viernes, 25 de noviembre de 2016

La época del mercantilismo (IX): deudas del Estado y formación de capitales


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Las fuerzas de las economías nacionales no se medían sólo como coexistentes; el cálculo capitalista permitía también abarcar de tal suerte la sucesión cronológica de la economía que pudieran pesarse, para llegar al máximo despliegue de energías, no ya los ahorros del pasado, sino también las esperanzas de futuros beneficios. Hasta ahora el acopio de tesoros había sido el único camino para tener disponibles medios suplementarios con destino a necesidades extraordinarias. Todavía Federico el Grande podía acudir a los comienzos de la guerra de Silesia al tesoro reunido por su padre. Los soberanos previsores habían aprovechado los tiempos favorables para efectuar empréstitos a fin de proporcionarse tal tesoro. Pero ahora alcanzó en Holanda e Inglaterra tal importancia el mercado de capitales, que el Estado pudo apoyarse en él incluso en épocas de guerra. La perspectiva de éxitos bélicos parecía ofrecer a la actividad económica tales posibilidades de acción, que de buen grado se entregaba la riqueza para tales eventualidades.

Deudas del Estado y economia

En Alemania, la guerra de los Treinta años había trastornado completamente el sistema de crédito. En realidad no había que pagar sino cinco millones de táleros para inducir a los suecos a que abandonasen el país, y Hamburgo y Francfort estaban dispuestos a anticipar por lo menos un millón mediante garantías satisfactorias. La mayoría de las clases del Imperio en el Sur de Alemania se vieron entre tanto atenidas al auxilio de Suiza. Respecto de las deudas particulares, la decisión imperial de 1654 había dispuesto una reducción de interés de 3/4. Pero en la mayoría de los casos tenían que conformarse los acreedores con recibir un tercio de la primitiva deuda en vez del capital y del cuarto de interés autorizado.

En cambio, vemos en Holanda a comienzos del siglo XVII cómo se allegan, no ya los empréstitos del Estado, sino también los recursos para las grandes Sociedades coloniales. Las participaciones en estas Sociedades coloniales eran transmisibles, y se desarrolló respecto de ellas en la Bolsa de Amsterdam un activo tráfico que ya calculó también futuras oscilaciones y aun se anticipó a ellas. VAN DILLEN nos muestra cómo ya en el primer decenio de su existencia estuvo expuesta la Compañía de las Ideas Orientales a los peligros de especulaciones a la baja. Los Estados Generales amenazaron con castigarla. A un Edicto de 1610 dirigido contra las ventas en blanco de acciones de la Compañía de las Indias Orientales siguió en 1621 otro que prohibió igual procedimiento respecto de la Compañía de las Indias Occidentales. Al propio tiempo se forma en Amsterdam, hacia mediados del siglo XVII, un mercado a plazo en mercaderías y en acciones, en que hasta más tarde no tomaron parte los judíos. Es conocida la afición de los holandeses por sus flores. En el decenio de 30 de dicho siglo creció tanto la demanda de cebollas de tulipanes que se creyó ser aquellas cebollas la mejor manera de colocar el dinero. Varias personas ganaron mucho en la subida de los precios, hasta que en 1637 sobrevino un trastorno y se acabó la manía de los tulipanes. El boletín holandés de cotización incluía no sólo las acciones de las Compañías Holandesas de las Indias Orientales y Occidentales, sino también la deuda pública inglesa y las acciones del Banco inglés, de la Compañía Anglo-India Oriental y de la Compañía del Mar del Sur. Y, ¿de qué se trataba en esas acciones?

En Inglaterra, los aurífices habían aceptado también depósitos en el siglo XVII y se habían convertido en banqueros de la nobleza desde que en 1640 se había incautado Carlos I de los depósitos existentes en la Tower. Pero cuando en diciembre de 1671 suspendió Carlos II los pagos de Tesorería ante la expectativa de la guerra con Holanda, también se vieron los aurífices envueltos en grandes dificultades. Fue después de la gloriosa Revolución cuando se crearon los supuestos políticos necesarios para la estabilidad del mercado inglés de capitales. Entonces se examinaron diferentes proyectos bancarios. Un Banco territorial habría sido provechoso especialmente para el crédito hipotecario de los terratenientes; los intereses mercantiles reclamaban un Banco para fomentar su crédito. Ellos iban a conseguir la victoria. En 1694 fue fundado el Banco de Inglaterra. Contra entrega de 1.200.000 libras esterlinas se otorgó a los suscriptores de este empréstito, además de los intereses, el derecho de ser los únicos que como Corporación pudieran dedicarse a negocios bancarios en Londres y sus cercanías. A diferencia de los Bancos de giro, que respecto del público sólo podían ser administradores de sus depósitos y mediadores en el tráfico de pagos, recibió el Banco de Inglaterra el derecho de emisión de billetes; éstos se entregaban principalmente para descontar letras comerciales.

En las guerras contra Francia se concedieron además en 1698 privilegios a una nueva Compañía de las Indias Orientales a cambio de dos millones de libras esterlinas. La Compañía de Levante y algunos entrometidos que pedían el libre tráfico con las Indias Orientales habían presentado demandas contra la antigua Compañía de las Indias Orientales, que resultaba hallarse excesivamente ligada a la derrocada dinastía de los Estuardos. Pero al fin se unieron en 1709 la Compañía antigua y la moderna, formando la potente empresa que en el siglo XVIII sometió la actual India inglesa a la influencia de esta nación. En 1711 se otorgó a la Sociedad del Mar del Sur, contra entrega de 10 millones de libras, el privilegio del comercio con las colonias españolas, estando descontada la aquiescencia de España. De hecho los ingleses recibieron en la Paz de Utrecht el derecho de transporte de esclavos a las colonias españolas.

La guerra de Sucesión española había abrumado de deudas a Francia e Inglaterra. Entonces apareció el escocés Law, que propuso al regente de Francia conceptuar la carga de las deudas como capital fructífero. Con sus cédulas bancarias quería hacer a Francia independiente de la importación de oro y plata extranjeros. Merced a la abundancia de esas cédulas llegaría Francia a ser más opulenta que Inglaterra, y, aunque vencida en campaña, acabaría siendo económicamente vencedora. Law había proyectado al principio un Banco para Escocia, cuya garantía sería el suelo de Escocia. Este suelo se movilizaría mediante hipotecas; el papel emitido sobre la base de tal gravamen territorial parecía a Law que representaría un valor más seguro que el oro y la plata. Law había estudiado en Italia y Holanda la organización del pago por mediación de Bancos. Visitando diferentes Cortes halló Law, una vez fallecido Luis XIV y durante el gobierno del regente, la posibilidad de llevar a efecto sus planes en Francia.

En 1716 fundó Law un Banco que emitía billetes y descontaba letras como el de Inglaterra. En 1717 volvió a fundarse la Compagnie d'Occident, a la cual se otorgó la exclusiva del comercio con Luisiana. Todavía recuerda esa fundación el nombre de Nueva Orleáns. A las orillas de Mississipi no habían de enviarse sólo penados franceses, sino que también consiguió Law en Suiza y el Palatinado emigrantes a ese Nuevo Mundo. Se confiaba especialmente cultivar allí el tabaco. El contrabando a las tierras españolas del Plata tendría más acicate. El suelo colonial tiene tal importancia en toda la empresa de Law, que se la denominó sin más negocio del Mississipi.

En 1718 fue transformado el Banco de Law en una institución del Estado que se encargaría de la realización de pagos en toda Francia. Al principio el comercio de Lyon combatió con éxito la extensión del privilegio de la Banque Royale a Lyon, mas en 1719 quedó también Lyon sometido al sistema. Pero las empresas coloniales y bancarias no debían servir sino para dar a Law el margen necesario para su gran proyecto de convertir en acciones la deuda del Estado. Paso a paso logró Law en 1719 alcanzar su objetivo. En 20 de julio de 1719 se unieron con la Sociedad de Law las demás coloniales, especialmente la de Indias Orientales. El 27 de julio se transfirió a Law el arriendo del servicio de la moneda. En ambos negocios se emitieron 50.000 acciones por cada uno que se agregaron a las 200.000 de la Compañía antigua. Law supo aprovechar la estimación que alcanzaron sus valores, haciendo depender la adquisición de las nuevas acciones de la posesión de cuatro de las antiguas. Se denominaba mères a las antiguas, filles y petites filles a las recientes. La cotización de las acciones antiguas, que hasta entonces apenas había llegado a la paridad, subió a 110 por 100 en la primera nueva emisión y a 200 por 100 en la segunda. Todavía en agosto de 1719 subían las acciones del Mississipi al décuplo de su valor nominal. A este cambio pudo colocar Law en septiembre y octubre 300.000 acciones más, por las que sólo se pidió el 10 por 100 del desembolso, o sea 500 libras, razón por la cual se las denominó cinqcents. Frente a otros pretendientes, el antisistema, había logrado Law obtener el arriendo general de contribuciones que servían para pagar los intereses de la deuda del Estado. Con las nuevas acciones, la Sociedad del Mississipi había de encargarse de esta deuda del Estado. Durante el transcurso del año siguió subiendo la cotización de las acciones. Todos querían conseguir esos títulos maravillosos; todas las clases sociales fueron invadidas por la fiebre de la especulación, y en el tumulto de la calle de Quincampoix se produjeron las escenas más desatinadas. La cotización de las acciones subió en diciembre, según algunos, a 20.000 libras, pero Harsin habla de 11.000 tan sólo. De todas suertes, los poseedores de acciones tuvieron que sentirse chasqueados cuando en diciembre de 1719 se decidiera abonar un dividendo no mayor del 40 por 100. Como no había que esperar más emisiones, se empezó a realizar. Los poseedores de Mississipi compraban fincas rústicas y desplegaban un lujo inaudito; los precios subieron y la cotización de las acciones vaciló.

Para contrarrestar el derrumbamiento de las acciones unió Law el Banco y la Compañía en 23 de febrero de 1720. La cotización de las acciones se fijó el 5 de marzo en 9.000 libras, o sea a dieciocho veces su valor nominal, y las acciones fueron declaradas convertibles en billetes a esa cotización. Así quedaron las acciones transformadas en dinero. Parecía logrado el proyecto de Law, de llenar a Francia de dinero. Pero ahora había que mantener cierta relación estable entre el dinero metálico, los billetes de Banco y las acciones. A tal efecto intentó Law dar carácter de moneda fraccionaria a la metálica. Ya en 21 de diciembre de 1719 no se admitió la plata sino en los pagos hasta 10 libras y el oro hasta 300. El 27 de febrero de 1720 se prohibió el pago al contado por cantidades superiores a 100 libras. Nadie podía tener más de 500 libras en metálico en su casa. El 11 de marzo se redujeron a una cada tres libras en moneda, lo cual dio lugar a que los poseedores de moneda cambiasen por billetes sus disponibilidades. Al mismo tiempo, los accionistas convirtieron sus acciones en billetes, de suerte que la cifra de éstos aumentó extraordinariamente: hasta mayo se habían emitido más de dos mil y medio millones. La masa de billetes presionó su propio valor, de suerte que los precios subieron constantemente. Law intentó contrarrestar esa tendencia mediante el Edicto de 21 de mayo de 1720, que redujo a una mitad el valor de las cédulas bancarias y a 5.000 libras el de las acciones.

Con este Edicto creía Law no haber hecho, respecto del papel, sino lo que anteriores señores habían hecho repetidamente al señalar el valor de la moneda. Pero precisamente la moneda francesa había sufrido reiteradas alteraciones en alzas y bajas. Ahora fue distinto el efecto del Edicto: se le interpretó como quiebra de la confianza, y ya nadie quiso seguir poseyendo estas acciones. En vano revocó el Regente este Edicto a los ocho días, medida que Law desaprobó: los billetes continuaban descendiendo. En septiembre estaban al 56 por 100, y ya no valían más que el 5 por 100 en febrero de 1721.

El sobresalto producido por este derrumbamiento fue tan grande, que en Francia no se atrevían ya a pronunciar la palabra Banco, y ello perduró hasta los días de Napoleón. La liquidación se hizo de tal modo que los accionistas volvieron a convertirse en rentistas, si bien a cotizaciones muy reducidas. El 23 de noviembre de 1721 declaró la Corona que no podía poner a disposición de los acreedores más que 40 millones de renta. De esta manera, una deuda de 3.000 millones de libras, en la cual se hallaban comprendidas, además de las rentas, 820 millones en acciones e intereses, 28 millones en billetes de Banco y 254 millones de cuentas en Banco, quedó así reducida a 1,6 miles de millones, al interés de 2 1/2 por 100. El Estado hizo con esta liquidación un buen negocio; quienes soportaron el daño fueron los comerciantes, incluso los extranjeros, especialmente suizos, que vanamente esperaban una liquidación más favorable, al amparo de sus privilegios. Las cifras arriaba indicadas nos muestran que Law había pensado desarrollar al lado de las cédulas bancarias un intenso negocio de giro bancario. Estas imposiciones se habían desvalorizado ahora por completo, pues lo que los comerciantes necesitaban eran medios de pago, y no rentas. No querían ser aristócratas. Los suizos computaban sus pérdidas en 19 millones, de los cuales 10 consistían en participación en las acciones del Mississipi, y de cuatro a cinco millones correspondían al comercio lionés de los suizos. Especialmente, se lamentaban en San Galo de que la lencería por mediación de la Compañía enviada al Mississipi se les pagase en aquellas cédulas, ahora sin valor, mientras ellos tenían que cumplir en moneda buena sus compromisos. Peor que la pérdida de su mercancía parecía a los comerciantes el peligro a que estaba expuesto su crédito por efecto de la crisis de Law.

Así se desbarató el intento de Law, sucesor de Colbert como Contrôleur Général, encaminado a abarcar la total economía de Francia y hacer así que Inglaterra retrocediese a segundo plano. Pero lo notable es que no por ello padeció en su estimación. Todavía siguió escuchándose su parecer en cuestiones de Hacienda, aunque ya no en Francia. El ministro inglés Walpole le apreciaba y utilizaba sus servicios. Es más: aun después del fracaso de la empresa de Law, estuvo Inglaterra a punto de caer en la misma falta. En Inglaterra se observaban, no sin recelo, los intentos de Law. Se creía que la única manera de oponérsele era utilizar sus mismos procedimientos. Del papel de la Sociedad del Mississipi se cuidó aquí la Sociedad del Mar del Sur, que de hecho se vio en la necesidad de oponerse a la concurrencia del Banco de Inglaterra. Se encargó del empréstito de lotería y supo conseguir, en 2 de febrero de 1720, la conversión de 31 millones de libras esterlinas de Deuda del Estado inglés. Justamente después que tuvo lugar en París el derrumbamiento, llegaba en Londres a su auge el apasionamiento. Pero Londres tenía un mercado de capitales más extenso, lo cual hacía que la especulación no estuviese circunscrita a un solo valor. Aunque en Change Alley se desarrollaban escenas semejantes a las de la Rue Quincampoix, las acciones de la Compañía del Sur no subieron en junio de 1720 sino al décuplo de su valor nominal, y, aparte de la Compañía del Mar del Sur, alcanzó la especulación a otras sociedades, cuyas cotizaciones, como la de la Compañía de Africa, subieron más aún; y, sobre todo, una fiebre de fundaciones se propagó por los más dilatados círculos. Las acciones del Mar del Sur sólo podían comprarse con grandes sumas; pero había acciones más modestas, susceptibles de ser adquiridas con menos dinero. Se fundaron sociedades de seguros, de pesquerías, textiles, agrícolas, con obligación de reembolso más reducido. Era tan grande la confianza que se tenía en la forma de sociedad por acciones, que se analizaban muy a la ligera los fundamentos de las probabilidades de ganancia. Es más: se llegó a reunir fondos para sociedades cuyos fines no se divulgarían hasta más adelante. A este tráfago se daba el nombre de "Burbujas del Mar del Sur" (South Sea Bubbles). La Sociedad del Mar del Sur, que veía con malos ojos esta competencia de la demanda en el mercado de capitales, intentó asegurarse el anhelo de agio del público procediendo contra las otras sociedades. Pero lo que así consiguió fue estimular el proceso del desilusionamiento, y la sacudida general de las cotizaciones alcanzó también a la de sus acciones. Bajó al 640 por 100 después de una Junta general celebrada el 8 de septiembre, en que los dividendos se habían fijado en el 30 por 100, y después en el 50 por 100, respecto de accionistas que habían comprado a 1.000, es decir, en un 3 a 5 por 100; después descendió a 550, y por fin al 180 por 100.

A pesar de ello, el derrumbamiento no fue en Inglaterra tan completo como en Francia. La propia Sociedad del Mar del Sur continuó en pie. Walpole la liberó de la carga representada por las deudas del Estado: su proyecto era asignar a las otras grandes sociedades una cuota relativa. De hecho, el Banco de Inglaterra prestó en lo sucesivo los mayores servicios al Estado. Lo que más importaba era que no se quebrantaran ni el crédito del Estado ni el de los particulares, como había sucedido en Francia. En realidad, hubo que renunciar a la esperada amortización de la Deuda del Estado, la cual siguió aumentando durante el siglo XVIII; pero el Estado pudo cubrir sus necesidades con menor gravamen. La cantidad que el Banco de Inglaterra había prestado al Estado, y que era de 1.200.000 libras esterlinas al 8 por 100, pasó en 1742 a la cifra de 9.800.000, nada más que al 3 por 100. Los consolidados de 3 por 100 se convirtieron en el valor más seguro. Al cabo de veinte años, el comercio se había rehecho del percance de las Bubbles.

En esta época de fundaciones se apoyan los comienzos de las Bolsas de París y de Londres. Con todo, la energía económica debía dedicarse en lo sucesivo a otras finalidades, en lo cual contó por mucho la fe en la virtud mágica de las formas de organización mercantil. La desconfianza contra la sociedad por acciones persistió en Inglaterra hasta entrado el siglo XIX. En adelante se concedió la mayor importancia a la organización de la producción. Los negocios modestos difundieron por todo el país el sistema de empresa. De él sacaron nuevas fuerzas en el siglo XVIII tanto Inglaterra como Francia.

Pudiera decirse que este primer gran desarrollo del capitalismo fuera debido a la necesidad. Así como estaba en primer plano la del Estado, existió también la de los señores territoriales, cuyos gastos en la Corte les obligaban a organizar de manera más racional el capítulo de sus ingresos. El siglo XVIII presenció el desarrollo de la agricultura moderna en Inglaterra, pero también prevalecieron idénticas tendencias en el Continente.

Vimos cómo pensaron, tanto Inglaterra como Law, en poner la riqueza territorial como fundamento de las cédulas bancarias. Estos planes lograron efectividad en Prusia; la ordenación racional del derecho hipotecario en tiempo de Federico Guillermo I y de Federico el Grande condujo a no conceptuar como un mal de urgente desaparición el endeudamiento de las fincas, sino como un medio de elevar su precio. La posibilidad de gravar las tierras podía, en efecto, proporcionar a los hacendados prusianos el modo de agenciarse los recursos necesarios para realizar un cultivo más intensivo. Pero, por lo pronto, facilitó el tráfico de inmuebles: el nuevo adquirente no tenía que abonar al contado sino una parte del precio; el anterior poseedor podía dejar subsistir como hipoteca una parte del precio de compra del inmueble, o proporcionarse por otro camino los recursos necesarios.

El alivio de las dificultades de crédito a que especialmente Silesia estuvo expuesta después de la guerra de los Siete años, trató de conseguirse mediante las Landschaften, o comarcas que Federico el Grande creó siguiendo el proyecto del mercader Büring. En ellas quedaban agrupados los bienes señoriales de cada provincia. Conforme al modelo de la fundada en Silesia el año 1770, surgieron en 1777 la de la Marca; en 1781, la de Pomerania; en 1787, la de Prusia occidental, y en 1788, la de la oriental. La solidaridad de todas las tierras señoriales de la provincia robustecía el crédito de estas instituciones. La administración autónoma efectuada por la circunscripción de poseedores de tierras señoriales había de dar por resultado que se justipreciasen más equitativamente las haciendas. En las evaluaciones defectuosas por exagerada estimación de las fincas era responsable solidario el evaluante. Pero también cabía esperar de él que no evaluase demasiado por bajo, pues podía verse en el trance de apelar al crédito comarcal. La comarca emitía cédulas hipotecarias. El deudor tenía que llevar estas cédulas al mercado: eran un capital que devengaba intereses. Pero en ocasiones podían estos valores servir también de medio de pago y cumplir la misión del dinero: tal ocurría en Silesia y en Brandenburgo. Se dijo, en elogio de las cédulas hipotecarias, que eran preferible al papel del Estado, tras el cual no hay más que el crédito de éste; se aceptaban con más agrado que el metálico, porque, al apoyarse en la riqueza territorial, no había que recelar desmerecimiento alguno de su valor.

Entretanto, se fue viendo el error de cálculo que había en la creencia de que la posibilidad de crédito duplicase el valor de los bienes, porque el aumento de valor podía ser muy inferior. Para el poseedor de las tierras reportaba grandes ventajas el que la facilidad de gravarlas hiciese afluir a sus manos el capital que se formara. Pero era de temer el peligro de que resultara excesivo el gravamen si la especulación exageraba los precios de los terrenos.

En Zürich se intentó dificultar el aflujo de capital a la Landschaft prohibiendo prestar al agricultor por bajo del 5 por 100; pero el precepto de 1710 no tuvo éxito alguno. El tipo de interés de las cédulas comarcales bajó al 4 por 100 en los decenios subsiguientes. Se procuró ocupar el capital superfluo instituyendo una organización que cuidase buscar colar esos capitales en el Extranjero. En Berna hallamos el Banco Leu & Co., fundado en 1755, y análogo a la Comisión de Interés de Zürich. Toscana había perdido su industria. Faltaban posibilidades de inversión. En Luca se conformaban los acreedores del Estado con un interés de 2 1/2 por 100, siempre que no les reembolsasen su capital. En Holanda, el tipo de interés bajó en el siglo XVIII a 3 por 100, y aún más.

El interés bajo significa precios crecientes de las fincas. El sistema de crédito condujo en Prusia a un alza de los precios de las fincas, en las urbanas, ya desde el año 1770; en las rústicas, al comenzar el siglo XIX. En vez de apreciaciones especulativas de compra, se efectuaron ahora realizaciones. La crisis fue agudizada por los acontecimientos políticos, pero habría sobrevenido en todo caso. Así, el valor de la hacienda Grossbeeren subió de 33.000 táleros en 1770 a 160.000 en 1804, de los cuales sólo 12.000 táleros se entregaron de hecho. En 1816 se vendió la finca por 121.000 táleros, y por 87.790 en 1824. El retroceso de los precios de los inmuebles continuó, por tanto, aun después de las guerras de liberación, hasta fines del decenio del 20. Las comarcas de Prusia oriental y occidental quedaron atrasadas en sus pagos el año 1810; las cédulas hipotecarias silesianas no valían más que el 60 por 100 el año 1812. Los 54 millones de táleros de cédulas que calculaba Niebuhr, no estaban, por tanto, ya seguros en modo alguno. El derrumbamiento político de 1806 había de agudizar la crisis; porque es de notar que el Banco Prusiano había invertido gran parte de sus existencias en hipotecas, y precisamente en las regiones polacas que entonces se perdieron.

Así, junto al mercado de cambios y al de fondos públicos se habían formado un mercado hipotecario. Es claro que la intensa influencia en los acontecimientos políticos no se dejaba sentir únicamente en la cotización de las Deudas del Estado, sino también en los cambios de las mercaderías, cual se vio en las crisis del mercado de Hamburgo de 1763 y 1799. Los billetes de Bancos de los Estados daban a éstos la posibilidad de lograr beneficios fiscales mucho más intensos que los conseguidos antaño mediante alteraciones de la moneda. Así, en las guerras de 1741 y 1757, se abusó tanto del crédito del Banco Real sueco, que se produjo una fuerte depreciación de la moneda. De 33 1/2 a 35 marcos en moneda de cobre por tálero del Imperio descendió la cotización, en 1762, hasta 83,93. Suecia aprendió también ya entonces los riesgos de un alza excesivamente rápida de la cotización. Terminada la guerra de los Siete años, se había previsto un gradual retorno a la antigua paridad mediante reembolsos correlativos, desde 70 en el año 1766 hasta 36 en el año 1775. Pero la especulación se anticipó a este movimiento, y en Hamburgo estaba la cotización a 42 ya el año 1767. Se creía que el suelo había de mostrar un valor más fijo; pero el ejemplo prusiano mostró que este valor no era en modo alguno absoluto, sino que el suelo era un miembro más de la economía total de la nación y que su valor dependía de la productividad económica nacional. Sin embargo, en Francia se hizo, en 1789, base de la emisión de asignados la propiedad territorial del Estado, constituida por el patrimonio de la Corona y el de la Iglesia, que habían sido confiscados. También la reforma monetaria danesa de 1803 previó la cobertura de las cédulas del Banco del Reino mediante un gravamen hipotecario de la propiedad territorial, las Bankhaften de 6 por 100 del valor.

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- La época del mercantilismo


+ La era de los descubrimientos y de las fundaciones coloniales

+ La fundación de una política económica del Estado

+ La influencia del movimiento espiritual en la vida económica de la Edad Moderna

+ Plantaciones y propiedad territorial

+ La trabazón gremial

+ El Estado y la iniciativa particular en la era mercantilista

+ Estadística y seguros

+ El dinero y el balance comercial

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 197 - 206.