lunes, 17 de febrero de 2014

Adam Smith y el orden económico individualista


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Adam Smith, que escribía en 1777, al comenzar la revolución industrial, era un ardiente defensor del laissez faire. Se calificaba así a un orden económico en el que existe un mínimo de intervención del Estado en la industria, dejándose a cada individuo en libertad de dedicarse a la ocupación que desee, de acumular y emplear su propiedad privada sin indebidas restricciones por parte del Poder público, de efectuar libremente los contratos que desee y de cambiar productos en el mercado a los precios que pueda obtener.

Adam Smith

- Instituciones fundamentales del orden económico individualista


Hay cuatro instituciones fundamentales que forman la base del orden económico individualista: primera, libertad de empresa; segunda, propiedad privada; tercera, libertad de contratación, y cuarta, libertad de cambio.

- La libertad económica no es sinónimo de desregulación


Algunas veces se habla de este orden económico como de una sociedad donde no hay regulación alguna, pero esto no es cierto. Aquellas instituciones: propiedad privada, libertad de empresa, libertad de contratación y de cambio, constituyen un cierto tipo de organización de la vida económica. No puede existir ninguna de estas instituciones sin cierta forma de organización social que las de efectividad, y todas ellas son producto de un largo proceso de evolución social y desarrollo económico. Todas tienen importantes efectos reguladores sobre nuestra actividad económica. Sin embargo, una sociedad que no estuviese sometida a ninguna clase de regulación -si es que puede existir- sería completamente anarquista. La propiedad privada, la libre contratación, la libertad de cambio y de empresa son instituciones que se mantienen y se refuerzan por el poder soberano del Estado y constituyen por sí mismas grandes fuerzas reguladoras del mundo económico.

- La ley de la oferta y la demanda


El orden individualista basado en las cuatro instituciones citadas se dice que está regulado por fuerzas "naturales" o "automáticas", distinguiéndolo del ordenamiento impuesto por una regulación social consciente y deliberada. Así, pues, en una sociedad con propiedad privada, libre contratación, libertad de empresa y de cambio no hay un organismo oficial que determine deliberadamente cuántos bushels de trigo o pares de zapatos se producirán, o el precio a que se venderán estos bienes. Se dice que todo esto se fija como resultado natural y automático de la ley de la oferta y la demanda. Si disminuye la producción de trigo, el precio será excesivamente alto, y los agricultores se animarán a producir en mayor cantidad. Si los fontaneros escasean, los jornales de esta clase de trabajadores serán más elevados que los de otros con igual habilidad, y, en consecuencia, los trabajadores se sentirán atraídos hacia este oficio. Bajo el funcionamiento automático de la ley de la oferta y la demanda, el precio del mercado es una guía que indica la cantidad de artículos de cada clase que han de ser producidos y la distribución de la población trabajadora entre las diferentes industrias.

Sin embargo, este principio regulador es sólo una tendencia a largo plazo. Supone la movilidad rápida del trabajo y del capital. El capital invertido en una determinada instalación no puede pasar rápidamente a otras actividades más remuneradoras. Los agricultores no pueden pasar instantáneamente de un cultivo a otro, ni pueden transferir con facilidad su capital de la agricultura a la industria cuando observan que los precios de los productos agrícolas son indebidamente bajos en comparación con los de los artículos manufacturados, como se ha demostrado en la depresión agrícola. Ni se pueden convertir los asalariados de otras ramas estuquistas cuando los jornales de éstos son extraordinariamente altos, como también se puede comprobar en algunas ciudades.

Fuente:
Principios de Economía, por Frederic B. Garver (Universidad Minnesota) y Alvin Arvey Hansen (Universidad de Harvard).