domingo, 5 de febrero de 2017

El desarrollo del capitalismo (V): la penetración de la maquinaria en la industria



En la industria, el empresario (Verleger) que nos describe SAVARY en su Vollkommener Kaufmann ("Mercader perfecto") tenía ciertamente la dirección en su mano, por cuanto suministraba la materia prima e indicaba la índole de lo que había de realizarse; por lo demás, el maestro seguía en su taller como obrero independiente, y sólo se preocupaba el empresario de dar salida a los productos en ferias y mercados. Bien se había querido reunir, para mejor vigilarlos, grupos de obreros, como hilanderos, en grandes estancias comunes, antiguos castillos o monasterios. Pero incluso en estas manufacturas realizaba cada cual por sí mismo su tarea. La revolución completa en lo industrial no tuvo lugar hasta que la aplicación de la fuerza mecánica revistió caracteres de generalidad, convirtiéndose así el obrero en servidor de la máquina. Desde fines del siglo XVIII se completó este tránsito a la fábrica, iniciándose en la industria textil inglesa.

Maquinaria en la industria y economia

Los italianos habían montado máquinas hidráulicas para el hilado de la seda. En 1716, con ocasión de un viaje a Italia, consiguió Juan Lombe sorprender el secreto de esta fabricación y llevarlo a Inglaterra. En 1718, su hermano Tomás Lombe montó en el Dervent, cerca de Derby, la primera fábrica inglesa; era un edificio de 500 pies de largo, de cinco a seis pisos y 460 ventanas, en el cual trabajaban 300 obreros. El agua del Dervent movía una rueda que ponía en movimiento los aparatos que fabricaban la hebra. Surgieron otras fábricas de esa especie, pero en conjunto la industria sedera fue la que más tiempo siguió atenida a las antiguas formas de explotación. Mientras en la industria algodonera, lanera y lencera había desaparecido hacía mucho tiempo el telar a mano, todavía continuó funcionando en la industria sedera.

La industria algodonera iba a ser decisiva para el nuevo desenvolvimiento. Hasta entonces la industria lanera había sido la principal la Inglaterra; se hallaba regulada hasta en sus menores detalles, desde los talleres, distribuidos por todo el país junto a las vías fluviales, hasta su despacho en las lonjas de las ciudades; y estas regulaciones se dirigieron contra los nuevos concurrentes que venían apareciendo a partir del siglo XVII. En 1720 se prohibió en Inglaterra el uso de tejidos de algodón: hasta ahora únicamente a los indios se había consentido fabricar tejidos de puro algodón. En Europa se empleaba el algodón tan sólo como trama para urdimbre de lino. La fabricación de fustanes florecía a fines de la Edad Media en Ulm. En 1736 se consiguió en Inglaterra una excepción respecto de lo prohibido en 1720 acerca del uso de aquellos tejidos mezclados, porque también se fabricaban en Inglaterra. En el siglo XVIII hubo que preocuparse de producir ropa para la creciente población. E progreso de las ciencias naturales, y especialmente el perfeccionamiento de la enseñanza mecánica, suministraron la base de fabricación a la técnica. En 1733 inventó KAY la lanzadera, y hubo que sufrir la experiencia a que apenas pudo escapar ningún inventor. Por de pronto los tejedores se alzaron contra su invención; después los fabricantes de Leeds le robaron sus resultados. Pero ahora ocurrió que faltó hilo para el trabajo más rápido de los tejedores, y hubo que preocuparse por remediar esta carestía de hilo. Esto ocurrió en la época que siguió a la guerra de los Siete años. En 1765 inventó Hargreave su jenny, que permitía hacer varios hilos a la vez, mientras que la rueca tuerce uno sólo; al principio era mucho, pero poco después ya eran 80. Así una hilandera podía hacer el trabajo de seis a ocho obreras. Más decisiva fue aún la Waterframe de Arkwright en 1766, en que se suprimió el trabajo a la mano y se confió a cuatro pares de cilindros. Con ello se logró fabricar un hilo de algodón que pudiera también servir de urdimbre. En 1773 pudo hacerse por vez primera en Derby un tejido de puro algodón, lo que permitió en 1774 revocar la prohibición de 1720. Arkwright había sido un barbero que, escuchando con habilidad, había llegado a captar el nuevo procedimiento y supo aprovecharlo con acierto. Pero cuando sucedió esto sobrevino en 1785 la revocación de su patente, pudiendo así desarrollarse junto a la suya otras fábricas de algodón. En 1779 consiguió Crompton con su Mule combinar la tosquedad del hilo de la máquina hidráulica con la finura del hilo de la jenny, fabricando un hilo a la vez fino y fuerte.

La producción en masa y abaratada que con estos inventos se logró en materia de hilado fue acogida con satisfacción en general, porque remediaba una falta intensamente sentida. Pero cuando Cartwright inventó en 1785 el telar mecánico, la furia de los tejedores se dirigió contra su inventor, cuya fábrica fue destruida en 1792. La misma resistencia halló en el Continente la introducción del telar mecánico; recuérdese el caso del tejedor de Hauptmann. En Uster, en el cantón de Zürich, prendieron fuego a la recién construida fábrica el año 1832. No podemos representarnos la penetración de la maquinaria en la industria a la medida de la velocidad actual del progreso técnico; fue necesario medio siglo para que tuviesen aplicación general el hilado mecánico y la máquina de vapor, y otro tanto para que el telar mecánico desplazase a los tejedores a mano. Todavía en 1830 había en la industria algodonera inglesa, además de 60.000 telares mecánicos, 240.000 actuados a mano. En 1850 contaba la industria algodonera, al lado de 71.000 caballos de fuerza obtenidos mediante el vapor, con 11.000 hidráulicos; en las otras industrias textiles había 13.000 junto a 34.000 de máquinas de vapor. En 1825 inventó Roberts, después de una huelga, el selfactor; pero sólo al llegar a los años 60 fue penetrando en Inglaterra. En la industria textil lanera fueron los años 70 del siglo XIX los decisivos para el telar mecánico. Los pañuelos de seda se tejían todavía a mano hacia el año 80. También se advierte en Bélgica lo lento del desplazamiento en el trabajo manual. Con todo, la industria algodonera, que se desarrolló en Inglaterra especialmente en el Condado de Lancaster y circunscripción de Manchester, representaba en 1801 hasta siete millones de libras dentro de la exportación inglesa de entre los 18 que formaban la totalidad. En 1843 figuraban 24 millones de libras entre los 50 de la exportación inglesa. Había surgido de esta manera una potente fuerza productiva inglesa, cuyo desarrollo no contribuyó poco a que Inglaterra se agenciara recursos para resistir contra Francia. En vano intentó Napoleón instituir en sus Estados una contrapartida procurándolo por todos los medios posibles. Francia siguió preponderando en la industria sedera. Jacquard inventó el año 1808 su telar para sederías patentadas.

En Alemania se intentó en los años 30 y 40 del siglo XIX auxiliar a la industria lencera fomentando la habilidad manual; pero en el decenio del 80 sobrevino el derrumbamiento definitivo de la pequeña industria. También aquí se puso a la cabeza la industria algodonera; en torno a Augsburgo se desarrollaron las mayores hilanderías. A las fábricas sajonas y de Elberfeld se añadieron en 1871 las alsacianas, de más elevada categoría. Las ventajas que presentaba la gran explotación en la industria textil pudieron hacer pensar en que preponderaría de modo general. En América fue penetrando en la industria del calzado, especialmente hacia el decenio del 60. Sin embargo, la estadística del último decenio del siglo mostró que en muchas comarcas del Continente europeo se mantenía con notable firmeza la pequeña explotación susceptible a veces de utilizar las máquinas. Así, la industria de la costura siguió siendo en lo esencial una explotación en pequeño después de haber sido inventada la máquina de coser. En la industria de construcción le favoreció la índole de la ocupación. Aunque la fabricación de cerraduras pasara a la fábrica, el colocarlas en las casas siguió siendo tarea del artesano. Cierto que la dirección en lo industrial pasó a la gran industria; no pocas pequeñas explotaciones perdieron la base de su existencia; en otras hubo un desplazamiento. La fábrica pudo quitar al carpintero la preparación de tablones, evitándole una actividad sumamente insalubre, pero le quedó el trabajo de adaptación a los objetos usuales. Para el abastecimiento doméstico de agua había sido antaño necesario que fabricara numerosas vasijas el tonelero. Ahora la gran industria de abastecimiento de aguas satisfacía las necesidades del residente en la ciudad, pero precisamente permitió ello que surgiera una nueva pequeña industria: la del fontanero instalador. En Solingen, la fuerza permitió que en 1910 trabajasen en la pequeña industria un número de obreros duplo del de los ocupados en las fábricas.

Se reflexionaba en Inglaterra durante el siglo XVIII a propósito de la creciente falta de madera, si no convendría dejar la obtención del hierro a las colonias americanas, abundantes en bosques, de suerte que Inglaterra se reservara únicamente la elaboración de éste. No se logró encontrar un sustituto del carbón de leña como combustible de los hornos altos. En 1735 consiguió Abrahán Darby obtener coque del carbón de piedra. En 1766 los Cranages montaron los altos hornos de reverbero caldeados con coque, merced a los cuales fue posible aprovechar notablemente mejor el hierro. Pero no fue sólo el sustitutivo del carbón lo que consiguió mayor importancia; hasta ahora sólo había servido para uso doméstico, pero ahora se convirtió en base de la empresa industrial. También el hierro inició una nueva época: sustituyó a la madera y a la piedra. En 1779 pudo construirse el puente de hierro fundido sobre el río Severn. Al hierro siguió el acero. En 1740 logró el relojero Huntsman fabricar acero fundido; puso así los cimientos de la prosperidad de Sheffield.

Ya a fines del siglo XVII el profesor de Marburgo Dionisio Papin había construido una máquina de vapor, pero los bateleros del Weser habían destruido su embarcación. En Inglaterra, el herrero Newcomen había construido en 1720 una máquina de vapor. Pero estaba reservado al escocés Jaime Watt ser el primero que cooperase al triunfo de la máquina de vapor. Lo primero en que se pensó fue en servirse de una bomba que permitía sacar el agua de las minas de carbón, cosa que la máquina de Newcomen no había podido realizar sino de un modo imperfecto; pero Watt tuvo más éxito. En 1769 instaló cerca de Edimburgo su primera máquina, "Beelzebub". En 1774 se unió con Boulton en Soho, al Norte de Birmingham; la máquina de vapor debía servir para accionar la muy ramificada explotación que fabricaba todo linaje de artículos de metal. Al principio creía Watt que su máquina de vapor apenas tendría aplicación en la industria textil; pero precisamente en la algodonera era donde estaba destinada a obtener su principal aplicación, extendiéndose después por las restantes industrias textiles y por otras actividades.

El carbón y el hierro se convirtieron desde entonces en bases del desarrollo industrial. Inglaterra abundaba excepcionalmente en ambos, y además uno y otro se hallaban próximos al agua, en favorable situación de tráfico. El centro de gravedad de la economía inglesa, hasta entonces situado en los llanos del Sur, ricos en cereales, se trasladó ahora a las comarcas hulleras del Norte. Manchester se convirtió en centro de la industria textil, y Birmingham en el de la metalúrgica. Francia estaba peor emplazada que Inglaterra por falta de carbón, lo que dio lugar a que el desarrollo de la industria francesa fuera más lento que el de la inglesa. En Francia siguió teniendo decisivo importancia la pequeña industria, en que era fundamental la habilidad del obrero; no hay sino pensar en las artes suntuarias de París. Cosa distinta sucedió en Bélgica, donde el inglés Cockerill fundó en Seraing el año 1817 su fábrica de máquinas. En Alemania, los años 50 y 60 del siglo XIX trajeron el giro decisivo para el medro de la gran industria. En los comienzos hacían falta auxilio y capital extranjeros; aún hoy se recuerda en el nombre Hibernia las empresas del irlandés Mulvany; pero pronto se robustecieron las fuerzas propias, y el gran desarrollo, especialmente el del territorio del Ruhr, permitieron decir que el Imperio se había forjado no ya con sangre y hierro, sino con carbón y hierro.

La industria siderúrgica adquirió gran pujanza en los años 60 merced al procedimiento Bessemer. En 1870 empleaba ya Krupp 12.000 obreros en su especialidad de acero colado; su fundición Buena Esperanza fue transformada el año 1873 en una Sociedad por acciones con un capital de 10 millones de táleros. En su explotación, que entonces abarcaba todos los estadios de la producción hasta las máquinas acabadas y los puentes, estaban entonces ocupados 8.300 obreros. Alemania tenía especial ventaja en el procedimiento Thomas, en que se lograba también aplicar tierras que contenían fósforo. La minette lorenesa ofrecía a la industria siderúrgica alemana esa materia prima. El decenio del 80 vio así una gran expansión de la industria alemana del hierro. Si hasta entonces los carbonos del Ruhr habían atraído al hierro, se trasladaron ahora muchas fábricas al territorio de la minette lorenesa. Unos guarismos servirán para ilustrar el alza de la industria siderúrgica.

La obtención británica del hierro importó:

1740 -> 17.350 t.

1788 -> 68.000 t.

1806 -> 258.000 t.

1830 -> 678.000 t.

1853 -> 2.700.000 t.

1870 -> 6.059.000 t.

En Alemania se produjeron el año 1834, dentro de la Unión Aduanera, 128.500 toneladas de hierro. En 1870 eran 1.260.000 toneladas. En 1850 todavía empleaban carbón de leña el 63% de los altos hornos; en 1863, no más del 1,3%. Alemania tenía que importar en 1857 todavía 1/3 de lo que necesitaba de hierro, especialmente en rieles. En el decenio de los 60 pudo comenzar a exportar. Ello se había hecho siempre de modo magnífico en punto a los finos productos de acero de Solingen y localidades próximas. La maquinaria y artículos de hierro estaban en 1912 a la cabeza de la exportación alemana, con 630,3 y 580,3 millones de marcos, respectivamente.

A partir del decenio del 80, se encontró Inglaterra ante la creciente competencia de Alemania y Estados Unidos. Desde los días de la Unión Aduanera pertenecía Luxemburgo a territorio alemán. La obtención de hierro y acero creció de la siguiente manera:

1880 -> 2.729.000 t. de hierro, 1.548.000 t. de acero.

1890 -> 4.658.000 t de hierro, 3.164.000 t. de acero.

1900 -> 8.521.000 t. de hierro, 7.372.000 t. de acero.

1910 -> 14.794.000 t. de hierro, 13.149.000 t. de acero.

Inglaterra había quedado rezagada con 10.172.000 toneladas de hierro y 7.163.000 toneladas de acero, mientras los Estados Unidos, con 16,2 millones de toneladas de hierro en bruto, sobrepujaban evidentemente en mucho a los diversos Estados europeos.

En 1875 había poseído Alemania 600.000 caballos de fuerza en máquinas de vapor. En 1912 tenía, en vez de ellas el décuplo, 6.182.116 caballos de fuerza. Si en el siglo XVIII la fuerza auxiliar animal juntamente con los molinos de viento e hidráulicos habían duplicado aproximadamente la capacidad de prestación humana, la decuplicó la fuerza auxiliar del vapor, a que se agregó la electricidad desde fines del siglo XIX.

El trabajo a máquina trajo consigo la producción barata en masa. La mayor economía con que pudo atenderse especialmente la necesidad del vestido favoreció a la masa de consumidores. En 1779 costaba 192 peniques una libra de hilaza del número 40; en 1830, sólo 14.5, mientras al mismo tiempo el precio de las correspondientes 18 onzas de algodón bajó de 24 a 7 1/8 peniques. Así que, mientras antes el precio se octuplicaba por causa del hilado, más tarde no hizo sino duplicarse. La producción británica de hilo subió, entre 1820 y 1880, hasta diez veces: desde 100 millones hasta 1.000 millones de libras. Es verdad que los empresarios afortunados lograron las máximas ventajas con este desarrollo: sus grandes beneficios les permitieron constituir reservas y perfeccionar ampliamente la planta de producción. Pero también mejoró en lo material la situación de los obreros: el obrero de la fábrica algodonera de Lancashire ganaba al final el triple que un tejedor a mano. Inglaterra vio, de 1850 a 1874, un alza de jornales del 50%. También en Alemania subieron los salarios alrededor del 25% entre 1850 y 1865, mientras los alimentos sólo se encarecieron alrededor del 17% en el mismo periodo.

Pero no sólo trabajaba la máquina en más cantidad y más barato: lo hacía con mayor precisión. En 1790 podía Boulton disponer una máquina que elaboraba tan exactas las monedas, que una pieza pesaba justamente lo mismo que otra, cosa que no había sido posible obtener hasta ahora sino respecto de las monedas de oro y, a lo sumo, en las más pesadas de plata. También los Gobiernos extranjeros, como Francia y Rusia, se apresuraron a valerse del invento de Boulton.

En las primeras máquinas se empleaba mucha madera. El hierro, y después el acero, desplazaron gradualmente las piezas de madera. Juntamente con ello se obtuvo una mayor exactitud en la ejecución y una normalización de los tipos. Al principio, cada máquina había sido de suyo una obra de arte. A partir del decenio de los 50, se puso más ahínco en la fabricación en masa y la intercambiabilidad de las diversas partes.

La agricultura inglesa había estado sometida durante el siglo XVIII a la ley del rendimiento creciente. A mayores inversiones en el suelo correspondían, no sólo la retribución de los gastos efectuados, sino más elevados rendimientos brutos, de suerte que los fisiócratas y Adan Smith pudieron atribuir estos superávits a la colaboración de las fuerzas naturales. Durante el bloqueo napoleónico tuvo Inglaterra que realizar la experiencia de que no eran inagotables las fuerzas de su suelo. Al aumentar la población hubo que acudir a terrenos de menor productividad; ello condujo a Ricardo a establecer para el cultivo de los cereales la ley de rendimiento decreciente. Al progresar la civilización fue preciso pasar de suelos de primera calidad a los de segunda y tercera, en que se hacía necesario efectuar mayores gastos, y, por tanto, la población hubo de consentir en precios más elevados para proporcionarse el sustento. Esta ley fue vivamente combatida en los países que iban resurgiendo a mediados del siglo XIX. En América afirmaba Carey que primero se cultivaban los suelos más ligeros, y sólo después se pasaba en primer lugar a los más duros, que retribuían con mayor largueza el gasto invertido en ellos. Piénsese en la adquisición ulterior de los grasos suelos pantanosos en el medievo alemán. En Alemania indicaba Rodbertus que, si él sanease sus campos pomeranios, obtendría un rendimiento mayor, que no sólo cubriría los gastos, sino que produciría beneficios. Con todo, más tarde había de demostrarse respecto de Alemania y Estados Unidos, especialmente aquí respecto del litoral atlántico, la ley de rendimiento decreciente a igualdad de cultivos. En cambio, la industria trabajaba con crecientes rendimientos, siempre que pudiera dar salida a sus productos. Sólo ella estaba en condiciones de absorber la población creciente. Al aumentar la masa de la población europea, en el siglo XIX, retrocedió cada vez más la parte rural de la misma. En la Gran Bretaña constituía ésta, en 1811, todavía el 34% de la población total; en 1861, ya no era sino el 10%. Análogamente descendió en Alemania la alícuota de la población rural desde el 42.51% en 1882 al 28.6% en 1907, mientras en el mismo período la parte industrial subió del 35.51 al 42.7%. La población aumentó, entre 1849 y 1910, desde 35 hasta 65 millones, en números redondos. La parte rural permaneció bastante estable, con 25 a 26 millones, mientras la urbana pasó de 10 a casi 40 millones.

En este desarrollo permaneció Francia rezagada por falta de carbón. Además estaba desfavorablemente situada, mientras en este punto tenía Gran Bretaña una especial ventaja. La obtención de carbón tuvo la siguiente traza en los países europeos: se obtuvieron en millones de toneladas:

1871 -> 118 en Gran Bretaña, 29.4 (carbón) y 8.5 (lignito) en Alemania, 13.3 en Francia, y 13.7 en Bélgica.

1913 -> 292 en Gran Bretaña, 191.5 (carbón) y 87.5 (lignito) en Alemania, 40.8 en Francia, y 22.8 en Bélgica.

Según CLAPHAM, el carbón costaba en 1912, a bocamina: en Gran Bretaña, 11.25 francos; en Alemania, 13.25; en Francia, 15.63. Pero también en Inglaterra y Alemania hubo de experimentarse que, a la larga, las capas de carbón más profundas sólo podían explotarse con creciente gasto; en Alemania se trataba incluso del territorio del Ruhr y campos situados más al Norte. En Gran Bretaña correspondían a cada minero, en 1851, la cantidad de 264 toneladas; en 1881, la de 403; pero en 1891, tan sólo 358 toneladas. La minería de carbón está, por ende, sometida también a la ley de rendimiento decreciente. Es misión de la técnica contrarrestar esta ley mediante artículos sustitutivos o reformando el proceso ulterior de la elaboración. La falta de yacimientos de hierro podría, por ejemplo, combatirse, una vez llena de artefactos de hierro toda la economía, refundiendo el metal viejo y dándole nueva traza.

Mientras América mostraba su superioridad, especialmente allí donde podía aplicarse la fuerza mecánica con rendimiento regular, se apoyaba el poder de Inglaterra en lo especializado de su personal. Alemania mostraba ya en 1840, al iniciarse la industria química, una superioridad reconocida por el inglés Bowring. Sus escuelas técnicas superiores le fueron especialmente útiles allí donde era preciso tratar científicamente un problema, como en la industria química al fabricar colores de alquitrán, y en la industria óptica: fundación de los talleres Zeiss por Abbe. En la industria eléctrica lograron, desde fines del siglo XIX, América y Estados Unidos, respecto de Inglaterra y Francia, tomar gran delantera, de que estos países no se resarcieron hasta los tiempos de la guerra y postguerra mundial.

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- El desarrollo del capitalismo


+ El desarrollo del capitalismo (I): el derrumbamiento del mercantilismo, la formación de la Unión Aduanera ("Zollverein")

+ El desarrollo del capitalismo (II): la liberación de los campesinos y la supresión de la esclavitud

+ El desarrollo del capitalismo (III): la abolición de los vínculos gremiales y la formación de la clase obrera

+ El desarrollo del capitalismo (IV): el fomento de la agricultura

+ El desarrollo del capitalismo (VI): la revolución de los medios de transporte y la creación del mercado mundial

+ El desarrollo del capitalismo (VII): la fundación y conservación de un sistema monetario estable

+ El desarrollo del capitalismo (VIII): el perfeccionamiento del tráfico de pagos y crédito mediante los bancos

+ El desarrollo del capitalismo (IX): el crédito a la producción y las crisis económicas

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 233 - 241.