viernes, 10 de marzo de 2017

Carl Menger (1840 - 1921)


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Este artículo, sobre CARL MENGER, cuyo autor es el economista SCHUMPETER, apareció en su versión original bajo el título "Carl Menger" en el Zeitchrift für Volkswirtschaft und Sozialpoltik, Nueva Serie, Vol. I (1921), págs. 197-206. Fue traducido por el Dr. HANS W. SINGER, antiguo discípulo del Profesor SCHUMPETER en la Universidad de Bonn.

Carl Menger y economia
Carl Menger. Imagen: Economía y futuro

- J. A. Schumpeter, sobre Carl Menger


Constituye una excelente prueba para averiguar la fuerza de un argumento, la de examinar si puede considerarse como decisivo por sí mismo o, si, por el contrario, se sostiene apoyado por una larga cadena de argumentos subsidiarios. Análogamente, constituye una excelente prueba para averiguar la significación de la obra realizada por un hombre, a través de toda su vida intelectual, examinar si en la misma se puede apreciar una aportación singular que por sí misma entrañe grandeza, o si, por el contrario, debe ser contemplada como un mosaico formado por una gran cantidad de pequeñas piezas. MENGER fue uno de aquellos pensadores que pueden exhibir una única aportación decisiva que ha marcado época en la historia de la ciencia. Su nombre permanecerá vinculado para siempre a un nuevo principio interpretativo, que ha revolucionado la totalidad del campo de la teoría económica. Aun cuando sea posible recordar aspectos significativos y admirables de su carácter, aun cuando se puedan aducir otras aportaciones científicas adicionales, y aun cuando se pueda hablar de su entrega a la enseñanza y a la investigación –todo esto cede en importancia ante el pedestal sobre el cual se erige esta gran figura. Como es natural, el biógrafo de MENGER reunirá todo este material para obtener el retrato de una personalidad fuerte y atractiva. Pero dicho retrato deriva toda la importancia de su gran aportación, y, por lo tanto, no nos hacen falta aquellos detalles para hacer justicia a la fama de MENGER.

MENGER nos dejó después de veinte años de absoluto retiro, durante los cuales exploró gozosamente todos aquellos campos que atraían su interés. Gracias a esta circunstancia nos encontramos a una distancia suficiente para considerar su obra como parte de la historia de nuestra ciencia. Y su obra impresiona, ciertamente. El fondo del cual emerge la personalidad científica de MENGER puede ser bosquejado brevemente. Más allá de las preocupaciones prácticas, y al margen de las necesidades de la política práctica, se ha desarrollado, desde el siglo XVI, un pequeño caudal de conocimientos en torno a las cuestiones económicas; las cuestiones de política monetaria y comercial, desde entonces hasta ahora –es decir, desde que la moderna economía de cambio comenzó a desbordar los límites de la economía vilicaria y del manor– han conducido a discusiones en las cuales, y de manera primitiva, se reunían las causas y efectos de los acontecimientos económicos más destacados. La tendencia pausada hacia una economía individualizada y la libertad de comercio fue acompañada por una corriente siempre creciente de panfletos y libros dedicados a autores normalmente más inclinados a resolver los problemas económicos reales de cada día que a pensar sobre los problemas más fundamentales. Durante el siglo XVIII surgió una ciencia ya consolidada, con sus escuelas, resultados, disputas, libros de textos y especialistas competentes. Esta fue la primera época de nuestra ciencia, una época que creemos culminó en ADAM SMITH. Siguió después un período de análisis y de especialización, durante el cual los clásicos ingleses dominaron el terreno del cual nos ocupamos, toda vez que es en este campo donde se encuentra la realización de MENGER. RICARDO imprimió su nombre a esta época. En su transcurso, un sistema coherente de doctrinas con pretensión de carácter científico y de validez general dentro de amplios límites, se desarrolló plenamente; había aparecido la teoría económica pura.

No se podrá esclarecer jamás la razón por la cual un éxito tan rápido tuvo que ser seguido por un desastre tan completo. Muchas de las mentalidades prominentes de la nueva disciplina estaban todavía en activo; no habían superado todavía, sin embargo, la fase de estudio de los problemas fundamentales; pero se podían advertir ya síntomas de estancamiento dentro del círculo de los economistas, y en el exterior, desconfianza, hostilidad u olvido. La responsabilidad corresponde, en parte, a los defectos inherentes a cuanto había sido construido, al carácter rudimentario de algunos de los métodos empleados, a la superficialidad de muchos razonamientos y a la evidente inadecuación de varios de los resultados. Todo esto, sin embargo, no debería haber sido fatal, toda vez que era susceptible de perfeccionamiento. Pero nadie puso manos a la obra en esta tarea de perfeccionamiento, nadie mostraba interés hacia la estructura del nuevo edificio teórico, porque –y aquí se encuentra otra causa del fracaso– la opinión pública, al igual que los expertos, se habían alejado por diversas razones: la nueva doctrina había sentido excesiva impaciencia para intentar resolver cuestiones prácticas y para intervenir en la arena política en medio de las polémicas entre partidos, apoyándose en su pretensión de validez científica. De este modo, la derrota del liberalismo se convirtió en la derrota de la nueva doctrina. Fue una consecuencia de ello el que en varios países –especialmente en Alemania– donde existía un antagonismo hacia la teoría social en general, y una tendencia a continuar en la dirección marcada por la herencia intelectual de la tradición histórica y filosófica, no se transmitiera a la generación siguiente poco más que la fachada económica y social de la teoría clásica, mientras quedaba cerrado el camino hacia su estructura interna. La generación joven se dio escasamente cuenta del conocimiento científico e incluso de las posibilidades ulteriores, que se perdían al obrar de tal modo. Por ello se extendió la opinión de que la teoría no había sido más que un interludio en la historia de las ideas, un intento de cimentar la política económica de un período de transición. Fue, por supuesto, inevitable que se conservaran entre los expertos ciertas partes de la teoría. En casos aislados incluso tuvieron lugar aportaciones de importancia, pero, esencialmente, el campo quedó en barbecho. Los nombres de THÜNEN y HERMANN, en Alemania, no bastan para alterar el veredicto. Tan sólo la teoría socialista edificó sobre fundamentos metodológicos clásicos, sin petrificarse.

Con la autonomía que presta la grandeza científica, la obra de MENGER se recorta nítidamente sobre este panorama. Sin estímulos externos y, desde luego, sin ayuda externa, atacó el edificio casi en ruinas de la teoría económica. Le movió no el interés hacia la política económica o hacia la historia de las ideas, ni siquiera el deseo de incrementar el acervo de hechos, sino principalmente la fuerza que mueve al teórico nato hacia nuevos principios de conocimiento, hacia nuevas herramientas para manejar los hechos. Y mientras, normalmente, el investigador alcanza, en el mejor de los casos, un éxito parcial, la solución de unos de los muchos problemas singulares de una disciplina, MENGER pertenece a la clase de aquellos que han demolido la estructura preexistente de una ciencia y la han colocado sobre fundamentos complemente nuevos. La vieja teoría fue vencida, no por historicistas y sociólogos que la echaron a un lado, ni por los que llevando a la práctica decisiones de política económica y social rechazaron sus conclusiones, sino por aquel que reconoció sus deficiencias orgánicas internas y que consiguió algo nuevo atacándola en su propio terreno.

Siempre es difícil formular el principio fundamental de una teoría para un círculo amplio de investigadores, porque la formulación final de un principio fundamental parece siempre, en cierto modo, evidente. La tarea intelectual de un analista no consiste en el contenido de la declaración que expresa el principio fundamental, sino en saber el modo de hacerlo fecundo y cómo derivar del mismo todos los problemas de la ciencia de que se trate. Si se dice a alguien que el principio fundamental de la Mecánica viene expresado por la proposición de que un cuerpo está en equilibrio cuando no se mueve en ninguna dirección, el profano difícilmente comprenderá la utilidad del teorema o el esfuerzo intelectual que fue necesario para formularlo. Igualmente, si nosotros decimos que la idea fundamental de la idea de MENGER es la que de que los individuos valoran los bienes porque los necesitan, podemos comprender que esto no impresionará al profano –e incluso la mayor parte de los economistas profesionales son profanos en cuestiones teóricas–. Los críticos de la teoría de MENGER han afirmado repetidas veces que nadie había podido ignorar nunca el fenómeno de la valoración subjetiva, y que, por lo tanto, nada podría ser más injusto que considerar semejante trivialidad como una objeción a los clásicos. Pero la réplica es muy simple: puede ser demostrado que casi todos los economistas clásicos intentaron partir de esta afirmación, pero luego la dejaron a un lado porque no conseguían progresar con la misma, ya que habían llegado al convencimiento de que la valoración subjetiva había perdido, en el mecanismo de la economía capitalista, su función de motor de la máquina. Del mismo modo, al considerar el fenómeno de la demanda, renunciaron al principio de la valoración subjetiva, en favor del fenómeno objetivo de los costes. Incluso hoy, los críticos de la escuela de MENGER declaran, de vez en cuando, que la teoría subjetiva del valor puede, en el mejor de los casos, explicar los precios de stocks fijos de bienes de consumo, pero nada más.

En consecuencia, lo que importa no es el descubrimiento del hecho de que la gente compra, vende o produce bienes, porqué y en cuánto los valora desde el punto de vista de la satisfacción de las necesidades, sino un descubrimiento de que basta este simple hecho y su fundamento en las leyes de las necesidades humanas para explicar los hechos básicos del fenómeno complejo de la moderna economía de cambio, y que pese a las apariencias que inclinan a creer lo contrario, son las necesidades humanas la fuerza propulsiva del mecanismo económico más allá de la economía del tipo Robinson Crusoe o economía sin cambio. La cadena de pensamiento que lleva a esta conclusión parte del reconocimiento de que la formación del precio es la característica económica específica de la economía –distinta de las restantes características sociales, históricas y técnicas– y que todos los acontecimientos específicamente económicos pueden ser comprendidos dentro de la formación de precios. Desde un punto de vista netamente económico el sistema económico no es más que un sistema de precios dependientes; todos los problemas especiales de un único proceso recurrente, y todas las normalidades específicamente económicas se deducen de las leyes de formación de precios. Ya en el prefacio de la obra de MENGER encontramos dicha afirmación como un supuesto evidente. Su objetivo principal consiste en descubrir la ley de formación del precio. Tan pronto como logró basar la solución del problema del precio, en los dos aspectos de "demanda" y "oferta", sobre un análisis de las necesidades humanas y sobre lo que WIESER ha llamado el principio de la "utilidad marginal", el entero y complejo mecanismo de la vida económica apareció de repente, inesperada y transparentemente simple. Todo cuanto restaba por hacer era elaborar y adelantar a través del camino de los detalles progresivamente complicados.

La obra principal, que contiene la solución de este problema fundamental y que claramente señala todos los desarrollos futuros, y la cual, conjuntamente con los escritos casi simultáneos, pero independientes, de JEVONS y de WALRAS, debe considerarse como el fundamento de la teoría económica moderna, se titula Grundsätze der Volkswirtschaftslehre, Erster Allgemeiner Teil, y apareció en 1871. Pausadamente, con firmeza y claridad, completamente seguro de su causa, elaborando cuidadosamente cada frase, nos presenta la gran reforma de la teoría del valor. Los admiradores de MENGER han comparado, frecuentemente, su realización con la de COPÉRNICO; sus críticos han ridiculizado esta comparación, con mayor frecuencia todavía. Hoy es posible formarse una opinión acerca de esta cuestión: MENGER ha reformado una ciencia en la cual el pensamiento exacto era mucho más reciente e imperfecto que en la ciencia que COPÉRNICO situó sobre nuevos fundamentos. En este sentido, la aportación técnica del último fue mucho más grande y difícil, y no hace falta decir que tuvo lugar en un campo donde los resultados no pueden ser verificados por el profano y están envueltos en el misterio. Pero en cuanto a la naturaleza y calidad, la obra de MENGER pertenece a la misma categoría, del mismo modo que un jefe de ejército, que conduce un pequeño ejército a la victoria en un olvidado teatro de la guerra, puede ser considerado en cuanto a su realización personal, en la categoría de NAPOLEÓN y ALEJANDRO, por más que dicha clasificación pueda sorprender a quienes desconozcan las circunstancias. Las comparaciones son, en general, falaces y propensas a provocar discusiones estériles. Pero toda vez que constituyen un medio para definir la posición de un hombre para aquellos que no son expertos, en el sentido más estricto de la palabra, debemos intentar una comparación de MENGER con otros economistas. Si lo comparamos, por ejemplo, con ADAM SMITH, nos damos cuenta inmediatamente de que su realización es mucho más restringida que la del profesor escocés. ADAM SMITH formuló las necesidades prácticas de su tiempo, y su nombre está inseparablemente vinculado a la política económica de su época. La realización de MENGER es puramente científica, y, como contribución científica, puramente analítica. Su obra puede ser comparada, tan sólo, a una parte de las de SMITH. SMITH no fue totalmente original, y, lo que es más importante, en problemas científicos básicos fue notablemente superficial. MENGER ha excavado a mayor profundidad, y ha descubierto, por sí mismo, verdades que fueron completamente inaccesibles a SMITH.

RICARDO fue más afín a su personalidad. Al compararlos nos encontramos ante dos talentos teóricos, que aun dentro del reino de la teoría aparecen como talentos fundamentalmente diferentes. La fertilidad y agudeza del talento de RICARDO reside en las numerosas conclusiones prácticas y en las intuiciones que lograba partiendo de fundamentos muy primitivos. La grandeza de MENGER consiste, precisamente, en los fundamentos, y desde el punto de vista de la ciencia pura es él quien debe ocupar un lugar más elevado. RICARDO es un requisito previo a MENGER –un requisito previo que MENGER, ciertamente, no podría haber creado–. Pero MENGER es el vencedor de la teoría ricardiana.

Toda vez que MENGER y su escuela fueron considerados, desde un principio, como los únicos rivales serios de la teoría marxista, podemos intentar establecer una comparación con MARX. También aquí debemos olvidar completamente a MARX en cuanto sociólogo y en cuanto profeta, para limitarnos al armazón puramente teórica de su obra. MENGER se enfrenta tan sólo con un sector de la obra de MARX. En este sector, sin embargo, supera considerablemente a MARX, tanto en la fuerza de su originalidad como en el éxito. En el campo de la teoría pura, MARX fue un discípulo de RICARDO e incluso de varios de los seguidores de éste, especialmente de aquellos teóricos del valor, socialistas y semisocialistas, que escribieron en Inglaterra en la tercera década del siglo XIX. MENGER no ha sido discípulo de nadie, y lo que ha creado, permanece. Para evitar cualquier malentendido: ninguna sociología económica o sociología del desarrollo económico pueden ser derivadas de la obra de MENGER. Tan sólo realizó pequeñas contribuciones a la historia económica y a la lucha de clases sociales; pero sus teorías del valor, del precio y de la distribución son las mejores entre las que poseemos actualmente.

He dicho que MENGER no fue discípulo de nadie. En realidad, tuvo un solo precursor que ya había reconocido la importancia de la idea básica en su significación total, y dicho precursor no es otro que GOSSEN. El éxito de MENGER sirvió para sacar de su penumbra el libro olvidado del aquel pensador solitario. Aparte de esto encontramos, naturalmente, muchas huellas de una teoría subjetiva del valor, e incluso de una teoría del precio basada en la misma, a partir de la escuela escolástica, especialmente en las obras de GENOVESI e ISMARD, y más tarde en las de varios teóricos alemanes de las primeras décadas del siglo XIX. Pero todo esto no importa mucho más que el conjunto de hechos evidentes al que nos hemos referido más arriba. Para llegar a ver algo más en dichas huellas es necesario haber ya elaborado el significado, a través de la propia obra. Por otra parte, cualquier conquista científica es siempre la floración de árboles viejos. De otro modo la Humanidad no sabe qué hacer con la mencionada floración, y las flores caen al suelo olvidadas. Pero hasta donde sea posible hablar de originalidad en la vida científica, o en la vida humana en general, la teoría de MENGER le pertenece enteramente –a él y a JEVONS y WALRAS–.

Esto explicar también el modo en que su aportación fue recibida y su primer destino. Su aportación fue el fruto de su pensamiento y lucha durante la tercera década de su vida, aquel período de sagrada fertilidad que, en el caso de cada pensador, crea lo que después es subsiguientemente elaborado. Nacido el 23 de febrero de 1840, tenía recién cumplidos los treinta y un años cuando apareció su libro. Originariamente, lo escribió pensando en Viena, deseando mediante dicha obra alcanzar la habilitación para la enseñanza; la magnitud de su realización personal puede ser comprendida, tan sólo, si recordamos en qué desierto plantó sus árboles. Durante largo tiempo no habían aparecido señales de vida en el campo de nuestra disciplina. Es preciso retroceder hasta 1848, cuando SONNENFELS logró que su obra fuera el primer texto oficial, para encontrar trabajos de cierta calidad. Cuanto era presentable se importaba de Alemania. Los hombres que encontró MENGER cuando comenzó sus tareas en la Universidad apenas podían comprender sus ideas ni el campo donde él pensaba hacerlas fértiles. Sus colegas le recibieron con la frialdad que más tarde nos ha referido. A pesar de todo alcanzó una posición estable, llegó a ser profesor, y el transcurso del tiempo le otorgaron los honores acostumbrados a un hombre de ciencia; pero jamás olvidó sus primeras luchas. En Alemania, además, permaneció ignorado, tal vez porque el campo estuvo dominado por la política social, y de otra parte por el interés hacia las investigaciones históricas. Completamente solo, sin una plataforma a través de la cual su voz pudiera llegar al resto del mundo, sin una esfera de influencia y sin el aparato que tradicionalmente se encuentra a disposición del titular de una cátedra eminente, MENGER se vio enfrentado a una completa falta de comprensión, que llegó a transformarse en hostilidad.

Cualquiera que conozca la historia interna del progreso científico estará familiarizado con todas las tácticas que se emplean en círculos restringidos para lograr la aceptación de nuevas ideas. MENGER no llegó a saber cómo podía hacerse, y aun cuando lo hubiera sabido, carecía de los medios necesarios para llevar a cabo sus campañas. Pero su fuerza poderosa irrumpió a través de la jungla y logró la victoria sobre todos los ejércitos enemigos. Esto, en primer lugar, fue un mérito suyo propio. Existe dentro del alma humana una conexión sutil e íntima, no siempre aparente y a veces imposible de descubrir, entre la energía intelectual que permite liberarse de las opiniones tradicionales y profundizar independientemente en el interior de los fenómenos, y la facultad de fundar escuelas, aquella particular fascinación que atrae y convence a los futuros pensadores. En el caso de MENGER, la concentración de su obra intelectual condujo directamente a la concentración en la proclamación de sus resultados. Aun cuando nunca volvió a profundizar en la teoría del valor, estableció sus principios sobre una generación de estudiantes. Además, comprendió correctamente que lo que rechazaba Alemania no era tanto su teoría, sino casi toda la teoría, y por ello comprendió la batalla para establecer el puesto adecuado que corresponde al análisis teórico en cuestiones sociales. A esta batalla –muy conocida como la Methodenstreit– debemos su obra sobre metodología de las ciencias sociales, en la cual él intentó, sistemáticamente y con formulaciones que hasta hoy no han sido apenas mejoradas, delimitar el campo de la investigación exacta en un terreno dominado por la confusión metodológica. Esta contribución, también, posee valor permanente, aun cuando avances posteriores en la teoría del conocimiento nos hayan permitido adelantar en algunos aspectos. Sería injusto, con respecto a su contribución principal, presentar esta última obra como igualmente importante; sin embargo, su influencia didáctica sobre sus contemporáneos fue incalculable. No tuvo ninguna influencia fuera de Alemania, y en realidad no era necesario que la tuviera, toda vez que fuera de Alemania, las ideas que él intentó establecer habían sido ya comúnmente aceptadas. Pero en el desarrollo de la ciencia en Alemania fue una piedra miliar.

Además, un destino benigno le favoreció, en la propagación de sus ideas, con tan buena fortuna que disfrutó de lo que realmente pocos fundadores de escuelas han podido beneficiarse: una alianza con dos intelectos de su categoría que pudieron continuar su obra, manteniéndola al nivel de su potencia originaria, BÖHM-BAWERK y WIESER. La obra y los esfuerzos de estos dos hombres –esfuerzos que estaban directamente unidos a los suyos, y los cuales, pese a su propia pretensión a una función intelectual directiva, no dejaron de dirigir su mirada a MENGER –crearon la "escuela austríaca", que lentamente conquistó el mundo científico de su campo concreto, gracias a sus ideas básicas–. El éxito fue lento en llegar. Apareció frecuentemente en una forma que es psicológicamente comprensible, pero también poco grata, y que siempre podemos encontrar en la historia de una ciencia cuando un grupo carece de lo que únicamente cabe llamar los medios de publicidad científica. Las cosas esenciales lograron aceptación, pero esta aceptación fue acompañada, no por generoso reconocimiento, sino por una negativa formal, basada en cuestiones secundarias. Esto es lo que ocurrió en Italia. Incluso los más eminentes economistas ingleses no estuvieron completamente libres de esta culpa. La recepción en América y también –cuando finalmente tuvo lugar– en Francia, fue mucho más cordial y generosa, y éste fue particularmente el caso de los países escandinavos y de Holanda. Solamente cuando un éxito de tal categoría fue logrado, se reconoció la nueva tendencia en Alemania como un hecho consumado. Así MENGER vivió hasta ver sus doctrinas discutidas en los círculos científicos, donde florece nuestra disciplina, y para ver como sus ideas básicas paulatina e imperceptiblemente superaban el plano de la discusión corriente para convertirse en una parte del instrumental indiscutido del conocimiento científico. El mismo fue plenamente consciente de esto, y aun cuando alguna vez –como todo científico verdadero– se encolerizaba por cualquier alfilerazo recibido de un colega, siempre se dio cuenta de que había escrito historia científica y del hecho de que su nombre nunca desaparecería de la historia de la ciencia.

En la actualidad todos sabemos que ninguna realización científica puede ser permanente en el sentido de estar exenta de modificación por el progreso de la investigación. Los propios sucesores de MENGER, y, en otra dirección, todos los investigadores de nuestra ciencia que siguen a WALRAS, han realizado ya cambios en la estructura que él concibió, y sin duda continuarán haciéndolos en el futuro. En otro sentido, sin embargo, su obra está colocada más allá del tiempo. Y ello en el sentido de que nadie niega que logró dar un paso enorme en el camino del conocimiento, y que su obra permanecerá al margen de una masa de publicaciones efímeras, la mayor parte destinadas al olvido, y será recognoscible a través de generaciones.

Si su aportación principal fuera menos grande sería oportuno considerar otras cosas: por encima de todo, su teoría del dinero escrita para el Handwörtenbuch der Staatswissenschaften, sus contribuciones a la teoría del capital y a los problemas prácticos de la circulación monetaria. Deberíamos recordar su labor como maestro, que está indeleblemente impresa en la memoria de los más viejos entre nosotros, más allá del estrecho círculo de los especialistas, y también la sorprendente extensión de sus intereses. Pero todo esto cuenta poco al lado de su teoría del valor y del precio, que constituye, por decirlo así, la expresión de su verdadera personalidad.

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 107 - 119.