domingo, 27 de noviembre de 2016

El desarrollo del capitalismo (I): el derrumbamiento del mercantilismo, la formación de la Unión aduanera ("Zollverein")


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Núcleo del mercantilismo fue el sistema colonial. Inglaterra había logrado, en el siglo XVIII, crear un Imperio colonial que abarcaba el mundo entero. Pero, precisamente después de sus victorias decisivas sobre Francia en la guerra de los Siete años, hubo de experimentar la pérdida de sus colonias más importantes: las norteamericanas.

Zollverein y union aduanera

El imperio de los Habsburgos y el de los Borbones habían patentizado tendencias a la Monarquía universal. La suerte de Europa quedó decidida precisamente por el hecho de que en los siglos XVI y XVII se habían equilibrado ambas Potencias. Desde los días de Enrique VIII procuró Inglaterra amenazaban preponderar. Únicamente el hecho de que ninguna de estas grandes Potencias era decisiva por sí sola había permitido a Holanda mantener su independencia. Desde las victorias en la guerra de Sucesión española había llegado a ser Inglaterra una de las primeras Potencias. A pesar de ser más reducido su territorio y más escasa su población, el progreso de sus recursos económicos le había permitido alcanzar tal posición. Francia discutía a Inglaterra la coincidencia, en el siglo XVIII, en los campos coloniales más importantes.

En la India lograron, al principio, preponderar los franceses. La caída del Imperio Mogol dio lugar a que surgiese en India una serie de potestades independientes, cuyas discordias supieron los franceses aprovechar hábilmente desde Pondichéry. Pero en 1752 surgió Roberto Clive frente a Dupleix. Merced a la victoria lograda cerca de Plassey, en 1757, pudo conquistar a Bengala para la Compañía; bajo Warren Hastings, 1772 a 1785, se robusteció el dominio británico en India. También en Norteamérica habían sabido los franceses avenirse con los indígenas: su dominación se había extendido por el Norte desde el río San Lorenzo; en Canadá era Quebec su capital; desde el Sur, con Nueva Orleáns como punto de apoyo, se esforzaron en remontar el Mississipi. En el territorio de los Grandes Lagos enlazaron sus fuertes del Norte y Sur, y casi amenazaron las colonias inglesas, que entonces sólo se extendían por la costa del Atlántico. La guerra de los Siete años proporcionó a los ingleses la posesión del Canadá; los franceses daban entonces más importancia a la conservación de sus posesiones en las Indias occidentales; Canadá no era, en opinión de Voltaire, más que unas cuantas yugadas de nieve; pero aquella adquisición debía ser fatal para los ingleses, pues las colonias americanas que se habían liberado de la sujeción francesa sintieron también veleidades de independencia frente a la metrópoli.

Al tener lugar la colonización de Norteamérica, habían recibido las colonias una Constitución parcialmente libre. Los Padres Peregrinos que habían ido en el Mayflower a Nueva Plymouth se habían dado a sí propios una Constitución al estilo de los antiguos municipios rurales germánicos. También Masachusets había sido colonizado por los puritanos en 1628, con administración autónoma. Conecticut y Rhode Island conservaron su Constitución libre. En cambio, Virginia se había convertido el año 1624 en colonia de la Corona, e igualmente en 1679 se había organizado Nueva Hampshire como provincial real. En 1684 fue revocada la Carta de franquicia de Masachusets, y en 1688, convertida, lo mismo que Nueva York, en colonia de la Corona. Nueva Jersey, Carolina del Norte y del Sur, y también después Georgia, se organizaron de igual manera. El rey había transferido sus poderes sobre Maryland a Delaware, y también, el año 1681, sobre Pensilvania a los propietarios de estas colonias. También la gloriosa Revolución había actuado liberadoramente para las colonias. Guillermo III renovó las franquicias de Masachusets, aunque no con su ulterior alcance. Mas, si algunos habían creído que con la libertad política había penetrado también la económica en Inglaterra, se vieron chasqueados: el Parlamento mantuvo en vigor las leyes de Navegación. Por mucho que se apreciase a las colonias como proveedoras de primeras materias, se trataba, sin embargo, de que siguieran dependiendo de la metrópoli en la obtención de productos industriales. Inglaterra se había proporcionado hasta entonces material para construcción de buques por la vía del Mar Báltico. El crecimiento del poderío ruso en la guerra del Norte, que Inglaterra había tratado vanamente de dificultar, dio lugar a que en 1721 prestase Walpole mayor atención al abastecimiento desde las colonias. La construcción naval, la edificación y la industria siderúrgica, que requerían consumo de carbón, habían dado lugar a la despoblación forestal de Inglaterra, al paso que en las colonias había aún selvas vírgenes por talar. La falta de primeras materias de la industria siderúrgica suscitó en Inglaterra la idea de trasladar a las colonias los altos hornos, mas quedando plenamente reservada a la metrópoli la elaboración del hierro: ni un clavo de herradura –tal era la opinión corriente– había de producirse en las colonias. Se prohibió la emigración de obreros a las colonias. Es evidente que no pudieron llevarse a efecto estas providencias: en las colonias fueron también surgiendo algunas industrias para atender a las necesidades locales. Las colonias septentrionales hallaron provechosa orientación en la navegación hacia las Indias occidentales: llevaban víveres a las plantaciones de caña de azúcar y volvían con cargamento de ron, que en parte iba a África para comprar esclavos.

La victoria sobre Francia permitió a los ingleses ejecutar con más rigor las leyes de Navegación, cosa que había de suscitar la oposición de las colonias. Más importancia tuvo el intento de Inglaterra encaminado a que las colonias cooperasen a soportar las cargas de la guerra, llevada a cabo principalmente en favor suyo; pero las colonias se alzaron contra la implantación de impuestos por obra del Parlamento inglés. ADAN SMITH manifestó que, si se quería que las colonias pagasen impuestos, había que concederles también el derecho de representación parlamentaria, y previó que, una vez transformado al otro lado del Océano el centro de gravedad del poderío económico, también tendría que seguirle la sede del Gobierno. Las medidas coactivas con que Jorge III intentó hacer efectivas las disposiciones del Parlamento británico hubieron de causar profundo disgusto en las colonias; éstas replicaron con el boicot a las mercaderías inglesas. Se prefirió el té holandés para no someterse al monopolio de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, y la destrucción de las cajas de té en el puerto de Boston fue la señal de la rebelión.

En la lucha que los Estados Unidos sostuvieron desde 1776 hasta 1783 para lograr su independencia, recibieron el auxilio francés. Francia renovó en las guerras de conquista que siguieron a la Revolución francesa el pensamiento mercantilista. Se quiso cerrar el Continente a las mercaderías británicas e impedir a Gran Bretaña que importara trigo del Continente. Pero Napoleón estaba muy lejos de conceder plena libertad de comercio con Francia a las comarcas conquistadas en Alemania e Italia. La Confederación del Rin debía admitir sin réplica la entrada de artículos francesas, al paso que los por ella producidos no hallaban despacho libre en Francia. Las guerras de independencia liberaron del sistema francés a los países europeos, especialmente a Prusia y Austria, lo cual permitió ahora que conviviese toda una serie de Potencias independientes.

Francia perdió en estas luchas a Haití, donde los negros llegaron a escalar el Poder; Napoleón encontró su contrafigura en el descendiente de esclavos Santos l'Ouverture, que se adueñó de la isla. Mediante la victoria sobre España, que en 1800 había entregado a Francia la Luisiana, pensó Napoleón reiterar la lucha colonial contra Inglaterra. Pero en 1803 se vio obligado a abandonar la Luisiana, que entregó a los Estados Unidos. Con motivo de la ocupación de España por los franceses, se produjo la sublevación de las colonias contra la soberanía de la metrópoli. Acaudilladas por Bolívar, alcanzaron la independencia las colonias españolas de América. En 1822, Brasil se separó de Portugal, erigiéndose en Imperio. Los Estados Unidos apoyaron la independencia de las colonias españolas, declarando su presidente Monroe, en el año 1823, que consideraría acto hostil a la Unión toda intromisión de potencias europeas en América.

La liberación de las colonias suramericanas abrió amplias perspectivas al comercio norteamericana y al inglés; pero tuvo especial importancia, por cuanto incluso países, como Alemania, que no tenían colonias, pudieron participar directamente en el comercio ultramarino.

La propia Inglaterra, después de la separación de las colonias americanas, se vio en el caso de modificar su política colonial. En 1791 se había otorgado una Constitución a las provincias canadienses que habían permanecido fieles, y, desde luego, se empezó reorganizando las relaciones con Irlanda. Ya en 1779 se derogaron muchas de las limitaciones que pesaban sobre el comercio irlandés. En 1782 recibieron los irlandeses un Parlamento cuyas medidas se dirigieron en realidad contra Inglaterra. Por ello, a partir de 1.º de enero de 1801, quedó unida Irlanda, en lo político y en lo mercantil, a Gran Bretaña, según el modelo de la Unión angloescocesa. Frente a India no pudo Inglaterra pensar en otorgar una Constitución, como en las colonias de raza blanca; mas, a pesar de ello, quedó cercenada con carácter permanente la independencia de que había disfrutado la Compañía de las Indias Orientales. El Estado comenzó a intervenir su política y a otorgar más libertad de movimientos al comercio libre con Asia. El monopolio comercial de la Compañía caducó en 1833, pasando en 1858 sus derechos al Estado británico.

Aunque como resultado de las guerras de Inglaterra y Francia se habían formado Estados independientes a uno y otro lado del Atlántico, afirmaba Inglaterra después de 1815 su dominio de los mares, y había sabido asegurarse en el Océano Índico una posición prepotente. Holanda había perdido sus colonias después de unirse con Francia. Inglaterra, no sólo la devolvió su independencia, en 1815, sino también la parte más importante de su imperio colonial, las islas de la Sonda, aunque reservándose El Cabo y Ceilán.

Los nuevos Imperios salieron de la guerra con una organización más rígida. Los Estados Unidos, que hasta entonces habían permanecido separados recíprocamente, concertaron en 1789 una comunidad aduanera, cuyos aranceles actuaron en el sentido de proteger a la industria nacional frente a la europea, es decir, dirigiéndose, en primer lugar, contra la competencia inglesa. También fue en Francia uno de los primeros resultados de la Revolución el suprimir todas las peculiaridades provinciales y agrupar el año 1791 la República una e indivisible en unidad político-comercial.

Las guerras de liberación habían defendido la independencia de Alemania; pero el acuerdo político-comercial resultó aquí mucho más difícil, porque la Confederación alemana no supo estar a la altura de esa misión. Aquí la unidad tuvo que dimanar del acuerdo entre los Estados independientes. Cosa análoga sucedió en Suiza: frente a las murallas aduaneras de Francia se intentó congregar a los cantones en una concordia de retorsión; pero en 1823 sólo se adhirieron 13 y medio cantones, absteniéndose ocho y medio, entre ellos Zürich y Ginebra; el acuerdo político de 1848 fue el que por vez primera dio lugar en Suiza al político-comercial. Tampoco logró Italia sobreponerse a su desgarramiento político-comercial hasta que tuvo lugar la unificación del Reino. Cosa distinta ocurría en Alemania: aquí había empezado Prusia en 1818 a agrupar en una unidad político-comercial las nuevas porciones de territorio y las provincias antiguas; los aranceles de 1818, que en lo esencial habían subsistido hasta comienzos del nuevo siglo, se caracterizaban por el hecho de que, en principio, otorgaban la libertad de comercio, pues la importación estaba sometida a derechos moderados, que, por término medio, venían a ser el 10 por 100 ad valorem, si bien el tránsito estaba también gravado con esas exacciones. La reducción de éstas que Prusia, entonces sometida a las grandes Potencias, otorgó a los territorios, las más de las veces adictos a las ideas librecambistas, se explica, en parte, por la actitud doctrinal de sus dirigentes, así como por la situación geográfica del país. También los vecinos alemanes, como Hessen, cuyos vinos y tejidos sufrían un primer gravamen en los inmediatos territorios prusianos, tenían que sentir como sumamente opresores los derechos moderados de la tarifa prusiana. El Congreso de Viena había exigido en principio la libertad de comercio entre los territorios polacos que habían correspondido a las tres Potencias del reparto. Las tarifas prusianas resultaron entonces tan perturbadoras para este tráfico, que en 1823 implantó Rusia, bajo Cancrin, elevados aranceles fronterizos.

Prusia había confiado en que los Estados alemanes se adherirían a sus aranceles, pero surgió fortísima oposición. Únicamente Schwarzburg-Sondershausen obedeció a esta excitación, haciéndolo algo más tarde Rudolstadt y Anhal-Bernburg. Los restantes Estados parciales anhaltinos opusieron durante diez años la más viva oposición, a pesar de estar rodeados por territorio prusiano. El ministro prusiano Motz logró, en 1828, concertar con Hessen-Darmstadt un tratado fundado en la reciprocidad; de esta manera se otorgaban satisfacción al sentimiento de independencia de los Estados alemanes menores que se habían resistido a las anexiones aduaneras. Las ventajas financieras que el acuerdo otorgaba, precisamente a los Estados más pequeños, resultaron ser decisivas para la marcha de la obra. En 1828 había llegado a realizarse la unión aduanera entre Baviera y Wurttemberg. Los Estados centroalemanes, entre ellos especialmente Sajonia, Hessen-Kassel, Hannover, Nassau y Francfort, se agruparon en la Unión Aduanera Centroalemana para contrarrestar esa supremacía. Pero logró Motz deshacer esa unión que se había insertado entre las provincias orientales y occidentales, entre el Norte y el Sur. Con ocasión de construirse una carretera entre Gotha Meiningen y Coburgo, que también tocaba a territorio prusiano, fueron convencidos estos Estados turingios para que depusieran su actitud, con lo que ya se unieron el Norte y el Sur. Al propio tiempo, un Tratado con Meclenburgo mantenía abierto el Elba.

El movimiento revolucionario de 1830 vino en auxilio de la Unión aduanera que estaba formándose. Kurhessen, que se vio expuesta al peligro de perder su comunicación entre Norte y Sur, se agregó en 1831 a la Unión prusiana. Sajonia se convirtió en uno de los más fervientes adeptos de la Unión aduanera. El 1.º de enero de 1834 pudieron ser abatidas las fronteras entre los Estados del Norte, Centro y Sur de Alemania. En 1835 se unieron Baden y Nassau; en 1836 se agregó Francfort. Con ello quedaban incluidos en la Unión aduanera, además de los 14 millones de prusianos, otros 12 millones más de alemanes, y las fronteras de esa Unión sumaban 1.064 millas, es decir, menos que las 1.073 del territorio prusiano que era preciso vigilar en 1819. Fuera de la Unión aduanera quedaban Austria y el Noroeste de Alemania. Hannover, Braunschweig y Oldenburgo formaron en 1834 la Unión tributaria, de la cual, sin embargo, salió en 1841 Braunschweig para incorporarse a la Unión aduanera.

La Unión aduanera (Zollverein) era un concierto celebrado únicamente con carácter temporal. En la adopción de acuerdos que tomaban las Conferencias aduaneras, a que acudían los funcionarios de los diversos Estados, era imprescindible la unanimidad. Está claro que en tales circunstancias era singularmente difícil agrupar los intereses económicos. En Prusia especialmente, no sólo eran librecambistas los funcionarios, sino que también apuntaban en esa dirección los intereses económicos del país, que, sobre todo en la región oriental, se hallaban interesados en la exportación de trigo y maderas. También supo apuntarse algunos éxitos, en el decenio del 40, la naciente industria apoyada en un arancel proteccionista. Los tipos del arancel de 1818 que adoptó el Zollverein eran específicos, es decir, se graduaban por un peso o número determinado de las mercaderías, no por su valor. Resultó de ahí que, al sobrevenir un fuerte descenso de precios merced al perfeccionamiento de la técnica, los mismos tipos vinieron a producir un gravamen esencialmente mayor. Al principio, y en interés de la industria elaboradora, se había concedido franquicia de importación, no sólo a las primeras materias, sino también a los productos semifabricados, hierro e hilados. En 1844 logró la industria siderúrgica la implantación de derechos arancelarios sobre el hierro, en vista de la desfavorable situación en que la había colocado la competencia inglesa. Fue en 1846 cuando, tras fuerte oposición de los tejedores, y singularmente en interés de los hilanderos de Alemania meridional, se introdujo un derecho sobre los hilados.

Cierto que en Francfort se ocupaban, en el año 1848, de unificar la política comercial, pero creían que ello debía depender del logro de la unidad política. Así que, de momento, no hubo sino un acuerdo entre los diversos Estados federados, los cuales quedaron expuestos al peligro de que Austria quisiera aprovechar, en 1850, la prepotencia adquirida frente a Prusia y tomar también la dirección en punto a política comercial. Pero Prusia supo aprovechar políticamente la posibilidad de un movimiento librecambista frente a Austria, cuyo retraso industrial la obligaba a seguir plenamente atenida a los aranceles protectores. Hannover, ahora con aranceles moderados, estaba propicio a sumarse al Zollverein. En 1851 logró Prusia inducir a Hannover a que se incorporase al mismo. Los Estados de Alemania meridional, influidos por Austria, andaban pensando, ante esta alianza, en abandonar el Zollverein; pero en definitiva, y atendidos sus intereses económicos y financieros, no se juzgaron en el caso de renunciar al mercado nortealemán. Sobrevino en 1862 una segunda crisis del Zollverein, cuando Prusia, mediante un Tratado con Francia, obtuvo acceso a la red occidental de tratados de comercio, que a partir del Tratado de Cobden del año 1860, entre Francia e Inglaterra, operaba en el sentido de derrocar las limitaciones comerciales. Los designios de Austria, encaminados a ingresar en el Zollverein, tropezaron así con nuevas dificultades. Aún se suscitó otra vez una oposición de los alemanes del Sur, fundada, sobre todo, en motivos políticos; pero por razones económicas les obligaron a sumarse a Prusia.

Después de 1866, la Confederación nortealemana y el Parlamento aduanero, en que también estaban representados los Estados del Sur, tomaron a su cargo la misión del Zollverein, hasta que el Imperio Alemán creó definitivamente, en 1871, la unidad comercial de Alemania.

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 209 - 216.