sábado, 24 de junio de 2017

La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (V): sindicatos y cooperativas



En algunas corporaciones, los oficiales artesanos podían tener sus propias tiendas junto a las de los maestros del gremio. Merced a su movilidad, a sus viajes, podían fundar agrupaciones más amplias, que se hicieron peligrosas para los maestros. Los oficiales ambulantes estaban unidos en Francia en Órdenes secretas. En Alemania dictó la Confederación disposiciones contra los artesanos ambulantes, en el decenio del 30, sobre todo para el caso de querer dirigirse a Suiza. De hecho, el movimiento comunista fue mantenido al principio por artesanos ambulantes, como el sastre Weitling.

Sindicatos e historia de la economia

Ya vimos cómo en el sistema de empresa quedaron frente a frente los gremios de obreros y los de empresarios. En este desarrollo pudo engarzarse el movimiento obrero, enlace que se ve claro en algunas industrias, como las de impresores. Pero en la mayoría de los casos se trataba de profesiones nuevas y de masas obreras que habían afluido de otras comarcas, especialmente de las rurales, entre las cuales hubo de despertar trabajosamente el sentimiento de comunidad. OWEN fue en Inglaterra el gran apóstol de la agrupación de los obreros como productores y como consumidores. El obrero aislado se veía irremisiblemente entregado a las condiciones que el empresario le impusiera o que encontrase en el mercado; sólo de una labor común cabía esperar el poder intervenir independientemente como parte en la lucha económica.

Sin embargo, la multiplicidad de intereses aquí agrupados impedía tuviera éxito una agrupación general de obreros como la intentada en Inglaterra, durante los decenios del 20 y del 30 mediante la General Trades-Union. Fue después de derrumbarse el movimiento cartista cuando los sindicatos lograron mayor importancia, en los decenios del 50 y del 60; entonces se comenzó agrupando los compañeros de profesión; una vez conseguido, por ejemplo, respecto de los constructores de máquinas de una localidad, se extendía la organización a otras comarcas y procuraba, finalmente, abarcar a todos los comprofesionales del país. Así pudo ALLAN congregar en 1850 a los constructores de máquinas en la Trades-Union de los Amalgamated Engineers. Las Trades-Union inglesas arraigaron especialmente en las grandes industrias exportadoras del país, entre los hilanderos y tejedores de algodón, entre los constructores de máquinas y entre los mineros. Aquí procuraron los obreros obtener condiciones favorables de trabajo valiéndose de su propia fuerza y merced a su organización. El arma al efecto fue la huelga: al abandonar en masa el trabajo quedaban paradas las máquinas; pero como así perdían también su jornal los obreros, no podían sostener mucho tiempo una huelga. Las aportaciones al sindicato consiguieron formar un fondo de reserva que fortalecía su duración. Pero precisamente, una vez reunidos esos fondos, interesaba a los obreros no comprometerlos con ligereza. Por eso vemos al principio huelgas con objeto de que los patronos reconozcan la organización. una vez conseguido esto, ambos grupos tratan de alcanzar en lo posible sus fines mediante negociaciones. La organización de los obreros suscita otra de los patronos en cada rama de la industria. En lugar del contrato individual del trabajo, en que el empresario puede prevalerse de toda su superioridad, surge el contrato colectivo, que se fija por convenio de ambas organizaciones, cuyos representantes tienen que apelar a habilidad diplomática para lograr el triunfo de los intereses peculiares de su grupo.

En 1889, la huelga de los obreros de muelles de Londres hace que el movimiento alcance a los obreros no especializados. No pueden confiar en sus propias fuerzas, y se ven obligados a granjearse las simpatías del público. Entonces se pronunció el cardenal Manning en favor de los huelguistas.

El Estado podía afrontar hostilmente las organizaciones. Así rigió en Inglaterra, de 1799 a 1824, una prohibición de coligaciones. De igual manera fueron disueltas en Alemania todas las agrupaciones conforme a la ley del Socialismo. Vimos cómo en 1871 adquirieron en Inglaterra reconocimiento jurídico los sindicatos. Un caso que al principio había parecido argüir en contra suya había excitado adversamente la opinión pública; pero cuando, antes de proceder contra ellas, se examinaron a fondo los sindicatos, obtuvieron con ello una brillante justificación. Fueron reconocidos como miembro importante de la nueva constitución del trabajo. En Alemania, la Ordenanza industrial de 1869 concedió el derecho de huelga. Pero la organización de los obreros en sí misma siguió sometida a múltiples trabas de los Estados, que hasta 1908 no fueron derogadas por una ley del Imperio.

Las contiendas de trabajo, en que frente a la huelga podía surgir el boicot, por ejemplo, donde se trataba de las luchas en la industria cervecera, no perjudicaban sólo a toda la economía, sino que la acritud de la lucha implicaba serio peligro político, especialmente cuando los empresarios trataban de emplear esquiroles, a quienes los huelguistas impedían entrar al trabajo. Disraeli recordaba la frase de Platón de que aquí había enfrentados dos Estados dentro del Estado. Había, pues, el mayor interés público en impedir que estallasen luchas obreras. En Inglaterra se dictó el año 1889 la Arbitration Act, según la cual el árbitro había de resolver de qué lado estaba el mejor derecho. La Conciliation Act de 1896 fue más allá, porque no sólo consentía aplicar el derecho antiguo, sino también crear uno nuevo.

En Alemania, los sindicatos no lograron adquirir, con anterioridad a la guerra, importancia decisiva en la gran industria. Después de la huelga de Krimnitschau formaron los patronos una fuerte agrupación, que se negó a tratar con los obreros, pues no reconocía su organización. Tal ocurrió en la industria texto, en la de máquinas y en la minera. El movimiento sindical alemán adolecía de fraccionamiento político. Los primeros sindicatos fueron suscitados a la vida desde el campo liberal, en el decenio del 60. Este grupo de Hirsch-Duncker estaba representado por los constructores de máquinas de Berlín y los mineros del territorio del Ruhr; se hallaba bien organizado, pero su partidismo le impedía extenderse. En el decenio del 90 encontró amplia resonancia en los círculos socialdemócratas el movimiento sindical. Sus sindicatos libres abarcaban a la mayoría de los obreros que se organizaban; pero su partidismo político suscitó el movimiento contrario de los sindicatos cristianos, que se implantaron principalmente en la Renania católica. En el territorio del Ruhr formaron los obreros polacos dos grupos más, de suerte que los propietarios mineros se encontraron aquí, de hecho, frente a cinco organizaciones distintas, que ciertamente se unían en determinadas circunstancias, pero que en ocasiones también se combatían con acritud. En 1913 había, junto a dos millones y medio de organizados en los sindicatos libres, 106.000 en los de Hirsch-Duncker y 343.000 en los cristianos.

En Alemania se logró llevar a cabo, ante todo en la industria tipográfica, una organización mediante el trabajo conjunto de empresarios y obreros. También aquí habían sido desbaratadas las agrupaciones por la ley del Socialismo. Pero en 1896 entró en vigor un contrato sobre tarifas, después de agrias luchas, en que cada una de las partes había intentado atemorizar a la otra. En el tratado de paz, ambas partes renunciaron a estos grupos. Además de la tarifa de los impresores, se llegó entre los obreros de la construcción a formar, en 1912, una tarifa imperial, después de largas luchas. Habían precedido a ella pactos locales que al principio se celebraban en las grandes ciudades. Así es como ocurrió en Alemania, que en los explotaciones menores, de tradición artesana, fue donde se insinuó primeramente la nueva organización. Los convenios se consignaban en detallados documentos. En ellos se regulaba, ante todo, la jornada y la retribución. También se concedía importancia a la conciliación. Entre los tipógrafos, los empresarios se obligaban a emplear sólo obreros de la organización, y los obreros, a no aceptar trabajo sino de empresarios organizados. Mediante recíproco acuerdo se facilitó en la industria impresora la introducción de la maquinaria. En los contratos colectivos podía preverse el zanjar incluso, por ejemplo, mediante un tribunal arbitral, las discrepancias que surgieran en adelante.

En Inglaterra se concedía la máxima importancia a la representación de cada rama profesional. Junto a 260 oficinas de conciliación de las diversas industrias había, en 1909, hasta 17 oficinas de distrito. En Victoria y Nueva Zelanda se apoyaba la legislación en los sindicatos. La Industrial Conciliation and Arbitration Act de Nueva Zelanda intentaba, en 1894, impedir las huelgas disponiendo que las organizaciones de empresarios y obreros se dirigiesen a las oficinas de conciliación y al tribunal arbitral, cuyos fallos tenían fuerza de ley. En Canadá no se prohibieron las huelgas el año 1907; pero antes de llegar a la declaración de huelga o paro había que exponer el caso litigioso a una oficina de conciliación. Se confiaba que, aun no aceptado por las partes contendientes el dictamen de la oficina de conciliación, el estudio del problema aclararía la situación de suerte que los mismos interesados podrían reflexionar hasta qué punto les era dado apelar a la opinión pública.

Mientras aquí el sindicato se declaraba dispuesto a colaborar en la organización industrial, y parecía que la paz en la industria era el objetivo buscado, el movimiento revistió en Francia un carácter completamente distinto. El sindicalismo no quería colaborar con el empresario, sino descartarlo, a ser posible. En las empresas menores de Francia no parecía imposible semejante objetivo. La orientación radical adquirió en Francia supremacía directora en la Confédération Générale du Travail, porque aquí se decidía por agrupaciones, y no por votos; de suerte que una organización pequeña de provincia tenía tanto derecho como las diez mil grandes explotaciones de grandes ciudades. Los Congresos de Trades-Union inglesas, que agrupaban los intereses comunes del movimiento obrero, se caracterizaban por un lenguaje moderado; en cambio, resonaban en la C. G. T. las voces más destempladas. Se esperaba que la victoria de la clase obrera llegase a través de una huelga general. Desde 1884 había alcanzado Francia un derecho de libre asociación, que permitió se formaran sindicatos. Entonces se instituyeron las Bourses du Travail, oficinas de colocación no utilizadas por los empresarios porque estaban completamente en manos de los obreros, pero que dieron lugar a la formación de organizaciones obreras en cada rama de la industria. En los Congresos se reunían los representantes de las agrupaciones y los de las Bolsas de obreros.

Además de la orientación radical que predominaba en los Congresos, estaba la reformista, integrada especialmente por los obreros de las grandes explotaciones. Pero entre los ferroviarios de las diversas líneas imperaban corrientes diversas, según como los manejaban. No podía dejar de ocurrir que frente a la orientación radical, demasiado poco atenta a la situación de los obreros pacíficos, surgiera un fuerte movimiento contrario. Tal fue el origen de los Amarillos, amigos de la paz económica, cuyo nombre debió proceder de que en una reunión pegaron con papel amarillo las vidrieras rotas por los sindicalistas radicales. El movimiento inglés, y aun el alemán, confiaban en la discreción de las masas. Pero el sindicalismo creía que no cabía confiar sino en las acometidas de una minoría decidida.

También el empresario aislado se vio atenido, en efecto, el auxilio ajeno para construir sus fábricas. Ante la gran demanda de capital, hubo que conceder especiales derechos a los capitalistas aportadores de medios, incluso cuando se formaban sociedades por acciones. ¿No podían también confiar los obreros en lograr dirigir la producción agrupándose cooperativamente? De hecho creía OWEN en el porvenir de una producción cooperativa, y a ella dedicó gran parte de sus energías. New Harmony, fundada por él en América el año 1824, debía convertirse en ejemplo de una organización general. Pero las colonias de base cooperativa sólo se mantienen donde las apoya la abnegación de los entusiastas. LIEFMANN pudo encontrar en América colonias de anabaptistas, cuyo cohesión les había salvado de todas las persecuciones sufridas desde los tiempos de la Reforma. Por lo general, se sitúa la agrupación gremial en las proximidades de la economía de circulación; por ello, se trasladaron los mormones a las proximidades del Gran Lago Salado. La propia New Harmony adoptó la traza de un gremio religioso, que siguió emigrando hacia el Oeste y padeció las divergencias de criterio de sus copartícipes. Entre los icarios, partidarios del francés Cabet, que surgieron en el decenio del 40, se produjeron significativas discordias porque los primitivos colonizadores no quisieron compartir sin más con los recién llegados el derecho a los viñedos plantados. En la metrópoli podían los cooperadores fundar una gran explotación; las dificultades surgían cuando una coyuntura favorable permitía la expansión. Las nuevas fuerzas obreras, ¿entrarían en calidad de cooperadores, o en la de obreros a sueldo? Si se optaba por lo primero, al retroceder la coyuntura se derrumbaba la empresa. Si se elegía lo último, se sostendría, ciertamente, la empresa, pero convirtiéndose en sociedad cerrada, con renuncia del principio cooperador.

De ahí que las cooperativas de producción no tuvieran éxito alguno. Pero el movimiento cooperativo había de obtener mayor difusión mediante la agrupación de consumidores. La idea de obtener condiciones más favorables mediante la compra en común fue adoptada en Inglaterra por KING, que fundó cooperativas en Brighton y otras localidades, y entonces publicó el Cooperator. La propaganda de OWEN a favor de las cooperativas de consumo fue fatal, porque la relacionó con su Banco Obrero, fundado en 1832. Este debía suministrar artículos que se pagaban en billetes según el tiempo de trabajo empleado en aquéllos; el tenedor de billetes podía retirar, valiéndose de ellos, los artículos correspondientes. Pero resultó que a ese Banco no llegaban más artículos que los de venta nada normal, por tratarse de objetos de uso tales como mesas y trajes, al paso que precisamente lo que faltaba eran víveres, que era lo que principalmente querían adquirir los trabajadores. Al cabo de poco tiempo hubo de cerrarse este Banco Obrero, cuya quiebra arrastró a muchas cooperativas de consumo. En Inglaterra se fundó en el año 1844 la Cooperativa de Consumo sobre principios firmes, mediante los "Honrados Precursores de Rochdale". Se reunieron un par de fabricantes de franelas y abrieron una exigua tienda; pero, como exigían pago al contado, se declaraban neutrales y distribuían los eventuales sobrantes ante todo ateniéndose a la magnitud del consumo, pronto aumentó su negocio. Surgieron numerosas fundaciones nuevas, y en 1863 pudo establecerse en Manchester la Sociedad de compras al por mayor de las Asociaciones de consumo.

En Alemania se adhirió Schulze-Delitzsch al movimiento cooperativo. Se estimuló una serie de fundaciones en la ciudad y en el campo; entre ellas tuvieron muy grande importancia las cooperativas de crédito que servían a las pequeñas explotaciones. En el campo había procurado Raiffeisen combatir la difícil situación del decenio del 40 mediante tales cooperativas de crédito. Las de producción hallaron aplicaicón sobre todo en la agricultura, donde proporcionaron a las pequeñas explotaciones, especialmente en la lechería, las ventajas de las grandes explotaciones industriales y comerciales. Pero ni el movimiento sindical ni el cooperativo de consumo adquirieron en Alemania gran importancia hasta el decenio del 40, y singularmente hasta que los obreros sajones ingresaron en él en mayores masas. En el año 1894 se fundó en Hamburgo una Sociedad de compra al por mayor.

La cooperativa de consumo estaba llamada a encontrar el apoyo de su negocio en los artículos principales de uso diario: harina, manteca, especialmente en Inglaterra el té, en Alemania el café, en Suiza el vino. Respecto de los objetos de uso sin salida regular, pareció predominar la forma de bazar, en que destacaban los tejidos como base fundamental del negocio. La cooperativa de consumo abarcó en primer término la venta al por menor; pudo dedicarse no sólo al comercio por mayor, sino también a la producción. Así las cooperativas de consumo inglesas adquirieron plantaciones de té en Ceilán, y las alemanas fundaban, por ejemplo, una fábrica de jabón. Así resultó que las cooperativas de consumo se convirtieron en empresarias. Aunque se esforzaban en reglamentar lo mejor posible la materia obrera, no faltaron conflictos con los sindicatos. Los empleados habían de gozar de satisfactorias condiciones de trabajo y percibir buenas retribuciones; pero las utilidades de la explotación tenían que beneficiar a los consumidores, que eran los verdaderos sostenedores de las organizaciones. Las cooperativas de consumo se dirigían a todas las clases del pueblo, si bien los obreros constituían desde el punto de vista numérico sus principales miembros.

Mediante sindicatos y cooperativas lograron los obreros una posición autónoma en la economía. Como productores, se hallaban en situación de hacer valer su interés en el mercado de trabajo; como consumidores, surgían unidos en el mercado de artículos. Pero seguían siendo miembros de la constitución económica. La idea de dominar el mercado del trabajo mediante los sindicatos, o de ver en las cooperativas de consumo un primer grado de regulación de la producción total, hubo de retirarse a segundo plano.

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- La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista


+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (I): la reconstrucción económica mediante los aranceles educadores

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (II): la aduana conservadora y las fundaciones coloniales

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (III): el aislamiento como medida permanente

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IV): la orientación política del movimiento obrero; la protección y seguro obreros

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VI): las organizaciones de explotación

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VII): las uniones de empresarios

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VIII): brotes social-capitalistas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IX): la influencia de la ordenación estatal

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 297 - 303.