lunes, 26 de septiembre de 2016

El fin de la Edad Antigua. La economía de Roma oriental y del Islam


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Aunque no sin dificultades, tras la Muralla china, construida hacia el 200 antes de Cristo, pudo mantenerse hasta la Edad Moderna la civilización china. Pero el Limes que los romanos habían alzado contra los germanos entre el Rin y el Danubio hubo de ceder en el siglo III después de Cristo, y las nuevas fortificaciones que los romanos alzaron en castillos aislados sobre el Rin, alrededor del año 300, fueron arrolladas en el siglo V.

Denario de Roma y economia

- La economía de Roma oriental


El derrumbamiento de la civilización y economías antiguas no fue general ni súbito. Mucho de lo que constituía la tradición de la antigüedad sobrevivió en los monasterios y fue transmitido por la Iglesia a la Edad Media. Los emperadores de Occidente se sentían restauradores del Imperio de los Césares y Augustos. Pero la idea de que ya se había acabado el mundo antiguo iba invadiendo los espíritus. La escisión definitiva sobrevino en el siglo III. El propio Imperio Romano, renovado después de este derrumbamiento, ostentaba rasgos esencialmente distintos. La cesación de la potestad imperial en el siglo V y fue menos decisiva, pues los godos penetraron en Italia como mandatarios del Emperador de Oriente.

Para PIRENNE es más tarde cuando sobreviene el corte. Aún hay que conceptuar a los merovingios como herederos de la antigüedad, al paso que sólo al quedar apartados del Mediterráneo los francos, a causa del avance de los árabes, habría quedado liquidada la era económica antigua por una intermediaria, el medievo. Acaso se ha otorgado excesivo honor a los pergaminos de los carolingios frente a los perdidos papiros de la época merovingia; pero aun cuando PIRENE, del júbilo literario de los merovingios a que alude, infiere su supremacía respecto del periodo subsiguiente, le contradicen demasiado las noticias que se han conservado. Tampoco cabe subrayar excesivamente, con DOPSCH, la continuidad económica. De hecho, en la Edad Media había un pensamiento económico distinto del que imperaba en la antigüedad, y además se habían alterado las bases de la economía. Pero el diverso desarrollo que se produjo en los sectores oriental y occidental del Imperio Romano, y la divergencia de ese desarrollo respecto de la antigüedad, fueron decisivamente influídos por los acontecimientos del siglo III.

Las excavaciones nos han mostrado el esplendor de las ciudades provinciales romanas del Africa septentrional y de las regiones fronterizas asiáticas y europeas en el siglo II. La Arena de Tréveris era capaz para 14.000 espectadores. Relieves de la muralla de la ciudad de Neumagen (Noviomagus, Nimega) nos muestran la realización de pagos en dinero y en especie a los propietarios territoriales, y remesas de cubas de vino y balas de tejidos. Los germanos trocaban vino, vasijas para beber, vidrio y adornos a cambio de ámbar, pieles, cabello de mujer y esclavos. En el Nilo era Koptos un centro de comercio hacia el Mar Negro, y aún más allá. En la India se han encontrado monedas romanas, especialmente del periodo entre Augusto y Vespasiano. Durante el gobierno de Marco Aurelio llegó por vía marítima una embajada romana hasta China. En el siglo II antes de Cristo, la dinastía china Han había cerrado, mediante conquistas en Occidente, incluso la vía terrestre por Asia interior, cruzando la cuenca del Tarim hacia la seda china, hasta que vino a poder de los romanos.

El bienestar de las ciudades del Imperio Romano descansaba en la propiedad territorial de los ciudadanos, en relación con el tráfico mercantil. Más importante que la producción de artículos de lujo para los ricos era el comercio de trigo, vino y aceite para abastecer al Ejército. La elevación de los gastos de transporte dio creciente importancia a la industria local. Se esforzó, aunque no siempre con igual éxito, en imitar obras clásicas. En los últimos tiempos del Imperio, las industrias de Campania sufrieron el perjuicio de que florecían los talleres de las fronteras para pertrechar a los ejércitos. El derecho civil romano no se extendió sólo a Italia, sino que también en las provincias residían muchos romanos. La constitución municipal convirtió incluso a ciudades menores en copia de la metrópoli, con sus foros, sus teatros, sus arcos de triunfo, sus templos y sus acueductos. Las construcciones de los tiempos de Trajano y Adriano, por ejemplo, exceden en magnificencia a las de la época clásica. En todas las ciudades vemos cómo al lado de la acción pública se distinguen los particulares mediante espléndidas fundaciones.

En el siglo III cesaron estas fundaciones. Las construcciones decayeron grandemente. ¡Qué cosas no se han indicado como fundamentos de este desplome de la fuerza económica de la antigüedad! El hecho es que, mientras en la primera época imperial estaba muy difundido el uso del dinero, al renovarse el Imperio, a fines del siglo III, hubo que apoyarse menos en impuestos que en servicios. La ordenación de tasas de Diocleciano patentiza este encogimiento de la economía de tráfico. El pago de sueldos a los empleados se hacía en especie. Los obreros manuales tenían que atenerse, en su mayoría, al jornal. Sólo algunos de ellos, como especialmente los industriales del cuero, adquirían por sí la primera materia y se hallaban interesados en el precio de sus productos, como trabajadores por precio, en el sentido de BÜCHER. La citada ordenación de Diocleciano fijó precios que contrariaban la codicia de los hombres. Ante todo, hubo que organizar de otra manera el abastecimiento de la capital. Si hasta entonces había podido abandonarse al libre tráfico, que utilizaba también para Roma, como puerto principal de importación, el de Puteoli, junto a Nápoles, se creyó entonces deber asegurarlo mediante mandato de la superioridad. Los marineros quedaron al servicio del Estado. Al igual de ellos, se organizaron en Colegios los panaderos y otros obreros manuales, con funciones encomendadas por el Estado. Esta nueva organización trabajó, en lo esencial, con más dificultades que la anterior. Así, el Código teodosiano computaba en dos años el tiempo que los barcos empleaban para traer de Africa el trigo y regresar.

El siglo III presenció un fuerte envilecimiento de la moneda en el Imperio. De 88 pfennig retrocedió el denario hasta no contener sino 1,788 pfennig de metal precioso. ¿Fue falta de metal noble el motivo de tal descenso? Así se ha querido sostener con toda seriedad. Se dice que las minas de plata habían fallado y que una desfavorable balanza de comercio había hecho huir a Oriente, anualmente, millones. Pero esta desvalorización del dinero no era más que un signo de trastorno general. Simultáneamente descendió a 50 millones la población, que en el siglo I después de Cristo fuera de 70 millones cumplidos.

MOMMSEN ha hecho resaltar la modificación sobrevenida en la Constitución del Imperio. El principado de Augusto había dejado que subsistiera formalmente la antigua Constitución romana. El Senado seguía actuando. Pero los soberanos que desde fines del siglo III renovaron el Imperio Romano, Aureliano, Diocleciano y Constantino, se apoyaban en otro punto, no sólo de hecho, sino también jurídicamente, al afirmar su autarquía y rodearse del ceremonial de los príncipes orientales. En el desprecio hacia el Senado que paladinamente se efectuaba después de los Severos ve FERRERO el motivo para el derrumbamiento. Pero ¿cómo se explica este desprecio? ¿Qué relación había entre la mudanza política y las modificaciones económicas?

MAX WEBER ha atribuido a la cesación de llegada de esclavos la parte principal en la disminución de la economía de tráfico de la antigüedad. De ser así, un acontecimiento político, la derrota causada por los germanos, habría sido lo decisivo. ROSTOVTZEFF alude a lo muy gravoso de la administración militar desde el siglo II. No sólo eran cada vez más difíciles de defender las fronteras, sino que las luchas de los diversos caudillos por la Dignidad Imperial agotaban los recursos. El caso es que se perdió el Limes porque para aquellas luchas hubo que retirar las tropas de las fronteras. El Ejército, que intervenía en las luchas de los pretendientes durante el siglo III, no se detenía ya ante una floreciente autonomía administrativa de las ciudades como la que se advirtió en el siglo II. Con sus exigencias destrozaron la base económica de las ciudades. Según esta tesis, la causa verdadera y definitiva del derrumbamiento no habría sido sino el superconsumo, que hizo desaparecer los artículos acopiados en largo período de paz, sin que correlativamente hubiera un aumento de producción.

HEICHELHEIM acierta a describir con mayor precisión las fases del trastorno monetario del siglo III. Afirma que el envilecimiento de la ley de la moneda no nos daría, por sí solo, un cuadro exacto. Habría que ver también hasta qué punto correspondía a la alteración de precios. Ya se advierte en tiempo de Cómodo, años 180-190 después de Cristo; y su motivo puede hallarse en el aumento de soldadas. Domiciano había subido el stipendium de 225 a 300 denarios. Cómodo lo elevó a 375. Bajo Septimio Severo llegó el stipendium a 500 denarios, y a 750 bajo Caracalla. Entonces debían haber sido ya 800 denarios, dado el descenso de poder adquisitivo. Estas elevaciones de soldada pesaban, ciertamente, tratándose de un ejército de 400.000 hombres. Los precios habían subido, hasta tiempos de Diocleciano, hasta veinte veces.

Según ROSTOVTZEFF, la revuelta decisiva del camino adviene en tiempo de los Severos. Hasta entonces, las ciudades habían atinado a proteger su autonomía administrativa. Ahora declaró Caracalla que nadie sino él habría de poseer dinero para poder darlo a los soldados. Los emperadores empezaron a apoyarse en los habitantes del campo, entre quienes el Ejército se recluta, además de hacerlo en éste. Es verdad que los grandes juristas de tiempo de los Severos exigen atender a los más débiles. Los rasgos de carácter social se acentúan más aún en la legislación después de la conversión de los Césares al Cristianismo. Pero, en general, se confirma la idea, que ya RODBERTUS había expresado, de que la civilización de la antigüedad se derrumbó porque la sostenía una capa demasiado exigua que no logró asimilarse las masas.

FRANK y SEEK conceden importancia decisiva al hecho de haber ido socavándose la población de la Roma antigua. El cometido no era en el siglo III después de Cristo más difícil que cuando amenazaban los cimbrios; pero faltaban varones para ir sorteando la fatalidad. En lugar de los romanos antiguos, fueron los descendientes de los libertos quienes se enfrentaron con el problema.

Desde el siglo IV estaba el Ejército constituido, en gran parte por germanos. La invasión de Occidente no fue, en definitiva, según WEBER, sino la toma del Poder por ese Ejército.

La presión de la Administración pública se exteriorizaba en el hecho de que los cargos municipales, hasta entonces honor de que se gloriaban en las inscripciones, se habían convertido ahora en una carga que se esquivaba de buen grado mediante la huida. Los presidentes respondían de los ingresos tributarios de la ciudad. De nada servía residir en vías públicas, pues las exigencias unidas a las marchas de tropas agotaban incluso a los más acaudalados. Los servicios de los obreros manuales fueron declarados prestaciones hereditarias en favor del Estado. Ya indicamos que no cabía exigirles tanto como en la economía de tráfico libre: por doquiera retrocedió el servicio prestado. Tampoco el colono, ya convertido en siervo y obligado a entregar las más de las veces la mitad del producto bruto de su trabajo, tenía interés alguno en acrecentrar ese producto. Los propietarios territoriales hubieron de renunciar a su fastuosa vida ciudadana y retirarse a sus haciendas para consumir allí el sobrante de la producción de sus colonos.

Las ciudades, hasta entonces centro de la administración, se despoblaron, porque los propietarios rurales, los possessores, lograron que los distritos en que radicaban sus bienes rigieran para la exacción de tributos y para el reclutamiento.

Las provincias habían logrado cierta independencia como distritos administrativos. La unidad del Imperio estaba amenazaba por divisiones que aún, como la efectuada bajo Diocleciano, habían respetado el principio de la unidad. Después de Teodosio I se separaron definitivamente los Imperios de Oriente y Occidente. Esta separación no fue sólo política, sino que ambos Imperios emprendieron rumbos distintos en su constitución económica.

En el Imperio de Occidente se desplomó el Poder central. Únicamente la Iglesia mantuvo la conexión del Oeste. También en los Estados germánicos en formación siguió siendo relativamente débil la potestad real. El señorío territorial que se había formado a fines del Imperio Romano permaneció siendo no sólo base de la economía, sino también de la administración. Es verdad que bajo Carlomagno se renovó el Imperio de Occidente, pero aun cuando supo vivificar las instituciones del Estado, es lo cierto que la potestad de los Príncipes estribaba en el hecho de que ellos eran al mismo tiempo los mayores señores territoriales.

Mientras en Oeste la antigüedad desembocó en una economía natural de las grandes propiedades, de los latifundios, las fuerzas del Este quedaron concentradas en una economía del Estado de los funcionarios superiores.

En cuanto Constantino hubo trasladado a Bizancio la capitalidad del Imperio, la Administración general encontró allí cada vez más su centro. En Constantinopla se reunían los impuestos del Imperio. Aquí consumían la Corte y los funcionarios públicos buena parte de los ingresos del Estado. El esplendor de Constantinopla era tal que a los ojos de los extranjeros era notoriamente la ciudad imperial.

Perduraron en Bizancio las tradiciones de la economía egipcia que el Imperio Romano había recogido. Todos los sobrantes económicos fueron abarcados por la contribución territorial que Diocleciano reformó y afluyeron a las arcas del Estado. A fines del siglo IV importaban los ingresos totales del Imperio, bajo Teodosio I, la suma de 10 millones de solidi = 154 millones de francos oro, de los cuales unos dos tercios correspondían a la mitad oriental del Imperio. En tiempos de Justiniano, en el siglo VI, los ingresos importaban siete millones de solidi, de los cuales se invertían cinco millones en el Ejército, un millón en la Administración, 3/4 de millón en la Corte; 1/4 había de pagarse como anualidad a los bárbaros. La administración ordinaria debía rendir sobrantes para alimentar un tesoro. Gastos extraordinarios, como la desdichada expedición contra el rey vándalo Giserico en 468, que requirió 130.000 libras de oro, trastornaron para largo tiempo el equilibrio financiero. Pero en 518 el Tesoro debió tener 23 millones de solidi ó 320.000 libras de oro = 355 1/2 millones de francos oro.

Merced a ese Tesoro del Estado logró Bizancio gran preponderancia sobre sus vecinos. Justiniano supo aprovechar hábilmente este tesoro. Con él consiguió las tropas mercenarias extranjeras que le ayudaron a recobrar África e Italia. También pudo comprar así el apoyo de príncipes extranjeros que le prestaron ayuda contra los godos. En testimonio perenne de su poderío edificó Justiniano la obra arquitectónica mayor de esta época, la Iglesia de Santa Sofía. Pero esta actividad agotó incluso el tesoro del emperador, y después de su muerte hubo que tomar medidas para equilibrar gastos e ingresos.

El sucesor de Justiniano se negó a pagar los tributos que se debían a los ávaros y persas. En las duras luchas que después hubo contra los persas no se trataría tal vez únicamente de los 30.000 sueldos que anualmente debían pagárseles, sino más bien de la región armenia de reclutamiento, pues ya no había para Bizancio posibilidad de sacar mercenarios de ningún otro paraje. Con todo, parecía a Procopio en el siglo VI que era una opresión considerable el haber elevado los ingresos tributarios de la Prefectura de Oriente en unas 3.000 libras de oro, es decir, en unos 3,33 millones de francos.

Aún se logró llenar una vez más las arcas del Tesoro. En 856 hay datos que hablan de 13.681.000 solidi, 190.000 libras de oro y 300 libras de plata, equivalentes a 211 millones de francos oro; en 1015 se indican 200.000 libras de oro, es decir, 222 millones de francos. Pero al lado de esta "formación de capitales" estatal retrocedió la economía privada en el Imperio Bizantino. No fueron los griegos, sino traficantes extranjeros quienes en las ciudades fronterizas e incluso en la capital representaban el papel principal.

Para esquivar la mediación persa en el tráfico hacia Oriente volvieron los bizantinos sus miradas a los etíopes en el Sur y a los turcos en el Norte. Normandos de Kiew acampaban con sus caravanas comerciales ante las puertas de Constantinopla; hasta en el tráfico interior y el que se efectuaba con el Oeste se mostraban entonces sirios y judíos más activos que los griegos.

La organización del Imperio Romano mostró en Bizancio gran fuerza de resistencia y dotes de asimilación. Asaltos de pueblos, siempre renovados, amenazaban al Imperio por todas partes. Persas y ávaros parecían ser a fines del siglo VI los que iban a dar con él al traste. Llegaron después los árabes. A sus ataques por el Sur y el Este se sumaron los de los búlgaros por el Oeste, pero siempre se logró mantener a los enemigos lejos de los fuertes muros de la ciudad y recobrar, por lo menos, la comarca núcleo, la península balcánica y el Asia Menor. Justiniano había podido sentirse renovador del Imperio total después de destruir los Imperios de vándalos y ostrogodos. Entonces estaban Italia y África bajo la administración bizantina, y sus tropas dominaban hasta España. Es cierto que más tarde se perdieron Egipto y Siria definitivamente para el Imperio por causa de los árabes, y que los eslavos penetraron en el siglo VIII hasta el Peloponeso. En 1014 consiguió Basilio II someter una vez más a los Balcanes merced a la destrucción del Imperio Búlgaro. Hasta fines del siglo XI no fueron fatales para el Imperio el avance de los turcos seljúcidas en Asia Menor y los ataques de los normandos por el Oeste. Hubo que ceder a los turcos el Asia Menor, y si Bizancio pudo sostenerse frente a los normandos fue gracias a que compró la ayuda de los venecianos mediante un privilegio comercial, la Bula áurea del emperador Alejo, de 1082, que otorgó a los venecianos franquicia aduanera en el Imperio Griego. Con todo, mediante hábil diplomacia, logró Bizancio todavía en 1180, bajo Manuel Commeno, mantener una posición de prepotencia en Oriente.

Además, eran mercenarios extranjeros quienes reñían las batallas de Bizancio. Rodeaba al soberano una guardia personal de varegos, de normandos venidos del Dniester abajo. Los propios emperadores, no siempre procedían de antiguos linajes: Justiniano y Basilio I eran de sangre eslava. El defensor de Constantinopla contra los árabes fue León el Isáurico. Pero todos ellos se sentían herederos de los romanos: el latín era todavía reconocido por Justiniano como lenguaje de las leyes. Pero después penetró el griego como lengua de los "romanos". La posición de los emperadores romanos de Oriente se robusteció por la circunstancia de erigirse en protectores de la Iglesia cristiana, cuyos dogmas había definido bajo su influjo los Concilios.

En lo industrial se logró transplantar al Imperio Bizancio la producción de la seda. Justiniano ordenó elaborar la seda en talleres del Estado, que debían proveer con carácter de preferencia a la Corte y sus favoritos. Vestiduras de seda eran los presentes honoríficos a magnates nacionales y extranjeros. Estaba prohibido usarlas al pueblo. Más tarde sustituyó a los donativos imperiales de seda un tráfico regulado por la autoridad; ciertas sedas quedaron libres, pero el tinte en púrpura siguió reservado al Estado.

El problema del suelo continuó siendo, también en el Imperio Bizantino, el de mayor importancia. Tampoco el Levante escapó al peligro de debilitación del Poder central por la aparición de grandes señoríos territoriales. Cabe hacer una distinción entre Occidente y Oriente, en el sentido de que allí era más frecuente el que los propietarios territoriales fuesen familias de antiguo arraigo. En Oriente, los funcionarios recibieron distritos determinados por la exacción de impuestos y reclutamiento de soldados, con la consecuencia de que aquéllos fueron considerando cada vez más tales distritos como dominio propio. A pesar de la diversidad de bases, el resultado fue, por tanto, casi lo mismo en Oriente que en Occidente. Si bien Pronoia y Beneficium procedían de raíces distintas, de hecho estas formas de transferencia de comarcas y fuentes de ingresos, con la obligación, difícilmente controlable, de prestar servicios públicos, vinieron a parar en una debilitación del Poder central mediante la feudalización. Precisamente en Egipto y Siria, que tan rápidamente sucumbieron a los árabes, fue fatal para el Imperio la independización de las potestades locales.

Los emperadores romanos de Oriente trataron de precaverse contra estos peligros fomentando la pequeña propiedad territorial. A principios del siglo VII había logrado Heraclio, precipitadamente regresado de Africa, liberar a la capital, rechazando a los persas hacia el interior del territorio. En su tiempo se llevó a efecto la constitución de "temas". Al paso que hasta entonces se habían instalado soldados en las fronteras, los Milites limitanei, ahora se crearon en todo el país, y especialmente en Asia Menor, patrimonios militares. Se logró así, no sólo una base más firme de la organización defensiva, sino también un alivio de la Hacienda. Ahora se atendía al Ejército con la mitad del gasto anterior, con dos a tres millones de solidi. Comparados con los 150.000 guerreros del siglo VI, venían a ser ahora 120.000 hombres, pero mucho más de fiar. No en el comercio y la industria, sino en esa institución de los patrimonios militares, descansó la fuerza de resistencia del Imperio Bizantino en los siglos subsiguientes. Según el Nomos Georgikos de Justiniano II, la situación de los labradores en el siglo VIII era mucho más favorable que al concluir la Edad Antigua. Los labradores respondían del reclutamiento del Ejército y de la soldada que había de entregársele. Había labradores libres establecidos por los propietarios territoriales y que les abonaban, en concepto de renta, desde un diezmo hasta una mitad del producto; también había Municipios libres, que distribuían la tierra entre sus miembros.

Vemos, sin embargo, cómo la inseguridad de la situación, que en todo tiempo amenazó a la clase labradora, acarreó también aquí la consecuencia de que los grandes hacendados convirtieran al campesino en dependiente de ellos por el sistema de los anticipos. En los siglos X y XI lucharon ardorosamente los emperadores contra este sesgo de las cosas. En 922 prohibe el emperador romano a los ricos la adquisición de bienes de los pobres y de los soldados. El hambre de 928 parece haber dado lugar a numerosas transgresiones de la prohibición, que en 935 hubo de dictarse con mayor energía. Pero los nuevos adquirentes, es decir, los potentados que se habían aprovechado de esta coyuntura, sólo tuvieron que restituir los bienes a cambio de devolución del precio y de indemnizar por eventuales mejoras. Más tarde se exigió la devolución sin indemnización. Pero continuaron las quejas por incumplimiento de estas leyes. Basilio II, el debelador del Imperio Búlgaro, renovó en 996 estas leyes de sus predecesores y celó severamente su aplicación.

El siglo XI hizo que los emperadores desmayaran en esa política. Los victoriosos generales, de cuyo círculo procedían los emperadores, reclamaron se atendiera a sus intereses. Así se volvió a favorecer el latifundio. Bajo los Comnenos se limitó el Estado a dar en Pronoia tierras y fuentes de ingresos, con la obligación de entregarle exacciones y soldados. Así fue como tampoco escapó Bizancio, en definitiva, a la suerte del Imperio Occidental, que tenía base esencialmente agraria.

La moneda de oro de Bizancio, que entre los siglos IV y XI había mantenido su estabilidad, se debilitó ahora. Con la pérdida del Asia Menor se sustrajo a la potestad de la Roma oriental una parte esencial de su territorio. Pero la primera conquista tuvo lugar en Occidente. En vano habían apelado los emperadores a los rivales de los venecianos contra la prepotencia mercantil de éstos. Cuando, después de un ataque de los venecianos en 1171, se vengaron haciendo que en la Cuarta Cruzada se apoderasen de Constantinopla los cruzados. La ciudad cayó, en 1204, en manos de los occidentales. Un conde franco, Balduino de Flandes, recibió la corona imperial, y el Imperio fue dividido entre los señores feudales del Ejército cruzado. A Venecia tocó más de una cuarta parte del Imperio, con los puertos de mayor importancia. En esta conquista apareció Constantinopla una vez más a los ojos de los conquistadores como un conjunto de riqueza y magnificencia. El cronista VILLEHARDOUIN no se cansa de describir sus tesoros, que aún perduran hoy en las leyendas de Occidente y de Levante.

Si más adelante, en 1261, recobraron los emperadores griegos otra vez Constantinopla, y aun se mantuvieron aquí doscientos años, debieron este último destello de poder al auxilio de los rivales de los venecianos, es decir, a los genoveses, a quienes fueron otorgados a cambio los máximos privilegios dentro del Imperio. Pera, al Norte del Cuerno de Oro, se convirtió en barrio de los genoveses. Su torre indica la época del influjo preponderante de las ciudades marítimas de Occidente en estos territorios.

El Imperio Romano de Oriente vio sus más duros rivales en el Imperio Persa fundado en 224 después de Cristo por los sasánidas. La ordenación de este Imperio, el ceremonial introducido en su Corte, sirvió a los emperadores romanos de ejemplo al renovar el Imperio bajo Diocleciano.

Como herederos de las civilizaciones antiguas, hubieron de atenerse los persas a los rendimientos del suelo de Mesopotamia. Pero también trataron de aprovechar la situación comercial de su país. Sólo a cambio de altas ganancias del intercambio daban acceso a los romanos a las sedas de Oriente. Como en Bizancio, mediante dura presión tributaria, se acumulaban tesoros en el Palacio Real de Ctesifonte. Según noticias de los historiadores, eran éstos acaso mayores que en Bizancio: de 300 a 360 millones de francos a principios del siglo VII, e incluso se mencionan sumas de 200.000 talegas de oro, equivalentes a 700 millones de francos, y hasta el doble de ello. Indudablemente, estas cifras son ponderativas; pero también se atribuyen al palacio del Chosrau Parwêz 12.000 mujeres y muchachas, 999 elefantes y 50.000 caballerías de silla y carga. Con todo este esplendor, el Imperio Persa, en que representaba mayor papel que en Bizancio la nobleza montada, sucumbió también al peligro de independización de los grandes hacendados, que sólo podían estar refrenados por soberanos poderosos.

Justiniano y la economia de Roma

- La economía del Islam


Como persas y romanos orientales se habían agotado recíprocamente en sus luchas, se allanó a los árabes su avance en el siglo VII. Aniquilaron el Imperio Persa y arrebataron a los bizantinos sus más hermosas provincias: Siria y Egipto. Por el Africa Septentrional penetraron en España y aniquiliaron el Imperio Visigodo. Únicamente Carlos Martel les opuso en Occidente, con sus francos, una frontera, como hiciera en Oriente León el Isáurico en la defensa de Bizancio. Pero todavía después amenazaron los árabes la Italia meridional e incluso el Sur de Francia, y se apoderaron de las islas griegas.

Los árabes se establecieron como clase conquistadora sobre los pueblos sojuzgados, a los cuales dejaron proseguir con su economía. Al modo como habían acampado, ordenados por linajes, se establecieron en las ciudades conquistadas. Pero no pudo dejar de ocurrir que allí donde se había aceptado la nueva doctrina en general, también recobrasen valimiento los recién conquistados para ella. Así, en la época de los abásidas se contrapusieron los antiguos intereses de ciudad a la nobleza árabe de linaje agrupada bajo la soberanía de los Omeyas. En la lucha de Kufa contra Damasco atronaban los industriales que salían con sus clavas, como los batanes en los talleres.

Cierto es que con los árabes había aparecido una nueva raza en el teatro del Mundo. Pero la civilización que desarrollaron sus Imperios acogió tanto su propia economía como los rasgos esenciales de la precedente. El Islam, con su afirmación del monoteísmo y la prohibición de todas las representaciones, aparece como una religión plenamente racionalista; sigue así tendencia análogas a las de los emperadores bizantinos iconoclastas y a las de los posteriores calvinistas. La seca severidad de las mezquitas suscita en los diversos espectadores la comparación con los puritanos. Pero no incumbía al Islam el informar de un modo racionalista la vida económica. Le faltaba la fuerza del Imperio Romano, pero las sentencias de los filósofos griegos, especialmente la doctrina del precio medio, subsistieron en su tráfico de negocios. Entre filósofos árabes es donde pudo agitarse el problema de si los precios dimanaban de Alá o del concierto de los hombres.

Los árabes recaudaron el impuesto territorial conforme a los datos documentales persas que encontraron; igualmente dejaron que subsistieran los gravámenes sobre el tráfico. El comercio floreció en sus Imperios; el propio Mahoma era mercader. Del comercio eventual de las caravanas nos hablan los Cuentos de las mil y una noches. Entre El Cairo, Damasco, Alepo y Bagdad había relaciones de negocios. Viejas en pos de lucro constituían la gloria de los hijos de comerciantes, y en ellos sabían también prevalerse del crédito.

En el siglo VIII adquirió Bagdad, como capital del Imperio fundado por los Abásidas, una situación dominante. Los ingresos del Imperio, que se extendía desde el Africa Septentrional hasta India, produjeron el tiempo de Harun al Raschid (de 780 a 809 d.C.), aproximadamente, el quíntuplo del presupuesto bizantino coetáneo: quinientos treinta millones de diremes, unos 21 millones de libras, que en el siglo IX descendieron positivamente a la mitad, y en el X hasta 24 millones de diremes, una vigésima parte de la cifra inicial.

Por el cuadro de ingresos que trae KREMER vemos que aquí se trataba también de prestaciones en especie valoradas en dinero, como frutos del campo (87,78 millones de diremes). De otras exacciones en especie, hallamos azúcar, miel, pasas, dátiles, tapices, vestidos, esclavos, halcones, mulos, caballos, elefantes.

A pesar de la prohibición religiosa, hubo que emplear también a los no muslimes en la Administración. En el siglo X se ve a cristianos como secretarios y médicos; a judíos como banqueros, cambistas, tintoreros y curtidores. Cabía calificar como banqueros de Corte a la casa de Josef ben Fineas y Aarón ben Amram: administraba el patrimonio de los visires y atendía a las remesas de las provincias, Egipto y Persia, a Bagdad. Las órdenes de remesa, Suftayas, pueden considerarse precursoras del cheque. Finalmente, otorgaba préstamos sobre contribuciones de ulterior percepción. Frente a los cambios de visires bajo el califa Al Mugtadir perseveró el crédito, robustecido por generaciones de la Casa de Banca, que influía incluso más allá de las fronteras políticas.

En Bagdad había un bazar de artículos chinos. En otros lugares podían adquirirse pieles, ámbar, esclavos del Norte, ya que se han encontrado monedas árabes de esta época hasta en Rusia y Suecia. Los árabes completaron y difundieron la fabricación del papel, tomada de los chinos. En las matemáticas supieron utilizar sistemáticamente el cero inventado por los indios; sus guarismos facilitaron la contabilidad. En astronomía y química, y a partir del siglo XIII, Occidente enlazó con las investigaciones árabes.

El Estado dio a la vida del negocio mayor libertad que en el Imperio Romano de Oriente. Abenjaldún, estadista norteafricano del siglo XIV, advirtió que el Estado era, merced a sus gastos, precisamente el mercado más potente; pero, a pesar de todas las afirmaciones sobre el supuesto político del florecimiento económico, propugnaba la división del trabajo entre la Economía y el Estado. El Estado tenía que guardar miramientos hacia la fuerza tributaria de sus súbditos; podía utilizar ésta mediante impuestos de pobres, contribución territorial y capitación. En caso de mayores gastos, podría el soberano apelar también a derechos de entrada en las ciudades, pero sin elevarlos excesivamente, ni mucho menos implantar monopolios, pues el comercio del soberano perjudica a los súbditos y merma los tributos.

Los árabes supieron aprovechar el dominio de las vías de acceso de Oriente a Occidente. También aplicaron las formas antiguas del comercio. Occidente tomó de los árabes expresiones como gabela, tarifa, aduana, fondaco.

En los bazares se despacha directamente a los clientes una industria muy variada. Había calles especiales para el trabajo del cuero, para herreros, tejedores, alfarerías, cestería, perfumes, etc. Pero el poderío del soberano de la ciudad era demasiado grande para que los industriales pudieran alcanzar de modo permanente una posición independiente en la ordenación de la vida económica. Era misión del soberano, según Abenjaldún, prevenir la enemistad de los hombres, pues impedían el tráfico a la multitud sometida a su poder.

Construcciones grandiosas atestiguan el poderío árabe. Nada más imponente y delicado que el bermejo castillo al pie de Sierra Nevada: la Alhambra. No sólo como traficantes del desierto, sino también por sus instalaciones de riegos, han dejado los árabes sus huellas en Africa y Asia. Sin embargo, es menor la grandeza debida a sus propias innovaciones que la dimanante de haber conservado el patrimonio de la Antigüedad. No nos sentimos inclinados a recordar la economía de Catón el Viejo, cuando oímos que el hijo de un funcionario invirtió de la siguiente manera una herencia de 40.000 dinares: 20.000 los dedicó a adquirir una hacienda, de cuyos productos vivía; dio 2.000 dinares a un mercader de confianza para el negocio; invirtió 8.000 en la construcción y acomodo de su casa, y enterró 10.000 para formar un tesoro dedicado a casos imprevistos.

Con los Osmanes llegó otra vez una clase dominante que sólo quería vivir de los tributos de los sojuzgados, y les abandonó la economía. La altiva edificación de sus mezquitas señorea hoy el perfil de Constantinopla.

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- La economía desde sus comienzos hasta el fin de la Edad antigua


+ Los comienzos de la economía

+ Las altas civilizaciones de la Antigüedad y su economía

+ La economía de los helenos

+ La vida económica romana

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 66 - 80.