miércoles, 16 de noviembre de 2016

La época del mercantilismo (VIII): el dinero y el balance comercial


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El medio de evaluar patrimonios y ganancias era el dinero. La expirante Edad Media había adolecido de falta de metales preciosos; al aumentar el tráfico se habían visto obligados por esa razón a apurar la valiosa materia. El penique, o dinero, originariamente moneda de plata, se acuñó cada vez de menor ley, de suerte que al final parecía negro como un cuervo. Aunque una ciudad se esforzase en efectuar más esmeradas acuñaciones, empezaba a afluir la moneda extranjera de tal suerte que la buena desaparecía. Ante la abundancia de casas de moneda se intentó protegerse frente a ella mediante Tratados relativos a la moneda, como hizo en el Sur la Liga monetaria de Rappen o en el Norte la Liga de las ciudades wéndicas Lübeck, Wismar, Lüneburg y Hamburgo, que acuñaban con uniformidad e intentaron crear una demarcación más amplia de circulación monetaria. Pero siguió siendo fatal la codicia de determinados señores con derecho de acuñación, que procuraron aprovechar todo lo posible su regalía; así en el siglo XVIII el abad de Corvey labraba moneda que debía circular por tierras de Hannover y Hessen. Todavía apeló Federico el Grande a ese medio en la guerra de los Siete años: su tálero ligero debía circular por todo el Imperio.

Banco del Giro y economia

Hasta el siglo XVIII la técnica monetaria no permitió fabricar la moneda divisionaria con igualdad. Se conformaban, si se trataba de una libra, con pesar 240 piezas, aunque entre ellas las hubiera largas y cortas de peso; en tal caso, el negociante separaba las más pesadas, o las cortaba, puesto que también se admitían las más ligera. Éste era el trabajo de los recortadores (Kipper y Wipper) que a comienzos de la guerra de los Treinta años agravaron más aún el daño cuando los combatientes de Alemania trataron de obtener recursos mediante acuñaciones baratas.

Desde fines del siglo XV, la opulencia minera de Tirol, Sajonia y Bohemia había rendido gran copia de plata. En la Edad Media se había creado una magnitud estable para el comercio exterior mediante la moneda de oro. Ahora se acuñaron en sustitución de las monedas de oro grandes piezas de plata, que, aun no siendo tan estables como las de oro, lo eran, sin embargo, más que las pequeñas. El florín e incluso el ducado aparecieron entonces como monedas grandes de plata. Especial aceptación gozó el tálero acuñado en Joachimstal, en Bohemia, que era propiamente un sustitutivo de las monedas de oro. En el siglo XVI, el tálero fue declarado moneda imperial de Alemania (Decretos imperiales sobre moneda de 1524, 1551 y 1559).

La moneda fraccionaria, que se envileció cada vez más, seguía sirviendo por lo general de base para la contabilidad. Un intento de llevar a cabo el sistema monetario de oro, como el efectuado en Francia en el año 1577, hubo de ser abandonado en el 1602, pues no era bastante regular la afluencia de dicho metal.

La cantidad de plata procedente del Nuevo Mundo, y que desde España se difundió por el Occidente en la segunda mitad del siglo XVI, se exteriorizó en un alza de precios. Bodino fue en 1568 uno de los primeros que descubrieron esta conexión. Pero el alza de precios no guardó en modo alguno relación con la que hubo en el aumento de metales preciosos. Mientras éstos, durante el transcurso del siglo XVI, crecieron al quíntuplo o séxtuplo, los precios no subieron por término medio sino al triplo; de suerte que gran parte del arribo de metales preciosos sirvió para la expansión del tráfico en dinero. Ya en la contienda monetaria ernestino-albertina de 1530 en Alemania, habían indicado los sajones albertinos, poseedores de las minas, la importancia de la moneda estable, mientras los ernestinos llevaban la voz de la moneda feble, porque esperaban de ella una ventaja frente al Extranjero. En Inglaterra se decía, en un escrito publicado en el año 1581, que el alza de precios afectaba de manera muy distinta a las diversas clases sociales; mientras el empresario, aquí un fabricante de sombreros, hallaba en ello la mayor ventaja, los atenidos a ingresos fijos, los rentistas, los que percibían sueldos determinados (los párrocos) y los obreros se veían obligados a limitar por tal causa el tenor de su vida.

Las ferias habían permitido liquidar grandes pagos por vía contable merced a la concentración del tráfico de pagos en sus plazos de vencimiento. Así sabemos respecto de Lyon en el año 1697 que los cambistas de la "Loge du Change" liquidaban la mayor parte del tráfico dinerario. Para pagar de esta manera 20 millones de táleros, sólo había que entregar 100.000 en metálico. Análogamente informa MARPERGER que en Leipzig, y a comienzos del siglo XVIII, con unos pocos rasgos de pluma, palabras e indicaciones escritas, se despachaban millones en la semana de pago, y que se prescribió el curso de las letras en una gran parte de Europa. Igual que a los comerciantes de las ferias hubo de interesar a los traficantes de las grandes ciudades comerciales el disponer de un sistema monetario reconocido para liquidar las obligaciones internacionales. Se trató de lograrlo sustituyendo Bancos de las ciudades para pagos mayores y especialmente para el de letras procedentes del Extranjeros. De esa especie se fundaron algunos en Génova ya el año 1586, separadamente en un principio para determinadas clases de moneda; en Venecia aparecieron el año 1587. En el Norte, el Banco fundado en Amsterdam en año 1609 adquirió muy grande importancia; se convirtió en medio auxiliar esencial de liquidación del tráfico holandés de mercaderías y en base de la circulación holandesa de capitales. A ejemplo del Banco de Amsterdam, se fundó en 1619 el de Hamburgo. Para el fundado en Nürnberg el año 1621 se tuvieron por modelos a los Bancos venecianos, al "Banco di Rialto", fundado en 1587, y el "Banco del Giro", que lo fue en 1619.

Los Bancos de las Ciudades otorgaban crédito a las autoridades. El fondo del Banco del Giro veneciano estuvo formado por antiguas deudas del Estado que, giradas por el Banco, podían ser empleadas como medio de pago.

En Alemania, el Banco de Nurenberg no pudo mantener a la larga su posición a causa de la incautación que sufrió durante la guerra de los Treinta años. El dinero corriente penetró aquí por completo a fines del siglo XVII. En el 1696 estableció el propio Banco su valuta en moneda corriente. Pero en Hamburgo se sostuvo el tálero. En un principio, la moneda fraccionaria tuvo curso variable, se envilecía constantemente en relación con él. 16 chelines hacían un marco de Lübeck. En 1519-1530 el tálero había valido aún 24 chelines, o sea marco y medio. En 1560-1580 eran necesarios 24 chelines, es decir, dos marcos, para cambiar un marco. Hasta 1621 aún siguió derrumbándose más el valor de la moneda fraccionaria, llegando el tálero a valer 53 chelines. Entonces fijó el Banco el chelín en 1/48 de tálero, de modo que a partir de aquel momento un tálero equivalió a tres marcos. En realidad, además de esta moneda bancaria había la corriente, cuyo valor aún osciló más. Sólo cuando se supo que el Banco había extremado su crédito pudo trocarse la relación: ello acaeció en Génova cuando hubo que tocar a los depósitos del Banco por causa de la contribución que hubo de pagarse a Austria. Cosa análoga sucedió al Banco de Hamburgo cuando en el decenio del 50 acudiera en auxilio del Estado con fuertes sumas. A partir de 1780, los préstamos que el Banco de Amsterdam había hecho a la Compañía de las Indias Orientales y a la ciudad en la desgraciada guerra contra Inglaterra, pusieron a esta antigua institución en una situación peligrosa, que en el 1795 condujo a su desplome, cuando los franceses invadieron el país. Al mismo tiempo, el Banco de Hamburgo había robustecido su posición merced a la liquidación de las obligaciones del Estado y la admisión de un sistema monetario fijo, un tanto determinado de plata fina no acuñada, de suerte que Hamburgo pudo aparecer como heredero de Amsterdam en el decenio del 90.

De igual manera que el individuo quería encontrar, de ser posible, al final del año, un superávit sobre la situación anterior, se concibió a las economías individuales como un todo y se intentó presentar en forma de balance su prosperidad o su decadencia. Para ello debían servir de módulo los datos del comercio exterior, que desde fines del siglo XVII se consignaban con precisión. Se hablaba de un balance comercial favorable si la exportación prevalecía sobre la importación, porque este sobrante había de compensarse con importación de dinero. Era desfavorable cuando salía del país el dinero, sobre todo a causa de introducirse manufacturas extranjeras. La abundancia de metales preciosos en el país, sobre todo en las Cajas del Estado, era entonces factor esencial del poderío. Sólo entonces podían satisfacerse los haberes del Ejército y de la Armada, máxime si guerreaban en el Extranjero.

Se ha hecho notar acertadamente que cuando los mercantilistas concedían tanto valor al dinero, no pensaban en la posesión del dinero como tal; por el contrario, el dinero debía aplicarse a proporcionar ocupación a trabajo útil; no debía en modo alguno permanecer en las arcas, sino más bien salir de ellas; había de servir para la circulación y hallar utilización en calidad de capital.

Ahora bien; ¿cómo era posible atraer el dinero al país? Las minas tenían evidentemente un papel importante que cumplir en este particular. Pero ya en los escritos sajones sobre moneda se dice que ciudades como Colonia, Amberes y Lübeck tenían más útiles de plata que el propio país del Plata. Era palpable que España no sabía conservar sus tesoros. Las guerras devoraban más que lo traído por las flotas, y para importar trigo y madera era forzoso otorgar licencias que infringían las prohibiciones de exportar metales preciosos. No hablemos nada del contrabando. Se vio cómo Holanda atraía hacía sí la plata española y cómo los florines carolinos se apilaban en las cuevas del Banco de Amsterdam. Se advirtió así en el comercio la manera más importante de enriquecer a un pueblo. SERRA escribía en Nápoles en el año 1613 su Tratado sobre las causas que podían llenar a un reino de oro y plata aunque no existieran minas. Hallaba que el número de habitantes de un reino o de una ciudad podía producir tal plenitud de recursos en dinero. A ello había de añadirse la habilidad de los hombres como los genoveses, no contentos con los productos de su patria, que se difundían por todo el mundo.

La navegación y el tráfico mercantil eran las fuentes de ingresos más importantes de Holanda, que precisamente le había permitido la lucha contra la prepotente España. Pero no ignoraban en Holanda que el viento podía utilizarse para algo más que la navegación. Molinos de viento ayudaban a extraer con bombas el agua de los terrenos situados a nivel inferior, y cuya desecación permitía conseguir suelos singularmente fértiles. Los molinos de viento servían para toda clase de trabajos. Por todas partes se intentó imitar el modelo holandés. Así surgieron molinos de viento como signo de influencia holandesa. También en el Nuevo Mundo caracterizan tales molinos de viento las estampas de Nueva Amsterdam, fundada en 1626, y que luego se denominaría Nueva York. Hubo ciertamente Holanda de reconocer en 1654 la Ley de Navegación y renunciar a sus posesiones en el Brasil, así como abandonar en 1667 Nueva Amsterdam a los ingleses; pero en la decadencia del 70 todavía logró defenderse contra Francia e Inglaterra. Ya en el siglo XVIII superó Inglaterra a la escuadra holandesa. Desde la paz con España en 1648 iban con regularidad lanas y plata españolas a Holanda, que se convirtió en el centro del comercio de metales preciosos. Holanda siguió siendo en el siglo XVIII la mayor potencia en punto a capital. Los holandeses practicaban en sus colonias la explotación de plantaciones. Amsterdam había hecho préstamos a Gustavo Adolfo a cambio de hierro y cobre suecos, y más tarde al emperador a cambio del mercurio de Idria. A fines del siglo XVIII se prestaba, no sólo a Rusia, sino hasta a Polonia. Aquí hallaron su mercado las letras de cambio y los seguros de todas la plazas.

Se creía en Francia que el mejor modo de fomentar un buen balance mercantil sería estimular la industria. Así trató COLBERT de trasplantar de Italia a Francia las industrias de encajes, sedas y espejos. Sus aranceles aduaneros admitían a tipo muy reducido las primeras materias; pero a muy elevados loa artículos fabricados. Según su plan de 1664, también quería COLBERT extender su apoyo al comercio exterior; pero las Sociedades que fundó tuvieron que ser financiadas en su mayoría por el Estado, al paso que el mercado francés de capitales carecía aún de fuerza suficiente para conservarlas.

Una vez que en 1734 se permitió el libre comercio con las Antillas francesas, se convirtieron éstas en las colonias de plantaciones más florecientes de su tiempo. El azúcar y el café, amén del algodón, cacao, jengibre y añil rendían 185 millones de francos antes de la Revolución francesa. Una parte no desdeñable de estos artículos coloniales hallaba por vía Hamburgo su ulterior salida hacia el Norte. NECKER estimaba el valor de la exportación francesa en 300 millones de libras, de las cuales 150 correspondían a artículos fabricados, en su mayoría textiles; y 40 a vinos y bebidas alcohólicas; al paso que en una importación de 230 millones de francos, sólo había que pagar 40 millones por artículos fabricados, y, en cambio, correspondían 30 millones a la seda en bruto y 26 millones por algodón en bruto.

En Alemania no se intentó más que dos veces agrupar todas las fuerzas económicas contra el Extranjero. Un ensayo de allegar recursos para la Administración del Imperio erigiendo una aduana de frontera fracasó, principalmente a causa de la oposición de Augsburgo. En 1597 se pretendió, aunque en vano, contrarrestar la supresión de los privilegios de la Hansa en Inglaterra, prohibiendo en el Imperio los artículos ingleses. En 1676 la guerra del Imperio apuntaba tanto contra Francia como contra los artículos franceses. En relación con Francia, el balance de Alemania era desfavorable, no sólo por causa de la mayor importación de artículos manufacturados, sino sobre todo por la de vituallas, vinos y artículos coloniales, y sólo se contraponía un pequeño sobrante de exportación de primeras materias. En Suiza y en los territorios alemanes contribuían esencialmente a nivelar el balance de pagos las soldadas militares por servicios prestados en el Extranjero; no era sólo en el ejército francés donde los regimientos suizos y los alemanes representaban papel importante, pues sabidos son los ingresos que se procuraba el landgrave de Hessen poniendo los hijos de su país a disposición de los ingleses. Pero también entraban en cuenta los subsidios pagados a Austria y Prusia. Cuando los territorios alemanes trataban de fomentar su industria prohibiendo artículos extranjeros, eran sus vecinos alemanes los primeramente afectados por ello. Así tuvo lugar a expensas de Sajonia el progreso de la industria lanera prusiana. El monopolio azucarero de Berlín paralizó la exportación de las refinerías hamburguesas.

En Inglaterra había aconsejado GRESHAM en tiempos de la reina Isabel que se dedicase la mayor atención a la cotización de la moneda inglesa en el mercado de Amberes. Así exigía todavía MALYNES a principios del siglo XVII una regulación oficial de la circulación del dinero más allá de las fronteras. Se alzaron en contra suya MISSELDEN y MUN. Fueron en primer término los problemas del comercio con las Indias orientales los que llevaron a explicar los relativos al balance de comercio. El comercio con las Indias orientales no podía llevarse a efecto sin exportación de dinero, ni más ni menos que ocurría en la Edad Media respecto del de la India. De ahí que ya desde su fundición se concediese a la Compañía de las Indias Orientales permiso para exportar una suma determinada de dinero. MUN se pronunció ahora por la supresión de la prohibición de exportar dinero en general. Al modo como se sembraba trigo en el suelo con la esperanza de cosechar más, había que dejar salir del país el dinero, porque así vendría en definitiva mayor cantidad de él al país. Aumentaría de esta manera el tesoro de Inglaterra, que era el que más interesaba a MUN. En 1663 se permitió la libre exportación de metales preciosos. CHILD, que también escribió en pro de la Compañía de las Indias Orientales, se preocupaba sobre todo del tipo bajo de interés. El de Holanda, más reducido que en Inglaterra, significaba una fuente de supremacía holandesa. PETTY profundizó más en las fuerzas productivas de las naciones: trató de probar que Inglaterra no tenía que temer la comparación con Holanda ni con Francia.

Se consideró pieza medular de la política comercial mercantilista de Inglaterra el Tratado que Methuen concertó con Portugal en 1703. Inglaterra había ayudado a Portugal en la defensa de su independencia frente a España. Mediante la alianza con Portugal habían sido conquistados Bombay y Tánger por Inglaterra en tiempo de Carlos II. Portugal fue también durante la guerra de Sucesión de España el aliado natural de Inglaterra. Para proteger su industria había establecido Portugal muy elevados aranceles sobre los paños extranjeros; en el Tratado de Methuen abrió Portugal sus fronteras al paño inglés, mientras Inglaterra gravaba el vino portugués en una tercera parte menos que al francés. Desde la época en que Burdeos estuvo bajo soberanía inglesa, había sido el vino tinto francés la bebida preferida por los ingleses. Pero ahora los oficiales ingleses se habían acostumbrado a preferir el vino de Oporto, propiedad del aliado, al vino que producía el enemigo de su nación. Con todo, Portugal no podía pagar con ese vino sino parte de la importación inglesa; el resto hubo de compensarse con oro, que en las postrimerías del siglo XVII se había encontrado abundante en el Brasil y que ahora pasó a Inglaterra a través de Portugal.

Luis XIV había confiado poder unir la potencia industrial francesa y el poderío colonial español. No lo consiguió en la guerra de Sucesión española; los lucrativos transportes de negros a América, fueron asignados a los ingleses en la paz de Utrecht. Con todo, la conexión económica entre Francia y España siguió siendo íntima a causa del parentesco de ambas dinastías; la plata española llenó también la circulación francesa.

Inglaterra había obtenido en el siglo XVII oro de Guinea mediante la Compañía africana. Pero a causa de su escasez, la guinea había aumentado constantemente de valor frente a la plata. Al obtenerse el oro brasileño se invirtió la relación. Inglaterra fijó en 1717 el valor de la guinea en 21 chelines. Pero en este bimetalismo legal estaba demasiado desfavorablemente evaluada la plata. Alcanzó en el mercado libre de Holanda precio más elevado que en moneda inglesa. La consecuencia fue que en la circulación inglesa prevaleció el metal "más barato", el oro; corrieron ahora más chelines antiguos, e Inglaterra se convirtió en un país donde, por sus relaciones con Portugal, fue decisivo el oro, al revés que en el Continente europeo, donde tomó esa posición la plata.

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- La época del mercantilismo


+ La era de los descubrimientos y de las fundaciones coloniales

+ La fundación de una política económica del Estado

+ La influencia del movimiento espiritual en la vida económica de la Edad Moderna

+ Plantaciones y propiedad territorial

+ La trabazón gremial

+ El Estado y la iniciativa particular en la era mercantilista

+ Estadística y seguros

+ Deudas del Estado y formación de capitales

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 189 - 196.