jueves, 15 de septiembre de 2016

Los comienzos de la economía


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Durante épocas inacabables ha pugnado el hombre con la naturaleza para obtener su sustento. Aunque se han perdido muchos útiles de madera, conserva la tierra tal cantidad de herramientas, primero de piedra, después de bronce y de hierro, testimonios de esa lucha, que es posible relacionar entre sí estos hallazgos ordenándolos de manera determinada.

Edad de piedra y economia

Con todo, quedaría excesivo campo a la imaginación si estuviésemos atenidos meramente a los mudos testigos del pasado y no dispusiéramos de otro medio para situarnos en la mentalidad de los primitivos. Ahora bien, se han conservado en algunos parajes de la tierra pueblos que no han rebasado el nivel de los primitivos, como los weddahs de Ceilán, observados por los primos Sarasin, de Basilea, los pigmeos de la selva virgen africana, las tribus indias del interior del Brasil, los esquimales del Océano Glacial y los bosquimanes de la estepa. Investigando su mentalidad hemos llegado a entender a los precursores de nuestra civilización, e incluso no pocos residuos de un primitivo pensar que perduran entre nosotros mismos como supersticiones o extraños usos.

Hemos aprendido a no menospreciar la actividad y el criterio de los primitivos, aun siendo fundamentalmente distintos de los actuales. En un principio, el hombre se halla directamente frente a la naturaleza; pero lo que le coloca respecto de ella en relación distinta de la nuestra no es sólo la imperfección de los recursos técnicos auxiliares, sino también su propia actitud espiritual. Está lejos del alcance del primitivo actuar sistemáticamente sobre la naturaleza. Se siente tan ligado a ella, que a veces le parece ser él mismo un árbol o un animal. Además de esa sujeción, concurre en los primitivos la versatilidad de su conciencia. Apenas advierten la diferencia entre las imágenes del sueño y las de la realidad. Sólo lentamente va madurando la conciencia del hombre. Cree recibir un alma nueva en la consagración juvenil. Cierto que percibe algunas relaciones, pero no advierte ningún fundamento unitario tras ellas. Los malayos se atribuyen siete almas; los yorubas, tres, una en la cabeza, otra en el estómago y otra en el dedo grande del pie.

La economía no se concebía como actividad especial, sino que seguía íntimamente unida a la totalidad de la vida. Para alcanzar el hombre la conciencia de sí mismo fue decisivo que aprendiese a fabricarse herramientas en luchas con la naturaleza. Pero entonces creyó que estas herramientas eran a su vez portadoras de fuerzas secretas. Así, según VON DER STEINEN, los indios brasileños miraban a la flecha como prototipo del varón y el mazo de triturar el maíz como el de la mujer.

Al hombre ha sido otorgada el habla para que, dando nombres a los objetos, adquiera más claras ideas sobre el mundo que le rodea; pero se atribuyó poder mágico al vocablo con que se designaba cada cosa, lo mismo que a la propia herramienta. La palabra parecía unida a la esencia del objeto. Empleando la voz adecuada se adquiría poder sobre las cosas. Eran eficaces la maldición, el conjuro. En el cuento de los hilanderos maravillosos (Rumpelstilzchen) que ha llegado a nosotros halla todavía eco ese hechizo de la palabra.

Se conceptuaba al Mundo lleno de fuerzas secretas, que procuraban tener propicias. A la influencia de estas fuerzas ilusorias se atribuía casi mayor importancia que al desenvolvimiento de las condiciones concretas del acaecer. Parecía como si la naturaleza no entregase nada sino mediante ceremonias. Se daba por cierto que todos las cosas se hallaban en cierta conexión recíproca. "Todo vive", decían los tchuktschos (1). No era sólo que la danza tuviera que influir en los cazadores y pescadores poniendo más tensa su atención a las condiciones de la captura o del disparo; su hechizo se extendía a los animales. La danza ayudaba a que las plantas creciesen. El favor de los espíritus, con sacrificios había de lograrse. Pero tenían que efectuarse en forma adecuada: sin omitir parte alguna del ceremonial, so pena de ineficacia. Así, las narraciones tenían que transmitiese como un todo completo. Aun entre nosotros hay que repetir los cuentos a los niños empleando idénticas palabras, y si no, ya no les parece que sea el mismo.

La vida de los primitivos no es, por tanto, completamente inactiva y vacía de pensamiento, sino mágicamente contenida en estrechos moldes, no sólo por la imperfección de los medios técnicos, sino más aún por la idea que del Mundo tiene el primitivo. El siglo XVIII fue el primero en interesarse efusivamente por estos semejantes suyos, tan lejanos de él, porque en ellos creyó hallar, como antítesis a los convencionalismos que le ahogaban, la libertad de trabas de la pura humanidad. Hoy se ha profundizado más en el mundo mágico de los primitivos con sus fuertes vínculos, no se habla ya de salvajes, sino precisamente de primitivos. También se ha corregido la jactancia de no atribuir civilización sino a los pueblos más adelantados. No hay que desconocer, ciertamente, el progreso que encontramos en la época arcaica del arado, y más tarde en la civilización ciudadana de la Edad antigua, en Egipto, Mesopotamia, India, China, en el Imperio de los incas y el de los aztecas; pero al paso que respecto de éstos se habla de una "alta civilización" temprana, se asigna a los hombres de la Prehistoria, como hoy a los primitivos aún existentes, el mérito de haber poseído una "civilización fundamental" cercana a la naturaleza.

Caza y economia

- Las formas de la economía entre los primitivos


Al principio hubo de ceñirse el hombre a apoderarse directamente de lo que le ofrecía la naturaleza. Reunidos en pequeños grupos enlazados por el parentesco, hallaban los seres humanos protección en cavernas o en árboles, y se procuraban el sustento en comarcas que conocían detalladamente, pero que de vez en cuando se veían obligados a sustituir por otras, dedicándose los hombres al acopio y captura de animales, y las mujeres a recoger frutos y raíces de plantas.

Explotadores salvajes (Wildbeuter) denominaron KERN y THURNWALD a los que se hallaban en este primer grado. Ya en él topamos con asombrosas obras. La ligazón con la naturaleza hacía que aquellos hombres aprovechasen las menores ventajas que pudieran lograr frente al animal y a la planta. Así, encerraban a los elefantes en una planicie en declive donde habían hincado flechas emponzoñadas; el animal tenía que pisarlas furiosamente; el veneno le mataba pronto, y el gigantesco animal se convertía en botín del pequeño ser humano. No menos digna de admiración es la pericia botánica de las mujeres: saben convertir en alimento, mediante penosas manipulaciones, plantas de suyo venenosas, como la manioca. La mayor parte del tiempo de que disponen los explotadores silvestres está ocupada con la busca y preparación del alimento. El fuego se celebra nada menos que como el bien que establece la diferencia entre el hombre y el animal.

El perfeccionamiento de los métodos de captura y de caza permite que en terrenos abundantes en caza y pesca vayan surgiendo agrupaciones mayores. Así los trogloditas europeos pasaron en la era paleolítica a la caza del oso. Para los siux, la caza del búfalo incumbe a la tribu. El amplio botín de caza permite acumular provisiones, y queda más tiempo disponible para actividades extraeconómicas. La consagración de los muchachos aparece ya en el grado precedente. Entre los cazadores más adelantados, los varones se reúnen en viviendas comunes, donde se recitan leyendas tribales y se observa una ordenación matrimonial extremadamente complicada. Aumentan las representaciones mágicas: creen dotadas de vida a las fuerzas de la naturaleza, y la perspectiva ante la que se encuentra el individuo es nuevo motivo de imaginación mítica plenamente fantástica. Con ello concuerdan en la edad paleolítica los dibujos realistas de animales y hombres llenos de vivo movimiento, mientras en la época neolítica, el hombre, ya más reflexivo, embellece vasijas y utensilios con adornos geométricos.

Las mujeres pasan del acopio de plantas a su plantación, especialmente al cultivo de raíces en agricultura de azada. Esta se extiende desde el Asia meridional hasta el África occidental. Se ha creído poder ponerla en relación con la aparición del plátano, del árbol del Paraíso.

El problema más difícil de la Prehistoria es explicar la posición de los nómadas. Los hombres permanecen captados por la ideología mágica. THURNWALD habla de un estadio mágico preliminar en la agricultura y la ganadería.

Antiguamente se veía en los nómadas a los precursores de la agricultura. Investigaciones más recientes fueron las primeras en patentizar la dificultar que hubo para la transición de la caza a la ganadería. HUMBOLDT mostró que en América y en China hubo un cultivo hortícola muy desarrollado sin el estadio preliminar de la ganadería. Fue mérito de HAHN señalar la antítesis del cultivo de azada en que se ocupaban preferentemente las mujeres, y el de arado, en que el hombre guía la yunta. Explicaba que la cría del ganado vacuno se debía a razones de índoles religiosa: en su cornamenta veían el signo del disco lunar, pero como la luna expresaba, mediante sus fases, la fertilidad, vino de ahí que tuvieran por sagrado al becerro. Se observó que debía aprovecharse la leche de las vacas, antes ofrendada únicamente a los dioses y sus ministros. Un sacerdote poco serio pudo tener la idea de hacer girar la rueda en que estaba reproducida la marcha del sol y de las estrellas: la rueda se convirtió en base de la carroza divina en que se conducía solemnemente la imagen del dios o de la diosa de la fertilidad, sentados en un trono. Además del carro se desarrolló el arado arrastrado por animales sagrados, por bueyes, que ahondada en el regazo de la tierra para fecundarla.

HAHN explica, pues, el cultivo de arado, no por motivos económicos, sino por consideraciones de orden mágico, y dice que subsigue al cultivo de azada. Sólo después de llegarse en Mesopotamia a este estadio, se añadió a la domesticación del ganado vacuno la de otros animales. Así, pues, el nomadismo no habría surgido hasta después del cultivo de arado, e incluso haría propender siempre a él su propia simplicidad. El nómada sería el traficante nato, ya que cambiaba o robaba la alimentación vegetal necesaria dando en trueque los productos de su economía.

Hombres como WUNDT y SCHMOLLER admitieron esta tesis que HETTNER hizo base de su gradación de estadios. Fue combatida por dos motivos. Por una parte, en contra del origen sagrado atribuido al cultivo de arado, cabía sostener que surgió por razones de utilidad, enlazando la ganadería con la caza, en vez de hacerlo con el cultivo de azada. Desde otro punto de vista, se podía conceptuar que la domesticación no empezó por el becerro, sino por otro animal. Así afirmaba la escuela vienesa, frente a HAHN, que el primer animal domesticado que tuvo importancia no había sido el becerro, sino el reno. No era necesario derivar de usos sagrados la castración: se había practicado para uncir más cómodamente las bestias.

El influjo de representaciones mágicas en el progreso de la ganadería y la agricultura persiste, a pesar de todo. Entre los chinos, el empleo de barcos y carros procedió de prácticas religiosas. La "lancha del sol" y la "rueda del sol", en un principio objetos sagrados, pasaron a ser cosas de uso diario. El mismo FLOR, que rechaza la tesis de HAHN, admite una civilización de pastores de ganado vacuno entre plantadores cultivadores que adoraban el becerro por motivos mitológico-lunares; pero la tienen por más reciente. A su juicio, el hombre había obligado al reno y al caballo a prestarle servicio donde mayor indiferencia se tenía respecto de ellos, en Siberia; ni allí donde, como en el Sur, llegaron cazadores y plantaciones al culto de los animales, y, a través de representaciones totémicas, creían pertenecer a un grupo zoológico o, por lo menos, ser oriundos del mismo. Los plantadores de agrupaciones matriarcales llegaron a adorar al perro, que para ellos había llegado a ser exponente de un mundo demoniaco exaltado, y en cambio el samoyedo lo enganchó a sus trineos. Al perro y al reno seguiría el caballo en la prosecución de costumbres venatorias árticas.

Sea como fuere, es lo cierto que la civilización campesina representa, entre la alimentación preponderantemente vegetal del cultivador de azada y la más bien animal de los cazadores y pastores septentrionales, una unión de los aprovechamientos de animales y plantas como la que corresponde a latitudes templadas. Hallazgos más recientes dan verosimilitud a la idea de que el país de origen de esta civilización no fue la honda planicie de Mesopotamia, sino que acaso lo fueran los oasis de la altiplanicie, desde los cuales se extendiera hacia las tierras bajas.

Vemos cuán intensamente hay que seguir operando aquí con hipótesis. Cada cual destaca en primera línea uno u otro argumento, según el campo de sus propias investigaciones. Así hay más de un motivo de divergencia recíproca entre historiadores, filólogos y paleontólogos en punto al problema de la difusión de las civilizaciones. Pero no sólo es diferente el material, sino también el modo de manejarlo: los métodos científico-naturales e histórico-culturales pugnan entre sí. En todo caso, se ha abandonado con razón la idea evolutiva simplista que en cada transición veía la marcha progresiva hacia un estadio más elevado. En situaciones al parecer primitivas puede también haberse retrocedido hacia formas anteriormente desarrolladas; así, con respecto a los australianos, hay muchas circunstancias que permiten inferir inmigración procedentes de un ambiente más abundante, pero la pobreza del suelo les obligó después a las limitaciones en que hoy los hallamos.

Aunque cabe admitir también que, en puntos diferentes, un ambiente análogo hace se desarrollen organizaciones análogas, hay que contar también con una amplia difusión de lo conseguido merced a la civilización. Hoy está admitida casi por punto general la relación entre la población de América y las razas asiáticas.

El tránsito del acopio al cultivo de especies vegetales pudo acaecer de suyo en muchos lugares; la civilización de arado, la unión de la ganadería con el laboreo de tierra, se desarrollaron verosímilmente en algún paraje del Occidente asiático. De allí se extendió hacia Levante y Poniente, sin que acaso se transmitieran todas las ramas de esta civilización. Así, el chino unce los bueyes al arado, pero no sabe apreciar la leche de las vacas; el africano aprovecha la leche y carne del ganado vacuno, pero no emplea a éste para tiro. La civilización del arado no penetró en Europa sólo desde Oriente, remontando el Danubio hacia Europa central, sino que también lo hizo por el Sur, abarcando desde el África septentrional por España y Francia hasta Alemania del Norte y los países nórdicos. Mas no inmigraron también todas las partes del ceremonial; así, por ejemplo, se halla entre los germanos la marcha del carro sagrado, pero sin que vaya en él la imagen de la divinidad.

Las diversas civilizaciones se penetran recíprocamente. El cultivo de azada rinde sobrantes que una capa social dominante puede valorizar. Esta puede componerse al principio de cazadores, de nómadas más tarde. La estructura del pueblo dominante se transmite a los sojuzgados, pero muchas de las costumbres de éstos pueden influir también sobre la capa dominante y modificarla. Nómadas guerreros penetran repetidamente en Asia occidental y se someten a agricultores de azada, o de arado, e incluso a la economía de ciudad. No siempre cabe explicar la nueva configuración ateniéndose meramente a los componentes del pasado. Igualmente difícil es, en las nuevas creaciones, adscribir el hecho decisivo a uno u otro factor. "Las civilizaciones", dice WILHELM, "surgen como toda la vida, de un cruzamiento de razas y sus almas".

Respecto de los indogermanos, además del problema de su procedencia, hay el más importante de su condición peculiar. La tesis de MEITZEN de que los indogermanos habían sido nómadas, no se acepta ya hoy con esa simplicidad. Pero ahí está el testimonio de los escritores que nos refieren eran un pueblo de jinetes para quienes eran los rebaños su propiedad más importante. Los descubrimientos demuestran que esta actitud no excluía la estimación de la agricultura. Pero ¿daban los mismos indogermanos la preferencia a la agricultura, o hicieron en principio que otros cultivasen para sí? Al carácter sedentario campesino se opone el ímpetu conquistador que les caracterizaba. Debemos, por tanto, conceptuar esencial para la actitud genérica de los indogermanos el poseer caballos. El peculiar desarrollo de cada uno de los distintos pueblos indogermánicos podía explicarse por los enlaces que contrajeron con los diversos pueblos con quienes tropezaron. Así los germanos se formaron mediante unión con la poderosa clase campesina que se distinguió en la actual Alemania del Noroeste desde los anteriores asentamientos de la Edad de Piedra. Desde el Norte avanzaron los germanos hacia el Mediodía. ¿Se decidió también con ello el movimiento de los indogermanos? Su permanencia en las estepas del Sur de Rusia, en que palmariamente su desarrollaron como pueblo jinete, ¿ha de considerarse únicamente secundario, o como origen de todo el grupo de pueblos? Se hace depender la solución de este problema de si un vocablo determinado se ha conservado o no en el idioma. Pero la pérdida de expresiones para mar y agua entre los arios orientales me parece indicar que quizá no vinieran del mar. Cierto que de entre los campesinos puede desarrollarse una capa dominante, pero es más frecuente el otro proceso de que se conviertan los jinetes en pueblo secundario. Hay conexiones de los indogermanos con pueblos jinetes asiáticos. ¿Son secundarias o primarias? De que entre los polinesios se encuentren utensilios análogos a los de los vikingos, ¿debe inferirse que se trata de influencias indogermánicas?

Las relaciones económicas son influidas por las bélicas. De los primitivos acopiadores se afirma su carácter pacífico. Ante el avance más enérgico de los más avanzados, se retiraron a selvas y comarcas inhospitalarias. Los cazadores luchan entre sí por los terrenos de caza. A realizar la plantación se obliga, no sólo a las mujeres, sino también a los hombres sojuzgados. Las plantaciones pueden convertirse en cultivo intensivo de huerta con bancales y sistemas de riego. El pastoreo se halla especialmente unido al robo y a la expansión guerrera. Pero en una misma comarca pueden hallarse contiguas las más diversas civilizaciones económicas. Así es notorio que en Alemania oriental se mantuvieron todavía durante bastante tiempo los explotadores silvestres. Formó la fuerza de los germanos su íntima unión con los campesinos, la civilización arcaica que ya distinguía a los primitivos respecto de la época neolítica; pero junto al labrador estaba el vikingo. De igual manera que en Asia occidental el buey pasó de animal sagrado a bestia de tiro, así en el segundo milenio antes de Cristo el caballo sagrado fue enganchado al arado en Alemania septentrional.

Cultivo e historia de la economia

- Las circunstancias sociales en relación con la economía


Entre los acopiadores o explotadores silvestres, sólo podían formarse grupos pequeños. Agrupaciones mayores no se encuentran hasta los cazadores, que se organizaban por sus antepasados zoológicos. Estos grupos se sentían representados en su animal totémico que adoraban como tabú, o cuyas fuerzas intentaban proporcionarse mediante disfrute común de su carne.

El cultivo de azada otorgó preponderancia a las mujeres. Lo que obtenían mediante su trabajo les pertenecía, y lo transmitían por vía de sucesión. No era el padre, sino el hermano de la madre, quien ocupaba el lugar más importante en esta ordenación "matriarcal", como, por ejemplo, ocurre cuando Carlomagno se opone a su sobrino Roldán y no a su hijo, o con Tristán, sobrino del rey Marco. La ordenación matriarcal puede conducir al imperio de la mujer. Pero los hombres pueden también preocuparse en sus casas de varones un fuerte contrapeso y mantener en dependencia a las mujeres. La posición de los hombres se robustece cuando coinciden cazadores y cultivadores de azada.

Entre los pastores se forma la familia grande patriarcal: donde avanzan conquistando, se extiende el derecho patriarcal y retrocede el matriarcal.

El influjo de la economía en la organización social es palmario en estos casos. Pero no hay pleno paralelismo de ambas, ni queremos decir que el impulso parta siempre de la economía. Además, la superposición de civilizaciones conduce en cada caso a las agrupaciones más variadas.

El ensanchamiento de la organización económica tiene lugar en las dos formas fundamentales: de una parte, por el desarrollo, expansión y ulterior articulación de la unidad económica, según lo consienten la técnica perfeccionada y la estratificación social; por otra parte, mediante el tráfico con otras economías. Ambas cosas se patentizan pronto. Ya la edad de piedra muestra la existencia de haciendas cuya administración no ha sido posible sino mediante el empleo de fuerzas dependientes. De la misma manera, la presencia de piedras sueltas o de conchas, y más tarde de cobro y de hierro, en parajes distantes, indica un precoz comienzo del tráfico. De igual manera vemos hoy entre los primitivos que aún puede observarse cómo la potestad del cabecilla alcanza a grupos mayores y, por otra parte, va desarrollándose un tráfico que cambia los productos más variados entre los habitantes de la costa y los del interior.

Los maoríes de Nueva Zelanda viven conforme al derecho matriarcal. Pero los varones se han reservado determinadas industrias, como la construcción de canoas. La potestad del jefe se apoyaba en sus muchas mujeres; los hermanos de éstas debían cuidar de sus hermanas para el marido. Sobre esta base organiza el jefe la economía. La magia impregna toda la vida económica. El cuclillo llama en primavera a las plantas. En invierno se congregan los varones en la Casa de Instrucción. Se mantiene cierta división del trabajo entre los sexos. Lo que los hombres cazan, lo cocina la mujer. En el campo, los hombres roturan y las mujeres realizan la plantación. El hombre alza la casa; es la mujer quien la cubre. El trabajo común permite mayores servicios: miles de hombres se congregan en sus canoas para la pesca; también la caza de aves y la labranza se efectúan en común. Tratándose de trabajos especiales, como construcción de canoas o de la casa común, el jefe proporciona el alimento; en caso contrario, cada cual tiene que proveerse de sustento y herramientas. El jefe dirige el trabajo por sí mismo o mediante un mago. Las familias recolectan los frutos, que, en solemne procesión, se ponen a disposición de la colectividad. Se reparten según las necesidades; pero el laborioso, el "piel húmeda", consigue preferencias, y el que llega con cestas poco llenas es objeto de mofa y ha de atenerse a las consecuencias.

Los sobrantes se acumulan en el almacén del jefe, pero sólo para que él vaya entregándolos; quien más regalos hace, obtiene mayor estimación. La finalidad de la economía no es adquirir, sino brillar: se celebran fiestas en nacimientos, matrimonios y defunciones, en la recolección y en la apertura de la Casa de Instrucción, al celebrarse hermanamientos pacíficos y con motivos de emprenderse grandes obras, como la construcción de nuevas canoas o la roturación de nuevos campos.

Entre las tribus hay pugilato por el esplendor de las fiestas. Una tribu invita a otra, con cuya ocasión se preparan artísticamente y se consumen sin tregua: en pocas horas se esfuma así el trabajo de largo tiempo. Cierto que ante la perspectiva de tal fiesta se ha labrado otro campo más, equipado una excursión especial de pesca, agotado un nuevo sector de la selva mediante la caza de aves. Pero no es sólo que se consume en aquel instante de disfrute el resultado de afanes anteriores, sino que también se dificulta la tarea venidera. Agotadas las provisiones, quedan como imposibilitados: una tribu no puede replicar condignamente a una fiesta brillante que le haya sido ofrecida, se ve obligada a cumplir su obligación abandonando la tierra.

Los moradores de las Islas Trobriand, al Este de Nueva Guinea, han desarrollado un tráfico peculiar. Con gran pompa marchan en sus canoas a visitar las tribus vecinas y canjear con ellas brazaletes de conchas rojas por otros blancos. Cada cual trata de conseguir los ejemplares más hermosos. Pero estas adquisiciones no se conservan, sino que al año siguiente deben ser cambiadas otra vez, cuando devuelvan la visita.

Como aquí hacen el trueque gentes iguales, éste tiene lugar, en primer término, entre hermanos, entre camaradas. Se elude dar cosas a los extraños, porque con ello va envuelta la transferencia del poder mágico; para impedirlo se conserva un trocito de lo dado, como, por ejemplo, del pez, una escama. Por lo demás, rigen relaciones fijas de cambio, como la de diez, veinte o cuarenta cocos por una copa hecha de madera. En casos de duda actúa un intermediario, cuya misión puede llegar a tener gran importancia cuando las personas que efectúan el trueque son muy diferentes entre sí o hablan idiomas muy distintos.

Si bien se atiende a la igualdad global de los donativos, pueden ser éstos distintos cuando se hallan en posición desigual los que efectúan el cambio. El potentado de la tribu debe, ciertamente, realizar también regalos; pero a él no cabe acercarse sino con donativos de mayor entidad. Y de igual manera la tribu más poderosa puede exigir de la más débil un servicio más parecido a un tributo que a un regalo.

No sólo hay trueques, sino también préstamos, entre los primitivos. Quien quiere contraer matrimonio, verbigracia, toma prestadas en las Carolinas las perlas necesarias para el regalo de boda, y promete reembolsarlas con réditos.

Tal tráfico supone relaciones de propiedad bien concretas y determinadas. La idea de que en un principio habían sido comunes sólo los bienes y las mujeres corresponde a un cuadro ideal, pero no a la verdadera realidad. Las herramientas son propiedad de quien las labra, y se distinguen mediante una marca. Es verdad que no se puede disponer libremente del producto de la caza. En determinadas circunstancias han de tenerse en cuenta, ante todo, el suegro y la suegra. Para alejar a quienes carecen de derecho se consagran las cosas que han de protegerse. Se hallan bajo tabú los árboles del bosque, el lugar del trabajo durante la construcción de casas o canoas, el campo durante la granazón. El proceso de la economía se facilita merced a la sobriedad. Una enérgica educación impide arrancar las plantas antes de que estén maduras, cosa tan tentadora para el mero recolector o acopiador. Así, los cazadores totémicos instauran complicados impedimentos del matrimonio por razón de grados de parentesco.

El primitivo tiene, como el niño, un primer impulso que le lleva a ser sincera, franco y curioso para con el extranjero. Así nos describen a los isleños del Mar del Sur en su primer encuentro con los europeos. Pero, de igual manera que se retrae con recelo el niño que topa con un ambiente áspero o inexplicable, las tribus que han sufrido de la superioridad del extranjero interrumpen el tráfico con él. El aislamiento que muchas veces podemos observar no es, por tanto, algo inicial, sino que la mayoría de las veces se ha producido después de penosas experiencias. Entre los antiguos refiere HERODOTO el comercio mudo de los cartegineses en la costa africana. Depositaban sus mercaderías en lugares determinados y aguardaban a que los indígenas hubieran colocado junto a ellas la cantidad de productos propios que juzgaban adecuada; entonces retiraba cada cual lo que había trocado. HERODOTO se admira de cómo funcionaba este sistema. Aún se encuentra hoy, verbigracia, entre los weddahs de Ceilán, que cambian con los cingaleses en ese tráfico mudo flechas de hierro. Precisamente aquí vemos el fondo de esta relación: los que truecan son desiguales en poderío, y el más débil no se atreve a aproximarse al otro; si queda defraudada la confianza en que se basa el trueque mudo, retoña la antigua enemistad. Así, al cingalés que recoja el regalo del weddah sin corresponder a él, le alcanzará en una emboscada la flecha emponzoñada del weddah.

Las discordias de las tribus llevan a instalar los mercados en un lugar fronterizo pacificado. Es posible que, en el fondo, también aceche aquí la violencia. Así, en Nueva Guinea son las mujeres quienes efectúan el trueque, mientras los hombres permanecen ocultos en el matorral; en Nigeria se cambia de bote a bote, para poder apartarse rápidamente en caso de refriega; en la Siberia oriental, los tschuktschos y esquimales se pasan lo que se trueca en la punta de la lanza. Pero donde está asegurada la paz, como en los mercados de Sudán, los extranjeros abastecen sus puestos con sus mercancías, víveres o utensilios, y no sólo se truecan aquí los artículos, sino también, y en animada charla, las novedades del día.

Ya se advierten entre los primitivos las dos formas fundamentales de articulación humana: por un lado, la contigüidad cooperadora de los humanos y los iguales en edad; por otro, la subordinación de los jóvenes a los mayores. El conocimiento de las ceremonias confiere a estos últimos cierta preponderancia. El dominio puede también alcanzarse mediante violencia exterior. Cazadores o pastores conquistadores sojuzgan a agricultores de azada o arado, bajo la dirección del más capaz. Pero cabe también pensar que los pacíficamente asentados se agrupen para defenderse y elijan un caudillo, en cuya elección no será decisiva sólo la fuerza corporal, sino más aún la preeminencia espiritual. Junto a la capacidad personal pesará pronto también la mayor riqueza, la posibilidad de mantener un séquito mayor.

Respecto de los frutos de la tierra, en un principio, la formación de provisiones no rebasa el año, el período económico entre dos cosechas. Cosa distinta ocurre tratándose de animales, cuyas existencias pueden aumentarse continuamente; cuanto mayores los rebaños, cuanto más valiosos los animales, tanto mayor la estimación personal. Junto al opulento propietario de camellos se ve más tarde al modesto dueño de reses lanares. Aquí es donde se empieza a justipreciar con más precisión: el rebaño no aparece aquí como un todo, lo mismo que el cúmulo de raíces o el montón de trigo, sino que se conocen con exactitud cada uno de los objetos, y por las crías puede evaluarse el aumento. De ahí la mayor exactitud en el administrar. Es verdad que al mismo tiempo crece la tentación de obtener lucro, no sólo regulando la propia explotación, sino también perjudicando las ajenas, cuyas ganancias procuran apropiarse mediante astucia o violencia. Aún hoy, en materia de caballos, van unidos frecuentemente el trueque y el engaño, y el pastor no es sólo tratante, sino también ladrón.

La actividad elaboradora, como la talla, se practicó pronto como generalidad. La civilización del cultivo de arado, en que incumbió al varón la preparación del terreno, ofreció base para aprovechar la aptitud manual femenina en las tareas de hilar y tejer. Pero el alfarero y el herrero se diferenciaron pronto como oficios especiales, cuya destreza manual se practicaba y transmitía sucesoriamente como secreto mediante las ceremonias entonces conceptadas necesarias. Unas veces se establecían en el extremo de la aldea, como en la India; otras eran nómadas, como los herreros africanos, o como en Rusia hasta la Edad Moderna, en que muchas industrias se practicaban en ambulancia.

En relación con la explotación agraria, pudo desarrollarse la minería, por ejemplo, para obtener pedernal, y después sal y hierro, de lo cual podemos encontrar aún huellas en los Alpes austríacos.

Junto a los poblados destruidos se encuentran pronto grandes lugares de refugio, a los que la tribu se retiraba en caso de apuro y cuya situación natural en una altura o en una marisma se protegía con potentes fortificaciones.

A quien primer se alzó una casa imponente fue a la Divinidad. En torno del templo, en torno del palacio del Señor, se agrupaba un poblado mayor. Aquí se reunían las exacciones. Aquí vivían los ministros del templo y el séquito del Señor. Aquí se ocupaban en su oficio los más variados industriales. El jefe podía reclamar como privilegio suyo el tráfico con el mundo exterior. Todo el que atravesara el país tenía que alcanzar, fuese como fuese, su protección empezando por ofrecerle sus mercaderías. A veces acaecía que una tribu desarraigada y nómada ejerciera por su cuenta determinadas industrias u ofreciera artículos extranjeros, como sucedía con los gitanos.

Frente a la inseguridad a que estaban expuestos estos ambulantes se contraponía la protección que las murallas de la ciudad ofrecían a los establecidos en torno a la fortaleza señorial o del templo.

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(1) Pueblos de la Siberia oriental, región del Estrecho de Behring.

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- La economía desde sus comienzos hasta el fin de la Edad antigua


+ Las altas civilizaciones de la Antigüedad y su economía

+ La economía de los helenos

+ La vida económica romana

+ El fin de la Edad antigua. La economía de Roma oriental y del Islam

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Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 3 - 19.