domingo, 18 de junio de 2017

La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (I): la reconstrucción económica mediante los aranceles educadores


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La apertura del mundo aprovechó preferentemente a Inglaterra en primer término. Ingenieros ingleses construyeron con ancho de vía inglés los primeros ferrocarriles del Continente. El pabellón inglés señoreaba el Océano. Sociedades inglesas eran propietarias de los cables que enlazaban a los Continentes. A tal situación de cosas acomodó Inglaterra su política comercial en el centro del siglo XIX.

Aranceles y economia

El comercio de Londres intentó en 1820 que el Gobierno derogase las medidas de la época de guerra, las prohibiciones de importación y los aranceles prohibitivos, porque obstruían el desarrollo del comercio exterior. Sin embargo, lo que logró Huskisson en el decenio del 20 fue lo mismo que Pitt en los años 80 del siglo XVIII, e inspirándose en las doctrinas de ADAN SMITH: que la unificación de tipos hiciera desaparecer la imposibilidad de inspeccionar las tarifas aduaneras. Durante la guerra se había atendido mediante nuevos recargos toda urgencia financiera que se presentaba, de tal suerte que en el año 1815 había 1.500 leyes distintas. Además de una mayor facilidad de estudio, trajo el Arancel de 1825 una derogación de prohibiciones, como, por ejemplo, las de sederías extranjeras; y se moderaron los derechos de importación de otros tejidos. Inglaterra concertó una serie de Tratados de navegación que permitieron a los extranjeros operar en las colonias, aunque ciertamente a tipos aduaneros recargados.

Al llegar la paz desapareció la posición privilegiada que durante la guerra había proporcionado al agricultor inglés la interrupción del tráfico con el Continente. El trigo báltico habría podido volver a entrar en el mercado de inglés libre de derechos. Pero la ley cerealista de 1815 no autorizó la importación más que en épocas de carestía, es decir, cuando el quarter de trigo (2,91 k.) valiese 80 chelines, ó 36 marcos el doble quintal. El año 1828 se implantó en su lugar un arancel móvil. Cuando subiera el precio en el mercado inglés se reducirían los derechos, elevándolos cuando aquél descendiera. Se esperaba lograr por este medio precios adecuados. Pero como en realidad los derechos arancelarios se fijaban después de terminado el período de producción, no servían de ninguna manera para compensar las oscilaciones de precio causadas por circunstancias naturales, por los varios resultados de la cosecha; antes bien, las acrecentaba al agregar un nuevo elemento de incertidumbre. Si se podía contar con una rebaja de derechos, los importadores reducían la importación, y al disminuir la oferta subía el precio más de lo que en otro caso hubiese acontecido. Inversamente, si había que contar con elevación del arancel, se procuraba importar todo lo posible a los tipos inferiores, con lo que el precio se hundía más de lo que en otro caso hubiera ocurrido.

El arancel triguero que encarecía la vida de la gran masa de la población era considerado en Inglaterra como favor otorgado con parcialidad a una clase social. El sistema de arriendos dominante en Inglaterra daba lugar a que la ventaja de los precios fuese a manos de propietarios territoriales en forma de aumento de renta. La limitada extensión del suelo inglés había permitido una considerable elevación de rentas merced al aumento en la demanda de trigo durante la guerra. Además, se había echado mano de tierras de peor calidad, que se limitaban a remunerar el capital y trabajo invertidos en ellas. Las tierras mejores habían logrado una renta diferencial. RICARDO pudo enunciar el principio de que la tierra no se debía a la fertilidad del suelo, como habían admitido los fisiócratas, sino más bien a la falta del mismo. Frente al aumento de población surgía la relativa escasez del suelo. ¿Es que este privilegio de los propietarios territoriales debía aumentarse todavía más a expensas de la comunidad por medios artificiales como los aranceles trigueros? RICARDO consideraba justificados los derechos aduaneros, si correspondían al gravamen interior de los productores nacionales de trigo. Había de tenerse en cuenta que, si se autorizaba la concurrencia exterior, dejarían de producir aquellas tierras de pan llevar cuyo cultivo no resultaba remunerador sino en épocas de precios altos. Es verdad que los propietarios podían dedicar sus tierras a otra producción, acaso más ventajosa; mas, a pesar de ello, no estaban propicios a renunciar sin más a su posición.

En el Parlamento inglés preponderaban los hacendados. Había pequeños villorrios venidos a menos, que tenían el derecho de enviar diputados, mientras ciudades recién surgidas, como Manchester y Birmingham, seguían careciendo de representación parlamentaria. La reforma de 1832 puso término a esta anomalía y otorgó a los fabricantes influencia en el Parlamento. Entonces fue cuando pudo librarse con éxito la batalla contra los aranceles cerealistas. Desde Manchester, centro de la industria algodonera, llevó a cabo su propaganda la Liga contra los aranceles cerealistas, bajo la dirección de Cobden y de Brigth. Con todo, fue el jefe de los Tories, Sir Roberto Peel, quien logró, en el decenio del 40, la victoria decisiva del librecambio. En 1842 se redujeron los derechos arancelarios de tal suerte que el precio del trigo inglés, que en los últimos años había venido a ser, por término medio, un 28 por 100 más elevado que el francés, no excedió a éste sino en u 14 por 100.

Una serie de malas cosechas y, sobre todo, la pérdida de la patata en Irlanda, patentizaron lo necesario de la importación del Extranjero. En 1846 se resolvió derogar los derechos arancelarios sobre cereales. Peel y la mayoría de los Tories asintieron a esta petición de los Whigs, y el grupito de Tories inflexibles que se congregó en torno de Disraeli no pudo hacer, en los inmediatos decenios, otra cosa que perder el tiempo impugnando el librecambio, porque la economía inglesa vivió entonces la época de su mayor esplendor. La mayor ventaja fue para los obreros industriales, cuyo salario real se elevó; pero también los fabricantes supieron apreciar las ventajas de la nueva situación, pues tuvieron que acceder a elevaciones de salarios que no necesitaron ser tan fuertes como en otro caso hubiera sido preciso. Pudieron hacer frente a la concurrencia mediante la reducción de los costes de producción. La creciente capacidad de absorción del mercado inglés aprovechó también a la agricultura inglesa, que hasta el decenio del 70 no tuvo que sufrir el abaratamiento de la producción cerealista ultramarina.

Permitió a Peel llevar a cabo la reforma el hecho de que, para compensar la disminución de ingresos que era de esperar como consecuencia de la derogación de los aranceles, había sido restablecido en 1842 el impuesto sobre la renta. En los siglos XVII y XVIII, intensificada la circulación, se había podido echar mano especialmente de las exacciones indirectas. El impuesto directo era odiado porque gravitaba sobre la esfera particular. Para Montesquieu era un signo de esclavitud. Pitt había declarado, en 1796, redimible la contribución territorial. Pero, así como Francia había acudido al servicio militar obligatorio, apremiada por las necesidades de la guerra, Inglaterra introdujo el impuesto sobre la renta para atender a los gastos bélicos; mas era tan impopular, que fue derogado en 1816. Mas tarde volvió a implantarse de nuevo, en concepto de transitorio, pero pronto se convirtió en una de las columnas sustentadores de los ingresos del Estado inglés. El creciente bienestar de Inglaterra se reflejó en sus rendimientos cada vez mayores, con los cuales pudo, a su vez, el Estado participar de aquella prosperidad. Además tuvo la ventaja de que ante urgencias especiales, como las derivadas de la guerra de Crimea, fue posible elevar los tipos tributarios, revelando así que era el factor elástico tan necesario en todo presupuesto.

Al mismo tiempo que los aranceles de cereales, se suprimieron o redujeron los derechos aduaneros sobre primeras materias y manufacturas. Hubo una serie de partidas que no significaban para el Estado pérdida de importancia, porque la producción nacional podía cubrir todas las necesidades. La supresión de los derechos sobre primeras materias benefició a la industria inglesa, lo mismo que la del arancel cerealista, porque la permitió reducir sus gastos de producción. Pudo renunciar a los aranceles sobre artículos manufacturados, porque se sentía muy por encima de toda competencia extranjera. La Exposición Universal de 1851 expresó esta situación: lo que Colbert había esperado conseguir para Francia, en el siglo XVII, valiéndose de las medidas negativas de sus aranceles, fue logrado ahora para Inglaterra merced a los medios positivos de sus carriles y sus máquinas. Podía considerársela como el Taller del Mundo.

La reforma de Peel fue continuada por Gladstone en 1853, desembocando en los aranceles de 1860, que entraron en vigor al mismo tiempo que el Tratado de comercio concertado con Francia por Cobden.

Francia se había aislado rigurosamente, como Inglaterra, después de la guerra de 1816. Sin embargo, no sólo la agricultura, sino también la industria, hubieron de valerse de aranceles protectores frente a la concurrencia inglesa. Las tarifas debían dar expresión a la "solidaridad de los intereses proteccionistas". Napoleón III no podía esperar que su Parlamento accediese a las tendencias librecambistas, como en Inglaterra, rebajando las tarifas; pero sí concertar tratados que lograsen esa reducción. Así, Francia se vio encaminada hacia los tratados que en el decenio del 60 desarrolló. Con ello no pasó Francia al pleno librecambio como Inglaterra: únicamente moderó mucho los tipos de gravamen. A esta moderación contribuyó la cláusula de "nación más favorecida" que se introdujo en los tratados. Conforme a ella, ulteriores reducciones de tipos que se concedieran a otro Estado aprovecharían desde luego a los anteriores contratantes. Francia concertó tratados de esa especie, como ya vimos, con la Unión Aduanera Alemana, con Bélgica, Suiza, Italia y Austria.

También Inglaterra concertó tratados de comercio en el decenio del 60. Al principio se había creído que las ventajas del librecambio serían tan claras para las demás Potencias, que, desde luego, se decidirían a tomar iguales medidas. Cierto es que la capacidad de absorción de los mercados extranjeros respecto de artículos ingleses se robusteció porque podían vender mejor a Inglaterra; pero el Extranjero anduvo remiso en la reducción de sus tipos. A ello ayudaron los tratados. Pudiera parecer que países como Suiza en 1849 ó Inglaterra en 1860, al haber admitido con exención de derechos las mercaderías extranjeras, no tenían nada que ofrecer al Extranjero en tales tratados. Pero no es el tráfico de mercancías lo único que hay que regular entre dos Estados; también cabe dictar determinaciones sobre la circulación de personas y de capitales. Así, en 1864, Suiza concedió a Francia el que los judíos franceses, a quienes hasta entonces se prohibía establecerse permanentemente en todos los cantones, lograran esa posibilidad. Inglaterra concedió a Bélgica el negociar un empréstito en el mercado inglés; a la Unión Aduanera Alemana y a Bélgica se otorgó igualdad de derechos de sus súbditos con los ingleses en las colonias británicas. Además, los contratantes obtuvieron la seguridad de que Inglaterra, que por propia iniciativa había reducido los aranceles, no volvería a elevarlos mientras rigiese el Tratado.

El libre cambio había sido necesario en Inglaterra, sobre todo porque sólo en la industria de exportación podía hallar acomodo la población, que iba en continuo aumento. No pocos librecambistas confiaban que el tráfico libre garantizaría a la industria inglesa una preponderancia permanente, y que el resto del mundo se mantendría en el nivel de proveedores de alimentos de primeras materias. El esfuerzo de otros países por ir a los alcances de Inglaterra en la potencia manufacturera hubo de convertirlos en adversarios del libre cambio.

El desarrollo inglés no fue en modo alguno considerado en el Continente como digno de imitación. Se advertían los aspectos sombríos del sistema fabril, la mala situación del obrero inglés y las crisis que transformaban la vida económica. Se creyó poder protegerse contra esos daños renunciando a todo este desarrollo. SISMONDI es el primero en expresar esta corriente. La crisis de 1815 le trocó, de admirador de A. SMITH, en adversario suyo. El hacinamiento de masas humanas en las ciudades fabriles inglesas contrastaba con la plácida casa de labor del agricultor de Berna. Aquí no existía división de clases como en la agricultura inglesa entre colonos y propietarios. Había poca oportunidad para otras fuentes de ganancia y se dificultaba así el aumento de población que SISMONDI, de acuerdo con Malthus, consideraba una desgracia.

En Alemania no habían faltado adversarios a la liberación campesina. ADAN MÜLLER encomiaba la relación patriarcal entre hacendados y cultivadores y no quería oír hablar de que las demandas del mercado pudieran traer ventajas para ambas partes por el camino de la emancipación. Las demandas de los artesanos contra el avance de la gran industria habían sido apadrinadas por WINKELBLECH, profesor de química en Marburgo y Cassel, que con el seudónimo de "KARL MARLO" escribiera sus Investigaciones sobre la organización del trabajo o Sistema de la economía mundial.

Frente a estas corrientes se pronunció Federico LIST con la máxima energía en pro de la industrialización de Alemania. Junto a su agricultura debía desarrollarse su potencia fabril. Libertad y unidad de la nación, que serían el supuesto de tal desarrollo de las fuerzas económicas, recibirían a su vez de ellas el más vigoroso fomento. LIST invirtió el principio fisiocrático de que sólo el bienestar campesino significaba bienestar del país, al demostrar que también el labrador obtendría la máxima ventaja con el surgir de la industria en su propio país. Sin embargo, como medio principal para robustecer la industria, propugnaba el arancel protector.

LIST concedía que en su época pudo ser exacto el pensamiento smithiano de que con el libre cambio se establecería una división del trabajo en que cada país practicaría aquel ramo de producción en que se dieran las condiciones más favorables para su época. Pero la aparición de las máquinas había cambiado por completo el cuadro. La "gran revolución industrial" realizada en Inglaterra precisamente durante y después de la guerra, había permitido a Inglaterra tomar tal delantera que el propio librecambio le permitiría destruir todos los intentos del Extranjero encaminados a lograr la independencia fabril. Sólo podría compensarse la desventaja mediante una protección aduanera que exigiera a los consumidores un sacrificio transitorio, pero a cuyo amparo pudiera desarrollarse una industria que, robustecida mediante la competencia interior, llegara en definitiva a poder medirse con la concurrencia extranjera y abasteciese el mercado nacional a precios más bajos. Recomendaba por ello LIST una Aduana educadora sobre manufacturas como medida transitoria. En su sistema nacional escribe que si una industria no puede nacer con una protección inicial del 40 al 60 por 100, ni mantenerse al cabo del tiempo con una protección constante del 20 al 30 por 100, es que faltan las condiciones básicas de la potencia fabril.

LIST había observado y fomentado en los Estados Unidos y en Francia la oposición a Inglaterra. FICHTE había opinado en su Geschlossener Handelsstaat que el aislamiento sólo podía tener lugar ciñéndose a las fronteras naturales, dadas a su vez por la presencia de suficientes posibilidades de producción, y que las continuas guerras entre Inglaterra y Francia habían demostrado que en realidad estos países se completaban; por el contrario, consideraba LIST que la alianza entonces existente entre Inglaterra y Francia no correspondía a los intereses económicos de Francia. Esta debía más bien propender a la renovación del sistema continental, concordia de las Potencias del Continente europeo contra la supremacía insular de Inglaterra. Respecto de Alemania, propugnaba que Austria se adhiriese a la Unión Aduanera. Su esfera de intereses debía extenderse más allá de Turquía. Las rutas de la India por el Mar Rojo y el Golfo Pérsico ni debían estar exclusivamente en poder de Inglaterra ni seguir siendo inaccesibles por causa de la barbarie asiática. "Es notorio que el entregar a Austria la tutela de estos puntos importantes ofrecería a todas las naciones europeas las máximas garantías". Después de la independencia de Suramérica, para nada necesitaban los Estados europeos tener colonias propias. LIST creía de los trópicos, dada la exuberancia de su naturaleza, no contarían de modo permanente sino en calidad de productores de primeras materias y de alimentos, al paso que únicamente la zona templada venía llamada a desarrollar la potencia fabril. Inglaterra, una vez reconocida la independencia económica del Continente, debía colocarse al frente de Europa para salir al paso de la amenazadora preponderancia de los Estados Unidos. En sus últimos años se esforzó LIST por conseguir una alianza angloalemana.

Ya vimos cómo en el decenio del 40 la Unión Aduanera reflejó las ideas de LIST, por cuanto se establecieron derechos sobre el hierro y los hilados. Pero en conjunto preponderó en Alemania la ola librecambista durante la época subsiguiente. En una Memoria de 1847 podía el hamburgués KIRCHENPAUER presentar al libre cambio como el genuino sistema alemán bajo el cual se había desarrollado poderosamente incluso la industria. Las objeciones de Prusia en 1846 cooperaron a que Inglaterra derogase en 1849 la ley de Navegación, elemento importantísimo de su sistema protector, que el propio ADAM SMITH había propugnado arguyendo que era mejor defenderse que enriquecerse. Ya vimos cómo en años subsiguientes fueron también aquí medios positivos, el buque de hierro, los que proporcionaron a Inglaterra la posición que antaño se creyó imposible alcanzar de no excluir a los extranjeros. Las dificultades de abastecimiento ayudaron a ejecutar la medida de 1849 lo mismo que había ocurrido en 1846. Se llegó a hacer venir alimentos, siendo indiferente el efectuarlo mediante buques británicos o extranjeros.

Puede hablarse en el decenio del 60 de un predominio del libre cambio fundado esencialmente en los Tratados de Comercio que abarcaron a Europa occidental y central. Mientras existieron esas trabas arancelarias, los Tratados con territorios de Ultramar se limitaron principalmente, por lo común, a permitir el tráfico recíproco bajo el signo de la cláusula de mayor favor. La propia Rusia estableció derechos moderados en 1850. Hasta entonces había estado Polonia fuera de la frontera aduanera rusa; pero también había podido importar a Rusia a tipos más bajos después del arancel aduanero protector de 1822. Ahora quedó Polonia incluida en la demarcación aduanera rusa.

También los Estados Unidos habían moderado sus aranceles en 1846 y 1857. Pero después de la crisis de 1857 creció en América la opinión proteccionista. Canadá, que hasta entonces había disfrutado de derechos preferentes en el mercado inglés, no vio con agrado la derogación de este favor, debida al libre cambio de la metrópoli. La independencia que le había sido concedida desde 1839 para organizar su Hacienda le sirvió más bien para elaborar a partir de 1858 en sentido proteccionista sus aranceles sobre artículos europeos. En los Estados Unidos había exigido CAREY derechos protectores con más energía que LIST, arguyendo precisamente que era necesario combatir la posición acreedora de Inglaterra desvalorizando los Estados Unidos su moneda. Así como los fisiócratas y ADAM SMITH habían exigido el libre cambio preocupados en primer lugar por los intereses de la agricultura, eran ahora los Estados del Sur quienes patrocinaban el libre cambio, atentos a la exportación de su algodón. Pero el Norte reclamaba para su naciente industria aranceles protectores, especialmente orientados contra la competencia inglesa. La tarifa MORILL de 1861 colmó sus deseos: contribuyó sobre todo a la elevación de los derechos la guerra de Secesión, en que vencieron los Estados del Norte. En las elevaciones arancelarias de 1862 y 1874 se gravó al propio tiempo la producción interior con fuertes exacciones, que caducaron al terminar la guerra, al paso que en un intento de derogar los derechos aduaneros en 1867 topó con la oposición de los interesados. Con el libre cambio inglés, los derechos se limitaban a unos pocos artículos principales del consumo interior como el tabaco, té y bebidas alcohólicas. Cuando en 1872 mejoró la situación financiera de los Estados Unidos, se suprimieron allí precisamente los derechos fiscales sobre el té y el café, al paso que se mantuvieron los derechos protectores sobre artículos manufacturados.

Así halló aplicación práctica la exigencia de llegar al aislamiento nacional, que hasta entonces se había fundado, sobre todo, en la necesidad de la educación para formar un Estado industrial.

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- La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista


+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (II): la aduana conservadora y las fundaciones coloniales

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (III): el aislamiento como medida permanente

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IV): la orientación política del movimiento obrero; la protección y seguro obreros

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (V): sindicatos y cooperativas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VI): las organizaciones de explotación

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VII): las uniones de empresarios

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VIII): brotes social-capitalistas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IX): la influencia de la ordenación estatal

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 267 - 274.