domingo, 25 de diciembre de 2016

Karl Marx (1818-1883): la doctrina marxista



La mayor parte de las creaciones del intelecto o de la fantasía desaparecen para siempre después de un período que varía entre una hora de sobremesa y una generación. En otras, sin embargo, no ocurre así. Sufren eclipses, pero vuelven otra vez, y vuelven no como elementos indiferenciados de una herencia cultural, sino con su ropaje individual y con sus cicatrices personales que la gente puede ver y tocar. Estas son las creaciones que podemos llamar grandes; y es una ventaja de esta definición la de que ligue la grandeza a la vitalidad. Tomada en este sentido, esta es indudablemente la palabra que hay que aplicar al mensaje de MARX. Todavía existe una ventaja adicional al definir la grandeza de acuerdo con la reviviscencia: la hacemos independiente de nuestro amor o de nuestro odio. No tenemos necesidad de creer que una gran contribución deba necesariamente ser una fuente de luz inmaculada en sus líneas fundamentales o en sus detalles. Por el contrario podemos creer que se trata de una potencia de las tinieblas; podemos juzgarla fundamentalmente errónea o estas en desacuerdo en cualquier número de extremos concretos. En el caso del sistema marxista, semejante juicio negativo o incluso su refutación exacta, permiten comprobar, a través de su impotencia para derribarla de modo definitivo, la fuerza de la estructura. 

Karl Marx y economia


El hecho de que el gran maestro del credo socialista haya alcanzado un reconocimiento pleno en la Rusia soviética, no tiene nada de sorprendente. Y es, solamente, característico de semejante proceso de canonización que exista, entre el verdadero significado del mensaje de MARX y la práctica e ideología bolcheviques, un abismo tan profundo, por lo menos, como el que existió entre la religión de los humildes galileos y la práctica e ideología de los príncipes de la Iglesia y de los nobles feudales de la Edad Media.

Pero existe otro resurgimiento menos fácil de explicar: el resurgimiento marxista en los Estados Unidos. Este fenómeno debe su interés al hecho de que hasta la tercera década del siglo XX no existía una corriente marxista importante ni en el movimiento obrero norteamericano ni en el pensamiento intelectual norteamericano. El marxismo que había existido hasta entonces, fue siempre superficial, insignificante y sin consistencia. Además, el resurgimiento de tipo bolchevique no provocó efectos similares en aquellos países que anteriormente habían sufrido una intensa influencia marxista. Singularmente en Alemania, que poseía entre todos los países la más fuerte tradición marxista, una pequeña secta ortodoxa se mantuvo activa durante el auge socialista de la postguerra, del mismo modo que lo había hecho durante la depresión precedente. Pero los líderes del pensamiento socialista (no sólo los aliados al partido Social-democrático, sino también aquellos que en las cuestiones prácticas iban mucho más allá de su prudente conservadurismo) mostraron muy poca disposición a volver a las antiguas máximas y, mientras adoraban la divinidad, pusieron especial cuidado en mantenerla a distancia y en razonar sobre cuestiones económicas exactamente lo mismo que los restantes economistas. Fuera de Rusia, por lo tanto, el fenómeno norteamericano se presenta aislado. Aquí no debemos ocuparnos de las causas, pero merece la pena estudiar los límites y el significado que han hecho suyo tantos americanos.


- Marx, el profeta


No ha sido por por descuido que el título de este apartado presente una cierta analogía con el mundo de la religión. Existe algo más que una analogía. En un sentido importante el marxismo es una religión. Para el creyente presenta, en primer lugar, un sistema de fines últimos que dan un sentido a la vida y que son criterios absolutos mediante los cuales se pueden juzgar hechos y acciones; y, en segundo lugar, presenta una guía hacia aquellos fines que implica un plan de salvación y la indicación de los males que deben ser evitados a la Humanidad o a una porción elegida de ésta. Podemos concretar más aún: el socialismo marxista pertenece a aquel subgrupo que promete el paraíso en este lado de la tumba. Creo que una formulación de estas características por un hierólogo abriría la posibilidad de clasificaciones y comentarios susceptibles de profundizar en la esencia sociológica del marxismo hasta un nivel inalcanzable por un simple economista.

El punto menos importante de ese carácter religioso, es que explica el éxito del marxismo (1). Una realización puramente científica, aun cuando hubiera sido mucho más perfecta de lo que fue en el caso de MARX, no le habría deparado la inmortalidad, en sentido histórico, que posee. Ni tampoco lo habría conseguido su arsenal de slogans propagandísticos. Parte de su éxito, aun cuando sea una parte muy pequeña, debe atribuirse indudablemente al cúmulo de frases incandescentes, de acusaciones apasionadas y de gesticulaciones coléricas, aptas para ser empleadas en cualquier tribuna, que él puso a disposición de su grey. Todo lo que necesita ser dicho sobre este aspecto de la cuestión es que esas municiones han servido y sirven excelentemente a sus fines, pero que la producción de las mismas acarreó una desventaja: para forjar dichas armas, aptas para la lucha en la arena social, MARX se vio forzado más de una vez a alterar, o a desviarse de, las opiniones que se desprenden lógicamente de sus sistema. Sin embargo, si MARX no hubiera sido más que un fabricante de frases, hace mucho tiempo que habría sido olvidado. La Humanidad no es muy agradecida con respecto a esta clase de servicios y olvida rápidamente los nombres de los individuos que escriben los libretos para sus óperas políticas.

Pero fue un profeta, y para comprender la naturaleza de su obra es preciso considerarla dentro del marco de su tiempo. Se había alcanzado entonces el cenit de las realizaciones burguesas y el nadir de la civilización burguesa, el tiempo del materialismo mecanicista, y todo ello en un ambiente cultural que aún no había dado la menor señal de que en él se estuvieran gestando un nuevo arte y un nuevo estilo de vida, y que se entregaba a la banalidad más repelente. La fe, entendida en cualquier sentido real, estaba desapareciendo rápidamente en todas las clases sociales, y con ella se extinguió el único rayo de luz (exceptuando lo que pudiera derivarse de las iniciativas de Rochdale y de las Cajas de Ahorros) en el mundo obrero, mientras los intelectuales se declaraban plenamente satisfechos con la Lógica de MILL y la Ley de Pobres.

Entonces, para millones de corazones humanos, el mensaje marxista del paraíso terrestre socialista significó un nuevo rayo de luz y un nuevo significado de la vida. Llamemos a la religión marxista una impostura, si se quiere, o una caricatura de la fe –y hay mucho que podría decirse a este respecto–, pero no debe ignorarse ni dejar de admirar la magnitud de la empresa. No importa si casi todos aquellos millones de hombres fueron incapaces de comprender y apreciar el mensaje en su verdadero significado. Este es el destino de todos los mensajes. Lo importante es que el mensaje fuera escrito y presentado de tal modo que resultara aceptable al espíritu positivista de su tiempo –que era esencialmente burgués, sin duda–, pero no es paradójico decir que el marxismo es esencialmente un producto de la mentalidad burguesa. El resultado se consiguió, de una parte, formulando con una fuerza que no ha sido superada el sentimiento de ser oprimido y víctima de malos tratos, que es la actitud auto-terapéutica de los infinitos fracasados, y, de otra, afirmando que la solución socialista de dichos males era una certidumbre susceptible de probarse racionalmente.

Obsérvese de que manera magistral se logra anudar las ansias o nostalgias extrarracionales que la religión en su retroceso había dejado desamparadas como perro sin dueño, y las tendencias materialistas y racionalistas de la época, que entonces se presentaban como ineluctables, y que no podían tolerar ningún credo desposeído de un aspecto científico o pseudocientífico. Predicar el fin apetecido habría sido ineficaz; un análisis del proceso social habría interesado a unos pocos centenares de especialistas. Pero predicar desde su posición de científico y analizar con la mirada puesta a las necesidades que todos sentían intensamente, eso fue lo que atrajo adhesiones apasionadas y lo que confirió al marxismo el supremo privilegio, que consiste en la convicción de que lo uno es y sostiene, jamás podrá ser vencido, sino que, por el contrario, deberá conquistar la victoria final. Como es natural esto no disminuye el valor de la aportación de MARX. La fuerza personal y el destello profético operan independientemente del contenido del credo. Sin ellas es imposible revelar en forma eficaz una nueva vida y un nuevo significado de la vida. Pero aquí no debemos ocuparnos de eso.

Algo debemos decir, en cambio, respecto de la consistencia lógica y de la corrección de la tentativa de MARX para demostrar la inevitabilidad del socialismo. Pero es suficiente una referencia a lo que más arriba denominamos su formulación de los sentimientos de los muchos fracasados. No se trató, por supuesto, de una verdadera formulación de sentimientos reales, conscientes o subconscientes. Es más acertado considerarlo como una tentativa para reemplazar sentimientos reales por una revelación, verdadera o falsa, de la lógica de la evolución social. Al obrar de este modo y mediante la atribución a las masas de su propio lema de la "conciencia de clases", falsificó, sin duda, la verdadera psicología del obrero (que culmina en el deseo de convertirse en un pequeño burgués y de ser ayudado para alcanzar dicho status por la fuerza política), pero a medida que sus enseñanzas se difundieron la amplió y la ennobleció. No derramó lágrimas sobre la belleza del ideal socialista. Y en esto consistió uno de sus argumentos para proclamar su superioridad con respecto a los que denominó Socialistas Utópicos. Ni tampoco glorificó al obrero, presentándolo como un héroe del trabajo cotidiano, como suelen hacer los burguesas cuando tiemblan por sus dividendos. Estuvo perfectamente libre de toda tendencia, tan evidente en algunos de sus seguidores más débiles, a lustrar las botas del obrero. Probablemente poseyó una clara percepción de lo que son las masas y dirigió su mirada, por encima de sus cabezas, hacia los objetivos sociales más allá de lo que pensaran o desearan. Asimismo, jamás expuso y predicó ideales como si hubieran sido fijados por él. Semejante vanidad le fue completamente extraña. Del mismo modo que todo verdadero profeta se declara humilde portavoz de su deidad, MARX pretendió hablar tan sólo en nombre de la lógica del proceso dialéctico de la Historia. Existe en todo eso una dignidad que compensa de muchas pequeñeces y vulgaridades, con las cuales, tanto en su obra como en su vida, formó dicha dignidad una alianza verdaderamente extraña.

Otro punto, finalmente, debe ser considerado. MARX fue, personalmente, un hombre demasiado culto para estar de acuerdo con aquellos vulgares defensores del socialismo incapaces de reconocer un templo cuando lo tienen a la vista. Fue perfectamente capaz de comprender una civilización y el valor "relativamente absoluto" de sus valores, por muy separado de la misma que pudiera sentirse. En este sentido no cabe aducir una prueba más convincente de su amplitud de miras que el Manifiesto Comunista, que constituye un reconocimiento incluso elogioso de las realizaciones del capitalismo (2); y al mismo tiempo que pronunció su sentencia de muerte pro futuro, nunca dejó de reconocer su necesidad histórica. Por supuesto, semejante actitud implica muchas cosas que el propio MARX no habría estado dispuesto a aceptar voluntariamente. Pero, indudablemente, se vio apoyado por la misma, y fue más fácil para él adoptarlo, gracias a aquella percepción de la lógica orgánica de las cosas a la cual su teoría de la Historia le confirió una expresión. Los hechos sociales revestían para él un cierto orden, y pese a cuanto compartiera en algunos momentos de su vida la mentalidad del conspirador de café, su verdadera personalidad despreciaba esas cosas. El socialismo no fue para él una obsesión capaz de borrar todos los demás colores de la vida y de crear un odio o un desprecio insano y enfermizo hacia otras civilizaciones. Y en esto reside, más que en cualquier otra cosa, la justificación para el título que reclamó para su tipo de pensamiento socialismo y de voluntad socialista, ligados entre sí por la fuerza de su posición fundamental, es decir, el título de Socialismo Científico.

Marx y economistas en la historia

- Marx, sociólogo


Tenemos que hacer, ahora, una cosa que disgusta muchísimo a los creyentes. Como es natural, ellos se ofenden ante cualquier aplicación del frío análisis a lo que pare ellos es la auténtica fuente de la verdad. Pero una de las cosas que más les disgustan es el que se divida la obra de MARX en partes resueltas para discutirlas separadamente. Ante tal proceder suelen reaccionar diciendo que ello es una prueba evidente de la incapacidad del burgués para comprender el resplandor del todo, cuyas partes se complementan y explican recíprocamente, de tal modo, que el verdadero significado desaparece tan pronto como cualquier parte o aspecto se examina aisladamente. Sin embargo, no podemos obrar de otro modo. Al cometer semejante ofensa y pasar a considerar a MARX como sociólogo, después de haber tratado a MARX como profeta, no quiero denegar ni la presencia de una unidad de visión social que consigue dar en cierta medida unidad analítica a su obra, y más aún una apriencia de unidad, ni el hecho de que cada parte de la misma, por independientes que sean intrínsecamente, fue relacionada por su autor con todas las demás. Además subsiste la suficiente independencia en cada provincia de este vasto reino para permitir que el estudioso acepte los frutos de sus esfuerzos en una de ellas mientras rechaza los demás demás. En semejante proceso se pierde buena parte del encanto de la fe, pero algo se gana salvando verdades importantes y estimulantes que poseen por sí mismas mucho mayor valor del que tendrían si estuvieran unidas a un naufragio sin esperanza.

Esto se aplica en primer lugar a la filosofía de MARX, de la cual podemos prescindir de una vez por todas. Con su instrucción alemana y con su mentalidad especulativa no debe sorprender que poseyera una sólida formación y un apasionado interés por la Filosofía. La filosofía pura del tipo alemán fue su punto de partida y el amor de su juventud. Durante cierto tiempo, incluso, creyó que esa era su verdadera vocación. Fue un neohegeliano, lo cual significa aproximadamente que si bien aceptaba las opiniones y los métodos fundamentales de su maestro, él y su grupo eliminaban y reemplazaban; por otras opuestas, las interpretaciones conservadores de la filosofía de HEGEL, derivadas y aceptadas por muchos de sus otros seguidores. La citada formación filosófica se muestra en todos sus escritos siempre que existe un pretexto para ello. No debe sorprender que sus lectores alemanes y rusos, con similar formación e inclinación mental, tienden a destacar primordialmente este elemento y a convertirlo en la clave del sistema.

Creo que esto es un error y a la vez una injusticia hacia la capacidad científica de MARX. Es cierto que durante toda su vida se mantuvo fiel a su primer amor. Le complacían ciertas analogías formales que pueden señalarse entre sus razonamientos y los de HEGEL. Consideró gustoso la posibilidad de dar fe de su hegelianismo adoptando la fraseología.

Pero esto es todo. En ningún momento subordinó la ciencia positiva a la metafísica. Estas cosas las proclamó el mismo en el prefacio a la segunda edición del volumen I de Das Kapital, y lo que allí afirmó es cierto, y no cabe encontrar una prueba en contrario, ya que analizando sus razonamientos puede comprobarse que siempre descansan sobre los hechos sociales, e igualmente que las verdaderas fuentes de sus proposiciones no residen en el dominio de la Filosofía. Como es natural, los comentarios y críticos que partieron también del lado filosófico fueron incapaces de darse cuenta de esto, toda vez que carecían de los conocimientos necesarios acerca de las ciencias sociales implicadas. Por otra parte, la propensión natural del constructor de sistemas filosóficos, les incapacitaba para toda interpretación que no partiera de algún principio filosófico. Por esta razón acabaron por encontrar filosofía incluso en la mayor parte de las simples afirmaciones sobre cuestiones de pura experiencia económica, encaminando de este modo la discusión por vías erróneas y engañando simultáneamente a amigos y enemigos.

MARX, como sociólogo, emprendió su tarea con un equipo intelectual que consistía principalmente en un extenso conocimiento de los hechos históricos y contemporáneos. Su conocimiento de estos últimos fue siempre un poco anticuado, debido a que era un lector voraz en extremo, por lo cual los materiales fundamentales, no comprendidos en los periódicos, llegaban a su conocimiento con cierto retraso. Pero difícilmente le escapó ninguna obra histórica de su tiempo que tuviera importancia o amplitud general; aun cuando no se pueda decir lo mismo con respecto a buena parte de la literatura monográfica. Si bien no es posible alabar lo completo de su información en este campo en la proporción en que más adelante ensalzaremos su erudición en el campo de la teoría económica, fue capaz de ilustrar sus visiones sociales, no sólo mediante amplios frescos históricos, sino también con numerosos detalles, la mayor parte de los cuales, en lo que respecta a su autenticidad, estuvieron por encima del nivel alcanzado por otros sociólogos de su tiempo. Estos hechos los abrazaba con una mirada que atravesaba las irregularidades de la superficie para llegar a la grandiosa lógica de los hechos históricos. Y en esto no había solamente pasión, ni tampoco, únicamente, impulso analítico: existían ambas cosas. Y el resultado de su tentativa para formular aquella lógica, la llamada Interpretación Económica de la Historia (3), es, sin duda, una de las mayores contribuciones individuales de la Sociología hasta nuestros días. Ante la misma se hunde en la insignificancia la cuestión de si tal contribución fue o no enteramente original y la de hasta qué punto deba atribuirse cierto mérito a sus predecesores alemanes y franceses.

La Interpretación Económica de la Historia no significa que los hombres sean, consciente o inconscientemente, impulsados por motivos económicos. Por el contrario, la explicación del papel y del mecanismo de los motivos no económicos y el análisis de la forma en que la realidad se refleja en la psiquis individual es un elemento esencial de teoría y una de sus aportaciones más importantes. MARX no sostuvo que las religiones, metafísicas, escuelas artísticas, ideas éticas y decisiones políticas pudieran reducirse a motivaciones económicas o carecieron de importancia. Tan sólo trató de revelar las condiciones económicas que las originan, informan y que cuentan en su auge y en su caída. El conjunto de los hechos y de los argumentos expuestos por MAX WEBER (4) encajan perfectamente en el sistema de MARX.

Los grupos y las clases sociales y la forma en que estos grupos o clases se explican su propia existencia, situación y conducta fueron, por supuesto, lo que le interesó en mayor grado. Frente a los historiadores que aceptaron aquellas actitudes y sus correspondientes formulaciones verbales (las ideologías o, como habría dicho PARETO, las dérivations) en su valor nominal y que intentaron interpretar la realidad social por medio de las mismas, adoptó una actitud de desprecio colérico. Pero si las ideas o los valores no fueron para él los primeros motores del proceso social, tampoco fueron simple humo. Si se me permite emplear un simil mecánico, tenían en el mecanismo social el papel de correas de transmisión. No podemos detenernos aquí considerando el interesantísimo desarrollo de postguerra de aquellos principios que nos permitirían explicar mucho mejor toda esta cuestión, es decir, la Sociología del Conocimiento. Pero fue necesario decir todo lo anterior porque MARX ha sido constantemente mal interpretado a este respecto. Incluso su amigo ENGELS, ante la tumba abierta de MARX, definió la teoría en cuestión afirmando que precisamente quería significar que los individuos y los grupos actúan primordialmente estimulados por móviles económicos, lo cual en varios aspectos importantes es falso y en lo restante lamentablemente trivial.

Y ya que tratamos de la cuestión podemos de pasada defender a MARX contra otra interpretación errónea: la interpretación económica de la Historia ha sido denominada frecuentemente la interpretación materialista. El mismo MARX la llamó de ese modo. Semejante frase aumentó muchísimo su popularidad entre algunos, mientras motivó en otros un aumento en su impopularidad. Pero carece por completo de significado. La filosofía de MARX no es más materialista que la de HEGEL, y su teoría de la Historia no es más materialista de cuanto pueda serlo cualquier otra tentativa de explicación del proceso histórico que recurra los medios de que dispone la ciencia empírica. Debería comprenderse que semejante interpretación es perfectamente compatible desde el punto de vista lógico con cualquier creencia metafísica o religiosa, del mismo modo que lo es cualquier descripción física del mundo. La misma teología medieval ofrece métodos mediante los cuales es posible establecer la citada compatibilidad.

Lo que la teoría dice realmente puede ser expresado con las dos proposiciones siguientes: 1.º Las formas o condiciones de la producción son los determinantes fundamentales de las estructuras sociales, las cuales, a su vez, originan actitudes, acciones y civilizaciones. MARX ilustró su idea con su célebre frase de que el "molino de mano" creó sociedades feudales y el "molino de vapor" sociedades capitalistas. Esto acentúa el elemento tecnológico de manera peligrosa, pero puede aceptarse teniendo en cuenta que la simple tecnología no lo es todo en tal afirmación. Vulgarizando un poco el argumento, aun cuando debamos reconocer que al hacerlo perdemos buena parte del significado, podemos decir que nuestro trabajo cotidiano es lo que forma nuestros espíritus, y que es nuestra situación dentro del proceso productivo lo que determina nuestra visión de las cosas –o el lado que vemos de las cosas– y el espacio social que podemos dominar. 2.º Las formas de producción poseen su lógica propia; es decir, cambian de acuerdo con necesidades inherentes a las mismas, de manera que engendran sus sucesoras mediante su propia evolución. Utilizando el mismo ejemplo de MARX, podemos decir que el sistema caracterizado por el "molino de mano" crea una situación económica y social en la cual la adopción de un método mecánico de molienda se convierte en una necesidad práctica que los individuos o los grupos son impotentes para alterar. El auge y el funcionamiento del "molino de vapor", a su vez, crea nuevas funciones y situaciones sociales, nuevos grupos y nuevas actitudes, que se desarrollan e influyen mutuamente de tal modo que rebasan los límites de su propia estructura. Aquí tenemos, entonces, al elemento propulsor que es responsable, en primer lugar, de todos los cambios económicos, y como consecuencia de esto, de cualquier otro cambio social; un elemento propulsor cuyo movimiento no requiere ningún impulso ajeno al mismo.

Es indudable que ambas proposiciones contienen una gran parte de verdad y que son, como podremos comprobar en diversas fases de nuestra exposición, unas hipótesis de valor incalculable. La mayor parte de las objeciones corrientes fallan por completo, como, por ejemplo, aquellas que recurren a la influencia de factores éticos o religiosos, o la que expuso EDUARD BERNSTEIN, quien con deliciosa sencillez afirmaba que "los hombres tienen cabeza" y que, por lo tanto, pueden obrar como quieran. Después de lo que hemos dicho más arriba apenas es necesario señalar la fragilidad de semejantes argumentos: por supuesto los hombres "eligen" el curso de su acción y de su obrar, el cual no les es impuesto por los factores objetivos que comprenda su medio ambiente, pero eligen, desde puntos de vista, opiniones y propensiones que no forman otro conjunto independiente de factores, sino que son modelados por los factores objetivos.

Sin embargo, subsiste la cuestión de si la interpretación económica de la Historia es algo más que una aproximación conveniente de la que cabe esperar funciones menos satisfactorias en algunos casos de lo que pueda hacerlo en otros. Es necesario considerar una limitación evidente desde el principio. Las estructuras sociales, los tipos y las actitudes son monedas que una vez acuñadas no se funden fácilmente. Una vez formadas persisten, probablemente, durante siglos, y toda vez que las diferentes estructuras y tipos muestran en distinto grado esta facultad de supervivencia, casi siempre podremos observar que la conducta real de grupos y naciones se separa en mayor o en menor medida de cuanto deberíamos esperar si tratásemos de deducir dicha conducta en la forma dominante del proceso productivo. Aun cuando esto se aplica con carácter general, se advierte con mayor claridad cuando una estructura muy duradera se transplanta enteramente de un país a otro. La situación social creada en Sicilia por la conquista de los normandos puede servir de ejemplo. MARX no olvidó estos hechos, pero difícilmente llegó a comprender todas sus implicaciones.

Existe un caso análogo cuya significación es todavía más importante. Consideremos la aparición del tipo feudal de propiedad agraria en el reino de los Francos durante los siglos VI y VII. Se trató, ciertamente, de un importante acontecimiento que dio forma a la estructura social durante varios siglos y que también influyó sobre las condiciones de la producción, comprendidas las necesidades y la técnica. Pero su interpretación más simple puede encontrarse en el hecho de que familias e individuos que habían ejercido anteriormente funciones de mando militar, se transformaron (conservando, sin embargo, las citadas funciones) en señores territoriales después de la conquista definitiva del nuevo territorio. Esto no encaja muy perfectamente en el esquema marxista, e incluso podría ser interpretado de tal manera que apuntara en dirección opuesta. Sin duda es posible solventar los problemas originados por hechos o fenómenos similares mediante hipótesis auxiliares, pero la necesidad de recurrir a hipótesis auxiliares suele ser habitualmente el comienzo del fin de una teoría.

Muchas otras dificultades que surgen al intentar interpretaciones históricas empleando los esquemas marxistas pueden ser resueltas admitiendo, en cierta medida, la existencia de una dependencia recíproca entre la esfera de la producción y otras esferas de la vida social. Pero el encanto de la verdad fundamental que rodea a aquel esquema depende precisamente del rigor y sencillez de la relación unilateral que proclama. Si esto se pone en duda, la interpretación económica de la Historia debe reducirse a ocupar el papel y a alinearse juntamente con otras proposiciones análogas –como una de tantas verdades parciales– o si no ceder el paso a otra que exprese una verdad más fundamental. Sin embargo, no por esto queda disminuido ni su categoría como obra ni su utilidad como hipótesis de trabajo.

Por supuesto, para el creyente se trata simplemente de la clave para todos los secretos de la Historia de la Humanidad. Y si a veces nos sentimos inclinados a sonreír ante algunas aplicaciones casi ingenuas de la misma, debemos recordar siempre a qué clase de argumentos sustituyó. Incluso la desventurada hermana de la interpretación económica de la Historia, la Teoría Marxista de las Clases Sociales, aparece bajo una luz más favorable tan pronto como tenemos esto en cuenta.

Una vez más, lo primero que hemos de registrar es una importante contribución. Los economistas han sido extrañamente lentos en el reconocimiento del fenómeno de las clases sociales. Desde luego es cierto que siempre distinguieron en clases diversas a las personas cuya intervención motiva los procesos objeto de su análisis. Pero tales clases no eran más que conjuntos de individuos que poseían una determinada característica en común: así, algunos individuos fueron clasificados como terratenientes o como obreros, porque poseían tierras o vendían los servicios de su trabajo. Las clases sociales, sin embargo, no son entes imaginados por el observador  en sus clasificaciones, sino entes vivos que existen como a tales. Y su existencia entraña consecuencias que son enteramente ignoradas si se recurre a un esquema que contempla la sociedad como si fuera una asamblea amorfa de individuos o familias. Todavía está por decidir la importancia exacta del fenómeno de las clases en la investigación del campo de conocimientos de la teoría económica pura. Sin embargo, está fuera de toda discusión que tiene gran importancia para muchas aplicaciones prácticas y para todos los aspectos más amplios del proceso social en general.

Hablando en sentido figurado, podemos decir que las clases sociales hicieron su aparición en la famosa proposición contenida en el Manifiesto Comunista, que afirmaba que la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases. Por supuesto, esto equivale a expresar dicha proposición en su forma más radical. Pero incluso si reducimos su alcance a la proposición de que los hechos históricos pueden ser interpretados frecuentemente en términos de intereses y actitudes clasistas y de que las estructuras de clases existentes son siempre un factor importante en la interpretación histórica, subsiste todavía lo suficiente para que podamos hablar de una concepción casi tan valiosa como lo fue la propia interpretación económica de la Historia.

Claro está que el éxito en el camino de avance abierto por el principio de la lucha de clases, depende de la validez de la teoría particular de las clases que adoptemos. Nuestra visión de la Historia y todas nuestras interpretaciones de las formas culturales y el mecanismo del cambio social serán distintas según elijamos, por ejemplo, la teoría racial de las clases sociales, y al igual que GOBINEAU reduzcamos la historia humana a la historia de las luchas raciales o la teoría de las clases inspirada en la división del trabajo, como hicieron SCHMOLLER y DURKHEIM, reduciendo el antagonismo de las clases en antagonismos entre los intereses de los distintos grupos profesionales. Y tampoco se limita el campo de las posibles diferencias en el análisis al problema de la naturaleza de las clases. Cualquiera que sea nuestra opinión acerca de la cuestión, surgirán diferentes interpretaciones a consecuencia de distintas definiciones del interés de clases y de las distintas opiniones sobre la forma en que se manifiesta la acción clasista. La cuestión que nos ocupa sigue siendo un avispero de prejuicios y puede decirse que apenas ha llegado a un estadio científico.

Es curioso que MARX nunca, que nosotros sepamos, elaboró de manera sistemática lo que sin duda fue uno de los pivotes de su pensamiento. Es posible que aplazara la tarea hasta que fue demasiado tarde, precisamente porque pensaba tanto en términos de clase hasta el punto que no creyó necesario molestarse en elaborar una formación definitiva. Es igualmente posible que algunos de los puntos de la misma permanecieran sin resolver en su propia mente, y que su camino hacia una teoría completamente desarrollada de las clases sociales quedara obstruido por las dificultades creadas por él mismo al insistir en una concepción del fenómeno puramente económica y excesivamente simplificada. Tanto él como sus discípulos, ofrecieron aplicaciones de su teoría incompleta a formas particulares, de los cuales su propia Historia de la lucha de clases en Francia es el ejemplo más destacado. Aparte de esto no se ha alcanzado ningún progreso real. La teoría principal de sus seguidores, ENGELS, pertenecía a las inspiradas en la división del trabajo y era esencialmente no marxista en sus implicaciones. Si prescindimos de esto no quedan más que detalles sueltos y aperçus –algunos de ellos de sorprendente fuerza y brillantez– diseminados en todos los escritos del maestro, singularmente en Das Kapital y en el Manifiesto Comunista.

La tarea de ensamblar los referidos fragmentos es delicada y no puede ser abordada aquí. Sin embargo, la idea básica es suficientemente clara. El principio de estratificación consiste en la propiedad o en la exclusión de la propiedad, de los medios de producción, tales como fábricas, maquinaria, materias primas y los bienes de consumo que entran en el presupuesto del obrero. Tenemos así, fundamentalmente, dos y tan sólo dos clases sociales: los propietarios –capitalistas– y los que no son propietarios, los cuales están obligados a vender su trabajo: la clase trabajadora o proletariado. La existencia de grupos intermedios, tales como son los formados por campesinos y por artesanos que emplean trabajadores pero que también realizan labores manuales, por los oficinistas o por quienes ejercen profesiones liberales, no se niega por supuesto; pero son tratados como anomalías que tienden a desaparecer en el curso del proceso capitalista. Las dos clases fundamentales son, gracias a la lógica de su posición, y con completa independencia de cualquier voluntad individual, esencialmente antagónicas. Dentro de cada clase puedan existir escisiones, así como tienen lugar colisiones entre los subgrupos, susceptibles de poseer una importancia histórica decisiva. Pero en última instancia tales escisiones y colisiones son incidentales. El único antagonismo que no es incidental, sino inherente a la estructura de la sociedad capitalista se funda en el dominio privado de los medios de producción: la verdadera naturaleza de la relación entre la clase capitalista y e proletariado es la lucha, la guerra de clases.

Como veremos en seguida, MARX trata de demostrar cómo en la guerra de clases los capitalistas se destruyen unos a otros y que finalmente destruirán al sistema capitalista igualmente. También intenta demostrar que la posesión de capital lleva a una mayor acumulación. Pero este tipo de razonamiento, al igual que la definición que convierte la posesión de algo en el carácter constitutivo de una clase social, sirve únicamente para incrementar la importancia de la cuestión de la "acumulación primitiva", es decir, de la cuestión de cómo consiguieron los capitalistas llegar a serlo por vez primera o de cómo adquirieron el stock de bienes que de acuerdo con la doctrina marxista fueron necesarios para que pudieran iniciar su tarea de explotación. Sobre esta cuestión MARX es mucho menos explícito. Rechazó despectivamente la fábula infantil burguesa (Kinderfibel) de que algunos individuos con preferencia a otros se convirtieron, y siguen convirtiéndose, en capitalistas merced a una inteligencia superior y a una mayor energía en el trabajo y en el ahorro. No cabe duda de que acertó al reírse sarcásticamente de la historia sobre los buenos chicos. Porque es evidente que provocar una carcajada es, sin duda, un método excelente de eludir una verdad molesta como sabe muy bien cualquier político. Nadie que observe los hechos históricos y contemporáneos con espíritu exento de prejuicios puede dejar de observar que aquel cuento infantil, si bien está muy lejos de contarnos la verdad entera, contiene una gran parte de ella. La inteligencia y la energía por encima de lo normal cuentan en el éxito industrial y singularmente en la creación de posiciones industriales, en una proporción de nueve sobre cada diez casos. Y precisamente en las fases iniciales del capitalismo y de cada carrera individual en la industria, el ahorro fue y es un elemento importante en el proceso, aun cuando su función no coincidiera exactamente con la que le asignaba la economía clásica. Es cierto que generalmente nadie alcanza el status de capitalista (patrono industrial), ahorrando de un jornal o sueldo para equipar una fábrica con los fondos reunidos de dicho modo. El grueso de la acumulación procede de los beneficios y, por lo tanto, presupone beneficios, siendo ésta la razón suficiente para distinguir el ahorro de la acumulación. Los medios necesarios para poner en marcha una empresa son normalmente obtenidos tomando a préstamo los ahorros de otras personas, cuya presencia en pequeñas cantidades es muy fácil de explicar, o los depósitos que los Bancos crean para ser usados por el empresario potencial. Si embargo, este último debe ahorrar, como regla general: la función de dicho ahorro es la de dispensarle de la fatiga diaria para procurarle su pan cotidiano, así como de darle un respiro para mirar a su alrededor, desarrollar sus planes y obtener las colaboraciones necesarias. Desde el punto de vista de la teoría económica, MARX tenía razón –aun cuando exageró sus afirmaciones– cuando negó al ahorro el papel que los clásicos le habían atribuido. En el que no tuvo razón fue en la inferencia que extrajo de su proposición. Y en cuanto a la carcajada aludida, no posee mucha mayor justificación de la que habría tenido de ser cierto la teoría clásica.

Sin embargo, la carcajada prestó su servicio y contribuyó a facilitar el camino a la otra teoría de MARX, la de la acumulación primitiva. Pero esta otra teoría no es tan definida como sería de desear. La fuerza, el robo, la subyugación de las masas que facilita su expoliación y los resultados del pillaje que facilitan a su vez la subyugación, todo esto, por supuesto, estaba muy bien y encajaba admirablemente con las ideas corrientes entre los intelectuales de todos los tipos, y más aún en nuestros días que en los de MARX. Pero evidentemente no resuelve el problema, que es precisamente el de explicar cómo algunos individuos adquieren el poder para subyugar y robar. La literatura popular no se ocupa de esto, ni yo creeré jamás que deba dirigir la pregunta a los escritos de JOHN REED. Pero aquí nos ocupamos de MARX.

Aquí, por lo menos, podemos ver que se encuentra una especie de solución gracias al carácter histórico de las teorías principales de MARX. Para él, era esencial para la lógica del capitalismo, y no sólo como una simple cuestión de hecho, que el capitalismo hubiera surgido de un estado feudal de la sociedad. Por supuesto también en tal caso existe el problema de las causas y el mecanismo de la estratificación social, pero MARX aceptó en lo esencial la opinión burguesa de que el feudalismo fue el resultado de la fuerza (5), en el cual la subyugación y la explotación de las masas fueron hechos consumados. La teoría de las clases elaborada primeramente pensando en las condiciones de la sociedad capitalista fue extendida a su predecesora feudal –como lo fue gran parte del aparato conceptual de la teoría económica del capitalismo– y algunos de los problemas más espinosos fueron rechazados hacia el mundo feudal para hacerlos reaparecer en una forma fija, bajo el aspecto de datos, en el análisis de la estructura capitalista. El explotador feudal fue reemplazado, simplemente, por el explotador capitalista. En aquellos casos en los cuales efectivamente los señores feudales se convirtieron en industriales, esto podría bastar para explicar cuánto quedaba por resolver del problema. La evidencia histórica proporciona cierto fundamento a la mencionada interpretación: singularmente en Alemania, muchos señores feudales construyeron y dirigieron fábricas, obteniendo frecuentemente los medios necesarios de sus rentas feudales y el trabajo de la población agraria (a veces de sus siervos, pero no siempre sucedió así). En todos los casos restantes el material histórico de que disponemos para taponer la brecha de la teoría es notablemente inferior. La única manera de expresar con sinceridad la situación es la de reconocer que, desde el punto de vista marxista, no existe una explicación satisfactoria, es decir, una explicación que pueda prescindir de elementos no marxistas que puedan sugerir conclusiones no marxistas.

Pero esto vicia la teoría, tanto en lo que se refiere a su fuente histórica como a su fuente lógica. Toda vez que la mayor parte de los métodos de acumulación primitiva cuentan también para la acumulación posterior –la acumulación primitiva, como tal, continúa durante la era capitalista–, no es posible afirmar que la teoría marxista de las clases sociales es correcta, exceptuando las dificultades referentes a los procesos que tuvieron lugar en un pasado remoto. Pero tal vez sea superfluo insistir acerca de las limitaciones de una teoría que ni siquiera en las circunstancias más favorables se aproxima al núcleo del fenómeno que intenta explicar, y que nunca debía de haber sido tomada seriamente. Las mencionadas circunstancias favorables se encuentran principalmente en la fase de la evolución capitalista caracterizada por el predominio de empresas de dimensión media, y dirigidas directamente por sus propietarios. Más allá de la zona cubierta por tales empresas se encuentran posiciones clasistas que si bien en muchos casos se reflejan en más o menos correspondientes posiciones económicas, aun cuando frecuentemente son más la causa que el efecto de estas últimas; el éxito en los negocios no es evidentemente el único camino que conduce a la preeminencia social, y tanto sólo cuando lo es puede afirmarse que la propiedad de los medios de producción determine causalmente la posición de un grupo dentro de la estructura social. Incluso entonces, sin embargo, sería tan razonable considerar dicha propiedad como el elemento definidor como pudiera serlo definir un soldado como un hombre que tiene un fusil. La división tajante entre personas que (juntamente con sus descendientes) deban considerarse como capitalistas de una vez por todas y los individuos que (juntamente con sus descendientes) deban considerarse como proletarios de una vez por todas, no sólo es, como se ha señalado frecuentemente, completamente irreal, sino que ignora el aspecto esencial de las clases sociales, es decir: el incesante ascenso y descenso de familias individuales hacia los estratos superiores e inferiores, respectivamente. Los hechos a los que acabo de hacer alusión son evidentes e indiscutibles. Y si no se encuentran en la trama teórica marxista, la razón debe buscarse únicamente en las consecuencias no marxistas que derivan de los mismos.

Con todo no es superfluo detenernos a examinar el papel que la citada teoría desempeña dentro de la estructura marxista, y preguntamos cuál fue la intención analítica –aparte, pues, de la utilidad que pudiera tener como herramienta dentro del utillaje del agitador– perseguida por MARX.

En primer lugar conviene no olvidar que para MARX la teoría de las Clases Sociales y la Interpretación Económica de la Historia no fueron, como lo son, en cambio, para nosotros, dos teorías independientes. Según MARX, la primera teoría complementa la segunda de una manera singular, mediante la cual restringe –es decir, hace más definido– el modus operandi de las condiciones o formas de la producción. Estas determinan la estructura social, a través de la estructura social todas las manifestaciones de la civilización y el desarrollo de la historia, cultura y política. Pero la estructura social es, en todas las épocas no socialistas, definida en términos de clases, precisamente aquellas dos clases que son las verdaderas dramatis personae y al mismo tiempo las únicas criaturas inmediatas de la lógica del sistema capitalista de producción que afecta a todo lo demás por intermedio de ellas. Esto explica por qué MARX se sintió impulsado a hacer de sus clases sociales fenómenos pura y exclusivamente económicos, e incluso fenómenos que son económicos en un sentido muy estrecho: de esta forma se cerró el camino para alcanzar una concepción más profunda de los mismos, pero dado el lugar de su sistema analítico en el cual los colocó no tuvo otro remedio que obrar de semejante manera.

En segundo lugar, MARX deseaba definir el capitalismo con el mismo rasgo que también define su división de clases. Un instante de reflexión llevará al lector a la convicción de que esto no es necesario ni natural. Es más, en realidad fue un rasgo audaz de estrategia analítica lo que le permitió unir el destino del fenómeno de las clases al destino del capitalismo, de tal modo que el socialismo (el cual, en realidad, no tiene nada que ver con la presencia o con la ausencia de clases sociales) resultó por definición la única especie posible de sociedad sin clases, exceptuando los grupos primitivos. Ninguna otra definición de las clases y del capitalismo que no fuera la elegida por MARX –es decir, la definición inspirada en la propiedad privada de los medios de producción– habría podido permitir la formulación de la ingeniosa tautología que acabamos de referir. Por esa razón debían existir forzosamente dos clases únicamente, propietarios y no propietarios, y por lo mismo cualquier otro principio de clasificación, aun cuando mucho más plausible, debieron ser ignorados, infravalorados o reducidos al adoptado.

La exageración acerca del carácter definido y de la importancia de la línea divisoria entre la clase capitalista así entendida y el proletariado fue sobrepasada únicamente por la exageración acerca del antagonismo entre las mismas. Para cualquier mente que no esté deformada por el hábito de recitar el rosario marxista debería ser obvio que la relación entre las citadas clases, en tiempos normales, es primordialmente una relación de cooperación, y que cualquier teoría opuesta debe basarse especialmente en casos patológicos para ser verificada. En la vida social tanto el antagonismo como el sinagoguismo se presentan coetáneamente y son realidad inseparables, excepto en casos excepcionales. Incluso siento la tentación de afirmar que existió menor carencia de buen sentido en la vieja concepción armónica –aun cuando estaba plagada de tonterías– que en la construcción marxista sobre la existencia de abismo infranqueable entre los propietarios de los instrumentos de la producción y quienes los utilizan. Otra vez, sin embargo, es necesario reconocer que no pudo proceder de otro modo, y no porque deseara llegar a conclusiones revolucionarias –ya que ésas podían haber sido conseguidas igualmente empleando docenas de otros esquemas posibles–, sino en razón de las exigencias inherentes a su propio análisis. Si la lucha de clases era sujeto básico de la Historia y también medio para lograr el amanecer del socialismo, y si debían existir precisamente esas dos clases, la relación entre las mismas debía ser antagónica por principio, pues de otro modo la fuerza motriz de su sistema de dinámica social se habría evaporado.

Ahora bien, aun cuando MARX define al capitalismo sociológicamente, es decir, mediante la institución del control privado sobre los medios de producción, la mecánica de la sociedad capitalista la suministra su teoría económica.

Esta teoría económica trata de demostrar cómo los datos sociológicos comprendidos en conceptos tales como clase, interés de clase, conducta de clase, cambio entre las clases, operan por medio de valores económicos, tales como beneficios, salarios, inversión, etc., y cómo engendran precisamente el proceso económico que eventualmente destruirá su propia estructura institucional creando al mismo tiempo las condiciones necesarias para la aparición de otro mundo social. Esta teoría particular de las clases sociales es el instrumento analítico que, uniendo la interpretación económica de la Historia con los conceptos de la economía del beneficio, ordena todos los hechos sociales y permite enfocarlos conjuntamente. No se trata, pues, tan sólo de una teoría que intente explicar un único fenómeno; por el contrario desempeña una función orgánica cuya importancia es muy superior para el sistema marxista que el grado mayor o menor en que resuelva su problema inmediato. La citada función debe ser tenida en cuenta si se desea comprender por qué un talento analítico como el de MARX pudo concebirla y defenderla a pesar de todos sus defectos.

Por supuesto hoy existen, y siempre han existido, algunos entusiastas que admiraron la teoría marxista de las clases sociales como a tal. Pero son mucho más comprensibles los sentimientos de aquellos que admiran la fuerza y grandeza de la síntesis considerada en su totalidad, hasta el punto de estar dispuestos a perdonar la mayor parte de los defectos de las partes componentes. Más adelante intentaremos analizar dichos efectos. Pero antes examinaremos y veremos cómo el mecanismo económico de MARX cumple la tarea que su plan general impone sobre el mismo.

Marx y la doctrina marxista

- Marx, economista


Como economista teórico, MARX fue por encima de todo un hombre sumamente erudito. Puede parecer extraño que yo crea necesario dar tanto relieve a este elemento, tratándose de un autor a quien he llamado un genio y un profeta. Sin embargo, es importante considerar este aspecto. Los genios y los profetas no sobresalen generalmente en sus conocimientos profesionales, y su originalidad, en el caso de existir, se debe precisamente a eso mismo. Pero en las obras económicas de MARX no hay nada censurable que pueda atribuirse a falta de estudio o de formación en la técnica del análisis teórico. Fue un lector insaciable y un trabajador infatigable; en consecuencia, fueron muy escasas las contribuciones de importancia que escaparon a su atención. Y todo cuanto leía lo digería, luchando con cada hecho o argumento, con una pasión por el detalle extraordinaria en una persona que con una ojeada abarcaba civilizaciones enteras y acontecimientos seculares. Tanto al criticar y denegar como al aceptar y coordinar llegaba siempre al fondo de cada cuestión. La prueba más destacada de esto la ofrece su Teoría de la Plusvalía, que constituye un monumento de ardor técnico. Este esfuerzo incesante para instruirse y dominar todo cuanto fuera necesario le liberó hasta cierto punto de prejuicios y de finalidades extracientíficas, aun cuando ciertamente trabajó para verificar una visión definida. Para su poderoso intelecto, el interés en el problema por su cualidad intrínseca de problema era dominante, incluso a pesar suyo; y por mucho que pudiera haber deformado el valor de sus resultados finales, mientras trabajaba se ocupaba principalmente en la tarea de refinar los instrumentos analíticos poseídos por la ciencia de su tiempo, en solucionar dificultades lógicas y en erigir sobre los fundamentos adquiridos con semejante proceder una teoría que por su naturaleza e intención fue verdaderamente científica cualesquiera que puedan haber sido sus deficiencias.

No ofrece ninguna dificultad llegar a comprender la razón por la cual tanto amigos como enemigos han interpretado erróneamente su contribución en el terreno puramente económico. Para sus amigos, él estaba tan por encima de un simple teórico profesional, que les hubiera parecido casi una blasfemia insistir demasiado sobre este aspecto de su obra. Los enemigos, que le censuraban sus actitudes y la formulación de sus razonamientos teóricos, encontraron casi imposible admitir que en algunas partes de su obra hubiera realizado precisamente lo que valoraban tantísimo cuando procedía de otras manos. Además, el frío metal de la teoría económica se encuentra inmerso en las páginas de MARX en medio de una abundancia tal de frases incandescentes que adquiere una temperatura absolutamente extraña y enorme. Cualquiera que se encoja de hombros ante la pretensión de MARX de ser considerado como teórico en sentido científico, está pensando por supuesto en aquellas frases y no en su pensamiento, en su lenguaje apasionado y en las acusaciones ardientes de "explotación" y "miserabilización" (ésta es, probablemente, la mejor manera de traducir la palabra alemana Verelendung, aun cuando la calidad lingüística de ambas vocablos sea igualmente íntima en ambos idiomas). Sin duda, todas estas cosas y muchas otras, tales como sus despectivas alusiones o su vulgar comentario sobre Lady ORKNEY son partes importantes de su obra y tuvieron importancia para MARX, y la tienen en consecuencia tanto para los creyentes como para los incrédulos. Explican en parte la razón por la cual muchos individuos insisten en ver en los teoremas de MARX algo más, e incluso algo fundamentalmente distinto de las proposiciones análogas de su maestro. Pero ello no afecta a la naturaleza de su análisis.

¿Tuvo, entonces, un maestro MARX? Sí. La verdadera comprensión de su economía comienza con el reconocimiento de que, como teórico, fue un discípulo de RICARDO. Y fue un discípulo no sólo en el sentido de que su propio razonamiento evidentemente parte de las proposiciones de RICARDO, sino también en el mucho más significativo de que él aprendió el arte de teorizar del propio RICARDO. Siempre utilizó los instrumentos de RICARDO, y todos los problemas teóricos se le presentaron en la forma de dificultades que le surgieron en el transcurso de su profundo estudio de RICARDO y de las sugerencias para ulteriores investigaciones que encontró en sus obras. El propio MARX reconoció buena parte de lo que acabamos de afirmar, aun cuando, por supuesto, no habría admitido que su actitud hacia RICARDO fuera típicamente la del alumno que acude a su maestro, le oye hablar varias veces con frases casi sucesivas de exceso de población y de población que es excedente, y nuevamente de mecanización que crea un exceso de población, y entonces marcha a su casa intento elaborar cuánto ha oído. No es difícil comprender que ambas partes, en la controversia sobre MARX, hayan rehusado admitirlo.

La de RICARDO no fue la única influencia que actuó sobre las doctrinas económicas de MARX, pero en un examen como el presente no es necesario mencionar ninguna otra, exceptuando la de QUESNAY, de quien MARX derivó su concepción fundamental del proceso económico como un todo. El grupo de autores ingleses que desarrollaron entre 1800 y 1840 la teoría del valor trabajo, es posible que le suministraran abundantes sugerencias y detalles, pero para nuestros propósitos nos basta con la referencia a la corriente del pensamiento ricardiano. Varios autores, con algunos de los cuales MARX atacó en proporción inversa a la distancia que los separaba y cuya obra se desarrolla en muchos puntos paralelamente a la suya (SISMONDI, RODBERTUS, JOHN STUART MILL), no pueden ser considerados, como tampoco puede serlo todo aquello que no se refiera directamente al tema fundamental, por ejemplo, la contribución de MARX a la teoría monetaria, de calidad inferior, y con la que no llegó a alcanzar el nivel de RICARDO.


+ El razonamiento marxista


Procedamos ahora a resumir sumariamente el razonamiento marxista; la brevedad nos forzará a ser, de modo inevitable, injustos con muchos puntos de Das Kapital, y en general con su estructura, la cual, en parte inacabada y en parte batida por ataques certeros, todavía alza delante de nosotros su mole ingente.

I. MARX se sumó a la corriente seguida por los teóricos de su época y también de una época posterior, haciendo de una teoría del valor la piedra angular de su estructura teórica. Su teoría del valor es la ricardiana. Creo que una autoridad tan eminente como la de profesor TAUSSIG no estuvo de acuerdo con esta afirmación y siempre procuró destacar las diferencias. Existe, desde luego, gran diferencia en la forma de expresión, en el método deductivo y en las implicaciones sociológicas, pero no hay ninguna en el teorema en sí, y esto es lo único que imparta al teórico de hoy en día. Ambas, RICARDO y MARX, afirman que el valor de cada bien es (en equilibrio perfecto y competencia perfecta) proporcional a la cantidad de trabajo contenida en la mercancía, siempre y cuando dicho trabajo esté de acuerdo con el tipo existente de eficiencia productiva (la "cantidad socialmente necesaria de trabajo"). Ambos midieron dicha cantidad en horas de trabajo y emplearon el mismo método para reducir las diferentes calidades de trabajo a un solo tipo. Ambos encontraron las mismas dificultades inherentes al citado enfoque de la cuestión, y les hicieron frente de manera similar (es decir, MARX obró según había aprendido en la obra de RICARDO). Ninguno de ellos dijo nada útil acerca del monopolio o de lo que ahora llamamos competencia imperfecta. Ambos replicaron a sus críticos con los mismos argumentos. La diferencia estriba en que las réplicas de MARX fueron más agrias, más prólijas y más "filosóficas" en el peor sentido de la palabra.

Todo el mundo sabe que esta teoría del valor es insatisfactoria. En la voluminosa discusión que se ha desarrollado acerca de la misma la razón no se encuentra, desde luego, en un solo lado, y sus adversarios han recurrido muchas veces a argumentos erróneos. La cuestión esencial no estriba en si el trabajo es o no la verdadera "fuente" o "causa" del valor económico. Esta cuestión puede tener interés primordial para los filósofos sociales que desean deducir de la misma derechos de naturaleza ética sobre el producto, y el mismo MARX no fue indiferente a este aspecto del problema. Pero para la Economía, considerada como una ciencia positiva, que tiene por objeto la descripción y la explicación de procesos reales, es mucho más importante averiguar cómo funciona la teoría del valor en cuanto instrumento analítico, y lo que realmente importa es el reconocimiento de que funciona muy mal.

En primer lugar carece de utilidad cuando no se dé el supuesto de la competencia perfecta. En segundo lugar, incluso en el supuesto de competencia perfecta nunca funciona sin tropiezos, exceptuando el caso en que el trabajo sea el único factor de producción, y además de esto, cuando el trabajo sea de una misma especie. Cuando no se cumplen cualquiera de esas dos condiciones, es necesario introducir nuevos supuestos y las dificultades analíticas crecen hasta el punto que pronto llegan a ser insuperables. Por ello razonar siguiendo las líneas de la teoría del valor trabajo equivale a razonar sobre un caso muy especial desprovisto de importancia práctica, aun cuando el juicio sobre la misma resulte menos desfavorable si se la interpreta como una aproximación a las tendencias históricas de los valores relativos. La teoría que la reemplazó –conocida en su forma primitiva, hoy pasada de moda, como teoría de la utilidad– la supera en muchos aspectos, pero la verdadera razón para decidirse en favor de la misma estriba en que es mucho más general y por otra parte que puede ser aplicada igualmente a los casos de monopolio y de la competencia imperfecta y, además, en que permite considerar la presencia de otros factores de la producción y también la de distintas especies y calidades de trabajo. Además, si introducimos en esta teoría los supuestos restrictivos mencionados, la proporcionalidad entre el valor y la cantidad de trabajo empleado se desprende igualmente. Debería ser comprendido claramente, por tanto, no sólo que fue perfectamente absurdo que los marxistas negaran, como trataron de hacer, la validez de la teoría de la utilidad marginal como explicación del valor (que es lo que les predisponía en contra), sino también que es incorrecto calificar de "equivocada" a la teoría del valor trabajo. En cualquier caso está muerta y enterrada.

II. Aun cuando parece que ni RICARDO ni MARX llegaron a darse plena cuenta de toda la debilidad de la posición en la que se colocaron al adoptar este punto de partida, percibieron con gran claridad parte de la misma. En particular, ambos abordaron el problema de la eliminación del elemento representado por los Servicios de los Agentes Naturales, los cuales, por supuesto, resultan privados del lugar que les corresponde en el proceso de producción y distribución por una teoría del valor que descansa tan sólo sobre la cantidad de trabajo. La conocida teoría ricardiana de la renta de la tierra es, esencialmente, una tentativa para realizar dicha eliminación, y la teoría marxista es otra. Tanto pronto como logramos un aparato analítico capaz de considerar la renta tan naturalmente como lo hace con los salarios, desaparece toda la dificultad. De ahí que no sea necesario hablar más sobre los méritos o deméritos intrínsecos de la doctrina marxista de la renta absoluta para distinguirla de la renta diferencial, o sobre su relación con la de RODBERTUS.

Pero incluso si prescindimos de todo esto, subsiste todavía la dificultad derivada de la existencia del capital en el sentido de stock de medios de producción que son producidos a su vez. Para RICARDO el problema se presentaba en forma bastante simple: en la famosa sección IV del capítulo I de sus Principles introduce y acepta como un hecho, sin intentar someterlo a investigación, que, en los casos en los cuales los bienes de capital tales como fábricas, maquinaria y materias primas son empleados en la producción de una mercancía, dicha mercancía se venderá a un precio que dé un beneficio neto al propietario de aquellos bienes de capital. Comprendió, desde luego, que este hecho está relacionado con el período de tiempo transcurrido entre la inversión y la obtención de productos vendibles, y que cuando los períodos de tiempo no fueran los mismos en todas las industrias ocurriría que los valores reales de tales productos no serían ya proporcionales a las horas-hombre "contenidas" en los mismos, incluyendo las horas-hombre que entraron en la producción de los propios bienes de capital. Y señaló este hecho, tranquilamente, como si se desprendiera, en vez de contradecirlo, de su teorema fundamental, limitándose a examinar algunos problemas secundarios que surgen a este respecto, creyendo evidentemente que su teoría bastaba todavía para definir el determinante básico del valor.

MARX introdujo también, aceptándolo y discutiéndolo, el mismo hecho, y no lo negó jamás en cuanto a hecho. Se dio cuenta también de que el mismo parece dar un mentís a la teoría del valor trabajo. Pero advirtió lo inadecuado del tratamiento que RICARDO dio al problema, y aun cuando aceptó la forma en que RICARDO lo presentó, lo atacó seriamente, dedicándole casi tantos centenares de páginas como frases le había dedicado RICARDO.

3. Al obrar así, no sólo demostró una percepción mucho más aguda de la naturaleza del problema implicado, sino que también perfeccionó el instrumento analítico recibido. Así, por ejemplo, reemplazó con fortuna la distinción establecida por RICARDO entre capital fijo y circulante por la distinción entre capital constante y capital variable (salario), y las nociones rudimentarias de RICARDO sobre la duración de los procesos de producción por el concepto mucho más riguroso de "estructura orgánica del capital", que gira alrededor de la relación entre el capital constante y el capital variable. Igualmente realizó diversas contribuciones importantes a la teoría del capital. Sin embargo, nosotros nos limitaremos a considerar su explicación del rendimiento neto del capital, es decir, su Teoría de la Explotación.

Las masas no siempre se han sentido engañadas y explotadas. Pero los intelectuales que formularon sus opiniones obrando en su nombre, les han dicho que siempre lo fueron, sin querer necesariamente significar con ello nada preciso. MARX no habría podido prescindir de la frase aun cuando lo hubiera deseado. Su mérito y su obra consisten precisamente en que se dio cuenta de la debilidad de los diversos argumentos con los cuales los tutores de la inteligencia de las masas habían intentado antes que él la demostración de cómo se produce la explotación, y que todavía hoy constituyen el bagaje del radical corriente y moliente. Ninguno de los slogans acostumbrados acerca del poder de negociar y de engañar le satisfizo. Lo que él quería demostrar era que la explotación no había surgido ocasional y accidentalmente de situaciones individuales, sino que era el resultado de la lógica misma del sistema capitalista, de manera inevitable y totalmente independiente de las intenciones de cualquier individuo.

Y lo hizo del modo siguiente. El cerebro, músculos y nervios de un trabajador constituyen, por decirlo así, un fondo o stock de trabajo potencial (Arbeitskraft, traducida habitualmente en forma no muy satisfactoria por fuerza trabajo). MARX considera dicho fondo o stock como una especie de sustancia que existe en una cantidad definida y que en la sociedad capitalista es una mercancía como cualquier otra. Podemos alcanzar una mejor comprensión del pensamiento de MARX refiriéndonos al caso de la esclavitud: para MARX no existe ninguna diferencia esencial, aun cuando existan muchas secundarias, entre el contrato de salario y la compra de un esclavo; lo que compra quien adquiere trabajo "libre" no es, ciertamente, como ocurre en el caso de la esclavitud, a los propios trabajadores, sino una cuota definida de la suma total de su trabajo potencial.

Ahora bien, toda vez que el trabajo en este sentido (no el servicio de trabajo o las horas-hombre efectivas) es una mercancía, debe aplicársele la ley del valor. Lo cual equivale a afirmar que en condiciones de equilibrio y de competencia perfecta el trabajo debe obtener un salario proporcional al número de horas-trabajo que entraron en su "producción". Pero, ¿cuál es el número de horas-trabajo que entra en la "producción" del stock de trabajo potencial almacenado dentro de la piel de un trabajador? Pues el número de horas-trabajo que fueron y son necesarias para criar, alimentar, vestir y alojar al trabajador. Esto es lo que constituye el valor de aquel stock, y si el trabajador vende una parte del mismo, expresada en días, semanas o años, recibirá salarios correspondientes al valor-trabajo de dichas partes, del mismo modo que un negrero que vendiera un esclavo recibiría, en condiciones de equilibrio, un precio proporcional al número total de aquellas horas-trabajo. Debemos señalar, una vez más, que MARX se mantiene cuidadosamente apartado de todos aquellos slogans vulgares que en una o en otra forma afirman que en el mercado capitalista del trabajo, el trabajador es robado o engañado o que, en vista de su lamentable debilidad, se ve simplemente compelido a aceptar las condiciones que se le impongan. La cosa no es tan simple como todo eso: el trabajador recibe el valor pleno de su potencial de trabajo.

Pero una vez que los "capitalistas" han adquirido dicho stock de servicios potenciales se encuentran en situación de poder obligar al trabajador a trabajar un mayor número de horas –es decir, forzarle a rendir más servicios efectivos– que las empleadas para producir dicho stock o un stock potencial. El capitalista puede, en este sentido, exigir más horas efectivas de trabajo que las que ha pagado. Y toda vez que los productos resultantes se venden a un precio proporcional a las horas-hombre que entran en su producción, existe una diferencia entre los dos valores –originada exclusivamente en el modus operandi de la ley marxista del valor–, la cual necesariamente, y en virtud del mecanismo de los mercados capitalistas, va a manos del capitalista. Esto es la Plusvalía (Mehrwert). Al apropiarse dicha diferencia, el capitalista "explota" al trabajo, aun cuando pague a los trabajadores nada menos que el valor total de su potencial de trabajo y reciba de los consumidores nada más que el valor total de los productos vendidos. Nuevamente debemos señalar que en ello no existe ninguna referencia a cosas tales como precios injustos, restricción de la producción o engaño en los mercados en los que se venden los productos. Como es natural, MARX no intentó negar la existencia de tales prácticas. Pero las colocó en su correcta perspectiva y, por lo tanto, jamás las empleó como cimientos de sus conclusiones más importantes.

Admiremos de pasada la lección pedagógica que ello entraña: por lejano y especial que pueda ser el sentido que ahora adquiere la palabra Explotación, del que le es habitual y corriente, por dudoso que pueda ser el auxilio que dicho término reciba del Derecho Natural, de la filosofía de la Escolástica y de los escritores de la Ilustración, acaba por entrar en el reino de los razonamientos científicos, después de todo, y de este modo sirve al propósito de estimular y alentar al discípulo dispuesto a lanzarse a la lucha.

En cuanto se refiere a los méritos de dicho razonamiento científico debemos distinguir cuidadosamente dos aspectos en el mismo, uno de los cuales ha sido persistentemente ignorado por los críticos. Manteniéndose en el nivel ordinario de la teoría de un proceso económico estacionario es fácil demostrar que bajo las propias premisas marxistas, la doctrina de la plusvalía es insostenible. La teoría del valor-trabajo, incluso admitiendo que sea aplicable a la mercancía trabajo, porque ello implicaría que los trabajadores, al igual que las máquinas, son producidos con arreglo a cálculos racionales de coste. Y toda vez que ello no es así no existe ninguna razón para afirmar que el valor del potencial de trabajo es proporcional al número de las horas-hombre que entraron en su "producción". Desde un punto de vista lógico, MARX habría mejorado su posición si hubiera aceptado la Ley de Bronce del Salario de LASSALLE o si hubiera mantenido su razonamiento dentro de las líneas malthusianas como hizo RICARDO. Pero toda vez que se negó sabiamente a obrar de dicha manera su teoría de la explotación se vio privada de uno de sus principales puntales desde el comienzo.

Por otra parte, puede demostrarse fácilmente que no puede existir un equilibrio perfectamente competitivo en una situación, en la cual todos los empresarios-capitalistas obtengan ganancias de explotación, ya que en dicho caso cada uno de ellos intentaría individualmente aumentar su producción, y el efecto total de esto tendería, inevitablemente, a elevar los salarios y a reducir a cero aquellas ganancias. No cabe duda de que podría corregirse una parte de los defectos de la teoría recurriendo a la teoría de la competencia imperfecta, introduciendo al funcionamiento de la competencia, acentuando todos los posibles impedimentos en la esfera del dinero y del crédito y así sucesivamente. Pero de este modo sólo se obtendría una defensa tibia de su teoría, y no cabe duda de que MARX habría despreciado sinceramente un resultado de tal naturaleza.

Pero existe otro aspecto de la cuestión. Basta considerar la finalidad analítica perseguida por MARX para darnos cuenta de que él no habría tenido necesidad de aceptar la batalla en un terreno donde es tan fácil batirle. Esto es fácil mientras vemos en la teoría de la plusvalía tan sólo una proposición relativa al proceso económico estacionario en equilibrio perfecto. Toda vez que lo que hace MARX se propuso analizar fue, no un estado de equilibrio –el cual, de acuerdo con sus propias teorías, la sociedad capitalista es incapaz de alcanzar–, sino, por el contrario, un proceso de cambio incesante en la estructura económica, una crítica apoyada en la consideración expuesta más arriba no resultaría decisiva. La plusvalía puede ser imposible en un estado de equilibrio es inalcanzable. Pueden tender constantemente a su desaparición, pero seguir siempre presentes al ser constantemente creadas de nuevo. La réplica anterior no basta para defender la teoría del valor-trabajo, singularmente cuando se aplica a las mercancías trabajo, ni al argumento de la explotación tal como aparece formulado. Pero la misma nos permite una interpretación más favorable del resultado, aun cuando una teoría satisfactoria de la plusvalía la privaría de la connotación específicamente marxista. Este aspecto es de considerable importancia. Sirve para arrojar nueva luz sobre otras partes del aparato analítico de MARX, y además ayuda mucho a la explicación del por qué el citado aparato no resultó dañado de manera más grave por las críticas dirigidas con éxito sobre sus propios fundamentos.

4. Sin embargo, si nos colocamos en el plano en el que tiene lugar habitualmente la discusión de las doctrinas marxistas, nos vemos envueltos sucesivamente por dificultades, o mejor dicho, nos damos cuenta de que esto es lo que ocurre a los creyentes cuando intentan seguir a su maestro en su camino. En primer lugar, la doctrina de la plusvalía no hace más fácil la solución de los problemas, a los que hemos hecho alusión anteriormente, problemas suscitados por la discrepancia entre la teoría del valor-trabajo y los hechos corrientes de la realidad económica. Por el contrario, los acentúa, porque de acuerdo con la misma, el capital constante –es decir, el capital que no es salario– no transmite al producto un valor superior al que pierde en la producción; únicamente el capital-salario puede hacer esto, y por ello los beneficios obtenidos deben variar en las distintas empresas de acuerdo con las composiciones orgánicas de sus capitales. MARX se apoya en la competencia entre los capitalistas para que tenga lugar una redistribución de la "masa" total de la plusvalía, de tal forma, que cada empresa obtenga beneficios en proporción a su capital total o que los tipos individuales de beneficios deban ser iguales. Fácilmente podemos ver que esta dificultad pertenece a la clase de problemas espúreos que surgen siempre al intentar construir una teoría poco firme, mientras que la solución pertenece a la categoría de las decisiones aconsejadas por la desesperación. Sin embargo, MARX creía no sólo que dicha solución servía para establecer la aparición de tipos iguales de beneficios y a explicar cómo, a consecuencia de la misma, los precios relativos de las mercancías se aparten de sus valores en términos de trabajo, sino también que su teoría ofrecía una explicación de otra "ley" que ocupaba un lugar destacado en la teoría clásica, es decir, la afirmación de que el tipo de beneficio tiene una tendencia inherente a caer. Esto se desprende, de manera bastante plausible, del aumento de la importancia relativa de la parte constante del capital total en las industrias productoras de bienes de consumo para los asalariados; si la importancia relativa de las instalaciones y utillaje crece en estas industrias, como sucede en el curso de la evolución capitalista, y si el tipo de la plusvalía o el grado de explotación permanecen invariados, entonces el tipo de rendimiento del capital total decrecerá en general. Este razonamiento ha suscitado mucha admiración, y el propio MARX lo consideró con la satisfacción que habitualmente experimentamos cuando una teoría propia permite explicar una observación que no había sido tenida en cuenta al construirla. Sería interesante discutir dicha teoría teniendo presentes exclusivamente sus méritos independientes de los errores que cometió MARX al derivarla. Pero no necesitamos discutirla, porque la teoría resulta suficientemente condenada por sus propias premisas. Pero una proposición similar, aun cuando no idéntica, proporciona a la vez una de las "fuerzas" más importantes de la dinámica marxista y el eslabón entre la teoría de la explotación y el sector siguiente de la estructura analítica de MARX, denominado habitualmente Teoría de la Acumulación.

La mayor parte del botín obtenido mediante la explotación del trabajo (según algunos de los discípulos, prácticamente su entera totalidad) lo convierten los capitalistas en capital, es decir, en medios de producción. Prescindiendo de las implicaciones derivadas de la fraseología de MARX, esto no es, naturalmente, más que el reconocimiento de un hecho muy conocido y que se describe ordinariamente en términos de ahorro y de inversión. Sin embargo, para MARX, este simple hecho no podía ser suficiente: si el proceso capitalista debía desarrollarse siguiendo una lógica inexorable, el citado hecho debía ser parte de dicha lógica, o lo que es lo mismo, que debía ser necesario. Tampoco habría sido satisfactorio admitir que dicha necesidad se desprendiera de psicología social de la clase capitalista, formulando una interpretación similar a la de MAX WEBER sobre la actitud de los puritanos –y la abstención del disfrute hedonístico de los propios beneficios encaja muy bien con la misma–, la cual queda convertida en una causa determinante de la conducta capitalista. MARX no despreció ningún apoyo que pudiera extraer de semejante método. Pero era forzoso encontrar algo más consistente para un sistema como el suyo, algo que obligara a los capitalistas a acumular, prescindiendo de sus sentimientos y opiniones con respecto al acto de acumular, y que fuera lo bastante fuerte para aplicar por sí la misma estructura psicológica. Y afortunadamente existe.

Al examinar la naturaleza de la mencionada compulsión al ahorro, aceptaré por comodidad un punto de la doctrina de MARX; es decir, supondré como lo hace él, que el ahorro realizado por la clase capitalista implica ipso facto un aumento correspondiente del capital real. Este movimiento tendrá lugar siempre, en primer término, en la parte variable del capital total, es decir, en el capital salario, incluso cuando la intención sea la de incrementar la parte constante y en particular la parte que RICARDO denominó capital fijo: la maquinaria, principalmente.

He señalado más arriba, con ocasión de discutir la teoría marxista de la explotación, que en una economía perfectamente competitiva las ganancias de explotación inducirían a los capitalistas a aumentar la producción o a intentar aumentarla, toda vez que obrar de ese modo equivaldría para cada uno de ellos a mayores beneficios. Por dicha razón se verían forzados a acumular. Además, el efecto global de tal conducta sería el de reducir la plusvalía a causa de la elevación de los salarios, y también de una subsiguiente reducción de los precios de los productos; lo cual constituía de por sí un ejemplo muy apropiado de las contradicciones inherentes al capitalismo tan apreciadas por MARX. Y aquella misma tendencia constituiría, también, par el capitalista individual otra razón por la cual se sentiría obligado a acumular, aun cuando nuevamente ello tendría como efecto el empeoramiento de la situación de la clase capitalista considerada como un todo. Existiría, pues, una especie de compulsión a acumular en un proceso estacionario, el cual, como he dicho anteriormente, no podría alcanzar un equilibrio estable hasta que la acumulación hubiera reducido la plusvalía a cero y destruido así al propio capitalismo.

Sin embargo, existe otro factor mucho más importante y mucho más competente. En realidad, la economía capitalista no es ni puede ser estacionaria, ni tampoco se expansiona de manera uniforme. Está siendo constantemente revolucionada desde dentro por la acción de nuevas empresas, es decir, por la introducción de nuevas mercancías o de nuevos métodos de producción o de nuevas oportunidades comerciales en la estructura industrial existente en un momento dado. Todas las estructuras existentes y todas las condiciones en las cuales se desenvuelven los negocios se encuentran siempre en un continuo proceso de cambio. Todas las situaciones resultan alteradas antes de que hayan tenido tiempo de desarrollarse plenamente. El progreso económico, en la sociedad capitalista, equivale a agitación. Y, como tendremos ocasión de comprobar en la parte siguiente, en dicha agitación la competencia opera de una manera completamente diferente del modo como operaría en un proceso estacionario, aun cuando fuera perfectamente competitivo. Las posibilidades de ganancias a adquirir mediante la producción de nuevos artículos o mediante la producción de artículos viejos con métodos más económicos, se materializan constantemente y exigen también nuevas inversiones. Estos nuevos artículos y nuevos métodos compiten con los artículos antiguos y con los métodos antiguos y no en condiciones de igualdad, sino con una ventaja decisiva que puede entrañar la muerte de los últimos. Así es como tiene lugar el "progreso" en la sociedad capitalista. A fin de evitar una oferta por un precio inferior, todas las empresas acaban por sentirse obligadas a hacer lo mismo, a efectuar inversiones a su vez, y para poderlo hacer a invertir una parte de sus beneficios, es decir: a acumular. Y de este modo todos acumulan.

Ahora bien, MARX vio este proceso del cambio industrial con mayor claridad y comprendió su importancia fundamental en mayor proporción que cualquier economista de su tiempo. Esto no equivale a afirmar que comprendiera correctamente su naturaleza o que analizara correctamente su mecanismo. Para él dicho mecanismo no era más que la simple mecánica de las masas del capital. No poseía ninguna teoría aceptable de la empresa y su incapacidad para distinguir al capitalista del empresario, juntamente con una técnica teórica defectuosa, explican muchos casos de non sequitur y muchos errores. Pero la simple visión del proceso fue suficiente para muchos de los objetivos que MARX tenía ante sí. El non sequitur deja de ser una objeción fatal si la que no deriva del razonamiento de MARX puede hacerse derivar de otro razonamiento. Y aun los errores crasos y las interpretaciones equivocadas resultan redimidos por la corrección sustancial del razonamiento en sus líneas generales, en el cual se producen; singularmente pueden resultar inocuos para las fases ulteriores del análisis, que para el crítico incapaz de comprender esta situación paradójica aparecen condenadas sin remedio.

Antes hemos considerado un ejemplo en este sentido. Tomada tal como fue formulada la teoría marxista de la plusvalía es insostenible. Pero toda vez que el proceso capitalista produce constantemente ondas de ganancias temporales superiores a los costes, las cuales, aun cuando en forma netamente no marxista, pueden explicar otras teorías, el paso siguiente de MARX consagrado a la acumulación no resulta viciado completamente por sus errores previos. Análogamente MARX no explicó de manera satisfactoria esta obligación de acumular, tan esencial a su razonamiento. Pero no puede afirmarse que ello ocasione grandes daños, toda vez que, del modo que hemos indicado, es posible suministrar otra explicación, en la cual, entre otras cosas, la disminución de los beneficios queda encajada en el lugar que le corresponde. El tipo agregado del beneficio producido por el capital total industrial no es necesario que disminuya a largo plazo ni por la razón expuesta por MARX de que el capital constante aumenta en relación con el capital variable o por cualquier otra. Basta que, como hemos visto, el beneficio de cada empresa sea constantemente amenazado por la competencia real o potencial procedente de nuevas mercancías o de nuevos métodos de producción que antes o después transformarán aquel beneficio en una pérdida. Aquí encontramos la fuerza motora necesaria e incluso una analogía a la proposición de MARX de que el capital constante no produce plusvalía –porque ninguna unión singular de bienes de capital es una fuente eterna de plusvalía– sin tener que recurrir a aquellas partes de su razonamiento que son de dudosa validez.

Otro ejemplo lo suministra el eslabón siguiente de la cadena de MARX, su Teoría de la Concentración, es decir, su análisis de la tendencia del proceso capitalista a aumentar las dimensiones tanto de las instalaciones industriales como de las unidades de control. Todo lo que él ofrece como explicación, una vez despojado de su retórica, se reduce a la afirmación poco interesante de que "la batalla de la competencia se libra abaratando las mercancías", lo cual "depende, coeteris paribus, de la productividad del trabajo"; que esto depende, a su vez, de la escala de la producción; y que "los capitales grandes vencen a los pequeños". Todo esto se parece mucho a lo que dicen los manuales acerca de la cuestión, y no es muy profundo o admirable en sí mismo. En particular, es inadecuado por el énfasis exclusivo sobre la magnitud de los "capitales" individuales, mientras en su descripción de los efectos MARX se ve notablemente obstaculizado por su técnica, insuficiente para tratar el monopolio o el oligopolio.

Sin embargo, la admiración que muchos economistas que no pertenecen a su grey profesan por su teoría, no es injustificada. En primer lugar, predecir el advenimiento de las grandes empresas fue, teniendo en cuenta las condiciones reinantes en los días de MARX, un éxito indiscutible. Pero hizo más que esto. Con gran habilidad unió la concentración con el proceso de acumulación o, mejor dicho, consideró a la primera como una parte del último, y no sólo como parte de su estructura, sino también de su lógica. Percibió correctamente algunas de las consecuencias, por ejemplo, que "la dimensión creciente de las masas individuales de capital se convierte en la base material de una revolución ininterrumpida en las formas mismas del proceso productivo"; otras consecuencias las señaló en forma unilateral y desfigurada. Electrizó la atmósfera que circundaba al fenómeno sirviéndose de las dínamos de la lucha de clases y de la política; esto tan sólo habría bastado para situar su exposición del mismo muy por encima de los áridos teoremas económicos implicados, singularmente para gente carente de imaginación propia. Y lo que es más importante, pudo seguir avanzando, casi sin ser obstaculizado por la motivación inadecuada de los rasgos individuales de su exposición y por lo que al profesional resulta ser falta de cohesión en su razonamiento; porque después de todo estaban surgiendo los gigantes industriales y también la situación social que debían crear.

5. Dos cosas más complementarán el presente bosquejo: la teoría marxista de la Verelendung o, para emplear el equivalente que me he atrevido a adoptar, de la miserabilización, y su (de ENGELS) teoría del ciclo económico. En la primera parte, tanto el análisis como la visión fracasan irremediablemente; en la segunda, presentan un aspecto mucho más favorable.

MARX creyó, indudablemente, que en el transcurso de la evolución capitalista los salarios reales y el nivel de vida de las masas descenderían en los grupos mejor retribuídos, y no mejorarían en los peor retribuídos, y que esto tendría lugar no por circunstancias accidentales o derivadas del ambiente, sino en virtud de la misma lógica del proceso capitalista. Considerada como predicción fue singularmente infeliz, y los marxistas de todos los tipos se han esforzado al máximo para defenderse de la evidencia claramente desfavorable que tenían ante sí. Al principio, y en algunos casos aislados, incluso en nuestros días, desplegaron una tenacidad notable al tratar de salvar esa "ley" presentándola como una formulación de una tendencia efectiva corroborada por los estadísticas de salarios. Luego se hicieron tentativas para adjudicarle un significado distinto, es decir, afirmando que dicha ley no se refería al nivel de los salarios reales o a la cuota absoluta que va a la clase asalariada, sino a la parte relativa de las rentas de trabajo en la renta nacional total. Aun cuando algunos pasajes de MARX permiten interpretaciones como la anterior, no se puede negar que tales interpretaciones se oponen al significado de la mayoría de los mismos. Además, sería muy poco lo que se ganaría aceptando aquella interpretación, porque las principales conclusiones de MARX presuponen que la cuota absoluta per capita del trabajo deberá caer, o por lo menos no aumentar, si realmente hubiera pensado en la cuota relativa eso solamente habría servido para aumentar las dificultades del razonamiento marxista. Finalmente, la misma proposición seguiría siendo errónea, toda vez que la parte relativa de los jornales y salarios con respecto a la renta nacional varía muy poco de año en año y es notablemente constante en el tiempo sin que ciertamente revele tendencia alguna a disminuir.

Sin embargo, parece que exista otro camino para superar la dificultad. Puede darse el caso de que en nuestras series estadísticas periódicas no aparezca una tendencia –y que incluso, como ocurre en nuestro caso, muestren una tendencia opuesta– y, sin embargo, ser inherente al sistema estudiado la tendencia aludida, porque puede haber sido frenada por condiciones excepcionales. Esta es en realidad la línea de defensa elegida por los marxistas modernos. Las condiciones excepcionales se encuentran en la expansión colonial o, más generalmente, en el acceso a nuevos países durante el siglo XIX, que según la misma opinión habría dado lugar a un "período de veda" para las víctimas de la explotación. En la próxima parte tendremos ocasión de referirnos a esta cuestión. Mientras tanto señalaremos que los hechos dan, prima facie, cierto apoyo a este razonamiento, que a la vez es inobjetable desde el punto de vista lógico, y que, por lo tanto, podría resolver la dificultad si esa tendencia estuviera correctamente fundada en otros respectos.

Pero la verdadera dificultad estriba en que la estructura teórica de MARX es cualquier cosa menos firme en este sector: el fundamento analítico, al igual que ocurría con la visión, es defectuoso. Las bases de la teoría del "ejército industrial de reserva", es decir: la teoría de la desocupación originada por la mecanización del proceso productivo. Y la teoría del ejército de reserva se basa, a su vez, en la doctrina de RICARDO sobre la maquinaria. En ningún otro punto –a excepción, naturalmente, de la teoría del valor– puede advertirse una dependencia tan completa del razonamiento de MARX con respecto al de RICARDO, sin agregarle nada esencial. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la teoría del fenómeno solamente. MARX añadió, como siempre, algunos toques secundarios, por ejemplo, la feliz generalización, según la cual la sustitución de obreros especializados por obreros no calificados se incorpora al concepto de desocupación; también agregó una riqueza infinita de imágenes y de fraseología; y, lo que es más importante, añadió el marco impresionando constituido por el amplio trasfondo de su progreso social.

RICARDO se había sentido inclinado, en principio, a compartir la opinión, muy corriente en todas las épocas, de que la introducción de máquinas en el proceso productivo no podía dejar de contribuir a mejorar la situación de las masas. Cuando llegó a dudar de esa opinión o, por lo menos, de su validez general, procedió sin ambages a modificar su posición. También sin ambages se inclinó al otro lado al proceder del modo referido, y de acuerdo con su método habitual de suponer strong cases (ejemplos salientes), elaboró un ejemplo numérico, conocido por todos los economistas, para demostrar que las cosas podían ocurrir al revés de cuanto había creído primeramente. Con ello no quiso dar a entender, por una parte, que demostrara algo más que una mera posibilidad –aun cuando se tratara de una posibilidad no desprovista de probabilidades– o, por otra parte, que a largo plazo la mecanización dejara de reportar un beneficio neto para el trabajo a través de sus efectos ulteriores sobre el producto total, los precios, etc.

El ejemplo es correcto dentro de los límites de sus supuestos. Los métodos actuales, algo más refinados, confirman su resultado hasta el punto de que admiten la posibilidad que trató de establecer e igualmente la opuesta; pero van más allá en cuanto establecen las condiciones formales que determinan si se producirá una u otra de las consecuencias aludidas. Esto es, por supuesto, todo cuanto puede hacer la teoría pura. Para poder predecir los efectos reales son necesarios datos suplementarios. Pero para nuestro propósito el ejemplo de RICARDO presenta otro aspecto interesante. El consideró una empresa que posee una cantidad dada de capital y que emplea un número dado de obreros, y que decide dar un paso en el camino de la mecanización. De acuerdo con dicha decisión dedica un grupo de obreros a la tarea de construir una máquina que, una vez instalada, permitirá a la empresa prescindir de una parte de ese grupo. Los beneficios pueden continuar, eventualmente, siendo los mismos (después de que la concurrencia habrá operado los reajustes suficientes para eliminar toda ganancia temporal), pero los ingresos brutos habrán disminuido en la cantidad exacta de los salarios pagados previamente a los obreros que ahora han sido "dejados en libertad". La idea de MARX del reemplazo del capital variable (salarios) por el capital constante resulta casi una réplica exacta de la anterior formulación. El énfasis de RICARDO sobre el subsiguiente (redundancy) exceso de la población tiene, asimismo, un paralelo exacto en el énfasis puesto por MARX sobre el exceso (surplus) de la población, término que emplea como alternativo a la expresión "ejército industrial de reserva". La doctrina de RICARDO, como puede verse, resulta seguida fielmente al pie de la letra.

Pero lo que puede admitirse como aceptable cuando nos movemos dentro de las finalidades limitadas perseguidas por RICARDO, se convierte en totalmente insuficiente (en realidad se convierte en la fuente de otro non sequitur, que esta vez no es redimido por una visión correcta de las consecuencias finales) tan pronto como examinamos la superestructura que MARX edificó sobre tan frágiles fundamentos. Parece que en cierta medida él llegó a darse cuenta de eso. Porque con una energía que muestra en sí algo de desesperación se aferró al resultado pesimista obtenido por su maestro, supuestas determinadas condiciones, y lo hizo como si el último strong case fuera el único posible, y con energía aún más desesperada luchó contra los autores que habían desarrollado las implicaciones de la observación de RICARDO acerca de las compensaciones que la época de las máquinas podía ofrecer al trabajo, incluso cuando las consecuencias inmediatas de la introducción de maquinaria fueran dañinas (es decir, a los defensores de la teoría de la compensación, que todos los marxistas consideran con gran aversión).

MARX tenía abundantes razones para elegir ese camino, porque necesitaba urgentemente un fundamento firme para su teoría del ejército industrial de reserva que debía servir a dos propósitos de importancia fundamental, aparte de otros secundarios. En primer lugar, hemos visto que privó a su teoría de la explotación de lo que he denominado un puntual esencial, en virtud de su repugnancia, perfectamente comprensible en sí, a emplear la teoría malthusiana de la población. Aquel puntal o apoyo fue reemplazado por el ejército industrial de reserva, siempre presente, porque resulta creado continuamente. En segundo lugar, la visión particularmente restringida que adoptó del proceso de mecanización era imprescindible, puesto que tenía por finalidad el dar pie a las frases rimbombantes del capítulo XXXII del volumen primero de Das Kapital, las cuales, en cierto sentido, constituyen el final majestuoso que corona no sólo a aquel volumen, sino a la totalidad de la obra de MARX. Deseo citarlas literalmente –y con mayor extensión de la requerida por el punto discutido–, a fin de dar a mis lectores una impresión rápida del estilo de MARX, tan importante para explicar el entusiasmo de algunos y el desprecio de otros. Tanto si se trata de una reunión de cosas inexactas como si se trata del núcleo de la verdad profética, dichas frases son las siguientes:

"Paralelamente con esta centralización del capital o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla... la absorción de todos los países por la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter internacional de régimen capitalista. Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, de la esclavitud, de la degradación y de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número crece constantemente, y cada vez más disciplinada, unida y organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción, que ha surgido y florecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que son ya incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Suena el toque de agonía para la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados".

6. Es muy difícil valorar la contribución de MARX en el campo de los ciclos económicos. La parte realmente meritoria consiste en docenas de observaciones y comentarios, la mayor parte de los cuales son de naturaleza casual, que se encuentran dispersos en la mayor parte de sus obras, incluso en muchas de sus cartas. Las tentativas para reconstruir con tales membra disjecta un cuerpo que, sin embargo, no aparece nunca en carne y hueso y que tal vez no existió en la mente de MARX más que en una forma embrionaria, pueden fácilmente arrojar resultados diferentes según las manos que las emprendan y, además, resultar viciadas por la tendencia comprensible en el admirador de MARX a atribuir, mediante interpretaciones adecuadas, prácticamente todos los resultados de investigaciones posteriores aprobados por el propio admirador.

El tipo común de amigos y de adversarios nunca comprendió, ni lo comprende en la actualidad, la índole de la tarea que tiene ante sí el comentarista en virtud de la naturaleza caleidoscópica de la contribución de MARX a esa cuestión. Al ver que MARX se pronunciaba con tanta frecuencia sobre la misma, y que evidentemente era esencial para su tema fundamental, dieron por sentado que debía existir una teoría marxista de los ciclos, simple y clara, que pudiera ser derivada del resto de su lógica del proceso capitalista, del mismo modo como, por ejemplo, la teoría de la explotación surge de la teoría del trabajo. Por lo tanto, se dedicaron a encontrar dicha teoría, y es fácil imaginar lo que les sucedió.

Por una parte MARX elogia sin reserva –aun cuando sin apoyarse en motivos adecuados– el tremendo poder del capitalismo para desarrollar la capacidad productiva de la sociedad. Por otra parte, subraya incesantemente la miseria creciente de las masas. ¿No es la cosa más natural del mundo llegar a la conclusión de que las crisis o depresiones son debidas al hecho de que las masas explotadas no pueden adquirir todo cuanto el aparato productivo, siempre creciente, produce o está dispuesto a producir, y que por ésta y otras razones que no necesitamos repetir, el tipo del beneficio desciende al nivel de la bancarrota? De esta forma, y según el elemento que deseemos destacar, alcanzamos los confines de una teoría del subconsumo o de una teoría de la superproducción del tipo más despreciable.

La interpretación marxista ha sido clasificada, en efecto, entre teorías que explican las crisis por el subconsumo. Existen dos circunstancias que pueden ser invocadas al respecto. En primer lugar, la teoría de la plusvalía, y también en otras cuestiones, la afinidad doctrinal entre MARX y SISMONDI y RODBERTUS es obvia. Y estos últimos adoptaron también el criterio del subconsumo. No era descabellado inferir, pues, que MARX hubiera seguido la misma orientación. En segundo lugar, diversos pasajes en las obras de MARX, singularmente la breve explicación de las crisis contenida en el Manifiesto Comunista, se prestan indudablemente a esta interpretación, aun cuando algunas afirmaciones de ENGELS se presten en mucha mayor medida. Pero todo esto carece de importancia, toda vez que MARX, dando pruebas de excelente sentido, rechazó expresamente aquellas interpretaciones.

La realidad consiste en que no tenía una simple teoría de los ciclos económicos. Y no es posible obtener ninguna mediante la derivación lógica de sus "leyes" del proceso capitalista. Incluso si aceptamos su explicación de la aparición de la plusvalía y admitimos que la acumulación, la mecanización (aumento relativo del capital constante) y el exceso de población, que aumenta de manera inexorable la miseria de las masas, forman parte de una cadena lógica que termina en la catástrofe del sistema capitalista, incluso en este caso nos encontramos desprovistos de un factor que imprima una fluctuación cíclica al proceso y que explique la sucesión inmanente de prosperidades y depresiones. Sin duda siempre tenemos a nuestra disposición una cantidad abundante de accidentes e incidentes que pueden ser utilizados para suplir la falta de una explicación fundamental. Son los cálculos erróneos, las expectativas fallidas, y otros errores, olas de optimismo y de pesimismo, excesos especulativos y reacciones contra los excesos especulativos; existiendo además la fuente inagotable de los "factores externos". De todos modos, si el proceso mecánico de acumulación descrito por MARX continuara en proporción uniforme –y nada demuestra, en principio, que no pueda ser así–, el proceso que él describe podría también desarrollarse de manera uniforme; en cuanto se refiere a su lógica carece esencialmente de prosperidades y de depresiones.

Por supuesto esto no es necesariamente una desgracia. Muchos otros teóricos han sostenido y sostienen simplemente que las crisis tienen lugar siempre que funciona mal una pieza fundamental del sistema. Y tampoco fue una desventaja, porque liberó a MARX, por una vez, de la esclavitud de su sistema y le permitió considerar los hechos sin necesidad de forzarlos. En consecuencia, consideró una gran variedad de elementos más o menos relevantes. Por ejemplo, empleó de manera algo superficial la intervención del dinero en las transacciones de mercancías –y nada más– con la finalidad de invalidar la proposición de SAY acerca de la imposibilidad de una superproducción general; igualmente recurrió a la liquidez de los mercados monetarios para explicar los desarrollos desproporcionados hacia la dirección señalada por inversiones masivas en bienes de capital duraderos; y también acudió a móviles especiales como la apertura de mercados o la aparición de nuevas necesidades sociales para explicar aumentos repentinos en la "acumulación". Intentó, sin mucho éxito, convertir el aumento de población en un factor causal de las fluctuaciones. Observó, aun cuando no llegara realmente a explicarlo, que la escala de la producción varía y se expande de "improviso y a saltos" que son "el preludio de una contracción igualmente súbita". Con gran habilidad afirmó que "la superficialidad de la Economía Política se manifiesta en el hecho de que considera la expansión y la contracción del crédito, que son un simple síntoma de los cambios periódicos del ciclo industrial, como la causa del mismo". Y como es natural, el capítulo sobre incidentes y accidentes juega un gran papel en toda su descripción del fenómeno.

Todo eso es de sentido común y sustancialmente sólido. Encontramos prácticamente todos los elementos que siempre han sido tenidos en consideración en cualquier análisis serio de los ciclos económicos, y en conjunto un número muy escaso de errores. Además, no debe olvidarse que la simple percepción de la existencia de movimientos cíclicos fue una gran realización en aquella época. Muchos economistas anteriores a él tuvieron un presentimiento de los ciclos. Sin embargo, concentraron su atención sobre las bancarrotas espectaculares que generalmente fueron denominadas "crisis". Y no supieron ver dichas crisis en su justa perspectiva, es decir, bajo la luz del proceso cíclico, del cual son meros incidentes. Las consideraron, sin mirar más allá o más abajo, como desgracias aisladas que pueden tener lugar a consecuencia de errores, excesos, direcciones equivocadas o del funcionamiento defectuoso del mecanismo de crédito. Creo que MARX fue el primer economista que abandonó esa tradición y que anticipó –si prescindimos del complemento estadístico– la obra de CLEMENT JUGLAR. Aun cambio, hemos visto, no ofreció una explicación adecuada del ciclo económico, llegó a ver con claridad el fenómeno y a comprender una gran parte de su mecanismo. También, como JUGLAR, habló sin vacilar de un ciclo decenal "interrumpido por fluctuaciones menores". Estuvo intrigado por la causa responsable de la duración aludida del período cíclico, y consideró la idea de que pudiera tener alguna relación con la duración de las máquinas empleadas en la industria textil algodonera. Y se observan otros muchos signos de preocupación con relación al problema de las crisis; lo cual basta asegurarle un puesto preeminente entre los progenitores de la investigación moderna sobre los ciclos económicos.

Debemos recordar otro aspecto. En la mayor parte de los casos MARX empleó el término crisis en su sentido ordinario, refiriéndose a las crisis de 1825 o a la de 1847, como hicieron otros. Pero también lo empleó en un sentido diferente. Creyendo que la evolución capitalista acabaría algún día por quebrantar el marco institucional de la sociedad capitalista pensó que antes de que tuviera lugar su derrumbe, el capitalismo comenzaría a funcionar con fricciones en aumento, mostrando los síntomas de una enfermedad mortal. A esta frase, contemplada naturalmente como un período histórico más o menos prolongado, aplicó el mismo término, mostrándose dispuesto a vincular aquellas crisis recurrentes con esta crisis única del orden capitalista. Incluso llegó a sugerir que las primeras, en cierto sentido, podían ser consideradas como anticipaciones de la catástrofe final. Teniendo en cuenta que a muchos lectores esto podría parecer la clave de la teoría de MARX sobre las crisis, en sentido ordinario, es necesario señalar que los factores que según MARX ocasionarán la catástrofe final, no pueden, sin una buena dosis de hipótesis adicionales, ser considerados como causantes de las depresiones recurrentes, y que dicha clave no nos lleva más allá de la proposición trivial de que "la expropiación de los expropiadores" puede ser más fácil en un período de depresión que en un período de prosperidad.

7. Finalmente, la idea de que la evolución capitalista destruirá –o superará– las instituciones de la sociedad capitalista (Zusammenbruchstheorie, o teoría de la catástrofe inevitable) nos ofrece un último ejemplo de la combinación de un non sequitur con una visión profunda que ayuda a salvar el resultado.

Toda vez que la "deducción dialéctica" de MARX está basada en el aumento de la miseria y de la opresión que empujarán las masas a la rebelión, queda invalidada por el non sequitur que vicia el razonamiento llamado a demostrar el inevitable crecimiento de la miseria. Además, desde hace mucho tiempo algunos marxistas, ortodoxos en otros aspectos, comenzaron a dudar de la validez de la proposición de que la concentración del control industrial sea necesariamente incompatible con la "envoltura capitalista". El primera de ellos en expresar sus dudas mediante un razonamiento estructurado correctamente fue RUDOLF HILFERDING, uno de los dirigentes del importante grupo de neomarxistas, que realmente se inclinaron a la inferencia opuesta, es decir, que mediante la concentración el capitalismo pudiera adquirir mayor estabilidad. Dejando para la parte siguiente lo que tengo que manifestar sobre esta cuestión, diré que creo que HILFERDING va demasiado lejos, aun cuando no existe fundamento, como veremos, para la creencia de que las grandes empresas "se conviertan en un grillete impuesto sobre el proceso productivo", y aun cuando la conclusión de MARX no se desprende realmente de sus premisas.

Sin embargo, e incluso en el caso en que los hechos y los razonamientos de MARX fueran más defectuosos de cuanto lo son, su resultado podría ser verdadero en lo que se refiere a su simple afirmación de que la evolución capitalista destruirá los fundamentos de la sociedad capitalista. Creo que es así. Y no creo que sea una exageración calificar de profunda una visión en la cual dicha verdad apareció, sin duda, en 1847. Hoy día es un lugar común. El primero que la convirtió en un lugar común fue GUSTAV SCHMOLLER. Su Excelencia el Profesor Von SCHMOLLER, Consejero Privado y miembro de la Cámara de los Pares de Prusia, no respondía al tipo del revolucionario ni era propenso a las actitudes del agitador. Pero con gran tranquilidad afirmó la misma verdad: sin explicar el Porqué y el Cómo de la misma.

* * *

No creo preciso proceder a resumir detalladamente todo lo anterior. Aun cuando sea imperfecto nuestro bosquejo debe bastar dejar sentado: primero, que nadie que se atenga primordialmente al análisis puramente económico puede hablar de éxito absoluto; segundo, que nadie que se atenga primordialmente a las construcciones teóricas audaces puede hablar de fracaso absoluto.

En el tribunal que juzgue, teniendo en cuenta la técnica teórica, el veredicto ha de ser necesariamente desfavorable. Dicho tribunal podrá acusar justamente a MARX, considerado como técnico teórico, de haber empleado un aparato analítico que siempre había sido inadecuado y que en los días de MARX comenzaba a ser anticuado; de una larga lista de conclusiones que no se derivan o lo son erróneamente de sus premisas; de errores que una vez corregidos alteran inferencias esenciales, transformándolas a veces en sus opuestas.

Pero aun en ese tribunal se hace necesario matizar el veredicto, y ello por dos razones.

En primer lugar, aunque MARX se equivocó con frecuencia –a veces sin remedio–, sus críticos estuvieron muy lejos de acertar siempre. Y toda vez que entre ellos hubo excelentes economistas, este hecho debe ser señalado en su favor, singularmente porque no tuvo la oportunidad de replicarles él mismo.

En segundo lugar, es justo acreditar en favor de MARX las contribuciones que realizó, críticas y positivas, a una gran cantidad de problemas particulares. En un bosquejo como el presente no es posible enumerarlas, y menos aún hacerles justicia. Sin embargo, hemos aludido a algunas al examinar su tratamiento del ciclo económico. También he mencionado algunas que mejoraron nuestra teoría de la estructura del capital físico. Los esquemas que él elaboró en este terreno, aun cuando no sean irreprochables, han demostrado su eficacia en algunas obras recientes que en algunas de sus partes parecen completamente marxistas.

Pero, además, un tribunal de apelación –incluso si se limitara solamente a cuestiones teóricas– podría sentirse inclinado a revocar completamente aquel veredicto. Porque existe una contribución verdaderamente grande que puede ser opuesto a todas las deficiencias teóricas de MARX. A través de todo cuanto es erróneo o incluso no científico en su análisis, corre una idea fundamental que no es errónea ni anticientífica: la idea de una teoría, no simplemente de un número indefinido de moldes modelos individuales independientes o de la lógica de las cantidades económicas en general, sino de la continuidad real de aquellos modelos o del proceso económico a medida que se desarrolla, a impulsos de su propia fuerza motriz, en el tiempo histórico, produciendo en cada instante la situación que por sí misma determinará la situación siguiente. De este modo, el autor de tantos conceptos erróneos fue también el primero en percibir lo que aún hoy sigue siendo la teoría económica del futuro, para la cual estamos lenta y laboriosamente acumulando ladrillos y argamasa, hechos estadísticos y ecuaciones funcionales.

Y no sólo concibió esa idea, sino que intentó llevarla a la práctica. Todas las definiciones que desfiguran su obra deben, en virtud del gran propósito perseguido por sus razonamientos, ser juzgadas de manera distinta, incluso cuando, como sucede en algunos casos, no lleguen a ser totalmente redimidas por el mismo. Existe, sin embargo, una cosa de importancia fundamental para la metodología de la Economía que él llegó a realizar completamente. Los economistas siempre han trabajado directamente en el campo de la historia económica o bien han utilizado las obras históricas de otros. Pero los hechos de la historia económica quedaban relegados a un compartimento separado. Y entraban en la teoría, cuando lo hacían, simplemente para jugar el papel de ilustraciones o posiblemente de verificación de resultados. Se mezclaban con la teoría de una manera mecánica. En cambio, la mezcla obtenida por MARX es de carácter químico, por así decirlo; lo cual equivale a decir que introdujo los hechos histórico-económicos dentro del mismo razonamiento que permite alcanzar resultados. Fue el primer economista de primera línea que vio y enseñó sistemáticamente cómo la teoría económica puede ser convertida en análisis histórico y cómo la historia narrativa puede ser convertida en historie raisonnée. El problema análogo con respecto a la Estadística no llegó a resolverlo; pero en cierto sentido está implicado en el anterior. Esto permite también responder a la pregunta de hasta qué punto, en la forma explicada al final del capítulo precedente, la teoría económica de MARX consigue complementar su estructura sociológica. No lo consiguió; pero al fracasar, estableció a la vez un objetivo y un método.

Karl Marx e historia de la economia

- MARX, el maestro


Tenemos ahora ante nuestros ojos los principales componentes de la estructura marxista. ¿Qué diremos de la síntesis imponente en su conjunto? La pregunta no es superflua. Si existe un caso en el cual el todo es mayor que las partes, no es otro que el que consideramos. Además, la síntesis puede haber estropeado el trigo o haber utilizado tanto la paja, las cuales se encuentran presentes y mezclados en casi todos los pasajes, que el todo podría ser más verdadero o más falso que uno cualquiera de sus elementos tomado aisladamente. Finalmente, existe el Mensaje que se desprende únicamente del todo. De este último no diremos nada más. Cada uno de nosotros debe averiguar por sí mismo lo que para él significa.

Nuestra época protesta constantemente contra la inexorable necesidad de la especialización y en consecuencia reclama la síntesis, y más que en ninguna rama del saber en la de las ciencias sociales, en las cuales los elementos no profesionales existen en gran cantidad. Pero el sistema de MARX ilustra a la perfección el hecho de que aun cuando la síntesis pueda aportar nuevas luces, puede entrañar también nuevos grilletes.

Hemos señalado ya cómo se entremezclan en el razonamiento marxista, la Sociología y la Economía, al extremo de que, hasta cierto punto, no sólo en general, sino también en cuestiones de detalle llegan a fundirse. Los principales conceptos y proposiciones marxistas son a la vez económicos y sociológicos y toman un mismo sentido sobre los dos planes, admitiendo que, desde nuestro punto de vista, pudiéramos hablar de dos planos de razonamiento. Así, pues, la categoría económica "trabajo" y la clase social "proletariado" son, en principio, por lo menos, congruentes, y en la realidad idénticos. O la distribución funcional de los economistas, es decir: la explicación del proceso por el cual surgen las rentas como retribuciones a los servicios productivos, prescindiendo de la clase social a la que pueda pertenecer cualquier perceptor de dichas rentas, interviene en el sistema marxista solamente bajo la forma de la distribución entre clases sociales, y de ese modo adquiere una connotación distinta. Otro ejemplo lo proporciona el capital que en el sistema marxista sólo existe cuando se encuentra en manos de una clase capitalista específica. En manos de los obreros, las mismas cosas dejan de ser capital.

No puede existir ninguna duda acerca de la corriente de vitalidad que semejante procedimiento insufla al análisis. Los conceptos fantasmales de la teoría económica comienzan a respirar; los teoremas exangües se convierten en agmen, pulverem et clamorem, y sin perder sus cualidades lógicas dejan de ser una simple proposición sobre las propiedades lógicas de un sistema de abstracciones para convertirse en uno de los elementos de la paleta que utiliza el artista para pintar el caos de la vida social. Semejante análisis no sólo tiene por consecuencia la de ofrecer un significado mucho más rico de todo lo que describe el análisis económico, sino que abarca un campo mucho más amplio, introduciendo en el cuadro todas y cada una de las acciones de clase, prescindiendo de si dichas acciones de clase se acomodan o no a las normas ordinarias de la vida económica. Las guerras, las revoluciones, la legislación en general, los cambios en la estructura de los Gobiernos, en una palabra, todas las cosas que la economía no marxista considera simplemente como perturbaciones externas encuentran su sitio al lado de las inversiones en maquinaria o de los contratos colectivos de trabajo, por ejemplo; todo queda cubierto por un único esquema interpretativo.

Al mismo tiempo este procedimiento tiene sus deficiencias. Los sistemas conceptuales que son sometidos a un yugo de esa naturaleza suelen perder en eficiencia lo que ganan en vigor. El binomio trabajador-proletario puede servir de ejemplo significativo, aunque banal. En las doctrinas económicas no marxistas todas las retribuciones a los servicios personales participan de la naturaleza de los salarios, prescindiendo del hecho de que los perceptores de dichas retribuciones sean abogados destacados, estrellas de la pantalla, gerentes de empresas o barrenderos. Teniendo en cuenta que desde el punto de visto del fenómeno implicado todas estas retribuciones poseen muchos elementos en común, esta generalización no es ni útil ni estéril. Por el contrario, puede ser reveladora, incluso sobre el aspecto sociológico de las cosas. Pero al identificar trabajo y proletariado la obscurecemos, en realidad la eliminamos completamente del cuadro. Del mismo modo un teorema económico valioso puede, en virtud de su metamorfosis sociológica, resultar erróneo en vez de adquirir un significado más rico, y viceversa. Por lo tanto, la síntesis en general, y en particular la síntesis realizada según las directrices marxistas, puede desembocar fácilmente en un empeoramiento simultáneo de la Economía y de la Sociología.

La síntesis en general, es decir, la coordinación de los métodos y de los resultados obtenidos mediante procedimientos diferentes, constituye un arte muy difícil que muy pocos pueden realizar satisfactoriamente. Como consecuencia de ello, se intenta rara vez, y no es de extrañar que surja un clamor de los estudiantes a quienes se enseña únicamente a ver los árboles sueltos, reclamando el bosque. No se dan cuenta de que la dificultad se debe en parte a un embarras de richesse y que el bosque de la síntesis podría parecerse mucho a un campo de concentración intelectual.

La síntesis sobre las directrices marxistas, es decir, la coordinación del análisis económico y del análisis sociológico con la finalidad de encaminar todos los elementos hacia un único propósito, tiene evidentemente muchas probabilidades de tomar ese aspecto. El propósito –la historie saisonnée de la sociedad capitalista– es amplio pero el cuadro analítico no lo es. Es cierto que los hechos políticos y los teoremas económicos aparecen unidos íntimamente, pero la unión ha sido tan forzada, que ninguno de los elementos unidos pueden respirar. Los marxistas proclaman que su sistema resuelve todos los grandes problemas que se presentan como enigmas insolubles a todas las doctrinas económicas no marxistas; así es, pero lo logran mutilando aquellas problemas. Conviene examinar con detalle esta cuestión.

He dicho, hace un momento, que la síntesis de MARX comprende todos los hechos históricos –tales como guerras, revoluciones, cambios legislativos– y todas las instituciones sociales –tales como la propiedad, las relaciones contractuales, las formas de gobierno– que los economistas no marxistas se inclinan a tratar como factores perturbadores o como datos, lo cual equivale a decir que no se proponen explicarlos, sino tan sólo analizar sus modi operandi y sus consecuencias. Tales factores o datos son, naturalmente, necesarios a fin de delimitar los objetivos y los límites de un programa cualquier de investigación. Y si en alguna ocasión no son especificados expresamente, ello se debe a que se espera que todo el mundo sepa lo que son. El rasgo peculiar del sistema marxista consiste en que somete estos hechos históricos e instituciones sociales al proceso explicativo del análisis económico, o, para emplear la terminología técnica, que los trata no como datos, sino como variables.

De este modo las guerras napoleónicas, la guerra de Crimea, la guerra civil americana, la guerra mundial de 1914, la fronda francesa, la gran Revolución Francesa, las revoluciones de 1830 y 1848, el librecambismo británico, el movimiento obrero en conjunto, así como cualquiera de sus manifestaciones particulares, la expansión colonial, los cambios institucionales, la política nacional y la de los partidos en cada tiempo y en cada país; todo esto entra en el dominio de la economía marxista que pretende encontrar explicaciones teóricas en términos de lucha de clases, de intentos de explotación y de rebeliones contra dichos intentos, de acumulación y de cambio cualitativo en la estructura del capital, de cambios en el tipo de la plusvalía y en el tipo del beneficio. El economista no debe limitarse ya a dar respuestas técnicas a preguntas técnicas; su misión consistirá en revelar a la Humanidad el sentido oculto de sus luchas. La "política" deja de ser un factor independiente que puede y debe ser abstraído en una investigación sobre los fundamentos económicos y que, cuando aparece, desempeña, según las preferencias de cada cual el papel del niño travieso que maneja torpemente una máquina tan pronto como el ingeniero ha vuelto la espalda o el de un deus ex machina en virtud de la sabiduría misteriosa de una especie equívoca de mamíferos denominados deferentemente "estadistas". No; la misma política queda determinada por la estructura y situación del proceso económico y se convierte en un transmisor de efectos, dentro del campo de la teoría económica, como cualquier compra o venta.

Digamos, una vez más, que nada puede resultar más fácil de comprender que la fascinación ejercida por un razonamiento que llega a tal resultado. Y ello es particularmente comprensible en los jóvenes y también en los ciudadanos intelectuales de nuestro mundo periodístico, a quienes los dioses parecen haber otorgado el don de la juventud eterna. Febrilmente impacientes para entrar en liza, deseosos de salvar al mundo de esto o de aquello, descorazonados ante el tedio indescriptible que se desprende de los tratados teóricos, insatisfechos emocional e intelectualmente, e incapaces de alcanzar la síntesis por su propio esfuerzo, encuentran todo lo que deseaban en MARX. Es decir, la clave para desentrañar los secretos más recónditos, la varita mágica que permite explicar todos los hechos, grandes y pequeños. Se encuentran ante un esquema interpretativo que es simultáneamente –si se me permite por un momento caer en el hegelianismo– ultrageneral y ultraconcreto. Ya no necesitan sentirse apartados de los grandes acontecimientos de la vida; de repente pueden ver a través de las pomposas marionetas de la política y de los negocios lo que esas no podrán saber jamás. ¿Y quién podría censurarles si se consideran las alternativas restantes?

Sí, de acuerdo; pero aparte de eso, ¿en qué consisten los servicios prestados por la síntesis marxista? Quisiera saberlo. El humilde economista que describe la transición de Inglaterra al librecambio o las primeras realizaciones de la legislación inglesa del trabajo no es probable, ni nunca lo fue, que olvide mencionar las condiciones estructurales de la economía británica que condujeron a las citadas medidas políticas. Y si no lo hace en un curso o libro de teoría pura, eso sirve para que su análisis sea más claro y eficiente. La única aportación del marxista consiste en insistir sobre el principio y en suministrar una teoría, para su aplicación, singularmente estrecha y torcida. No cabe duda de que dicha teoría proporciona resultados, particularmente simples y definidos. Pero basta aplicarla sistemáticamente a casos individuales para sentirnos pronto cansados de la interminable repetición de palabras sobre la lucha de clases entre los propietarios y los que no lo son, y para darnos cuenta penosamente del carácter inadecuado o, pero aun trivial, del método; la primera reacción tiene lugar en quienes no suscriben el esquema subyacente; la segunda, en quienes lo aceptan.

Los marxistas poseen el hábito de destacar triunfalmente el éxito conseguido por el diagnóstico marxista acerca de las tendencias económicas y sociales que se suponen inherentes a la evolución del capitalismo. Como hemos visto anteriormente, esta pretensión posee cierto fundamento: MARX percibió con mayor claridad que ningún otro autor de su tiempo la tendencia hacia las grandes empresas, y no sólo eso, sino también algunas de las características de las situaciones subsiguientes. Hemos visto, también, que en este caso la visión ayudó al análisis, corrigiendo y remediando algunas de sus deficiencias, logrando una síntesis final más verdadera en su significado que los propios elementos constitutivos del análisis. Pero esto es todo. Y contra este acierto debe considerar el fracaso, debido simultáneamente a una visión equivocada y a un análisis defectuoso, de la predicción de una miseria creciente, sobre la cual se cimentaron tantas predicciones marxistas con relación a la evolución futura de los acontecimientos sociales. Aquel que confía en la síntesis global marxista para poder interpretar las situaciones y los problemas actuales sufre un grave riesgo de equivocarse totalmente. Y de esto parecen haberse dado cuenta muchos marxistas en nuestros días.

En particular los marxistas no tienen ningún motivo para enorgullecerse de la forma en que su síntesis permite interpretar la década 1930-1940. Cualquier período prolongado de depresión o de recuperación incompleta servirá para justificar cualquier predicción pesimista aparte de la marxista. En el caso considerado se ha creado una impresión contraria en virtud de los comentarios de los burgueses descorazonados y de los intelectuales excitados, cuyos temores y esperanzas sirvieron para extender un tinte marxista al ambiente. Pero ningún hecho real justifica un diagnóstico específicamente marxista, y menos aún la inferencia de que lo que hemos estado contemplando no haya sido una simple depresión, sino los síntomas de un cambio estructural del proceso capitalista, sino a los vaticinados por MARX. Porque, como veremos en la parte siguiente, todos los fenómenos registrados, tales como una desocupación superior a la normal, desaparición de las oportunidades de inversión, contracción de los valores monetarios, pérdidas, etc., cabe dentro del modelo conocido de los períodos de depresión grave, como los que existieron entre 1870 y 1890, a los cuales ENGELS dedicó unos comentarios que deberían servir, en nuestros días, de ejemplo para sus fogosos discípulos.

Dos ejemplos relevantes servirán para ilustrar a la vez los méritos y los deméritos de la síntesis marxista como instrumento analítico para la resolución de problemas.

Examinaremos, en primer lugar, la teoría marxista del Imperialismo. Las raíces de la misma se encuentran en la obra fundamental de MARX, pero ha sido desarrollada por la escuela neomarxista, que floreció en los dos primeros decenios del presente siglo, y que sin renunciar a la comunión de ideas con los viejos defensores de la fe, como KARL KAUTSKY, modificaron grandemente el sistema. Viena fue el hogar de dicha escuela, de la cual OTTO BAUER, RUDOLF HILFERDING y MAR ADLER fueron sus jefes. En el campo de la teoría del imperialismo su labor fue continuada, con ligeras variantes, por otros muchos, entre los cuales destacan ROSA LUXEMBURG y FRITZ STERNBERG. El razonamiento es el siguiente:

Toda vez que, por una parte, la sociedad capitalista no podría existir y que su sistema económico no podría funcionar sin la obtención de beneficios, y dado que, por otra parte, los beneficios son eliminados constantemente por el propio funcionamiento del sistema, el esfuerzo incesante para mantener dichos beneficios se convierte en la tarea principal de la sociedad capitalista. La acumulación, acompañada de modificaciones cualitativas en la composición del capital es, como hemos visto, un remedio que si bien de momento alivia la situación del capitalista, el capital, cediendo a la presión derivada del tipo decreciente de los beneficios (decrecimiento ocasionado, como se recordará, por dos factores: primero, el crecimiento del capital constante en relación con el capital variable, y segundo, porque si los salarios tienden a aumentar y las horas de trabajo disminuyen, el tipo de plusvalía se reduce), busca salidas o mercados en países donde exista aún mano de obra susceptible de ser explotada y en los cuales el proceso de mecanización no esté demasiado adelante. Así contemplamos una exportación de capitales hacia los países atrasados, que consiste esencialmente en una exportación de bienes de capital o de bienes de consumo empleadas para adquirir trabajo o para adquirir cosas con las cuales comprar trabajo. Pero se trata también de exportación de capitales en el sentido corriente de la expresión, toda vez que las mercancías exportadas no serán pagadas –inmediatamente por lo menos– con bienes, servicios o moneda del país importados. Y la operación se transforma en colonización si, con la finalidad de proteger las inversiones contra las reacciones hostiles del ambiente indígena –o si se prefiere contra las reacciones a la explotación y contra la concurrencia de otros países capitalistas, el país atrasado queda reducido al yugo de la dependencia política. Esto se realiza generalmente por medio de las fuerzas armadas suministradas por los propios capitalistas colonizadores o por el Gobierno de su país, que así responde a la definición que del mismo se da en el Manifiesto Comunista: "el poder ejecutivo en un Estado moderno es... un Comité encargado de administrar los intereses comunes de toda la burguesía". Como es natural dicha fuerza no será utilizada únicamente para tareas defensivas por el contrario, existirán conquistas, fricciones entre los países capitalistas y guerras fratricidas entre las burguesías rivales.

Otro elemento sirve para completar esta teoría del imperialismo, tal como se la formula habitualmente. Toda vez que la expansión colonial resulta motivada por una disminución del tipo de beneficio en los países capitalistas, dicho fenómeno debe tener lugar en las últimas fases de la evolución del capitalismo; los marxistas, en efecto, se refieren al imperialismo como de una fase, preferentemente la última fase, del capitalismo. Por lo tanto, debería coincidir con un elevado grado de control capitalista sobre la industria y con una declinación del tipo de competencia que caracterizó a los tiempos de las empresas medianas y pequeñas. El propio MARX no insistió demasiado en la tendencia resultante hacia la restricción monopolítica de la producción ni tampoco en la tendencia subsiguiente a la protección del coto doméstico de caza contra las incursiones de los cazadores furtivos provenientes de otros países. Probablemente fue un economista demasiado competente para confiar en ese tipo de razonamiento. En cambio, los neomarxistas se consideraron felices al poder utilizarlo. Así nos encontramos, no sólo ante otro estímulo para la política imperialista y otra fuente de hostilidades imperialistas, sino también, como subproducto, con una teoría de un fenómeno que no es necesariamente imperialista intrínsecamente: el del proteccionismo moderno.

Señalemos un nuevo inconveniente llamado a prestar buenos servicios al marxista cuando deba intentar la aplicación de dificultades ulteriores. Cuando los países subdesarrollados hayan sido desarrollados, la exportación de capital de la especie que hemos considerado, declinará. Puede existir entonces un período durante el cual la madre patria y la colonia intercambien, por ejemplo, productos manufacturados contra materias primas. Pero a la larga las exportaciones de los industriales acabarán por declinar, mientras que la concurrencia colonial se afirmará en la propia metrópoli. Las tentativas para retrasar la aparición de semejante estado de cosas ocasionarán nuevos motivos de fricción, esta vez entre cada viejo país capitalista y sus colonias, será la época de las guerras de independencia, etc. Pero en cualquier caso las puertas de las colonias se cerrarán para el capital doméstico de los beneficios domésticos mediante el recurso a tierras más ricas en el exterior. Entonces se pondrá pronosticar confiadamente la falta de mercados, el exceso de capacidad, paralización completa, y al final una sucesión regular de bancarrotas nacionales y otros desastres, incluso guerras mundiales provocadas por la desesperada situación capitalista. La Historia resulta sencillísima.

Esta teoría ofrece un buen ejemplo –probablemente el mejor– del modo en que la síntesis marxista intenta resolver problemas, adquiriendo a la vez un mayor prestigio. Todo el razonamiento se desarrolla partiendo de dos premisas fundamentales, firmemente insertas en los mismos cimientos del sistema: la teoría de las clases y la teoría de la acumulación. Una serie de hechos contemporáneos esenciales parecen quedar perfectamente explicados. Y todo el laberinto de la política internacional parece resuelto gracias a una única aplicación del poderoso instrumento analítico. Y vemos en el proceso por qué y cómo la acción de clase, permaneciendo siempre la misma desde el punto de vista intrínseco, adquiere la forma de una acción política o de una acción económica de acuerdo con las circunstancias que determinan tan sólo los métodos tácticos y la fraseología. Si, dados los medios y oportunidades a disposición de un grupo de capitalistas, resulta más provechoso negociar un préstamo, será negociado un préstamo. Si es más ventajoso hacer la guerra, se hará la guerra. La última alternativa posee los mismos títulos que la primera para ser incorporada a la teoría económica. Incluso el simple proteccionismo se desprende sin dificultad de la lógica inherente a la evolución del capitalismo.

Además, esta teoría aprovecha en grado máximo una propiedad que comparte con la mayor parte de los conceptos marxistas en el campo de lo que habitualmente se denomina economía aplicada. Dicha propiedad consiste en su estrecha alianza con los hechos históricos y contemporáneos. Probablemente ningún lector ha examinado mi resumen sin haber quedado sorprendido ante la gran cantidad de ejemplos históricos que han acudido a su mente en cada fase del razonamiento. ¿No ha oído hablar de la opresión de la mano de obra indígena por los europeos en muchas partes del mundo o de lo que, por ejemplo, sufrieron los indios de América Central y del Sur a manos de los españoles o de la caza y del comercio de esclavos o, finalmente, de las condiciones de vida de los coolíes?, ¿no ha tenido lugar siempre la exportación de capitales en los países capitalistas?, ¿no ha sido acompañada casi invariablemente por la conquista militar que sirvió para subyugar a los nativos y par luchar contra otras potencias europeas?, ¿acaso la colonización no ha poseído siempre un elemento militar sobresaliente, incluso cuando fue dirigida completamente por corporaciones económicas tales como la Compañía de las Indias Orientales o la Compañía Británica de África del Sur?, ¿qué mejor ejemplo podría haber deseado el propio MARX que CECIL RHODES y la Guerra de los Boers?, ¿no es obvio que las ambiciones coloniales fueron, por lo menos, un factor importante en los conflictos europeos a partir de 1700? En cuanto se refiere a nuestro tiempo, ¿quién no ha oído hablar, de una parte, de las repercusiones sobre Europa del desarrollo del capitalismo indígena en los trópicos? Y así sucesivamente. En cuanto al proteccionismo, bien, no puede ser más claro.

Pero es mejor proceder con cautela. Una verificación aparente por medio de casos favorables en apariencia, pero no examinados cuidadosamente, podría llevarnos a graves errores. Además, como sabe muy bien cualquier abogado o cualquier político, la insistencia enérgica sobre hechos conocidos contribuye de manera decisiva a llevar a un jurado o a un parlamento a aceptar también la interpretación que se desee dar a los mismos. Los marxistas han explotado esa técnica en grado máximo. En el caso que nos ocupa, resulta particularmente eficaz, toda vez que los hechos en cuestión gozan de la doble virtud de ser conocidos superficialmente por todos y de ser comprendidos profundamente por muy pocos. En realidad, y aun cuando no podamos proceder a una discusión detenida, basta un instante de reflexión para llegar a la conclusión de que "no es así".

En la próxima parte haremos algunas observaciones sobre la relación en que se halla la burguesía con respecto al imperialismo. Ahora examinaremos la cuestión de si, en el supuesto de que la interpretación marxista de la exportación de capital, colonización y proteccionismo fuera correcta, dicha interpretación sería también adecuada como teoría de todos los fenómenos en los que pensamos cuando empleados el término vago y equívoco de imperialismo. Por supuesto, es posible definir el imperialismo de tal modo que signifique exactamente lo que implica la interpretación marxista; y afirmar luego nuestro convencimiento de que todos aquellos fenómenos deben poderse explicar de acuerdo con la interpretación marxista. Pero en ese caso, el problema del imperialismo –siempre bajo el supuesto de que la teoría sea intrínsecamente correcta– sería "solucionado" sólo tautológicamente. Todavía sería necesario considerar si la interpretación marxista, o más generalmente, toda interpretación puramente económica, podrían dar una solución que no fuera tautológica. Sin embargo, no debemos preocuparnos por tal cuestión, toda vez que el terreno cede antes de llegar tan lejos.

A primera vista, la teoría parece ajustarse bastante bien a algunos casos. Los ejemplos más importantes son los relativos a las conquistas inglesas y holandesas en los trópicos. Pero en otros casos, tales como la colonización de Nueva Inglaterra, no muestran la misma adecuación. Incluso en los casos citados anteriormente no puede afirmarse que la teoría marxista del imperialismo los explique satisfactoriamente, toda vez que, evidentemente, no es suficiente señalar que el afán de lucro contribuyó a estimular la expansión colonial. Los neomarxistas no pretendieron sostener una perogrullada tan insignificante. Para que dichos casos puedan ser tenidos en cuenta en favor de su teoría, es necesario, también, que la expansión colonial se haya producido en la forma indicada, es decir, bajo la presión ejercida por la acumulación sobre el tipo de beneficios y, por lo tanto, como una característica del capitalismo decadente o, por lo menos, totalmente maduro. Pero los tiempos heroicos de la aventura colonial fueron precisamente los tiempos de un capitalismo primitivo e inmaturo, cuando la acumulación estaba en sus comienzos y cuando toda presión correlativa –singularmente, cualquier freno a la explotación del trabajo nacional– se hacía notar por su ausencia. Es cierto que el elemento del monopolio no estaba ausente; por el contrario, era mucho más evidente que en nuestros días. Pero eso solamente sirve para subrayar lo absurdo de una construcción teórica que hace del monopolio y de la conquista de territorios coloniales las propiedades específicas de un capitalismo llegado a sus últimas fases.

Por otra parte, el otro pilar de la teoría –la lucha de clases– no se encuentra en mejor situación. Sería necesario llevar antiparras para concentrar la atención sobre este aspecto de la expansión colonial que difícilmente ha desempeñado algo más que un papel secundario, e interpretar en términos de lucha de clases un fenómeno que precisamente suministra algunos de los ejemplos más destacados de la cooperación entre las clases. Se trató tanto de un movimiento orientado hacia salarios más elevados como lo fue hacia beneficios más altos, y a largo plazo favoreció ciertamente en mayor producción al proletariado que a los intereses capitalistas, en parte como consecuencia de la explotación del trabajo indígena. Pero no deseo, ahora, insistir sobre sus efectos. La cuestión esencial es la de que sus causas han tenido muy poco que ver con la lucha de clases, y que no guardan mayor relación con la estructura de las clases que la implicada en la dirección de las tareas coloniales por individuos y grupos pertenecientes a la clase capitalista o que ascendieron a la misma en virtud de la propia expansión colonial. Pero si nos desprendemos de las antiparras y dejamos de considerar la colonización o el imperialismo como simples episodios en la lucha de clases, el residuo resultante tiene muy poco de específicamente marxista. Cuanto dijo ADAM SMITH sobre esta cuestión, posee igual validez, y en realidad, incluso, una validez superior.

El subproducto, es decir, la teoría neomarxista del proteccionismo moderno, sigue aún en pie. La literatura clásica está llena de invectivas contra los "intereses siniestros" –representado en aquella época, aunque no totalmente, por los intereses agrarios– que al reclamar protección cometieron un crimen imperdonable desde el punto de vista del bienestar colectivo. Los clásicos poseyeron, pues, una teoría causal del proteccionismo bien construida –y no sólo una teoría de sus efectos– a la cual si le añadimos los intereses proteccionistas de las grandes empresas modernas, nos lleva todo lo lejos que se puede ir razonablemente. Los economistas modernos, simpatizantes con MARX, deberían estar realmente mejor enterados cuando afirman que ni siquiera en nuestros días sus colegas burgueses ignoran la relación existente entre la tendencia hacia el proteccionismo y la tendencia hacia las grandes unidades de control, aún cuando los citados colegas no crean necesario repetir constantemente un hecho tan evidente. Eso no quiere decir que los clásicos y sus sucesores estén en lo cierto en lo que se refiere al proteccionismo: su interpretación fue, y sigue siendo, tan unilateral como lo fue la de MARX, aparte de los frecuentes errores en que incurrieron al enjuiciar las consecuencias del fenómeno y los intereses aplicados en el mismo. Pero por lo menos desde hace cincuenta años han considerado el elemento monopolístico asociado al proteccionismo y lo han analizado en la misma proporción que lo hicieron los marxistas, lo cual no tiene nada de extraño si se tiene en cuenta el carácter obvio del descubrimiento.

Además, y desde un punto de vista muy importante, superaron la teoría marxista. Cualquiera que fuese el valor de su doctrina económica –incluso puede que no fuera muy elevado– se mantuvieron en general fieles a la misma. Lo cual en este caso fue una ventaja. La tesis según la cual gran parte de las tarifas protectoras deben su existencia a la presión de las grandes empresas que desean utilizarlas para mantener los precios interiores a un nivel más elevado del que alcanzarían sin las mismas, y posiblemente para poder vender a menor precio en el extranjero, es vulgar pero correcta, aún cuando ninguna tarifa se haya establecido total o principalmente por dicho motivo. Es la síntesis marxista lo que la convierte en inadecuada o errónea. Resulta inadecuada si nuestro propósito consiste simplemente en comprender todas las causas e implicaciones, políticas, sociales y económicas del proteccionismo moderno. Por ejemplo, el constante apoyo prestado por el pueblo americano a la política proteccionista, cada vez que tuvo oportunidad de expresar su opinión, se explica no por inclinación a las grandes empresas ni por el dominio de éstas, sino por el deseo ferviente de construir y conservar un mundo propio, sustrayéndolo a todas las vicisitudes que afectan al resto del mundo. Una síntesis que no tenga en cuenta tales elementos del caso, no debe figurar en el activo: su puesto está en el pasivo de la ciencia. Pero si nuestro deseo consiste en reducir todas las causas e implicaciones del proteccionismo moderno, cualesquiera que puedan ser, al elemento monopolístico de la industria moderna como única causa causans, y si formulamos la tesis en este sentido, entonces ésta se convierte en errónea. Las grandes empresas han conseguido aprovechar el sentimiento popular e incluso lo han fomentado; pero es absurdo afirmar que lo han creado. Una síntesis que lleva a semejante resultado –deberíamos decir con mayor propiedad que postula semejante resultado– es peor que la carencia de toda síntesis.

La cuestión empeora infinitamente si, dejando aparte la realidad y el sentido común, llevamos la teoría de la exportación de capitales y de la colonización a un plano en el cual pretenda convertirse en la explicación fundamental de la política internacional, reducida a una lucha entre los grupos monopolísticos capitalistas entre sí, de una parte, y de otra a la lucha de cada uno de ellos con su propio proletariado. Semejantes divagaciones pueden servir eficazmente al propósito de redactar panfletos políticos, pero en sustancia significan que los cuentos de hadas no son un monopolio de la economía burguesa. En realidad, las grandes empresas –o las haute finances desde los FUGGERS a los MORGANS– han ejercido una influencia muy escasa sobre la política internacional y en la mayor parte de los casos en los cuales la gran industria como tal, o los intereses bancarios como tales, han tenido ocasión de intervenir, su diletantismo ingenuo les ha llevado a grandes fracasos. Las actitudes de los grupos capitalistas hacia la política de sus naciones, consisten principalmente en la adaptación más que en la influencia, y esto es más cierto aún en nuestros días. Por otra parte, dependen en una proporción sorprendente de las consideraciones a corto plazo igualmente extrañas a los planes construidos detenidamente y de los intereses de clase "objetivos" y definidos. Acerca de este punto el marxismo degenera en la formulación de supersticiones populares.

Existen otros ejemplos análogos en todas las partes de la estructura marxista. Para referirnos a uno solamente, la definición de la naturaleza de los gobiernos contenida en el Manifiesto Comunista, citada más arriba, contiene ciertamente una parte de verdad. En muchos casos esa verdad bastará para explicar ciertas actitudes gubernamentales con respecto a las manifestaciones más aparentes de los antagonismos de clase. Sin embargo, en la misma proporción en que la teoría comprendida en dicha definición es verdadera, es también trivial. Lo único que importa es considerar el Porqué y el Cómo en la inmensa mayoría de los casos en los cuales la teoría no queda confirmada por la experiencia o incluso cuando resulta confirmada, fracasa en el intento de describir correctamente la conducta real de los "comités encargados de administrar los intereses comunes de la burguesía". Como es natural, también en este caso es posible convertir a la teoría en tautológicamente cierta o verdadera, toda vez que no existe política alguna (exceptuando la de exterminar a la burguesía) que no pueda ser interpretada como el propósito de servir a algún interés burgués económico o extraeconómico, a corto o a largo plazo, por lo menos en el sentido de que se dicta para prevenir males superiores. Sin embargo, con ello no añadimos ningún valor a la teoría. Pero volvamos a nuestro segundo ejemplo relativo al valor de la síntesis marxista como instrumento para resolver problemas concretos.

La característica del Socialismo Científico (que según MARX le distingue del Socialismo Utópico) consiste en la prueba de que el Socialismo es inevitable al margen de las decisiones o de los deseos de la humanidad. Como hemos observado anteriormente, esto equivale a afirmar que en virtud de su propia lógica, la evolución del capitalismo tiende a destruir la sociedad capitalista y a crear la sociedad socialista. ¿En qué medida ha conseguido MARX la demostración de dichas tendencias?

En cuanto se refiere a la tendencia hacia la autodestrucción, ya hemos dado nuestra respuesta. La tesis según la cual la economía capitalista se derrumbará por razones estrictamente económicas, no fue demostrado por MARX, como lo prueban, por ejemplo, las objeciones de HILFERDING. En efecto, por una parte, varias de sus proposiciones acerca de la evolución futura, que son esenciales a su razonamiento ortodoxo, especialmente la que se refiere al incremento inevitable de la miseria y de la opresión, son insostenibles; de otra parte, el derrumbamiento del orden capitalista no se desprendería necesariamente de dichas proposiciones ni siquiera en el caso de que fueran ciertas. Pero, en cambio, MARX vio correctamente otros factores de la situación que tienden a producir el proceso capitalismo, y lo mismo ocurre en cuanto al resultado final, como espero poder demostrar. Con respecto al resultado final, puede ser necesaria la sustitución del nexo marxista por otro, y en tal caso el término "derrumbamiento" podría convertirse en equívoco, especialmente si se le interpreta como un derrumbamiento debido al fracaso del mecanismo de la producción capitalista; pero esto no afecta a la esencia de la doctrina, pese a las modificaciones que pueda determinar en su formulación y en varias de sus implicaciones.

En cuanto se refiere a la tendencia hacia el Socialismo, debemos observar, en primer lugar, que se trata de un problema distinto. El orden capitalista u otro orden cualquiera pueden, evidentemente, derrumbarse o ser superados por la evolución económica y social –sin que el ave fénix socialista deba necesariamente surgir de sus cenizas–. Puede sobrevenir el caos y, a menos que definamos al Socialismo como cualquier alternativa no caótica del capitalismo, existen otras posibilidades. El tipo particular de organización social que el marxismo ortodoxo medio parece haber previsto –por lo menos antes de la aparición del bolcheviquismo– no es más que una entre las muchas posibilidades existentes.

El propio MARX, al propio tiempo que se abstenía prudentemente de describir detalladamente la sociedad socialista, destacó las condiciones de su aparición: de una parte, la presencia de unidades gigantescas de control industrial –las cuales, evidentemente, facilitarían en gran medida la socialización– y, de otra parte, la presencia de un proletariado oprimido, esclavizado, explotado, pero también muy numeroso, disciplinado, unido y organizado. Este planteamiento contiene una sugerencia clara acerca de la forma que habrá de revestir la batalla final, es decir, la fase agua del conflicto secular entre las dos clases, que entonces se enfrentarán por última vez. También sugiere algo acerca de los acontecimientos subsiguientes; sugiere la idea de que el proletariado como tal "asumirá el mando" y, mediante su dictadura, pondrá fin a "la explotación del hombre por el hombre", estableciendo una sociedad sin clases. Si nuestro propósito consistiera en demostrar que el marxismo pertenece al grupo de las creencias en el advenimiento de un milenio mítico, nos bastaría considerar lo que acabamos de decir. Pero como nuestro interés reside no en la profecía sino en las cualidades de una predicción científica, no podemos darnos por satisfechos. SCHMOLLER se situó sobre un terreno mucho más sólido, toda vez que aún renunciando a entrar en detalles, concibió el proceso como uno de burocratización progresiva, nacionalización, etc., que desembocaría en un socialismo estatal, lo cual (nos guste o no) reviste por lo menos un significado concreto. En cambio, MARX no logra convertir la posibilidad del socialismo en una certeza, ni siquiera si admitimos totalmente su teoría del derrumbe; si negamos su teoría del derrumbe, entonces el fracaso no puede evitarse a fortiori.

En ningún caso, sin embargo –tanto si aceptamos el razonamiento de MARX como si aceptamos otro cualquiera– se realizará automáticamente el orden socialista; incluso en el supuesto de que la evolución del capitalismo originara todas las condiciones necesarias para ello en la forma más marxista posible, sería imprescindible una acción directa para la consecución del orden citado. Por supuesto, esto está de acuerdo con la doctrina de MARX. La revolución no fue para él más que el ropaje con que su imaginación revestía semejante acción directa. Su énfasis sobre la violencia es comprensible en alguien que había experimentado, durante los años de su formación, toda la agitación que se desprendió de los sucesos de 1848, y que aún siendo capaz de despreciar la ideología revolucionaria, no llegó a desembarazarse completamente de ella. Además, la mayor parte de su auditorio no habría prestado atención a un mensaje en el que retumbara el sonido sagrado de las trompetas del Juicio Final. Finalmente, aun cuando no dejó de considerar la posibilidad de una transición pacífica, por lo menos en el caso de Inglaterra, es posible que no la considerara probable. En su época no era nada fácil verlo, y la dificultad era mayor todavía debido a su concepción de las dos clases dispuestas en orden de batalla. Su amigo ENGELS llegó al extremo de estudiar táctica militar. Pero incluso admitiendo que la revolución pueda relegarse al departamento de cosas accesorias, la necesidad de una acción directa subsiste todavía.

Semejante consideración debería bastar para resolver el dilema que ha dividido a sus discípulos: ¿revolución o evolución? Si he interpretado correctamente el pensamiento de MARX, la respuesta no es difícil. Para él la evolución era la madre del socialismo. Estaba demasiado imbuido del sentido de la lógica inherente a los hechos sociales para creer que la revolución pudiera reemplazar cualquier fase de la tarea de la evolución. Sin embargo, en su cuadro surge la revolución; pero lo hace tan sólo para permitir que escriba la conclusión bajo una serie completa de premisas. Por lo tanto, la revolución marxista difiere enteramente, en su naturaleza y en su función, de las revoluciones inspiradas por los radicales burgueses y por los conspiradores socialistas. Se trata de un fenómeno que tiene lugar en la plenitud de los tiempos. Es cierto que los discípulos de MARX que disientan de esta conclusión, y especialmente de su aplicación al caso de Rusia pueden recurrir a numerosos pasajes en los libros sagrados que parecen desmentirla. Pero en dichos pasajes es el propio MARX quien contradice sus pensamientos más profundos y maduros, que se desprenden inequívocamente de la estructura analítica de Das Kapital y –como debe ocurrir con todo pensamiento inspirado por un sentido de la lógica inherente de las cosas– que lleven a consecuencias netamente conservadoras, a pesar del brillo fantástico de gemas dudosas. Y, después de todo, ¿por qué no? Ningún razonamiento serio ha servido jamás para apoyar incondicionalmente a un "ismo" cualquiera. Afirmar que MARX, despojado de su fraseología, admite una interpretación en sentido conservador, quiere decir simplemente que puede ser tomado en serio.

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(1) La naturaleza religiosa del marxismo explica también la actitud característica del marxista ortodoxo hacia sus adversarios. Para él, como para cualquier creyente en una fue, el adversario no sólo yerra, sino que peca. Las disensiones son censuradas, no sólo desde el punto de vista intelectual, sino también desde el punto de vista moral. No pueden admitirse excusas una vez que el Mensaje ha sido revelado.

(2) Esto puede parecer tal vez una exageración. Pero considérense las citas siguientes extraídas de la traducción inglesa: "La burguesía... ha sido la primera en demostrar lo que puede conseguir la actividad humana. Ha realizado maravillas que superan las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas. La burguesía... atrae a todas las naciones... hacia la civilización... Ha creado enormes ciudades... rescatando de ese modo a una considerable parte de la población de la idiotez (sic!), de la vida rural... La burguesía, durante su reinado de apenas un siglo, ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que las creadas por todas las generaciones anteriores reunidas". Obsérvese que todas las realizaciones consideradas son atribuidas a la burguesía solamente, que es más de lo que muchos economistas netamente burguesas se atreverían a afirmar. Es esto cuanto he querido decir en la frase del texto, lo cual difiere notablemente de las opiniones del marxismo vulgar de nuestros días o de las actitudes que arrancan de VEBLEN y que muestran muchos radicales modernos no marxistas.

(3) Publicada por vez primera en el violento ataque a la obra de PROUDHON, Philosophie de la Misère, titulado Das Elend der Philosophie, 1847. Otra versión fue incluída en el Manifiesto Comunista, 1848.

(4) Lo anterior se refiere a las investigaciones de WEBER en el campo de la sociología de las relaciones y especialmente a su famoso estudio Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus, reimpreso en la edición de sus obras completas.

(5) Muchos escritores socialistas, aparte de MARX, han aceptado ciegamente el valor interpretativo del elemento de la fuerza y del control sobre los medios físicos de ejercer la fuerza. FERDINAND LASSALLE, por ejemplo, no encuentra más argumentos para explicar la autoridad gubernamental más allá de los cañones y de las bayonetas. Ha sido para mí siempre una fuente de asombro que tantos individuos hayan permanecido ciegos frente a la debilidad de semejante sociología y el hecho de que sería, evidentemente, mucho más correcto decir que el poder lleva al control de los cañones (y sobre los hombres dispuestos a usarlos) que afirmar que el control de los cañones origina el poder.

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 11 - 98.