jueves, 21 de septiembre de 2017

John Maynard Keynes | 1883 - 1946



Este artículo, sobre John Maynard Keynes, cuyo autor es el economista J. A. Schumpeter, se publicó en The American Economic Review, Vol. XXXVI, n.º 4, en septiembre de 1946.

El economista Keynes

J. A. Schumpeter, sobre John Maynard Keynes

En su brillante ensayo sobre los antepasados de VILLIERS (1), KEYNES reveló un sentido de la importancia de la aptitud hereditaria –de la gran verdad, para usar la frase de KARL PEARSON de que la aptitud se manifiesta por grupos– que encaja difícilmente con el cuadro que mucha gente ha trazado de su mundo intelectual. La inferencia obvia que se desprende de su sociología viene reforzada por el hecho de que en sus ensayos biográficos fue capaz de destacar el fondo ancestral con cuidado exquisito. Por dicha razón él habría comprendido perfectamente mi pesar por no ser capaz, por falta de tiempo, de considerar los más remotos antecesores de KEYNES. Esperemos que alguien llevará a cabo esta tarea y contentémonos, aquí, con una referencia a sus padres, llena de admiración. Nació el 5 de junio de 1883, hijo primogénito de FLORENCE ADA KEYNES, hija del reverendo JOHN BROW, D. D., y de JOHN NEVILLE KEYNES, bibliotecario de la Universidad de Cambridge; su madre fue una persona de aptitud y encanto completamente excepcionales, y llegó a ser en una ocasión alcaldesa de Cambridge; su padre, conocido de todos nosotros como lógico eminente y como autor, entre otras cosas, de una de las mejores metodologías de la Economía (2).

- Los inicios de Keynes


Permítasenos señalar el ambiente académico-eclesiástico que rodeó en sus comienzos al sujeto del presente ensayo. Las implicaciones de dicho ambiente –tanto las cualidades típicamente británicas del mismo como el elemento mobiliario que contiene– resultan todavía más claras cuando añadimos dos nombres: Eton y el King's College de Cambridge. La mayor parte de nosotros somos profesores, y los profesores son propensos a exagerar la influencia formativa de la enseñanza. Pero nadie se atreverá a reducirla a cero. Además, nada demuestra que la reacción de JOHN MAYNARD fuera cualquier otra cosa que positiva. Parece también que durante su carrera académica disfrutó de muchos éxitos (3). En 1905 fue elegido presidente de la Unión de Cambridge. En el mismo año obtuvo la calificación de duodécimo "Wrangler" en su examen de Matemáticas.

Conviene que los teóricos no olviden la última distinción, la cual no puede ser alcanzada sin poseer cierta aptitud para las Matemáticas y sin haber realizado un duro esfuerzo, duro esfuerzo que basta después para facilitar a un hombre que se ha disciplinado de tal modo para adquirir y dominar cualquier técnica más avanzada que desee perder. Así reconocerán la mentalidad matemática que se encuentra en la base de la parte puramente científica de la obra de KEYNES, y tal vez, también, las huellas de un aprendizaje semiolvidado. Y algunos de ellos podrán preguntarse las razones por las cuales se mantuvo alejado de la corriente de la economía matemática que alcanzó un primer momento de esplendor exactamente cuando él, por vez primera, entró en escena. No es esto todo. Aun cuando nunca fue definitivamente hostil a la economía matemática –incluso aceptó la presidencia de la "Econometric Society"–, no arrojó nunca el peso de su autoridad en la balanza. Los consejos que dio al respecto fueron casi siempre invariablemente negativos. En ocasiones su opinión, expresada en conversaciones privadas, revelaba algo muy cercano a la antipatía.

No es preciso ir muy lejos para encontrar una explicación. Las realidades más considerables en economía matemática pertenecen al campo que en todos los ramos del saber se denomina "ciencia pura". Los resultados alcanzados tienen poca significación –como ocurre en cualquier caso– sobre las cuestiones prácticas. Y fueron precisamente las cuestiones políticas las que monopolizaron absolutamente las brillantes aptitudes de KEYNES. Sin embargo, era demasiado culto y demasiado inteligente para despreciar las sutilezas de la Lógica. Hasta cierto punto le atraían; más allá de dicho punto procuraba soportarlas; pero más allá de un límite que no tardaba demasiado en alcanzar perdía la paciencia. L'art pour l'art no formó parte de su credo científico. Si en otros aspectos fue un progresista, no lo fue en cuanto se refiere al método analítico. Tendremos ocasión de ver que esta característica subsiste también en otros aspectos independientes del empleo de las Matemáticas superiores. Si el fin le parecía suficientemente justificativo, no rehusaba recurrir a argumentos tan crudos como los de Sir THOMAS MUN.


- ¿Por qué no emprendió Keynes la carrera política?


Un inglés que llegaba a la mayoría de edad, procedente de Eton y de Cambridge, que estaba apasionadamente interesado en la política de su patria, que había conquistado la presidencia de la Unión de Cambridge en el año simbólico de 1905, que marcaba el fin de una época y el comienzo de otra (4), ¿por qué no emprendió la carrera política?, ¿por qué en vez de ello fue al "India Office"? En la decisión que adoptó entraron muchos pros y contras, el dinero entre ellos, pero existe un aspecto en la misma que es esencial señalar. Bastaba un ahora de conversación con KEYNES, para que cualquier persona descubriera que era el menos político de los hombres. El juego político, como tal juego, no le interesaba más de cuanto pudieran interesarle las carreras de caballos, o la teoría pura per se. Dotado de cualidades completamente excepcionales para el debate y la polémica y con una aguda percepción de los valores tácticos, no sucumbió, sin embargo, a la atracción –en ningún país tan poderosa como lo es en Inglaterra– del mundo de los cargos políticos. Un partido significaba poco o nada para él. Siempre estuvo dispuesto a cooperar con cualquier decidido a apoyar las medidas que él propugnaba, y también a olvidar cualquier choque una vez pasado. En cambio no estaba dispuesto a colaborar en otros términos, y mucho menos a someterse a cualquier jefatura. Sus adhesiones fueron adhesiones a las medidas adoptadas, y no a individuos o a grupos. Y si fue poco respetuoso con las personas, menos lo fue con los credos, ideologías y banderas.

Entonces, ¿no reunía las condiciones ideales para desempeñar el papel de funcionario civil, naturalmente idóneo para llegar a ser uno de aquellos grandes y permanentes Subsecretarios de Estado, cuya influencia discreta ha pesado tanto en la formación de la historia reciente de Inglaterra? Creo que servía para cualquier cosa menos para esto. No le gustaba la política, y aún menos la labor paciente y rutinaria, mediante la cual, y con buenas maneras, es posible domesticar a aquella bestia salvaje y refractaria que es el político. Y fueron, precisamente, estas dos propensiones negativas, la aversión a la arena política y la aversión a la burocracia, las que le empujaron hacia desempeñar el papel para el cual poseía aptitudes innatas, y para el cual encontró rápidamente la forma que se adaptaba a la perfección, sin abandonarlo ya en toda su vida. Sea cual sea nuestra opinión acerca de las leyes psicológicas que formuló más tarde, debemos señalar que desde su juventud logró comprenderse perfectamente a sí mismo. Esta es, en efecto, una de las principales claves de su éxito –y también el secreto de su felicidad, porque, si no me equivoco rotundamente, su vida fue una vida eminentemente feliz–.

Después de dos años en el "India Office" (1906-1908), regresó a su Universidad, aceptando el cargo de fellow en el King's College (1909), situándose rápidamente entre sus colegas de Cambridge. En sus clases profesó la doctrina netamente mashalliana, centrado en el Libro V de los Principles, la doctrina que llegó a dominar como pocos pudieron hacerlo, y con la cual permanecería identificado en los veinte años siguientes. Guardo en mi memoria la imagen que ofrecía, por aquel entonces, a un visitante ocasional de Cambridge, la imagen de un joven profesor, enjuto, de expresión ascética, con mirada relampagueante, absorto y tremendamente serio, vibrando a impulsos de una impaciencia reprimida, un formidable polemista que nadie podía ignorar, que todos respetaban y que algunos amaban. El desarrollo de su fama queda registrado por el hecho de que ya en 1911 fuera nombrado director del Economic Journal, para suceder al primer director EDGEWORTH. Esta posición clave en el mundo de la Economía, la ocupó sin interrupción y sin desmayar en su ardiente celo hasta la primavera de 1945. Considerando la duración de su cargo y las demás ocupaciones que atrajeron su atención, su actuación como director de la revista fue verdaderamente notable, y, en realidad, casi increíble. Y no se trata tan sólo de que orientara la marcha general del Journal y de la "Royal Economic Society", de la cual fue secretario. Hizo mucho más que esto. Muchos artículos nacieron a consecuencia de sus sugerencias; todos fueron objeto de su atención y de sus críticas, que iban desde las ideas y los hechos contenidos hasta las cuestiones de puntuación. Todos conocemos los resultados, sobre los cuales cada uno de nosotros posee, indudablemente, su propia opinión. Pero creo que expreso la opinión de todos nosotros afirmando que, considerada globalmente, la labor de KEYNES como director no tiene rival desde que DUPONT DE NEMOURS dirigió las Ephémérides.

La labor realizada en el "Indian Office" no fue más que un aprendizaje, incapaz de dejar huellas abundantes en una mente menos fértil. Constituye una muestra altamente reveladora, no sólo del vigor, sino también del tipo de talento de KEYNES, que aquella tarea fastidiosa diera frutos en su caso: su primer libro –y primer éxito– se titulaba Indian Currency and Finance. Se publicó en 1913, cuando fue nombrado miembro de la Comisión real sobre finanzas y circulación monetaria en la India (1913-1914). Creo que es correcto calificar dicho libro como la mejor obra inglesa sobre el patrón oro.

Sin embargo, subsiste una cuestión alejada de los méritos intrínsecos de la obra y que se resume en la pregunta de si cabe señalar en la obra algo que apunte hacia la General Theory. En el prefacio que escribió para esta última obra, Keynes declara que sus doctrinas, formuladas en 1936, le parecían "una evolución natural de las ideas que he seguido durante varios años". Acerca de esta cuestión hablaremos más adelante; pero ahora me atrevo a afirmar lo siguiente: aun cuando el libro de 1913 no contiene ninguna de aquellas proposiciones características del libro de 1936 que le convirtieron en "revolucionario", la actitud general hacia los fenómenos monetarios y hacia la política monetaria por el KEYNES de 1913, anticipan claramente el KEYNES del Treatise (1930).

La regulación monetaria no era entonces una novedad –por esta razón precisamente no debió ser proclamada como novedad en la tercera y en la cuarta década del pasado siglo–, y la preocupación por los problemas de la India fue especialmente apta para sugerir la idea de su naturaleza, necesidad y posibilidades. Pero la profunda concepción de KEYNES acerca de la influencia de la misma, no sólo sobre los precios, importaciones y exportaciones, sino también sobre la producción y la ocupación, contenían un elemento de novedad, un elemento que si no determinó exclusivamente su trayectoria futura, a condicionó desde luego. Además, debemos recordar la íntima relación que existió entre su desarrollo teórico en los años de la postguerra y las situaciones concretas en las que fue requerido su dictamen, situaciones concretas que ni él ni ningún otro podían haber previsto en 1913; sumando las implicaciones teóricas de la experiencia inglesa en la tercera década de este siglo a la teoría contenida en Indian Currency and Finance, se obtiene la sustancia de las ideas keynesianas en 1930. Esta afirmación no es exagerada. Incluso podría ir más lejos –un poco por lo menos– si no temiera caer en un error que es muy común entre los biógrafos.

- Su paso por el Tesoro y la publicación de su obra "Las Consecuencias Económicas de la Paz"


En 1915 nuestro funcionario público potencial, revestido por el ropaje académico, se convirtió en un funcionario real al pasar a formar parte de los cuadros técnicos del Tesoro. Las finanzas inglesas, durante la primera guerra mundial, fueron eminentemente "sólidas", constituyendo una lección moral de primer orden. No sobresalieron, en cambio, por su originalidad, y es probable que el entonces joven y brillante funcionario adquiriera un sentimiento de disgusto hacia la mentalidad y hacia las opiniones del Tesoro, que luego llegó a ser muy pronunciado. Sin embargo, sus servicios fueron muy estimados, toda vez que fue elegido como principal representante del Tesoro en la Conferencia de la Paz –dicho nombramiento podría haber sido una posición clase de haber sido posible la existencia de una cosa semejante dentro de la órbita de LLOYD GEORGE–, y también nombrado representante del Canciller del Exchequer, en el Consejo Económico Supremo. Es más significativa que todo lo anterior, desde el punto de vista del biógrafo, su repentina dimisión en junio de 1919, tan característica del hombre y de la clase de funcionario que él era. Otros hombres albergaron un sentimiento de desconfianza hacia la paz, pero naturalmente no podían expresarse abiertamente. KEYNES estaba hecho de otra pasta. Dimitió y explicó al mundo el porqué. Y a la vez conquistó fama internacional.

Su libro Economic Consequences of the Peace (1919) logró una acogida de tal naturaleza que convierte la palabra Éxito en un lugar común e insípido. Aquellos que son incapaces de comprender la fusión del mérito y de la suerte dirán sin duda que KEYNES no hizo nada más que escribir lo que ya estaba en la boca de cada hombre sensato; que se encontraba excelentemente situado para conseguir que su protesta resonara a través de todo el mundo; que fue la protesta en sí y no sus razonamientos la que logró ser oída y la que consiguió la adhesión de miles de corazones; y que, en el momento de la publicación del libro, la corriente estaba ya dirigiéndose hacia el mismo camino. Hay algo de verdad en todo esto. Desde luego la ocasión era única. Pero si por esta causa negáramos la grandeza de la realización, ello equivaldría a borrar completamente esta frase de las páginas de la Historia. Toda vez que no hay grandes realizaciones sin la preexistencia de grandes oportunidades.

La realización consistió, en primer lugar, en la exhibición de una gran valentía moral. Pero el libro en sí es una pieza maestra, abundando en sabiduría práctica a la que jamás falta profundidad; despiadadamente lógico pero nunca frío; genuinamente humano sin caer en ningún sentimentalismo; afrontando todos los hechos sin vanas lamentaciones pero también sin desesperanza: en resumen, contiene consejos profundos apoyados en un análisis profundo. Y a la vez es una obra de arte. La forma y la materia se adaptan mutuamente a la perfección. Todo está en su punto; nada rompe la armonía. Ningún elemento ornamental contradice su sabia economía de medios. La elegancia de la exposición –jamás volvió a escribir con tanta perfección– hace resaltar su simplicidad. En los pasajes en los cuales KEYNES intenta explicar, en términos de las dramatis personae, el trágico fracaso de los objetivos que se querían alcanzar con la Paz de Versalles, se eleva a cumbres alcanzadas por muy pocos.

El contenido económico del libro, así como el de A Revision of the Treaty (1922), que completa y en parte corrige el razonamiento, es muy simple y no requiere ninguna técnica refinada. Sin embargo, contiene algo que reclama nuestra atención. Antes de embarcarse en su gran tarea de persuación; KEYNES trazó un esquema del aspecto económico y social de los hechos políticos que se proponía examinar. Con pequeñas variaciones terminológicas dicho esquema puede resumirse en la frase siguiente: El capitalismo del laissez-faire, aquel "extraordinaria episodio", había llegado a su fin en agosto de 1914. Habían desaparecido rápidamente las condiciones bajo las cuales la iniciativa de los empresarios bastaba para asegurar éxitos continuados bajo el impulso del rápido crecimiento de la población y por las abundantes oportunidades para invertir que eran renovadas sin cesar por los perfeccionamientos tecnológicos y por una serie de conquistas de nuestras fuentes de subsistencias y de materias primas. Bajo tales condiciones no había existido ninguna dificultad para absorber los ahorros de una burguesía que seguía fabricando pasteles "para no comerlos". Pero ahora (en 1920) dichos impulsos iban extinguiéndose, el espíritu de la empresa privada iba languideciendo, las oportunidades de inversión fueron desvaneciéndose, mientras el hábito burgués del ahorro había perdido su función social; realmente su persistencia contribuía a empeorar las cosas más de cuanto fuera deseable.

Aquí, pues, encontramos el origen de la tesis moderna del estancamiento, calificativo que la distingue de la que podemos encontrar, si queremos, en RICARDO. Y también encontramos aquí el embrión de la General Theory. Toda "teoría" que abarque un estado económico de la sociedad se compone de dos elementos complementarios, pero esencialmente distintos. Existe, en primer lugar, la opinión del teórico acerca de las características básicas de aquel estado de la sociedad, y acerca de lo que es y de lo que no es importante para comprender la vida de la misma, en una época determinada. Permítasenos denominar a esto su visión. Y existe, en segundo lugar, la técnica del teórico, un aparato por medio del cual conceptualiza su visión y la transforma en proposiciones concretas o "teorías". En aquellas páginas de las Economic Consequences of the Peace no encontramos nada del aparato teórico de la General Theory. Pero sí encontramos, en cambio, la totalidad de la visión social y económica de las cosas, de lo cual aquel aparato es el complemento técnico. La General Theory es el resultado final de una lucha prolongada para convertir aquella visión de nuestro tiempo en analíticamente operativa.

- La teoría de las probabilidades para Keynes


Para los economistas de tipo "científico", KEYNES es, por supuesto, el KEYNES de la General Theory. Para rendir de algún modo un tributo de justicia al desarrollo rectilíneo que conduce a la misma desde las Consequences of the Peace, y del cual las principales etapas están marcadas por el Tract y por el Treatise, me veré forzado a dejar a un lado muchas cosas que no deberían ser silenciadas. Con todo recogeremos en nota a pie de página (5) tres prolongaciones de las Consequences; y también debemos decir algo acerca de A Treatise on Probability que él publicó en 1921. Creo que no es necesario detenerse demasiado en considerar lo que KEYNES represente para la teoría de las probabilidades, aun cuando su interés por la misma se remonta a bastantes años atrás, toda vez que fue el tema elegido en su disertación para alcanzar el grado de Fellow. La cuestión que realmente nos interesa es el de averiguar qué cosa significó la teoría de las probabilidades para KEYNES. Desde un punto de vista subjetivo parece que fue una válvula de escape para una mente incapaz de encontrar satisfacción completa en los problemas del campo de conocimientos, al cual tanto por un sentimiento de deber público como por el ser el de su preferencia, dedicó la mayor parte de su tiempo y de sus energías. Jamás albergó una gran opinión acerca de las posibilidades puramente intelectuales de la Economía. Cada vez que deseó respirar el aire de las grandes alturas prescindió de nuestra teoría pura. En él había algo de filósofo o de epistemólogo. Estuvo interesado en WITTGENSTEIN. Y fue un gran amigo de aquel gran pensador que murió en plena juventud, FRANK RAMSEY, y a cuya memoria erigió un monumento encantador. Pero una actitud meramente receptiva no habría podido satisfacerle; necesitaba emprender el vuelo por sus propias fuerzas. Y es altamente revelador de la índole de su mente el hecho de que eligiera precisamente la teoría de las probabilidades para ta propósito; una materia erizada de sutilezas lógicas y no desprovista de connotaciones utilitaristas. Su voluntad indomable produjo lo que, visto desde el ángulo en que yo me esfuerzo en contemplarla, fue indudablemente una brillante realización, prescindiendo de cuanto puedan tener que decir de la misma los especialistas, singularmente los especialistas no afectos a la Universidad de Cambridge.

Estamos pasando de la obra al hombre. Aprovecharemos la oportunidad para examinarle con mayor detención. Había regresado al King's College y a la clase de vida que llevaba antes de la guerra. Pero dicha clase de vida se había desarrollado y ampliado. Continuó siendo un activo profesor y un laborioso investigador; continuó dirigiendo el Journal; continuó haciendo suyas las preocupaciones públicas. Pero aun cuando reforzó los lazos que le unían al King's College al aceptar la importante (y laboriosa) función de Bursar (tesorero), la casa en Londres, en la calle Gordon Square, número 46, se convirtió pronto en su segundo cuartel general. Adquirió una participación en el periódico The Nation, del cual llegó a ser presidente –dicho periódico sucedió en 1921 al Speaker, absorbió al Athenaeum, y se fusionó en 1931 con el The New Statesman (The New Statesman and Nation)– y en el cual llegó a publicar una cantidad tal de artículos que habría bastado para ocupar la entera actividad de cualquier otro hombre que no hubiera sido él. Igualmente logró la presidencia de la National Mutual Life Assurance Society (1921-1938), a la cual dedicó mucho tiempo, dirigiendo una sociedad de inversiones y obteniendo considerables ingresos de sus actividades en el mundo de los negocios. Jamás hizo tonterías y menos cuando se trataba de negocios y de hacer dinero: con toda franqueza reconocía las ventajas de una posición independiente; y no con menor franqueza solía decir (entre 1920 y 1930) que nunca habría aceptado el nombramiento de profesor porque no podía permitírselo. En adición a todo lo anterior prestó una colaboración muy activa al Economic Advisory Council y al Committee on Finance and Industry (Macmillan Committe). En 1925 contrajo matrimonio con una artista célebre, LYDIA LOPOKOVA, quien resultó una compañera idónea y una colaboradora devota –"en enfermedad y en salud"– hasta el final.

La precedente combinación de actividades no es una cosa insólita. Lo que la hace totalmente insólita y maravillosa es el hecho de que él consagró tanto energía en cada una de ellas como si hubiera sido la única. Sus gustos y capacidad por el trabajo eficiente sobrepasan lo verosímil, y su poder de concentración sobre el trabajo que tenía entre manos era verdaderamente gladstoniano: todo cuanto hizo lo llevó a cabo con una mente libre de cualquier otra cosa. Sabía lo que significa estar cansado. Pero no parece que llegara a saber lo que son horas muertas de depresión e indecisión.

La naturaleza suele castigar con dos penas distintas a quienes intentan explotar hasta el límite sus reservas de energías. Una de dichas penas la sufrió KEYNES, indudablemente. La calidad de su obra se resintió de la cantidad de la misma, y ello no sólo en cuanto se refiere a la forma: gran parte de sus obras secundarias muestran las huellas de la prisa, y varias de sus obras más importantes acusan las interrupciones incesantes que perjudicaron su desarrollo. Quien sea incapaz de darse cuenta de esto –de advertir que se encuentra ante una obra que no ha podido alcanzar la madurez, que no ha recibido el toque final y definitivo –no podrá rendir el tributo apropiado a las potencias mentales de KEYNES (6)–. Pero la otra pena le fue ahorrada.

En general existe algo de inhumano en las máquinas humanas que utilizan totalmente hasta la última onza de su combustible. Los hombres de semejante clase son generalmente fríos en sus relaciones personales, inaccesibles, preocupados. Su obra constituye su vida, ningún otro interés existe para ellos, o caso de existir son de la clase más superficial. Pero KEYNES era diametralmente opuesto a todo esto: era el compañero más encantador que se pueda imaginar, encantador, amable y alegre, en el sentido en que precisamente son encantadores, amables y alegres, aquellas personas de mentalidad superficial y cuyo primer principio consiste en evitar que cualquier preocupación pueda degenerar en trabajo. Su temperamento fue afectuoso, y siempre dispuesto a compartir amistosamente las opiniones, intereses y preocupaciones de otros. Fue generoso, y no sólo con dinero. Su carácter sociable se manifestaba en el placer que extraía de la conservación, en la cual brillaba singularmente. Y contrariamente a una opinión muy extendida, sabía ser cortés; cortés a la antigua usanza, lo cual requiere tiempo. Por ejemplo, rehusó sentarse para almorzar, pese a haber recibido avisos telegráficos y telefónicos, hasta que su huésped, retrasado en su viaje por la niebla del Canal, pudo llegar a las cuatro de la tarde.

Sus intereses no profesionales fueron muchos, y cada uno de ellos lo persiguió con alegro entusiasmo. Pero esto no basta para obtener una idea correcta. Una vez más es necesario reconocer que existen muchos individuos que a pesar de consagrarse a tareas absorbentes disfrutan participando de una manera pasiva en actividades recreativas. Lo que distingue el caso de KEYNES de los demás, es que en él el recreo se transformaba en creación. Por ejemplo, le atraían las ediciones antiguas, las sutilezas de las polémicas bibliográficas y los detalles de los caracteres, vidas y pensamientos de los hombres del pasado. Muchos hombres comparten con él dicho sentimiento de atracción, excitado probablemente en el caso de KEYNES por los ingredientes clásicos que entraron en su formación. Pero cuando se trataba de satisfacer su atracción lo hacía en su condición innata de investigador, y por ello debemos a su afición el que esclarecería varios puntos de importancia no trivial en historia literaria. Fue también aficionado, y hasta cierto punto un buen conocedor de pintura, y, en proporciones más modestas, un coleccionista. Le gustaban enormemente las buenas representaciones dramáticas, y fundó y financió generosamente el Cambridge Arts Theatre, inolvidable para quienes lo conozcan. En una ocasión un conocida suyo recibió la siguiente nota, evidentemente escrita en un momento de buen humor: "Querido..., si deseas saber qué cosa, en este momento, ocupa exclusivamente mi tiempo, mira el papel adjunto". El papel adjunto consistía en un programa o prospecto del "Camargo Ballet".

- La política que propugnaba Keynes


Volvamos nuevamente al camino principal. Como he dicho más arriba nuestra primera parada es el Tract on Monetary Reform (1923). Toda vez que, según KEYNES, el consejo práctico constituye la meta y la guía del análisis, haré lo que, en el caso de otros economistas, debería considerar como ofensivo, es decir, invitar a los lectores a examinar, en primer lugar, lo que él propugnaba. Se trataba, fundamentalmente, de estabilizar el nivel de precios interior con la finalidad de estabilizar la situación de los negocios, concediendo atención secundaria también a los medios de remediar las fluctuaciones, a corto plazo, del cambio exterior. Para conseguir tales objetivos recomendaba que el sistema monetario creado por las necesidades de la guerra fuera mantenido también en la economía de paz; la más audaz de sus sugerencias, expuesta con una vehemencia evidente, completamente anómala en él, fue la de desligar la emisión de los billetes de Banco de la reserva áurea, que él, sin embargo, deseaba conservar, expresando enfáticamente la importancia que asignaba a la misma.

Existen dos cosas en la política que propugnaba que deben ser mencionadas: primero, su cualidad específicamente inglesa; segundo, su sobria sabiduría y conservadurismo desde el punto de vista de los intereses de Inglaterra a corto plazo y de la clase de inglés a que pertenecía quien daba el consejo. Nunca se destacará lo suficiente que el consejo de KEYNES fue siempre, en primer lugar, un consejo para Inglaterra, nacido de problemas británicos, incluso cuando era dirigido a otras naciones. Exceptuando algunos de sus gustos artísticos, él fue siempre sorprendentemente insular, incluso en Filosofía, pero donde se advierte más esta peculiaridad es precisamente en su Economía. Y era también un ferviente patriota, de un patriotismo exento de toda vulgaridad, pero lo bastante sincero como para ser subconsciente, y por ello tanto más influyente para impartir determinados prejuicios a su pensamiento y para excluir la comprensión plena de los puntos de vista, condiciones, intereses y especialmente credos extranjeros (incluso los norteamericanos). Al igual que los antiguos defensores del librecambismo, siempre exaltó lo que era, en un momento concreto, verdadero y sabio para Inglaterra, en verdadero y sabio para todos los tiempos y todos los lugares. Pero no podemos detenernos aquí. Para destacar el punto de vista desde el cual fue expresado su consejo es necesario recordar también, además, que él perteneció a la capa superior de la intelectualidad británica, desligada de partidos y de clases, un intelectual típico de la época prebélica, que con toda justicia proclamaba, para bien o para mal, su parentesco espiritual con la dirección LOCKE-MILL.

¿Cuál era, entonces, la visión de este intelectual británico y patriota? La visión general es la que ya advertimos en las páginas de las Consequences. Pero el caso de Inglaterra era más específico que todo eso. Inglaterra no había salido de la guerra como salió de las guerras napoleónicas. Había salido empobrecida; había perdido momentáneamente muchas de sus oportunidades, y varias de ellas para siempre. Y no sólo esto: su estructura social había quedado debilitada adquiriendo mayor rigidez. Los impuestos y los tipos de salarios eran incompatibles con un desarrollo vigoroso, y no había nada a hacer sobre ello. KEYNES no se abandonó a vanas lamentaciones. No entraba en sus costumbres deplorar lo inevitable. Ni tampoco era del tipo de hombres que consagran toda su energía a la resolución de problemas concretos del carbón, los tejidos, el acero o la construcción naval (aun cuando ofreciera alguna sugerencia al respecto en sus artículos periodísticos). Y menos aún era del tipo de hombres que predican credos regeneradores. El fue un intelectual británico, algo deraciné y que contemplaba una situación desfavorable. No tenía hijos y su filosofía de la vida fue esencialmente una filosofía a corto plazo. De este modo se dirigió hacia el único "parámetro de acción" que le pareció libre, tanto como inglés como desde el punto de vista de la clase de inglés que era, la regulación monetaria. Tal vez creyó que éste era el medio para superar la situación difícil. Tenía por seguro que podría, por lo menos, mitigarla y que la vuelta al sistema áureo y a la paridad de la época prebélica era más de lo que su Inglaterra podía soportar.

Si se pudiera hacer comprender aun cuando sólo fuera esto, entonces la gente comprendería también que el keynesianismo práctico es una planta que no puede ser transplantada a un suelo extraño: porque entonces muere y resulta venenosa antes de morir. Pero además comprenderían que, confinada a Inglaterra, esa planta crece robusta ofreciendo a la vez frutos y sombra. Digamos de una vez por todas: todo esto se aplica perfectamente a cada fragmento de las recomendaciones prácticas formuladas por KEYNES. Por otra parte, la defensa de la regulación monetaria en el Tract no tenía nada de revolucionaria. Lo que era nuevo era la insistencia sobre este medio de la terapéutica económica general. En las primeras líneas del prólogo y a través del primer capítulo se encuentran las relaciones con el mecanismo ahorro-inversión. Así, aun cuando otras tareas que tenía ante sí el autor le impidieron avanzar más por este camino, el libro constituye un nuevo avance en la ruta que lleva a la General Theory.

Desde el punto de vista analítico, KEYNES aceptó la teoría cuantitativa de la moneda como "fundamental. Su correspondencia con los hechos no admite discusión". Es muy importante para nosotros darnos cuenta de que esta aceptación, fundada sobre la confusión corriente entre la teoría cuantitativa y la ecuación de cambio posee una significación inferior a la aparente, del mismo modo que la posterior repudiación de la teoría cuantitativa por KEYNES posee igualmente un significado inferior al aparente. Lo que él afirmaba aceptar era en realidad la ecuación de cambio –en la forma que le habían dado los economistas de Cambridge–, la cual, tanto si se define como una identidad o como una condición de equilibrio, no implica ninguna de las proposiciones características de la teoría cuantitativa strictu sensu. Por consiguiente él se sintió libre para hacer de la velocidad de circulación –la k en la ecuación de Cambridge– una variable del problema monetario, reconociendo correctamente el mérito de MARSHALL por "este desarrollo de la manera tradicional de considerar la materia" (pág. 86). En realidad esto es la Preferencia de Liquidez en forma embrionaria. KEYNES descuidó el hecho de que esta teoría puede remontarse por lo menos hasta CANTILLON y que había sido desarrollada, aun cuando sumariamente, por KEMMERER, quien dijo que "grandes sumas de dinero son continuamente atesoradas" y que "la proporción de los medios de circulación que son atesorados... no es constante". No nos es posible detenernos en muchas cosas excelentes que contiene el Tract, por ejemplo, la sección magistral dedicada al mercado de los cambios diferidos (capítulo III, sección IV) y sobre Gran Bretaña (capítulo V, sección I) que es imposible admirar como se merecen. Debemos apresurarnos hacia la "segunda etapa" en el camino hacia la General Theory, es decir, hacia el Treatise on Money (1930).

Con la excepción del Treatise on Probability, KEYNES no escribió jamás un libro en el cual el propósito de persuadir fuera menos evidente que en el Treatise on Money. Sin embargo, se encuentran huellas del mismo y no sólo en el último libro (VII), en el cual, entre otras cosas, pueden advertirse los rasgos fundamentales de Bretton Woods. ¡Qué espléndida realización! Primordialmente, sin embargo, dichos dos volúmenes constituyen, sin duda, la más ambiciosa labor de KEYNES, en lo que respecta a labor de genuina investigación, de una investigación tan brillante y a la vez tan sólida que constituye una gran desgracia el que la cosecha fuera recolectada antes de llegar a la madurez. ¡Si al menos hubiera aprendido algo del anhelo de MARSHALL por la "perfección imposible" en vez de discursear sobre la misma! (Enssays in Biography, págs. 211-212). Además, el gentil reproche del profesor MYRDAL acerca de "la especie anglosajona de originalidad innecesaria" es absolutamente justificado. Con todo, el libro constituyó la realización más destacada en su campo y época. Sin embargo, todo cuanto puedo hacer aquí es señalar los letreros indicadores que apuntan hacia la General Theory.

Existe, en primer lugar, la concepción de la teoría del dinero como teoría del proceso económico global, que debería ser plenamente desarrollada en la General Theory. En segundo lugar, dicha concepción aparece comprendida dentro de la visión o del diagnóstico del estado contemporáneo del proceso económico, invariada desde las Consequences. En tercer lugar, el ahorro y la inversión aparecen resueltamente separados, tan resueltamente como lo son en la General Theory, y el ahorro privado queda bien definido en su papel de villano de la comedia. El reconocimiento expresado hacia las obras de "J. A. HOBSON y otros" (Vol. I, pág. 179) es muy significativo al respecto. Así aprendemos que una campaña en pro del ahorro no es el mejor medio para rebajar el tipo de interés (por ejemplo, Vol. II, página 207). Las diferencias en la conceptualización –a veces lo son tan sólo en cuestiones terminológicas– obscurecen pero no eliminan la identidad fundamental de las ideas que el autor se esfuerza en enunciar. Así, en cuarto lugar, gran parte del razonamiento se desarrolla en términos de la distinción wickselliana entre el tipo "natural" y el tipo "monetario" del interés. Desde luego el último no es todavía el tipo de interés, y ni el primero ni los beneficios se han convertido todavía en la "eficiencia marginal del capital". Pero el razonamiento sugiere ya los pasos que se dieron posteriormente en tal dirección. En quinto lugar, el énfasis sobre las expectativas, sobre la "tendencia a la baja" que no es todavía la preferencia de liquidez, dependiente del motivo especulación, y la teoría de que la caída de los salarios monetarios durante la depresión ("reducción en el tipo de las ganancias de eficiencia") tenderá a restablecer el equilibrio si y porqué actúa sobre el interés (bank rate) reduciendo las exigencias de la Circulación Industrial; todas estas y muchas otras cosas (las bananas, la vasija de la viuda, los toneles de las Danaidas) se presentan como primeras formulaciones aproximadas y groseras de las proposiciones de la General Theory.

- El "Tratado del dinero" y la "Teoría general del empleo, el interés y el dinero" 


El Treatise no constituyó un fracaso en el sentido ordinario de la palabra. Todo el mundo advirtió hacia donde apuntaba, y con diversas gradaciones expresaron su homenaje por el gran esfuerzo realizado por KEYNES. Incluso el criticismo destructivo tal como el criticismo de las Ecuaciones Fundamentales, debido al profesor HANSEN, o el criticismo de los cimientos de la estructura teórica de KEYNES, debido al profesor HAYEK, aparecían en general templados por un elogio bien merecido. Pero, desde el propio punto de vista de KEYNES, fue un fracaso, y no sólo porque la acogida dispensada al mismo no alcanzara el nivel que él asignaba al éxito. En cierto sentido había golpeado en el vacío, no había dado en la diana. Y la razón no es difícil de advertir: no había conseguido formular la esencia de su propio y personal mensaje. Había escrito un tratado, y por el afán del tratamiento sistemático, había sobrecargado el texto con material acerca de los índices de precios, el modus operandi de los tipos de descuento, la creación de depósitos, el oro, etc.; todo lo cual, prescindiendo de su mérito intrínseco formaba parte de la corriente de doctrina admitida, y en consecuencia no se diferenciaba cuanto hubiera sido necesario, dado su propósito. Había quedado atrapado en las mallas de un aparato que no funcionaba cada vez que intentaba extraerle las respuestas que le interesaban. No habría tenido ningún sentido esforzarse en mejorar la obra en sus detalles; ni tampoco en oponerse a las críticas adversas, la justicia de muchas de las cuales tuvo que admitir. No quedaba otro remedio que el abandono total, del buque y del cargamento, para emprender una nueva ruta. Y rápidamente aprendió la lección.

Separándose resueltamente de lo que había abandonado, emprendió otro esfuerzo, el más grande de su vida. Con una energía brillante consolidó los elementos esenciales de su mensaje, y concentró su mente a la tarea de forjar un aparato conceptual, apto para la expresión de dichos elementos esenciales y –en la medida de lo posible– para nada más. Y lo consiguió a su entera satisfacción. Tan pronto como lo hubo logrado –en diciembre de 1935– penetró en su nueva armadura, desenvainó su espada y reconquistó el terreno perdido, sosteniendo que su propósito era liberar a los economistas de los errores en los cuales habían permanecido en los últimos ciento cincuenta años, y a la vez que iba a conducirlos a la tierra prometida de la verdad.

Los que le rodeaban quedaron fascinados. Mientras estaba modelando su obra hablaba corrientemente de la misma en sus conferencias, en la conversación corriente, en el "Keynes Club", que se reunía en sus habitaciones del King's College. Y allí tenía un animado toma y daca. "... En este libro he confiado en los consejos constantes y en la crítica constructiva de R. F. KAHN: Contiene muchas cosas que no habrían adquirido su perfil si no hubiera sido por sugestión suya" (General Theory, Prefacio, pág. 8). Considerando todas las implicaciones del artículo de RICHARD KAHN sobre "The Relation of Home Investment to Unemployment", publicado en el Economic Journal, en junio de 1931, no pueden considerarse como exageradas estas frases. En el mismo prefacio se agradece la ayuda, también, de JOAN ROBINSON, HAWTREY y HARROD. Integraban el mismo círculo algunas de las jóvenes promesas de Cambridge. Y todos discutían. Algunos destellos de la nueva luz comenzaron a ser captados por individuos residentes en diversas partes del Imperio y en los Estados Unidos. Los especialistas se sintieron excitados. Y una ola de entusiasmo anticipado sacudió el mundo de los economistas. Cuando finalmente el libro fue publicado, los estudiantes de Harvard se sintieron incapaces de aguardar hasta encontrarlo a su disposición en las librerías; se reunieron para abreviar la espera, encargando a sus expensas el envío directo de una primera remesa de ejemplares.

La visión social revelada por vez primera en las Economic Consequences of the Peace, la visión de un proceso económico en el cual se desvanecen invariados las oportunidades de inversión mientras permanecen invariados los hábitos del ahorro, resulta formulada teóricamente en la General Theory of Employment, Interest, and Money (el prefacio está fecha en 13 de diciembre de 1935) por medio de tres conceptos básicos: la función de consumo, la función de la eficiencia del capital y la función de la preferencia de liquidez. Estas funciones unidas a la unidad-salario dada y a la igualmente dada cantidad de dinero, "determinan" la renta e ipso facto la ocupación (si y en cuanto esta última sea determinada por la primera), es decir las grandes variables dependientes que han de ser "explicadas". ¡Qué cordon bleu es capaz de obtener una salsa de semejante calidad con ingredientes tan escasos!. Veamos cómo lo hizo.

1) La primera condición para la simplicidad de un modelo estriba, naturalmente, en la sencillez de la visión que debe representar. Y la sencillez de la visión es en parte cuestión de genio y en parte cuestión que depende de la disposición para pagar el precio en términos de factores que han de ser excluidos del cuadro. Pero si nos colocamos en el punto de vista de la ortodoxia keynesiana y aceptamos su visión del proceso económico de nuestro tiempo como un don del genio, cuya mirada ha atravesado la envoltura superficial de los fenómenos para llegar a los elementos esenciales y simples que se encuentran en su interior, entonces no cabe plantear objeciones al análisis agregativo que produjo aquellos resultados.

Toda vez que los agregados elegidos como variables son, con la excepción de la ocupación, cantidades o expresiones monetarias, podemos también hablar de análisis monetario, y toda vez que la renta nacional es la variable principal, de análisis de renta. RICHARD CANTILLON fue el primero, creo, que ofreció un esquema completo y acabado de análisis agregativo, monetario y de renta, esquema que FRANÇOIS QUESNAY elaboró en su Tableau économique. QUESNAY resulta, entonces, ser el verdadero precursor de KEYNES, y es interesante señalar que sus opiniones acerca del ahorro fueron idénticas a las de KEYNES: para convencerse de ello basta que el lector consulte las Maximes. Conviene añadir, sin embargo, que el análisis agregativo de la General Theory no figura aislado en la literatura moderna: se trata de un miembro de una familia que ha crecido rápidamente.

2) KEYNES simplificó su estructura evitando, siempre que fue posible, todas las complicaciones que surgen en el análisis dinámico. El esqueleto teórico del sistema keynesiano pertenece, para emplear la terminología sugerida por RAGNAR FRISCH, a la macroestática y no a la macrodinámica. En parte esta limitación ha de ser atribuida a quienes enseñaron el sistema keynesiano y no al propio KEYNES, cuya obra contiene varios elementos dinámicos, singularmente las expectativas. Pero también es igualmente cierto que él sentía aversión hacia los "períodos" y que había concentrado su atención sobre consideraciones de equilibrio estático. Esto eliminó un serio obstáculo interpuesto en el camino hacia el éxito, toda vez que una ecuación diferencial ejerce todavía sobre los economistas el efecto de la cara de Medusa.

3) Además, confinó su modelo –aun cuando no siempre su razonamiento– a la esfera de los fenómenos a corto plazo. Mientras que los extremos 1) y 2) suelen ser señalados corrientemente, no se ha parado la atención suficiente en el carácter estrictamente a corto plazo de su modelo, y en cuán importante es este hecho para la estructura global y para todos los resultados de la General Theory. La limitación fundamental, que actúa como un eje alrededor del cual gira todo lo demás, consiste en que no sólo las funciones de producción, sino también las cantidades y calidades de las instalaciones y utillajes se consideran invariables, una limitación que KEYNES no se cansa de repetir al lector en los virajes cruciales de su camino (vid., por ejemplo, páginas 114 y 295).

Esto permite otras muchas simplificaciones que de otra manera serían imposibles: por ejemplo, permite considerar la ocupación como aproximadamente proporcional a la renta (producto) de tal manera, que una queda determinada tan pronto como lo es la otra. Pero esto tiene como consecuencia limitar la aplicabilidad del análisis a unos pocos años, como máximo –tal vez a la duración del "ciclo de 40 meses"–, y, en términos del fenómeno, a los factores que influirían en la mayor o menor utilización de un aparato industrial si éste permanece invariado. De este modo quedan excluidos de toda consideración todos los fenómenos que influyen sobre la creación y cambio de dicho aparato, lo cual equivale a decir que quedan excluidos todos los fenómenos que dominan el proceso capitalista.

En cuanto reproducción de la realidad, dicho modelo resulta casi totalmente justificado en períodos de depresión, cuando también la preferencia de liquidez se aproxima a la condición de factor que opera por sí mismo. El profesor HICKS estuvo en lo cierto, pues, cuando calificó la economía de KEYNES como economía de la depresión. Pero desde el propio punto de vista de KEYNES, su modelo extrae una justificación adicional de la teoría de la madurez o del estancamiento secular. Aun cuando es cierto que él intentó exponer una visión que en su esencia era a largo plazo, mediante un modelo a corto plazo, se reservó la libertad de obra de este modo, razonando (casi) exclusivamente sobre un proceso estacionario o, en cualquier caso, sobre un proceso que se detiene u oscila en torno a niveles, de los cuales constituye el tope un equilibrio estacionario con ocupación plena. Según MARX, la evolución capitalista desemboca en una catástrofe. Según J. S. MILL, desemboca en un estado estacionario que funciona sin tropiezos. Con KEYNES desemboca en un estado estacionario que constantemente amenaza ruina. Aun cuando la "teoría catastrófica" de KEYNES es completamente distinta de la de MARX, presenta un importante aspecto en común con la de éste último: en ambos teorías la catástrofe está motivada por causas inherentes al funcionamiento del mecanismo económico y no por la acción de factores externos al mismo. Este aspecto, como es natural, confiere a la teoría del KEYNES las condiciones necesarias para asumir el papel de "racionalizador" de las actitudes y sentimientos anticapitalistas.

4) Con plena conciencia, KEYNES renunció a ir más allá de los factores que son determinantes inmediatos de la renta (y de la ocupación). El mismo reconoció con toda franqueza que dichos determinantes inmediatos, los cuales podrían "alguna vez" ser considerados como "las variables independientes y últimas... podrían sujetarse a un análisis ulterior, y no son, por decirlo así, nuestros últimos elementos atómicos independientes" (pág. 247). La frase anterior parece sugerir tan sólo que los agregados económicos derivan su significado de los "átomos" que los integran. Pero en realidad hay algo más que eso. Nosotros podemos, por supuesto, simplificar grandemente nuestra representación del mundo y llegar a proposiciones muy simples si nos damos por satisfechos con razonamientos de la forma: dados A, B, C, entonces D dependerá de E. Si A, B, C son cosas externas al campo de nuestra investigación, no hay nada que objetar. Si, en cambio, forman parte de fenómenos a explicar, entonces las proposiciones resultantes aparecen como indiscutibles y adquieren un aspecto de novedad, pese a que su significado es muy escaso. Esto es lo que el profesor LEONTIEF denominó teorización implícita. Pero para KEYNES, al igual que para RICARDO, razonamientos de este tipo no fueron más que expedientes para destacar y exponer sus teorías: servían para singularizar, y de este modo, para destacar una relación particular. RICARDO no dijo: "Bajo las condiciones actuales de Inglaterra, según yo las advierto, consideradas todas las circunstancias, tenderá a elevar el tipo de beneficio". Lo que dijo fue: "El tipo del beneficio depende del precio del trigo".

5) Si el hecho de haber puesto vigorosamente de relieve un pequeño número de puntos que KEYNES juzgaba a la vez importantes y poco apreciados, constituye la característica fundamental de la General Theory, tiene interés señalar otros expedientes del mismo género, aparte del ya mencionado. Anteriormente nos hemos referido ya a dos de ellos. Otro pertenece a la categoría que los críticos pueden denominar exageración; exageración, sin embargo, que no puede ser reducida a un nivel justificable, porque los resultados dependen precisamente del exceso. Debe ser recordado, por lo tanto, que tales exageraciones, desde el punto de vista de KEYNES no fueron más que medios para destacar lo esencial de lo no esencial; igualmente debe ser recordada la parte de culpa de la que somos responsables todos nosotros: nosotros, considerados como un cuerpo, no prestamos oídos hasta que un punto cualquiera no llega a ser martilleado con toda energía. Admitiendo, sin entrar en más averiguaciones, que tales puntos o extremos fueron lo bastante importantes para que merecieran ser martilleados hasta la saciedad, y recordando que las huellas de exageraciones y de afirmaciones sin matizar no se encuentran tan sólo en la General Theory, sino también en las obras de los seguidores de KEYNES, deberemos examinar este método de dar sabor a lo que yo he descrito como la salsa.

Tres ejemplos serán suficientes. En primer lugar, cada economista sabe –si no lo supiera no podría dejar de aprenderlo conversando con los hombres de negocio– que cualquier cambio suficientemente general en el tipo de los salarios monetarios influirá en los precios en la misma dirección. Sin embargo, no entraba en práctica de los economistas tener en cuenta este hecho en la teoría de los salarios. En segundo lugar, todo economista debería haber sabido que la teoría de TURGOT-SMITH - J. S. MILL acerca del mecanismo del ahorro y de la inversión era inadecuada, y que, singularmente, las decisiones de ahorrar y de invertir eran consideradas casi como formando una unidad. Pues bien, si KEYNES se hubiera limitado a establecer una relación correcta y matizada entre ambas, no habría conseguido de nosotros más que un asentimiento superficial expresado en palabras parecidos a las siguientes: "Sí... es cierto... tiene alguna importancia en ciertas situaciones cíclicas... pero, ¿qué hacemos con esto?". En tercer lugar, dejemos que cualquier lector relea las páginas 165 y 166 de la General Theory, es decir, las dos primeras páginas del capítulo XIII, titulado "General Theory of Interest" (Teoría general del interés). ¿Qué encontrará en las mismas? Encontrará que la teoría según la cual la demanda de ahorros regulada por la preferencia temporal ("a la cual yo he denominado la propensión al consumo") son igualadas entre sí por el tipo de interés "se derrumba", porque "es imposible deducir el tipo de interés partiendo del simple conocimiento de dichos dos factores". ¿Por qué es esto imposible? Porque la decisión de ahorrar no implica necesariamente una decisión de invertir: debemos también tener en cuenta la posibilidad de que esta última decisión no surja o no surja inmediatamente. Me atrevo a sugerir que este perfeccionamiento de la doctrina recibida no nos habría causado una gran impresión si él hubiera dejado las cosas en este punto. Era preciso que la preferencia de liquidez fuera situada en primera línea –y que el interés quedara reducido a nada más que a una recompensa por renunciar al dinero (lo cual no puede ser así según lo que enseña su propia doctrina)–, y así sucesivamente, para que nos viéramos empujados a reflexionar sobre la cuestión. Y nos pusimos a reflexionar con la consecuencia de que actualmente estamos mucho más dispuestos a escuchar la proposición de que el interés es un fenómeno puramente monetario de cuanto lo estábamos hace treinta y cinco años.

Pero existe una palabra en el libro que no puede ser defendida con estos criterios, y es la palabra "general". Los citados expedientes, para destacar puntos concretos –incluso aun cuando se consideren inobjetables desde otros puntos de vista–, no pueden servir más que para poner de manifiesto extremos muy particulares. Los keynesianos pueden afirmar que dichos puntos o extremos particulares son los esenciales en nuestra época. Pero no pueden afirmar más que esto.

6) Parece evidente que KEYNES deseó llegar a la consecución de sus más importantes resultados sin recurrir al elemento de la rigidez, del mismo modo que rechazó la ayuda que podía haber obtenido apoyándose en las imperfecciones de la concurrencia. Existieron ocasiones, sin embargo, en las cuales no pudo comportarse de semejante modo, especialmente en el caso en el cual el tipo de interés, cuando decrete, debe convertirse en rígido para que la elasticidad de la demanda de moneda a resultas de la preferencia de liquidez se convierta en infinita. Y en otros casos, la rigidez permanece en línea de reserva, para poder ser empleada cuando el argumento de primera línea no resulta convincente. Como es natural, siempre es posible demostrar que el sistema económico cesará de funcionar cuando un número suficiente de sus órganos de adaptación quedan paralizados. A los keynesianos no les gusta esta puerta de escape más de lo que pueda gustarles a otros teóricos. Y, sin embargo, el hecho no carece de importancia. El ejemplo clásico lo constituye el equilibrio en condiciones de subempleo.

7) Debo señalar, finalmente, la brillantez de KEYNES al forjar herramientas o instrumentos analíticos. Considérese, por ejemplo, el hábil empleo del multiplicador de KAHN o la feliz creación del concepto de user cost, tan útil para la definición de su concepto de renta y que merece ser recordado como una novedad de cierta importancia. Lo que yo admiro más en estas y en otras formulaciones conceptuales es su adecuación: puede decirse que sirven para su propósito, del mismo modo que un traje bien cortado se ajusta al cuerpo para el que fue confeccionado.

Por supuesto, y precisamente por esta causa, poseen una utilidad limitada al margen de las finalidades perseguidas por KEYNES. Un cuchillo de postre es un instrumento excelente para mondar una pera. Aquel que lo emplea para cortar un biftec, debe culparse únicamente a sí mismo si el resultado no es satisfactorio.

- La escuela keynesiana


El éxito de la General Theory fue instantáneo y, como sabemos, duradero. Las recensiones desfavorables, de las cuales hubo muchas, no hicieron más que colaborar al éxito. Se formó una escuela keynesiana y no una escuela en el vago sentido con que varios historiadores de las doctrinas económicas hablan de una escuela francesa, alemana o italiana, sino una escuela en el verdadero y auténtico sentido de la palabra, que constituye una entidad sociológica, es decir, un grupo unido por lazos de fidelidad a un Maestro y una Doctrina, que posee sus círculos reservados, sus consignas de combate y su doctrina popular y su doctrina esotérica. Ni siquiera es esto todo. Más allá del keynesianismo ortodoxo existe una amplia zona de simpatizantes, y todavía más allá se encuentra un gran número de individuos que han absorbido, de una forma o de otra, a gusto o a disgusto, algo del espíritu o, por lo menos, de algunos elementos del análisis keynesiano. En toda la historia del análisis económico no se encuentran más que dos casos análogos al que consideramos, y que son precisamente los fisiócratas y los marxistas.

Esto en sí ya constituye un gran resultado que exige la gratitud y la admiración, tanto a amigos como a enemigos y, singularmente, de cada profesor que haya experimentado su influencia vivificadora en sus clases. No puede existir la menor duda acerca del hecho de que, desgraciadamente, en Economía un semejante entusiasmo –y lo mismo en cuanto se refiere a la hostilidad– no existe nunca a menos que el frío acero del análisis no adquiera una temperatura, que le es ajena, en virtud de las implicaciones políticas reales o supuestas del mensaje del analista. Consideremos de pasada las características ideológicas de la obra. La mayor parte de los keynesianos ortodoxos son "radicales" en un sentido o en otro. El hombre que escribió el ensayo sobre la "VILLIERS Conection" no fue un radical en cualquier sentido ordinario de la palabra. ¿Qué hay, entonces, en el libro que pueda atraerles? En un artículo excelente publicado en The American Economic Review, el profesor WRIGTH ha llegado a decir que "un candidato conservador podría basar su campaña política utilizando citas de la General Theory". Desde luego, pero tan sólo es cierto si dicho candidato sabe cómo emplear los apartes y los distingos. KEYNES fue, sin duda, un abogado demasiado bueno para negar lo evidente. Hasta cierto punto, aun cuando probablemente sólo en pequeña proporción, su éxito se debe a que ni siquiera en sus momentos de arrebato dejó sus flancos totalmente indefensos, como habrán podido descubrir a su costa los críticos incautos, tanto de su política como de sus teorías. Los discípulos no prestan demasiada atención a la parte condicional de las proposiciones. Tan sólo ven una cosa: una acusación contra el ahorro privado y las implicaciones de dicha acusación contra el ahorro privado y las implicaciones de dicha acusación en orden a la economía dirigida a la desigualdad de las rentas.

Para apreciar lo que esto significa es necesario recordar que, a consecuencia de un largo desarrollo doctrinal, el ahorro había llegado a ser considerado como el último y más importante pilar de la estructura burguesa. En realidad, el viejo ADAM SMITH había dejado a un lado cualquier otro pilar o fundamento: si analizamos detenidamente –me refiero, por supuesto, tan sólo a los elementos ideológicos de su sistema– podemos comprobar que equivale a un vituperio general dirigido contra los propietarios "indolentes" y los comerciantes ávidos o "masters", más el famoso elogio de la parsimonia. Y esto subsiste como la nota fundamental de la mayor parte de las ideologías económicas no marxistas hasta KEYNES. MARSHALL y PIGOU viajaron en esta embarcación. Ellos, singularmente el último, aceptaron sin discusión que la desigualdad o, por lo menos, el grado de desigualdad existente era "indeseable". Pero se guardaron muy bien de atacar el pilar o baluarte.

Muchos de los hombres que ingresaron en el profesorado, a partir de 1920 se habían separado del esquema burgués de la vida, del esquema de los valores burgueses. Muchos despreciaban el incentivo de beneficio y el elemento de triunfo personal en el proceso capitalista. Pero tan y mientras no abrazaron el socialismo propiamente dicho, no tuvieron más remedio que pagar su tributo de homenaje al ahorro, bajo la amenaza de desprestigiarse a sus propios ojos y de alinearse en las filas que KEYNES había llamado el "mundo inferior de los economistas". Pero KEYNES rompió sus cadenas; al fin surgía una doctrina teórica que no sólo anulaba el elemento personal, y era, si no mecanicista en sí misma, por lo menos mecanizable, sino que reducía el pilar a polvo; una doctrina que aun cuando realmente no lo diga puede ser fácilmente adaptada para afirmar que "quien intenta ahorrar, destruye capital real", y que a través del ahorro "la distribución desigual de las rentas es la causa última de la desocupación. Esto es lo que la Revolución Keynesiana significó para ellos. Definida de este modo, la frase no es inapropiada. Y esto, y tan sólo esto, explica, y en cierta medida justifica, el cambio de KEYNES con respecto a MARSHALL, que es imposible comprender o justificar de acuerdo con ningún criterio científico.

Pero aun cuando esta envoltura atractiva hizo más aceptable para muchos la aportación de KEYNES a la Economía, no debemos permitir que distraiga nuestra atención de la propia aportación. Con anterioridad a la aparición de la General Theory, la teoría económica se había desarrollado, adquiriendo mayor complejidad y haciéndose más incapaz de dar respuestas rotundas a preguntas igualmente rotundas. La General Theory pareció reducir la Economía a un grado mayor de sencillez y también permitir al economista formular consejos sencillos, susceptibles de ser comprendidos por todo el mundo. Pero, al igual que había ocurrido con la economía ricardiana, había algo con bastante fuerza para atraer y para inspirar incluso a los más refinados y sofisticados. El mismo sistema que encajaba a la perfección con las características de las mentes poco cultivadas se adaptaba satisfactoriamente a los mejores cerebros de la generación naciente de teóricos. Algunos de estos sostuvieron –y todavía sostienen por cuanto yo sé– que toda otra labor en materia de "teoría" debía ser eliminada. Todos ellos rendían homenaje al hombre que les había ofrecido un modelo fácil de manejar, criticar y mejorar; al hombre cuya obra simboliza, aun cuando no reencarne, la que ellos desearían ver realizada.

E incluso aquellos que habían ya completado su formación con anterioridad y sobre quienes la General Theory no actuó en sus años formativos, experimentaron los efectos saludables de una brisa refrescante. Tal como un eminente economista norteamericano me escribió: "ella (la General Theory) tenía, y tiene en sí, algo que completa lo que nuestro pensamiento y métodos de análisis habrían sido sin la misma. No nos convierte en keynesianos, nos hace mejores economistas". Estemos o no de acuerdo, esto expresa a la perfección la cuestión esencial acerca de la contribución de KEYNES a la Economía. En particular, explica por qué el criticismo hostil, aun cuando consiga triunfar sobre algún supuesto o sobre alguna proposición, carezca del poder necesario para dañar de manera decisiva la estructura global. Al igual que ocurre en el caso de MARX, es posible admirar a KEYNES, aun cuando se considere errónea su visión social y equivocadas cada una de sus proposiciones.

No voy a clasificar la General Theory como si se tratara de una obra de texto. Añadiré, además, que no creo en la posibilidad de clasificar a los economistas: son demasiado heterogéneos y distintos los hombres en cuyos nombres cabría pensar a la hora de establecer comparaciones. Sea cual sea la suerte reservada a su doctrina, el recuerdo del hombre sobrevivirá tanto al keynesianismo como a la reacción del mismo.

En este punto me detendré. Todos conocen la estupenda lucha que el valiente guerrero sostuvo en favor de la que debía ser su última obra. Todos saben que durante la última guerra ingresó nuevamente en el Tesoro (1940) y que su influencia fue creciente paralelamente a la de CHURCHILL, y que nadie pensó en desafiarle. Todos saben que le fue conferido el honor de ingresar en la Cámara de los Lores. Y por supuesto conocen lo referente al Plan KEYNES, Bretton Woods y el Préstamo británico. Pero de estas cosas deberá tratar algún biógrafo especialista que tenga a su disposición todos los materiales necesarios.

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(1) Dicho ensayo consiste en una recensión de la obra de W. I. J. GUN, Studies in Hereditary Ability, y fue publicado en The Nation and Athenaeum el 27 de marzo de 1926. Posteriormente fue incluido en el volumen Essays in Biography, 1933. Este volumen arroja más luz acerca de KEYNES como hombre y como intelectual que cualquier otra de sus obras.

(2) Scope and Method of Political Economy (1891). El merecido éxito de este libro admirable queda registrado por el hecho de que en 1930 fue necesaria una reimpresión de la cuarta edición, publicada en 1917; en realidad, ha superado hasta tal punto las controversias y polémicas surgidas durante medio siglo acerca de los problemas que aborda, que incluso hoy los estudios de metodología difícilmente encontrarán mejor guía.

(3) Eton significó siempre mucho para él. Pocos honores de los que recibió posteriormente, le causaron tanto como su elección por los "masters" como su representante en el consejo administrador de Eton.

(4) La victoria de CAMPBELL-BANNERMAN se había trocado en derrota y en enero de 1906 había surgido en el Parlamento el Partido Laborista.

(5) Son: su artículo sobre población y la subsiguiente controversia con Sir WILLIAM BEVERIDGE (Economic Journal, 1923); su folleto The End of Laissez-Faire (1926), y su artículo sobre el "German Transfer Problem" en el Economic Journal (marzo de 1929), con las réplicas subsiguientes a las críticas de OHLIN y RUEFF. Las primeras tentativas para conjurar el fantasma de MALTHUS, para defender (en el comienzo del período en que abundaron las masas de subsistencias y de materias primas que no encontraban comprador) la tesis de que después de 1906 la naturaleza había comenzado a responder con menor generosidad a los esfuerzos humanos y que la superpoblación era el gran problema o uno de los grandes problemas de nuestra época, constituye tal vez la menos feliz de todos sus esfuerzos y a la vez revela un elemento de descuido en su confección que ni sus más fervientes partidarios podrán negar. Acerca de The End of Laissez-faire, basta decir que no se encuentra en su contenido lo que sugiere su título. Ni siquiera cabe compararse esta obra con la que escribieron los WEBB. El artículo sobre las reparaciones alemanas revela otra faceta de su carácter: fue escrito a impulsos de un sentimiento de generosidad y apoyándose en la más exquisita prudencia política; pero desde el punto de vista teórico, adolecía de muchos defectos y, en consecuencia, no fue difícil para OHLIN y RUEFF refutarlo. Es difícil comprender cómo KEYNES no advirtió los eslabones débiles en su cadena argumental. Pero, cuando se entregaba al servicio de una causa en la que creía, llegaba, a impulsos de un apresuramiento noble, a olvidar los defectos de la manera con la que construía sus flechas. Un examen detenido de la selección titulada Essays in Persuasion (1931) constituye, tal vez, el mejor método para estudiar la cualidad de su razonamiento en las partes no profesionales de su obra.

(6) El ejemplo más evidente lo ofrece el Treatise on Money, que constituye la reunión de diversas piezas de trabajo vigoroso pero incompleto, y unidas entre sí de manera muy imperfecta. Pero el ejemplo más ilustrativo, desde mi punto de vista, lo constituye el ensayo biográfico sobre MARSHALL (Economic Journal, septiembre de 1924). En él volcó, evidentemente, todo su entusiasmo y cariño. Y, en realidad, es la biografía de un científico más brillante que jamás he leído. El lector que siga mi consejo leerá dicho ensayo extrayendo a la vez placer y provecho, pero también comprenderá mejor lo que intento decir. El ensayo comienza y termina magníficamente, pero para ser perfecto habría necesitado dos semanas más de trabajo.

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- Grandes economistas en la historia


+ Karl Marx

+ Wesley Clair Mitchell

+ Marie Esprit Leon Walras

+ Carl Menger

+ Alfred Marshall

+ Vilfredo Pareto

+ Eugen von Böhm-Bawerk

+ Frank William Taussig

+ Irving Fisher

+ Georg Friedrich Knapp

+ Friedrich von Wieser

+ Ladislaus von Bortkiewicz

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 327 - 366.