martes, 27 de junio de 2017

La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VII): las uniones de empresarios



Al instaurar una economía de mercado libre se había pensado que ésta traería a la vida muchas empresas pequeñas. De hecho, la favorecida fue la gran explotación, a la cual abrió un amplio campo de salida que éste pudo aprovechar mediante la producción mecánica en masa sobre base capitalista. Los clásicos identificaban al empresario con el poseedor de capitales. Al aumentar la demanda de capitales se diversificaron las funciones de director de la producción y poseedor de capitales. Los empresarios independientes fueron orillados por las Sociedades anónimas. Al empresario independiente hubo de interesar el conservar la independencia de su fábrica, cuyas peculiaridades se debían a él. Cosa distinta era la actitud del accionista, a quien preocupaba únicamente el interés de su capital, siéndole indiferente la forma de la empresa en que se obtuviera. Por ello la Sociedad anónima era la más adecuada para prestar asentimiento a una unión o a una estatización, incluso contra la voluntad del director de la empresa, si de esta manera parecían quedar más afianzados los intereses del capital.

Uniones de empresarios e historia de la economia

El empresario independiente intentó agenciarse una posición ventajosa descubriendo nuevas rutas comerciales o hallando nuevos procedimientos. Cuando después vinieron otros a ejercer su actividad en el mismo campo y ya no pudo hablarse de preferencias, cada cual hubo de acotar nuevos terrenos para sí propio. Así, la casa hamburguesa Hertz no sólo trajo antes que nadie, en 1844, del África occidental moluscos de Zanzíbar-Kauri, sino que también trabajó el comercio asiático y el suramericano. Abbe no sacó patente alguna: cuando otros pudieron presentar microscopios iguales a los de los talleres Zeiss, ya habían éstos inventado algo nuevo en materia de anteojos y telescopios. Pero en cuanto se habían invertido millones en una industria determinada y miles de obreros tenían ocupación en ella, la dirección había de atender a conservar la explotación. Lejos de consagrarse los competidores a esquilmar cada vez más el mercado en las épocas de crisis mediante recíprocas ofertas a la baja, parecía lo más natural el agruparse con el fin de dominarlo.

Ya hemos conocido algunos acuerdos de esta especie. Los hubo durante el siglo XVI en la minería alemana. ¿Qué fue la Compañía Holandesa de las Indias Orientales sino una reunión de empresas menores para explotar en forma de usufructo el mercado del Asia oriental? La historia de la organización de venta de los carbones de Newcastle comprende todos los problemas de la moderna organización de cárteles, pero con la circunstancia de que ya desde el decenio del 80 son los acuerdos cosa normal en la organización industrial, especialmente en los Estados Unidos y en Alemania.

Se ha dicho que los carteles eran hijos de la necesidad. Consideraron misión suya primordial el robustecer su posición frente a los consumidores, agrupando a los productores de una comarca determinada. KIRDORF ha descrito acertadamente cómo antaño acostumbraban los fabricantes a tratar despectivamente las ofertas de venta de los productores de carbón, porque así se les dominaba. Pero en cuanto el sindicato carbonero agrupó a los productores, se volvieron las tornas. Ahora bien: no es cosa sencilla semejante agrupación. Cuando los más débiles se muestran propicios a ello, creen los más fuertes que podrán seguir mejor por sí solos, y hay que atraerlos con ventajas especiales.

Hay ciertas comarcas que se prestan mejor a concertar los empresarios entre sí. Las primeras uniones de esta clase aparecen allí donde resulta factible dominar una región productora de primeras materias, como sales potásicas y carbón. Pero también hay oportunidades para llegar a un acuerdo cuando se dan inmovilizaciones de grandes capitales, como en la industria siderúrgica, donde sólo sería posible establecer nuevas empresas con gigantescas inversiones de capital, sin que los nuevos altos hornos pudieran coexistir con los antiguos sin más que ampliar la producción. En ocasiones como en la industria de la talla de diamantes de Amsterdam, la asociación de empresarios puede también fundarse en la agrupación de fuerzas de trabajo especialmente calificadas.

Son asimismo posibles en régimen de libre cambio las uniones de empresarios. Descansan entonces en especiales ventajas climáticas, como en el caso de la asociación de tintoreros de Bradford, en Inglaterra. O bien gozan de las ventajas de la producción de tarifas de transportes, como en el trust del cemento. Con todo, los aranceles aduaneros protectores ofrecen singular estímulo para la agrupación al estilo de las organizadas en los Estados Unidos y Alemania. Resulta factible para los empresarios abarcar toda la oferta en el mercado nacional y hacer a precio más bajo las ofertas en los mercados extranjeros disputados. No había previsto este caso LIST, para quien la concurrencia entre empresarios haría que el arancel no pasara de representar un pasajero sacrificio de los consumidores. La agrupación permitió que una industria totalmente desarrollada, dominadora del mercado nacional e incluso exportadora, mantuviese de un modo permanente el precio nacional sobre el del mercado mundial, en torno al importe del derecho aduanero.

Más difíciles fueron esos conciertos en la industria transformadora especializada; aquí hubo que limitarse a fijar normas generales. Son consumidores de la industria siderúrgica quienes se dedican a la metalúrgica, y ellos los que sufren de encarecimiento de la primera materia por causa de la política de precios del cartel. Por otra parte, la baratura del hierro alemán beneficiaba a la concurrencia extranjera, y así resultaba que, por ejemplo, los vapores para la navegación del Rin eran construidos en Holanda.

No interesa a los empresarios únicamente el acuerdo horizontal, que concentra las explotaciones de un mismo estadio de producción, sino también el vertical, en que una empresa agrupa los más diversos grados de producción, como, por ejemplo, cuando se reúnen fundiciones y minas de carbón, o bien hilados y tejidos, o la fabricación y el refino del azúcar. El sindicato carbonero renano-westfaliano fue fundado en 1893: al renovarse en 1903, las fundiciones supieron conseguir ventajas especiales. Los talleres de industrias puramente transformadoras, como el tirado, y la fabricación de hojalata, hubieron de cubrirse a precios de sindicato, mientras que los talleres mixtos tuvieron que competir solamente con sus propios costes.

Interesaba al cartel alemán conservar a todos sus miembros. Hasta los más pequeños. En los trusts americanos la total reglamentación quedaba confiada a la dirección de la asociación, la cual podía paralizar las empresas menos rentables y limitar la producción a las explotaciones que mejor marchasen, como ocurrió en el trust del whisky en el año 1890. Con todo, también fue avanzando en Inglaterra el proceso de concentración. Los miembros más fuertes adquirieron las participaciones de los menores y paralizaron sus fábricas.

Interesaba mucho a los Bancos la fundación de uniones de empresarios. Les convenía verse frente a organizaciones grandes y en lo posible regulares, más bien que ante una multitud de explotaciones diversamente desarrolladas. En la asociación de acererías no se logró al principio, en el año 1904, abarcar por completo más que los productos de la clase A, los semielaborados, carriles, vigas; al paso que los productos B, barras, alambre, hojalata, tubos, fundición, quedaron en mayor libertad. El capital bancario participó en su fundación, por cuanto supo superar las resistencias opuestas por la dirección del Phönix.

En la fundación de uniones de empresarios podían sobrevenir dificultades análogas a las que se presentan al fundar sociedades anónimas. Al modo como el empresario individual era propenso a exagerar las probabilidades de ganancias al aportar a la sociedad sus explotaciones o sus patentes, recibiendo como premio un paquete excesivamente grande de acciones, acaecía en las fundaciones de trusts llevadas a efecto en los Estados Unidos que se agraciaba al vulgo crédulo con masas de papel cuyos derechos resultaban después no ser más que "agua". América fue invadida, a principios del nuevo siglo, por una fiebre fundacional de trusts. El capitalismo de efectos mostró aquí sus más maravillosas galas. En América era usual sufragar los gastos propios de la empresa mediante obligaciones, Bonds, que la vieja Europa podía proporcionar. Con respecto al sobrante de ganancias que correspondían a la empresa, al earning power, se emitían en favor de los fundadores acciones, shares. Al ampliar empresas prósperas se ampliaba desmedidamente el nuevo capital acciones. En un trust de construcción naval fundado en 1902, las instalaciones, hasta entonces valoradas en 12,5 millones de dólares, dieron motivo a la emisión de 71 millones en efectos. De esta manera tenía que llegar pronto el derrumbamiento. Cuando se fundó el trust del acero, en el año 1901, se hizo pagar Carnegie con 320 millones de dólares en acciones y obligaciones; en aquella ocasión se emitieron 1,2 miles de millones en acciones por instalaciones hasta entonces valoradas en 400 millones de dólares. El trust de navegación de Morgan tuvo la fortuna de aprovechar la coyuntura favorable de la guerra mundial para absorber el caudal de las desmedidas sumas de capital fundacional.

Ya dijimos el papel que la Bolsa de Nueva York desempeñó en la prosperidad de los Estados Unidos, aun en la época de la postguerra. En Alemania pasó a segundo plano este papel, sin que ello se debiera solamente a la ley de Bolsas de 1896, que dificultó las formas de su negocio. Se quiso herir con ella al capitalismo como tal, pero lo único que se logró fue que éste retrocediera a un lugar parecido al logrado en América por Jackson en 1836 al liquidar el Banco Central. En los Estados Unidos se desarrolló el capitalismo cada vez con mayor pujanza en los campos de asociaciones de empresarios y de las Bolsas; entre nosotros, en las asociaciones de empresarios y en los Bancos. Al principio, el aliciente de cada valor estribaba en lo variable de sus cotizaciones. Cuando había resultados favorables se les dejaba remontarse todavía más, aunque después hubiera de sobrevenir un retroceso correlativamente más intenso. En el momento en que más se dedicaron a la compra de efectos, no los especuladores individuales, sino también el público deseoso de inversiones, se consagraron los Bancos a una política distinta, consistente en aprovechar su influencia para dar forma más regular a los dividendos y con ello a la cotización de los valores. Los superávits mayores de cada uno de los años no se distribuían desde luego; iban acumulándose reservas que, incluso al sobrevenir un retroceso, hicieran innecesario realizar excesivas reducciones de dividendos.

Podemos, pues, advertir en Bancos y Asociaciones de empresarios la tendencia a estabilizar las coyunturas. La variable ganancia de empresarios había de ser reemplazada todo lo posible por una especie de renta constante. Cabía pregunta hasta qué punto podría preponderar esta tendencia. Las asociaciones de empresarios llevaban dentro de sí un elemento dinámico: se concertaban únicamente por tiempo determinado. Como todos procuraban actuar en las nuevas negociaciones con la posible intensidad y su explotación se extendía más allá de la demanda del momento, podían dimanar de ello, desde luego, causas perturbadoras. Por de pronto, tales aseguramientos de la ganancia del empresario no aprovechaban sino a un grupo económico, precisamente a los mediocremente favorecidos en punto a disponibilidad de capital y mercado regular de sus productos. Las explotaciones menores de la industria transformadora habían de sentir los retrocesos más vivamente cuando se paralizase el despacho y siguieran iguales los precios del carbón. ¿Y no era precisamente la diversidad de ingresos, más corroboraba todavía por efecto de la unión de empresarios, un motivo decisivo de perturbación del equilibrio económico? El empresario era propenso a continuar sepultando sus superávits en la empresa, que así crecía de manera desproporcionada, mientras se entorpecía la potencia de consumo de las masas.

Se podía ciertamente afirmar que obtenían los Bancos una posición preponderante en la vida económica con ocasión de los trámites fundacionales de las sociedades anónimas y asociaciones de empresarios. Con todo, había ramas de la economía, como entre nosotros la industria química, menos dependientes de su auxilio; y en la última crisis se patentizó claramente aquí y en América, que los Bancos eran la parte más débil, mientras las asociaciones de industrias supieron sostenerse mejor.

Además de la tendencia a estabilizar la renta de las empresas, hay otra que permite llegar a conseguir una posición de monopolio. Siempre será difícil mantener un monopolio absoluto, si el Estado no prohibe la competencia. Muchas asociaciones de empresarios tienen que conformarse con lograr una situación privilegiada. Los que quedan fuera pueden aprovecharse del saneamiento del mercado hecho por la asociación compitiendo con precios más bajos. Hay que contar siempre con la concurrencia latente. El cartel alemán de la potasa comprendía en 1879 cuatro empresas; en 1909 tuvo que negociar con 52. Un nuevo procedimiento puede socavar la antigua situación.

Una cantidad mayor de empresarios no puede disfrutar de posición de privilegio si en la formación de precios no la favorecen medidas del Estado, como aranceles aduaneros o trato tributario beneficioso de un contingente. Este último fue el caso de la industria azucarera alemana hasta 1902. El azúcar alemán se vendía en el Extranjero a mitad del precio que se obtenía en el interior del país. El desarrollo de la industria inglesa de mermeladas y el retroceso del cultivo de frutales en Alemania guardan relación de recíproca dependencia. Análogamente se rarificó la bolsa de artículos espirituosos cuando se formó el Ring de los productores, finalmente disuelto por el monopolio del Estado. Por lo demás, una empresa fuerte procurará entenderse con los competidores más débiles, o bien luchará con ellos reduciendo los precios para quedar ella sola en el palenque. Encontramos concentraciones de esa índole, sobre todo, en la industria eléctrica y en el petróleo.

Mediante la posesión de oleoductos, de las pipe lines, logró la Standard Oil Company de Nueva York intervenir gran parte de la producción petrolera americana y dominar amplias regiones del Extranjero, merced a una brillante organización del mercado. Antes de la guerra pudo Alemania lograr influencia mediante una contraorganización que se apoyaba especialmente en el petróleo rumano y en sociedades que competían con la Standard Oil en los Estados Unidos. Durante la guerra desarrolló Inglaterra gigantescamente sus intereses petrolíferos con auxilio holandés. El grupo Shell procuró abarcar bajo la dirección de deterding la producción asiática, llegando a penetrar en América. En la Sociedad Anglo-Persa se aseguró mayoría el Estado inglés. En la Conferencia de Génova de 1922 se vio que incluso se otorgaba mayor importancia a los diversos intereses petrolíferos que al bienestar de las naciones. Los Estados Unidos se vieron de momento postergados por el progreso inglés, y al abandonar los antiguos manantiales. Pero después aceleraron el paso y dejaron atrás a los ingleses. Los rusos poseían con su Naphtha una fuerte reserva en el tráfico mercantil internacional. Las dos empresas principales se pusieron de acuerdo, y hasta tenían representación en Alemania. Junto a ellas han surgido explotaciones menores, incluso en los Estados Unidos.

En ninguna parte se muestra más pujante el carácter monopolista de las empresas que en punto a circulación. No ocurre únicamente que entre dos puntos sea uno sólo el enlace mejor y más barato. Una red de comunicaciones que cubra una comarca determinada tiene para ésta la misma importancia que un sistema fluvial. Es aquélla la que los habitantes tienen que utilizar. El poderío de los ferrocarriles pudo fortalecerse por el hecho de que para financiar su construcción se les otorgaron concesiones de tierras o explotaciones mineras. Tal ocurrió en los Estados Unidos, especialmente en los ferrocarriles del Pacífico; pero también sucedió en Austria con el ferrocarril del Estado, que, por causa de dificultades financieras, se entregó a una sociedad anónima particular, en unión de concesiones mineras. Cuando más tarde recobró el Estado los ferrocarriles, quedaron a la sociedad sus empresas mineras, de suerte que la denominación de ferrocarril del Estado no coincidía ni en la primera ni en la última palabra con la verdadera índole de empresa. Los ferrocarriles americanos han sabido aprovechar oportunamente su posición de monopolio de tal suerte, que se les comparó con el monstruo del Octopus (pulpo), que estrujaba a su víctima y chupaba toda su fuerza. Una empresa monopolística no tiene que guardar miramientos a la concurrencia; de ahí que pueda elevar sus precios sobre los costes de producción: sólo habrá de preocuparse de la capacidad de pago de sus adquirentes, que en realidad tiene que observar cuidadosamente. La posición monopolista de los ferrocarriles dio lugar a que el Estado se apoderase de ellos, porque sólo una red ferroviaria administrada de modo uniforme parecía satisfacer las demandas de la economía nacional.

Los planes de Bismarck relativos a un sistema ferroviario imperial tropezaron con las pretensiones financieras de Prusia y de los Estados centrales. Sin embargo, Prusia procedió en el decenio del 80 a estatificar las líneas instaladas en sus fronteras y en las comarcas adyacentes de Turingia y de las ciudades hanseáticas. La comunidad ferroviraria prusiano-hessense estaba unida con los ferrocarriles del Estado en Baviera, Württemberg, Baden y Sajonia, y algunos particulares, como los de Lübeck-Büchen. Hasta 1920 no se entregaron al Imperio los ferrocarriles de los diversos Estados.

La importancia alcanzada por la concentración de fuerzas económicas se revela en que, mientras los clásicos parten del precio de concurrencia y sólo ocasionalmente mencionan empresas monopolistas, la nueva teoría trata conjuntamente los precios de monopolio y concurrencia, y aun más bien parte del precio de monopolio, cuyo ejemplo es el de las tarifas ferroviarias.

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- La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista


+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (I): la reconstrucción económica mediante los aranceles educadores

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (II): la aduana conservadora y las fundaciones coloniales

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (III): el aislamiento como medida permanente

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IV): la orientación política del movimiento obrero; la protección y seguro obreros

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (V): sindicatos y cooperativas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VI): las organizaciones de explotación

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VIII): brotes social-capitalistas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IX): la influencia de la ordenación estatal

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 308 - 314.