viernes, 4 de enero de 2013

Alfred Marshall | 1842 - 1924



Alfred Marshall (Clapham, 1842-Cambridge, 1924) fue un economista británico. Después de graduarse en matemáticas, realizó estudios de filosofía y se dedicó a la economía política en la Universidad de Cambridge.

Alfred Marshall y la economia

- La obra de Alfred Marshall


En Principios de economía (1890), fundamental en la historia de la economía, Alfred Marshall revisa muchos conceptos elaborados por la escuela clásica; introduce nuevos conceptos importantes, aún utilizados con frecuencia en la actualidad y que han contribuido al desarrollo del pensamiento económico tales como la elasticidad de la demanda, el análisis temporal a corto y largo plazo, y el principio de sustitución.

Destaca su desacuerdo sobre la teoría del valor-trabajo desarrollada por los clásicos, que afirmaban que el precio de un bien o de un servicio corresponde a la cantidad de trabajo empleado para producirlo. Por el contrario, Marshall sostiene que el valor es independiente de la cantidad de trabajo incorporado en la producción, y depende únicamente de la oferta y la demanda existentes para dicho bien o servicio. Entre sus obras cabe señalar además: Economía de la industria (1879), Industria y comercio (1910), Moneda, crédito y comercio (1923).

Alfred Marshall y los economistas en la historia de la economia

- J. A. Schumpeter, sobre Alfred Marshall


En un sentido, la economía marshalliana está ya superada. Su visión del proceso económico, sus métodos, sus resultados, ya no son los nuestros. Podemos admirar la potente estructura que, batida por el impacto del criticismo y las nuevas ideas, todavía se levanta majestuosa sobre el panorama de nuestra tarea. Podemos amarla y admirarla, del mismo modo que amamos y admiramos una Madonna del Perugino, reconociendo que traduce a la perfección el pensamiento y el sentimiento de su tiempo, pero a la vez reconociendo cuánto nos hemos alejado del mismo.

Este es, por supuesto, el resultado inevitable de la obra realizada durante cincuenta años, que habrían resultado completamente estériles si los Principles, de MARSHALL, pudieran ser para nosotros algo más que lo que entendemos por el término equívoco: un "clásico". Es el destino de todos los clásicos en todos los campos. Si licet parva componere magnis, existe una analogía significativa entre la relación de la teoría económica moderna y la teoría de los Principles, y la relación de la Física moderna a la Física de la última década del siglo XIX. Si no me equivoco fue en 1894 cuando H. A. LORENTZ afirmó que en su opinión la Física teórica había alcanzado su perfección y que, en consecuencia, había cesado de atraer interés. Hoy en día dicha creencia ha desaparecido en absoluto; también ha desparecido las líneas de contorno, claras y definidas. En su lugar, vemos el desorden de un campo de batalla, masas sin coordinar de hechos y piezas técnicas, sin esperanzas de una pronta ordenación del conjunto en una estructura arquitectónica. Algo muy similar ha ocurrido en Economía. No me refiero a las vicisitudes del sistema capitalista y al cambio en la actitud moral y política que ha tenido lugar con respecto al mismo. No son las opiniones de MARSHALL sobre problemas prácticos, cuestiones sociales y similares lo que ha envejecido completamente. Puede que así sea, pero ello no concierne al objetivo perseguido en el presente trabajo. Lo que nos importa es que su aparato analítico ha envejecido y que dicho fenómeno se habría producido aun cuando nada hubiera ocurrido para cambiar nuestra actitud política. Si la Historia se hubiera detenido y nada, salvo el análisis, hubiera sufrido modificaciones, el veredicto habría sido el mismo.

En otro sentido, en cambio, las enseñanzas de MARSHALL nunca declinarán. Su influencia se mantendrá durante un tiempo indefinido, no sólo porque un contenido doctrinal de tanto aliento se transmite como herencia a las generaciones siguientes, sino porque existe en el mismo una cualidad peculiar que resiste con eficacia al paso del tiempo. Formado en una atmósfera repleta de slogans sobre el progreso evolutivo, MARSHALL fue uno de los primeros economistas en darse cuenta de que la Economía es una ciencia evolutiva (aun cuando sus críticos no sólo han olvidado este aspecto de su pensamiento, sino que en diversas ocasiones han acusado a su sistema de haber ignorado el aspecto evolutivo), y, en particular, que la naturaleza humana, objeto declarado de sus preocupaciones, es maleable y cambiante, como función de la mutación del medio ambiente. Pero, repetimos nuevamente, no es esto lo que ahora nos interesa. Lo importante es que él trasladó su "mente evolutiva" a su obra teórica. No existía en ello ninguna finalidad. Contrariamente a MILL, jamás habría afirmado que tal o cual problema había sido ya resuelto para siempre, y que era ociosa una ulterior explicación por él o por cualquier otro autor. Lo cierto es que siempre se dio cuenta de que estaba construyendo una estructura esencialmente temporal. Siempre señaló zonas y esferas, más allá de él mismo, en las cuales no le era posible entrar. Nuevos problemas, ideas y métodos que son enemigos de la obra de otros hombres que llegaron a ser, así, aliados de su propia obra. Dentro del vasto campo fortificado que constituyó, existía espacio –en realidad, dicho espacio había sido preparado anticipadamente– para todos ellos. Aun cuando han existido y existen muchas rebeliones contra su autoridad, la mayor parte de ellas no han sido más que locales. Y alguna vez los rebeldes han descubierto –o lo han hecho terceros– que ya MARSHALL había anticipado su objetivo y que, por tanto, no había razón para rebelarse.

Los Principles fueron el fruto de un trabajo que se extendió durante un período de más de veinte años. Cuando finalmente aparecieron en 1890, el éxito fue instantáneo y completo. No es difícil explicar las causas de dicho éxito. El libro era una gran realización. Y dicha realización estaba presentada de una manera más atrayente, en perfecta consonancia con el espíritu de la época y las condiciones predominantes en el campo de la Economía –lo cual rinde homenaje no sólo al genio del autor, sino también a su buen sentido–.

La naturaleza exacta de dicha realización, sin embargo, es más difícil de definir. No se hace justicia plena a la misma si nos limitamos a considerar directamente el aparato analítico contenido en los Principles. Porque detrás, más allá, y alrededor de dicho núcleo existe una sociología económica del capitalismo inglés del siglo pasado, que descansa sobre bases históricas de extensión y solidez impresionantes. MARSHALL fue, en efecto, un historiador de la economía de primera fila, aun cuando no poseyera la técnica histórica en el grado habitual a un profesional. Y su dominio de los hechos históricos y la estructura analítica de su mente no permanecieron separados el uno del otro en compartimentos estancos, sino que formaron una unión tan íntima que el hecho vivo penetró en los teoremas y el teorema en las observaciones puramente históricas. Esto se comprueba con mucha mayor facilidad en Industry and Trade que en los Principles, en los cuales, incluso en la introducción histórica, el hecho histórico ha sido tan severamente minimizado que resulta casi perdido, tanto para el seguidor como para el crítico. Sin embargo, permanecen los resultados de su incansable y comprensiva observación de la vida contemporánea de los negocios, que llegó a comprender como pocos economistas académicos. Con todo, esta realización de MARSHALL, examinada detenidamente, sufre ciertas limitaciones. La actividad de las empresas corrientes de la Inglaterra de su tiempo, absorbió un porcentaje de su atención superior al que debería haber tenido en una exposición que pretendía ser general. Pero dentro de estos límites alcanzó un realismo que supera grandemente al de ADAM SMITH –el único término de comparación posible–. Aquí se encuentra, probablemente, una de las razones por las cuales no surgió contra su doctrina ninguna oposición de tipo institucionalista, en Inglaterra.

Una oposición de dicho tipo surgió, en cambio, en América. No es difícil comprender por qué. Una versión simplificada del sistema marshalliano, que ignoraba el trasfondo histórico, invadió la rutina de la enseñanza universitaria hasta la náusea. Es natural que al separarse de MARSHALL, que les había sido enseñado de un modo que llegó a constituir tradición, pensaran que estaban separándose del MARSHALL real, y que al intentar abrir un camino hacia la realidad económica ignoraran que existía en el propio MARSHALL la indicación de la ruta necesaria para la realización de su programa.

El núcleo analítico de los Principles consiste, por supuesto, en una teoría de estática económica. Su originalidad no aparece en forma debida ante nosotros, porque debemos considerarlo como un miembro de una familia que había crecido o estaba creciendo en aquella época. Además, los restantes miembros de aquella familia eran indudablemente independientes de MARSHALL y las costumbres de trabajo y los métodos de publicación de este último hacen imposible para el historiador del pensamiento económico, aceptar plenamente su versión. No deseo ser interpretado erróneamente. La biografía que KEYNES ha escrito de su maestro da testimonio y destaca la originalidad subjetiva de MARSHALL en un modo que me parece del todo convincente. El propio MARSHALL mantuvo un silencia lleno de dignidad sobre esta cuestión, indicando sus sentimientos tan sólo siendo escrupulosamente correcto frente a los clásicos, particularmente con respecto a RICARDO y a MILL, y adoptando una actitud de neutralidad armada con respecto a MENGER, JEVONS y al más grande de todos los teóricos: WALRAS. La siguiente reconstrucción no puede, sin embargo, separarse mucho de la verdad.

En la biografía de MARSHALL, nos advierte KEYNES que no fue principalmente la curiosidad intelectual lo que condujo al campo de los economistas a su maestro. Fue impulsado por móviles éticos, por el impulso generoso de contribuir a la gran tarea de aliviar la miseria y degradación que había observado entre los ingleses indigentes. Cuando hablaba de su preocupación solía encontrar la actitud contraria de algún amigo imbuido de la sabiduría económica de la época; fue por esta razón, por la cual se dirigió a los Principles de MILL, en demanda de ilustración. Existen otras indicaciones en la obra de MARSHALL que apoyan la idea de que su primer aprendizaje de la Economía se realizó en dicha fuente. En 1867 su interés le llevó a RICARDO. Y aun cuando lo ignoramos, podemos inferir fácilmente lo que tenía que suceder cuando una mente formada matemáticamente se consagrara a un estudio sistemático de dichos dos autores: dicha mente, en primer lugar, se sorprendería ante la confusión y descuido que ambos autores, pero singularmente MILL, muestran en cuanto a la coherencia de las pruebas y a la determinación de resultados; en segundo lugar, comenzaría por eliminar restricciones y por generalizar las proposiciones. Ello equivale, prácticamente, a lo que es necesario para transformar la estructura de MILL en la marshalliana.

Esto sólo constituye, por sí, una realización muy importante. Más de un físico teórico ha conquistado la inmortalidad por menos. MARSHALL reconoció correctamente su dependencia con respecto a COURNOT y a THÜNEN; y, desde luego, la influencia de ambos sobre su obra es evidente. Las curvas de demanda y oferta en el análisis del equilibrio parcial, son las curvas de COURNOT (aún cuando no se puede obviar a FLEEMING JENKIN) y el análisis marginal, que en todo caso surgiría a una mente matemática, es de THÜNEN. En cuanto se refiere concretamente a la utilidad marginal, existe el Brief Account of a General Mathematical Theory of Political Economy de JEVONS, presentado a la reunión de la British Association, en 1862, en la que se encuentra ya dicho concepto bajo la denominación de "coeficiente de utilidad". Las dos partes de los Eléments d'économie politique pure de WALRAS, fueron publicados en 1874 y 1877. En ellas se encuentra el esqueleto teórico del modelo estático tratado con mayor detención que por MARSHALL en sus Principles. Pero, dada su manera de ser en lo que a la lectura concierne, no es probable que en aquella época fueran conocidos por MARSHALL, y en lo que se refiere al resto de autores a quienes pertenece la prioridad técnica, habían ofrecido tan sólo aportaciones fragmentarias.

Esto basta para explicar la tendencia de MARSHALL a atribuir prácticamente a MILL y a RICARDO todo lo que los reformadores de la teoría económica habían dicho. Aún cuando un admirador ardiente de WALRAS podría ser excusado por quejarse de la poca atención que se presta a este en los Principles (del mismo modo que admirador ardiente de MARSHALL es concebible que pueda sentirse dolido por la ausencia de una generosidad amplia por parte de WALRAS), no cabe objetar seriamente que MARSHALL en cuanto al reconocimiento expreso que formula hacia otros autores. En cambio, semejante objeción tiene fundamento cuando se refiere a lo que escribió y dijo acerca de su gran aliado impersonal, al cual tanto debió: las Matemáticas.

Si el diagnóstico anterior es correcto, significa –no sólo que su mentalidad matemática favoreció su contribución en el campo de la teoría económica– que el empleo efectivo de los métodos del análisis matemático produjo dicha contribución y que la transformación del material debido a SMITH-RICARDO-MILL en un mecanismo moderno de investigación, difícilmente podría haber tenido lugar sin aquellos métodos. Por supuesto es posible afirmar que cualquier resultado particular o incluso la visión general de un sistema de cantidades económicas interdependientes pudo ser alcanzado por métodos no articulados matemáticamente, del mismo modo que es posible afirmar que andando se puede llegar a cualquier sitio adonde conduzca el ferrocarril. Pero incluso si dejamos aparte el hecho de que no es posible suministrar pruebas rigurosas si no es mediante procedimientos que son matemáticos en esencia (aun cuando en casos sencillos no requieran forzosamente la forma matemática), subsiste todavía el hecho de que aportaciones de tal tipo presuponen prácticamente un esquema matemático. Y esto es lo que MARSHALL no quiso jamás admitir. Nunca concedió plena confianza a su fiel aliada. Ocultó el instrumento que había realizado la tarea.

Desde luego existían excelentes razones para obrar de este modo. No quiso asustar al profano, ya que deseaba –¡extraña ambición!– "ser leído por los hombres de negocios". Temía, ciertamente, dar pie a que los individuos con formación matemática llegaran a creer que lo único que necesita un economista son Matemáticas. Sin embargo, hubiera sido preferible que su autoridad hubiera contribuido a dar ánimos a quienes, parcialmente inspirados por su obra, estaban comenzando a defender la causa de la Economía. No parece que se diera cuenta de que el peligro de que "las Matemáticas nos arrastren" no está limitado al campo de la Economía, y que no ha resultado ser muy poderoso en otros campos. Ninguna ciencia podrá progresar si no existen desertores entre sus seguidores. La Economía no puede ser la única entre todas las ramas del conocimiento humano, limitada a cuanto el profano pueda comprender fácilmente. Además, es indiscutible que el propio MARSHALL no puede ser completamente comprendido por quien no posea por lo menos los elementos del cálculo. No se sirve una buena causa dando a entender que ello es posible. Habría sido un gran bien que MARSHALL hubiera defendido con resolución la vía de progreso que él, en mayor proporción que cualquier otro, ayudó a abrir.

Cada individuo perteneciente a una familia posee sus características peculiares, y no se describe plenamente la individualidad marshalliana indicando la familia a la cual pertenece.

El primer aspecto que choca a los ojos del teórico es la elegancia y sencillez de la estructura. Estas virtudes, tan relacionadas con el éxito, se ponen de relieve comparando la exposición de MARSHALL con la de WALRAS. En éste último la exposición discurre pesadamente, mientras que en el primero lo hace con fácil soltura. Toda huella de los esfuerzos previos ha desaparecido de la límpida superficie. Los teoremas son planteados con elegancia. Las demostraciones son simples y concisas; por lo menos en el apéndice. La formación matemática de MARSHALL llegó a disciplinar incluso su exposición literaria, y la misma razón explica la encantadora sencillez de sus representaciones gráficas.

Las ilustraciones gráficas correspondientes a razonamientos económicos habían sido utilizadas con anterioridad, especialmente por COURNOT. En la actualidad, muchos de nosotros nos sentimos insatisfechos con ellas porque el empleo de gráficos de dos dimensiones entraña inevitablemente una excesiva simplificación. Con todo, continúan siendo un vehículo para la expresión de proposiciones fundamentalmente de carácter elemental. Sirven, desde luego, para explicar diversos puntos concretos; y cumplen una importante función como auxiliares en la enseñanza de la Economía. Pues bien: prácticamente todas las representaciones gráficas que poseen mayores ventajas son obra de MARSHALL.

En segundo lugar, el texto de los Principles sugiere, y el apéndice demuestra, que MARSHALL había realizado completamente la idea del equilibrio general, descubriendo "un sistema copernicano entero, por el cual todos los elementos del universo económico se mantienen en su sitio por un mutuo contrapeso y por interacción". Pero para demostrar el funcionamiento de semejante sistema, construyó y empleó un modelo diferente mucho más fácil de manejar, aun cuando su campo de aplicación era mucho más limitado. En muchos casos, especialmente en el Libro V, pensó especialmente en las empresas de dimensión media, que actúan en "industrias" y cuya influencia no es lo suficientemente grande para influir de manera apreciable en el curso de los acontecimientos en el resto de la economía, y en mercancías concretas que absorbían tan sólo una parte pequeña del gasto total de los compradores. Este análisis "parcial" o "particular" presenta sus desventajas. No llegó a declarar expresamente –tan vez ni siquiera llegó a darse cuenta completamente de ello– la cantidad de fenómenos que dejaban de considerarse procediendo de este modo y cuán peligroso podía resultar en manos inexpertas: para algunos de sus discípulos el énfasis absolutamente necesario que el Profesor PIGOU pone sobre la "pequeñez" de las industrias consideradas, ha producido, me atrevo a decirlo, sorpresa, y otros han aplicado con ligereza las curvas marshallianas de demanda y oferta a bienes tales como el trabajo. Pero si se reconoce que dicho método es esencialmente un método de aproximación –y más aún si hacemos caso omiso de las objeciones actuales al concepto de industria–, entonces podemos disfrutar completamente de la rica cosecha de resultados que el método proporciona, y con respecto al cual, MARSHALL, apartándose de la corrección argumental, desarrolló lo que era mucho más nuevo y audaz de cuanto sugiera su método de presentación.

Tercero, para alcanzar aquella cosecha, MARSHALL creó aquellos instrumentos que todos conocemos, tales como la sustitución, el coeficiente de elasticidad, el excedente del consumidor, la cuasi-renta, las economías internas y externas, la empresa representativa, los costes unitarios y suplementarios, el corto y el largo plazo. Se trata de amigos tan antiguos para nosotros, y que han llegado a ser tan familiares entre nuestro arsenal analítico que difícilmente podemos darnos cuenta de cuánto les debemos. Como es natural, ellos, o las cosas que representaban, no eran absolutamente nuevos. Pero incluso aquellos que no lo eran entonces se colocaron en su sitio y resultaron útiles por vez primera. Como viejos amigos, sin embargo, en algunas ocasiones se revelaron traicioneros. Varios de ellos, como la empresa representativa y las economías externas, ocultaron más que remediaron las dificultades que lógicamente surgen cuando abandonamos, de una parte, los confines de la Estadística, y de otras, los confines de la industria individual. No es posible entonces salvaguardar completamente las curvas de costas decrecientes y de la oferta. Y la tentativa de lograrlo absorbió energías que hubieran sido mejor empleadas en una reconstrucción radical.

Cuarto, cuando consideramos las razones que impulsaron a Marshall hacia el equilibro parcial y cuando analizamos aquellos instrumentos tan manejables, no podremos dejar de sorprendernos ante el realismo de su pensamiento teórico. El análisis del equilibrio parcial pone de relieve los problemas prácticos de la industria individual y de la empresa individual. Desde luego su contenido es mucho más amplio, pero en él se contiene también una base científica para la economía de los negocios. Varios de los instrumentos se tomaron directamente de la práctica de los negocios, por ejemplo, los costes primarios y suplementarios; mientras que otros como la cuasi-renta y las economías internas y externas, sirven espléndidamente para percibir la realidad variable de diversas situaciones de los negocios, así como para formular problemas de economía de la empresa. Nada de estas proporciones fue intentado por cualquiera de los economistas de la categoría de MARSHALL, mientras que en otros aspectos no sólo fue intentado, sino incluso realizado por ellos más perfectamente que por él. Así una elaboración completa de la teoría del equilibrio general no habría dado como resultado más que la repetición de la obra de WALRAS; una simple elaboración del concepto del método del equilibrio parcial habría sido irrelevante. Pero el haber fundido ambas constituyó un mérito, un mérito que no ha de compartir con nadie.

Finalmente, y en quinto lugar, aun cuando la teoría que elaboró era esencialmente estática, siempre quiso dirigir su alcance más allá. Insertó elementos dinámicos donde le fue posible, muchas veces incluso más de cuanto era compatible con la lógica estática, que, sin embargo, no abandonó. La niebla que oscurece ciertas partes de su camino, particularmente donde aborda fenómenos que van más allá de su tratamiento del "elemento tiempo", proceden principalmente de esta causa. Existe en algunas de sus curvas, un carácter híbrido que el análisis posterior no tardó en descubrir. Con todo, si no llegó a conquistar la fortaleza condujo sus tropas hasta el lugar adecuado. No es esto todo: aún es más significativa la consideración que se desprende cuando pasamos de la distinción dinámica a la distinción entre estado estacionario y estado evolutivo. MARSHALL, tal vez a regañadientes, reconoció la naturaleza estática de su sistema, pero rechazó la hipótesis del estado estacionario hasta el punto de ignorar su utilidad en algunos casos. Su pensamiento procedía en términos de cambio evolutivo, es decir, en términos de un proceso orgánico e irreversible. Y algo de dicha tendencia se advierte en sus teoremas y conceptos, y aún más en las observaciones de hechos con las cuales los presentaba. No creo que la teoría de la evolución que se encuentra en su trasfondo fuera satisfactoria. No puede existir un esquema que no vaya más allá de una automática expansión de los mercados –una expansión motivada tan sólo por el incremento de la población y por el ahorro–, la cual, entonces, provoca economías internas y externas, que a su vez dan origen a una expansión posterior. Sin embargo, fue una teoría de la evolución, un importante desarrollo de las sugerencias de ADAM SMITH, y muy superior a cuanto habían podido ofrecer RICARDO y MILL sobre la cuestión.

Sin embargo, aun siendo impresionante su obra como lo fue, no habría podido alcanza un éxito tan grande sin su forma de presentación, tan afín al espíritu de su tiempo. Fundamentalmente, MARSHALL construyó un "mecanismo de análisis... un mecanismo de aplicación universal en el descubrimiento de una clase de verdades... no un cuerpo de verdad concreta, sino un mecanismo para descubrir verdades concretas". El descubrimiento de que exista un algo que se pueda considerar como un método general de análisis económico o, para decirlo de otro modo, que los economistas, en cuanto se refiere a la lógica de su procedimiento, tanto si tratan cuestiones de comercio internacional, de desocupación, de beneficios, de dinero o de cualquier otra cosa, aplicar siempre en sustancia el mismo esquema que no varía al variar el objeto particular considerado, no es un descubrimiento suyo. Ni siquiera fue un descubrimiento del grupo de economistas de quienes era la figura indiscutible. Para convencerse de que dicha verdad fue conocida (por lo menos desde los fisiócratas) de todos los economistas que conocieron su oficio, basta considerar la obra de RICARDO. El primer capítulo, complementado por el segundo, constituye evidentemente un bosquejo de dicho "mecanismo para el descubrimiento de verdades concretas", y el resto de los capítulos del libro de RICARDO no son más que una serie de experimentos de aquel bosquejo. Pero ningún economista, anterior a MARSHALL, logró una comprensión tan compleja de este concepto, ni lo predicó con tanta energía, ni obró en consecuencia, de manera tan consistente.

Ahora bien, de un hombre que tuvo semejante visión de la naturaleza y función de la teoría económica, podría haberse esperado un tratado muy distinto de los Principles, un tratado que jamás hubiera disfrutado del favor popular. Ya hemos considerado algunas de las razones por las cuales los Principles fueron más afortunados: la cultura histórico-filosófica de MARSHALL se advierte en casi cada página, su esquema analítico está envuelto en una estructura esplendorosa que concilia y conforta al profano. El esqueleto analítico no se presenta rechinando los dientes. Está envuelto por carne y piel, unión ésta que MARSHALL, merced a su observación de los hechos económicos, pudo realizar con fácil naturalidad. Todo esto significaba mucho más que una ilustración familiar y agradable. Significaba también que esta teoría "acertó" el gusto del público hasta un grado que ningún otro tratado de teoría económica había alcanzado.

Todavía hay algo más. En otros campos más afortunados del conocimiento humano, el investigador puede realizar su trabajo sin tener constantemente en cuenta ni ponderar a cada instante la eficacia práctica del mismo; incluso puede prescindir impunemente de toda aplicación práctica, lo cual es una de las razones por las cuales avanza y progresa con facilidad. El economista no sólo debe luchar con problemas mucho menos prometedores, sino que también se ve asaltado por peticiones constantes de resultados inmediatos y "útiles", aplicables a las dificultades del momento, y por la necesidad de expresar su simpatía hacia el perfeccionamiento de la Humanidad, y, al contrario que el físico, no puede responder que cualquier producción que llega a un resultado óptimo es una producción indirecta, y que incluso el resultado utilitario se logra mejor cuando no se persigue directamente. Pero a MARSHALL no le disgustaba el credo que plantea dichas exigencias. En su espíritu, eminentemente anglosajón, no tenía cabida l'art pour l'art. Servir a su nación y a su tiempo; enseñar cuanto fuera inmediatamente útil, fue lo que deseó hacer más que ninguna otra cosa. No se opuso a ningún lugar común cerca de los valores humanos y, por el contrario, predicó el evangelio de la Vida Noble.

Además, su idea de la Vida Noble, sus opiniones sobre los problemas sociales, su concepción general de la esfera tanto pública como privada, coincidían felizmente con las ideas, opiniones y concepciones de su país y de su tiempo. Más aún: sus ideales y sus convicciones eran los ideales y las convicciones, no del inglés medio de 1890, sino del intelectual inglés medio de 1890. Aceptó las instituciones que le rodeaban, las empresas privadas y particularmente la vida hogareña de las familias inglesas, y no albergó la menor duda acerca de su vitalidad o sobre la vitalidad de la civilización que había crecido en torno a aquellas instituciones. Aceptó el cristianismo entonces en boga, en su versión utilitarista y privada de su carácter teológico. Enarboló complacido la bandera de la justicia y no dudó acerca de la validez de la interpretación que afirmaba la posibilidad de conciliar por medio de la Tarea del Hombre Blanco la oposición entre un credo rigurosamente utilitario y la herencia del Gran Mogol. Simpatizó, a impulsos de su corazón cálido, con los ideales del socialismo, y con su mente fría alentó a los socialistas. De este modo, MARSHALL, estuvo en situación de dar a sus lectores exactamente lo que ellos deseaban –un mensaje, a la vez elevado y confortante– y al mismo tiempo satisfacer la vez de su conciencia.

Sin duda es lícito poner en cuarentena la oportunidad de las professiones fidei en un tratado científico, aun cuando MARSHALL, después de todo, viajaba en el mismo barco que NEWTON, a este respecto. Yo, por lo menos, dudo sobre dicha oportunidad. Podemos incluso no admirar el aludido mensaje. Confieso que pocas cosas son para mí más irritantes que la prédica de una moral semi-victoriana, aderezada con benthamismo, la prédica, en fin, de un esquema de valores para la clase media, que ignoran el encanto y la pasión. Pero aun esto no altera el hecho de que la mayor parte de los lectores de MARSHALL sentían de otro modo y que acogieron con gusto un análisis que estaba profundamente imbuído del espíritu que para ellos era el único justo y decente.

Pero existe algo en la obra de MARSHALL que es mucho más grande de cuanto él efectivamente llegara a realizar, algo que le asegura la inmortalidad o, para decirlo de otro modo, una vitalidad que va más allá de la correspondiente a cualquier realización definitiva. Más allá y por encima de los frutos de su genio que nos ha dejado para emplearlos en nuestro trabajo, y que inevitablemente pierden valor en nuestras manos, existen en los Principles sutiles sugerencias e indicaciones para ulteriores conquistas científicas que son manifestaciones de la cualidad de dirigente científico que me he esforzado en definir al comienzo de estas páginas. Señalar algunas de dichas sugerencias, es fácil; interpretar el sentido de aquella cualidad de dirigente, es difícil.

En primer lugar, era completamente natural que una obra de tal importancia guiara el trabajo de la generación que él adiestró. La literatura económica de los treinta años que siguen a 1890 comprende, por tanto, una gran cantidad de desarrollos, repeticiones y corolarios, tanto de las proposiciones como de la técnica marshalliana. Las obras del discípulo y sucesor de MARSHALL, el profesor PIGOU, de ROBERTSON, LAVINGTON, SHOVE y muchos otros, suministran multitud de ejemplos familiares a todos nosotros. Incluso una parte de las contribuciones de EDGEWORTH entra dentro de esta categoría. Basta un ejemplo relativo a los teoremas y otro para la técnica.

MARSHALL fue el primero en demostrar que la concurrencia perfecta no hace máximo el producto. Esta fue, hasta donde se me alcanza, la primera brecha en una muralla muy antigua, y nos ha legado la proposición de que el producto puede ser incrementado más allá del máximo competitivo, limitando las industrias sujetas a rendimientos decrecientes y aumentando las industrias sujetas a rendimientos crecientes. PIGOU, KAHN y otros, siguiendo esta sugerencia, desarrollaron lo que posteriormente ha llegado a ser un campo de considerable interés e importancia.

El concepto de elasticidad de la demanda es posible que no merezca todos los elogios que le han sido tributados. Sin embargo, sirvió para introducir un modo de razonar en términos de elasticidad que todos apreciamos. En la actualidad existe una docena de conceptos de elasticidad. Entre ellos el de elasticidad de sustitución ocupa el primer lugar en importancia. Aun cuando es cierto que únicamente funciona con hipótesis tan restrictivas que imposibilitan su aplicación a cualquier estructura real, sirve admirablemente para resolver extremos que habían sido objeto de polémicas estériles, por ejemplo, el problema de si la introducción de la maquinaria en el proceso productivo puede o no perjudicar los intereses de los trabajadores. Ahora bien, el concepto de sustitución es básico en la estructura marshalliana. Su énfasis sobre el "principio de sustitución" podría casi ser considerado como la principal diferencia puramente teórica entre su esquema y el de WALRAS. Por ello el nuevo instrumento consiste enteramente de material se encuentra en los Principles y que tan sólo necesita ser reunido.

En segundo lugar, la distinción marshalliana entre plazo corto y plazo largo, aun cuando no expresa de manera completamente satisfactoria lo que MARSHALL deseaba probablemente expresar con ella, señaló todavía un gran progreso en la senda del pensamiento claro y realista y merece con toda propiedad el homenaje que se le tributó mediante su rápida aceptación. El propio MARSHALL lo empleó profusamente, y al hacerlo dio una lección que nuestra generación aprovechó y aprovecha con avidez. Una rama entera de la Economía se ha desarrollado pausadamente: el análisis del período breve o a corto plazo.

En tercer lugar, MARSHALL es, aún con mayor evidencia, el padre de otro cuerpo relativamente reciente del pensamiento económico, la teoría de la Competencia Imperfecta. Creo que esto es cierto en general, pero aún lo es más en lo que se refiere a la versión británica de la misma. Las ideas presentadas a los lectores ingleses por PIERO SRAFFA en su famoso artículo de 1926, surgen –y por ello se advierte aún con mayor claridad en Costo di produzione e quantità prodotta– de una lucha con las dificultades lógicas contenidas en las curvas marshallianas de costes decrecientes. Además, se encuentran en los Principles sugerencias positivas en este sentido, en particular, observaciones sobre mercados particulares de las empresas individuales. HARROD y la señora ROBINSON, al construir la estructura que admiramos, demostraron simplemente ser buenos marshallianos y, a la vez, economistas poderosamente originales.

Admite, desde luego, que la cuarta reivindicación que estoy dispuesto a hacer sobre las sugerencias de MARSHALL es menos convincente. He dicho que aun cuando aprehendió el concepto del equilibrio general, lo dejó de lado, colocando en el primer plano el instrumento más manejable del análisis parcial o particular. Sin embargo, especialmente en el libro VI, MARSHALL acomete amplias generalizaciones sobre el proceso económico considerado en su totalidad. ¿Cuál es su naturaleza si no se trata ni de análisis general ni de análisis particular? Bien, supongo que deberemos admitir un tercer tipo de teoría, que en mi instrumental denomino "agregativa". Por supuesto, no llegó a unir el tratamiento de tales cantidades agregadas con el dinero. Su fracaso en conseguirlo, pese a sus muchos e importantes descubrimientos en teoría monetaria –las cuales no pueden se rcitadas aquí donde sólo nos ocupamos de comentar los Principles–, es tal vez el único criticismo fundamental que puedo dirigirle. Pero, realmente, si partimos del análisis parcial y entonces se desea decir algo sobre el proceso económico total, ¿no es natural que, desesperando de las posibilidades ofrecidas por el concepto, tan difícil de manejar, del equilibrio general, uno se dirija hacia la teoría agregativa?, ¿y no es entonces cuando la teoría del dinero se convierte automáticamente, para usar la frase de la señora ROBINSON en la teoría de la producción total y de la ocupación?

En quinto lugar, hemos señalado que MARSHALL formuló una teoría bien definida de la evolución económica, la cual, aun cuando, según su costumbre, no la sometió directamente a la atención del lector, se encuentra, sin embargo, en el centro de su pensamiento. No seré sospechoso de albergar mucha simpatía hacia dicha teoría. Pero deseo señalar que no como una filosofía, sino como un instrumento de investigación, ha ejercido mayor influencia de cuanto muchos de nosotros hemos creído. Así los valores del trend de H. L. MOORE, únicamente sobre las bases de esta teoría pueden considerarse que se aproximan a los valores de equilibrio. En la misma encontró W. M. PERSONS la base teórica para tratar, en el modo en que lo hizo, los trends en las series del barómetro de HARVARD. Esto, además, nos lleva al extremo más importante.

En sexto lugar, MARSHALL fue uno de los factores más influyentes en el nacimiento de la Econometría moderna. Por numerosos que sean los puntos en que los Principles se asemejan a la Wealth of Nations, existe uno en el cual aquellos son muy superiores a esta última obra, si, eliminando el tiempo, reducimos ambos al común denominador de la realización subjetiva condicionada por su época ADAM SMITH reunió y desarrolló certeramente aquello que juzga digno de ser conservado del pensamiento de su época y de la precedente. Pero no hizo nada para desarrollar una de las más importantes contribuciones que habían tenido lugar dentro de su ámbito: la "Aritmética Política" del siglo XVII; mientras que MARSHALL, quien, salvadas las debidas proporciones, tenía ante sí menos terreno en el que apoyarse, abrió resueltamente el camino y preparó el terreno para una ciencia económica que fuera no sólo cuantitativa, sino también numérica. La importancia de este hecho no puede ser sobrevalorada. La ciencia económica no tendrá nunca, ni merecerá nunca, ningún prestigio mientras no pueda expresar numéricamente sus resultados.

Es fácil ver hasta qué punto MARSHALL vio claramente esto en su discurso The Old Generation of Economists and the New (La vieja y la nueva generación de economistas) (1897). Pero nosotros le debemos mucho más que un programa; le debemos una realización concreta. Basta para convencerse de ello considerar, una vez más, lo que he descrito como sus "herramientas manejables". Todas son eminentemente operacionales en sentido estadístico. Tan sólo basta poner manos a la obra en la tarea de construir, partiendo del material estadístico, los modelos de una empresa, de una unidad de consumo, de un mercado, para darnos cuenta de que al obrar de esta manera abordamos dificultades para cuya resolución fueron construidas dichas herramientas. Ellas son ciertamente útiles aparte de este hecho, pero no podemos valorarlas debidamente hasta que comprobamos que, aparte de otras cualidades que pueden tener, son, en primer lugar, métodos de medición –procedimientos para facilitar las mediciones numéricas– y partes de un aparato general destinado a la medición estadística. Tal vez no sean las mejores posibles, y, desde luego, no son las únicas posibles. Pero fueron las primeras en su clase, y difícilmente habría sido posible iniciar las explotaciones econométricas partiendo de cualesquiera otras.

Por ejemplo, no se trata evidentemente de una coincidencia el que dichas exploraciones se dirigieran en su mayor parte, y en primer lugar, hacia la derivación de curvas estadísticas de la demanda: la teoría de la demanda de MARSHALL había proporcionado una base aceptable. Habría tenido poco sentido imponer todas aquellas restricciones que nos permiten definir la elasticidad en un punto o una especie de curva de demanda, si no hubiera deseado elaborar un método de aproximación, susceptible, por lo menos en muchos casos, de manipulación estadística. En realidad, aquellas restricciones que dieron origen a tantas objeciones resultan totalmente comprensibles tan sólo si las contemplamos desde este punto de vista. Examinemos el concepto de renta o excedente del consumidor. Es cierto que se ha obtenido muy poco de dicha particular sugerencia. Pero si no fue concebido como un procedimiento para llegar a la evaluación del bienestar cuantitativo, ¿por qué MARSHALL no se dio por satisfecho mencionando la existencia de dicho excedente, función de muchas variables, en vez de correr peligro de incomprensión y de ser objetado, insistiendo, como lo había hecho DEPUIT antes que él, sobre esta especie de simplificación que reducía a dos el número de variables independientes? El mismo razonamiento puede ser aplicado, por supuesto, a sus funciones del coste y de la oferta, y explica su adhesión a las curvas de oferta de la industria a largo plazo, que el teórico contempla con desconfianza, pero que, sin embargo, dan pie a ciertas posibilidades estadísticas, inexistentes en otros modelos más generales y más correctos.

Las conquistas de MARSHALL en el campo de la teoría monetaria pueden ser citadas también en apoyo de la tesis de que la visión de un aparato teórico idóneo para comprender los hechos estadísticos domina en toda su obra y realmente constituye su rasgo distintivo. El razonamiento de BÖHM-BAWERK es cuantitativo, sin duda. Pero la posibilidad de mediaciones estadísticas no parece que llegara a ocurrírsele, y, en consecuencia, no hizo nada para adecuar su teoría a dicha finalidad. El sistema de WALRAS, aun cuando no en las proporciones que creen algunos, presenta dificultades suficientes para inducir al desánimo. Tan sólo el magisterio de MARSHALL nos estimula. No importa que también imponga cautela. Podemos aceptar también esto. Estimulando o imponiendo cautela, sigue siendo el gran maestro de todos nosotros.

Situados al borde del precipicio, buscando todos nosotros vanamente un camino seguro, le divisamos sereno en su reposo olímpico, a salvo en la fortaleza de sus creencias, diciéndonos muchas cosas que conviene escuchar; nada, sin embargo, tan instructivo como esto: "Cuanto más estudio Economía, más pequeño me parece el conocimiento que poseo de ella... y ahora, después de medio siglo, me doy cuenta de que ignoro más cosas que cuando comencé". Sí, fue un gran economista.

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- Grandes economistas en la historia


+ Karl Marx

+ Wesley Clair Mitchell

+ Marie Esprit Leon Walras

+ Carl Menger

+ Vilfredo Pareto

+ Eugen von Böhm-Bawerk

+ Frank William Taussig

+ Irving Fisher

+ John Maynard Keynes

+ Georg Friedrich Knapp

+ Friedrich von Wieser

+ Ladislaus von Bortkiewicz

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Fuente:
"Diez grandes economistas", J. A. SCHUMPETER, páginas 121 - 142.