martes, 20 de septiembre de 2016

Las altas civilizaciones de la Antigüedad y su economía


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Analizamos varias de las más importantes civilizaciones de la Antigüedad: Egipto y Babilonia; China e India, y la economía israelita para finalizar.

Egipto y economia

- Egipto y Babilonia


Ante mayores tareas se encontró la economía cuando logró más amplias extensiones de terreno mediante riegos y desecaciones. Una organización vastamente articulada, en que el señor se apoyaba paladinamente, ante todo, en su superioridad espiritual, el conocimiento del curso de las estrellas y una supremacía divina, permitió al terreno producir más rendimientos, que pudieran ser base de una civilización más elevada. La concentración de fuerzas consintió superávits utilizables para una ulterior expansión de la necesidad y fuerte aseguramiento de su satisfacción regular. Pudo así la Humanidad proponerse nuevos objetivos y misiones.

Tal desarrollo tuvo lugar en Mesopotamia, en el valle del Nilo, junto al Indo, en Hoangho, y en las altiplanicies de México y Perú. Babilonia, Egipto, los Imperios de India y China, y también los de los aztecas y los incas, nos ofrecen ejemplos de esas altas civilizaciones.

En el oasis, el templo organizaba en trabajos de más rendimiento a la población que allí iba acumulándose. La residencia del soberano se convirtió en ciudad protegida por murallas o por las aguas. Las residencias de señores menos poderosos fueron sojuzgadas desde un paraje que adquirió la categoría de centro de toda una comarca. Así vemos cómo florecen, entre el Eufrates y el Tigris, Kirsch, Ur, Lagasch y Uruk, hasta que Babilonia se convierte en capital del país. De igual manera van concentrándose las potestades locales de Egipto: la unión del Alto y Bajo Egipto se exterioriza en la doble corona que ostenta el faraón.

La tradición se hace ahora copiosísima, pues no sólo se efectúa el culto con mucho mayor esplendor de templos, cuadros y estatuas, sino que también la escritura conserva el recuerdo. Desde que la piedra de Roseta dio la clave para leer los jeroglíficos y se logró descifrar los caracteres cuneiformes, un mundo nuevo quedó patente a nuestra vista.

Base de la economía era el suelo, que los campesinos labraban, pero que no siempre les pertenecía; quienes lo poseían eran el rey y el templo, y los magnates del país, señores antaño independientes o familias que habían ascendido al servicio del soberano. Además, el labrador libre estaba sometido a grandes exacciones. No era él, sino el soberano, o en su caso los magnates del país, quienes atesoraban los excedentes de la explotación económica.

Las exacciones eran recaudadas por una clase social de funcionarios que conocían la escritura y la contabilidad. También era corriente entre los primitivos la división del tiempo según las fases lunares y las estaciones del año. Ahora se podía computar con más precisión la entrada de las aguas por las inundaciones del Nilo y del Eufrates. Por ello formaron los egipcios el año solar abstracto, cuyas divisiones ya no se orientaban hacia las fases reales de la Luna; su calendario, que César aceptó, es la base de nuestro actual cómputo del tiempo. Múltiples representaciones nos muestran a los funcionarios egipcios recaudando y anotando impuestos. El papiro fue la característica del Imperio egipcio septentrional. En Babilonia y Asiria se grababan signos cuneiformes en arcilla; las inscripciones de más importancia se cincelaban en piedra.

En un sistema de riegos y un cultivo en bancales descansó también el temprano florecer de los Estados de Arabia meridional.

En épocas posteriores alcanzó mayor importancia la organización militar del Imperio, cual sucedió en Egipto, en el Imperio Nuevo. En Mesopotamia siguió Babilonia siendo centro de la tradición sacerdotal, mientras Asiria se convertía en Estado conquistador que finalmente sometió incluso a Egipto (en 611 conquistó Assarhaddon a Menfis).

Cuando no podían emplearse en el cultivo de la tierra, cabía dedicar a otros objetivos los servicios del pueblo. Las masas de trabajo acumuladas podían efectuar prestaciones que incluso para la técnica moderna serían difíciles: las construcciones de aquellos tiempos evocan el asombro de los siglos. Los soberanos egipcios del Imperio antiguo dedicaban a sus cámaras sepulcrales más cuidado que a su propio palacio. Hoy sabemos que las Pirámides no fueron proyectadas desde un principio en toda su magnitud. Sólo durante un largo período de paz pudo alcanzar dimensiones cada vez mayores una obra planeada en sus comienzos como pequeña. Durante veinte años hubieron de ocuparse cien mil hombres en edificar la Pirámide de Queops. El domeñar y acoplar las ingentes masas de piedra supone un trabajo calculado con precisión y llevado a cabo con exactitud. Hay representaciones gráficas que nos presentan ocupadas en la preparación de las masas de piedra largas filas de obreros trabajando bajo la vigilancia de inspectores. Hemos de imaginarlos moviéndose rítmicamente a compás musical.

Junto a estas obras comunes, también la industria del artesano aislado presenta trabajos de máxima finura. La elaboración transformadora de primeras materias se llevaba a efecto en servicio del soberano o del templo. Del trabajo de la piedra se pasó al de los metales. Los soberanos egipcios explotaban minas de cobre en la península de Sinaí. En la isla de Chipre llegó a encontrarse el principal yacimiento de cobre. El oro y la plata se pesaban y fundían en formas determinadas, y se conservaban, juntamente con las piedras preciosas, en calidad de tesoro. Sólo más tarde aparece el hierro, especialmente en pequeños yacimientos de Asia Menor.

Egipto es el Estado de funcionarios más rígidamente organizado. La naturaleza del terreno, estrecho valle fluvial rodeado de desiertos, facilitaba una organización de esta índole. Cierto que también hacían aquí falta soberanos preeminentes que dieran a esta estructura la forma necesaria y supieran conservarla. En el Imperio Antiguo, que por vez primera unión todo el país durante un milenio cabal (3400-2475), disponía el soberano de la plena potestad sagrada. Al palidecer, al ir adormeciéndose el sentimiento unificador de todos para la realización de fines comunes, sobrevino la decadencia del Imperio. Palabras conmovedoras nos han descrito las consecuencias de este derrumbamiento. La reconstrucción se debió a las autoridades locales. El Imperio Medio, en que Tebas sustituyó a Menfis como capital, tiene una estructura más federalista. Bajo los hiksos hubo de soportar Egipto la soberanía extranjero. Para expulsarlos se organizó con la máxima rigidez el Imperio Nuevo, en el siglo XVI antes de Cristo; se copiaron los carros de combate de los conquistadores, y la ordenación militar permitió a los faraones, no ya dominar unitariamente el Imperio, sino dilatarlo hacia Siria y llegar al Eufrates.

En el Imperio Nuevo se atribuyó al faraón la propiedad del suelo. La administración del soberano abarcó todo el país mediante sus funcionarios. De igual manera que el soberano reglamentada la producción de sus súbditos, cosechaba y almacenaba los sobrantes, tenía también que atender al sustento de los mismos. Se concibe que los nómadas errantes por las cercanías mirasen como temible coacción el quedar engarzados en aquella economía. Los israelitas llamaban a Egipto Casa de servidumbre.

El culto, con la generalidad de sus trabas, impedía el pensar autónomo a toda persona que no fuese el mismo soberano. Pero la intentona de Echnaton, llegado al poder en 1370, de organizar en Tell Amarna un nuevo culto al servicio del Sol, fue totalmente sofocada por su sucesor Tutankamon. La clase sacerdotal de Ammon demostró ser la más poderosa; los soberano tuvieron que respetar el culto de antigua raigambre.

Aunque también en Egipto abarcaba el Estado la totalidad de la vida económica, quedó algún espacio para que se desarrollara cierto tráfico entre los súbditos. Las obras escultóricas del Imperio Antiguo nos muestran el trueque de productos de horticultura y de la industria. Para la recaudación de las exacciones organizó el Estado un servicio de navegación en el río. La potestad del Estado llevó el tráfico hasta más allá de las fronteras; de Nubia se obtenía oro; de Siria, maderas, parte merced al saqueo y parte mediante el cambio.

En Asia occidental vinieron los egipcios a ponerse en contacto con otros Imperios, en virtud de sus conquistas. En Tell Amarna se encontraron cartas de los soberanos de aquellos Imperios dirigidas al faraón, en escritura cuneiforme, y que nos presentan un vivo cuadro de cómo se efectuaba, en el siglo XIV antes de Cristo, el tráfico entre estos soberanos. En Asia pesaban entonces, aparte de Chipre, los Imperios de Babilonia y Asiria, el de los mitanos y el de los heteos. Los egipcios ofrecían, sobre todo, oro; el faraón conservaba la ventaja en este comercio de regalos.

El rey de Babilonia se quejaba de una deficiencia en un envío de oro: "Se pusieron veinte minas en el horno y no salieron cinco". En correspondencia, envió el soberano babilónico su hija en calidad de regalo, además de unos tiros y piedras de lapislázuli. Pero el faraón no pensó en dar al de Babilonia una de sus hijas, pues pensando en que se conformaría con otra bella egipcia, decía: "¿Quién podrá decir que no es una princesa?".

Los caminos no eran seguros, ni mucho menos. Las cartas contienen lamentaciones de robos perpetrados por los beduínos. El rey de Babilonia reclama el castigo y la indemnización de daños, porque sus traficantes han sido sorprendidos y saqueados en Canaán, que era entonces territorio egipcio.

El rey de Chipre tiene cobre preparado, pero no lo enviará hasta estar seguro del regalo correspondiente del faraón: "Envío rápidamente tu mensajero con el mío, y todo el cobre que has solicitado, hermano mío; te lo enviaré, pues. Tú eres mi hermano: me enviará, pues, mi hermano, plata en gran cantidad. Dame plata de los dioses. Así enviaré a mi hermano todo lo que has pedido, hermano mío. ¡Además, hermano, dame el buey que mi consejero ha pedido, hermano mío! ¡Y de aceite que es bueno, hermano mío, envíame, oh hermano mío, dos escudillas! ¡Y envíame un encantador de águilas!".

El soberano de los heteos se disculpa más tarde ante Ramsés II (siglo XIII) porque es época desfavorable para fabricar hierro. Pide que, por el momento, se conforme con una hoja de puñal.

Además de géneros valiosos extranjeros, también se solicitaban objetos raros. En la corte del faraón reinaba gran alegría porque llegó un jefe de caravana del interior de Africa llevando consigo un enano. El rey de Asiria enviaba al faraón monos y cocodrilos. También se trocaban medicinas y amuletos: se tenía el lapislázuli como remedio contra el mal de ojo.

El poderío del faraón se debilitó más tarde por las grandes donaciones a los templos y la independización de las tropas mercenarias extranjeras. Esta decadencia se reveló en el hecho de que un mensajero de Ramsés XII no logró obtener, mediante un amuleto de Ammon, que los fenicios, cuya independencia se había robustecido entre tanto, le entregaran las maderas deseadas. El soberano de Biblos no quería admitirle, y no accedió a su ruego hasta que le impresionaron con el envío de vasos de plata y oro, lino y papiro, pieles de buey y jarcias de barco.

También en Babilonia era decisiva la potestad del rey como representante del dios de la ciudad. La Torre de Babel, cuyos ladrillos se utilizaron después para construir un dique, no fue menos admirada que las Pirámides por sus contemporáneos. En siete pisos se alzaba este "templo de la piedra fundamental de cielos y tierra" hasta una altura de 90 metros. Grande era la administración de los templos que podían contar con aportaciones fijas.

Pero como Mesopotamia estaba mucho más expuesta a invasiones de nuevos pueblos de las tierras altas de Irán o del Oeste, que Egipcio, fácil de aislar, se hallaba éste más abierto al tráfico del Golfo Pérsico hasta Siria y Asia Menor. Por ello vemos que se deja en el comercio más campo a la iniciativa privada de los magnates y se admite de mejor grado a los extranjeros. Aquí se reunían todas las lenguas, y esta multiplicidad del mercado hizo que los judíos llamasen a Babilonia "la gran meretriz".

A ese tenor se desarrolló el derecho mercantil en Mesopotamia. Los documentos muestran que hasta el tráfico de crédito se desenvuelve con sorprendente claridad y en formas precisas. Compraventas, préstamos y arrendamientos requerían la presencia de testigos. Mientras servidumbre y protección regían en Egipto la vida económica, perfeccionó Babilonia los comienzos del derecho mercantil. La administración egipcia alcanzó su punto culminante en la contabilidad de las Tesorerías, en un tráfico de giro de cereales concentrado en los graneros del soberano; pero los cilindros babilonios contienen, además, numerosos testimonios referentes al derecho privado de obligaciones.

En las leyes de Hammurabi (hacia 2000 antes de C.) se mencionan préstamos en dinero y trigo. Los préstamos de trigo han de devolverse después de la cosecha con intereses de un tercio. Los grandes terratenientes arriendan las tierras. Se trafica en cereales, dátiles, lana, cobre, aceite.

Frente a la abundancia en cereales, lana y aceite de las tierras comenzadas por canales, se alzaba la necesidad de importar maderas, piedras y metales. Babilonia fue pronto mediadora entre Levante y Occidente. Además del soberano, también los particulares envían caravanas. El conductor de caravana está en una relación de negocios respecto del que la equipa y queda en la patria, como la que más tarde se desarrolla en la Commenda de las ciudades marítimas italianos. En la navegación se distinguían en Babilonia el propietario, el marino y el mercader fletador. La mayoría de las veces participaban dos mercaderes en el flete. Desde Asiria se enviaban hacia la Anatolia oriental, a principios del segundo milenio, caravanas comerciales. En Kanes tenían una factoría. Traficaban especialmente en cobre y traían de Assur y tejidos y plomo. También aquí se encuentran negocios de crédito que vencen después de la cosecha y de la vendimia. Estaban reglamentadas las garantías de estos negocios de crédito, así como los intereses.

En Babilonia se midieron por vez primera con exactitud el oro y la plata, respecto de los granos de cereales. El peso de 180 granos era un chequel (8,42 g). Sesenta veces ello, lo que se podía coger con la mano, era una mina; de ello sesenta veces, lo que aún se podía arrastrar, un talento. Los soberanos intervinieron fijando precios. Así, en el tercer milenio, un rey de Uruk dispuso que por un chequel de plata se entregaran tres gur de grano ó 30 ka de aceite, ó 12 minas de lana ó 10 minas de cobre. También la legislación de Hammurabi fija precios y jornales, palmariamente favorables a los más pobres, y gravosos para los potentados. Los artesanos, especilamente los alfareros, eran tenidos en estima; respecto de los médicos, arquitectos, constructores navales y otros artesanos, se fijaban salarios determinados. Al principio se cotizaba en Egipto más alta la plata que el oro: en tiempo de Hammurabi, el chequel de oro valía seis de plata; por uno de plata podían obtenerse cuatro de plomo, ocho de hierro y 130 de cobre. Las tarifas de precios nos muestran el encarecimiento del trigo. El pormenor de precios estaba condicionado por la situación política. La irrupción de los cassíes condujo, en el siglo XVIII antes de Cristo, a un retroceso en el empleo del oro, y hasta el Imperio neobabilonio de los caldeos no volvieron a verse, hacia el año 600 antes de Cristo, circunstancias tan favorables como en los días de Hammurabi.

También han llegado hasta nuestros días archivos particulares de tiempos menos remotos. En vasijas se conservaban tablillas de arcilla que podían llevar revestimiento de arcilla. La "Casa de Banca" de Egibi, en Babilonia, mostró, en la partición hecha en 517, una abundante riqueza en casas (13), esclavos (96) y oro (nueve minas). Un negociante babilonio compró a los guerreros de Cambises los esclavos capturados en Egipto. En Nippur han sido hallados los documentos de negocios de la razón social Muraschu e Hijos, de tiempos de Artajerjes I y Darío II. Pero, notoriamente, era el ganado la parte más importante de la propiedad: Sanherib enumera lo que cogió, al conquistar Babilonia, en caballos, mulas, asnos y camellos, vacuno y reses menores.

Pero no debemos imaginarnos la vida de egipcios y babilonios únicamente llena de preocupaciones económicas. La subyugación mágica que su mentalidad recibió de los primitivos más bien aumentó, tomando formas grotescas, merced precisamente a ser más satisfactorias las condiciones económicas. Los egipcios dedicaron la mayor parte de su esfuerzo, no al mejoramiento económico, sino a precaverse frente a las potestades ultraterrenas. Caracteriza su vivir el peculiar enlace de los comienzos del pensamiento racionalista con el culto de los muertos en Egipto y con la astrología en Babilonia. Al culto de los muertos se consagraban los mayores sacrificios: así como en Egipto lo que más preocupaba al soberano era la construcción de su cámara sepulcral, procuraba cada cual proporcionarse el escarabajo sagrado que en el juicio de los muertos le preservaría de rubores delatores. Todavía se veía en los animales la encarnación de dioses, y se daba forma, a lo menos cabeza de animal, a las representaciones de las divinidades.

Los sacerdotes supieron desarrollar sistemáticamente la magia. La certidumbre del acaecer astronómico se reconoció como forma fundamental de lo divino y se implantó una religión comprensiva de lugares, tiempos y números sagrados. En Babilonia, en Egipto, e incluso en China, la ordenación celeste fue a la vez derecho para el hombre. Su actividad fue vinculada al calendario: para cada función se prescribió un día determinado. También se colocó cada cosa en un espacio determinado: a los siete planetas correspondieron siete pecados mortales. La construcción de los campamentos romanos y la medición de los fundos en Roma se determinaban por los cuatro puntos cardinales, lo mismo que hasta hoy en día se orienta entre nosotros la erección de los templos.

Así enfocadas las cosas, todo estribaba en conservar lo existente. La religión egipcia quería mantener la existencia corpórea mediante la momificación. Toda energía vital debía dedicarse a llevar a efecto la ordenación, una vez fijada. Para la astrología, todo recrecimiento era pura apariencia. Hacia atrás era adonde se dirigía su mirada. Todo momento ulterior pareció no tener otra misión que la de emular lo que se logró en esa época inicial transfigurada, plasmarlo una vez más. Bien podrán aparecer nuevos pueblos, cual ocurre en Babilonia, donde sobre la capa primitiva sumeria se asienta por inmigración una nueva, acadia, que es semítica, o como el pueblo montañes de los asirios, que avanza conquistador en el siglo VIII, o como aparecen más tarde los medos y los persas. Pero todos sucumben al embrujo de la ideología mágica. Su más alta ambición es continuar dignamente con igual espíritu la civilización que recibieron, renovar su forma primitiva.

La gran extensión del Imperio persa obligó a otorgar mayor independencia a los sátrapas y a que los persas consistieran el culto de los vencidos. La organización de un servicio de correos que enlazaba todos los sectores del enorme Imperio aspiraba a concentrar económicamente las fuerzas del mismo.

De manera análoga a la de Egipto y Babilonia se organizó más tarde en América la economía de Perú y de México. También aquí encontramos al principio centros menores y una organización que descansa principalmente en el conocimiento del calendario y en el desarrollo de un sistema de regadío. Así, se halla al norte de Lima en la costa peruana y en las selvas de América central una alta civilización que después recogen los conquistadores militares. A los inventivos toltecas de la meseta mejicana siguieron los bélicos aztecas.

El centro de gravedad del Imperio de los incas estaba en la altiplanicie. Desde aquí avanzaron en son de conquista hacia la cosa (1400 posterior a C.). El cultivo de los valles fue hecho posible merced a la construcción de gigantescas terrazas. Sobre las antiguas asociaciones tribales instauraron los incas un Estado que significó la más rígida concentración de todo el país. Las familias recibían los terrenos designados por el Estado; éste dictaba normas sobre la organización del trabajo y hacía suyos los productos; a él incumbía la distribución equitativa de las subsistencias. Con semejante ordenación no quedaba hueco alguno para el comercio independiente. Cosa diferente acontecía en el Imperio de los aztecas. En la meseta mejicana se fomentó el cultivo mediante desecación de los terrenos correspondientes. En México hubo una clase social de mercaderes cuyas caravanas, parte en tráfico pacífico, parte mediante saqueos, atendieron al trueque de productos del país hasta las comarcas de América central.

Los quipos de los peruanos patentizan determinadas conexiones astronómicas, sin que se advirtiera en su elaboración un elemento de generalización. Se les colocaba con los difuntos. El clima permitía aquí, como en Egipto, la conservación de los cadáveres. Los mejicanos se distinguieron, como los babilonios, por una exacta observación de las constelaciones. Al tener como base de cómputo el año venusiano, su calendario revelaba especiales primores. Como empezaban por la unidad de cuenta vigesimal, sus sistema de numeración conducía rápidamente a sumas elevadísimas. Por otra parte, el sojuzgamiento mágico de su pensar llevaba aparejada la necesidad de cruentísimos sacrificios, pues los mejicanos imaginaban crueles a sus dioses.

Babilonia y economia


- Ojeada sobre las economías china e india


Era limitado el espacio que sirvió de base a las civilizaciones egipcia y babilonia. Mayor fue aquel sobre que pudieron extenderse la china y la india. Pero también aquí hallamos una potente organización del trabajo, que conquista el suelo mediante regulación de la materia de aguas.

En China se atraviesa desde el año 2000 hasta el 200 antes de Cristo una época feudal. Los distintos reinos luchan entre sí hasta lograrse una concentración bajo el Emperador, que es adorado como Hijo del Cielo. El Emperador puede sentirse Sumo Sacerdote, e impide que se forme un sacerdocio especial. El culto de los antepasados mantiene unida a la familia. Mientras en el Occidente el derrumbamiento de la unidad familiar da lugar a que también el Estado y el individuo se conviertan en sustentáculos de la economía, la familia conserva en China su significación y se tiene al Emperador como representante de toda la Humanidad ante los Poderes divinos.

Logra el Emperador hacerse independiente de las potestades feudales y apoyarse en un funcionarismo que puede formarse de entre todas las capas sociales como una selección intelectual.

Lo mismo que en la época feudal, tampoco ahora faltan luchas heroicas, porque después de caer una dinastía, la nueva tiene que pugnar por hacerse con la totalidad del Imperio; de ahí que la vida china patentice un movimiento espiritual activísimo. CONFUCIO elabora una doctrina dirigida por completo a la inteligencia. Es rechazado todo lo orgiástico, pero también lo heroico. El acomodarse a las leyes del mundo coincidentes con las del Cielo parecía ser la misión del sabio. El retraimiento, el dejar que las cosas se desenvolvieran por sí mismas, era celebrado como el más excelente arte de gobernar. Se aceptaba el mundo tal como era. Incluso respecto del individuo no se conceptuaba que cometiese pecados, sino que le faltaba sensibilidad de gusto. La finalidad de esta vida era el cumplido hombre de mundo, al estilo del desarrollado también, por ejemplo, por el Renacimiento y el siglo XVIII.

CONFUCIO fue un adorador de la tradición antigua. Fueron coleccionadas las sentencias de los sabios. En el templo de CONFUCIO no hay imágenes, pero, cincelados en piedra, están los cuatro libros de la Sabiduría y los cinco clásicos. Así como PLATÓN quería desterrar de la instrucción helénica los poemas homéricos, combatió igualmente CONFUCIO los cantos heroicos. La formación se hizo puramente literaria, se limitó a grabar en la memoria largos textos con fábulas y sentencias.

Frente al Li, al decoro, de que habla CONFUCIO, colocó LAOTSE el Wuwei, la ociosidad. Pero la mística del Tao, la doctrina, se engarzó pronto con la magia. La doctrina de CONFUCIO tuvo que luchar por prevalecer frente a los magos de la Corte. Los taoistas se enfrentaron primeramente con la nobleza; después, con los eunucos de Palacio, en contra los literarios. Su irracionalidad analfabeta agudizó el tradicionalismo.

En la doctrina del Mo Ti se pedía la ordenación racional de la sociedad. El amor a los hombres se exigía, no como un sentimiento natural, sino como un deber religioso. Por Señor del mundo se tenía, no al ciego azar, sino a la voluntad consciente de una divinidad personal. Pero esta dirección, cuya analogía con la doctrina cristiana se reconoció más tarde, fue combatida por CONFUCIO como herejía, y representa papel de menor importancia en la formación del modo de ser chino. Frente al confucianismo, que se había hecho oficial, surgieron, ciertamente, los taoistas reclamando la relación inmediata con la Naturaleza. El sabio debía apartarse de la sociedad y vivir plenamente la iluminación interior. Pero esta orientación no podía influir sino en círculos limitados. El confucianismo ulterior tomó rasgos del taoísmo, así como del budismo, que había penetrado desde India. El ideal del sabio mundano no podía colmar sino los deseos de una pequeña capa social superior, y también para ella quedó entumecida la exigencia del decoro el individuo mediante infinita profusión de exámenes. La masa de la población permaneció mágicamente subyugada. También pareció que sólo merced a su actitud lograba el sabio poseer fuerzas supraterrenales: se convirtió en hechicero.

Así el mundo aparecía a los ojos del chino como un jardín encantado. Trató de justificarse de este modo una sistematización de las influencias mágicas. Sólo en días determinados podían emprenderse determinadas cosas. El taoísta ayudaba mediante sus conjuros a luchar contra las enfermedades y los espíritus del mal. En las reconstrucciones o en los terremotos que alteraban la figura del paisaje, los geomantes tenían que apaciguar a los espíritus mediante cuantiosos donativos.

La peculiaridad del desarrollo chino se explica de un lado por esta actitud espiritual, de otro por las condiciones naturales en que hubo de trabajar la economía china. El temor a la tierra condujo a la conclusión de que se podía arrancar su cabellera, pero no sus entrañas; era, pues, lícita la agricultura, pero los espíritus se oponían a que se profundizase en la explotación de las minas. La densidad de población obligó al cultivo más intensivo, pero no tuvieron desarrollo alguno los medios de trabajo. Los molinos hidráulicos, que después tendrían en Occidente tal importancia para el progreso técnico, estaban prohibidos en China porque trastornaban el sistema de riegos.

La economía china se desenvolvió primeramente en las comarcas de loess del Hoangho superior. Al penetrar en la llanura oriental fue necesario construir grandes obras hidráulicas. El río Amarillo acarrea, como indica su nombre, grandes masas de légamo que ciegan su desembocadura; sólo mediante diques se logra arrancar al pantano amplios terrenos.

A las potestades locales podían encomendarse obras de menor importancia, como las de regadío mediante fuentes, o la construcción de diques de poca extensión; los mayores no podían alzarse y conservarse adecuadamente más que mediante una dirección única. Esto es lo que llevó a cabo el Estado unitario, que mantuvo disciplinada la masa de pequeños labriegos mediante un cuerpo de funcionarios peritos en el arte de escribir.

En la agrimensura representó gran papel el sistema de fuentes. De un campo dividido en nuevo cuadrados iguales, ocho partes debían ser entregadas a sendas familias, mientras la novena, central, quedaba reservada para fines públicos. En lugar de este sistema, dominante en la época feudal, el emperador otorgó a los labradores la propiedad privada.

La China septentrional labra las tierras con ganado vacuno y arado, pero los chinos rehuyen el empleo de la leche. A partir del siglo II antes de Cristo, avanzó la colonización hacia el Sur por el valle del Yangtsekiang, que es más fértil, pero más difícil de ocupar a causa de sus selvas vírgenes. Aquí es donde el arroz obtenido en el cultivo de huerta se convirtió en alimento principal. Una red laboriosamente construida y conservada de riegos en bancales permite obtener doble cosecha anual. Adaptándose maravillosamente al suelo y al clima se prepara ya en nuevo surco, antes de la cosecha, una planta intermedia. Cuidadosamente recoge el chino los abonos, incluso los de origen humano, y los lleva, no a la superficie del suelo, sino a cada una de las plantas.

El señorío del suelo correspondía en definitiva al emperador. En el reinado de Wang Mang, que subió al trono en el siglo IX antes de Cristo, se declaró de dominio real toda la tierra, al igual de lo sucedido en Egipto bajo el Imperio Nuevo. Con la decadencia del Imperio en el siglo III después de Cristo resurgieron otra vez los grandes propietarios territoriales. Bajo los Tang, que gobernaron entre 618 y 907, alcanzó su máximo florecimiento el Imperio unitario de la nación formada por la fusión con los nómadas occidentales. Entonces se establecieron las pruebas de suficiencia para los empleados. La posición ha de agradecerse, no al esplendor de la familia, sino a la superación de las pruebas. En el siglo XI puso Wank An Schi en orden la Hacienda. Las prestaciones personales se redimieron mediante una capitación, en la que el año 1066 satisficieron 29 millones los contribuyentes, si bien su número retrocedió a 23,8 en el año 1075, después de implantarse las evaluaciones por los propios sujetos tributarios. En 1090 se expropiaron las haciendas superiores a 1.000 mou (56 hectáreas); China debía seguir siendo país de labriegos.

El Gobierno supo también servirse de medios tan modernos como el papel moneda, que, especialmente en la época de la soberanía mongólica, alcanzó gran importancia. Las dificultades de transportar la pesada moneda de cobre dieron gran aceptación a ese "dinero volante", si bien el año 1378 hubo que censurar la demasiado plétora de papel emitido. Se juzgó que la moneda metálica debía considerarse como la madre del dinero, y al papel meramente como hijo suyo.

No cabe decir en general, como admitió SCHMOLLER, que el aumento de población llevase de suyo hacia una constitución económica más productiva. En China advertimos más bien que la presión del incremento demográfico no condujo sino a poner en máxima tensión la fuerza de trabajo merced a la acentuadísima limitación de la demanda y a la más intensiva utilización del suelo por el trabajo invertido en él. Tanto menos cabe decir que la economía de tráfico condicione de suyo mayores rendimientos, como admiten CUNNINGHAM en su obra sobre Western Civilisation (1911) y KEYNES en su Treatise on Money (1930). China es un ejemplo de que la moneda no trae aparejado el cálculo racional. La burocracia china no actuaba como en el Occidente conforme a tal regulación racional. Como su saber no pretendía proporcionar conocimientos técnicos, sino una formación literaria general, lo que se proponían en materia de exacciones no era obtener con el mínimo medio el máximo resultado para el procomún, sino que el procedimiento minucioso de cálculo había de servir sobre todo para satisfacer cuantas demandas de sinecuras fuera posible.

Para ocupar un cargo, después de sufrir un difícil examen, había que soportar un largo período de estudios, cuyos gastos soportaba la familia. El Gobierno subordinaba a plazos determinados la colocación para no dejar demasiada independencia a los empleados. Generalmente en tres años se había de allegar los gastos de obtención y mantenimiento del empleo. A los superiores debían hacerse regalos. Como el mandarín era extranjero en la provincia a que le enviaban, era difícil vigilar a los subordinados que se distinguían por sus conocimientos locales. Todo ello hacía que se multiplicaran los costes de la administración local y sólo parte de los impuestos llegase a la administración central. Además los empleados obtenían grandes lucros merced a la reiteración de gastos de giro y cambio. Faltaba una base uniforme de contabilidad. Junto a la moneda corriente de cobre, al comenzar el comercio exterior se implantó ya desde el siglo XVI, para pagos mayores, la plata, que se pesaba al efecto. Pero el tael se pesaba de manera distinta según su destino. En más de una localidad había docenas de taels distinto, una de cuyas variedades era el tael del Gobierno. Así se explican los cálculos de cambio de los empleados que especialmente habían de acrecentarse por razón de los envíos a plazas diferentes. Los cargos oficiales se conceptuaban como prebendas dependientes unas de otras. Toda intromisión en este sistema de sinecuras lesionaba tantos intereses, que había de estrellarse ante la unánime resistencia de los funcionarios. Así acaeció más tarde cuando se intentó efectuar el transporte de los tributos de las provincias por la vía más económica de los caminos en vez de las arcaicas barcas del Canal Imperio.

La actitud global de la vida económica china nos permite comprender por qué florece positivamente en ella el trabajo manual e incluso halla lugar el comercio, pero sin que de esas fuerzas llegue a surgir una revolución de la vida económica.

Junto a la masa de pequeños labriegos había un artesanado ilustrado cuyo desarrollo se hallaba empero dificultado por la competencia de la casera laboriosidad campesina y de una industria doméstica a cuyo lado se desarrollaron algunas explotaciones fabriles mayores, como las de carboneo, trabajo del hierro y fabricación de porcelana. La baratura de la mano de obra permitió aquí como en la agricultura que el rendimiento principal dependiera de la perfección y destreza del trabajo humano. Los medios de trabajo utilizados siguieron siendo primitivos. Es verdad que los chinos descubrieron el papel, la brújula y la pólvora, y que ya en el siglo X consiguieron imprimir sus clásicos mediante planchas de madera. Pero los inventos cual, por ejemplo, los de preparación de lacas de sobresaliente finura, se guardaron como secretos de familia y pudieron perderse con quienes los poseían al sobrevenir catástrofes como las debidas a guerras o sublevaciones. Lo barato del trabajo humano impidió asimismo que ni aun en la minería se pensara en mejorar los medios de explotación. Así, para el achicamiento de las minas abundaban hombres que había perdido su libertad, los llamados "ranas". Para no tener que dar mucha altura a las galerías, se empleaban de preferencia niños en el laboreo de las minas, mientras los había disponibles. El trabajo agrícola obligaba a suspender en primavera el de las minas.

El comercio no era tenido en estima por algunos, como LAOTSE. Estaba igualmente muy difundido y complejamente articulado. La deficiente protección jurídica, que impidió se desarrollase un Derecho mercantil, dio precisamente lugar a que en el tráfico hubiera de arreglarse todo mediante la buena fe de los que comerciaban. En el trato con el Extranjero alcanzaron gran confianza personal los mercaderes chinos de profesión. La seda de China llegó hasta Occidente, en la época del Imperio Romano, por los caminos del interior de Asia, hasta la cuenca del Tarim. También por mar se relacionaba China con el Extranjero. A fines de la época de Tang, en 876, se menciona con motivo del asolamiento de Cantón a mahometanos y mazdeos, judíos y cristianos, a quienes afectó. También la banca se desarrolló; al lado del comercio de sal y de hierro se expandió desde Schansi, llevando a notable grado de desarrollo lo relativo a medios de pago y materia crediticia.

El Estado tenía talleres oficiales para la producción de la seda en Hangtchú. Hallamos tendencias capitalistas especialmente en la producción de la sal. El lago de sal de Tschansi era explotado por cooperativas que daban trabajo a jornaleros. En las minas de sal de Szetschuan hallamos, junto a los propietarios de manantiales salinos, a los de conducciones por tuberías a los hervideros, a los poseedores de estos hervideros y a los grandes mayoristas de sal. La explotación de empresa estaba muy difundida.

El espléndido desarrollo de la economía china excitó el asombro de los occidentales. Marco Polo la halló en el siglo XIII superior a la occidental, y todavía en el XVIII creían los fisiócratas en el Empire fixe et durable de China como un ideal. Con todo, faltaba a la economía china un acicate para su ulterior desenvolvimiento: todo siguió por los carriles incorporados al formarse el Estado unitario. Fue posible una expansión superficial del Estado, singularmente hacia el Sur. Nuevos pueblos como los mongoles y los manchúes, hicieron incursiones por el Estado, pero se refundieron en su organización. La inmovilidad de la economía china depende de la actitud espiritual, mantenida por el pueblo hasta la última revolución.

Vetustos elementos de derecho matriarcal como los que especialmente hallamos más extendidos por el Mediodía, son rechazados por virtud de la fuerte organización patriarcal de la sociedad china. El culto de los antepasados mantiene unida a la familia. El primer deber del hijo es la veneración del padre, y su objetivo principal es el ser a su vez algún día venerado como padre por un hijo. Las relaciones personales informan toda la vida china. Cierto que los compañeros de profesión se agrupan en gremios comerciales y de artesanos, pero su círculo de acción no está en modo alguno regulado por la ley: la potestad del Estado prohibe reconocer poderes autónomos bajo el suyo. Es verdad que hay ciudades en China; pero sus murallas sólo amparan contra enemigos y ladrones; tras ellas no se forma ningún Municipio independiente. En la ciudad manda el arbitrio de los mandarines, sólo designados por breve tiempo; en el campo impera la agrupación familiar.

Baldíamente se dirigió contra la magia y la idolatría la revolución de Taiping, de 1850-64, influida por el Cristianismo. Los boxers fueron otra vez restaurados mágica y ritualmente.

En contraposición a China, se apoyó el antiguo Japón en el desarrollo de una organización feudal. No los literatos como allí, sino los guerreros, fueron la base de la soberanía. Proveían al sustento la pesca y el cultivo del arroz en tierras húmedas, en bancales. En las mansiones de los señores feudales halló su centro la vida económica; en servicio de ellos se ocupaba una industria muy desarrollada.

En tiempo de los Tokugawas, el Emperador estaba reducido, el año 1603, a una posición religiosa; la potestad efectiva había sido recogida por el Shogun, que era una especie de mayordomo. A los señores feudales, a los Daimios, no se entregaron bienes feudales como en Occidente, sino que recibían una renta en arroz. De esta manera quedaron más estrechamente dependientes del Poder central.

Esta enérgica y racionalista conexión de las fuerzas nacionales facilitó al Japón el tránsito a las formas modernas de la economía cuando la revolución de 1868 devolvió la soberanía al Mikado. La cohesión familiar y el culto del soberano alzado sobre la multitud forman la base de la vida japonesa. Tampoco puede ignorarse la presencia de la huella mágica en la masa de la población japonesa, pero no se opone a la utilización de los medios de la técnica más moderna por parte de los directivos.

India vio, ya antes de penetrar los arios, una civilización ordenada matriarcalmente que se extendió por el Indo. Se erigieron grandes obras protectoras contra las inundaciones. A diferencia de lo que ocurre en el valle del Nilo y en Mesopotamia, se ven aquí menos templos y palacios, pero, en cambio, están mejor construidas las casas de la ciudad; y grandes instalaciones balnearias, como en la Roma avanzada, indican una economía más orientada al servicio de la masa de burgueses. Se advierten comienzos de la escritura ideográfica. Además de la cerámica, hay hilados y tejidos; pero no es de lino, como en Egipto, sino de algodón, de lo que se hace en India la ropa de vestir.

Los arios trajeron el derecho patriarcal y una rigurosa división de clases. Entre ellos ya no coincidían sacerdotes y señores. Los brahmanes constituían una clase independiente que se alzó sobre las demás en calidad de dioses humanos. Al paso que Confucio reconocía la igualdad de los hombres, afirmaban los brahmanes su desigualdad. Además de los brahmanes estaban los caballeros (kshatriyas) y los vaishyas, los libres comunes. A las tribus sometidas pertenecían los dschudras, que no participaban de la tradición védica. Eran siervos, labriegos o artesanos, como los herreros de aldea o los grupos de trabajadores manuales de la ciudad. Más abajo aún estaban los parias, que no pertenecían a casta alguna y cuyo contacto contaminaba.

India es el país de las castas. Cada una de éstas tiene su peculiar ordenación profesional; impera la exogamia de las familias, pero se observa la endogamia de las castas. Las diversas castas coexisten juntas incluso en la ciudad, pero sin que se llegue a fraternizar en la ciudadanía municipal. Este acentuado eslabonamiento de la población se mantiene mediante la doctrina de la recompensa (karma). La creencia en la transmigración de las almas (samsara) hace que el individuo se entremezcle en la rueda de los regenerados. Puede uno volver a nacer en una categoría más elevada o en una inferior, llegar hasta la divinidad o ser rebajado a la condición de animal. Por ello el objetivo más elevado es convertirse últimamente en brahmán; el mayor temor es descender incluso a gusano en el intestino del perro. Pero el ascenso no se otorga sino a quien cumple en todos sentidos la situación que le está asignada por su nacimiento y le prescribe un ceremonial fijo (dharma). Esta trabazón impide al individuo efectuar cualquiera modificación de su actividad económica, porque podría impurificarse al hacerlo. La vida india está por ello llena de preceptos rituarios acerca de la comida y las abluciones, sobre el no matar ni aun los animales más pequeños y no tocar al impuro. Queda así fuertemente encadenado al grado económico que una vez haya alcanzado.

Mientras FORKE estima a la filosofía china como una excelente introducción al pensamiento primitivo que precede al saber exacto, halla HEIMANN que la filosofía india daría una imagen del primitivo en un estadio de la más alta civilización, como no pudiéramos hallar en ninguna parte, ni aun fuera de India.

La civilización india se desarrolló primeramente en la comarca del alto Indo y pasó después al valle del Ganges, más exuberante y en que las instalaciones de regadío crearon una comarca tropical de máxima fertilidad. Los cultos orgiásticos se celebraban especialmente en el Sur de la península.

Durante algún tiempo pudieron los gremios urbanos de comerciantes replicar al soberano, cuando requería su fuerza financiera para fines bélicos, que la misión (el dharma) del príncipe no era el guerrear, sino procurar la paz y el bienestar pacífico de los ciudadanos; pero prevaleció el principado patrimonial. En aquel relato, el rey pospuso los contumaces negociantes a los dschudras, situados más abajo.

En la actitud espiritual de la población ejercieron los brahmanes influjo muy decisivo. El brahmán desdeñaba la orgiástica, como el letrado chino, pero cultivaba el ascetismo, absteniéndose de carne y alcohol. El yoga buscaba liberarse de la vida domeñando el cuerpo por diversos medios, entre ellos la práctica de ejercicios respiratorios determinados. Así adquiría fuerzas mágicas que le proporcionaban dominio sobre los laicos.

Lo mismo que el pensamiento chino, también alcanzó el indio en el siglo VII antes de Cristo una prodigiosa elevación. Pero al plácido y mundano estilo de Confucio se opone en India el problema de superar el mundo. Al buscar el individuo su salvación, rompe con las trabas familiares y el culto de los antepasados. La introspección le permite acercarse a la vida propia. Ya no se siente captado por la corriente, sino que la ve fluir alborotada por bajo de sí. Ello puede conducir a obrar heroicamente como en el Bhagavadgîtâ, en que el caudillo lucha sin quedar entorpecido por su propia actuación. Puede así rendir más eficaz servicio, porque se halla por encima del todo. Así le es dado ciertamente también al Cristo, que se siente ciudadano de otro mundo, el actuar "como si no actuase". Pero en India esa actitud heroica fue vencida por la aspiración a lograr plena apartamiento del mundo.

La secta de los jainas rechazó los ritos brahmánicos, pero en cambio cultivó más aún el ascetismo. Los jainas se dedicaban, como los parsis, al comercio, en que no había necesidad de matar animales. Su honradez les granjeó general confianza y lograron enriquecerse.

Buda fue creador de una doctrina salvadora que se dirigía al intelecto. Predicaba la ciencia y superación del sufrimiento. La frialdad del Nirvana, a que debía uno elevarse, apagaba la sed de vivir. Pero el budista creyente permanecía "solitario como un rinoceronte".

La pureza de tal doctrina no podía satisfacer sino a una superior capa social espiritual. El monje vagaba sin hogar y solitario: "Quien quiera realizar hermosas hazañas no llegará a ser monje". Con todo, la doctrina se acomodaba al mundo, ya que por vía misional abarcaba también círculos laicos y dedicaba su atención a las bases económicas de la vida de los monjes a santos que podían auxiliarles. Así quedó también admitido en el budismo el conjuro mágico, y el resultado definitivo fue también, en los países en que se afirmó el budismo, el subyugamiento mágico de las masas.

La doctrina de Buda halló eco en la selecta clase intelectual de caballeros y burgueses. La aristocracia acogió satisfecha la liberación del ritual brahmánico. El budismo condujo en el reinado de Asoka a robustecer la potestad real incluso frente a los magnates. Después de la invasión de Alejandro se había formado en India, bajo Candragupta, un gran Imperio, cuya capital en Patalipûtra. Asoka hubo de sostener su gobierno frente a enemigos en 270 antes de Cristo. Después de vencerlos se dedicó plenamente a empresas religiosas. Elevó el budismo a religión del Estado y fomentó en su nombre el bienestar de sus súbditos. Al propio tiempo se ocupó de propagar la doctrina hacia el Oeste, hasta cerca de Egipto; por Oriente se extendió más tarde a través de China hasta Japón y Corea. En Ceilán, Indochina y Tíbet siguió dominando el budismo. Pero en la India propia fue nuevamente rechazado el budismo en el siglo VIII antes de Cristo, y tan poderosamente supo la restauración brahmánica extirpar el recuerdo de Asoka, que en el siglo XIX hubo de ser descubierta su huella nuevamente como la del egipcio Echnaton, fundador de una religión.

La renovación de la doctrina brahmánica bajo Sankara fue llevada a cabo por una vigorosa organización del monacato. En calidad de gurus, regulaban los brahmanes la conducta religiosa de los laicos.

La doctrina económica india concede, aún hoy, menos valor al dominio de la Naturaleza que a la conducta del hombre. Preferiría buscar la nivelación de necesidades y producción más bien por medio de la abstención, del cercenamiento del consumo, que por el aumento de la producción. Conceptúa que la liberación de las fuerzas productivas bajo el cálido sol de India podría conducir a un estallido de las pasiones; la sumisión de éstas parece al sabio de la India el objetivo de mayor importancia.

Aunque la vida china y la india se desarrollaron infinitamente más amplias, ricas y duraderas que la egipcia y babilónica, también aquí siguió la actitud espiritual encadenada por trabas mágicas frente a la vida, y así mantuvo a la económica, sin pérdida ni menoscabo de lo alcanzado, pero en actitud hostil frente a toda innovación y reorganización.

China y economia

- La significación de la economía israelita


Entre los Imperios de Egipto y Mesopotamia y durante su decadencia llegaron a alcanzar significación independiente Siria, las ciudades fenicias y Palestina.

Mientras la tradición de Egipto y Babilonia quedó soterrada, perduró la israelita, reunidas en los Libros Sagrados, y hasta influyó fuertemente en Occidente por lo constante de su lectura incluso en tierra cristiana. Cierto es que en estos escritos sólo se habla de las circunstancias económicas en cuanto influían en la actitud espiritual, pero también logró el Antiguo Testamento decisiva importancia para la actitud espiritual de Occidente respecto de la economía.

La tradición dice que los israelitas inmigraron en Canaán. En las narraciones de los patriarcas se admite una inmigración procedente de Mesopotamia, de Ur en Caldea; la definitiva posesión de la tierra no tuvo empero lugar sino desde el desierto del Sur, donde Israel se había liberado del yugo egipcio. En la península de Sinaí, en que se explotaban minas de cobre, había comunidades de kenitas a las cuales pudo agregarse el pueblo acaudillado por Moisés.

Una de las fuentes más antiguas, el Canto de Débora después de la victoria sobre los madianitas invasores, nos muestra a los israelitas como pueblo campesino en la llanura de Jezrael. La necesidad de hacer frente a irrupciones enemigas obligó a unirse bajo el mando de un rey, fundándose la monarquía bajo el hijo de labradores Saúl y el pastor David, logrando gran esplendor ya en tiempo de Salomón. Las cargas anejas a esta organización condujeron a la decadencia del reino septentrional de Jerusalén, pero las diez tribus hubieron de volver a reunirse bajo una autoridad monárquica, que con la dinastía de Acab en Samaria fue más poderosa que la del Estado del Sur en Jerusalén.

El reino del Norte fue destruido por los asirios invasores; el del Sur, por Nabucodonosor, soberano de Babilonia. Pero a pesar de la decadencia de la organización política, a pesar del trasplante y de la dispersión hacia Babilonia y Egipto, no sucumbió el pueblo judío, porque su religión le mantuvo unido. Los persas, que respetaban en todas partes los cultos nacionales, consintieron a los israelitas que volviesen a Palestina y reedificaran su templo. El alzamiento contra los sirios en tiempo de los Macebeos proporcionó nuevamente a los judíos la independencia política que por fin destruyeron los romanos.

Los israelitas habían ocupado al principio los comarcas montañosas, pero penetraban después en el llano, y sólo más tarde se apoderaron de las ciudades del país. Así al principio había sido decisiva para los israelitas la vida rural; la aspiración más alta del pueblo era que cada cual pudiera descansar a la sombra de sus parras y de sus higueras. Pero después el culto del templo favoreció la vida urbana. El campesino no podía visitar el templo con tanta regularidad con el hombre de la ciudad. Los cultos locales le hacían sospechoso de apostasía de Jehová.

Después de la destrucción de Jerusalén por los romanos, siguieron los judíos repartidos como artesanos y comerciantes entre las ciudades del Imperio. En las mayores, como Alejandría y Roma, sus comunidades eran especialmente numerosas, aunque las unían más los vínculos religiosos.

La suerte del pueblo de Israel nos ha sido conservada en cuadros singularmente llenos de vida en la época histórica. RANKE decía que los libros de Samuel, en que se presenta la transición de una teocracia patriarcal a la monarquía mundana, eran un modelo de exposición. Claros se nos muestran aquí los motivos que indujeron al pueblo a esta decisión, así como también la resistencia que opuso el sacerdocio. Todavía los profetas hallan que los funcionarios son en absoluto reprobables. Para ellos los jueces son lobos de la estepa o leones devoradores. Cierto que algún tiempo más tarde aparece la monarquía davídica como una cumbre a que se vuelve la mirada con anhelo: todos esperan el retorno del pío soberano. También se transforma la actitud espiritual respecto de la economía: frente a la alta estimación del nómada errante que al principio encontramos, se encomia ante todo al labrador sedentario. Ningún crimen más grave puede cometer la realeza que el del rey Acab, que por amor a su mujer arrebata a Nabot su viña. Algunas tribus, como la de Benjamín, obtienen lucro acompañando y en ocasiones saqueando caravanas. Pero al principio sólo se dedica al comercio el soberano, el rey Salomón, siguiendo el ejemplo de los reyes urbanos fenicios, con quienes cultiva trato de amistad. Todavía parece sospechoso el comercio a Jesús Sirac. Hasta el destierro no se convirtieron los judíos en pueblo comerciante, como en Oriente los parsis; en ello les benefició el haber podido sobreponerse a las trabas rituarias que estorbaban a los otros.

Más importante que la suerte extrema del pueblo fue la mudanza interna que la idea religiosa experimentó entre los judíos. Cierto que tampoco faltó entre ellos el éxtasis orgiástico. Los judíos danzaron en derredor del becerro de oro; David, ante el Arca de la Alianza. Pero el sacerdocio relegó tales cosas a segundo plano. No favoreció, como en otras partes, las prácticas de magia y los oráculos, sino que se limitó a subrayar enérgicamente mandamientos humanos. A diferencia de los dioses de la fertilidad, los baalim, es Jahvé un Dios de la Tempestad, insondable en su encono; pero el servicio que reclama de sus adeptos no consiste en ceremonias, sino en la pureza de la conducta. A él se ha obligado todo el pueblo de Israel por medio de una alianza con Dios. Algunos sucesos de la historia mostraron a los israelitas que su Dios podía salvarles mediante acontecimientos extraordinarios frente a superiores poderes externos de sus enemigos. Así les amparó contra los egipcios alborotando las olas en el Mar Rojo; así protegió a Jerusalén contra el asalto del omnipotente Sennaquerib mediante el estallido de las epidemias de su ejército. Fue Jahvé quien mediante Ciro permitió al pueblo de Israel que regresase del destierro. Ello hizo que los judíos se conceptuasen pueblo escogido. Su Dios no era sólo el nacional de la guerra, sino el Creador del Mundo y Señor de los pueblos. Precisamente mediante el daño con que conminaba a su pueblo quería educarlo para su servicio. Vanas eran las representaciones de dioses y las ceremonias con que los otros pueblos festejaban a sus divinidades. Jahvé, que no quería verse glorificado en ninguna representación, que se ocultaba en la nube, era en definitiva más poderoso que todos ellos. El individuo era directamente responsable ante él. Pero él ayudaba a quienes observaran sus mandamientos.

Los profetas combatieron el culto oficial cuando éste volvió, en el reino septentrional, a cristalizar en manifestaciones externas. La inspiración inmediata de que se sentía inmediatamente conscientes les elevaba a las más audaces expresiones. Pero aun en ese movimiento no era lo decisivo la apariencia externa de la conducta, por singularmente que les animara, sino que los profetas aceptaban más bien como propia la exigencia de la ley: el amor de Dios sin ceremonias externas, y el del prójimo como el de sí propio.

Así se quebrantó fundamentalmente el sojuzgamiento mágico que también amenazaba aherrojar a los israelitas, como de hecho se efectuó en el reino septentrional. El hombre debía comparecer directamente ante Dios; con ello se logró un nuevo sentimiento propio que había de exteriorizarse en toda la vida del hombre piadoso. El mundo ambiente perdió el hechizo con que hasta entonces había irrumpido en la vida del hombre. Lo vio ahora fuera de él, abierto a su influencia. Podía destruirse el embrujo que en realidad había regulado hasta entonces la economía, pero oponiéndola también obstáculos. El particular se hallaba colocado frente a sus problemas.

Los escritos de los profetas no fueron aniquilados ni siquiera cuando los repudiaron los doctores tildándolos de fanáticos. La doctrina pura de la ley y de los profetas siguió siendo base de la enseñanza; Jesús no necesitó sino rememorarla.

Las doctrinas de egipcios y babilonios hasta ahora consideradas, así como las de los chinos e indios, hacían dirigir retrospectivamente la mirada. El desarrollo de la astrología refería todo a las ordenaciones antiguas. Se quitó así todo impulso para innovaciones en lo económico. Completamente distinta fue la voz de los profetas, que impulsaba hacia adelante. Se reclamaba una nueva ordenación, para la cual debía prepararse cada cual.

Puesto que el individuo tenía que encararse otra vez con nuevas situaciones de vida, aprovechando de hecho las nuevas condiciones, tampoco se aceptaban pura y simplemente las relaciones sociales; debían ser ordenadas de tal suerte que encarnasen la justicia. El derecho de obligaciones acabó en Israel por conducir también a la esclavitud. Pero entre los compatriotas no había de ser permanente una sumisión de esa especie. Cabe preguntarse si el plan del Año Jubilar se llevó alguna vez a efecto; pero es lo cierto que en los Libros Sagrados quedó consignado. Se mandaba que cada cincuenta años se pusiera en libertad a los compatriotas caídos en esclavitud; así resultó propuesta la normal reordenación adecuada que corrigiese en materia de propiedad las excesivas diferencias, cosa que en otras partes, en Babilonia, en China, en Hélade, se efectuaba ocasionalmente alguna vez. Con ello se consignó como una misión que cumplir el regular de modo racional la ordenación económica.

Los fariseos impusieron más tarde a los judíos determinados preceptos rituarios, como los mandamientos relativos a comidas, la santificación del sábado, por las cuales se diferenciaron del mundo restante. El Cristianismo se liberó de tales trabas dirigido por Pablo. Ni aun en el Cristianismo faltaron retrocesos al pensar mágico. ALFREDO WEBER habla del "magismo ideal" en las controversias dogmáticas de los Concilios. Recuérdense los procesos de hechicería que hubo incluso en círculos protestantes. Pero como el Reino de Dios se contrapuso al Mundo como Reino del Espíritu, perdió su poderío fundamental todo lo real y se convirtió en objeto de la actividad humana, incluso en la esfera económica.

----------

- La economía desde sus comienzos hasta el fin de la Edad antigua


+ Los comienzos de la economía

+ La economía de los helenos

+ La vida económica romana

+ El fin de la Edad antigua. La economía de Roma oriental y del Islam

----------

Fuente:
Historia económica universal, Heinrich Sieveking, páginas 21 - 45.