miércoles, 19 de diciembre de 2012

Inglaterra en la Vanguardia del Proceso


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Estas transformaciones se habían originado originalmente en Inglaterra, país que ya en la mitad del siglo XVII tenía una tecnología industrial avanzada en relación a la de los demás países, hasta el punto de conferir al Imperio británico una gran ventaja competencial. De hecho, en vísperas de la revolución industrial, Inglaterra experimentaba importantes progresos y cambios que le permitieron incrementar su propio desarrollo y supremacía sobre los países rivales. Inglaterra desafió a España construyendo un dominio sobre el continente americano, y la colonización del Nuevo Mundo fue decisiva por el exitoso desarrollo económico inglés, ya que en América los recursos eran abundantes mientras que la fuerza de trabajo era escasa. Ello favoreció la emigración hacia las nuevas tierras de más de medio millón de ingleses, los cuales producían una amplia gama de productos coloniales para la madre patria. Esto llevó a la expansión del comercio interior e internacional, favoreciendo el desarrollo comercial de ciudades como Londres y puertos como los de Bristol y Liverpool. La productividad global creció más rápidamente que la población: los salarios aumentaron alrededor del 35% y, a pesar del incremento demográfico, también aumentó el producto real per cápita. Surgieron las sociedades por acciones (S.p.A), las cuales, junto al Banco de Inglaterra fundado en 1694, favorecieron la movilidad de capitales y la creación de los mercados de valores y de efectos negociables. Fue promulgada la primera ley sobre patentes que protegía los derechos sobre los inventos y la propiedad privada intelectual, incentivando así las innovaciones.

Inglaterra

En definitiva, la inclusión de los derechos de propiedad en el derecho común creó los supuestos institucionales para dar al sistema judicial inglés la capacidad de proteger y alentar la actividad productiva. El desarrollo de la mecanización fue incentivado por varios factores: la presión de la demanda sobre los modos de producción que supuso la adopción de las nuevas técnicas; la creación de un nuevo convertidor de energía, la máquina de vapor, la explotación cada vez más intensa de un combustible mineral particularmente abundante en Inglaterra, el carbón, cuya industria en rápido ascenso estaba relacionada con el progresivo aumento del precio de la leña, debido a la explotación continua de los bosques.

La combinación vapor-carbón como energía mecánica fue decisiva, en cuanto a la máquina de vapor, que a diferencia de los obreros, era infatigable, consumía un combustible mineral y, dado su coste de utilización relativamente bajo, favorecía el desarrollo rápido y la difusión de la industrialización. Las nuevas máquinas y las nuevas técnicas comportaron incrementos de la productividad, además de una acusada división del trabajo, o la separación de las tareas que asignaba a cada trabajador una misión precisa en el curso del proceso productivo. Al lado de éstos existe otro factor, el organizativo: el sistema de la fábrica permitía producir una mayor cantidad de mercancías a mejor precio, por lo cual la demanda exterior era más elástica. De hecho, esta demanda no requería productos de lujo, ni costosos ni muy bien acabados, por lo que favoreció el incremento de las exportaciones. Por otra parte, esto supuso para el empresario de la época una cierta separación de la producción, en el sentido de que fue más propiamente un organizador, comprando los servicios del trabajo y del capital, para luego combinarlos de un modo eficiente con el fin de obtener un producto determinado. Se produjo intensamente una orientación hacia la producción en masa para el mercado, más que hacia la producción sobre pedido de los clientes (como sucedía en el pasado), ya que la presión de la demanda empujaba más hacia la estandarización que a la diferenciación de los productos, y se valoraba más la cantidad que la calidad. En un primer momento, el principal estímulo de la revolución industrial fue el desarrollo del consumo británico de lana en bruto, que entre 1740 y 1770 aumentó en cerca del 40%. La industria lanera se desarrolló en primer lugar gracias a las condiciones favorables de producción, ya que Gran Bretaña tenía abundante lana bruta y la manufactura rural supo explotar al máximo este recurso, adaptando su producción a las variaciones de la demanda.

Hubieron otros factores importantes que facilitaron el progreso industrial británico: la industria no estaba afectada por las perturbaciones provocadas por la destrucción bélica, tenía una afluencia significativa de artesanos extranjeros especializados, podía contar encima con un transporte marítimo desarrollado que le permitía alcanzar mercados más lejanos, en el país no existían barreras aduaneras internas, el poder adquisitivo y el nivel de vida de los británicos eran más elevados que los de los demás países, y tenía además una población en aumento.