viernes, 21 de octubre de 2016

La época del mercantilismo (II): la fundación de una política económica del Estado


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El segundo rasgo distintivo de la Edad Moderna consiste en que mientras hasta ahora la iniciativa económica era primordialmente regulada por las ciudades, es ahora el Estado quien por sí mismo y en lugar de aquéllas interviene en la economía. Ya dijimos cómo al fundarse las ciudades, y después al utilizar su potencia financiera, se hizo valer el interés del Estado en la economía de circulación. Pero ahora abandonó el Estado su anterior actitud, más bien pasiva, y se encargó directamente de fomentar la economía. Para ello le fue preciso formar un cuerpo de funcionarios retribuidos.

Politica economica del Estado y economia

En la época del feudalismo, el servicio había sido una obligación de honor unida a la posesión del feudo. También eran honoríficos los cargos de las ciudades. En éstas fue formándose lentamente con los escribientes y asesores jurídicos una plantilla permanente de empleados. Pero desde el primer momento dejó la ciudad a salvo el carácter permanente de sus derechos y obligaciones al efectuarse en su nombre todas las actuaciones decisivas, al paso que la relación del príncipe con sus servidores siguió siendo personalísima, al punto de necesitarse que la renovara el sucesor al fallecer aquél. Por eso cuidó desde luego la Monarquía absoluta de asegurar la continuidad en la sucesión del Trono. Entonces se dijo: "El rey ha muerto; viva el rey".

El sistema de retribución se aplicó ante todo en el Ejército. Pero sucedió que los caudillos de estas tropas mercenarias se alzaron frente al Estado como empresarios independientes; les había confiado desde luego el Estado el cuidado de levantar y mantener tropas, con lo que se entregaban por más de un concepto al caudillo militar las decisiones políticas, lo que se vio en Inglaterra al tener lugar la restauración de los Estuardos. Fue necesario que el Estado colocara al frente del Ejército verdaderos funcionarios suyos en lugar de los grandes condottieri. Así llegó el ejército de Wallenstein a quedar mandado por generales del emperador después del asesinato de aquél; así quedaron incorporadas al Ejército francés las tropas de Bernardo de Weimar, que después pelearon victoriosamente mandadas por Turena.

Con sus Consejos, para los cuales se dictaron Ordenanzas precisas en los siglos XVI y XVII, montaron los soberanos sus administraciones civiles. En este respecto fue muy provechosa para los príncipes protestantes la secularización del patrimonio eclesiástico: los párrocos se encargaron de cometidos de Estado propios de instancias inferiores, como la beneficencia, la asistencia social; y tal fue la idea fundamental de la legislación inglesa de pobres en tiempos de la reina Isabel; pero también campea en las Ordenanzas dictadas por los príncipes alemanes, por ejemplo, en Hessen, Sajonia y Prusia. Cuando Federico el Grande quiso estimular en sus tierras el cultivo de la patata, hizo que el clero predicara acerca de sus ventajas y que los gendarmes inspeccionaran el cultivo.

Para llevar a cabo sus planes, tenía el Estado que procurar la eliminación de aquellas potestades particulares que se habían formado en su territorio. Así, al comenzar el reinado de Carlos V, perdieron las ciudades de España su independencia; pero tampoco otorgó el nuevo soberano a los grandes influencia alguna en los negocios públicos; la propia Iglesia hubo de poner sus medios al servicio del Estado. Éste se apropió los bienes de las grandes Órdenes militares para disponer de ellos, y hasta la Inquisición fue en sus manos un medio para quebrantar toda resistencia contra la potestad del príncipe. Francia aniquiló la independencia de la nobleza encadenándola al esplendor de la Corte de Versalles; en sus intendentes montó un magistral aparato de funcionarios. Cierto es que la Monarquía francesa no quiso quebrantar la independencia de las provincias; Colbert no pudo efectuar en 1664 la plena unificación de las Aduanas sino en las provincias directamente sometidas al rey, donde fueron arrendadas las contribuciones en cinco grandes secciones; por eso se le llamó pays des cinq grosses fermes. Junto a este núcleo de Francia estaban las comarcas de administración provincial independiente, los pays d'états, a que pertenecían: al Sur, el Languedoc; al Oeste, la Bretaña; en el Este, el Franco Condado. Alsacia estuvo fuera de la frontera aduanera francesa hasta la Revolución francesa en concepto de étranger effectif.

En Inglaterra no había sido nunca muy grande el poderío de las ciudades. La independencia de los barones había sido aniquilada en la Guerra de las dos Rosas. Como la Monarquía se dedicó plenamente a fomentar la economía del tráfico, pudo llegar a ser en tiempos de la reina Isabel un poder que incluso desafió con éxito a las fuerzas auxiliares de España, aparentemente muy superiores.

Los intentos del emperador por lograr en Alemania una posición análoga quedaron destruidos en la Guerra de los Treinta años, pues no solamente se oponían a ello las clases evangélicas, sino que también las católicas, como Baviera, trataban de defender su independencia; el centro de gravedad de la política económica del Estado vino a recaer en los Territorios. Para reglamentar la industria había dictado Inglaterra en 1562 el Statute of Artificers; igualmente había suprimido la Corona francesa en 1581 la autonomía de los gremios. En Alemania no se dictó hasta 1731 una ley imperial análoga, pero su ejecución se encomendó a los grandes territorios como Prusia y Austria.

El Estado continuó la política económica de las ciudades al tratar de favorecer a sus capitales. Así, ya en la Edad Media, los soberanos de Bohemia y Hungría habían otorgado a sus capitales, Praga y Buda, la condición de depósitos principales del país. El tráfico de Noruega hubo de encontrar su centro en Bergen. Igualmente, a principios del siglo XVII trataron los suecos de concentrar en Estocolmo el comercio exterior del país. Pedro el Grande dio a la capital por él fundada el carácter de depósito de su Imperio para el tráfico del Báltico. Lo mismo que los españoles fijaron en Sevilla el comercio de Ultramar y los portugueses en Lisboa, convirtieron los franceses a Marsella en centro de su comercio levantino. En Alemania, los Hohenzollern habían arrebatado a la Hansa sus ciudades ya en el siglo XV. Detrás de la lucha de Francfort y de Stettin por el comercio del Oder, estaban en el siglo XVI los señores de Brandenburgo y Pomerania. No en todas partes se logró que las ciudades quedasen bajo la potestad del soberano; mientras Luis XIV se apoderaba de Estrasburgo a título de landgrave de Alsacia, supo Hamburgo resistir el poderío del rey danés como conde de Holstein. Donde no se logró incorporar todos los centros urbanos antiguos, fundaron los señores territoriales junto a ellos nuevas ciudades que progresaron considerablemente merced a la mayor libertad concedida a sus pobladores. Así, junto a las antiguas ciudades del Rin surgieron Mannheim, de nueva fundación; Hanau y Offenbach junto a Francfort; Fürth junto a Nurenberg, y Altona junto a Hamburgo.

Para obtener recursos con que atender al Ejército y funcionarios permanentes, hubo de recaudar el Estado impuestos que sólo podían obtenerse fomentando la economía de circulación. El Estado hubiera podido ciertamente obtener esos recursos siendo único perceptor de sobrantes, como en el antiguo Egipto o en Bizancio. Pero creyó que le traía más cuenta dar pábulo a las energías independientes de los empresarios. Así, en vez de mantener las trabas medievales, se dedicó al Estado a estimular la empresa libre e incluso el desarrollo capitalista.

La Tesorería de los príncipes o de las ciudades tenía que estar bien provista, porque el disponer de medios económicos se reconocía ser el principal apoyo del poderío del Estado. "El comercio", decía COLBERT, "es la fuente de la Hacienda, y la Hacienda es el nervio vital de la guerra". A fin de formar funcionarios útiles para la administración financiera, estableció Federico Guillermo I las primeras cátedras especiales de cameralística. Le siguió la Austria josefina. Los cameralistas alemanes cultivaban sobre todo la ciencia de la Hacienda. Un Justi es precisamente quien da fundamento sistemático a esta ciencia. A la cabeza de los ingresos del Estado figuraban entonces los procedentes de sus propiedades. La explotación del patrimonio privativo, por ejemplo, en montes y minas, recibía la mayor atención. El empleado tenía que estar preparado para esta administración. En la ciencia cameral de la época laten también por esa razón los comienzos de la actual ciencia de la explotación.

Entre los impuestos se concedía la máxima importancia en el siglo XVII a los que recaían sobre la circulación. Se creía haber descubierto una mina de oro en los derechos que se percibían a la puerta de las ciudades; mas para dar a estos impuestos el mayor rendimiento posible había que incorporar todos los miembros del Estado a la economía de circulación. Tal era el espíritu del mercantilismo. Todos debían ser mercatores, es decir, comerciantes. El cultivador no había de pensar sólo en el sustento suyo y el de su señor, sino que debía sacar a la venta los sobrantes de su explotación para poner de este modo en marcha la rueda de la circulación. El artesano no había de mirar únicamente a su propio sustento, sino entregar sus productos al empresario, que con la explotación en el Extranjero obtenía beneficios que permitiesen financiar nuevo trabajo. El Estado se ocupó en regular este tráfico. Así, SONNENFELS, en sus Grundsätze der Polizei, Handlung und Finanzwissenschaft, habla en primer lugar de "la agricultura" y de "las manufacturas". Las medidas que se tomaron en los distintos Estados para dar realidad a este pensamiento hubieron de diferir según la situación de cada país. En Holanda preponderaba el interés del comercio; en Francia y otros países continentales, el fomento de la industria. Inglaterra pudo regular a un tiempo y de modo uniforme la navegación y la agricultura. Pero no es atinado considerar sólo como expresión del mercantilismo estas peculiaridades de la política práctica: el pensamiento fundamental común de todas estas medidas concretas es el fomento de la economía de circulación bajo la dirección del Estado.

Si hasta entonces se había limitado a las ciudades la circulación, en adelante había de abarcar ésta a todo el país, que venía a ser como una ciudad única. Para ello era necesario enlazar más apretadamente a todas las partes del país desarrollando los medios de tráfico. En Holanda favoreció esta política la disposición de la población: sus canales relacionaron tan estrechamente las distintas comarcas, que las siete Provincias Unidas actuaban como una sola entidad, a pesar de sus múltiples diferencias. El desarrollo de la red de canales fue medio por el que otros países buscaron análogo resultado: COLBERT hizo enlazar por un canal el Atlántico y el Mediterráneo; el Gran Príncipe Elector hizo comunicar el Oder con el Elba. COLBERT recopiló en 1673 en su Code de Commerce la multiplicidad de costumbres comerciales, trazando principios uniformes para todo el reino.

Sufrió más de un quebranto la prerrogativa de las ciudades en cuya virtud no podía ejercerse la industria sino dentro del recinto amurallado. Así florecieron en la industria pañera de Flandes las localidades campesinas junto a las viejas ciudades de Iprès, Brujas y Gante. La industria lanera se difundió en Inglaterra por toda la campiña. Incluso allí donde las ciudades tenían sojuzgado al campo, adquirió nuevas formas la división del trabajo entre aquél y la ciudad bajo la influencia del desarrollo industrial: la ciudad se reservó tan sólo la dirección de la producción industrial y de los procesos finales decisivos, mientras la masa del trabajo quedaba organizada en el campo. Así los relojeros ginebrinos confiaron a las aldeas del Jura la fabricación de cajas y cadenas de reloj, mientras la ciudad se reservaba el montaje de relojes. En Zürich se asignó a la campiña el hilado y tejido de la seda, mientras en la ciudad se hallaba establecido el tinte y se daba salida al producto.

El ideal urbano de la economía resurgió, sin embargo, en nueva forma como misión del Estado. COLBERT trató de elevar su país al nivel de taller del mundo. Así como hasta entonces la ciudad había estado frente a la tierra llana, tenía ahora que favorecer Francia, como sede de la industria, al resto del mundo con los productos de su artesanía, al paso que los demás países deberían entregarle a cambio primeras materias o dinero. La industria sedera de Lyon había sido ya fomentada en siglos anteriores: ahora había que imponer la moda francesa. Los enviados franceses tenían la misión de atraer con halagos a Francia maestros venecianos de la industria encajera y del soplado de vidrio. De hecho se logró que Francia tomase la dirección en tales industrias suntuarias. Los espejos franceses podían cubrir paredes enteras. Todas las Cortes pequeñas trataban de conseguir gobelinos y encajes de fabricación francesa.

Pero no faltaban rivales a las pretensiones francesas. La expulsión de los hugonotes por Luis XIV puso a otros países en condiciones de que sus industrias igualasen a las de Francia. Merced a la acogida que Berlín les dispensó, quedó ésta convertida en ciudad de tejedores durante el transcurso del siglo XVII. Federico Guillermo I fomentó la industria pañera y supo aprovechar las relaciones diplomáticas para captar como cliente incluso al Ejército ruso. Federico el Grande se preocupó de estimular la industria sedera, cuyo mercado en Polonia debía facilitar un arancel especialmente reducido otorgado a este país. De modo análogo pretendió Carlos VI proporcionar a la industria austríaca una posición privilegiada en el Imperio Turco. Inglaterra impulsó a sus colonias como proveedoras de primeras materias, al paso que supo reservar la industria a la metrópoli.

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Imagen: Una pica en Flandes

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- La época del mercantilismo


+ La era de los descubrimientos y de las fundaciones coloniales

+ La influencia del movimiento espiritual en la vida económica de la Edad Moderna

+ Plantaciones y propiedad territorial

+ La trabazón gremial

+ El Estado y la iniciativa particular en la era mercantilista

+ Estadística y seguros

+ El dinero y el balance comercial

+ Deudas del Estado y formación de capitales

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 152 - 157.