sábado, 15 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (VIII): los empréstitos municipales y el mercado de capitales


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Las ciudades supieron protegerse construyendo sus murallas. La fuerza armada municipal se robusteció con los caballeros alistados en la comarca. Pero fue principalmente su poderío financiero el que dio a las ciudades superioridad sobre las potestades feudales. Aunque las primeras exacciones siguieran en manos del señor de la ciudad o de sus sucesores, supo la ciudad hacer que el desarrollo del tráfico y el alza así factible de los ingresos redundaran en provecho de su hacienda. Las ciudades desarrollaron, sobre todo, los impuestos indirectos, el Ungeld. El consumo de sal, vino o cerveza, y aun el de pan, fueron gravados por el impuesto. Atendidas de esta manera las necesidades normales, fueron los impuestos directos de fogajes, las capitaciones y los impuestos sobre patrimonio los que sirvieron para hacer frente a las atenciones extraordinarias.

Venecia en la Edad Media

La hacienda de la ciudad fue influida intensísimamente por las necesidades extraordinarias, ya que la ciudad tenía que estar siempre atenta a defender su independencia por las armas o por la diplomacia; además, no era posible lograr, sin echar mano de cuantiosos recursos, el rescate de los derechos señoriales sobre la ciudad, el otorgamiento de privilegios y la expansión esterritorial. De ahí que en las ciudades se acudiese a los empréstitos, además de los impuestos.

En tales empréstitos podía la ciudad dirigirse a sus ciudadanos acaudalados. Ya en el siglo XII se califica de sostenes del Estado, en Venecia, a los banqueros, que admitían depósitos y participaban en los negocios más variados. Siguieron teniendo importancia para el Estado en Génova, por cuanto los arrendatarios de las contribuciones hubieron de señalar Bancos determinados como fiadores del cumplimiento de sus obligaciones.

El impuesto directo podía herir con mayor intensidad la propiedad inmueble. El capital comercial era gravado por los derechos aduaneros, junto a los cuales aparecía, en determinadas circunstancias, el impuesto de circulación respecto de transacciones en las básculas municipales. Los datos sobre aduanas a partir del siglo XIV nos permiten una ojeada de conjunto sobre el ámbito del comercio en cada plaza. Así, las Hansas percibían durante las guerras contra el rey Waldemar, en 1361 y 1368, un derecho por libra del valor de buques y mercaderías. En Génova se ven los Denarii maris (un dinero por libra, o sea 1/240 del valor), impuesto que se convirtió en exacción regular, cuyos tipos fueron aumentando constantemente. La oscilación de los rendimientos revelaba los peligros a que estaba expuesto el comercio genovés, el fuerte descenso debido a las guerras civiles de los primeros decenios del siglo XIV, y en los años 20 del siglo XV, a la amenaza extranjera. Los datos del tráfico terrestre reflejados, por ejemplo, en la aduana de Como y la del Rin en Oberlahntein, muestran una circulación fundamentalmente más exigua.

El patrimonio total no podía estimarse sino imperfectamente; en esa labor representaba papel importante la Comisión evaluatoria: a los adversarios políticos se les hacía víctimas de evaluaciones exageradas; los amigos políticos eran favorecidos por estimaciones moderadas. El Palacio Pitti está construido con los fondos que los Médicis concedieron a Lucas Pitti por sus indulgentes evaluaciones fiscales. De ahí lo difícil de calcular el patrimonio de las ciudades medievales. En Italia vemos que, por haberse practicado evaluaciones moderadas, era necesario aplicar tipos más elevados, única explicación positiva del inaudito gravamen a que la riqueza florentina estuvo expuesta en no pocos años de guerra.

Ante la intensa carga tributaria a que la riqueza estuvo sometida, se creyó que sólo sería posible la recaudación prometiendo a los contribuyentes un reintegro, o por lo menos, si ello no era posible, abonándoles intereses por sus ingresos. Los empréstitos forzosos percibidos conforme al catastro fiscal se convirtieron en uno de los recursos más importantes de las ciudades italianas de la Edad Media.

En las ciudades alemanas se procuró ir amortizando las deudas por el sistema de estipular rentas vitalicias que fenecían al fallecer el acreedor. Con todo, aún vemos penetrar en ellas durante el siglo XV las rentas perpetuas, según podemos advertir especialmente en Colonia durante el siglo XV. En Italia, la deuda perpetua aparece ya dentro del sistema financiero de la ciudad, en Génova en el siglo XIII; en Florencia, en el siglo XIV. En Italia, la deuda perpetua aparece ya dentro del sistema financiero de la ciudad, en Génova en el siglo XIII; en Florencia, en el XIV. Podemos advertir en su desenvolvimiento un elemento esencial del desarrollo del capitalismo en la Edad Media, dándose a ver al propio tiempo los peligros que este desarrollo podía traer aparejados.

Génova reservó a la iniciativa particular más amplio campo que en Venecia. Pero también aquí estaba el Estado detrás de sus ciudadanos. Por un lado atendía el Officium robarie a compensar a los perjudicados por particulares genoveses que no fuesen enemigos del Municipio, incluso tratándose de judíos y sarracenos. Por otra parte, ayudaba Génova a sus propios ciudadanos para que obtuviesen la debida indemnización de daños en injusticias sufridas fuera del territorio. Así, despojados unos genoveses en luchas cerca de Ceuta, equipó Génova una escuadra que logró del sultán una indemnización de daños. En la Maona de Ceuta se registraban los nombres de los interesados. Podían éstos traspasar sus derechos, así como efectuar transferencias de las participaciones en derechos aduaneros y en la deuda del Estado. Los gastos de la escuadra se habían sufragado concertando un empréstito que se esperaba amortizar en diez años, mediante una exacción sobre la sal. Tenemos noticias más precisas de las Maonas del sigo XIV: una flota de 29 galeras equipadas en 1346 contra los renegados Grimaldi de Mónaco, que se rindieron nada más aparecer la escuadra, fue después utilizada para arrebatar a los griegos la isla de Quíos. Al modo de la Maona de Quíos se formaron las de Chipre en 1374 y la de Córcega en 1378. Con los ingresos procedentes de esas islas debían satisfacerse los intereses, amortizarse los capitales de los imponentes y acudir a las demandas de compensación. La Maona de Quíos fue adquirida en 1373 por la Maona nova, compuesta de los arrendatarios de contribuciones, cuyos derechos no consistían en un capital fijo, sino en doce alícuotas ideales llamadas karati.

Vemos aquí la conquista convertida en fuente permanente de ingresos; pero cuando las empresas tenían resultado desfavorable, se encontraba el Estado con una carga permanente. Tal fue especialmente el caso en Génova, donde ya en 1274 hubo que otorgar a los acreedores determinados derechos, que con el transcurso del tiempo adquirieron intenso desarrollo, de tal suerte, que la organización de los acreedores del Estado alcanzó significación propia frente a la Administración del Estado. En Venecia y Florencia se apeló a los impuestos directos con mucha mayor intensidad. Entre 1377 y 1381, durante la guerra decisiva librada contra Génova, percibió Venecia de sus ciudadanos el 107 por 100 de la riqueza veneciana descrita en el Estimo. Una vez conseguida la victoria, logró Venecia, a principio del siglo XV, amortizar grandes sumas de su deuda pública. También Florencia, que en 1345 consolidaba en el Monte de 505.044 florines al 5 por 100, instituyó el año 1427, con su Catastro, un impuesto directo evaluado con singular exactitud. Sin embargo, Génova renunció, en 1490, por completo a este recurso y elaboró su presupuesto elevando el capital de los empréstitos forzosos, cuyos intereses se satisfacían mediante impuestos indirectos.

En 1274 había consolidado Génova sus deudas afectando a ellas los ingresos del impuesto sobre la sal. A esta Compera salis se agregaron en 1305 las deudas contraídas en la guerra contra Pisa, y en 1332, la Compera pacis, una vez terminada la guerra civil. En la institución de protectores de las Compere, elegidos por los partícipes, alcanzaron en 1323 los acreedores del Estado una administración independiente. La sublevación de 1339 se dirigió también contra los acreedores del Estado, cuyos libros fueron quemados. Aunque al principio se interesasen todos los ciudadanos en los empréstitos forzosos, los partícipes menores procuraron realizar lo antes posible sus créditos haciendo uso del derecho, que se les brindó, de transferir sus participaciones, que así se concentraron en manos de los adinerados. Como el pago de intereses se cargaba a los ingresos de impuestos directos, que gravaban con especial intensidad a las capas sociales inferiores, por recaer sobre lo necesario para la vida, se agudizó el antagonismo social. Pero hasta 1340 no fueron reconocidas nuevamente por el Dogo popolare las reclamaciones de los acreedores del Estado. Fueron recogidas en las Compere capituli. Se vio que para pagar los intereses era preciso dedicar a ellas todos los impuestos genoveses. De la administración de estos impuestos debían tener que entregar al Estado cada año 20.000 libras para atender a los gastos ordinarios. Con ello, la situación de los acreedores del Estado en Génova vino a ser análoga a la que antaño tuvieron los feudatarios temporales respecto de sus señores eclesiásticos.

Quedó al Estado el camino de establecer nuevos impuestos y ordenar nuevos empréstitos forzosos. Usó largamente de estos medios, sobre todo en la guerra contra Venecia. En ella encontramos, el 15 de septiembre de 1379, un empréstito de 150.000 libras, al 8 por 100, con cargo a los impuestos sobre vinos y carnes y destinado a pago de soldadas en las galeras del Adriático para el logro de la última y triunfal victoria, que, en efecto, no se consiguió. En 1381 hubo de consolidar Génova las deudas de esta guerra con 1.200.000 libras como mutua seu compere nove S. Pauli.

En 1407 se consolidó el total de las nuevas deudas de Génova en la casa di S. Giorgio, por un importe de 2.646.109 libras, 9 sueldos y 4 1/2 dineros. La organización de los acreedores ocupó el antiguo palacio de los Dogos junto al mar. Lo más importante fue que recibió una constitución exactamente copiada de la del Estado: aquí, lo mismo que en el Concejo, era el conjunto de los partícipes quien decía la última palabra en los asuntos importantes. Pero, así como el Concejo de la ciudad no estaba sujeto a trabas en punto a detalles de administración, de igual manera la administración propiamente dicha de la deuda del Estado correspondía a los protectores. En 1444 se instituyó una instancia interventora correlativa de la de los visitadores de la Administración pública. En calidad de acreedores del Estado estaban también representados en la Casa di S. Giorgio los nobles que habían permanecido excluidos del gobierno de la ciudad entre 1339 y 1529. La Casa di S. Giorgio no se limitó a administrar las deudas del Estado, sino que se hizo cargo de otros cometidos públicos; así, una vez conquistada Constantinopla, atendió a la administración de las colonias en Crimea, y más tarde a la de Córcega y alguna parte de Liguria, como Ventimilia y Sarzana.

El Estado no se creyó en condiciones de acudir con regularidad al pago de intereses, y para sostenerse tuvo necesidad de atacar los derechos de los acreedores. Los impuestos afectados aseguraban, por tanto, a la Casa un interés variable, que además no podía satisfacerse con la debida normalidad. En cambio, los interesados tenían la posibilidad de disponer por transferencia de sus intereses, lo mismo que de sus participaciones. Empezaron a cotizarse las participaciones, las Loca, a 100 libras, reflejándose en ello los azares políticos.

En el siglo XV pudo el Gobierno genovés dirigirse al mercado de capitales, ya que logró hacer subir Loca de nueva creación, con sus correspondientes afecciones. La Taula de Cambi, instituida en Barcelona en el año 1401, aceptaba depósitos que se pusieron a disposición de la Administración municipal. De igual manera el Monte deposito fundado en Florencia el año 1415 debía atender a la amortización de las deudas.

Cuán importante participación tuvieran las deudas públicas en el patrimonio de los ciudadanos, se revela en el hecho de que en el año 1458 el capital circulante de los Médicis se estimaba en 42.200 florines; su patrimonio territorial, en 59.000 florines, al paso que su participación en el Monte, es decir, en la deuda pública, importaba 220.000 florines, que, de hecho, sólo representaba el 20 por 100 del valor nominal. Con todo, las participaciones en la deuda del Estado constituyeron la base de un tráfico de capitales cada vez más desarrollado.

El Estado había dado lugar a una circulación más activa, por cuanto la vinculó a ciertos tiempos y lugares mediante los privilegios de mercado y en interés de sus exacciones. Sabemos que este tráfico sólo parcialmente se compensaba en dinero. Recordemos el tráfico contable mediante las letras. Además, muchos tratos tenían lugar por vía de permuta (baratto). En estos negocios de baratto se podía encubrir un interés en los precios, lo mismo que en las letras. Se mencionan en las Crónicas las fuertes oscilaciones de los precios de las mercaderías, suscitadas por pérdida de cosecha o dificultades causadas por la guerra a la importación. Los asientos del tratante en cereales Lenzi, de Florencia, en los primeros decenios del siglo XIV, permiten seguir con todo detalle las oscilaciones de los precios. Advertimos en Venecia la influencia de la coyuntura en las alusiones al hecho de que acostumbraba a producirse escasez de dinero cuando era inminente el zarpar las galeras del Estado con rumbo a Brujas, Alejandría o Constantinopla.

Es propia del capitalismo, no sólo la existencia de un patrimonio de administración evaluable en dinero, sino también la posibilidad de disponer de él. El mercado de capitales es parte esencial de la economía capitalista. En él se negocian, no sólo el dinero o las mercaderías, sino también las probabilidades futuras. La inseguridad sobre cuantía de los ingresos de los acreedores del Estado convirtió a éstos en objeto primordial de semejante tráfico. Lo vemos organizado ya hacia 1400, de tal suerte, que no sólo se compra en la expectativa de futuras alzas de precios, sino que también se vende con la esperanza de poder cubrirse a bajo precio. Los extranjeros trataban de conseguir participaciones en la Deuda pública de los municipios italianos para efectuar inversiones patrimoniales, cosa que se les concedía como privilegio especial.

Hay noticias concretas, referentes a Venecia y Génova, sobre la especulación a plazo en deudas públicas. En Venecia se lamentaban el año 1425 de que los rumores de guerra habían ocasionado ventas a plazo y à la baisse, de participaciones de Deuda, y se dictaron leyes sobre el particular. El jurista Bartholomeus de Bosco habla, el año 1428, en Génova, de ventas a plazo a las cotizaciones diariamente variables de los Loca. Se prohibe a los clérigos obtener con ello lucros; se consiste a los laicos. No debían limitarse los negocios a plazo que se habían concertado confiando en ulteriores posibilidad de cobertura: ello sería contrario a la libertad natural y a la común utilidad que el negocio reportaba a la ciudad de Génova. Las intranquilidades de 1506 fueron atribuidas por algunos a personas obligadas al pago de participaciones de Deuda y de intereses, y que esperaban poder cubrirse a más bajo precio aprovechando bajas de cotización provocadas por disturbios políticos.

El trastorno del crédito público que hubo de experimentar Bolonia se juzgó casi equivalente a la pérdida de la independencia política. La continuidad del servicio de deudas que podemos ver en Génova durante más de medio milenio significa un elemento capitalista más fuerte que el representado en los últimos siglos de la República Romana por los propios arrendatarios de los impuestos.

El pensamiento capitalista de la época se ocupó entonces, incluso más intensamente que en época ulterior, de un problema concreto. Las ciudades se habían acostumbrado a hacer sus guerras mediante ejércitos mercenarios. Los jefes de estos ejércitos, los Condottieri, consideraban su material humano y su equipo como un capital, que procuraban valorizar lo más posible, pero que no arriesgaban de buen grado. Así se explica la índole de su arte de hacer la guerra, más bien consistente en el arte de tener en jaque al adversario ocupando posiciones favorables, que en el avance decidido. Los Condottieri como un Francisco de Sforza en Milán podían llegar a adueñarse de los municipios. También podía llegarse a poner así los barcos a disposición de los combatientes. Andrea Doria se gloriaba de haber sido, ya almirante del Papa, ya del Rey de Francia, hasta que por fin lo fue del Rey de España. En la batalla de Lepanto sucedió que los genoveses sólo maniobrando intentaban aproximarse a los turcos, mientras atacaban de verdad los venecianos, cuya escuadra combatía por los intereses vitales del Estado.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ El señorío territorial

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La fundación de la ciudad medieval

+ La esencia de la economía de ciudad en la Edad Media

+ Infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval

+ El Estado y la economía de circulación en la Edad Media

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 133 - 139.