibles. Con ello se logra combinar en un conjunto armónico las relaciones cuantitativas objetivas y las fuerzas subjetivas. Y merced a semejante procedimiento podemos determinar de manera absoluta, y relativamente entre sí, la duración del período de producción, el tipo de interés, los salarios y la renta.

BÖHM-BAWERK no llegó a presentar este resultado en su total generalidad, sino que –olvidando la renta de la tierra– se limitó a los casos del salario y del interés. La razón para que obrara de semejante modo reside en las complicaciones técnicas, prácticamente inabordables sin el auxilio de Matemáticas superiores, que suscita el problema. Pero esto no altera la naturaleza del problema, y por ello deberemos limitarnos al caso más sencillo.

La solución queda formulada con toda sencillez: se establecerá el tipo de salario que haga más ventajoso para el empresario capitalista el período de producción que empleando toda la fuerza de trabajo disponible, al tipo de salario mencionado, absorba el fondo total de subsistencia destinado a su retribución.

En realidad, si se estableciera en el mercado un tipo de salario por azar, el resultado sería que, dada una escala de las productividades de los diversos grados de producción indirecta, uno y tan sólo un período de producción sería el más provechoso para los capitalistas-empresarios. Y éste es el que sería elegido, resultando con ello determinado un tipo de interés. Si, con semejante procedimiento, la cantidad total de los servicios de la tierra y del trabajo y el total del fondo de subsistencia se equiparan entre sí y son cambiados, se ha alcanzado el equilibrio, y se han realizado sus condiciones, reseñadas más arriba. Si no es así, las cantidades no empleadas de servicios de la tierra y del trabajo y de medios de subsistencia tenderán a reducir el tipo del salario o el tipo del interés o ambos a la vez, dando lugar a que esa más conveniente otro período de producción hasta que no se hayan satisfecho las condiciones de equilibrio.

Fue de este modo como se logró descubrir la ley del interés: el tipo de interés debe resultar igual al tipo de rendimiento excedente logrado con la última extensión del período de producción admisible bajo todas las condiciones mencionadas. Suponiendo que esta última extensión se concentre en empresas singulares, podemos concebir a sus propietarios como "compradores marginales" en el mercado del fondo de subsistencia, y considerar la ley del nivel del interés como un caso especial de la ley general del precio.

Además, la relación correcta entre interés y salarios (y renta de la tierra), así como los pormenores de su mutua determinación, han sido establecidos, mientras a la vez se abre ante nosotros una gran cantidad de posibles aplicaciones prácticas. Con objeto de ilustrar la fecundidad del criterio alcanzado, indicaremos algunas de dichas aplicaciones prácticas. En primer lugar, hemos logrado una intuición precisa de los efectos de las variaciones de la magnitud del fondo de subsistencia y de la fuerza de trabajo, y también de los cambios en la escala de la productividad de los diferentes grados de producción indirecta, cambios que pueden tener lugar, naturalmente, como consecuencia del progreso técnico; en segundo lugar, una solución del problema de cómo pueda afectar al interés y al salario una mejora en la calidad del trabajo; además, hemos adquirido el conocimiento de que una elevación de salarios produce primeramente una caída del tipo de interés, después una extensión del período de producción y, finalmente, una nueva elevación del tipo de interés, sin llegar al nivel inicial; igualmente, comprenderemos que una reducción de los salarios tendrá como consecuencia abreviar el período de producción, elevar el tipo de interés, aumentar la demanda de trabajo y de ese modo elevar los salarios, sin que lleguen a alcanzar el nivel inicial. Logramos también la conclusión de que la distribución del fondo de subsistencias entre los capitalistas es independiente del nivel del tipo de interés, y también que la distinción entre el capital fijo y el capital circulante posee un significado distinto y mucho menos importante que el que le habían asignado los Clásicos. Bajo ciertas condiciones pueden llegar a derivarse las leyes de la variación de la participación relativa de los trabajadores en el producto social, y no sólo que regulan el nivel absoluto de los salarios. Sin embargo, no es este el lugar apropiado para proceder a semejante elaboración.

Así, con los medios más sencillos, se consiguió una gran victoria. La teoría del proceso socio-económico queda explicada por vez primera, en las páginas de BÖHM-BAWERK, como un conjunto orgánico de valoraciones y de hechos "objetivos". En ninguna parte podemos contemplar la figura del maestro, iluminada por los rayos del genio, como en la última sección de su obra. En ninguna otra parte reveló con tanta claridad lo que puede alcanzar la teoría en unas manos como las suyas. Es sorprendente la seguridad y corrección con que empleó formas de pensamiento esencialmente matemáticas, aún cuando nunca empleara un símbolo ni recurriera a la técnica matemática. La técnica matemática le fue ajena; jamás aprendió esta forma de pensamiento. Pero inconscientemente, impulsado por el instinto infalible del científico nato que le lleva hacia las necesidades lógicas y a la simetría lógica del objeto de su estudio, llegó a descubrirla por sí mismo.

A este sentido de la exactitud lógica y de la belleza formal unió un instinto igualmente fuerte hacia lo concreto y hacia todo cuando poseyera importancia práctica. Sin abandonar jamás su camino, supo encaminar sus pasos hacia donde los problemas concretos aguardaban su solución, por ello su obra constituye un auténtico mapa de los tesoros que pueden ser descubiertos merced al empleo de sus métodos. Mediante la introducción de los datos empíricos apropiados en su estructura teórica, consiguió la perspectiva de una descripción cuantitativa concreta de los fenómenos de una economía capitalista, perspectiva que si se encuentra alejada de su traducción inmediata en resultados prácticos, contiene por lo menos una seria esperanza de alcanzarlos. Ignoro si alguna vez llegó él a pensar en semejante posibilidad. Pero esta posibilidad llegará a ser algún día una realidad, y lo será gracias a su obra primordialmente.

Afirmar que su obra es inmortal equivale a pronunciar una trivialidad. Durante largo tiempo la figura de este luchador acusará los efectos de las enemistades y los auxilios de los bandos en pugna. Pero entre las grandes contribuciones de las cuales puede enorgullecerse nuestra ciencia, reacción del futuro con respecto a su obra, las trazas de la suya ha sido una de las más grandes. Sea cual sea la misma jamás desaparecerán por completo. Sea cual sea el camino que siga el lector de nuestra ciencia que le interesó principalmente, su espíritu no dejará nunca de hacerse sentir:

Tratto t'ho qui con ingegno e con arte; lo tuo piacere omai prendi per duce.

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- Grandes economistas en la historia


+ Karl Marx

+ Wesley Clair Mitchell

+ Marie Esprit Leon Walras

+ Carl Menger

+ Alfred Marshall

+ Vilfredo Pareto

+ Frank William Taussig

+ Irving Fisher

+ John Maynard Keynes

+ Georg Friedrich Knapp

+ Friedrich von Wieser

+ Ladislaus von Bortkiewicz

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 183 - 242.