jueves, 13 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (VII): el Estado y la economía de circulación en la Edad Media


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El extraordinario poderío de Carlomagno había dado valor en todas partes a la potestad política. El Imperio fue dividido en distritos, a cuyo frente se hallaban los condes como funcionarios del Estado. Pero las contiendas dinásticas de sus sucesores trajeron la decadencia del Poder central. Los feudatarios consideraron hereditario su derecho, del cual creía, por lo demás, poder disponer a su antojo. Como el rey se desprendió de la fuente de la renta, ya se tratase del territorio, o de un derecho útil, como la jurisdicción, o de una aduana, el feudatario quedó en condiciones de decidir si era o no llegado el caso de prestar el servicio. De funcionarios del rey, se convirtieron los condes en señores territoriales, que extendieron su demarcación valiéndose de los derechos públicos y de las posesiones particulares de que acertaron a apoderarse.

Prestamistas y Edad Media

La Monarquía intentó utilizar diversos medios contra esa feudalización de los poderes públicos. Parecía lo más obvio conferir los grandes feudos a los miembros de la Familia Real; pero precisamente entre los parientes fue donde se desarrollo el máximo odio. No fue sólo en Alemania donde el hijo se alzó contra su padre: en Francia, las Casas de Orleans y Borgoña llegaron un tiempo a ser más poderosas que la propia Corona; Inglaterra presenció la guerra de las Rosas Blanca y Roja.

Frente al peligro de la sucesoriedad del feudo se ampararon los emperadores alemanes en la Iglesia, porque tenían el derecho de investidura en los nombramientos de obispos y abades; pero entonces se interpuso la reforma eclesiástica de Gregorio VII, que reclamó la libre elección del Cabildo y atribuyó al Papa la decisión en caso de elección discorde. Desde la lucha de las investiduras fue característico el antagonismo entre emperador y Papa.

Así se explica que, en tales circunstancias, tendieran la vista en torno suyo los emperadores buscando otros puntos de apoyo. Las ciudades traían nuevas y más seguras posibilidades de ingresos. Enrique IV las favoreció en Inglaterra. Pero los Hohenstaufen intentaron afirmar en Italia su poderío luchando con las ciudades. Para ello acudieron a sus servidores, a los ministeriales del siempre importante patrimonio Real.

Así como juraban al rey fidelidad sus vasallos, y a cambio de ello habían recibido el Beneficium, había subvasallos bajo estos grandes feudatarios, y así sucesivamente hasta el último caballero. El orden de colocación detrás de las armas reales correspondía a la consideración que obtenía cada grupo. Ya los salios habían intentado guardarse de la prepotencia de los grandes vasallos amparándose en los inferiores y concediendo a sus feudos un carácter hereditario. Federico Barbarroja se encontró frente a Enrique de Lovaina, poseedor de los ducados de Sajonia y Baviera, que se negó a prestar al emperador escolta militar en su viaje a Roma, porque no había querido concederle la ciudad imperial Goslar en retribución de este servicio. La ejecución del edicto imperial de proscripción contra el duque no terminó aumentando la potestad del emperador, sino la de una serie de señores territoriales menores.

La posibilidad de utilizar mediante impuestos la economía monetaria, que iba avanzando, condujo en Inglaterra y Francia a que se robusteciera positivamente la potestad real. En Alemania no fue al Imperio a quien llegó esa ventaja, sino a los señores territoriales. En tiempo de Federico II, la Confoederatio cum principibus ecclesiasticis de 1220 y el Statutum in favorem principum de 1232 entregó a los señores espirituales y temporales los derechos más importantes del Estado.

Federico II intentó alzar en su Imperio siciliano un Estado que tomó por modelo al bizantino en la forma de agrupar todas las fuerzas. "En tu Estado –le reprochaba el Papa– nadie se aventura a mover ni un pie sin tu consentimiento". El dechado bizantino fue copiado por los árabes y también por la literatura de la Iglesia. Los normandos no se distinguieron únicamente en Sicilia, sino también en Inglaterra, por la rígida organización de la Hacienda. Pero estas tradiciones fueron perfeccionadas creadoramente por Federico II: trató especialmente de aprovechar para su Hacienda la exportación de trigo.

No se efectuó sin rozamientos el desarrollo del Estado sobre la nueva base económico-monetaria. En más de un aspecto fue imposible lograr la efectividad tributaria sin que los señores territoriales y ciudades llamados a contribuir recibieran determinados derechos en orden a la exacción y destino de los impuestos. Así, de igual modo que en Inglaterra otorgó la Monarquía a las clases, en la Magna Carta de 1215, el derecho de aprobar los subsidios extraordinarios, los señores territoriales alemanes hubieron de conceder derechos análogos a sus clases sociales, a los eclesiásticos, caballeros y ciudades. Es verdad que se intentó dar a la nueva administración carácter oficial; pero se presentó el peligro de que las potestades territoriales dieran en efectuar rescates lo mismo que el Imperio. Es característico de este desarrollo el que en 1120, en Tréveris, el tesorero y burgrave reclamase el palacio arzobispal y sus ingresos como feudo suyo con la carga diaria de proveer al sustento del arzobispo y sus capellanes.

Las mismas ciudades que lograron afirmar su independencia frente a los señores territoriales, montaron sobre base feudal la administración de su demarcación territorial. Sustituyeron a los señores territoriales, a quien sobrepujaron. Así adquirió Rotenburgo, dirigido por un genial burgomaestre, un territorio mayor; así extendió Berna su señorío sobre la tierra alta (Oberland), cuyos campesinos, con su Tell, no se rebelaron contra un señor territorial, sino contra los señores de la ciudad de Berna. Venecia administraba Candía, con sus vasallos, como un gran feudo. De igual manera procedió Génova respecto de Córcega y en las colonias de Crimea.

En el siglo XIII dominaban el campo las fuerzas centrífugas. Los planes de Federico II fracasaron después de poderosas embestidas. El analista de Génova, su mayor adversario, escribía, con ocasión de su muerte, que nadie pudo oponérsele mientras vivió. Los Estados más débiles, cuando fallaron sus recursos ordinarios, se vieron precisados a proveer ingresos extraordinarios. De exacción ocasionalmente obtenida por vía de ruego, la Bede (petitio) se había convertido en normal. Los cuantiosos dispendios motivados por el cruzamiento del hijo, la boca de la hija, el viaje a la Corte o la cautividad del señor (trinoda necessitas) eran acordados sin más. Pero, a fin de no exponerse a mayores pretensiones, suscitadas por las clases y los brazos, y de que hacían depender ulteriores asentimientos, se orientaron los soberanos hacia otro procedimiento: aprovecharon la posibilidad, que mercaderes extranjeros les brindaban, de recabar empréstitos de ellos.

La Iglesia prohibió el interés. Pero esta prohibición no puede concebirse como expresión de una era económico-natural, sino que significaba una reacción contra abusos arraigados. El principio de que el dinero no podía engendrar dinero se dirigió contra la forma del préstamo con interés. En cuanto la entrega de dinero iba unida a un riesgo, parecía justificada la correlativa compensación. Además, podía exigirse interés si no se devolvía el préstamo a su debido tiempo. Pero, no obstante la prohibición del interés, el tráfico de capitales se desarrolló en cuanto, en vez de empréstitos con interés, se habló de compra de rentas. Esta fue necesaria para fundamentar, no ya el crédito territorial, sino también el del Estado. Los acreedores de éste no le otorgaban un préstamo, sino que compraban rentas (Compera). Para cabal seguridad, en Génova se colocaban estos empréstitos bajo la protección de un Santo.

La propia Iglesia, mediante su labor administrativa de oficina, pudo perfeccionar mejor los impuestos directos, como los diezmos de Cruzada. Con todo, en la exacción de estos impuestos se vio precisada a recabar los servicios de los comerciantes. Cuando más tarde reclamó para sí los diezmos el rey de Francia, desplegó la curia otras fuentes de ingreso. Los recién nombrados príncipes eclesiásticos había tenido que ceder a la Iglesia los ingresos del primer años para alcanzar la confirmación de sus derechos. En las elecciones discordes había que seguir ante la curia costosos procesos: únicamente podían sufragar estos gastos los príncipes eclesiásticos si los mercaderes italianos les concedían anticipos; pero incidieron así en peligrosa dependencia de sus acreedores. La Iglesia no vaciló en otorgar a éstos el apoyo de penas eclesiásticas que les ayudasen a hacer efectivas sus pretensiones; todo ello convirtió a la Iglesia en palanca principal del desarrollo capitalista medieval y fomentó el medro de las potencias financieras italianas que recaudaban los impuestos y hacían anticipos a sus deudores. En el siglo XIII coinciden por vez primera en estas actividades los placentinos y sieneses, todos ellos aventajados más tarde por los florentinos. Estos vinieron a Inglaterra por vez primera como recaudadores papales de impuestos. Para sufragar los intereses de los empréstitos por ellos celebrados, los príncipes eclesiásticos y otros señores territoriales implantaron contribuciones que obligaron a sus súbditos a orientar su economía hacia el logro de los recursos necesarios al efecto.

Los italianos, y entre ellos otra vez por modo especial los florentinos, fueron también los que proporcionaban los recursos necesarios a los señores territoriales temporales y a los magnates del país en caso de necesidades extraordinarias de dinero. Así se convirtió Nápoles, bajo el dominio angevino, en campo de explotación para los florentinos. Ahora se lucraron éstos con las exportaciones de trigo, que Federico II había querido reservar a la Caja del Estado. Asimismo, se convirtió Francia en palenque de sus actividades, no menos que Inglaterra. En Alemania alcanzaron en el Tirol una posición parecida: les fueron confiadas la acuñación de moneda y las aduanas. Los ingresos in natura que afluían a la Iglesia procedentes de la lana de los monasterios ingleses aprovecharon a los florentinos, que convirtieron esa lana en base de su industria pañera. Es evidente que no se efectuaba sin grandes lucros esta conversión de los ingresos in natura o en moneda extranjera en aquello que la curia necesitaba.

La posición de los prestamistas, de los lombardos y caorsinos, no era segura, ni mucho menos. A veces, el señor local daba en acordarse de que estaba prohibida la usura, y hacía encarcelar a los prestamistas como sospechosos de tal delito. Los Francesi supieron instigar a Felipe el Hermoso a que realizase tal usurpación, en daño de sus competidores. Francia vio, en 1343 y 1346, la quiebra de las Casas de Peruzzi y Bardi, que conmovió toda la vida económica, porque estas Casas habían operado considerablemente con recursos extranjeros, especialmente otorgando préstamos al rey de Inglaterra; si bien habían quedado exceptuados en la suspensión de pagos de Eduardo III provocada por el agotamiento de sus recursos en la guerra contra Francia, fue fatal para ellos el que Florencia, siempre, al parecer, representante de los güelfos, pareció estar un momento al lado de Luis de Baviera, dando lugar a que los depositantes güelfos retirasen sus fondos. Al derrumbarse estas grandes firmas se vio Florencia abocada a represalias de Gante, Iprès, Milán, Nápoles, Nimes y Montpellier. Pero la propiedad territorial de las firmas permitió satisfacer a los acreedores el 37 y 48 por 100. La Administración de beneficencia quedó bastante bien librada. La Cuenta de Dios (Dominiddio), que mientras floreció la firma no siempre se saldaba con regularidad, recibió de la administración del concurso las mejores fincas que la Compagnia de Or San Michele aplicó a tenor de su destino originario.

También los florentinos hubieron de experimentar más tarde los riesgos que traía aparejado el prestar a los príncipes. El cónsul del gremio de la seda Gregorio Dati se lamenta, en 1427, de que sus negocios con el rey de Castilla le habían arruinado. En la declaración tributaria de 1427 indican los Panciatighi que se habían visto precisados a dejar una gran parte de su capital comercial al emperador Segismundo, en Buda, y los funcionarios fiscales sabían ciertamente lo mal pegador que era. En Francia, Jacques Coeur había prestado grandes servicios a la Hacienda del Estado en tiempo de Carlos VII; participó en el comercio de Levante con siete barcos, y había hecho que le consignaran en Lyon minas de plata y cobre; pero también su patrimonio fue confiscado en 1451. Ante semejantes riesgos, los intereses tenían que ser muy elevados, de suerte que aquí se puede hablar con razón de capitalismo usurario.

Cada vez quedan más rezagados los judíos en esta evolución. Al predicarse la primera Cruzada se habían efectuado, en el siglo XII, las primeras persecuciones de judíos; en el siglo XIII fueron expulsados de Inglaterra y Francia; en el XIV tuvieron lugar en Alemania las persecuciones más enconadas, por atribuírseles las devastaciones de la peste, cuyos gérmenes habían sido traídos, empero, a Occidente por barcos genoveses. Los judíos fueron perseguidos especialmente en las ciudades imperiales, como Nurenberg; mas pudieron mantenerse en los Territorios, singularmente en comarcas de Órdenes militares imperiales, difundiendo la lengua alemana al emigrar hacia el Este. pero la desestimación de las demandas de los judíos no redundó, el año 1348, en plena ventaja de los deudores. Carlos VI perdonó en 1350, en Nurenberg, las cantidades debidas a los judíos si se pagaba al Tesoro Real del 10 al 15 por 100 de su importe. Se redujo el negocio de los judíos, por cuanto quedaron excluidos de la vida municipal cristiana y de los gremios. Se quiso entonces ceñirles a las operaciones al contado, pero no fue posible. El préstamo prendario siguió siendo su negocio más importante, en que el Estado se llamaba a la parte mediante la tributación regular o echando mano de procedimientos extraordinarios. A veces recibían privilegios los judíos a cambio de comprometerse a percibir interés de 25 por 100, menor que el exigido por los prestamistas cristianos, quienes, en general, cobraban 33 1/3 por 100. Al finalizar la Edad Media, hasta los círculos eclesiásticos actuaron para combatir los abusos del préstamo sobre prendas, fundando los Montes pietatis, en que se cobraba un interés más reducido, a título de mero reembolso de los gastos de administración.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ El señorío territorial

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La fundación de la ciudad medieval

+ La esencia de la economía de ciudad en la Edad Media

+ Infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval

+ Los empréstitos municipales y el mercado de capitales

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 128 - 133.