viernes, 27 de diciembre de 2013

¿Cultura de mercado o sistema de mercado?


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Me gustaría tratar en este breve artículo una cuestión que encontré como cabecera de una breve sección de un libro de Susana Narotzky que decía “¿Cultura de mercado o sistema de mercado?”, y aunque dicha sección no guardaba una gran relación con la cuestión en sí, me sirvió para plantear la pregunta de si realmente el capitalismo es una cultura.

Sistema mercado

Las preguntas que intentaré responder serán aquellas que relacionan la economía de mercado con el resto de instituciones culturales: ¿Se trata tan sólo de un sistema económico o es una cultura? ¿Es tan sólo una institución dentro de las varias culturas occidentales, o por el contrario conforma una suerte de supercultura por encima de las culturas heredadas en el tiempo? ¿Son iguales o semejantes las esferas económicas en todo Occidente, o cada una es distinta? ¿Es EEUU el centro de este sistema o cultura de mercado? Y, si lo es, ¿exporta o ha exportado EEUU este sistema al resto de occidente, o se ha gestado independientemente en cada país?

La misma Narotzy dice, analizando una cita de Polanyi: “únicamente la economía de mercado constituye una esfera separada de otras instituciones sociales” (2004; 128), ¿pero es esto cierto? Lo cierto es que de ninguna manera la economía de mercado puede considerarse ajena al resto de instituciones si ésta comprende, por ejemplo, la producción, y en base a la fuerza de trabajo necesaria para llevar a cabo esa producción la vida familiar se ve afectada, o si comprende el consumo, donde se ve afectado, por ejemplo, el prestigio en sociedad.

De esta manera podríamos entender el sistema de mercado como una institución más dentro de las muchas occidentales (democracia, poderes legislativo, judicial y ejecutivo,…), la institución económica. Podría parecer entonces que nuestra primera pregunta está respondida: No es una cultura, sino parte de una cultura. Pero a la vez, actualmente, resulta imposible desvincular Occidente del capitalismo o el capitalismo de Occidente. Esto no es nuevo, puesto que ya desde el funcionalismo se entendió que cualquier institución en una sociedad está relacionada con todas las demás. Y sin embargo, Occidente existe desde mucho antes que el capitalismo y la economía de mercado (entendiendo Occidente como Europa y EEUU).

Se ha dado, pues, un cambio en la institución económica, e inevitablemente ésta debió alterar el resto de instituciones. Donde antes había un sistema feudal, con una economía feudal, ahora hay un sistema estatal democrático, con un sistema capitalista. El cambio del modo de producción y del sistema económico, una vez más, produjo un cambio en el resto de instituciones sociales.

Este cambio puso como institución principal a la esfera económica, a la que se subordinaron el resto de instituciones, y dado el carácter expansionista del sistema de mercado capitalista, en varias regiones antes distintas pese a sus semejanzas, se introdujo una cosa en común: la supremacía de la esfera económica, y poco a poco, el resto de instituciones fueron amoldándose al sistema de mercado, dando como resultado sociedades con instituciones muy semejantes, y comportamientos parecidos.

Donde antes había distintas culturas (semejantes por sus múltiples intercambios, su historia y proximidad geográfica, pero distintas al fin y al cabo), ahora hay una uniformidad en las esferas que podríamos considerar más importantes: economía, política, familia,… cuyas diferencias son mínimas o nulas, y esta uniformidad ha venido dada por la necesidad de estabilizar un modelo de sociedad acorde con la principal institución, la económica.

Por tanto, podemos hablar de una cultura Occidental, que será lo mismo que hablar de una cultura Capitalista, puesto que ésta es la que rige el comportamiento de la sociedad.

La segunda cuestión, una vez resuelta la primera, tiene una contestación más sencilla: existe una cultura occidental, donde la economía rige la sociedad, y ésta es igual en toda Europa y EEUU, pero, a la vez, existen marcadas diferencias entre cada uno de los estados occidentales e incluso en el seno de los mismos. No me refiero a las diferencias en las tradiciones, sino a las diferencias en cómo la esfera económica ha llegado a dominar el resto de instituciones y, más concretamente, el comportamiento de la gente.

Desde luego que las instituciones más “oficiales”, tales como los poderes democráticos, o las más “comunes”, como la familia, se han visto subyugados por la esfera económica en todo occidente, alterando sus tradicionales comportamientos. Sin embargo, otras cuestiones como la filosofía de vida y la visión de esta institución económica que es el mercado, sí es muy distinta dependiendo del país occidental que escojamos. Por ejemplo, en EEUU no se presta atención a las condiciones de vida o las circunstancias marginales que pueden estar detrás de un asesinato, un robo, o, en definitiva, una actitud reprochable, mientras que en Europa sería lo primero que se observaría (Verdú; 71). Esto se debe a que en Europa se tiene una mayor conciencia del doble filo que tiene la economía en la actualidad, mientras que en EEUU se tiene la idea de que la economía es siempre para mejorar el nivel de vida, a la sociedad en general y al individuo en concreto, y si esto no se consigue es que no has sabido aprovechar la oportunidad.

Otro ejemplo, en el seno de la propia Europa, se da entre los países mediterráneos como España, y los países del centro, como Alemania. Desde luego, nuestra actitud frente a la esfera económica no es la misma: el alemán reinvierte siempre todo lo ganado en nuevos proyectos, como sabedor de que la economía rige la sociedad, y que potenciando esa institución, potenciará tanto su nivel de vida, como su posición en la sociedad, como a la misma sociedad. El español, sin embargo, parece desconocer la importancia de la economía, o, si la conoce, no piensa en aprovecharla, llegando incluso a considerarlo algo negativo. Aquél español que gana dinero con un negocio, rara vez lo reinvierte, sino que prefiere aumentar su nivel de vida de forma desorbitada en base a lo que sus ingresos le permitan.

Por tanto, podríamos considerar la cultura occidental o capitalista como una cultura que rige inevitablemente los comportamientos de la gente y de la sociedad. Se trata de aquella cultura producto de la alteración de las sociedades europeas tradicionales e históricas en base a la supremacía de la esfera económica. Pero por debajo de ésta, se halla una segunda cultura, que se mide y estudia en base al comportamiento que los miembros de ésta tienen con la institución imperante, y que muestra diferencias en las distintas regiones y en el seno de las propias regiones, y la razón de estas diferentes formas de observar y responder a la esfera dominante (en este caso la económica) bien pueden ser geográficas, históricas, tradicionales, etc.

La tercera cuestión ha quedado, en parte, resuelta en las anteriores reflexiones: la esfera económica es siempre la misma, mientras que lo que cambia es la actitud frente a ésta. Sin embargo, donde sí podemos encontrar una diferencia es a qué se orienta la esfera económica: en general, la mayor parte de las transnacionales pertenecen al ámbito financiero, y, en EEUU, por ejemplo, la orientación a este tipo de economía es mucho más importante que a la economía productiva (o al menos el volumen de negocios es mayor). De esta pequeña fracción, la economía productiva estadounidense se dirige sobretodo a la tecnología y lo empírico. En Europa, en cambio, la economía financiera tiene menos peso (aunque sigue siendo más importante que la productiva) y se destina más dinero a la investigación especulativa y, lo que podríamos llamar “poco productiva”. De hecho, esto se ha querido cambiar en los últimos años relacionando más estrechamente las universidades con el entramado empresarial.

Del mismo modo, en Europa hay una división entre los ámbitos preferentes de la economía: la industria se encuentra en el centro de Europa, y la periferia (más concretamente, en el sur) se encuentra más orientada a los servicios.

Asimismo la economía está en un continuo proceso de liberalización, que es una constante en todo occidente. La cultura capitalista lleva en su seno la idea de mercantilizar todo producto, servicio o ámbito de la vida, y pese a que en ocasiones esta deriva liberalizadora frene o se estanque, siempre termina avanzando en la misma dirección. A la vez, los cambios en la esfera económica que esto supone, afectan al resto de la sociedad, que se encuentra en un constante cambio a una rápida velocidad.

Por tanto, podemos decir que la economía funciona de la misma manera y tiene la misma deriva en todo Occidente, pero que la orientación que ésta tiene es distinta en cada lugar, muy probablemente, marcado también por su tradición histórica y cultural, pero a la vez, influida por modelos externos a ésta.

Esto me lleva a la última pregunta: ¿Es EEUU el centro de este sistema o cultura de mercado? Y, si lo es, ¿exporta o ha exportado EEUU este sistema al resto de occidente, o se ha gestado independientemente en cada país?

A la primera pregunta, y en base a la lectura de El planeta americano, de Vicente Verdú, he de responder que sí, indudablemente, y que, además, se pueden sumar aquellos países donde la ética protestantista ha tenido mayor implantación. Aun así, el paradigma de país capitalista es, sin duda, Estados Unidos, el país de las oportunidades, aunque también el de los fracasos, es en este país donde la cultura capitalista es más evidente. Todo tiene un precio, todo se puede comprar y todo se puede vender. La mentalidad americana contempla la vida como un negocio, un constante intento de generar beneficios, y diferencia entre países donde fundar negocios y crear fortuna, de aquellos destinados al ocio o a la buena vida. De tal modo que, al preguntar a un americano por los países europeos, responden que, por ejemplo, España, tiene un buenísimo nivel de vida, pero que sería el último lugar donde abrirían un negocio (Verdú; 47).

La filosofía de vida en cada lugar es distinta, y la norteamericana es la que más reconoce el predominante lugar que ocupa la esfera económica, y la explota, y sabe cómo explotarla. Por supuesto que no siempre se triunfa y, de hecho, el triunfo es lo poco común, pero aquellos que no triunfan asumen su fracaso con un resignación poco común, culpándose del fracaso a sí mismo, a diferencia de lo que podría pasar en nuestro país, donde si se fracasa se buscará echar la culpa a la competencia, al gobierno, al sistema, etc.

EEUU puede no ser la cuna del capitalismo (y, de hecho, no lo es), pero sin embargo, en la actualidad sí es el centro.

Y, en respuesta a la última pregunta, la proliferación de empresas americanas puede que esté expandiendo su modelo de negocio, pero, al menos por el momento, no su filosofía de vida. Los intentos de conseguir esto, han sido, hasta ahora, infructuosos.

En primer lugar, en un intento de acercar más el estudio y la economía, la universidad con la empresa, se aprobaron planes que fueron ampliamente rechazados por los estudiantes. Por otro lado, la filosofía de vida de España, pese a que se oyen cada vez más voces diciendo que el problema del país es la falta de emprendedores, por ejemplo, la realidad es que sigue siendo un país relajado.

No obstante, sí se está acercando esa filosofía de “el culpable eres tú”, cuando la gente se culpa a sí misma, por ejemplo, de no poder pagar una hipoteca porque en su momento pensó que podría vivir por encima de sus posibilidades. Sin embargo, es alarmante pues existe una diferencia sutil pero importante: el americano sabe reconocer cuándo ha fallado, pero el español no, y eso conlleva a que, en algunas ocasiones acierte, y en otras falle, llegando a culparse por cosas que no debería.

Por otro lado, el americanismo llega a nuestro país desde su más identificativa faceta: la económica. Como si una ayuda de Occidente a Occidente se tratase, EEUU nos ayuda a reforzar nuestra concepción de la economía de mercado como la más alta institución de la sociedad mediante sus McDonald’s y sus Burger Kings, sus Winston, Marlboros, Coca Colas, Fantas,… y, por supuesto, mediante Hollywood. Pero, contrariamente a lo que podría pensarse, no es éste último el mayor exportador del americanismo, sino el primero.

El primero, como símbolo. Cada vez que se abre un McDonald’s en nuestro país, éste actúa como un signo de un sistema cultural y como centro de propaganda de éste (Verdú; 166). No sólo vende hamburguesas, sino que vende la cultura capitalista en su vertiente más potente y ortodoxa, representando en ellas los valores de ésta.

Entender así la inundación de marcas americanas (que no son las únicas, pero sí las mayoritarias y más visibles, así como las que más conceptos transmiten), supone aceptar que EEUU está continuamente exportando este modelo de cultura capitalista, y, puesto que lo lleva realizando desde hace ya muchos años (aun habiéndose desacreditado por su crisis y guerras), se puede llegar a la conclusión de que su papel en la expansión de la cultura capitalista en Europa ha sido más que importante, y que ahora, esta expansión se está llevando a cabo en el resto del mundo.

De este modo, se está expandiendo la supercultura capitalista, sin importar que en ésta subyazca un aspecto hindú o filipino, o suenen voces almuacines o tradiciones milenarias (Verdú; 168), puesto que lo importante es la supercultura, donde todos estén unidos por algo, y ése algo sea la predominancia de la institución económica sobre todas las demás. No importa cómo ésta se incruste en la sociedad donde se posa, no importa hacia dónde se oriente, no importa la actitud que la gente tenga frente a esa cultura superior, lo que importa es que esté ahí.

Como conclusión, resumir lo ya expuesto: existe una supercultura común en todos los países de Occidente, exportada y potenciada (sobretodo en los últimos años) por EEUU, núcleo y paradigma de la cultura capitalista, y frente a esta cultura capitalista, las respuestas de las sociedades son variables, pero se mueven en dos formas básicas y ya conocidas en los refraneros: hay países donde se vive para trabajar, y países donde se trabaja para vivir, aunque estos últimos, actualmente, están en riesgo de desaparecer en beneficio de los primeros.

Aceptar y asumir esta homogeneización de la cultura, aunque sólo sea en lo económico, supondrá inevitablemente la destrucción de la multiculturalidad y de la complejidad del genio humano, puesto que la esfera económica, siendo la predominante, acabará estabilizando el resto de instituciones que en el momento de su incrustación se tambalearon, y la estabilización en función de una institución predominante, muy probablemente, deberá darse de la misma manera independientemente de la forma que tuviesen las anteriores instituciones, acabando la supercultura por suprimir la cultura propia de cada pueblo, y pasando a ser ésta un recuerdo, y la cultura capitalista la única y global.

- Bibliografía:

Narotzky, Susana

2004 Antropología Económica: Nuevas tendencias, Barcelona, Melusina

Verdú, Vicente.

1996 El Planeta Americano, Barcelona, Anagrama