miércoles, 28 de junio de 2017

La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VIII): brotes social-capitalistas



El centro de gravedad de la economía moderna está en las grandes empresas y en las agrupaciones financieras llamadas concernos. Incluso cuando se opta por la forma de sociedad anónima puede hallarse la influencia en manos de unos pocos, ya sea porque el derecho de voto esté circunscrito a un pequeño grupo de accionistas, o ya porque las decisiones respecto de una sociedad queden en manos de otra de menor capital social, en América una Holding-Company, en la que, por tanto, baste para formar mayoría un paquete de acciones más reducido. A pesar de sus derechos formales, era exiguo el influjo del accionista individual en la Junta general. ¿Cómo podía él asistir a sus reuniones, si tenían lugar lejos de su residencia? Entonces se transfirió la representación de sus derechos al Banco en que estaban depositadas las acciones. En los Estados Unidos no se ha formado hasta después de la guerra la participación de la masa del público en la posesión de acciones. Era necesario montar una representación especial para proteger a los accionistas ante la opacidad que los directores sabían dar, de muchas maneras, a sus balances, y sobre todo tratándose de un sistema de cartera de diversas empresas.

Banco e historia de la economia

Las situaciones de preferencia surgían especialmente del hecho de que un grupo determinado se hallase en condiciones de servirse del medio capitalista mejor que otro. Así descansó la prepotencia del comercio en los comienzos del movimiento capitalista, la preponderancia de la gran explotación en la agricultura y la industria frente a la pequeña explotación. Pero ¿no podría ésta valerse del mismo medio? De hecho vemos retroceder la usura donde se desarrollan las cooperativas de crédito. Florecieron especialmente en la región de Hesse-Darmstadt, al paso que hallaron menor eco en la primitiva Hesse Electoral, donde por ello persistió más tiempo la usura.

La idea de democratización de la renta tiene ya en Francia representantes durante la primera mitad del siglo XIX. El grupo de acreedores del Estado no había de limitarse a un núcleo pequeño, sino abarcar, de ser posible, a todas las personas que ahorraban en el país. De hecho, el economizador francés se convirtió, no ya en base del crédito del Estado, sino también respecto de empresas como las del Canal de Suez, y aun del de Panamá, y de los empréstitos rusos.

¿Es que realmente hay que ver en los edificios de los Bancos a las fortalezas del capitalismo?, ¿no puede haber detrás de un Banco hipotecario muchos pequeños partícipes como acreedores de un gran deudor en cuyo favor se ha constituido una gigantesca hipoteca? Los Bancos de crédito concentran las existencias de todo el país mediante sus Cajas de depósitos, y la mayoría de ellos encauzan sus créditos hacia la industria. En tiempos de crisis se ven favorecidos los fondos públicos con preferencia a las acciones. Además de estas tendencias generales, los distintos círculos de personas que realizan inversiones conservan sus peculiares preferencias. DECHESNE muestra cómo los hacendados belgas preferían invertir sus sobrantes en hipotecas y valores del Estado, mientras eran únicamente capitales comerciales los que en un principio efectuaban la financiación de las industrias. La articulación de las instituciones da satisfacción a las diversas necesidades particulares de inversión.

Cierta que durante la guerra se formaron algunos grandes patrimonios merced a los suministros militares. En conjunto, la carga tributaria que acarreó la guerra equivalió por completo a una inflación, que a su vez aniquiló precisamente las fortunas mayores, mientras la fuerza de ahorro de las masas iba iniciando, después de la estabilización, una nueva y lenta formación de capitales. En Alemania, la antítesis en el suministro de capitales se exteriorizó en que las Cajas de ahorro ampliaron las esfera de sus negocios a costa de los Bancos. Pero, mientras los Bancos sirven preferentemente a la expansión industrial, hallan las Cajas de ahorro su función principal en el estímulo a la construcción de viviendas mediante el préstamo hipotecario.

Allí donde se hallaba el suelo en manos de unos pocos a quienes aprovechó un gran aumento de la renta de la tierra, como en el Oeste de los Estados Unidos o en las ciudades de América y en Inglaterra, nada tan natural como pensar que la culpa de todos los males radicaba en la desigual distribución del suelo. Mediante la reforma territorial, por confiscación tributaria de la renta, como la proponía Henry GEORGE, o por la nacionalización del suelo, era como se confiaba resolver el problema social. Allí donde el suelo se hallaba en manos de muchos pequeños propietarios que por sí lo labraban o utilizaban, poco arraigo podía tener esta doctrina. Se tenían en cuenta las diversas formas de utilización del suelo. Se produjo elevación de la renta especialmente allí donde fue posible empezar a utilizarlo de un modo más satisfactorio, es decir, donde la tierra se hallaba en uno de aquellos círculos próximos de que hablaba THÜNEN, y sobre todo al convertirse en solar la tierra de labor. Por otra parte, la escasez de una clase de suelo podía contrarrestarse aproximando mediante vías de comunicación los suelos alejados. Así se ensancharon las ciudades, rebasando el recinto de sus murallas, y los tranvías suburbanos convirtieron en barrios aquellas cercanías hasta entonces utilizadas únicamente como sitios de veraneo. A esto se añadió una política municipal consciente y atenta a proporcionar terrenos en extensión suficiente.

Únicamente merced al desarrollo capitalista fue posible alimentar una población fuertemente acrecentada. Aunque las utilidades del capital y la renta territorial redundaron inicialmente en beneficio de una minoría, pudo advertirse que cada vez participaba más de esta propiedad el sector mejor situado de la masa obrera, sobre todo el de empleados, cuyo número crecía continuamente. La clase obrera había sido la que con más intensidad experimentaba los perjuicios de la transición a las nuevas condiciones. Ahora pudo hablarse del ascenso de la clase obrera, primero en Inglaterra, pero también después en Alemania. Los propios socialistas abandonaron la tesis del empeoramiento: no era verdad que el capitalismo convirtiese al obrero en pobre. Antes bien, los pobres llegaron a obreros. En el decenio del 70 se esperaba en Inglaterra dar de lado por completo al problema del pauperismo, que a principios del siglo constituyó carga tan amenazadora. También se creyó en Alemania poder aliviar considerablemente la carga del pauperismo mediante los seguros obreros. No ocurrió así; pero la razón era que la mayor abundancia de recursos permitía organizar con más largueza el socorro a los pobres. Tendió a aumentar el mínimo de existencia representado por lo que gana el último obrero que halla colocación, o por lo que se conceptúa necesario para la vida del socorrido. Al mismo tiempo se suscitaba una pregunta: a costa de qué sacrificio se compraría este progreso material.

El ritmo del trabajo había ido creciendo al compás del aceleramiento de los medios de transporte y de transmisión de noticias. Si en tiempos había habido cada semana algunos días de correo, ocurría ahora que el correo arrojaba varias veces al día noticias de todas partes del mundo sobre la mesa del hombre de negocios. El teléfono permitía concertar con plazas lejanas un acuerdo más rápido que el antes posible en las reuniones de los habitantes de una ciudad durante las horas de Bolsa. Las consecuencias de esta celeridad en las decisiones no dejaron de aprovechar al hombre de negocios. Cada vez se especializaba más el individuo en su propia actividad. Cada vez fue menos frecuente aquella ojeada sobre el conjunto de la situación, aquella participación en todas las manifestaciones culturales que convirtieron a la burguesía del siglo XVIII y de muy adentrado el XIX no sólo en portadores de la idea nacional, sino asimismo en protectores de todo esfuerzo en pro de la comunidad. Es sabido cómo un hombre como MEVISSEN, de universal cultura y fructíferamente interesado en el desarrollo político y económico de la patria, intentó combatir este daño exigiendo que, antes de incorporarse el hombre de negocios a una profesión determinada, poseyese una base de alta formación científica, si bien orientada especialmente, como la de las Escuelas Superiores de Comercio.

El obrero hubo de sufrir especialmente por causa del trabajo mecánico de la máquina. Para el artesano, y hasta para el obrero de la industria doméstica, que ejecutaba un trabajo parcial, su actividad significaba la preparación de un todo lleno de sentido, mientras en la fábrica sólo realizaba una función parcial. La maquinaria se presenta, especialmente ante los obreros recién llegados, como un monstruo cuyos movimientos debe seguir calladamente el obrero. Sólo puede hallarse en actitud distinta quien desde su juventud está hecho al estruendo de las máquinas: aprende éste a sentirse señor de la maquinaria. De hecho, este modo de ver halló expresión en los países industriales más antiguos. Pudo producir cierta alegría la exactitud de la maquinaria y del trabajo que ella realizaba. Empresarios hábiles supieron despertar mediante primas el interés de los obreros en su tarea y en la introducción de perfeccionamientos del proceso obrero que acaso ellos mismos descubrieran. Pero, en realidad, quedó neutralizado este movimiento cuando la continuada mecanización redujo la actividad individual a una función fragmentaria que sólo se completaba merced al funcionamiento de la maquinaria. SOMBART habla aquí de la espiritualización de la explotación bajo una concomitante desaparición de su alma, como, por ejemplo, se ve en la industria del calzado. No falta el trabajo embrutecedor, que sólo puede contrapesarse abreviando la jornada de trabajo. En ningún lugar es más nociva la situación que en la industria del vestido, en que la uniformidad de la tarea va unida a jornadas desmesuradas.

Es cierto que la maquinaria puede actuar devastadoramente, pero los medios de trabajo no tienen que ir matando al obrero. El obrero moderno se siente señor de estos medios. ¿Y no podría ocurrir lo mismo dentro del marco capitalista? Cierto que puede producir efectos desoladores la penetración del cálculo en la economía, e incluso hay que dominar esa tendencia. Nada muestra con más intensidad lo feo del desarrollo capitalista como los barrios de viviendas del decenio del 80 y los enseres con que nos ha favorecido esta época. Pero, ¿no ha comenzado un movimiento contrario? Un arte nuevo nos permitió volver a fijarnos en la belleza del material y en la bondad del trabajo empleado; este movimiento sirvió para reformar la estructura ciudadana de las masas. SCHUMACHER nos describe cómo en la III Exposición Alemana de Industrias Artísticas, celebradas en Dresden en el año 1906, la pretensión de las casas en punto a espacio para la exposición hubo de ceder ante la exigencia de que se confiasen los diferentes grupos de decoración de los locales a artistas que encargaron a las casas la ejecución de su pensamiento. Aquí quedó el capital puesto al servicio de la producción.

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- La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista


+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (I): la reconstrucción económica mediante los aranceles educadores

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (II): la aduana conservadora y las fundaciones coloniales

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (III): el aislamiento como medida permanente

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IV): la orientación política del movimiento obrero; la protección y seguro obreros

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (V): sindicatos y cooperativas

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VI): las organizaciones de explotación

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (VII): las uniones de empresarios

+ La lucha contra las parcialidades de la organización capitalista (IX): la influencia de la ordenación estatal

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 315 - 319.