viernes, 11 de enero de 2013

Vilfredo Pareto | 1848 - 1923


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Vilfredo Pareto (París, 1848-Celigny, Ginebra, 1923) fue un ingeniero, economista y sociólogo italiano.

Vilfredo Pareto


- Breve resumen del "currículum" de Vilfredo Pareto


Después de doctorarse en ingeniería en 1870, Pareto trabajó como director en la empresa siderúrgica Ferriere Italiane hasta 1890, fecha en la que decidió dedicarse al estudio de la economía. Después colaboró en el Diario de los economistas, y en 1894 le fue encomendada la cátedra de economía política en la facultad de leyes de la Academia de Lausana.

Entre sus aportaciones está la reelaboración matemática de la teoría del equilibrio económico general expuesta por el economista francés León Walras (1834-1910), el análisis de la elección o de las acciones individuales representadas por un mapa de "curvas de indiferencia", que le permitieron enunciar una nueva teoría del valor, conocida con el nombre de óptimo de Pareto.

Entre sus obras cabe recordar: Curso de economía política (1897-1898), Los sistemas socialistas (1902), Manual de economía política (1906), Tratado de sociología general (1916).

Vilfredo Pareto y los economistas

- J. A. Schumpeter, sobre Vilfredo Pareto


En un volumen dedicado a la vida y a la obra de Pareto, el profesor BOUSQUET cuenta que el artículo necrológico dedicado a PARETO por el periódico socialista Avanti, le describía como el "CARLOS MARX burgués". No sé si se puede llamar correctamente "burgués" a un hombre que no desperdició oportunidad alguna para expresar su desprecio hacia la bourgeoisie ignorante et lâche. Pero al margen de esta cuestión, la analogía retrata a la perfección la impresión causada por PARETO a sus compatriotas: ellos le elevaron, en realidad, a una posición eminente que fue única entre los economistas y sociólogos de su tiempo. Ningún otro país erigió un pedestal similar para su estatua; en el mundo anglo-americano tanto el hombre como el pensador han permanecido ignorados hasta hoy. Es cierto que durante un breve período PARETO estuvo de moda en los Estados Unidos; período que siguió a la traducción de su tratado de Sociología. Pero la moda se extinguió rápidamente en una atmósfera indiferente. Además, en cuanto se refiere al reducido círculo de teóricos puros, PARETO ejerció una considerable influencia sobre los economistas angloamericanos entre 1920 y 1930, es decir, después de la publicación del Groundwork, del profesor BOWLEY. Pero tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, la economía marshalliana y post-marshalliana ofrecía lo suficiente en la dirección en la cual sobresalió PARETO, para impedirle la conquista del ambiente, incluso antes de que otras tendencias le privaran de lo que había ganado.

Esto puede parecer sorprendente si se tiene en cuenta que diversos desarrollos importantes de la teoría económica actual se consideran originados en su obra. Pero no es difícil encontrar una explicación satisfactoria. PARETO fue un producto de un sector de la civilización franco-italiana que se encuentra muy distante de las corrientes de pensamiento inglesas y americanas. Incluso dentro de dicho sector su eminente figura aparece aislada. PARETO resiste toda clasificación; no rindió culto a ningún "ismo". Ninguna creencia o partido puede reclamarlo en exclusiva, aun cuando muchas creencias y muchos partidos se hayan apropiado fragmentos del extenso territorio intelectual que él dominó. Parece, incluso, que encontró un placer singular en ir contra la corriente y en desafiar a los prejuicios y slogans de su tiempo. Los partidarios de un laissez-faire radical pueden recurrir a muchos pasajes de sus escritos para encontrar un apoyo a sus puntos de vista. Y, sin embargo, nada despreciaba tanto como la "plutodemocracia" o la "demagogia plutocrática" del liberalismo. Los socialistas le deben, como veremos, un servicio muy importante que prestó a la doctrina socialista, y también sus protestas contra las medidas antisocialistas que tomó el Gobierno italiano en 1898. Sin embargo, él fue no sólo un antisocialista, sino uno de aquellos cuya crítica extrae su mordacidad del desprecio. Los católicos franceses le deben gratitud por sus ataques contra la persecución del clero francés, que fue la consecuencia poco edificante del affaire DREYFUS. Pero si atacó la política "laica" del ministro COMBES, fue porque era un caballero y no porque creyera en la misión de la Iglesia Católica o en sus enseñanzas.

Un caballero de semejante independencia y pugnacidad, poseyendo el hábito de asestar golpes vigorosos a argumentos susceptibles de aumentar los partidarios de un partido cualquiera, tiene pocas oportunidades de hacerse popular. Hoy día él es ya una figura del pasado. Pero incluso en la época de su juventud los slogans políticos y sociales, conocidos de todos, dominaban la fraseología oficial, la prensa, los programas de los partidos y la literatura popular, comprendido el sector económico. La forma en la cual presentó sus resultados estrictamente científicos, fue entonces casi tan impopular como lo sería hoy en día. Basta asimilar el espíritu que domina en cualquier manual americano y abrir después del Manuel de PARETO, para entender lo que quiero decir: el ingenuo amante de las creencias y de los slogans sociales modernos ha de sentirse como expulsado a bastonazos del sendero de PARETO; lee en la obra lo que está firmemente resuelto a no admitir como verdadero, y lo lee en una exposición en la cual abundan extraordinariamente los ejemplos prácticos. Por ello creo que la tarea no ha de consistir en explicar la razón por la cual PARETO no ha ejercido un influjo más vasto, sino en explicar las razones por las cuales ha llegado a ejercer la influencia por todos conocida.

Si pudiéramos limitarnos a las contribuciones de PARETO, a la teoría pura, no sería necesario considerar al hombre y a su medio ambiente social. Pero en todo cuanto no fue un teorema de pura lógica económica intervinieron tanto el hombre como las fuerzas que lo condicionaron, y ello de manera tan evidente, que resulta inevitable (y en mayor proporción de la normalmente necesaria en una valoración de carácter científico), adquirir una idea del hombre y de aquellas fuerzas. Intentaré realizar esto en primer lugar. Después realizaré un breve análisis de la obra de PARETO en teoría pura. Y, finalmente, concluiré con un rápido examen de su concepto de la Sociedad, tan imperfectamente expresado en su General Sociology.

+ Pareto: el hombre


El padre de PARETO, el marqués, oriundo de Génova, RAFAEL PARETO, parece haber sido un producto típico del Risorgimento italiano de la primera mitad del siglo XIX, un seguidor ardiente de MAZZINI –tal vez por razones nacionales más que sociales–, un enemigo irreductible de todos los Gobiernos que cerraban el camino a la unidad italiana y un revolucionario en éste y tal vez en otros sentidos. De acuerdo con sus ideales se exiló voluntariamente a París, donde VILFREDO, el héroe de esta historia, nació de madre francesa; si el general GALLIENI se describió a sí mismo como "Francese ma anche italiano", VILFREDO PARETO podría haberse descrito como "Italiano ma anche francese". Se trasladó a Italia en 1858, donde siguió los estudios que le permitieron en 1863 doctorarse en ingeniería. Se dedicó después a la profesión de ingeniero y de director industrial, y después de diversos empleos logró el de director general –nosotros diríamos "presidente"– de las "Ferriere Italiane". En 1893 fue nombrado sucesor de WALRAS, en Lausana, si bien actuaba ya enteramente como economista unos cuantos años antes. Por tanto, el intervalo durante el cual se ocupó especialmente en la investigación económica se extiende de 1892 a 1912; la totalidad de su obra con posterioridad a esta última fecha es de naturaleza sociológica. Abandonó su cátedra en 1906 y se retiró a su hogar, una casa de campo en la orilla del lago de Ginebra, donde se convirtió, en el transcurso de una vejez vigorosa y fecunda, en el "pensador solitario de Céligny".

En sustancia, esto basta para nuestro depósito: importa más subrayar algunos de estos hechos que añadir otros. En primer lugar, los teóricos observarán que en virtud de su preparación como ingeniero –y parece que cultivó los aspectos teóricos de la misma– adquirió muy pronto un dominio de las Matemáticas equivalente al que pueda ejercer un matemático profesional. En segundo lugar, conviene subrayar que PARETO estuvo perfectamente familiarizado con la práctica industrial, y ello en una medida absolutamente anómala entre los economistas científicos, siendo dicha familiaridad de un sentido totalmente diferente de la especie de familiaridad que puede ser adquirida por los medios de que pueda disponer el economista académico, el funcionario público o el político. Pero, en tercer lugar, fue su apasionado interés por las cuestiones actuales de la política económica y de la política en general, a las que nos referiremos en otra ocasión, quienes hicieron de él una especie de economista mucho antes de que iniciara su propia labor creadora. FRANCESCO FERRARA se encontraba entonces en la cúspide de su fama e influencia, y todavía no había caído la escarcha sobre una estructura teórica glorificada por un liberalismo exento de crítica. Sus escritos, especialmente sus famosas introducciones (prefazioni) a los clásicos, publicados en la Biblioteca dell'economista, sirvieron a PARETO tan bien, o incluso mejor, que cualquiera de los cursos universitarios que podrá haber seguido en los años de su vida estudiantil. Sin embargo, el camino que debía de llevarle a WALRAS le fue trazado más tarde por MAFFEO PANTALEONI.

Ninguno de estos hechos basta para explicarnos totalmente la visión de PARETO acerca de la sociedad y de la política, ni tampoco sus actitudes hacia los problemas prácticos de su tiempo y de su país. Tampoco creo, ni siquiera por un momento, que el profundo estanque que es la personalidad humana pueda ser dragado al extremo de mostrar lo que se encuentra en el fondo del mismo. Pero existe el trasfondo aristocrático (en el cual, creo que cuantos le conocieron estarán de acuerdo) que significó mucho más en su caso de lo que pueda admitirse como normal. En particular le impidió convertirse en un hermano espiritual de los hombres –y en un miembro admitido sin reservas por los diversos grupos–, con los cuales la vida le puso en contacto. Del mismo modo le impidió establecer relaciones emotivas con las creaciones de la mentalidad burguesa, tales como los gemelos llamados democracia y capitalismo. Actuando sobre dicho trasfondo, su independencia económica –primeramente una simple independencia, más tarde casi la riqueza– contribuyó a aislarle todavía más, mientras le ofrecía la posibilidad de aislarse a sí mismo.

Todavía actuando sobre el citado trasfondo, su formación clásica obraba en la misma dirección. No intento referirme a aquella esfera de conocimientos que compartió con cualquier persona educada de su tiempo, sino a la que conquistó personalmente a través de estudios incesantes de los clásicos griegos y romanos en el transcurso de sus noches de insomnio. El mundo antiguo es un museo, no un laboratorio de ciencia aplicada, y quien confía demasiado en la sabiduría que del mismo pueda extraerse venía obligado a alejarse de cualquier grupo de hombres existentes, ya sea en 1890, ya sea en 1920. El aislamiento resultó completo como consecuencia de los frutos de su participación en los debates sobre las políticas y la política de su país –tan completo que decidió emigrar a Suiza, incluso antes de haber sido llamado a Lausana–. Y tal aislamiento tuvo sus efectos –mitigados solamente en los últimos años de su vida por un segundo matrimonio que le deparó la paz doméstica sobre un temperamento tan fiero que realmente no había sido construido para ser soportado.

Pero, ¿por qué abandonó su país airadamente, el país que él amaba desde el fondo de su corazón y cuya resurrección nacional no sólo había anhelado, sino testificado? Es muy probable que un observador distante se formule esta pregunta teniendo en cuenta que el nuevo reino de Italia no se desarrolló de una manera catastrófica en los treinta años que precedieron a la emigración de PARETO. Además de haber progresado económicamente a un ritmo considerable y de haber superado los desórdenes financieros –con el permiso de los keynesianos–, Italia dio sus primeros pasos en la legislación social y se impuso con éxito como una de las que, entonces, fueron llamadas grandes potencias. Contemplando las cosas desde dicho ángulo, nuestro observador se verá forzado a sentir un gran respeto por un régimen como el de AGOSTINO DEPRETIS. Y considerando las dificultades inherentes a los comienzos del nuevo estado nacional, adoptaría una actitud comprensiva hacia las partes menores alegres del cuadro. Pero PARETO no dio muestras de semejante comprensión. El no veía más que incompetencia y corrupción. Y con feroz imparcialidad combatió los Gobiernos que se sucedieron unos a otros, y fue entonces cuando llegó a ser conocido como ultraliberal –en el sentido que tenía la palabra en el siglo XIX, es decir, de defensor incondicional del laissez faire– y que contribuyó a crear, entre los New-Dealers alemanes de dicho período, la impresión de que la utilidad marginal era una trampa tendida a los reformadores. Probablemente esto es cuanto debe ser dicho acerca de la actitud de PARETO en cuestiones de política económica, cuya huella se encuentra muy visible en sus escritos anteriores a 1900. Pero incluso entonces existía algo en su ultraliberalismo que apuntaba en una dirección diametralmente opuesta a los credos y slogans del liberalismo oficial. Es cierto que él era antiétatiste, pero por razones políticas más que económicas: en contraposición a los clásicos ingleses, él no luchó contra la actividad gubernamental per se, sino contra los Gobiernos de la democracia parlamentaria, de aquella democracia parlamentaria que exigía una obediencia ferviente a los clásicos ingleses. Considerado desde este ángulo, su tipo de laissez-raire adquiere unas características totalmente distintas del laissez-faire británico. Y una vez nos demos cuenta de esto, el resto se entiende fácilmente.

Hacia fines del siglo XIX, y durante las dos primeras décadas del siglo XX, un número creciente de franceses y de italianos comenzó a demostrar una insatisfacción que iba desde la mera desilusión al disgusto violento, con respecto a la manera de funcionar el cotillon de la democracia parlamentaria y a los resultados producidos por la misma en Francia y en Italia. Tales sentimientos fueron compartidos por hombres tan distintos como E. FAGUET y G. SOREL, y no eran privativos de un partido determinado. No es éste el lugar para someterlos a análisis y menos para formular un juicio sobre los mismos. Lo que nos importa es el hecho de que dichos sentimientos existieran y que PARETO, en su madurez, permaneciera extraño a esta corriente de pensamiento tan sólo porque se aisló de sus contemporáneos y porque escribió una sociología que, juntamente con las de SOREL y MOSCA, intentó racionalizar dichos sentimientos.

Ingleses y americanos, que han olvidado las circunstancias únicas y particulares que han permitido desarrollar en sus mentes una actitud, igualmente única y particular, hacia la democracia parlamentaria, se han sorprendido ante el posible significado de la actitud de PARETO hacia el Fascismo. Pero dicha actitud no tiene nada de problemática; ni hace falta ninguna teoría para explicarla. Los acontecimientos que tuvieron lugar desde 1914 a 1922, condujeron a PARETO a la arena de la lucha política. Los análisis magistrales que publicó acerca de los orígenes de la primera guerra mundial, sobre el fracaso de Versalles y sobre la inutilidad de la Sociedad de Naciones, figuran entre sus más destacadas contribuciones, aun cuando no encontraron eco alguno fuera de Italia. Pero lo importante es que él registró horrorizado la desorganización social italiana, que había alcanzado unas proporciones que exigían ser vistas para poder ser creídas. Atribuyendo todas las dificultades de aquellos años a la debilidad del sistema político de una burguesía decadente, el especialista en estudios de historia de Roma llegó inevitablemente a evocar la fórmula mediante la cual, en la Roma republicana, el Senado, para hacer frente a una emergencia, obligaba a los cónsules a nombrar un magistrado con poderes prácticamente ilimitados, aun cuando temporales, el dictador: videant consules ne quid detrimenti res publica capiat. Pero no existía un procedimiento semejante en la Constitución italiana, y aun cuando hubiese existido no habría servido para nada. Por esta razón el dictador tuvo que nombrarse a sí mismo. Aparte de esta cuestión y prescindiendo de su complacencia ante el éxito de MUSSOLINI en la restauración del orden público, PARETO vivió desligado de la situación política. MUSSOLINI se honró a sí mismo al conferir el rango de senador al hombre que continuaba predicando la moderación y que defendió incondicionalmente la libertad de prensa y la libertad de enseñanza. Pero hasta el fin de sus días, PARETO renunció a abrazar la causa de aquel "ismo", del mismo modo que había rehusado la adhesión a cualquier otro. No existe el menor motivo para juzgar su acción o cualquiera de sus actos y sentimientos desde el punto de vista de la tradición angloamericana.

Todo lo demás yace en el fondo del estanque.

+ Pareto: el teórico


Cualquier apreciación de la contribución de PARETO a la Economía debe rendir tributo, en primer lugar, a su magisterio. Nunca enseñó en Italia; la Facultad de Derecho de Lausana no fue nunca un buen cuartel general para emprender una campaña de conquista intelectual; la casa de campo de Céligny tenía la apariencia de un buen retiro. Y, sin embargo, él consiguió lo que WALRAS no había sido capaz de lograr: formó una escuela en el sentido pleno de la palabra. Un círculo restringido de economistas eminentes, un círculo más amplio de seguidores menos destacados y más allá una amplia franja de partidarios más o menos definidos emergieron poco después de 1900. Sus discípulos cooperaron en su labor positiva; cultivaron contactos personales, se ayudaron mutuamente en las polémicas y controversias; reconocieron Un Maestro y Una Doctrina.

Esta escuela fue específicamente italiana. Como ya hemos señalado fueron escasos los seguidores extranjeros, aun cuando piezas separadas de la doctrina paretiana fueran aceptadas, eventualmente, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos. La escuela paretiana no llegó a dominar ni siquiera la Economía italiana. Ninguna escuela logra dominar su propio país. Las impresiones en sentido contrario, por ejemplo la impresión de que la escuela de RICARDO dominó en su tiempo a la ciencia económica británica, son debidas a una historiografía alejada de la realidad. Otros economistas italianos eminentes, como EINAUDI, regentaron su propia esfera; otros, como DEL VECCHIO, aun cuando reconocieron la preeminencia de Pareto y adoptaron tal o cual parte de sus doctrinas, pensaron y escribieron más o menos cómo lo habrían hecho de no haber vivido PARETO. Con todo, subsiste el hecho de que surgió una escuela sobre las bases de una estructura teórica que era inaccesible no sólo al lector corriente, sino, en varias de sus partes más originales, también a los estudiantes de Economía, quienes, además, no habían oído ni visto al maestro.

Pero una vez reconocida y puesta aparte la cualidad de jefe de escuela, tenemos ante nosotros un teórico que continuó la obra de WALRAS. Nadie, por supuesto, lo ha negado, ni siquiera el discípulo más ferviente, y menos que todos el propio PARETO. La diferencia de opiniones en este punto están confinadas a la mayor o menor medida en que él superó al gran innovador y a la comparación entre las estaturas intelectuales de ambos hombres. Existen varias razones por las cuales los discípulos no estarán de acuerdo acerca de este punto; ni con los extraños ni entre sí. Una de dichas razones merece ser tenida en cuenta. WALRAS presentó su inmortal teoría en la forma de una filosofía política que es extracientífica por naturaleza y, además, que no corresponde al gusto de cada uno. Me temo que no existe mejor manera de expresar lo que fue aquella filosofía si no es definiéndola como la filosofía del radicalismo pequeño burgués. WALRAS se sintió llamado a predicar un ideal social que deriva de los escritores franceses semisocialistas de la primera mitad del siglo XIX o, como podemos decir con la misma exactitud, del utilitarismo. Para él la nacionalización de la tierra era un elemento esencial de su doctrina, y a la vez fue un reformador monetario cuyos planes presentan características sorprendentemente modernas. Todo esto era hiel y ajenjo para PARETO. PAra su gusto no eran más que especulaciones metafísicas, y de una clase que le era particularmente antipática. El terreno que pisaban en común estuvo limitado a la teoría pura y específicamente a las ecuaciones walrasianas del equilibrio. Pero en todos los demás aspectos ambos fueron tan distintos como puedan serlo dos hombres e incluso ni su cualidad de compañeros de lucha en la batalla en favor de la economía matemática ni la deuda de gratitud que PARETO tenía hacia WALRAS por el encargo de la cátedra de Lausana, no bastaron para colmar su mutua y profunda antipatía ni para evitar que la misma apareciera claramente en conversaciones con terceros. Mientras sus teorías puras pertenecen al mismo molde, sus sistemas de pensamiento, tomados globalmente, y sus visiones del proceso social, difieren sustancialmente. Y todos aquellos economistas que no están dispuestos a ignorar completamente la filosofía y las recomendaciones prácticas de un hombre, es decir, la mayor parte de los economistas, deben tan sólo por dicha razón considerar la estructura paretiana completamente distinta de la de WALRAS.

En cualquier caso –momentáneamente prescindimos de la Sociología– fue, con una excepción, solamente en teoría pura donde él escribió historia científica. Señalemos en primer lugar dicha excepción. En el Cours, y también en un ensayo publicado separadamente en 1896, PARETO dio cuenta de una realización altamente original en Econometría, con la cual ganó reputación internacional y que bajo el título de "Ley de PARETO", dio origen a una extensa literatura consagrada a su discusión crítica. Llamando N al número de perceptores de renta que perciben rentas superiores a x, y siendo A y m dos constantes, entonces la "Ley" de PARETO afirma que:

log N = log A + m log x

El capítulo VII del Manuel contiene la interpretación más completa que PARETO dio a esta generalización. Nosotros debemos limitarnos a señalar las dos clases de problemas que plantea. En primer lugar se plantea la cuestión de su aplicabilidad. Han sido realizadas numerosas investigaciones, algunas de las cuales bastan según sus autores, ya sea para rechazar totalmente la ley, ya sea para establecer la superioridad de otros métodos de descripción de la desigualdad de rentas. El lector podrá observar que todo gira alrededor de la constancia aproximada de m. Sin embargo, en general, puede decirse que la "Ley" ha superado bastante bien la prueba de fuego, como lo demuestra el hecho de que todavía hoy es utilizada con cierta frecuencia por competentes estadísticos. Pero subsiste, en segundo lugar, la cuestión de la interpretación. Una vez admitido que hasta tiempos muy recientes la distribución de la renta ha sido notablemente estable, ¿qué consecuencias podemos inferir de este hecho? Este problema no ha sido nunca abordado con éxito. Muchos de quienes han participado en la discusión, PIGOU entre ellos, se han limitado a criticar la propia interpretación de PARETO –la cual, en el mejor de los casos, ofrecía desde el primer momento el flanco a las objeciones–, y al igual que ha ocurrido con muchas controversias entre economistas, se ha desvanecido antes de obtener un resultado definitivo.

Muy pocos economistas, tal vez ninguno, parecen haberse dado cuenta de las posibilidades que tales constantes ofrecen para el futuro de nuestra ciencia. Contemplada desde este punto de vista, la "Ley" de PARETO abre literalmente una nueva ruta, aun en el caso de que al final de la misma hubiera desaparecido su forma original.

Aprovecho la oportunidad para solventar otra cuestión. En el Manuel, Pareto trata de su "Ley" de la Distribución de la Renta en el capítulo sobre Población. En lo que se refiere a los tópicos generalmente tratados bajo dicho título, este capítulo no contiene muchas cosas que merezcan ser destacadas. Pero en el mismo se encuentran otras, como la "Ley", que no se incluyen generalmente en la teoría de la población, y son precisamente éstas las que perduran en este capítulo y le imprimen su frescor y originalidad. La teoría de PARETO de la circulación de la élite es un ejemplo de ello. Muchas de ellas son sociológicas en su naturaleza, más que económicas, y muchas de ellas, también, ponen de manifiesto agudamente, e incluso ingenuamente, ciertos prejuicios que sorprenden en el gran analista de los perjuicios humanos.

En el campo de la teoría pura, propiamente dicho, el pensamiento de PARETO evolucionó lentamente y conservó hasta el final ciertos elementos preparetianos. Además de las influencias de FERRARA y de los economistas ingleses y franceses del "período clásico", que operaron sobre él en su fase de formación, hay que tener en cuenta las ecuaciones de equilibrio estático de WALRAS, de las cuales tomó el punto de partida, después de haber llegado al convencimiento, no sin considerable resistencia inicial, de que eran las llaves imprescindibles para seguir adelante. Además fue estimulado por las sugerencias que ningún economista competente pudo evitar en la década comprendida entre 1885 y 1895. Finalmente, se dio cuenta agudamente de las deficiencias técnicas y de otras limitaciones de sus predecesores inmediatos. Así su propia obra teórica fue delimitada para él en su mayor parte por el propio WALRAS. Pero incluso sus primeros trabajos, como sus "Considerazioni sui principi fondamentali dell'economia politica pura" (Giornale degli Economisti, 1892-3), no fueron más allá del ámbito delimitado por WALRAS. Esto es también cierto, e incluso se puede afirmar enfáticamente, con respecto a su Cours. Varios economistas que no eran estrictamente paretianos pero que respetaban mucho a PARETO, le tributaron el dudoso homenaje de calificar su Cours como su pieza maestra. Desde luego se trata de una realización sorprendente, avivada por un vigoroso temperamento que infunde calor incluso en los pasajes convencionales. Pero PARETO estuvo en lo cierto al denegar el permiso para la reimpresión así como para una segunda edición. Porque en cuanto se refiere a la teoría pura no contenía nada específicamente paretiano. Fue tan sólo después de 1897 cuando él se elevó a la cumbre por su propio esfuerzo. La primera publicación importante que atestigua sus progresos es el "Sunto di alcuni capitoli di un nuovo tratto di economia pura" (Giornale degli Economisti, 1900) y el Résumé de su curso de París. El Manuale, o mejor, teniendo en cuenta el Apéndice, el Manuel (1909) señala el punto máximo que alcanzó jamás.

La estructura de la torre que él erigió no está, en absoluto, exenta de errores. Muchas cosas esenciales en un tratado general recibieron muy escasa atención. No quiero decir con esto tan sólo que la obra de PARETO no pueda sostener una comparación con la de MARSHALL, en lo que se refiere a las cualidades ordinariamente exigidas a un "manual". Es mucho más importante el hecho de que partes importantes del organon teórico están tratadas de modo inadecuado. La teoría monetaria de PARETO, por ejemplo, es en conjunto inferior a la de WALRAS. Sus teorías del capital y del interés derivan todo su mérito de las de WALRAS. En cuanto se refiere a la explicación del interés, parece haberse dado por satisfecho apoyándola en el hecho de que las diversas formas del capital físico, y de ahí sus servicios, no son bienes libres. Su teoría del monopolio creo que no es susceptible de salvación, ni siquiera por medio de la interpretación más generosa. Pero a pesar de todo esto, el juicio adverso a que han llegado varios críticos es completamente erróneo. Y ello porque al obrar de dicho modo no sólo se olvidan muchas y considerables aportaciones individuales, sino, lo cual es mucho más importante, la esencia de su contribución a la ciencia económica. Las más importantes de las citadas aportaciones individuales, las teorías del valor y de la producción, serán tratadas en seguida. Pero antes hemos de intentar la definición de su contribución a la ciencia económica, de cuya contribución dichas dos teorías no son más que aplicaciones o consecuencias.

La primera idea que viene a la mente, desde un punto de vista puramente teórico, de cualquier que haya dominado el sistema de WALRAS, es la de elevarlo a un nivel todavía más alto de generalidad. Cuando seguimos a WALRAS, y, en realidad, a todos los teóricos de la utilidad marginal, en su avance a través de los fenómenos del cambio, de la producción y así sucesivamente, descubrimos que están intentando resolver problemas que en último término se reducen a uno solo: todos sus problemas –no sólo los problemas de la producción– son problemas acerca de la transformación de cantidades económicas, formalmente análogos, consistiendo las diferencias simplemente en las distintas limitaciones a las cuales está sometida en los diversos campos. Supongamos que tomamos la decisión de llevar a cabo en la Economía lo que realizamos en las demás ciencias, es decir, separar el núcleo común a todos los problemas económicos y construir una teoría de dicho núcleo común de una vez por todas. El punto de vista de la "economía mental" (la Denkökonomie de E. MACH) justificará dicha tarea a los ojos de los utilitaristas. Una teoría de esta especie funcionará con índices completamente generales, tales como "gustos" y "obstáculos", y no necesita detenerse en los significados específicamente económicos que podamos asignar a dichas palabras. Podremos trascender de la Economía y elevarnos a la concepción de un sistema de "cosas" indefinidas que están, simplemente, sujetas a ciertas restricciones y entonces intentar el desarrollo de una lógica de los sistemas, matemática y perfectamente general. Los economistas que durante generaciones han empleado expedientes tan primitivos, como los de nuestro venerable amigo Crusoe, para exponer determinadas características de la lógica económica, deberían conocer a la perfección la dirección apuntada por dicho procedimiento. PARETO realizó lo mismo, sólo que a nivel mucho más elevado y sobre un frente mucho más amplio. Pero en dichas alturas es difícil respirar, y aún más ganar terreno. Críticos competentes como el malogrado A. A. YOUNG, fueron de la opinión de que PARETO no llegó más que a "generalizaciones áridas". Pero tan sólo el futuro podrá decir si esto es así. En el interín debemos reconocer la grandeza de la tentativa.

Un ejemplo basta para mostrar que semejante "carrera hacia la generalización" puede producir no sólo piedras lógicas, sino también pan económico, aun cuando se resiente del defecto de moverse a un nivel de generalidad relativamente bajo y que procede de la época del Cours. Como es sabido, la obra de MARX consiste en un análisis del proceso capitalista, dispuesto de manera que ofrezca la demostración de que dicho proceso desembocará en una sociedad socialista, eliminando, sin embargo, cualquier tentativa de descripción de la economía de dicha sociedad socialista. También es sabido que existen diversas contribuciones debidas a autores marxistas y neomarxistas, destinadas a la solución del último problema, y que no son más que fracasos completos. Como todo el mundo sabe, en la actualidad el servicio a la doctrina socialista que las teorías marxistas habían sido incapaces de prestar lo realizó E. BARONE, cuyo famoso ensayo sobre la materia ("Il Ministro della produzione nello stato colletivista", Giornale degli Economisti, 1908) ha sido superado por los escritores modernos tan sólo en cuestiones de detalle. Pero la idea esencial del argumento de BARONE se encuentra ya indicada en el segundo volumen del Corso de PARETO (p. 94) y en su Manuel (p. 362): concretamente la idea de situar el núcleo de la lógica del proceso económico por encima del plano de las formas institucionales contempladas por el observador. El lector podrá comprobar cómo esta idea viene fácilmente a la mente, una vez nos colocamos en el punto de vista de la teoría general paretiana de gustos y obstáculos, aun cuando dicha idea surgió también en el pensamiento de WIESER.

En este caso particular, PARETO casi ha perdido sus derechos a la prioridad –por lo menos entre los economistas angloamericanos–, si bien no sólo planteó el problema, sino que indicó la solución. En otros casos perdió aquellos derechos completamente porque se limitó a meras sugerencias. Así, por ejemplo, gracias a nuestros conocimientos actuales, podemos discernir en el Manuel atisbos de la economía dinámica moderna. Sin embargo, ninguno de tales atisbos, como su referencia a una forma de adaptación similar a una courbe de poursuite (el problema del perro y su dueño, vid., por ejemplo, la pág. 289) o la que trata de la presencia de una vibration continuelle (vid, por ejemplo, la pág. 528), fueron empleados para otro uso que no fuera el negativo de demostrar que la tendencia del sistema económico hacia una "solución" única y estable (es decir, un conjunto único de soluciones que satisfagan sus condiciones) es una cuestión mucho más dudosa de lo que los economistas de su tiempo, WALRAS incluido, suponían. Dichos atisbos no fueron empleados en una tarea positiva, ni tampoco sugirió ningún método para abordar dichos problemas. Creo, por lo tanto, que no hemos de vacilar en describir la obra de PARETO como una teoría estática y que somos enteramente justos con él al afirmar que fue consciente de las limitaciones de la misma, así como de las exigencias derivadas de los problemas quedaban por afrontar.

Examinemos ahora la contribución de PARETO en los campos del valor y de la producción, recordando que en virtud del punto de vista señalado más arriba, dichas teorías se resumen, realmente, en una única teoría.

La mayor parte de los teóricos modernos, aun cuando no todos, están de acuerdo en que la importancia histórica de la utilidad y de la teoría de la utilidad marginal, reside en el hecho de que sirvió de peldaño por el cual los economistas llegaron a la concepción del equilibrio económico general, aun cuando dicha concepción fue percibida con mayor nitidez y desarrollada con mayor amplitud por WALRAS que por los austríacos o por JEVONS. En otras palabras, la utilidad y la teoría de la utilidad marginal fueron una de las posibles vías de acceso a lo que realmente importaba, y aun cuando ofrecía un excelente método para demostrar de una manera fácilmente comprensible las relaciones que mantienen unido el sistema económico y de hecho convierte en un sistema unitario la masa de fenómeno económicos, fácilmente escindibles en sectores, no tenía gran importancia intrínseca. O, para expresarlo de otro modo: la teoría de la utilidad marginal fue una hipótesis heurística extremadamente importante, y nada más. Pero ni WALRAS ni los austríacos fueron de esta opinión. Por el contrario, para ellos la teoría de la utilidad fue nada menos que la verdad final, el descubrimiento de la llave de acceso a todos los secretos de la Economía pura. En consecuencia, colocaron sobre la misma un énfasis que indujo a PARETO y a los paretianos a adoptar un énfasis, también indebido, a su renuncia a la misma. Autores pertenecientes al mundo anglosajón, singularmente los profesores ALLEN y HICKS, siguieron la misma vía y alabaron generosamente a PARETO una decisión que les pareció un cambio de dirección trascendental. En realidad existe una opinión difusa que sustenta la creencia de que dicha nueva dirección constituye la principal aportación de PARETO.

Existen indicios en el Cours de que PARETO no estaba completamente satisfecho con la teoría walrasiana del valor desde el principio. Pero sus correcciones, insignificantes y poco originales, se mantuvieron dentro de los confines de la teoría. De las correcciones insignificantes basta citar la introducción del término ophélimité en lugar del término utilidad (ophélimité élémentaire en vez de utilidad marginal o de la rareté de WALRAS) en virtud de que los términos anteriores suscitaban asociaciones preñadas de confusiones. Entre las correcciones no originales basta mencionar la concepción de la utilidad y de la utilidad marginal como funciones de todas las mercancías que la unidad de consumo posee o consume en un determinado período de tiempo, en vez de la concepción de WALRAS de la utilidad total y marginal de cada mercancía como función de la cantidad de mercancía exclusivamente. Esta corrección se debe a EDGEWORTH, pero confiese mi escepticismo acerca de si EDGEWORTH se dio plena cuenta de las dificultades teóricas que iba a suscitar con ello, ya que convertía el grado final de utilidad, que era simplemente un coeficiente diferencial ordinario en el pensamiento de JEVONS, WALRAS y también en el de MARSHALL, en un coeficiente diferencial parcial, con lo cual las dificultades matemáticas al intentar demostrar la determinación del sistema económico, incluso en su forma más simplificada, aumentaban enormemente.

Mucho antes, sin embargo, y ciertamente antes de 1900, (el año en que pronunció sus conferencias en París haciendo público su nuevo punto de vista), PARETO advirtió que, por lo menos para sus propósitos, el concepto de una utilidad mensurable (utilidad cardinal) podía ser abandonado sin peligro, o que, en cualquier caso, debía ser abandonado por las razones que fueron por vez primera claramente establecidas en la segunda parte de las Mathematical Investigations into the Theory of Value and Price (1892) de IRVING FISHER. Para solventar la situación recurrió a las curvas de indiferencia y de preferencia que habían sido introducidas por vez primera por EDGEWORTH. Pero mientras EDGEWORTH todavía partía de una utilidad total mensurable, de la cual deducía la definición de dichas curvas, PARETO invirtió el procedimiento. Tomó las curvas de indiferencia como las cosas dadas de las cuales partir, y demostró que era posible llegar, mediante las mismas, a la determinación del equilibrio en competencia pura y también a obtener ciertas funciones que podían ser idénticas a la utilidad, si ésta existía. En cualquier caso, fue posible obtener índices (ordinales) de utilidad o lo que PARETO llamó funciones índices (Manuale, pág. 540, nota, I).

Deseo exponer dos extremos claramente. El primero es que PARETO, aun cuando pudiera haber adoptado un descubrimiento de EDGEWORTH para su propio uso, confirió a las variedades de indiferencia un significado que no poseían en la Mathematical Psychics de EDGEWORTH. Aparecen desprovistas de cualquier significado utilitarista y se razona de tal modo, que el servicio que anteriormente había prestado el concepto de utilidad a la teoría del equilibrio económico, lo realicen ciertos supuestos acerca de la forma de dichas curvas de indiferencia. La nueva idea consistió en reemplazar los postulados de la utilidad por postulados acerca de la conducta observable, y de este modo se intentó basar la teoría económica sobre lo que PARETO estimó fundamentos más seguros. Por supuesto, cabe objetar que, pese a diversos intentos, nadie ha tenido éxito en la tarea de realizar dichas observaciones y que es difícil refugiarse en la esperanza de que algún día será posible llevarlas a cabo, partiendo de datos objetivos en toda su extensión y haciendo así posible la obtención empírica de un mapa completo de indiferencia. Designemos, entonces, a dichas curvas "potencialmente empíricas" o, empleando algo abusivamente un término kantiano, "referidas a una experiencia posible". En cualquier caso, su introducción para un propósito enteramente extraño al de EDGEWORTH podría ser calificada de aportación original si no se diera la circunstancia, como lo reconoció el propio PARETO, de que ya la entrevió FISHER en la obra que hemos mencionado más arriba.

El segundo extremo consiste en que el razonamiento de PARETO sirve de evidencia de las dificultades que encontró para desembarazarse completamente de la vieja teoría de la utilidad. Siempre estuvo atento para considerar los casos en los cuales pudiera ser posible hablar de utilidad e incluso de utilidad cardinal, la existencia de la cual –y de ahí la cuestión de la integrabilidad– continuó interesándole extraordinariamente. Y después de todo, sus funciones índice presentan una semejanza muy estrecha con el viejo concepto de utilidad. En realidad, como han señalado ALLEN y HICKS, nunca consiguió liberarse completamente del mismo, y por ello continuó empleando conceptos tales como las definiciones, debidas a EDGEWORTH, de rivalidad y complementariedad, que no encajaban con su idea fundamental. Esta idea fundamental, además, fue desarrollada y defendida ya en 1902 por P. BONINSEGNI. Alrededor de 1908, ENRICO BARONE fue más lejos que PARETO al confinar sus hipótesis fundamentales en el campo de la teoría del valor a lo que llamaba el hecho de que frente a unos precios dados de los productos y de los servicios productivos, cada individuo distribuye los ingresos que provienen de la venta de sus servicios, entre gastos en bienes de consumo y en ahorro, en una cierta única forma "de la cual no vamos a investigar los motivos". Con ello, como destacó oportunamente, se prescindía tanto de cualquier concepto de utilidad como de las funciones de indiferencia. El resto de la historia es demasiado conocido para que nos detengamos en ella. Me limitaré a mencionar los artículos de JOKNSON y de SLUTSKY, que pasaron prácticamente desapercibidos; la importante reformación de BOWLEY en su Groundwork, que ejerció mayor influencia, y los trabajos de ALLEN y HICKS, GEORGESCU-ROEGEN, SAMUELSON y H. WOLD. Si aceptamos la situación actual como "provisionalmente definitiva", debemos realmente considerar a FISHER y a PARETO como a los santos patrones de la teoría moderna del valor.

Pero mucho más legítimo que calificar a PARETO de santo patrón de la teoría moderna del valor, es calificarle de santo patrón de la "Nueva Economía del Bienestar". La historia de cómo, una vez más, presto un servicio a una causa hacia la cual no sentía, o no debería haber sentido, ninguna simpatía, no carece de humor. Desde los mismos comienzos de la Economía, un bienestar público vagamente definido, jugó un gran papel en los escritos de los economistas. Los slogans familiares del utilitarismo (BECCARIA, BENTHAM) sirvieron para racionalizar el concepto, y la teoría utilitarista del valor pareció admirablemente apropiada para tal tarea; en realidad, se empleó prontamente en tal sentido, como lo prueba, por ejemplo, la teoría del impuesto. La teoría de FISHER-PARETO de las variedades de indiferencia, destruyendo las bases de los argumentos fundados en la utilidad cardinal o incluso con la comparación interpersonal de la utilidad (satisfacción) debería, como podría creerse a primera vista, haber terminado con todo aquello. Pero en vez de llegar a tal conclusión –y pese a su actitud respecto a humanitarismo político de nuestro tiempo–, PARETO se lanzó inmediatamente a abordar el problema de la máxima satisfacción collective. La formulación definitiva correspondió a BARONE, pero la idea principal es, otra vez, de PARETO. Observó, en primer lugar, que todos los cambios impuestos sobre cualquier estructura económica dada pueden ser considerados como incrementos del bienestar o de la satisfacción colectiva, en un sentido perfectamente objetivo, si quienes ganan en términos de numéraire pueden compensar a quienes pierden, en términos de numéraire, subsistiendo todavía alguna ganancia. Este criterio basta, en efecto, para salvar algunos, aunque no todos, los juicios de bienestar expresados normalmente por los economistas. En segundo lugar, PARETO señaló que los juicios de bienestar que no pudieran ser justificados de dicho modo debían ser basados explícitamente sobre consideraciones extraeconómicas, como, por ejemplo, en consideraciones "éticas". Y, en tercer lugar, demostró que el criterio podía ser empleado para establecer que el état collectiviste puede lograr un nivel de bienestar más elevado que el logrado bajo la competencia perfecta. Pero, prescindiendo de los desarrollos ulteriores, la sustancia del contenido de la Nueva Economía del Bienestar se encuentra en las observaciones de PARETO.

La parte de la economía del bienestar de PARETO, que trata de la lógica de la producción, proporciona la transición conveniente a su segunda gran contribución a la teoría pura: su teoría de la producción. Abordando el problema desde el ángulo de la teoría de la elección y aplicando al caso de la unidad de producción el aparato general de las curvas de indiferencia y los conceptos derivados de las mismas (lignes du plus grand profit, lignes de transformations complètes et incomplètes, etc.) esbozó una vasta estructura de la cual tan sólo algunas partes se encontraban explícitamente en la literatura de su tiempo y de la cual cabe decir que constituye el fundamento de la teoría matemática de la producción de nuestra propia época o, en todo caso, de su parte estática. En particular, la estructura tan amplia de su teoría permite abordar todos los casos especiales sin necesidad de colocar excesivo énfasis sobre cualquiera de ellos; cualquier cosa puede ser un "obstáculo" y puede en consecuencia asumir cualquiera de las formas que se presentan con mayor frecuencia en la realidad –los factores necesarios en cantidades fijas sin tener en cuenta el volumen de producción, los factores necesarios en virtud de exigencias tecnológicas, en cantidades fijas por unidad de producto, los factores "compensadores", y así sucesivamente, todos ocupan su lugar en un sistema teórica completo que abarca todas las posibilidades–. Al apreciar esta aportación debemos recordar que PARETO intentó generalizar y, además, mejorar la obra de su gran predecesor. Nuevamente su obra puede ser dividida en una primera parte que culmina en el Cours, y en una segunda parte que culmina en el Manuel, aun cuando se encuentran ciertos retoques en el artículo publicado en la Encyclopédie des Sciences Mathématiques.

Originariamente WALRAS expuso su teoría de la producción partiendo de la hipótesis de coeficientes de producción fijos –cantidades fijas (medias) de factores por unidad de producto–, no porque creyera que éste fuera el único o por lo menos un caso muy importante, sino porque se sintió justificado por adoptar lo que juzgó era una simplificación. Su réplica a las críticas privadas que afluían sobre él, fue que: "los economistas que vendrán después de mí son libres de insertar una a una todas las complicaciones que apetezcan. Creo que, tanto ellos como yo, habremos realizado una tarea que era nuestro deber cumplir" (édition définitive, pág. 479). No cabe duda, desde este punto de vista, que PARETO no hizo más que seguir el consejo de WALRAS. Además, cuando apareció el Cours, WALRAS había introducido ya los coeficientes variables, obedeciendo a una sugerencia de BARONE formulada en 1894, aun cuando no alterase la exposición en la sección sobre producción. En el mismo año (1894) apareció el Essay on the Coordination of the Laws of Distribution de WICHSTEED. Finalmente, los coeficientes variables de producción no eran ninguna novedad, en cualquier caso, después de lo que JEVONS, MENGER y MARSHALL habían dicho sobre la materia. El Cours de PARETO añadió, tan sólo, una elegante formulación y un número de razones –no todas convincentes– por las cuales el caso de los coeficientes compensadores no podía ser considerado ni como el único el único ni como el fundamental.

Por supuesto, es una simple cuestión de gustos en cuanto a la terminología la de si debemos o no confinar la frase "teoría de la productividad marginal" a este caso. PARETO lo hizo en este sentido, y en los años que siguieron a la publicación del Cours se manifestó cada vez más hostil a la misma, hasta que terminó por declararla definitivamente "errónea". Evidentemente creyó haberla refutado o por lo menos superado, en el mismo sentido que creyó haberla refutado o superado la teoría de la utilidad marginal. Su brillante teoría del coste –la cual, entre otras cosas, salva de su peligrosa posición a los teoremas que en los manuales ordinarios afirman que en la posición de equilibrio perfecto bajo la competencia pura, el precio debe igualar al coste marginal y los ingresos totales deben ser al mismo tiempo igualar al coste total –nos permite verificar dicha pretensión–. En cuanto las combinaciones productivas dependen de consideraciones económicas –y, después de todo, la tarea del economista consiste en explicar las consideraciones económicas– la diferencia, comparada directamente con la teoría de la productividad marginal, no es grande. Pero PARETO nos enseña como tratar las desviaciones que imponen a la misma las condiciones tecnológicas y sociales. Y aquí, como en otras ocasiones, hizo algo más: señaló la dirección para superar a su propia obra.

+ Pareto: el sociólogo


No hay nada de sorprendente en la costumbre de los economistas de invadir el campo de la Sociología. Una gran cantidad de su obra –prácticamente todo cuanto han de decir con respecto a las instituciones y a las fuerzas que influyen en la conducta económica– cae inevitablemente en el campo reservado al sociólogo. En consecuencia, se ha creado una tierra de nadie, o mejor dicho, una tierra de todos, que puede ser calificada convenientemente de Sociología económica. Elementos, más o menos importantes, que provienen de aquel terreno, se encuentran en casi todos los tratados y manuales de Economía. Pero, aparte de este hecho, muchos economistas, y especialmente aquellos que definen la Economía con criterio restrictivo, han llevado a cabo investigaciones sociológicas. Los Moral Sentiments, de ADAM SMITH, y el Gesetz der Macht, de WIESER, son ambos ejemplos destacados de una larga lista. Pero muy pocos, tal vez ninguno, de los que pertenecen a la lista de los grandes economistas han dedicado una parte tan considerable de sus energías como lo hizo PARETO, a lo que, a primera vista, parece una actividad alejada de la profesional, y muy pocos también, tal vez ninguno, deben una buena parte de su reputación internacional a lo que realizaron en dicho campo. Ahora bien, la contribución de PARETO a este respecto es muy difícil de valor y de analizar. El aplauso entusiasta de algunos y la hostilidad de otros son perfectamente comprensibles, pero no pueden ser tomados seriamente, porque las fuentes no científicas de ambas actitudes son dolorosamente obvias en cada caso. Aun cuando, para poder trazar un cuadro completo, deberíamos considerar muchas obras menores y un gran número de artículos, nosotros no necesitamos ir más allá de los Systèmes socialistes, el Manuel (especialmente los capítulos II y VII) y el Trattato di Sociologia Generale.

Permítasenos comenzar con dos aspectos de la sociología de PARETO perfectamente comprensibles y opuestos, por tanto, a los que resisten una descripción clara. En primer lugar, aun cuando PARETO como economista estuvo en contacto a lo largo de su prolongada existencia con una gran cantidad de problemas económicos concretos, su contribución puramente científica en el ámbito de la Economía tuvo lugar en el reino de la lógica económica más abstracta. Es, por lo tanto, perfectamente comprensible que experimentara el deseo, y de hecho casi la necesidad de construir paralelamente a su teoría pura otra estructura científica en la cual figuraran hechos y razonamientos de un género distinto, hechos y razonamientos encaminados a contestar la pregunta acerca de cómo los elementos que había tomado en consideración en su teoría económica actuarían en la vida real. En segundo lugar, hemos señalado que en la época de su formación, por lo menos mientras residió en Italia, se sintió vivamente interesado en los debates sobre la política económica y sobre política en general. Su cualidad de pensador nato debió acusar forzosamente el impacto producido por la observación de la ineficacia de los argumentos racionales, y de ahí que surgiera para él, como un problema, el deseo de averiguar qué es lo que realmente determina la acción política, así como el destino de los Estados y de las civilizaciones. Nuevamente podemos añadir que es perfectamente comprensible que tan pronto como se dedicó íntegramente a una vida de intelectual puro, aquel problema no quedara limitado a la esfera de las respuestas o soluciones fáciles y superficiales que todos nosotros estamos dispuestos a aceptar cuando estamos inmersos en nuestro trabajo cotidiano, y a la vez que quisiera elevar dicho problema al plano del análisis científico. Esto equivale a decir que su sociología fue primera y fundamentalmente una sociología del proceso público. Por supuesto, todo cuanto un hombre hace, piensa o siente y todas sus creaciones culturales se ponen de manifiesto cuando pensamos acerca del proceso político, que entonces se convierte en un caso particular. Pero fue en virtud de tal sentimiento de atracción que él erigió y adornó una estructura mucho más amplia.

Seguidamente, y moviéndonos todavía sobre un terreno fácil, pasaremos a considerar su método. El propio PARETO repitió una y otra vez que se limitaba a aplicar el mismo método "lógico-experimental" que había empleado en sus investigaciones de teoría económica, a la tarea de analizar la realidad sujeta a verificación "experimental" de otros aspectos de la vida social, admitiendo plenamente que se había dejado guiar por el ejemplo de las ciencias físicas. Esto fue, por supuesto, una desilusión completa. Es fácil observar, por ejemplo, que recurrió amplia, y en parte ilegítimamente a interpretaciones psicológicas, para las cuales no existe ninguna analogía en las ciencias físicas y que su material fue producto de la observación y no del experimento –una diferencia que es fundamental desde el punto de vista del método–. Temo que lo que realmente intentó poner de manifiesto cuando formuló sus reglas de procedimiento fue simplemente la actitud del filósofo que no se identifica con ningún partido, interés o creencia. La posibilidad de tal actitud independiente plantea, por supuesto, una dificultad fundamental, sobradamente conocida y que PARETO fue el menos calificado para superarla, toda vez que no llegó a darse cuenta de la misma. En realidad empleó dos esquemas distintos: uno que puede ser calificado de morfología de la Sociedad y que lleva a considerar los hechos observables, por lo menos potencialmente, como los hechos observables en Anatomía o Biología; y otro que pertenece a la Psicología social. Ambos esquemas fueron ilustrados o incluso verificados mediante ejemplos históricos y contemporáneos, pero ninguno se obtuvo mediante la derivación resultante de la aplicación de una visión personalísima del proceso social íntimamente enlazada al medio ambiente, a la experiencia práctica y a los resentimientos de PARETO. La afinidad del esquema morfológico con la selección darwiniana y del esquema socio-psicológico con partes de las doctrinas de TARDE, DURKHEIM, LÉVY-BRUHL y TH. RIBTO, es evidente. Y más evidente es aún la relación de ambos con la corriente de pensamiento que señalamos en la primera parte de este ensayo y que concluyó en una crítica adversa de la actuación de la democracia parlamentaria –la corriente que fue anti-intelectual, anti-utilitarista, anti-igualitaria y, en el sentido especial definido por estos términos, anti-liberal. Pero la fuerza del hombre creó con dichos materiales algo que, sin embargo, fue especialmente suyo.

El esquema morfológico descansa sobre la proposición de que todas las sociedades se componen de masas heterogéneas de miembros –individuos o familias– y están estructuradas de acuerdo con las aptitudes de dichos miembros para las correspondientes funciones sociales: en una sociedad integrada por ladrones la aptitud ex hypothesi altamente variable en el robo, determinaría el rango social, y de ahí la influencia sobre el gobierno de la sociedad. Pareto supone que dichas habilidades o aptitudes, aun cuando susceptibles de mejorar o de empeorar, son substancialmente innatas, aun cuando se tomó poco trabajo para demostrarlo. Además, dichas aptitudes, aun cuando distribuidas de manera continua entre la población, dan lugar a la formación de clases, de las cuales las más "elevadas" poseen y emplean medios para consolidar su posición y mantenerse separadas de los estratos inferiores. en consecuencia, existe en los estratos inferiores una tendencia a acumular mayor aptitud de la necesaria, y en los estratos superiores, en la aristocracia o élite, una tendencia a perder energía a través del desuso –con la consiguiente tensión y la ulterior sustitución de la minoría dirigente por otra minoría dominante que procede de los couches inférieures. Esta circulation des élites, sin embargo, no influye sobre el hecho de que siempre hay alguna minoría, y no guarda relación con cualquier proceso que tienda a acerca a una sociedad determinada al ideal de igualdad, aun cuando en el transcurso de las luchas a que da lugar produzca filosofías igualitarias y slogans apropiados. Con una expresión que recuerda la primera frase del Manifiesto Comunista, PARETO proclamó que la Historia es esencialmente una historia de la succesion des aristocracies (Manuel, página 425). Pero su exposición de esta parte de su doctrina resulta tan esquemática, y deja tantas cosas a la imaginación del lector, que temo no haber rendido justicia plena a su pensamiento. Y, sin embargo, debo intentarlo. En opinión de algunos, ello es necesario para poner totalmente de manifiesto la psicología social paretiana.

El esquema socio-psicológico gira alrededor del concepto de la acción no-lógica (no necesariamente ilógica). Este concepto entraña el reconocimiento de un hecho bien conocido –bien conocido, en particular, por los economistas– que la gran masa de nuestras acciones diarias no es el resultado de un razonamiento racional basado sobre observaciones efectuadas racionalmente, sino simplemente el resultado del hábito, de los impulsos, del sentido del deber, de la imitación, etc., aun cuando muchas de ellas admitan una racionalización satisfactoria ex post, por parte de un observador o incluso del propio actor. Hasta aquí no existe nada en la psico-sociología de PARETO que pueda resultar extraño a nadie. Lo que es extraño y poco comprensible, en cambio, es su tremendo énfasis sobre la circunstancia de que un gran número de acciones –e incluso de creencias– son racionalizadas, tanto por los actores como por los observadores, de tal modo que no resisten el análisis científico y, lo que es más importante, que varias acciones no son susceptibles de ser racionalizadas en ninguna forma. La importancia de este segundo paso para una sociología del proceso político aparece evidente si damos todavía un tercer paso: PARETO afirma que la gran mayoría de todas las acciones y creencias que integran dicho proceso pertenecen a la última clase citada. Consideremos un ejemplo en el cual todos estamos de acuerdo, la idea del Contrato Social o, como un ejemplo en el cual la mayoría de nosotros estamos de acuerdo, la teoría de la volonté générale de ROUSSEAU. Según PARETO, prácticamente todas las acciones, principios, creencias, etc., que prevalecen en la mente colectiva de los electores pertenecen a la misma categoría. Y una gran parte del Trattato consiste en ilustrar esta interpretación, frecuentemente de manera divertida y a veces de manera instructiva.

Nos será de gran utilidad subrayar fuertemente este punto, poniendo sobre el mismo más énfasis del que puso el propio PARETO. Las masas de pensamientos y las estructuras conceptuales que forman la superficie consciente del proceso social, y en particular del proceso político, no poseen ninguna validez empírica. Operan sobre entidades tales como la libertad, la democracia, la igualdad, que son tan imaginarias como lo fueron los dioses y las diosas que lucharon en pro y en contra de los griegos y los troyanos en la Illiada, y están unidas por razonamientos que normalmente violan las reglas de la Lógica. En otras palabras, desde un punto de vista lógico son completos absurdos. Con esta visión se llega a una filosofía política cuyas características se comprenden fácilmente si decimos que son diametralmente opuestas a la de JEREMÍAS BENTHAM. Conviene señalar, sin embargo, que semejante diagnóstico de los mitos políticos (SOREL) no indujo a PARETO a olvidar las funciones que tales absurdos lógicos ejercen en la vida nacional. Después de haber realizado un análisis de naturaleza estrictamente positivista renunció a extraer las conclusiones que habrían parecido obvias a un positivista. Mientras los credos políticos y las religiones sociales –según PARETO existe muy poca diferencia entre ambos– contribuyen a la disolución en las civilizaciones decadentes, también contribuyen a la organización efectiva y a la acción en las civilizaciones vigorosas. Esta es una actitud muy curiosa en un positivista decidido y será, tal vez, recordada en el futuro como un ejemplo destacado de la mentalidad de una época que destruyó un tipo de creencias metafísicas para reemplazarlas por otro. Esto trae a mi memoria el consejo que recuerdo haber oído dar a algún psicoanalista a alguno de sus pacientes, y que consistía en recomendar el cultivo de una especie de creencia sintética en Dios, con vistas a sus posibles efectos curativos. Como es natural no existe ninguna contradicción en sostener a la vez que los credos políticos y sociales no poseen significación empírica y admitir que algunos de ellos puedan actuar positivamente sobre la cohesión y la eficiencia sociales. Pero el filósofo social que a este propósito quisiera recomendar la adopción de una de tales creencias se encontraría ante la misma dificultad que nuestro psicoanalista: hasta que su análisis sea aceptado su consejo debe ser inefectivo, toda vez que no podemos confiar en la ayuda de un Dios sintético; tan pronto como su consejo sea aceptado, su análisis debe ser rechazado.

El tejido de las creaciones de nuestra imaginación fue denominado por PARETO: dérivations. En el razonamiento expuesto en el párrafo anterior se puede advertir que dichas dérivations no carecen de importancia como factores que coadyuven en la formación del proceso histórico. Sin embargo, PARETO fue de la opinión que dicha importancia es relativamente pequeña y que substancialmente tales dérivations no son más que el resultado de la verbalización de algo más fundamental y mucho más cercano a la determinación de la conducta política real y la suma total de las acciones no-lógicas. Ahora bien, si definimos este algo más fundamental en términos de intereses de grupos, y si entonces llegamos a definir dichos intereses de grupos en términos de la localización social de cada grupo dentro de una organización social productiva, nos encontraríamos, por lo menos, muy cerca de las opiniones de KARL MARX sobre la materia, y en este punto existe, desde luego, una gran afinidad, que desea poner de relieve. En efecto, si nosotros adoptamos esta línea de razonamiento, subsisten tan sólo dos puntos de divergencia entre la sociología política de MARX y la de PARETO. De una parte, PARETO introdujo explícitamente un elemento que se encuentra tan sólo implícito en el análisis de MARX: la importancia, en cuanto se refiere a la explicación de la Historia, del mayor o menor grado de flexibilidad social que muestra una sociedad determinada, o, en otras palabras, la importancia del hecho de que exista una movilidad vertical óptima o una resistencia a la misma, lo cual se traduce en la más poderosa garantía en pro de la estabilidad del cambio político. De otra parte, basta recordar nuestro examen de la morfología social de PARETO para darnos cuenta de que, según PARETO, el proceso histórico no es el resultado del conflicto o de la lucha de las clases sociales totales, sino de la lucha de sus minorías dirigentes. Desde luego se sobreentiende que, aun cuando dichas divergencias acreditan a la sociología paretiana, no son más que correcciones de detalle que mejoran el esquema de MARX. Incluso puedo añadir que las relaciones de la propiedad per se son mucho menos evidentes en PARETO que en MARX, y que esto constituye, también, un título de la superioridad del análisis paretiano. Pero es fácil comprender que este punto está implicado, realmente, en los otros dos.

Con todo, PARETO no siguió esta línea de análisis. Para él el vínculo entre el tejido de ilusiones que llamó dérivations y los determinantes objetivos de la conducta real consistía en lo que llamó el résidus. Me doy cuenta del peligro de ser injusto si, por afán de brevedad, defino dichos résidus como impulsos generalmente presentes en los seres humanos, con lo cual se vuelve, y no de una manera atrayente, a la vieja psicología de los "instintos". No es preciso discutir la lista que PARETO dio de los mismos –y que contiene elementos tales como un instinto de las combinaciones, el impulso sexual y otros muchos–, sobre todo teniendo en cuenta que el propio PARETO no pareció quedar muy satisfecho de la misma. Basta señalar la objeción metodológica obvia a semejante procedimiento; incluso si los résidus de PARETO y las "leyes" de sus asociaciones y persistencia hubieran sido analizados mucho más satisfactoriamente de lo que lo fueron, continuarían siendo planteamientos más que soluciones de los problemas, y necesitarían una investigación profesional de una clase para la cual PARETO no estaba preparado. Por esto es fácilmente comprensible que la obra de PARETO haya ejercido tan pequeña influencia sobre la sociología profesional y sobre la psicología social, y que los sociólogos profesionales y los psicólogos sociales hayan intuido rara vez la grandeza de la estructura considerada en su conjunto.

Pero éstas y otras deficiencias no son decisivas. La obra de PARETO es algo más que un programa de investigaciones. Y a la vez, es algo más que un simple análisis. El principio fundamental de que cuanto hacen los individuos, los grupos y las naciones deba ser explicado mediante algo mucho más profundo que los credos y los slogans empleados para verbalizar la acción, contiene una lección que los hombres modernos –y nadie en mayor medida que nosotros los economistas– necesitan aprender. Nosotros estamos acostumbrados, cuando discutimos cuestiones políticas, de aceptar el valor nominal de los slogans de nuestro tiempo y también, ciertamente, de tiempos pasados. Nosotros razonamos exactamente como si el credo benthamista del siglo XVIII hubiera sido válido alguna vez. Nos resistimos a admitir que la política es ideología política, y no consideramos lo que son dichas ideologías. Cultivamos lo inferior y dedicamos nuestras mejores energías para suprimir lo que exista de fuerte y luminoso. En semejantes condiciones el mensaje de PARETO, por unilateral que sea, resulta un antídoto saludable. No es, como sus teorías económicas, una realización técnica de primer orden; se trata de algo muy distinto: es el resultado de un esfuerzo para predicar un sermón.

----------

- Economistas en la historia


+ Adam Smith

+ David Ricardo

+ John Stuart Mill

+ Alfred Marshall

+ John Kenneth Galbraith

+ Max Weber

+ John Maynard Keynes

+ Karl Marx

----------

Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 143 - 181.