domingo, 9 de octubre de 2016

La economía occidental de la Edad Media (V): la esencia de la economía de ciudad


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No ya Roma, que en la Edad Media continuó las tradiciones de la antigüedad, como centro consumidor del amplio señorío espiritual, sino Florencia, Venecia y Génova, son los que se nos presentan como los representantes más importantes de la vida ciudadana en la Edad Media.

La ciudad de Florencia en la Edad Media y economia

Además de París, mantienen su influencia en el medievo las ciudades flamencas. Cierto que la potestad monárquica inglesa, lo mismo que la francesa, deja menor libertad a las ciudades; pero en las luchas con los barones logra Londres una mayor independencia, cuya confirmación obtiene por causa de los servicios prestados al soberano. Las ciudades alemanes se concertaron, en el siglo XIII, formando Ligas, entre las cuales se destacan la renana y la suaba, y sobre todo la hanseática, que abarcaba unas 90 ciudades, desde Dinant hasta Cracovia. En todas estas localidades tenía gran importancia el tráfico lejano, y no es posible ver, como lo hacía BÜCHER, la esencia de la ciudad medieval únicamente en el núcleo rural, exclusivamente atento a sus intereses de campanario. Aquel tráfico creó unas normas y reglas jurídicas propias, cuyos titulares eran la totalidad de los mercaderes. La libertad ciudadana favoreció este desenvolvimiento, porque el Consejo se convirtió en sostén y agente perfeccionador de esos principios jurídicos. Aunque cada una de las ciudades tratase de monopolizar sus propias vías comerciales, tenían, sin embargo, que actuar en colaboración mutua. La propia Venecia, tenían, sin embargo, que actuar en colaboración mutua. La propia Venecia, que reclamaba para sí el comercio marítimo, abandonaba a las ciudades altoalemanas el comercio terrestre. Los mercaderes italianos se encontraban con los flamencos en las ferias de Champaña, que florecieron especialmente en el siglos XII y XIII. Bajo el amparo de los Condes de Champaña llevaban a Lagny, Bar, Provins y Troyes sus paños los flamencos; los italianos, las especias orientales. Estas ferias llegaron a centralizar, no ya el comercio de géneros, sino también el de pagos. Los cruzados a quienes llegaban a faltar recursos en las ciudades portuarias tomaban allí fondos que los administradores de sus fianzas habrían de reembolsar en alguna de las próximas ferias de Champaña.

En este tráfico desempeñaban las ciudades marítimas el principal papel. No cabe decir que la economía medieval tenga un carácter local, interior, a diferencia de la antigua; antes por el contrario, Alemania, a quien el avance de los sarracenos había cerrado la vía comercial por Arlés, buscaba ya en el siglo X la ruta de Venecia. Cuando pisanos y genoveses expulsaron del Mar Tirreno a los sarracenos, al conquistar Córcega y Cerdeña, avanzaron ambos, juntamente con amalfitanos y venecianos, lo mismo que hicieran en las Cruzadas, adentrándose por el Mediterráneo en portador del comercio italiano, en que, más modestamente, participaban también plazas como Marsella y Barcelona. Genoveses, venecianos y pisanos obtuvieron, sobre todo en los Estados cruzados, barrios independientes de las ciudades comerciales. En Accon, Beirut y Trípoli tenían cónsules y Ayuntamiento propios, iglesia, mercado y baños públicos suyos. También supieron, en el siglo XII, los genoveses y pisanos alcanzar privilegios en Constantinopla, al lado de los venecianos, sin que les asustara el trato con infieles. En Alejandría tenían, sobre todo los venecianos, aunque también los genoveses y pisanos, establecimientos que positivamente hubieron de soportar grandes limitaciones y gravosos derechos establecidos por los potentados locales. El tráfico marítimo de los italianos se expandió en el siglo XIII por el Mar Negro, donde especialmente Kaffa llegó a ser centro de la colonia genovesa. A este comercio marítimo se agregó, al finalizar el siglo XIII, un tráfico terrestre que llevó a algunos italianos hasta la China dominada por los mongoles.

Después de perderse Tierra Santa, se convirtió Chipre en centro del comercio de Levante. Aquí alcanzaron los genoveses influencia decisiva a mediados del siglo XIV, siguiéndoles después los venecianos. En el Mar Egeo poseían estos últimos las Cícladas, después de la conquista de Constantinopla por la Casa Sanudo de Maxos. Los genoveses se establecieron en Chios en el siglo XIV. Por causa de Tenedos, se encendió entre Venecia y Génova la guerra decisiva, en que aquélla resultó vencedora.

Atravesaban el Estrecho de Gibraltar en el siglo XIV las galeras de venecianos y genoveses con rumbo a Brujas y Londres. En Brujas topó aquel mismo siglo el comercio italiano con el de las Hansas, cuando ya habían decaído las ferias de Champaña.

Al modo como lo fuera para los italianos el Mediterráneo, constituyó para las Hansas el Báltico el escenario más importante de su tráfico. En las costas meridionales de este mar habían avanzado a la par burgueses, caballeros, eclesiásticos y campesinos. En el Este, en Curlandia, Livonia y Estonia, no había repoblación rural alemana. Los alemanes llegaron al país como mercaderes y señores, y no faltaron contiendas entre ellos. En Riga pelearon con la Orden y los burgueses. Junto a ciudades alemanas, como Riga, Reval y Dorpat, consiguió el comercio hanseático apoyarse en la Corte de Novgorod sobre el Wolchow, hasta donde podían llegar los barcos. Aquí se negociaban los productos del Este, especialmente la peletería, que se conducía por la ruta Este-Oeste a Brujas, mientras los paños flamencos hallaban su camino hacia el Este desde Brujas, punto de apoyo de las Hansas. También se prefería la vía de Hamburgo a Lübeck, en que podía utilizarse el Trave desde Oldesloe. En Schonen, que entonces pertenecía a Dinamarca, se reunían los burgueses de las ciudades hanseáticas orientales y occidentales para la salazón y remesa del arenque allí capturado. Desde Bergen se traían bacalaos, enviándose allí cerveza y trigo. Los mercaderes de Colonia habían conseguido privilegios en Londres ya en el siglo XII. En el XIII se pusieron también aquí los de Lübeck a la cabeza de las Hansas: éstas tenían en Londres un barrio especial, el Steel Yard, en que se marcaban los paños ingleses. Desde 1282 hasta 1461 correspondía a las Hansas vigilar en Londres la Puerta del Obispo (Bishopsgate).

En Brujas no coincidían únicamente el comercio hanseático y el italiano: también los ingleses traían sus paños. Escoceses, franceses y españoles acudían aquí. Esta coincidencia de mercaderes extranjeros, más favorecidos que los nacionales por el Conde de Flandes, convirtió a Brujas en lo que pudiera llamarse centro del comercio mundial medieval.

Aunque el tráfico lejano radicó principalmente en determinadas ciudades, no dejaron de intentarlo desde un principio otros círculos, y de hecho hubo ciudades del interior donde también se cultivó. En Riga existieron las casas de Soest y Münster, después traspasadas a los Gremios grande y pequeño. Pero también desde las plazas del lago de Constanza, entre las que sobresalía la ciudad de este nombre, se efectuaba un comercio que alcanzaba hasta España. En el siglo XIV adquirió creciente importancia un camino que se dirigía desde Nuremberg hacia el Este, vía Leipzig, a través de la comarca de Lausitz. No se trataba aquí únicamente de algunos artículos valiosos que, como las especias y las sedas de Oriente, podían soportar los más elevados gastos de transporte; eran más bien las ciudades marítimas meridionales, como Génova, atenidas, para su abastecimiento, al trigo que hacían venir del Mar Negro. También era muy importante el papel del trigo en el tráfico de Lübeck. Se añadían a ello los pescados de mar, en todas partes solicitados como manjares cuaresmales. El paño de Flandes hallaba amplio mercado, lo mismo que el florentino. El ganado suizo encontraba en Milán sus compradores. El ganado vacuno era expedido en el siglo XV por mercaderes de Nurenberg hasta Francfort; los rebaños de vacas de Jutlandia transmigraban hasta el Rin. En Francfort y Colonia tenía gran importancia el comercio del vino. Las ciudades del Norte, como Hamburgo y Wismar, exportaban cerveza hacia el Oeste y Norte. De Suecia traían cobre las Hansas. Las explotaciones de minas de plata alemanas suministraban a Europa en la Edad Media un medio fundamental de pago de sus importaciones orientales.

Las ciudades de la Edad Media se distinguen de las de la antigüedad en que en ellas no va el comercio unido a la propiedad inmueble, sino al trabajo industrial. Es incuestionable que la propiedad territorial desempeña papel importancia también en la ciudad medieval, donde constituye la base del derecho burgués. Hasta mediados el siglo XIX sólo se otorgaba en Hamburgo el derecho de ciudadanía a quien tuviera en la ciudad su patrimonio hereditario; si bien aquí se trataba de la vecindad ciudadana, pues la propiedad territorial que los mercaderes adquirían fuera de la ciudad les servía también como base de su crédito; así, cuando se interpusieran reclamaciones extranjeras, estaba seguro el acreedor de que el Concejo accedería a que se le despachase ejecución contra la propiedad inmueble de su deudor, según claramente podemos ver ocurría en Florencia durante el siglo XIV.

La expresión Mercator, usada en la Edad Media para designar a los pobladores de la ciudad, abarca a comerciantes y artesanos. El artesano de la ciudad lucha por el derecho de dar salida en el mercado libre a los artículos de su industria. Es cierto que se mantiene en ciertas ramas el trabajo asalariado, sobre todo en la construcción y la molinería, pero también ocurre ello en la panadería, en que el industrial trabaja con materias extranjeras. En la panadería se distinguen los dos grupos: el de quienes emplean la harina proporcionada por los burgueses, y el de los que, por ejemplo, venden a veces pan en los soportales del Ayuntamiento. Pero BÜCHER, a quien debemos las expresiones de trabajo asalariado y trabajo por precio, no tiene razón al afirmar que sólo en la ciudad comenzó el trabajo por precio a surgir del trabajo asalariado; ya antes de establecerse en la ciudad pudo el industrial ofrecer, no sólo sus servicios, sino también los productos de su trabajo. De los zapateros que hallamos en la matrícula aduanera de Coblenza correspondiente al año 1104 se dice que vienen de tierras lejanas y que una vez satisfecho los derechos quedan autorizados para la venta de zapatos. Son, pues, trabajadores ambulantes por precio que vienen a establecerse y no circunscriben sus operaciones al mercado local. Hay noticias de que los artesanos de Worms van a los mercados anuales de las cercanías. Más tarde visitan las ferias de Francfort artesanos extranjeros. Los hallamos también después en las ferias de Leipzig.

Los burgueses tratan de conservar libre para ello el mercado de la ciudad, pretensión que se ven obligados a defender incluso contra intentos de los señores territoriales, que igualmente aspiran a vender los productos de su industria. No siempre obtienen pleno éxito; en Lübeck afirman los avecindados en el Monasterio de la Magdalena que, por lo menos, les asiste el derecho de elaborar cerveza para su propio consumo. Se congrega en gremios a los artesanos individuales; la organización de los artesanos, que regula las condiciones de la explotación industrial para sus miembros, intenta abarcar a todos los trabajadores de la ciudad, pretensión que sólo se logra cuando el Poder público autoriza sus Estatutos. A veces entran las ordenaciones artesanas a formar parte del derecho municipal, pero por lo general se desarrollan principios jurídicos independientes para cada gremio.

No faltan disputas entre los diversos gremios, pero no empiezan a aparecer hasta que se intensifica la especialización industrial. Esta especialización de las profesiones constituye la característica peculiar de la industria medieval y radica en la propósito de que, a ser posible, cada tarea sea base de una existencia independiente, de un sustento burgués. Si al principio se encuentran pocos oficios, va aumentando su número conforme se afina más y más la estructuración. Tras el matarife de cerdos aparece el de reses vacunas; en el trabajo de pieles y cueros se diversifican el zapatero, el guarnicionero y el talabartero. Peculiar primor tienen las especializaciones en las artes del hierro: al fabricante de clavazón, hojalatero, herrador, cuchillero, se agregan los espoleros, espaderos, armeros, fabricantes de armaduras y de arneses, y éstos se subdividen a su vez en los que hacen arneses de láminas o de mallas. Por lo general, el industrial debe dominar todo e proceso de producción, desde la primera materia hasta el artículo terminado; pero no puede evitarse que algunas industrias presenten ya en la Edad Media una división de la producción. Así sucede cuando se instala el curtidor frente al zapatero y al guarnicionero, o lo hace el espadero ante las industrias preparatorias. Singularmente fue en la industria textil donde se vio tal división del trabajo entre hilanderos, tejedores, enfurtidores y tintoreros.

Para el comercio siguió teniendo máxima importante la venta al por menor en el mercado nacional. No podían dejar de surgir aquí conflictos entre el comercio y la artesanía, cuando el sastre reclamaba el derecho de vender, no sólo el paño extranjero al por menor, sino también el nacional, cosa a que se oponían los tejedores. El despacho de artículos importados del Extranjero era ocupación de los buhoneros, quienes se agruparon gremialmente frente a los tejedores. En los mercados anuales y en las ferias se continuó admitiendo a comerciantes y artesanos extranjeros; es más: durante las ferias de Westminster se daba el caso de venir obligados a cerrar sus tiendas los propios comerciantes de Londres; y cosa análoga pedía el obispo de Winchester durante sus ferias a los burgueses de Southampton.

Más acentuados que el antagonismo entre extranjeros y nacionales era el revelado por la constitución municipal entre quienes comerciaban en tierras lejanas y los artesanos. Los intereses del comercio remoto habían sido adalides en la pugna por la independencia de las ciudades; mantuvieron su preponderancia allí donde los mercaderes, apoyados por su propiedad territorial, ocuparon constantemente los puestos concejiles. Esta participación en el gobierno diferenciaba a los patricios, a la nobleza ciudadana, respecto de la masa de burgueses, a la cual podían pertenecer no sólo los artesanos, sino también las familias de mercaderes recién llegadas. El pueblo lucha contra la nobleza durante el siglo XIII en las ciudades italianas; el XIV es en Alemania la época de las luchas gremiales.

Allí donde el comercio lejano conserva importancia decisiva no pueden prevalecer los gremios: tal ocurre en las ciudades marítimas, lo mismo que en Nurenberg y en la ciudad mercantil de Lyon. Donde vencen los gremios ha intervenido casi siempre la ayuda del señor local, y entonces vemos que el comercio exterior decae. La ciudad se ruraliza; sus burgueses se circunscriben a abastecer la tierra lana con los productos de su industria, lo que podemos comprobar con excepcional claridad en Friburgo de Brisgovia, aunque también Zürich patentiza en el siglo XV un desenvolvimiento análogo. Siguieron los negociantes corriendo el riesgo de que en adelante, y considerándose simplemente rentistas, no aspirasen más que a equipararse a la nobleza rural. Así brotaron de la opulencia ciudadana muchos linajes de la Alemania meridional. La propia Lübeck vio en el siglo XVII a sus familias colocadas frente a los intereses de la ciudad en concepto de hacendados de Holstein; Florencia, que durante la Edad Media había lucido por su industria y su comercio, se interesa esencialmente en las mejoras rurales al llegar al siglo XVIII.

A pesar de tal reagrarización, la ciudad medieval trajo algo nuevo que en conjunto no pudo perderse. Al lado del trabajo no libre predominante en el campo, obtuvo acogimiento en la ciudad el trabajo libre, cosa que únicamente fue posible gracias a la cooperación de burgueses y agremiados. Hubo también personas no libres, especialmente en las ciudades marítimas italianas, pero no podía empleárselas sino en el servicio doméstico; ello representaba el logro de algo nuevo en comparación con la antigüedad. En un principio, la lucha por la tierra fue lo único decisivo; ahora se pugnaba por el espacio para conseguir el sustento conseguido mediante la bondad del trabajo. Los preceptos gremiales y las Ordenanzas de las ciudades se preocupaban de que sólo llegasen géneros de buena calidad al mercado, y no ya únicamente en punto a víveres y en interés de los consumidores de la ciudad, sino también por lo atinente a los artículos de exportación, como los tejidos, con vistas a defender en el Extranjero el prestigio del trabajo ciudadano.

Es verdad que ya Epicteto había calificado al trabajo como no indigno de los sabios, contrastando así con el desprecio que hacia el mismo sentía la antigüedad y que aún compartía Cicerón; también el Islam otorgó mayor aprecio al trabajo. Pero acercó a mantenerse de manera completamente distinta allí donde apareció organizado, como sucedía en las ciudades de Occidente. El comercio de la antigüedad estaba íntimamente unido a la propiedad territorial: se procuraba invertir inmediatamente en fincas los beneficios en él obtenidos, porque así se adquiría consideración social. En la Edad Media el comercio logró acatamiento merced a su asociación con el trabajo. Cierto es que se aceptaron las doctrinas de Aristóteles, para quien los pastores eran holgazanes, laboriosos los agricultores, y la adquisición del dinero de los mercaderes, contraria a la Naturaleza. En los Padres de la Iglesia se decía que un comerciante nunca o casi nunca podía ser grato a Dios. En cambio, San Agustín explicaba que podía hacer labradores y artesanos ateos y mercaderes piadosos. En Tomás de Aquino coincidieron las doctrinas de los Padres de la Iglesia con las de Aristóteles: su mundo está organizado en clases, pero halla en él eco potente la alabanza del trabajo como base de la economía.

Dimana ello también de otra relación del artesano con su medio de trabajo. En el mundo antiguo y en Oriente se trabajaba "a manos limpias". Ciertamente se transmitían de padres a hijos como saber secreto las grandes aptitudes y el conocimiento de relaciones científico-naturales. En Occidente surgieron con ROGER BACON y ALBERTO MAGNO hombres que por sí mismos alcanzaron esta ciencia secreta, y aparecieron en su época sospechosos de brujería. El progreso técnico no se debió sólo a los hombres que descubrieron las máquinas de guerra y los autómatas para diversión de los palacios; lo despertó principalmente el hecho de que la propia artesanía, acuciada por el aumento de la demanda, exigió medios auxiliares que aliviaran el trabajo manual. Claramente se ve en unos dibujos de Nurenberg procedentes de una fundación para artesanos ancianos, que nos muestran a cada artesano consagrado a sus varias y respectivas actividades. En la propia ciudad se mencionaban el año 1363 hasta 50 grupos de artesanos con 1.260 maestros; de éstos correspondía una tercera parte de los grupos y una cuarta parte de los maestros a la industria de metalistería, tan prolijamente articulada, según ya dijimos.

Los chinos conocían la pólvora en calidad de sustancia explosiva. Como tal la conoció también Occidente ya en el siglo XIII. Pero la centuria inmediata trajo el desarrollo de la artillería de pólvora, arte que se dice perfeccionara Bertoldo Schwarz a fines del siglo. En 1405, en el libro 8 de los publicados con láminas por Conrado Kyeser, de Eichstädt, se ocupaba del "fuego para la guerra"; en el 9, de "la aplicación del fuego a la paz". Podía gloriarse de que Alemania brillase más que nadie por sus artes libres, fuese honrada por sus conocimientos mecánicos, se distinguiera por multitud de industrias. Hacia mediados del siglo XV conseguía el maguntino Gutenberg imprimir mediante caracteres fundidos. En 1456 aparecía la Biblia impresa.

A fines del siglo XV y comienzos del XVI se ocupaba Leonardo de Vinci en proyectos técnicos. En 1841 entraba al servicio de los duques de Milán, trabajaba más tarde en la Corte pontificia y en su ciudad natal y se dirigía, por último, a la Corte de Francia. La poesía medieval había atribuido a Alejandro no sólo la conquista del mundo, sino también el haberse valido de medios mágicos para penetrar en las profundidades del mar y de inmersión. En sus dibujos se halla el proyecto de molinos de viento con techumbre móvil y un esbozo de torno, un reloj despertador de agua y también una rueca separadora de la hilaza, un mecanismo para cuatro tijeras de tundidor, de que no se vuelve a oír hasta 1758 en Inglaterra, y una máquina de fabricar agujas que en 1496 debía producir 40.000 por hora y 480.000 al día, mientras los 10 obreros que trabajaban a mano conforme al principio de división del trabajo según Adam Smith no rendían sino 48.000 agujas por día. Leonardo exigía experimentación y la aplicación de la ciencia matemática. Pero la mayoría de sus excitaciones quedó sepultada en sus manuscritos. Hasta época ulterior no pudo tener lugar el desarrollo sistemático de la técnica.

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- La economía occidental de la Edad Media


+ La economía rural

+ El señorío territorial

+ La situación de la agricultura bajo el influjo de la economía de tráfico

+ La fundación de la ciudad medieval

+ Infiltraciones capitalistas en la ciudad medieval

+ El Estado y la economía de circulación en la Edad Media

+ Los empréstitos municipales y el mercado de capitales

+ La unión de la potestad política y el crédito en el siglo XVI

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 107 - 114.