domingo, 2 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (II): el señorío territorial


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Fue antaño usual poner en contraste una época de municipios campesinos libres con otra de carácter marcadamente señorial. En los días de Carlos Martel, en que hubo de oponerse a los árabes un ejército de caballería, se habría otorgado a los caballeros el derecho a los servicios de los campesinos, a fin de organizar la hueste. El señorío territorial eclesiástico se habría extendido también, parcialmente por coacción, conminando a las almas piadosas con el temor al infierno; y en parte de modo libre, porque, dada la índole de los señores seculares, nació el principio de "ser bueno vivir amparado por el báculo". Frente a esta concepción ha presentado especialmente WITTICH el señorío territorial como institución germánica antigua; las medidas de Carlos Martel no habían hecho, según él, sino concentrar los señoríos territoriales pequeños en grandes señoríos territoriales. De otra parte, se afirma la relación del señorío territorial medieval con el de la expirante Edad Antigua. Al incautarse de la tierra, los conquistadores germanos se habrían colocado simplemente en el lugar de los possessores romanos, extendiéndose después el señorío territorial por todo el Imperio Franco.

Señorio territorial en la Edad Media y economia

No debemos imaginar de manera excesivamente esquemática la igualdad entre los primeros convecinos; antes por el contrario, la igualdad de las hufen indica más indica más bien una distribución racional ulteriormente efectuada por los señores territoriales o por el Estado. Ya Tácito habla de un reparto de la tierra secundum dignitatem: pudo suceder, desde el primer momento, que se concedieran porciones mayores a los nobles que habían establecido a sus gentes en la maraña territorial de la aldea, acaso el duplo o cuádruplo de una suerte sencilla campesina; además, pudieron corresponderle determinadas prerrogativas en el monte comunal.

Ya en la Edad Antigua advertimos la gran importancia de la nobleza; pero también se comprueba que desde los primeros tiempos existía una especie de señorío territorial en las razas del Este, más tarde surgidas a la luz de la Historia: eslavos, letones y estones; no son los alemanes quienes lo introducen en tierras bálticas. Hubo, pues, entre los primitivos germanos señorío territorial; pero su importancia creció considerablemente en la época carolingia. No hay que ver en ello un mero influjo de los feudos caballerescos: también los monasterios permiten reconocer en su constitución antiguas tradiciones y remembranzas de la economía egipcia del Templo. Con todo, estas tendencias adquirieron nueva significación en Occidente: no sólo se conservaron campesinos libres junto a los señores territoriales, sino que éstos mismos hubieron de otorgar derechos determinados a los que ya les pertenecían, tanto si se trataba de individuos sojuzgados anteriormente, como si era el caso de otros que por vez primera se entregaban a ellos. Al constituirse los caseríos alcanzó derechos independientes la colectividad de los obreros, e incluso la de los labriegos dependientes. Cuando en fuentes históricas posteriores se habla de escabinos, de jurados o de empleados, como pastores o guardas del término, hay que indagar en cada caso si se trata de instituciones señoriales o municipales.

Por lo demás, el señorío territorial muestra rasgos afines en tiempos y lugares diversos. Cuando leemos las cartas que el Papa Gregorio el Magno escribió, hacia el año 600, acerca de la administración del patrimonio eclesiástico, hallamos ecos tanto de la administración de los primitivos dominios imperiales como de la carolingia Capitulare de villis.

Al modo como en un tiempo hubo de proteger el emperador Cómodo a sus colonos del Saltus Burunitanus de África contra las demasías del conductor, empleado suyo, se preocupa también Gregorio de sus campesinos de Sicilia. Sus exacciones han de acomodarse a la justicia. En los matrimonios no han de pagar sino un solidus; de ser posible, el cortijo ha de ir a parar a sus hijos cuando fallezca. La administración señorial se limitaba a la tierra de pastos mediante pastores del señor. Venían adscritos a la tierra no ya los colonos, sino también los empleados, los defensores. Sólo podían tomar esposa en la massa en que habían nacido. Las haciendas individuales se agrupaban en el distrito administrativo de las massae; sobre los "conductores" de las massae estaban los "rectores" de los patrimonia. La gran propiedad de la Iglesia se valorizaba mediante pequeñas explotaciones. Gregorio mandó enviar a Roma, como en la época de los antiguos romanos, los beneficios de las explotaciones trigueras de Sicilia.

El Capitulare de villis no es, como se creyó en un principio, una ordenación general del patrimonio territorial del rey, sino un plan ideal pensado en primer lugar para las haciendas de la mesa del rey. Sobre la base de la propiedad real, especialmente extendida por la parte septentrional del Imperio Franco occidental, se dictaron, como DOPSCH se adelantó a explicar, disposiciones especiales para Aquitania, que más tarde se aplicaron a todo el Imperio, según demostró TH. MAYER. Análogamente se trazó en San Galo un proyecto ideal de cultivo, cuya ejecución no pudo tener lugar en cada uno de los monasterios sino con grandes limitaciones.

De los romanos habían aprendido los germanos especialmente el cultivo de frutales y la mejor conservación de los productos. Las palabras expresivas de cereza, melocotón, viticultura, bodega, cocina, ventana, recuerdan estas oriundeces. En el Capitulare de villis se dedica especial atención a frutas y hortalizas, así como a las plantas medicinales alemanas, productos cultivados con especial esmero en los huertos monásticos. Según el Capitulare de villis, las casas de labor debían agruparse en fisci de una manera cuasi provincial. En los palacios tenía Corte el rey. Los beneficios líquidos de administración, si los había, tenían que ser consumidos allí donde se obtenían, dadas las dificultades del transporte. Por eso vemos a Carlomagno tener Corte especialmente en las comarcas donde se hallaban las haciendas reales. A fines de su reinado se convirtió Aquisgrán en residencia casi permanente suya; pero más tarde ni el emperador ni los señores territoriales que iban medrando llegaron a tener una residencia propiamente tal. Hallamos tendencias a ello en el Goslar de los salios y en el Praga de los luxemburgueses.

El rey era el mayor señor territorial. A él pertenecía la tierra conquistada que no correspondiese a alguno de sus magnates; incumbencia suya era resolver acerca de terrenos sin dueño, acerca de los bosques que se extendían especialmente por las fronteras. En verdad, era esta posesión territorial el medio más importante con que contaba el soberano para proporcionarse servicios. Incluso cuando la hacienda del rey no se otorgaba más que por vía de feudo, el beneficium anexo seguía con la persona del vasallo sujeto al soberano por el juramento de fidelidad, si bien la posibilidad de disponer efectivamente de la propiedad territorial independizó pronto al feudatario. Por ello hubo precisión de efectuar nuevas donaciones, a fin de obtener nuevos servicios, de suerte que nos hallamos frente a una continua merma del patrimonio real que sólo pudo contrarrestarse ocasionalmente por la caducidad de feudos o la secularización del patrimonio eclesiástico. Una de éstas, ciertamente no la única, tuvo lugar por de pronto cuando Carlos Martel preparó su ejército contra los árabes. En compensación de esa pérdida se otorgaron después a la Iglesia los diezmos, impuesto sobre el producto bruto de la agricultura, la décima gavilla, el diezmo de los frutos, la décima cría. Las donaciones a la Iglesia eran especialmente cuantiosas en territorios recién conquistados o recién convertidos. Así se concedieron fuertes donaciones a los obispados fundados en Germania; los monasterios recibieron extensas tierras para ser roturadas. Todavía en el reinado de Otón el Grande se registran 238 donaciones comprensivas de 41 haciendas reales y 796 haciendas menores y hufen; y en tiempo de Otón II hubo 107 donaciones con 62 haciendas reales y 29 patrimonios menores.

La religión cristiana no era una religión de señores, sino que en un principio estaba sostenida por la creencia de los oprimidos en su salvación. De aquí que la Iglesia se preocupara especialmente de los pobres. Conforme a los mandatos de Gregorio el Magno, los ingresos debían invertirse: una cuarta parte en sustento de los pobres, otra en construcciones, otra quedaba en manos del obispo y el resto a favor del clero. También aquí se destina una cuarta parte para los pobres, otra para la edificación de iglesias, otra para el párroco y la cuarta restante para las jerarquías superiores. Para llevar a cabo su misión confiaba la Iglesia en las dádivas de sus miembros, que le hacían en gran proporción no sólo los príncipes y magnates del país, sino también los meros labriegos. Así fomentaba la Iglesia intencionadamente su propiedad territorial. Combatió la antigua vinculación familiar y se pronunció en favor de la libre disposición mortis causa.

El monacato practicaba el ascetismo. Pero al difundirse adquirió importancia el problema de su sustento. Podía haber santos estilitas en Hélade y Siria, pero no en la Francia septentrional; el clima no lo consentía. Mientras los monjes de Oriente colocaban en el primer plano la vida contemplativa, el monacato de Occidente y Norte no podía mantenerse en aquella época de economía natural sino valiéndose de sus posesiones. Por ello mandaba la Regla de San Benito "Ora y labora". Mediante el trabajo personal, mediante roturaciones y cultivo de la tierra, habían de ganar los monjes su propio sustento.

Merced a las donaciones adquirieron las fundaciones eclesiásticas un extenso señorío territorial. Pero al modo como el labrador individual había dispersado su posesión en las diversas suertes de tierra, también caracterizó la posesión dispersa a los grandes señoríos eclesiásticos de que tenemos noticias más concretas. El señorío poseía una o varias hufen, ya en una aldea, ya en otra. No parecía ser nocivo cierto fraccionamiento, porque de esta manera podían poseer fincas en condiciones varias de producción. Así los señores eclesiásticos adquirían lejanos viñedos emplazados junto al Rin o al Danubio. La Abadía de Reichenau procuraba en sus peregrinaciones a Roma utilizar todo lo posible como albergues sus propias casas. Por otra parte, la dispersión acarreaba ciertamente graves dificultades de administración, y siempre se corría el riesgo de que se independizasen las cosas o fincas demasiado alejadas. Son numerosas las quejas referentes a semejantes enajenaciones. La tendencia a redondeamientos por trueques o compras obtenía afortunado apoyo en las aldeas cuyo señor tuviera también potestad jurisdiccional, soberanía judicial.

La administración se llevaba a efecto de tal suerte que parte de las fincas, la tierra dominicata (Saalland), era administrada por el mismo señor, mientras que el resto se distribuía entre cultivadores independientes, ya libres, ya siervos, que sólo venían obligados a satisfacer exacciones y efectuar servicios. KÖTZSCHE ha hallado los datos siguientes relativos a la Abadía de Werden s. el Ruhr: La tierra dominicata comprendía 607 morgen, veinte veces aproximadamente lo que era una hufe campesina, con un promedio de 30 morgen. A pesar de ello, estas 150 hectáreas aproximadamente de tierra señorial no venía a ser sino una sexta parte de la totalidad de la tierra de labor perteneciente al monasterio, que comprendía 119 hufen con 3.645 morgen. Según una evaluación del año 818, a un señorío territorial cuantioso correspondían de 3.000 a 8.000 hufen; a uno modesto, de 200 a 300. Benediktbeuern demandaba en 1032 respecto de 1.250 hufen de que había sido despojado, y mostraba en 60 villae más de 100 hufen. San Emerano de Ratisbona tenía 850 hufen; San Ulrico de Augsburgo, 500; Gernrode, 400 en 60 localidades; Nienburgo, 1.650 hufen en 155 lugares. En el siglo XII tenía San Maximino de Tréveris todavía más de 1.000 hufen y otro tanto Bamberg. El cortijo de Flagestadt, perteneciente al monasterio de Lorsch, tenía 1.000 morgen. De 27 casas dominicales del obispado de Chur, tres tenían, según VON INAMA-STERNEGG, entre 400 y 600 morgen; tres, menos de 100 morgen; las demás alcanzaban una extensión intermedia.

Entre los señoríos eclesiásticos territoriales se observa un variado desarrollo. Los benedictinos, que habían prosperado más, desplegaron en el monasterio una actitud cortesana; dieron importancia al fomento de su señorío territorial. Sus recursos les permitieron tomar caballeros a su servicio y dedicarse al cultivo de la ciencia. Por el contrario, insistía San Bernardo de Claraval en la sencillez de la vida y en el trabajo personal rural de los hermanos. Los cistercienses se dedicaban con máximo ardimiento incluso a la labranza. Sus colonizaciones llegaron a constituir dechados. Desde Eberbach, en la comarca del Rin, se extendió la viticultura a los bancales hasta entonces desdeñados. Cistercienses y premonstratenses no sólo ayudaron a convertir en suelos fértiles las comarcas pantanosas y selváticas del interior de Alemania, sino que contribuyeron de ese modo esencial a extender la civilización agraria por las comarcas recién conquistadas en el Este desde el siglo XII. Se roturó hasta donde llegaron, hasta Silesia, la Marca y Meclemburgo; se establecieron viveros de pesca y se implantó la ganadería. Se dejó a los patronos, como en Bebenhausen a los condes palatinos de Tubinga y más tarde a los de Württenberg, la representación pública, y se daba albergue y sustento a ellos y a su séquito cuando iban, por ejemplo, de caza.

Los cistercienses administraban sus casas de labor por sí mismos. Podemos ir viendo cómo establecen labriegos para reunir sus cortijos, por ejemplo, en Schulpforta y Bebenhausen, allí donde parece más fructífero explotar la ganadería. Contiguos al monasterio se establecían artesanos en concepto de hermanos legos. Pero los propios monjes cultivaban y trabajaban buena parte.

Abundan las referencias de señoríos temporales allí donde se convirtieron en soberanías territoriales. Los registros de Habsburgo nos muestran la multiplicidad de derechos que permitían reclamar exacciones. Junto a derechos de índole patrimonial había otros de tipo señorial, y el ejercicio del vicariado, de la jurisdicción de sangre, en nombre de los señores eclesiásticos, era una peculiar fuente de ingresos de los señores temporales. Como se hicieron hereditarios no solamente los feudos mayores, sino también más tarde los menores que dependían de ellos, se fraccionó la propiedad territorial secular, lo mismo que la eclesiástica o real se habían mostrado propensas a esa tendencia. La aspiración de los señores territoriales consistía muchas veces menos en ampliar sus propiedades que en extender su soberanía territorial. Ello tropezó en el interior de Alemania con fuertes oposiciones. Los señores eclesiásticos y temporales eran a veces adversarios, como, por ejemplo, los de Maguncia y Hessen. Las divisiones hicieron cesar otra vez los redondeamientos. En cambio, pudieron formarse territorios más extensos en las comarcas conquistadas en el Este.

El señorío territorial pudo desarrollar, mediante la concentración de fuerzas, una explotación más pujante que la posible a los labradores individuales y aun a los municipios campesinos. Tenían cría de ganados. Disponían de molinos, hornos, cervecerías y lagares. Como exigían a título de exacciones no sólo víveres, sino también, por ejemplo, tejidos o utensilios, estimularon la especialización en el trabajo. Sobre todo, el señorío territorial se dedicó a la obtención metódica de nuevos terrenos. Las prestaciones personales de los labriegos dependientes suyos de que disponían les facilitaron la roturación. Ahora penetró el arado en los suelos montuosos y pantanosos, hasta ahora rehuídos por inhospitalarios. El proceso de esta colonización, que empezó en las comarcas forestales alemanas, prosiguió hasta entrado el siglo XIII hacia el Este, llegando a los Cárpatos y a las comarcas pantanosas de Prusia oriental. Las nuevas poblaciones señoriales se diferencian de los antiguos asentamientos municipales no sólo por el lugar, sino también por la forma de su disposición. Son pequeños grupos diseminados de casas o granjas aisladas. También los nombres de estas poblaciones, que se llaman weiler, villare, revelan su origen señorial.

Si bien debemos fijar en los siglos IX a XII la importancia predominante del señorío territorial, no hemos de representárnoslo como una gran explotación; antes bien, los grandes propietarios aprovechan el suelo mediante el sistema de concesión. Podía acaecer que quienes donaban sus propiedades a la Iglesia recibieran en cambio una extensión doble.

En tiempos de inseguridad, la transmisión de la posesión a un señor eclesiástico protegido por el derecho de inmunidad, que se lo devolvía mediante pago de una pequeña exacción, venía a ser en realidad una forma de seguro de la propiedad. Los documentos del monasterio de Farfa, en la Italia central, nos suministran material singularmente abundante respecto del alcance de las concesiones. Junto a la concesión de pequeñas haciendas (Livellum = contrato consignado en documento; Precarium = concesión otorgada a ruego) se encuentra, especialmente en el Obispado de Luca, la enfiteusis de grandes haciendas, frecuentemente por tres vidas y con la obligación de realizar mejoras.

Para asegurar la regularidad de las exacciones podían los señores exigir el cerramiento de las heredades. Pero no hay que atribuir esto exclusivamente a influencia del señorío territorial, como quería BRENTANO. En la Selva Negra se debía, según demostró GOTHEIN, a iniciativa de los campesinos, que por lo desfavorable de las condiciones del suelo veían peligrar la base de su productividad a causa de la dispersión de los cortijos. El señorío territorial podía contemplar tranquilamente la diseminación de cortijos donde la facilitaba la fertilidad del suelo, si su administración, el palacio o intendencia (Resthof, Stadelhof) cuidaba de la percepción de las exacciones. Es más: tenía cierto interés en la movilización de la propiedad del suelo, pues reclamaba el pago con ocasión de toda transferencia. Donde había muchos herederos, y, por tanto, eran más frecuentes las transmisiones sucesorias, podían también pedirse más impuestos de esta índole, que consistían en la mejor cabeza de ganado o las mejores vestiduras. En Sajonia se pronunció el soberano local contra la libre divisibilidad.

Al repoblarse sistemáticamente tierras nuevas, surgieron, desde el siglo XII, nuevas formas de aldea. En las tierras donde se habían construido diques, como la que por vez primera otorgada en 1106 el arzobispo de Bremen a colonizadores neerlandeses en los pantanos de Weser, hallamos las casas alineadas a lo largo de los diques. Todos reciben sus tierras en largas fajas perpendiculares a éstos. Análogamente, en los valles forestales del interior de Alemania se hallan las casas en el suelo del valle; de suerte que aquí se habla de aldeas filiformes. Las tierras de pantanos y selvas no están sometidas a régimen de cultivo obligatorio: cada cual puede labrarlas de manera independiente.

La regulación de lo relativo al suelo está condicionada en todas partes por las circunstancias de potestad y de autoridad. En las comarcas conquistadas se formaron posesiones mayores; así sucedió cuando los normandos conquistaron Inglaterra y los alemanes traspasaron victoriosos el Saal y el Elba. En el Este alemán se organizaron en un principio de modo especialmente favorable los derechos de los campesinos recién establecidos allí, porque había que atraerlos mediante tal ordenación jurídica, y por otra parte, los señores eslavos, como los meclenburgueses, pomeranios, silesios, no podían obtener del suelo una fuente de ingresos sino mediante utilización intensiva del mismo, como la que aportaban los nuevos pobladores.

Pero los señores territoriales sólo podían actuar por vía de estímulo. Acaso las querellas de los propios señores asolaran el país. Así, en el siglo XIV, cuando los Papas se trasladaron a Aviñón, las discordias de las familias romanas devastaron la campagna: los labriegos hubieron de huir a los montes. Desde entonces, la campagna descendió a la categoría económica pratense, de la que no pudo salir hasta época muy reciente, para reintegrarse al cultivo intensivo. Cosa análoga podemos comprobar en esta época respecto de Sicilia.

Más adelante, las condiciones agrarias quedaron fundamentalmente determinadas por el medro de las ciudades y la penetraron de la economía dineraria.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La fundación de la ciudad medieval

+ La esencia de la economía de ciudad en la Edad Media

+ Infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval

+ El Estado y la economía de circulación en la Edad Media

+ Los empréstitos municipales y el mercado de capitales

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 85 - 93.