martes, 1 de noviembre de 2016

La época del mercantilismo (VI): el Estado y la iniciativa particular en la era mercantilista


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La organización estatal se esforzó en suprimir la independencia de las trabas señoriales o corporativas: hubiera preferido verse frente a una masa uniforme de súbditos. Pero cabía preguntarse a quién correspondería la dirección en lo económico: si al Estado o al individuo.

Estado e iniciativa particular y la historia de la economia

Allí donde el Estado había surgido de Municipios urbanos pudo confiarse a la iniciativa particular el abastecimiento a través del mercado. Así, ya en el siglo XVI se había pronunciado Amsterdam contra las limitaciones del comercio de cereales: no sería limitando la exportación, sino dejándola en libertad, como mejor se atendería a proveer los mercados. A fines del siglo XVII se contaba que, de 76.000 cargas de trigo que llegaban a Amsterdam, algo más de la mitad quedaban en dicha población y el resto de los Países Bajos, mientras que era reexpedido el 43%. Como Holanda permitía a los fugitivos el libre comercio de la industria, se creía servir mejor a la vida económica de esa manera que no dictando reglamentos. En la libertad de conciencia y en la seguridad de la ordenación circulatoria veía PETTY las bases del progreso holandés. Perdieron terreno los reparos religiosos, que antaño habían entorpecido el comercio. "Libre debe ser el comercio por doquiera hasta el infierno", decía un aforismo mercantil de la época. Cierto que ya en el siglo XVI Calvino y el jurista francés Molineus habían desistido de formular objeciones doctrinales contra el interés, puesto que aludían a la igualdad entre el interés del capital en dinero y la renta del invertido en casas o campos. Pero la justificación positiva del interés fue realizada antes que nadie por los escritos del holandés Salmasius. Contra las pretensiones limitativas de los españoles, y también de los ingleses, escribió HUGO GROCIO, en 1609, su obra Mare liberum.

Cosa distinta sucedía en Francia, donde Colbert trató de fomentar hasta el extremo el comercio y la industria mediante una reglamentación severísima. Hubo industrias que la propia Corona emprendió, como la manufactura de Gobelinos. Se otorgaron privilegios determinados a empresarios individuales. Pero en lo fundamental se dictaron disposiciones que regulaban hasta el último detalle la producción, señaladamente la textil. SOMBART indica acertadamente que la demanda suntuaria de la Corte y el abastecimiento del Ejército eran los estímulos principales ofrecidos a la producción de la época. También así surgieron en algunas Cortes alemanas ciertas empresas apoyadas por el Estado, como fábricas de porcelana, fundiciones de artillería, o incluso manufacturas de Paños.

Un Wallenstein obliga en su ducado de Friedland a que cultivadores y artesanos satisfagan determinadas prestaciones en trigo y tejidos, y exige a los burgueses que adquieran el trigo sobrante a precios determinados. Fomenta la construcción de viviendas, pero no quiere atender a quejas de los ciudadanos sumisos: "De lo contrario, Su Gracia les hará decapitar".

En Prusia trató Federico Guillermo I de fomentar la industria pañera nacional exigiendo que todas sus tropas vistieren paños nacionales. También impuso igual requisito a la nobleza del país. El Depósito de Berlín, instituido por él, daba ocupación a los 54 maestros de la industria pañera berlinesa y a 150 oficiales de telares Kirsey, bajo la inspección de un maestro de taller. Cosa parecida había propuesto BECHER en los Estados austríacos.

La reglamentación tenía el designio de ser una medida educadora. Colbert hablaba de "muletas" que todavía necesitaban los empresarios y que podían soltar en cuanto hubieran aprendido a andar solos. Pero semejante estímulo siguió siendo bastante violento. Federico el Grande amenazó a una viuda, que al morir su marido había querido cerrar el negocio, con enviarle dragones alojados si no lo continuaba. A los tejedores sajones de damascos que durante la guerra de los Siete años había establecido a la fuerza en Silesia, no hubo, naturalmente, modo de retenerlos en cuanto mudó la suerte de las armas. En lo tocante a la abundancia de reglamentos, hay que advertir que la mayor parte de los casos significaban una lucha vana contra abusos perpetrados especialmente por los industriales a domicilio con las primeras materias que les eran confiadas, y cuya intervención era difícil. Al lado del comercio regular florecía el contrabando. En la isla antillana Tortuga anidaban los filibusteros, piratas franceses, holandeses e ingleses, que acechaban los barcos de los españoles. En la frontera oriental francesa pudo sostenerse durante dos años el jefe de contrabandistas Mandrin contra los arrendatarios de las contribuciones, los Fermiers. De Suiza y Saboya hizo pasar convoyes completos de tabaco y de telas prohibidas en Francia, indianas y muselinas. Sólo con gran aparato de fuerzas se pudo capturar, en 1755, al audaz cabecilla.

Loa multiplicidad de los diversos territorios permitía en Alemania cierta libertad de la vida económica. Se añade a ello que, al lado de los centros estatales, supieron varias ciudades mercantiles defender y acrecentar su importancia. No acierta SCHMOLLE al suponer florecientes en aquella época tan sólo a las ciudades residenciales. Rostock siguió teniendo más importancia que Schwerin. Junto a Dresden se desarrolló Leipzig hasta el punto de convertirse en centro del tráfico europeo oriental. Francfort llegó a ser el mercado de capitales del Suroeste alemán. Hamburgo atravesó en el siglo XVIII una época de gran esplendor: además del comercio mediador con el Norte, fue plaza exportadora para las industrias lenceras sajona y silesiana; su situación favorable como plaza importadora hizo que allí, como en Holanda, floreciesen el refino del azúcar y la industria del vestido. Las ciudades suizas vieron una gran pujanza de su industria: las cintas de Basilea, el algodón de San Galo, la lana y seda de Zürich lograron amplio mercado. En cambio, las ciudades residenciales sufrieron con lo incierta que era la persistencia del favor dinástico. Así, la soberbia colección de cuadros de la Casa del Palatinado anduvo vagando de Düsseldorf a Mannheim y de ahí a Múnich.

En Inglaterra ocupó el primer plano en tiempo de los Estuardos, como en Francia bajo Luis XIV, la iniciativa Real. La Corona confería monopolios en que a veces podía pensarse que se trataba de naturalizar nuevos procedimientos; pero el efecto que estos monopolios producían en los industriales y comerciantes modestos era el de meras expoliaciones fiscales. Los Parlamentos habían intentado en Alemania defenderse contra la prepotencia de las grandes sociedades; pero las protegía el emperador, que no podía prescindir de sus auxilios financieros. En 1614 se habían alzado los Estados Generales franceses, también inútilmente, contra los monopolios de la Corona. En cambio, ya a comienzos del siglo XVII había conseguido el Parlamento inglés proceder contra los monopolios: su victoria sobre la Corona los suprimió definitivamente en 1640; la libertad económica se convirtió en principio fundamental del derecho inglés. Se añadió a ello que también se cercenó la aplicación de las leyes de Isabel: debían éstas regir únicamente para las industrias ya existentes, y no para las de nueva introducción; además, la Revolución hizo que se aplicaran con laxitud. Es verdad que más tarde, en interés de su industria lanera, dictó Inglaterra, lo mismo que Francia, disposiciones contra la estampación de indianas. Sin embargo, el hecho de estar ya implantada aquella industria en el país hizo que pudiera sostenerse mejor en Inglaterra; y con ello, cuando se hizo posible en Europa la industria algodonera, logró Inglaterra adelantarse a Francia.

Pero el mercantilismo inglés no otorgó en modo alguno plena libertad de tráfico; antes bien, fue unido a un intenso favorecimiento de las fuerzas productivas nacionales. En un principio, Inglaterra había importado lana; después, paños semielaborados; la inmigración flamenca le permitió fabricar con todo primor el producto final. La industria lanera pasaba por ser la más importante del país. En beneficio suyo se había prohibido la exportación de lana, al propio tiempo que la introducción de artículos extranjeros de lana. De modo análogo, la prohibición de exportar lana dictada por Federico Guillermo I perjudicó a la industria sajona, estimulando la del propio país. En Inglaterra, todo inglés debía ser enterrado con mortaja de lana.

Era preciso compensar mediante mejora de precios a la agricultura, que sufría por haber descendido el precio de la lana. En Prusia se prohibió la importación de trigo extranjero: únicamente el propio rey compraba el trigo polaco, a precio más bajo, con el fin de llenar sus graneros. También Federico el Grande tomaba a los agricultores del país el trigo en los años de cosecha satisfactoria, dando así estabilidad al precio. Así es como los graneros prusianos pudieron ceder en los años malos el trigo a precio más bajo y asegurar el abastecimiento de los soldados y de los pobres. La ley cerealista inglesa de 1689 proveyó de otra manera el fomento de la producción nacional: lo hizo influyendo en los precios del mercado. En los años de buena cosecha y de precios consiguientemente bajos se había de otorgar al trigo inglés una prima de exportación; se confiaba fomentar así la producción de tal suerte que el consumidor se hallara abundantemente atendido, incluso en los años desfavorables.

El mercantilismo británico halló su más intensa expresión en la ley de navegación del año 1651. Según ella, el comercio de cabotaje y la pesca en aguas inglesas habían de quedar reservados al pabellón inglés. Además, no se admitirían otros productos europeos que los llegados en barcos del país de origen o de nacionalidad inglesa. La facultad de exportar a Europa quedaba limitada a barcos ingleses o del país del destino. Únicamente a barcos ingleses o de colonias inglesas se consentía el tráfico con las colonias de Ultramar. Esta medida iba dirigida contra la supremacía de los holandeses, cuyas pesquerías invadían hasta las aguas pretendidas por Inglaterra y cuyo comercio mediador abastecía también al mercado inglés, y sólo pudo llevarse a efecto mediante una guerra con Holanda. La ley de navegación impuso grandes sacrificios, no sólo al consumidor inglés, sino también al comercio de Inglaterra. Como la Marina inglesa no disponía de barcos suficientes, hubo de retroceder el comercio inglés, especialmente en el tráfico con Noruega, Océano Glacial y Mar Báltico. Sin embargo, el propio ADAN SMITH decía ser esta ley una de las más sabias que jamás se dictaran, pues el defenderse es más importante que el enriquecerse. Y a su Escuadra, cuya construcción favoreció la ley, es a lo que debió Inglaterra su seguridad económica.

La ley de navegación no fue derogada, sino complementada, por la Restauración. Conforme a una ley de 1660, sólo podían traerse al mercado de la metrópoli los productos genuinamente coloniales: azúcar, tabaco, algodón, maderas para construcciones navales, añil, jengibre, indiana, los llamados enumerated articles, mientras otros que podrían haber hecho la competencia a la producción nacional, como cereales, alcohol, cecina, podían ser importados por doquiera: hallaban a sus adquirentes en Europa meridional. En 1663 se reservó a la metrópoli el abastecer de artículos europeos a las colonias.

La ley de navegación es, juntamente con la ley de cereales y la prohibición de exportar lana, una medida del más extremo proteccionismo. Sin embargo, ambas aparecieron a los ojos de los contemporáneos como medidas de libertad, porque no privilegiaban a un grupo especial, sino que beneficiaban a todos los connacionales que podían sacar partido de sus disposiciones. ADAN SMITH combatía la ley de cereales como una intromisión en la economía libre del mercado. Pero los fisiócratas pedían para Francia una legislación análoga, que juzgaban más racional que las prohibiciones de exportación dictadas de vez en cuando en Francia, las cuales dificultaban no sólo el tráfico global del país, sino también el interprovincial.

En el Continente costó muchísimo otorgar al comercio del trigo semejante libertad de tráfico. Las autoridades locales estaban aferradas a la ordenación medieval del mercado, según la cual los productores agrícolas debían vender directamente al consumidor de la ciudad. Sólo después de satisfecha la necesidad de la ciudad podía el comerciante apropiarse el remanente de la oferta. En cambio, se reprimía por todos los medios posibles la compra anticipada. Con todo, y junto a ello, se consolidó un tráfico ilegal de intermediarios respecto del trigo. Al crecer las grandes ciudades, no pudo prescindirse de un comercio triguero independiente, cuya justificación hubo que reconocer en definitiva. Para abastecer a París y a Lyon se entendían directamente los comerciantes con los productores, eludiendo los mercados de las provincias. Horneros y comerciantes trigueros de la capital tenían sus compradores en el campo. Al paso que hasta entonces solamente los productores o las ciudades habían sido almacenistas de trigo, formó ahora depósitos el comercio, permitiendo a éste, por una parte, que aprovechase las diferencias de precio en tiempo y lugar, y haciendo posible al mismo tiempo luchar contra la carestía y el hambre.

En este terreno se da el esquema de hechos trazado por BÜCHER en su Entstehung der Volkswirtschaft, así como en la elaboración del pan podemos observar el tránsito, por él trazado, de "trabajo por salario" a "trabajo por precio". El burgués se proporcionaba trigo, que entregaba al molinero para su molturación, y al hornero para cocerlo, a cambio de las retribuciones correspondientes. Cada vez ganaba más terreno el hornero revendedor, que compraba trigo y lo hacía moler para sí, poniendo después a la venta el pan ya elaborado. Cierto es que se procuró excluir del negocio triguero al molinero y mantener el estadio de la molienda retribuida; pero no advirtió BÜCHER, como ya expusimos al trazar el cuadro de la economía de ciudad, que en otros terrenos, como, por ejemplo, en la alfarería, en la industria del hierro, y más tarde también en la pañera, tuvo mayor importancia el trabajo por precio, y que el comercio, que según su esquema debiera haber sido el primero en la economía nacional, era ya la médula de la vida económica en la ciudad medieval, así como en las marítimas por lo tocante a los víveres necesarios, como trigo, pescado, vino. La política económica austríaca distinguía en el siglo XVIII entre industrias de policía, en que para asegurar el abastecimiento dictaba la autoridad normas oficiales, e industrias comerciales, a las cuales se otorgaba la libertad de venta. A ellas pertenecía, en primer lugar, la industria textil, y su ámbito creció constantemente en el siglo XVIII.

Mientras el mercantilismo fomentaba el tráfico interior, el cierre de las fronteras nacionales deshizo no pocas relaciones en que se había expandido el tráfico medieval ciudadano. Las Potencias coloniales, que pretendían dilatar por todo el orbe su círculo de acción, no tuvieron escrúpulo en clausurar otros territorios que ellas dominaban; la imperfección de los medios de transporte facilitó tal cierre. Con todo, algunas plazas consiguieron mantenerse como centros de tráfico internacional. En el Mediterráneo, Livorno, que era puerto franco, pasó a ser plaza principal de depósito de mercaderías levantinas. En el Norte tomó Hamburgo análoga posición. Merced a sus ferias se convirtió Leipzig en mediador entre Oriente y Occidente; aquí enviaba el Occidente sus sedas y paños, que iban de Leipzig a Estados orientales como Polonia y el Imperio Osmán, que no podían pensar todavía en estimular una industria propia mediante el cierre de sus fronteras, y que aportaban a cambio sus peleterías y su corambre.

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- La época del mercantilismo


+ La era de los descubrimientos y de las fundaciones coloniales

+ La fundación de una política económica del Estado

+ La influencia del movimiento espiritual en la vida económica de la Edad Moderna

+ Plantaciones y propiedad territorial

+ La trabazón gremial

+ Estadística y seguros

+ El dinero y el balance comercial

+ Deudas del Estado y formación de capitales

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 176 - 181.