jueves, 3 de octubre de 2013

Progresos agrícolas y recuperación demográfica en la revolución industrial


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Entre los siglos XV y XVII la mayor parte de la población mundial subsistía gracias al trabajo agrícola. Por ello, la calidad de vida se encontraba estrechamente vinculada a las cosechas.

Progresos agricolas
Recolección del arroz. Hasta el siglo XVIII, la economía estuvo estrechamente vinculada a la agricultura; posteriormente se produjeron grandes cambios en los métodos de cultivo.

Los factores climáticos habituales explican que áreas geográficas distintas, pero todas de economía rural, como Europa y China, se vieran afectadas por los mismos fenómenos: carestías, epidemias, rebeliones, guerras, etc. La industria liberó, en parte, a la producción económica de los factores climáticos, dando paso a nuevos mecanismos que modificaron la política económica de países enteros. Se habla, por ello, de una revolución industrial, que empezó a tomar forma en Gran Bretaña entre los años 1780 y 1830, y supuso la culminación del desarrollo de la economía capitalista iniciado antes del siglo XVIII. Lentamente, la revolución industrial se fue expandiendo también a otros países, determinando la evolución económica y social desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Pero el nacimiento de la industria en la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XVIII no se explicaría sin los cambios que venían produciéndose en la agricultura desde el siglo XVI, época en que empezaron a cuestionarse las relaciones de propiedad, la organización del trabajo y los métodos de cultivo propios del pasado y de origen feudal. Aunque fue un fenómeno que afectó a toda Europa, se produjo con particular vehemencia en Gran Bretaña.

Fue en ese momento cuando se modificaron las costumbres de antaño y se redujeron las tierras comunales, las que pertenecían a señores residentes en las ciudades y los latifundios que estaban excluidos del libre comercio por pertenecer a la Iglesia. De estas formas de posesión de la tierra dependía un sistema agrario poco productivo. En consecuencia, la nueva clase agrícola se propuso como objetivo principal la intensificación de los cultivos, una mayor rentabilización del suelo y la extensión de los prados para poder satisfacer la creciente demanda de forraje derivada del incremento de la ganadería.

En esta fase, desempeñaron un papel fundamental los yeomen, propietarios por privilegio feudal, libres de obligaciones, que entre los siglos XVII y XVIII sostuvieron el peso de la modernización inicial de las estructuras agrarias inglesas. Aunque ya en vías de extinción, a mediados del siglo XVIII hicieron posible que la agricultura británica, caso único en esa época, pasara del sistema feudal a una organización del trabajo, de la propiedad y de las relaciones productivas casi plenamente capitalista.

Incluso antiguas prácticas, interpretadas en sentido moderno, contribuyeron a la consolidación en la agricultura del sistema productivo capitalista. Es el caso, por ejemplo, del llamado movimiento de las enclosure (cercados), cuyos orígenes se pierden en el tiempo (siglos XIII-XIV), pero que alcanzó su verdadero desarrollo hacia 1750-1760. La existencia, en el pasado, de extensas propiedades comunales en las que hubiera sido difícil o imposible introducir mejoras (saneamiento, rotación de cultivos) pudo ser superada gracias a esta práctica, surgida inicialmente durante el reinado de los Tudor y los Estuardo para favorecer la cría de ovejas y la producción de lana. Progresivamente, los comerciantes, los mercaderes y los funcionarios del estado que habían hecho fortuna invirtieron sus capitales en el campo por medio de adquisiciones o bien a través de la usurpación, legalizada posteriormente con cualquier decreto. Se crearon así grandes haciendas y se roturaron tierras sin cultivar, haciendo que fueran productivas y experimentando en ellas nuevas técnicas agrícolas. En la concentración y redistribución de las propiedades participaron los propios yeomen mediante el arrendamiento o la venta de sus terrenos. El movimiento de los enclosure, estable hasta mediados del siglo XVIII, explotó, literalmente, en las últimas décadas de la centuria: mientras que entre 1700 y 1760 se registraron cerca de doscientas Enclosure Acts, en los cincuenta años siguientes el número se multiplicó por diez, llegando a afectar a 130.000 hectáreas.

Unos cambios de tal magnitud en la propiedad y las nuevas formas de gestionarla tuvieron, como es natural, graves consecuencias, entre otras, las disminución del número de personas dedicadas a la agricultura. Muchos campesinos pobres habían sobrevivido hasta entonces complementando sus escasos recursos  con los procedentes de los terrenos comunales, ahora vallados y excluidos de su utilización. Fueron muchos, pues, los campesinos que se trasladaron a las ciudades. Y otro tanto hicieron los yeomen, que en las ciudades pudieron invertir sus capitales en la naciente actividad manufacturera. El progreso agrícola británico fue, por tanto, uno de los principales factores de la industrialización. Al menos en sus inicios, garantizó la indispensable autonomía alimentaria.

La productividad agrícola conseguida cubría las necesidades de una población urbana e industrial en aumento constante. Al mismo tiempo, los campesinos emigrados a las ciudades iban a encontrar un lugar en el nuevo mercado de trabajo, dando origen a la futura clase obrera.

El problema de la productividad agrícola no era exclusivo de Gran Bretaña sino que respondía a las exigencias de un fenómeno de alcance europeo, y muy pronto mundial, que se produjo hacia mediados del siglo XVIII. A partir de esa fecha, la población creció en toda Europa de manera constante, y con particular intensidad en Hungría (con un índice del 180%), en Alemania y en Gran Bretaña. En este último país, el censo se incrementó en más de 4 millones de habitantes, pasando a sumar más de 9 millones en total. Gran Bretaña se unió así al grupo de los países más poblados de Europa, al lado de Francia, que pasó de 19 a 25 millones. Con excepción de los Países Bajos, todos los demás países europeos se acercaron a tasas de crecimiento de la misma índole: Noruega experimentó un aumento del 55%, Italia y Bélgica del 50% y España del 43%.

Este incremento generalizado de la población no sólo fue el resultado de un elevado índice de natalidad, sino también de una menor mortalidad y de una distribución más proporcionada por grupos de edad. La esperanza de vida, sin embargo, no experimentó cambios de consideración. A la disminución de las tasas de mortalidad contribuyeron los numerosos progresos en el campo de la medicina, así como la mejora de las condiciones higiénicas, sanitarias y de alimentación de las clases inferiores, gracias a la difusión de algunos cultivos nuevos como el maíz y la patata.

La recuperación demográfica, aunque con variaciones en su intensidad, no se interrumpió en ningún momento y ha proseguido hasta nuestros días. Sus efectos sobre la estructura económica y social fueron distintos en cada país. Sólo en algunos de ellos facilitó la aceleración inmediata del proceso de industrialización.

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