miércoles, 12 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (VI): infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval


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Constituye la cuenta un elemento esencial del capitalismo; y podemos advertir cómo va formándose sistemáticamente en la ciudad medieval.

Londres en la Edad Media y economia

Son antiguas las cuentas relativas a negocios. En los monasterios y fundaciones eclesiásticas se trata por lo general de mera administración del patrimonio. También las primeras cuentas de hombres de negocios tienen carácter doméstico en lo esencial. RÖRIG hace notar la importancia que tenía entre los mercaderes medievales consignar por escrito lo que al tráfico se refería. En el escritorio estaba el verdadero corazón del negocio. Mientras en Wisby trataban personalmente entre sí los comerciantes, fue posible a Lübeck, merced al carácter escrito del tráfico, dilatar más la red de éste y llegar así a convertirse en centro del comercio báltico.

Daba ocasión a la contabilidad el hecho de actuar en nombre o compañía de otro, así como la sustitución del pago al contado por el aplazamiento del precio de compra. No pocos libros mercantiles se ocupan sólo de negocios de crédito.

Al modo como el monje no trabajador para sí, sino por su monasterio, fueron separándose gradualmente la explotación del negocio y la economía familiar. Sobre todo, la firma o la ragione, la contabilidad, debía aparecer a una luz favorable. Esta diferenciación de casa y firma va estableciéndose, aunque, en verdad, no más que gradualmente. Todavía en los libros comerciales de los Médicis encontramos ciertos platos de repostería azucarada sentados en cuenta como remedio para dolencias de servidores del negocio.

En los negocios de crédito se abría a cada cliente una cuenta, conto. En el libro comercial de los almadreñeros de Nurenberg, años 1304 a 1307, los clientes se distribuyen por clases sociales. La mayoría del paño se vende a los clientes de la nobleza; siguen los compradores eclesiásticos y burgueses. En un principio se apuntaban cronológicamente las entregas a plazos y los descuentos tras el primer asiento. Cuando se liquidaban partidas, no se hacía más que tacharlas, práctica aún hoy frecuente entre comerciantes individuales.

Se logró un progreso esencial cuando se abrieron cuentas, no ya a los clientes, sino también a las mercaderías y a las diversas operaciones mercantiles. Así pudo desdoblarse la totalidad del proceso en las diversas partes constitutivas del negocio y poner en relación recíproca las cuentas individuales mediante transferencias de partidas concretas de una a otra cuenta. Así cuando se tomaba una partida de la Caja para equipar una expedición comercial (viaje a Siria), las cantidades aplicadas a la adquisición de mercaderías eran transferidas de la cuenta del viaje a la de mercaderías, en la que se anotaban después los adquirentes de cada partida.

La formación de estas cuentas reales permitió analizar todo el proceso, pero no proporcionaba visión general del conjunto. A ello ayudó una división al parecer completamente externa, en que, singularmente, a usanza veneciana, se escribían el Debe y el Haber no consecutiva, sino contiguamente. De ahí a nivelar ambos lados izquierdo y derecho no había más que un paso; este saldo de la cuenta se llevó a efecto mediante la Cuenta de pérdidas y ganancias; a su vez ésta fue referida a la Cuenta de capital.

Esta teneduría de libros por partida doble, en que cada negocio aparece duplicado, una vez en el Debe y otra en el Haber, va formándose poco a poco en Italia durante el siglo XIV. La importancia de este progreso respecto a la estructuración del negocio mercantil, puede equipararse al desdoblamiento mecánico del proceso de producción más adelante llamado a tener tanta eficacia. No era fácil, en verdad, pasar del análisis a la síntesis; aún hoy es difícil tarea la de presenta un buen balance. En los libros de comercio que han llegado a nosotros faltan inventarios regulares. Los balances no son sino balances en bruto. El cierre de los libros se efectuaba con mucha irregularidad, cuando se agotaba un infolio o se liquidaba una comunidad hereditaria. Con todo, en el Municipio de Génova, cuyos libros de 1340 son el primer ejemplo que hay de teneduría por partida doble ya perfeccionada, encontramos practicado un cierre anual; en las Compañías florentinas era corriente el efectuarlo cada dos años. La ausencia de cierre se explica porque se confiaba la contabilidad a tenedores que la efectuaban por sí mismos, y los dueños del negocio se reservaban la operación de cerrar los libros. Es, por consiguiente, necesario, para llegar a entender la totalidad, examinar el libro secreto, como el que conocemos de los Médicis.

BÜCHER ha pretendido presentar como totalmente insignificante el comercio medieval. Consideró que para la ciudad medieval lo esencial era el tráfico directo entre productor y consumidor. Es cierto que la ciudad intentó llevarlo a efecto, sobre todo en materia de abastecimiento de víveres: el campesino debía ofrecer a los burgueses, antes que a nadie, sus artículos en el mercado semanal; sólo después de atendida esta necesidad podía el revendedor adquirir el resto. Se procedía rigurosamente contra la compra de encargo, que se esforzaba en adquirir los productos agrícolas antes de ser enviados al mercado. SOMBART no llegó a negar la presencia de traficantes medievales, pero sí la posibilidad de adquirir patrimonio con los lucros; sólo creyó en la existencia de un comercio de estilo artesano en que el individuo podía darse por contento si conseguía ganar su sustento. Los libros de comercio y los papeles de negocios nos presentan un cuadro esencialmente distinto: nos permiten descubrir las imponentes ganancias que el comercio medieval consentía obtener e incluso capitalizarlas concretamente.

Hay lagunas aisladas en los datos que se conservan. Sabemos de relaciones mercantiles cuando las perturban depredadores o hechos análogos. Así algunos libros de comercio se han conservado tan sólo porque las firmas correspondiente se vieron en la necesidad de liquidar. A pesar de ello se ha conseguido obtener una visión de conjunto respecto de las rutas comerciales, los usos mercantiles de diversas plazas, los géneros en que se operaba y las monedas usuales. Pegolotti, de la Compañía florentina de los Bardi, empieza poco después de 1335 su Practica della Mercatura, describiendo con orgullo la expedición a China, y advierte que al penetrar en el Imperio Chino es preciso entregar el metálico y proveerse del papel moneda, único autorizado en China durante la dominación de los mongoles. Se ha conservado un completo archivo comercial en los documentos de Francesco Datini, de Prato. De modestos orígenes, logró en Aviñón una posición desahogada merced a negocios efectuados en unión de otras personas, aprovechándola después en su ciudad de origen para montar una gran explotación. Fue miembro de los gremios de la lana y de cambistas de Florencia. Tenía filiales en Pisa y Génova y fundó otra en Barcelona para la compra de la lana española. Desde 1393 introdujo en sus libros la partida doble. Además de la totalidad de los libros de cada filial, se ha conservado también la correspondencia comercial. Contratos de compañía, de seguros, letras y cheques nos muestran la base y la marcha del negocio.

Los negocios de crédito se consignaban en documentos públicos; de ahí que encontremos en los instrumentos notariales del Sur y en los libros municipales del Norte abundantes materiales descriptivos de su aplicación. En estos negocios se tomaba como punto de partida una suma fija que debía rendir beneficios. En Génova se encuentran desde mediados del siglo XII contratos de sociedad y de comandita entre capitalistas que permanecían en el país y empresarios que emprendían el viaje. En el primer caso, el que salía participaba también con capital, aunque en menor proporción, con un tercio, y las ganancias se dividían después por mitad; en la comandita, la totalidad del capital era aprontada por el que permanecía en el país, que podía reclamar a cambio tres cuartas partes de los beneficios. Como el que comanditaba podía tener participación en varias comanditas de esa especie, y el que salía podía suscribir una serie de tales contratos de suerte que éstos se repetían con regularidad, dejaban de ser negocios ocasionales y se convertían en base de negocios regulares. En las comarcas nórdicas representaban papel análogo las Sendeve, en que se confiaban bienes al que salía, y las Wedderlegginge.

Aquel creciente tráfico no cesó a pesar del continuo envilecimiento de los denarios, que cada vez eran de peor calidad. Se empezó a acuñar los grossi, moneda de plata que correspondía al solidus. En 1252 se decidió Florencia a acuñar también la libra como moneda de oro. Esta moneda, exornada con el lirio, y cuyo contenido de metal fino permaneció constante, vino a ser básica para el tráfico mercantil. Al florín florentino, fiorino, se añadieron los ducados venecianos, acuñados con la imagen del Dux, así como otras monedas de oro correspondientes a las antedichas.

La transferencia de monedas a otras plazas se dificultaba ante la inseguridad del tráfico, y sobre todo por causa de las prohibiciones de exportar dinero que dictaban las ciudades. Ello hizo que se desarrollase el sistema de liquidación mediante el tráfico cambiario. La letra llegó a ser en la Edad Media un instrumento mercantil de tal importancia a ser en la Edad Media un instrumento mercantil de tal importancia que un escritor la comparaba con el mar, sin el cual no hubiera podido moverse la nave del comercio.

No había dejado de haber antes mandatos y pagarés; pero lo esencial de la letra era lo riguroso de la acción y la rapidez con que podía hacerse efectiva la letra a su vencimiento. El librador de una letra se obligaba incondicionalmente a pago de una suma determinada, sin que se admitieran contestaciones sobre el origen del negocio. A esta obligación del librador respecto de la letra se sumó la indicación al amigo comercial de otra plaza para que pagase en nombre del primero. En vez del "pagaré" apareció ahora el "páguese". El acreedor que, por ejemplo, había entregado dinero al librador o a quien por algún concepto éste adeudaba alguna cantidad, enviaba la letra a su amigo comercial en la plaza del librado. Encontramos, por tanto, cuatro personas en la letra medieval: el librador, el librado, el remitente y el presentante. Fue en el siglo XVI cuando la letra adquirió mayor movilidad mediante la posibilidad de transferencia in dorso, el endoso. Pero como las letras coincidían en determinadas localidades y a plazos determinados, pudo surgir ya en la Edad Media un gran ahorro de dinero. Del alcance de este tráfico cambiario nos ofrecen gráfico cuadro los compromisos otorgados en Génova con ocasión de la Cruzada de San Luis. Génova financió mediante esas letras su importación pañera de las ferias de Champaña.

Además del tráfico cambiario se desarrolló en el siglo XIV el negocio de seguros. Ninguno de ambos constituía aún la base de profesiones independiente; el comerciante individual los explotaba juntamente con su negocio de mercaderías. Pero como ahora podía confiarse a dos clases diversas de negocio lo que en la antigüedad había efectuado el préstamo marítimo, se logró mejorar notablemente los métodos comerciales. Mediante el seguro podía el mercader precaverse contra los riesgos de tempestades y piratería que amenazaban a sus géneros. La letra servía a su crédito, se tomaba generalmente de feria a feria, es decir, por tres meses, dado que las ferias se sucedían por períodos trimestrales. En este tiempo podía el mercader confiar reembolsarse de su dinero mediante la reventa de sus mercaderías. El seguro le protegía contra la eventualidad de incumplimiento. Así ambos negocios se completaban.

El comerciante tenía que preocuparse del despacho de sus artículos al por menor, porque sólo entonces se integraba la ganancia del negocio; de aquí que el mercader traficante en tierras lejanas estuviera interesado en la venta al detalle. El comercio individual en su ciudad natal lo disputaba por su privilegio más importante, como ocurría con los sastres; pero también se intentaba conquistar este privilegio en países remotos luchando contra la oposición de los comerciantes nacionales, como lo hicieron las Hansas en sus establecimientos. Cierto que al cabo del tiempo la explotación del comerciante detallista residente se separó del comercio al por mayor, limitado al tráfico lejano. RÖRIG puede mostrarnos en el siglo XIV este proceso con todos sus pormenores respecto de la importación pañera de Lübeck. En Florencia se ocupaban en él los Bardi y los Peruzzi, dedicados al comercio de lana y paños al por mayor, pero no al de minoristas. Lo mismo sucedía con la gran Sociedad de Ravensburg, en el Wurttenberg meridional, que en el siglo XV exportaba a España lencerías de las comarcas del Lago de Constanza y traía azafrán de España e Italia hasta Polonia.

Es propio del modo de pensar capitalista el audaz arrojo que va ganando terreno desde el tiempo de las Cruzadas y que lo mismo llega a China por vía terrestre que planea la circunnavegación de África; pero este arrojo va unido a frío cálculo. Encarnan muchas veces esta unión las casas sociales excluidas del gobierno de la ciudad; en Asti, los nobles expulsados de la misma, que se difunden por doquiera como arrendatarios de contribuciones, cambistas y prestamistas. Son los que especialmente pasan como Caorsino, por usureros. En Génova son los nobles excluidos de accesión al cargo de Dux desde 1339 los que con especialidad se dedican al negocio bancario. También Cosme de Médicis puso los cimientos del aumento patrimonial familiar mientras estuvo desterrado en Venecia.

La multiplicidad de ramas de negocios puede ir observándose con singular claridad en las firmas florentinas. Es evidente que procuraban captar los clientes más poderosos mediante buenos suministros y anticipos. Así ayudaron a la Casa de Médicis los servicios prestados al Papa Juan XXIII, y también a sus sucesores. Hallamos a los Médicis como proveedores de las Cortes de Milán y Brujas; tienen sus filiales en Londres y en Lyon; además participan en el comercio marítimo de Pisa y sostienen talleres de paños de lana y tejidos de seda en Florencia.

No cabe negar rasgos capitalistas al comercio de la Edad Media, pero destacan éstos especialmente en lo industrial.

La idea del gremio era la de proporcionar al maestro individual una posición independiente. El gremio exigía un saber medio, que había de adquirirse a través de un largo aprendizaje de hasta siete años. Cuando terminaba este período de instrucción, el aprendiz se convertía en compañero, en oficial, es decir, en un hombre que ya entendía su arte, pero que todavía permanecía en la casa del maestro. El compañerismo era una situación puramente transitoria. El oficial podía aspirar a establecerse como maestro independiente cuando contrajese matrimonio. Era aspiración del gremio que la amplitud de bienestar propugnada para sus miembros se distribuyera entre ellos con la posible igualdad. Así, las materias primas no debían redundar en provecho individual, sino que el gremio las proporcionaba en común, y otorgaba a sus miembros el derecho de accesión, el de participar en un gran encargo que, por ejemplo, hubiere obtenido un individuo. Igualmente debían las probabilidades del despacho distribuirse por igual. El vendedor individual no debía salir de su tienda para ahuyentar a los clientes de su vecino. Sobre todo, debían seguir distribuyéndose por igual los medios de producción. Al tejedor individual habían de permitírsele a lo sumo dos telares.

Pero este cuadro ideal del gremio no se logró en todas partes. Las matrículas de contribución muestran en París, a fines del siglo XIII, grandes diferencias de ingresos entre los artesanos. Fácil es advertir que un sombrerero que fuese, por ejemplo, proveedor de la Corte o de la aristocracia, se hallaría en situación más favorable que sus compañeros más modestos. En Görlitz poseían depósitos en el siglo XV sólo una tercera o cuarta parte de los fabricantes de paños; los demás dependían de ellos en la venta al pode menor.

A esta diferenciación en el gremio se añadía la diversa posición atribuida a cada gremio en el proceso de producción. Allí donde estaba dividida la producción, como ocurría en la industria textil, preponderaban los que, por hallarse al principio o final del proceso, se relacionaban directamente con el mercado. Así los traficantes en lanas hicieron que los hilanderos dependiesen de ellos. Los tejedores disfrutaban de una posición más favorable que la de los hilanderos, en su mayoría desparramados por todo el país. Mejor era la situación de los tintoreros, porque daban al paño su esplendor final. Pero todos corrían el riesgo de depender del mercader de paños, en cuyas manos estaba el dar salida al género. Especialmente allí donde este despacho era en tierras remotas, tenía el comerciante ventaja sobre el artesano por razón de su conocimiento del mercado, y aquí se convertía frecuentemente en Verleger (1) de la industria.

Este tránsito fue paulatino. El gremio, que en sus orígenes se había defendido sobre todo contra influencias feudales, se opuso con varia fortuna a este desenvolvimiento "capitalista". Al principio no le había interesado al propio comerciante una situación fija de empresa. Podía intentar adquirir en cada caso la producción industrial. Tal es el caso en la industria rusa de kustar. Análogamente vemos en Douai a Jean Boine Broke realizando negocios mediante la venta de la lana y la compra del paño.

El avance de esta especie de empresa se puede observar con singular claridad en la industria sedera genovesa. En el siglo XIII había sido Luca el centro de la producción sedera. Cuando los disturbios políticos sobrevenidos en tiempo de Castruccio Castracane hicieron desagradable para los burgueses la estancia en la ciudad, se ausentaron, llevando a otras ciudades su pericia industrial, y llegando hasta París y Londres. En Génova había habido ya tejedores de seda. Los recién llegados se organizaron en 1432 como gremio empresario, pero no consiguieron que sus pretensiones prevalecieran en todas partes. Cierto que los hilanderos, especialmente mujeres de los arrabales, no alcanzaron hasta 1598 derechos limitados. Pero los tejedores pretendían tener derecho a poder trabajar con dos telares por su propia cuenta, in civitate civibus, es decir, para el mercado interior, mientras para el mercado extranjero se concedió el privilegio a los empresarios. Los tintoreros hicieron prevalecer íntegramente sus estatutos incluso frente a los empresarios, prohibiendo a estos últimos la importante industria del tinte en rojo.

He aquí cómo el gremio de artesanos, aun no proveyendo directamente a la clientela, sino a un empresario, acierta a crearse una posición más favorable. Lo mismo se puede observar en la comarca de Lausitz, donde el Concejo y gremio de tejedores de lienzo y pañeros apoyan la celebración de contratos colectivos con los empresarios de Nurenberg. A fines del siglo XV la casa augsburguesa de los Welser era empresaria de la producción pañera de la ciudad de Friburgo, de Suiza.

El antagonismo de vendedores y tejedores llenó en el siglo XIV ciudades alemanas, como Estrasburgo y Colonia. En Francfort hallamos en el siglo XIV comercio artesano y comercio de los artesanos. Los tejedores de lana expanden por sí mismos sus mercaderías. El tráfico de ganados está en manos de los carniceros. En el siglo XV aparece un comercio lejano explotado por sociedades, especialmente en lana e índigo alemán (Waid), que hace al artesano dependiente de ellas.

Profundos eran los contrastes sociales en Flandes. La clase alta de las ciudades era partidaria, a fines del siglo XIII, del señor lejano, del rey de Francia. El conde de Flandes pudo apoyarse en los tejedores. En la batalla de Courtrai fue quebrantado en el año 1302 el poderío del patriciado. De ahí que el conde abriese el puerto de Brujas a los mercaderes extranjeros. Pero tampoco ahora pudieron los tejedores prevalecer como maestros independientes; fracasaron los esfuerzos a ello encaminados. Más tarde vemos al conde aliado con los pañeros que prefieren a los tejedores del país, mientras al fin sucumbían los tejedores de las ciudades de Iprès, Gante y Brujas, que intentaban limitar la industria a las ciudades.

El gremio, que originariamente abarcaba los maestros de una industria determinada, logró consideración muy distinta allí donde los gremios alcanzaron importancia política. Dada la diferencia de fuerza entre los varios gremios, hubieron ahora de agruparse con frecuencia profesiones completamente diferentes para constituir una corporación política que actuase en su defensa en punto a elecciones, impuesto y servicio militar. Donde los gremios no alcanzaron derecho político alguno encontramos gran cantidad de ellos; allí donde se convirtieron en asociaciones políticas, es menor su número: de una a dos docenas. En Génova hay, a principios del siglo XV, 80 gremios; en París, más de 100; en cambio, había sólo 13 en Zürich y 20 en Estrasburgo. En Florencia alcanzaron el año 1282 los llamados siete grandes gremios el gobierno de la ciudad; se agregaron a ellos en 1284 los cinco gremios medios, y en 1288 las nueve arti minori. Cuán intensa era la diferenciación económica entre los gremios se patentiza en que, con ocasión de un reparto de tributos del año 1321, el gremio lanero florentino hubo de satisfacer 4.300 florines, mientras el inmediato de Porta Santa María, en que estaban los tejedores de seda, no tuvo que aportar sino 850 florines, y sólo 150 los peleteros.

Florencia muestra también otro desarrollo del gremio. Mientras en los arti minori estaban representados artesanos y comerciantes de por menor, eran los grandes gremios una unión de traficantes y empresarios. La expresión mercator adquirió nueva significación: se calificó ahora de tales a los traficantes y empresarios (Verleger), por oposición a obreros. También en Génova había, entre los aurífices, mercatores frente a laboratores. Al principio, Florencia había importado de Francia paños flamencos: los que traficaban con este paño se denominaban, según la calle en que se hallaban establecidos, Calimala; al lado de ellos adquirió en el siglo XIII creciente importancia el gremio de los empresarios de la industria de paños de lana (mercatores artis lanae) que traficaban en lana extranjera, principalmente inglesa. La industria sedera estaba agrupada con otras en el gremio Porta Santa María; además pertenecían a los grandes gremios los peleteros, médicos, especieros, cambistas, y los jueces y notarios.

El gremio florentino de la lana era un gremio empresario que ejercitaban sin miramiento alguno sus derechos respecto de los obreros. No tenían derechos independientes y estaban sólo sottoposti al gremio de empresarios. La preponderancia económica de los empresarios estaba, pues, reforzada por este poderío político. Es peculiar la reacción contra este estado de cosas. En la rebelión de los Ciompi de 1378 exigieron los cardadores de lana y los tintoreros que se les diesen también derechos gremiales y con ello participación en la potestad política. De hecho se instituyeron tres nuevos gremios, de los cuales, empero, el de cardadores sólo pudo mantenerse poco tiempo, y los tintoreros únicamente tres años. Frente a las sublevaciones de esclavos en la antigüedad, ésta patentiza la forma peculiar de los movimientos obreros en la Edad Media.

Las infiltraciones capitalistas no se hallan sólo en la industria pañera, sino también en el negocio marítimo. De la comunidad de mareantes brotó la autoridad del capitán sobre los tripulantes; frente a ellos están los propietarios del buque, los armadores. Para aportar el capital necesario se aplica también aquí la forma de sociedad; la propiedad del buque se divide en fracciones ideales, llamadas loca en Génova y partes de buque en el Norte. Un medio de utilizar el empresario o armador su prepotencia económica consistió en pagar los salarios en la moneda fraccionaria que iba envileciéndose. Contra ello se rebelaron en 1339 las tripulaciones de la escuadra que los almirantes genoveses habían puesto a disposición del rey de Francia. Esta sublevación se propagó al territorio genovés y acarreó el derrumbamiento del régimen aristocrático. Es verdad que tampoco llegaron aquí al poder los artesanos y los obreros, sino las capas recién advenidas del comercio lejano. Mientras antaño habían figurado los gibelinos Dorio y Spinula frente a los güelfos Fieschi y Grinaldi, ahora lo fueron los Adorni y Fregosi.

Otro campo en que se formaron antagonismos capitalistas fue la obtención de sal y la minoría. Originariamente habían sido aquí al mismo tiempo titulares de derechos los propios obreros. Pero después aquéllos hicieron uso de su derecho utilizando trabajo ajeno. Estos derechos se convirtieron en partes transmisibles de capital. Los eclesiásticos, los canónigos de Hamburgo y Lübeck, adquirieron los derechos de beneficiar la salina de Lüneburg, mientras los maestros atendían a la obtención de la sal, con oficiales a sus órdenes. En los Municipios mineros a los cuales habían otorgado al señor territorial o el rey el derecho de explotación, se distinguía entre gremios, con sus participaciones en el sindicato, y mineros. De igual manera, los cerveceros por derecho de sucesión, los burgueses cuyas casas poseían el privilegio de fabricar cerveza, no lo ejercían por sí mismos, sino que hacían se ocuparan de ello los mozos de trabajo. En las organizaciones de tales operarios, más que en las agrupaciones de oficiales, es donde hemos de ver los comienzos de un movimiento obrero.

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(1) Es difícil dar una versión exacta de los conceptos cuando se intenta únicamente atenderse a los vocablos, porque con frecuencia se escogen éstos según el aspecto enfocado en el hecho, acto o institución de referencia, variables según el temperamento de cada pueblo. Verlag es normalmente, y ha venido siendo en Alemania, la palabra cuya correspondencia española es edición; y la palabra Verleger había de equivaler la de editor. Pero, especialmente a partir del estudio de CARLOS BÜCHER sobre los sistemas de explotación industrial en su desenvolvimiento histórico, empezó a abandonarse la denominación de Hausindustrie para aquella forma en que el artífice sigue trabajando en local propio, y en que, o bien el empresario anticipa al pequeño productor el precio de venta de sus productos, o le suministra al propio tiempo la primera materia y le abona salario por pieza, o bien es ya propiedad suya y no del artesano el principal instrumento de trabajo (telar, máquina de coser, etc.). El Verleger, dice BÜCHER, lleva a veces el producto al mercado mundial; otras lo vende en su propia tienda de la ciudad; acaso el artículo sea entregado por el artesano ya listo para uso o consumo, o sea necesario darle algún toque final; quizá el mismo artesano se califique de maestro e incluso tenga oficiales y aprendices; siempre sucederá que este industrial está alejadísimo del genuino mercado de su producto y del conocimiento de las condiciones de salida de aquél. Esta nota, no la puramente externa de sitio donde la actividad se ejerce, es lo que resulta verdaderamente trascendental.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ El señorío territorial

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La fundación de la ciudad medieval

+ La esencia de la economía de ciudad en la Edad Media

+ El Estado y la economía de circulación en la Edad Media

+ Los empréstitos municipales y el mercado de capitales

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 114 - 125.