viernes, 7 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (IV): la fundación de la ciudad medieval


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La continuidad de desarrollo no quebró por completo en la vida de ciudad, ni aun a causa de las invasiones del siglo V. En la época del Humanismo se afirma de buen grado la relación con la Edad Antigua. Más de un nombre, como el de los cónsules, se enlaza a sabiendas con la tradición de la antigüedad. Sin embargo, a partir del siglo XII, algo nuevo ocurrió en la ciudad. Al paso que la ciudad antigua había nacido por la concentración de los señores territoriales y constituyó el centro de consumo de Imperios conquistadores, surgió en la Edad Media la ciudad como una comunidad que luchó por sus derechos frente a los poderes feudales y al abrigo de sus murallas otorgó independencia al comercio y a la industria.

Ciudad medieval e historia economica

La expirante antigüedad conoció, no sólo la administración autónoma de las ciudades, sino también la agrupación gremial de los artesanos. Mas ¡cuán poco corresponden las agobiadas circunstancias de la antigüedad a la consciencia de las ciudades y gremios, que en la Edad Media procuraban fraguar su propia suerte! Cierto que en la ciudad medieval se ven bullir derechos del señor local, e incluso del territorial; pero es un error pensar que su desarrollo procede del derecho señorial. La fundación de las ciudades era llevada a efecto por el señor de la ciudad. Aún discurría el tráfico por cauces económico-naturales: así, por ejemplo, en las puertas, el dueño del fielato percibía un puñado de pescado del contenido en cada cesta, o la duodécima pieza de las espadas que se traían. Si, según el derecho municipal más antiguo de Estrasburgo, deben los artesanos satisfacer al prelado tributos en especie; si cuando van a Palacio deben abastecer al señor los peleteros, herreros, zapateros, guanteros, guarnicioneros, espaderos, etcétera, estos tributos se le deben, no en concepto de señor territorial, sino porque lo es de la ciudad. De Pavía, la antigua corte longobarda, se sabe por el Liber honorantie civitatis Papie que los artesanos formaban allí una clase con sus magistri, a las órdenes del Camerarius, y que, a semejanza de lo que ocurría en Estrasburgo, Tréveris, Basilea, venían obligados a prestar determinados servicios. DOREN ve, con razón, en estas exacciones un aprovechamiento de derechos señoriales públicos. Se trataba de un estado de transición en que el soberano ya no se abastecía tan sólo mediante sus propios dominios, pero aún se dirigía todavía al mercado libre para atender a sus necesidades.

Tampoco faltaba el tráfico en la época en que el señorío territorial constituía el cuadro económico. Mercaderes ambulantes, buhoneros, aportaban ocasionalmente joyas y atavíos. El culto divino necesitaba incienso y ornamentos, que sólo de Oriente podían venir. Por eso vemos desde el principio desempeñando gran papel entre los mercaderes extranjeros a sirios y judíos, que ya habían aparecido en las postrimerías del Imperio Romano. Traficantes judíos traían esclavos prisioneros de guerra desde los confines eslavos hasta las Cortes de España. Al modo como antaño los fenicios y los helenos, en los tiempos de Homero, surgían ahora los vikingos, ya como traficantes, desde lejanas costas, o ya como piratas, cuando advertían la debilidad del extranjero. Los vikingos eran campesinos que también avanzaban conquistando, a las órdenes de sus caudillos. Así llegaron por el Báltico hasta Rusia, donde fundaron el Reino de Kiew, marchando de allí a Bizancio. En Occidente, los normandos, no sólo arraigaron en Francia pasando victoriosos a Inglaterra desde Normandía, sino que llegaron hasta el Mediterráneo, conquistando desde Salerno hasta la Italia meridional y Sicilia. Junto a los normandos aparecieron los frisones como auténticos negociantes campesinos, que llevaban tejidos, producto de la laboriosidad doméstica rural.

Los traficantes extranjeros representaron gran papel en las primeras fundaciones urbanas. En las ciudades renanas se dedicaban barrios especiales a los judíos, lombardos y frisones, tal como en Ratisbona, Mercatores, id est, Iudei et ceteri mercatores, se dice a comienzos del siglo X en la Weistum de Raffelstetten. A estos extranjeros, menos importantes por su número que por la especial índole de su negocio como traficantes y artesanos ambulantes, se agregó pronto la gran masa de indígenas. En Westfalia podemos seguir la llegada de comerciantes que procedían de las aldeas.

Nos hallamos, por tanto, ante una capa demográfica que no estaba encerrada en el marco rígido de la repoblación rural y señorial. Pero, ¿hemos de representarnos a los antepasados de la burguesía, según siente PIRENNE, como vagabundos y aventureros? Es verdad que no necesitaban poseer patrimonio, ni creo que en las borrascas de las invasiones se salvaran grandes tesoros de la antigüedad. Además, los judíos eran frecuentemente víctimas de saqueos y hasta los venecianos que se ponían a salvo en sus islas podían felicitarse de haber llegado con vida.

Es exacto que el mero cultivo de la tierra podía rendir sobrantes. Pero no se dice al propio tiempo que únicamente a los señores era dado hacer que fructificasen, merced al comercio, estos sobrantes, y que se alzaban en la Edad Media prejuicios de clase. Sabían, ciertamente, calcular los eclesiásticos: vemos al Monasterio de Eberbach vendiendo su vino en Colonia. Tampoco era extraño a los señores eclesiásticos el prestar; mas la Iglesia se oponía doctrinalmente a la percepción de intereses. La propia curia encomendaba a los comerciantes la recaudación de sus impuestos y el atender a sus necesidades. Era ciertamente posible granjear en ello cuantiosos provechos, así que el pertenecer a los comerciantes de la curia, Mercatores Romanam curiam sequentes, era el objetivo más codiciable. Pero no fue Roma quien floreció merced a estos negocios, sino Placencia, Siena y Florencia.

De igual manera, impedía al señor laico su vida caballeresca que se dedicase al comercio; había de entregar a los mercaderes los superávits que obtenía para sufragar unas necesidades que sólo era posible satisfacer desde el Extranjero. Al utilizar éstos el crédito de los señores territoriales, pudieron pasar, de mandatarios de los mismos, a negociantes por cuenta propia, que, en definitiva, disponían incluso de recursos que a su vez podían poner al servicio del señor territorial, si éste se veía frente a gastos extraordinarios causados por viajes a la Corte, matrimonio de los hijos o caída en cautiverio. Tal ascenso desde las situaciones más modestas se nos describe en la vida de San Godrico de Walpole, en Norfolk, hacia 1100: prevaliéndose de las diferencias locales de precios, llegó, de buhonero, a propietario de barcos que navegaban de Escocia a Dinamarca y Flandes, hasta que entregó sus bienes a los pobres y se retiró a hacer vida eremítica en Finchale, Nortumberlandia.

La antítesis entre los conceptos de la vida que tenían el mercader y el caballero resplandece claramente en la vida de San Gerardo, conde de Aurillac. El conde había efectuado unas compras en una peregrinación a Roma; de regreso había acampado en Pavía, saliendo entonces de la ciudad algunos mercaderes venecianos y de otras localidades para ofrecer sus géneros. Los comerciantes vulgares iban de acá para allá por entre las tiendas de campaña; los más distinguidos obtuvieron una audiencia del conde. Este explicó que se había abastecido en Roma, pero pregunto si había hecho buena compra con los ropajes allí adquiridos. Cuando el veneciano le replicó que hasta en Constantinopla habría tenido que pagar más, se sobresaltó el conde y remitió al vendedor, con un romero, la diferencia entre lo que él había pagado y la tasación hecha por el veneciano.

No sólo desde círculos campesinos, sino también desde los nobiliarios, podía ir integrándose la nueva clase social de los mercaderes. Es más: puede verse en los hijos menores de los nobles un elemento esencial de tal clase social en formación. El tesorero del obispo, o quienquiera que estaba llamado a cuidar de las adquisiciones y ventas de príncipes o señores, se libraría frecuentemente del nexo feudal para dedicarse al negocio independiente. En tales ministeriales ve KUSKE un núcleo importante de la nueva clase. También UNWIN indica la posibilidad de un desgajamiento de la clase nobiliaria. En la Casa de Hirzel, de Zürich, es perceptible esa transición.

Hasta su sojuzgamiento por los normandos en 1073, tuvo Amalfi en el comercio de Levante una situación destacada, antes de las Cruzadas, como miembro del Imperio Bizantino. Su ciudadano Mauro y el hijo de éste, Pantaleón, son, según la tradición recibida, mercaderes distinguidos; tienen casa en Constantinopla y fundan hospederías en Antioquía y Jerusalén; Pantaleón consagra a la iglesia de su ciudad natal y San Pablo, extramuros de Roma, puertas magníficas que labraron broncistas bizantinos. Por vía de Amalfi llegaron entonces a Roma los magníficos tejidos y artículos de Oriente.

En Venecia imperaba la antigua nobleza de los primeros inmigrantes. En Génova vemos a los Spinula que, de antiguos vizcondes, empleados del señor de la ciudad, se truecan en representantes del Municipio. Los Doria provenían de Provenza. También los comerciantes alemanes fundadores de las ciudades bálticas precedían a las fuerzas montadas no libres, merced a su cualidad de hombres libres capaces de llevar armas.

El mercader debía salir armado para sus expediciones; es más: para los viajes comerciales se reunían varios, a fin de afrontar juntos los peligros de la excursión. Las vías terrestres y marítimas se recorrían en caravanas. Al modo como aquí se llega a un acuerdo cooperativo de los comerciantes, se concierta el Municipio ciudadano como Hermandad, Fraternitas, para sostenerse frente a las potestades feudales.

Tampoco dejó de estar regulado el tráfico en la época esencialmente caracterizada por el señorío territorial; lo prueba la nueva ordenación de las cuestiones monetarias hecha por Carlomagno. Los merovingios habían acuñado todavía monedas de oro a tenor del modelo romano; Bizancio y los Estados árabes prosiguieron la acuñación. Pero Carlomagno estableció el patrón plata para el Occidente; la libra monetaria de plata se dividió en 20 chelines, y cada uno de éstos en 12 dineros, división que rigió en lo sucesivo. Al principio se acuñaron únicamente dineros o peniques. Así, la moneda quedó habilitada, no sólo como medio de pago, sino también como base contable. Cuando vemos las exacciones evaluadas en dinero, no quiere ello decir que se satisfacían también con él. Alarico había exigido a la ciudad de Roma oro, plata, ropajes de seda y pimienta. En el Imperio Franco se podían pagar las tres libras de servicio militar lo mismo en oro y plata que en armas, paños o cabezas de ganado. En las compras de inmuebles se pagaba con dinero o en mercaderías, armas, vestidos o caballos. Un impuesto que los normandos exigían en 860 debía ser satisfecho por el tesoro de las iglesias; después, por la propiedad inmueble, repartido por hufen, pero también por los traficantes, por muy pobres que fuesen; evaluando, al efecto, casas y menajes. Un tributo de 4.000 libras, percibido en 866, podía hacerse efectivo en plata o vino.

Que tampoco en épocas de economía natural podía prescindirse de préstamos, lo demuestran las medidas de Carlomagno, en 806, contra la usura, bajo la cual sufrían entonces otra vez los labriegos. Prohibió cobrarles intereses por el dinero y por el trigo.

Reyes y señores locales trataron de otorgar, en los siglos XI y XII, mayor importancia al comercio, hasta entonces exiguamente representado, cooperando a que los Mercatores se establecieran en las ciudades con carácter permanente. Los nuevos centros de población se diferenciaban de los antiguos por razón del mercado. La ciudad no era una aldea, por más que en determinadas circunstancias la concesión del derecho de ciudad no ayudase a lograr la deseada pujanza. El área que se concedía en las ciudades a los pobladores era considerablemente menor que una hufe campesina. Es verdad que las ciudades poseían terrenos, monte y dehesa comunales, y que también tenía importancia para el presupuesto burgués la cría de cerda; y hasta podía acontecer que la ciudad adquiriese tanta propiedad campestre, que resultase fundamental para ella la producción agraria. Pero tales ciudades agrícolas no constituían la esencia de la ciudad medieval, donde eran más bien el comercio y la industria las ramas principales de abastecimiento.

La ciudad podía agregarse a un castillo o a una sede episcopal, pero era algo diferente de un castillo o de un monasterio. En algunos planos de ciudades vemos aún hoy el municipio burgués separado del castillo por murallas especiales, como, por ejemplo, en Friedberg, en Nurenberg y en Reval. Es también frecuente que la sede episcopal y la población burguesa tengan cada una su propia historia, como en Constanza, Chur, Hildesheim, Lübeck y Hamburgo.

Los mercaderes ambulantes tuvieron, al principio, un mercado anual en que se congregaban durante unos días al año, amparados por la Paz del Rey; ahora se instituyó en la ciudad un mercado permanente. En todo tiempo era posible abastecerse en las tiendas de los artesanos o vendedores que uno eligiera. La propia ciudad creó mercados semanales en que se cambiaban los productos de las tierras comarcanas por los de la industria local. Así pudieron cesar al mismo tiempo las reuniones anuales. Cuando adquirieron importancia mayor, se las denominó ferias. Una ciudad, de suyo pequeña, como la Francfort de la Edad Media, o, desde el siglo XVI, Leipzig, veía durante las ferias a muchas gentes extrañas cobijadas por sus murallas.

También se asignaba a los mercaderes un barrio especial allí donde la ciudad tenía como base antiguos núcleos de población; así ocurrió en Colonia con la Martinstadt s. el Rin. Al crearse nuevas unidades burguesas en el Este, se trazada previamente su plano, tomando el mercado como centro. La Casa Ayuntamiento y la iglesia del mercado se alzaban en medio de la ciudad, como, por ejemplo, en Lübeck o en Breslau.

Algunas ciudades se proyectaban como plazas fronterizas o centros administrativos, y, en consecuencia, podían contener una población militar. Junto a la calle de los Caballeros (Ritterstrasse), alude la de los Ricos (Reichenstrasse) a la población comercial, mientras las de Peleteros, Herreros, Horneros, Torneros, designan la población artesana.

Se conferían al Señor de la ciudad derechos de aduanas, moneda y jurisdicción. El Estado favorecía la fundación de ciudades para obtener exacciones en dinero de la circulación, cada vez más activa, y que resultaban más útiles que las exacciones en especie procedentes de los señoríos territoriales. Los derechos de puertas se percibían como tasas de escolta, en calidad de indemnización por la protección jurídica que proporcionaba el Señor de la ciudad. De igual manera se convirtió en fuente de ingresos el otorgamiento de la paz jurídico en el Tribunal del mercado. El señor del mercado había de procurar elementos exactos de pesar y moneda que permitiesen cumplir con medida igual todas las obligaciones. La forma de hacer uso de este derecho el señor consistía, por ejemplo, en exigir en cada mercado anual que únicamente se empleara su propia moneda.

Además de los Obispos, se distinguieron en Alemania los señores temporales en la fundación de ciudades. Enrique de Lovaina fundó Lübeck, Munich y la Ciudad Nueva de Brunsvic. Los Zähringos fundaron Friburgo de Brisgovia, Berna y Friburgo de Suiza. Pero, a la larga, trató el Municipio ciudadano de hacerse independiente del señor de la ciudad, implantar su administración propia y encargarse por sí mismo de la jurisdicción, los tributos, los derechos de puertas y la moneda.

Las ciudades lograron, en Italia y en Alemania, declararse políticamente independientes gracias a la escisión del Poder central. En las luchas entre el Emperador y el Papa se alzaron las ciudades alemanas contra sus señores eclesiásticos y se convirtieron en ciudades imperiales. El Obispo de Estrasburgo fijó su residencia en Zabern; el Arzobispo de Colonia, en Bonn. Por el contrario, en Italia hallaron las ciudades en la curia sus principales valedores contra los funcionarios imperiales. Allí donde se robustecía la potestad del Estado, se dirigió ésta contra la independencia de las ciudades: si Federico II hubiera logrado dar remate a la organización de su Imperio, no hubiera quedado en pie gran cosa de la independencia de las ciudades; Nápoles pudo alcanzar los máximos privilegios en la época de los débiles Anjous.

A la lucha contra el señor de la ciudad se sumó el intento de someter económicamente a la ciudad la tierra llana circundante: importaba mucho a la ciudad saber francos los caminos que a ella conducían. Para ello hubieron de abatirse los castillos de los caballeros que dificultan el tráfico: Friburgo de Brisgovia se abrió así paso hacia el valle de Höllen; los ulmenses se apoderaron del condado de Helfenstein; Hamburgo se aseguró, frente a Sajonia-Lauenburgo, la desembocadura del Elba, y, federada con Lübeck, la comarca de Vierlande. Intentó también la ciudad ceñir la actividad del campo a la producción de víveres y materias primas: no podía celebrarse mercado alguno en las cercanías; la actividad industrial, como, por ejemplo, la fabricación de cerveza, no era permitida más que en el recinto de la ciudad.

Con tales afanes no podían dejar de sobrevenir discordias entre ciudades colindantes, a propósito de la expansión de sus zonas de influencia. Hallamos por doquiera colisiones de esta índole, que fueron singularmente acres en Italia: recuérdense las luchas entre Florencia y Siena, Milán y Como, Venecia y Génova; pero también hubo ardentísima rivalidad entre Goslar y Brunsvic; y los de Lübeck intentaron, en el siglo XIII, impedir el progreso de Stralsund destruyeron la ciudad. El resultado de estas luchas pudo ser causa de que si en un principio se dilataba el radio de relaciones mercantiles de una plaza, se redujera después a círculo más estrecho. Así, los maguntinos habían traficado al principio llegando al mar, hasta que Colonia se reservó la navegación río abajo. Igualmente, los ratisbonenses habían extendido, al comienzo de la Edad Media, sus viajes muy hacia el Este, hasta que Viena, con su derecho de depósito, les obligó a detenerse ante sus murallas, afirmando tener el privilegio de comercio con Hungría. Pero también algunas ciudades acertaron a mantener sus derechos de depósito: lo lograron, sobre todo, las ciudades marítimas. Venecia había desplazado, en el siglo XIII, a sus rivales adriáticas, como Rávena y Ferrara, reservándose el comercio con Levante. Asimismo pretendió Génova que el viaje a Córcega desde las costas ligures no se efectuara sino por su puerto. Las ciudades agrupadas en el Hansa pugnaban en el Norte por tener el privilegio de la travesía de Oeste a Este desde sus plazas de depósito en Brujas y en Novgorod. Estimulaban estas relaciones la protección obtenida en distintos puntos de países extranjeros. Las ciudades supieron obtener privilegios a cambio de los servicios prestados a señores extranjeros que les favorecían incluso frente a los nacionales. Así alcanzó Venecia en el Imperio griego los mayores privilegios, merced a los servicios prestados en 922 y 1082 a Bizancio contra longobardos y normandos; en el Norte y el ESte, los mercaderes alemanes alcanzaron ventajas análogas a las logradas en ciudades alemanes por los mercaderes extranjeros. Wisby se convirtió en sede de la "Cooperativa de mercaderes del Imperio Romano que visitan Gotlandia", y en Estocolmo la mitad del Concejo se componía de alemanes.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ El señorío territorial

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La esencia de la economía de ciudad en la Edad Media

+ Infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval

+ El Estado y la economía de circulación en la Edad Media

+ Los empréstitos municipales y el mercado de capitales

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 99 - 106.