domingo, 23 de octubre de 2016

La época del mercantilismo (III): la influencia del movimiento espiritual en la vida económica de la Edad Moderna


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La peculiaridad de la nueva economía no se determina únicamente por el ensanchamiento de la base económica y la firmeza en la organización del Estado, sino que se halla también bajo la influencia quizás decisiva del movimiento que sintetizamos con el nombre de Reforma.

Movimiento espiritual y economia

La renovación religiosa se situó desde luego en actitud totalmente crítica no sólo frente a la organización de la Iglesia, sino también ante la económica conforme se había desarrollado al finalizar la Edad Media. Si la lucha contra la usura había perdido energía en el siglo XV, e incluso la Iglesia misma ofreció con su propia organización financiera fomentadora del esplendor mundano, motivo para ataques de los hombres piadosos, los reformadores renovaron con la mayor intensidad la restauración de los preceptos canónicos en la lucha contra la usura. Lutero declamaba contra los Fúcares no menos que contra el Papa, y Francfort, con sus ferias, era para él la gran sima en que Alemania perdía anualmente recursos importando artículos extranjeros de lujo. De igual manera combatió Calvino las actividades de las grandes plazas mercantiles Venecia y Amberes. Sólo que lo mismo que en el Ora et labora de San Benito, había hallado la propia Iglesia una actitud positiva económica incluso en las Órdenes monásticas, la exaltación de las virtudes que los reformadores predicaban a sus adeptos se convirtió en base de una nueva postura ante la vida económica.

La Reforma suprimió la peculiar posición de los Monasterios, pero reclamó de sus fieles en los negocios de la tierra la misma severidad con que se mandaba a los monjes apartare del mundo. Este ascetismo intramundano hacía que el individuo sólo fuera culpable ante Dios, pero le obligaba a ordenar su tenor de vida ajustándose plenamente a la voluntad divina. Las obras buenas, que según la doctrina católica eran condición de la salvación, eran rechazadas por los reformadores en este sentido, pero fueron más intensamente apreciadas entre los creyentes como señal de conversión. Las acostumbradas trabas tradicionales fueron rechazadas por su ley humana. Se propugnó como querida por Dios una nueva ordenación racional que prometía mayor éxito.

Las diversas confesiones religiosas tomaron actitudes varias. Frente al sesgo místico que caracterizaba a la doctrina luterana de la Comunión, afirmaban los reformados el sobrio concepto de la Cena conmemorativa. Los baptistas no concedían a los sacramentos como tales valor alguno, y sólo admitían la "luz interior". El luteranismo se conformaba con la doctrina de Tomás de Aquino con la organización de clases. Otra era la idea del calvinismo, para quien nada significaba un cambio de profesión y que por ello propendía más bien a aprovechar las nuevas condiciones. A los baptistas preocupaba seriamente la fraternidad de todos los hombres, y los cuáqueros tuteaban a altas y bajos. El puritano se convirtió en contrafigura del piadoso hindú, para quien era condición previa de salvación persistir en la profesión heredada.

La persecución de la doctrina reformada en los Países Bajos españoles y en Francia obligó a que muchas personas emigraran a aquellas tierras en que creían poder seguir fieles a su fe. Pero aun cuando se concedía asilo a los hermanos en la creencia, no se les admitía desde luego a la plena ciudadanía dentro de la nueva comunidad: no sólo se les mantuvo apartados del Gobierno, sino que hasta se les obstaculizó su actividad en las industrias de antiguo sometidas a traba gremial. Ello hizo que los recién llegados se vieran en la necesidad de buscar nuevas posibilidades industriales las que les fueron ofrecidas en forma de utilización de sus antiguas relaciones. Los correligionarios constituyeron una comunidad muy difundida. Pudieron introducir nuevos modos de procedimiento, que encontraron puesto junto a los antiguos de los gremios.

Ya indicamos la importancia que en la Edad Media tuvieron los comerciantes extranjeros, sirios y judíos al comenzar la Edad Media, y más tarde italianos y alemanes en el Norte y Levante. Petty llegaba hasta atribuir a los heterodoxos toda pujanza económica que se advirtiera en el siglo XVII. Entre tales desterrados se contaban también los judíos, expulsados de España a fines del siglo XV y después también de Portugal. SOMBART les asignó influjo esencial en la aparición del moderno capitalismo; e incluso decía que era preciso referir a ellos la actitud espiritual racionalista de los colonizadores del Nuevo Mundo. La mayor parte de los emigrantes se dirigió hacia el África septentrional y el Imperio Turco, comarcas que ciertamente no cabe denominar núcleo del moderno capitalismo. Algunos se dirigieron hacia el Sur de Francia; y a ellos hubo que atribuir el activo tráfico que se desenvolvió entre Languedoc y Marruecos. Otros marchaban al Norte y hallaron nueva patria primero en Amberes, luego en Holanda y Hamburgo y también más tarde en Inglaterra. Sin embargo, no se puede calificar de judía por ese motivo a la economía de Holanda ni aun a la de Inglaterra.

WÄTJEN hace notar que fue en 1657 cuando se reconoció a los judíos en los Estados Generales el carácter de súbditos y vecinos; desde entonces pudieron participar activamente en el tráfico holandés. Los hallamos en lo sucesivo poseyendo parte considerable de las acciones de la Compañía de las Indias Orientales. Pero aun entonces continuaron excluidos de la dirección de la Compañía. Tampoco cabe afirmar que tomaran parte los judíos en la fundación del Banco de Hamburgo; fueron más bien los ingleses quienes dieron lugar a ello, ya que pudieron someter a determinadas condiciones su establecimiento en Hamburgo. Pero también quedaron pospuestos a los holandeses, que juntamente con los naturales del país figuraban en primero línea en punto al número de participantes y cuantía de las sumas invertidas. Los holandeses intervinieron grandemente en el comercio de cereales y de maderas, que fue para Hamburgo durante los siglos XVII y XVIII el negocio más importante merced a sus relaciones con Levante y Sur.

En el imperio colonial holandés de Brasil tomaron posición importante los judíos en los años 30 y 40 del siglo XVII. Se sabe que en tiempos de Juan Mauricio de Nassau, un israelita de Pernambuco llamado Pinto poseía nueve ingenios de azúcar, 370 esclavos y 1.000 vacas de labor. Cierto que debemos estas noticias únicamente a la circunstancia de que en 1645, después de la marcha de Juan Mauricio de Nassau, atravesó "Nueva Holanda" una difícil crisis, y Pinto pidió auxilio financiero al verse agobiado por deudas superiores a 90.000 florines. Como veremos, la economía azucarera tuvo fundamental importancia para el desarrollo de las colonias. Se ha creído hasta ahora que los empresarios judíos habían montado por vez primera en 1492 y en San Tomé la fabricación del azúcar. Pero resulta que los judíos no llegaron a esta isla africana como empresarios, sino como esclavos, que en gran parte sucumbieron al clima. Cuando los portugueses arrebataron su imperio a los holandeses, tuvieron que huir los judíos. Entonces extendieron el cultivo de azúcar primero a Curaçao, pero también después a Barbados y de ahí a Jamaica. También eran tolerados los judíos en las islas de la India occidental francesa. En Norteamérica fueron admitidos por los holandeses cuando Nueva York se llamaba todavía Nueva Amsterdam; pero en los Estados de Nueva Inglaterra y en las colonias inglesas meridionales Virginia y Carolina no representaban papel alguno.

El hecho de que los grupos excluidos del gobierno se dedicaran especialmente a la vida económica, y, por tanto, en Holanda también los luteranos y los menonitas, no explica más que los fundamentos negativos del fenómeno. Pero ocurre que las condiciones económicas a que está atenido un grupo de hombres determinan también su carácter; así, los descendientes de los holandeses que fueron a parar con sus ganados a las tierras áridas del campo surafricano se convirtieron en una especial casta de hombres que no recuerda en absoluto los hábiles navegantes, sino que ostenta la peculiaridad de los pastores descritos en el Antiguo Testamento. Así muestra GOTHEIN en su Wirtschaftsgeschichte des Schwarzwaldes que la ventaja positiva de los hugonotes o los judíos respecto de la población allí establecida consistía en haber venido como buhoneros, adquiriendo merced a ello más cabal conocimiento de hombres y cosas. Tal era la situación de los locarneses, huidos por causa de su fe hacia los cantones evangélicos de Suiza: conservaron la unión con Italia y Francia y pudieron advertir en Zürich la ventaja de poder pagar en Lyon derechos aduaneros más reducidos conforme a lo dispuesto en la Paz Perpetua de 1516. Ello les permitió trasplantar a Zürich a fines del siglo XVI el sistema de empresa en la industria pañera que los Welser habían desarrollado en Lugano a principio de la propia centuria. Como los judíos sabían dar salida a los tejidos, se hicieron indispensables a los Hohenzollern Federico Guillermo I y Federico el Grande para el fomento de las manufacturas lanera y sedera. Pero también otros grupos supieron desplegar igual destreza. En la Compañía de las Indias Orientales, que en tiempos de Carlos VI emprendía viajes desde Ostende, participaban en gran medida fugitivos ingleses partidarios del pretendiente católico. Mercaderes italianos supieron asentarse, en el siglo XVIII, en la parte meridional de la Selva Negra. GOTHEIN nos describe cómo los propios campesinos de la Selva Negra formaron una de las más grandiosas organizaciones económicas ocupando sus horas de ocio en la fabricación de relojes. Por doquiera peregrinaban con sus sencillos relojes; en París aprendieron a perfeccionar la maquinaria, pero es la instrucción recibida en los Monasterios de la Selva Negra la que les había permitido perfeccionar el mecanismo musical. Así marchaban, no sólo hacia Italia, sino hasta la Corte del sultán, que supieron alegrar con sus relojes de cuco. Más tarde encontraron un importantísimo mercado en América, donde los emigrantes conservaban, con sus relojes de la Selva Negra, un fragmento del hogar en plena tierra extranjera.

Mas este buhonerismo explica únicamente la penetración del cálculo económico en círculos concretos de la vida económica, siendo así que ahora abarca pueblos enteros. La liberación de la energía económica guarda relación con el logro de la independencia política. La expansión del comercio italiano y alemán en la Edad Media nunca hubiera podido actuar tan persistentemente, de no haber estado amparados sus portadores por la libertad que habían sabido alcanzar en sus ciudades. Así la resistencia a la opresión española fue animada por la expansión económica de los holandeses. Se hubieran dado por satisfechos proveyéndose en Lisboa de las mercancías de Oriente; pero cuando los españoles se adueñaron también de Portugal, una vez extinguida la dinastía portuguesa, y opusieron dificultades a los holandeses en Lisboa, infringieron audazmente los privilegios de los portugueses. Fueron ellos mismos quienes emprendieron los viajes hacia las Indias Orientales y fundaron en las islas de la Indochina un Imperio mayor que el jamás poseído por los portugueses.

La vida económica inglesa no adquiere su carácter peculiar hasta la Revolución contra los Estuardos. Los puritanos combatieron el monopolio otorgado por la Corona; pero también suprimieron la paternal previsión de la Monarquía en favor de los más débiles. El principio fundamental de los disidentes era servir por igual a todo cliente, cualquiera que fuese su actitud política o religiosa. Es entonces cuando se colocan los cimientos de un mercado libre. La Revolución hubiera podido conducir de suyo a una organización autoritaria de la economía, y no faltaron intentos como los representados por los levellers (niveladores). Pero venció la idea que asignaba al individuo toda responsabilidad incluso en la vida económica, y fueron Libertad y Propiedad las bases distintivas de la economía inglesa en el siglo XVIII.

En Alemania las comarcas de las Diáspora calvinistas fueron sede del desarrollo capitalista. Una primera capa de inmigrantes llegó en el siglo XVI procedente de la Holanda meridional. Llevaban a Francfort y Hamburgo relaciones bancarias y nuevas industrias. La segunda oleada sobrevino cuando Luis XIV revocó en 1685 el Edicto de Nantes, que había consentido a los hugonotes franceses la práctica de su fe. El Gran Príncipe Elector replicó con el Edicto de Postdam, que les ofreció nueva patria en sus Estados.

Que pueden andar unidos el despertar espiritual y el racionalismo económico se muestra con especial claridad en el desarrollo del tráfico de los Hermanos Moravos, montado por Abraham Dürninger en 1747. Organizó la exportación directa de la lencería de Lausitz, enviada principalmente a las colonias americanas. No respetó el derecho de preempción de las ciudades, y pareció ante ellas como un perturbador de sus abastecimientos. Tampoco toleró pretensiones de los Municipios, sino que se consideró responsable únicamente ante el "Señor". Asentó así el negocio sobre bases tan sólidas, que las mercancías ultramarinas llegadas en viaje de retorno convirtieron también a Herrnhut en centro del comercio de artículos coloniales. Las ganancias aprovecharon al Municipio; pero éste no podía reclamar nada respecto del negocio. La conjunción de habilidad comercial y piedad, antes puesta en duda por los Padres de la Iglesia, adquirió aquí efectividad ideal.

Lo que al principio había tenido importancia accesoria se trocó más tarde en cuestión principal. Así como en un principio no quería el investigador estudiar la naturaleza más que para patentizar la sabiduría del Dios Creador, y conceptuó después la pesquisa como finalidad independiente, de igual manera para el negociante pasó a tener importancia principal la consecución de ganancias, sólo estimada al principio como indicio de crédito. La férrea voluntad y la razón metódica del puritano adquirieron valor como útiles condiciones previas para la eficacia del negocio. El lucro, tolerado al principio, fue ahora estimado; ya no se le conceptuó insania, sino certidumbre de salud.

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- La época del mercantilismo


+ La era de los descubrimientos y de las fundaciones coloniales

+ La fundación de una política económica del Estado

+ Plantaciones y propiedad territorial

+ La trabazón gremial

+ El Estado y la iniciativa particular en la era mercantilista

+ Estadística y seguros

+ El dinero y el balance comercial

+ Deudas del Estado y formación de capitales

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 158 - 163.